8.11.21

Jon Viar: fiel al traidor

Qué bueno es el documental Traidores, de Jon Viar. Han escrito ya sobre él importantes artículos Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón o, en este periódico, David Mejía. Aprovechando que se ha prorrogado su disponibilidad en la web de RTVE hasta el 20 de noviembre, me animo a escribir yo también. Nadie debería perdérselo.

Es una gran obra contra ETA y su caldo de cultivo nacionalista, esencialmente antidemocrático. Subrayo lo primero: es una gran obra. Viar consigue hacer una película personal sobre un asunto colectivo, poniéndose a sí mismo como receptor de ese asunto. La historia pasa, amenaza, trastorna, deriva en crímenes, oprime y envilece a una sociedad: y un niño se obsesiona con ella y la combina con otra obsesión, su pasión, el cine.

En el documental que hace de adulto, el que estamos viendo, inserta secuencias que rodó de adolescente sobre atentados, secuestros, extorsiones y voladuras de cochecitos de juguete con petardos. Sus terroristas son, además de terroristas, mafiosos: clarividencias del cine, de aplicación a ETA. El director Viar aparece en las entrevistas reales, preguntando, escuchando, y narra en off con una voz parecida a la del doblador de Woody Allen pero con un acentillo vasco. Hay también un toque Nanni Moretti. Esto, unido al aspecto de Viar, mezcla de Franco Battiato (¡Nappiato!) y John Turturro, fomenta la transmisión de su estupor indagatorio. Se muestra como un personaje neurótico, algo desvalido, que quiere saber: y su carácter nervioso, frágil pero tozudo, en último extremo inconquistable, resulta al cabo un signo de salud en un entorno enfermo.

Detrás está el padre, Iñaki Viar, que fue etarra de la primera hornada y después lúcido analista de la iniquidad del terrorismo y la perversión de la sociedad que lo fomenta o consiente, al igual que otros como Mikel Azurmendi, Teo Uriarte o Jon Juaristi. Su crítica no solo del terrorismo sino también del nacionalismo, su procedencia, les hicieron pasar por traidores: a ETA y al pueblo vasco. Iñaki Viar, que hoy es psicoanalista lacaniano, analiza la inercia de asumir acríticamente la palabra de los padres; aquel hilo de la mentira nacionalista del que escribió Juaristi. Por el contrario, el sujeto debe "poder aspirar a ser dominado por sus propias palabras, a construir él las palabras que dirijan su vida".

El hijo Viar ha construido sus propias palabras en una manera emocionante de ser fiel al traidor, su padre (al que a veces saca con máscara), que ha culminado en este documental. 

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5.11.21

Carlos Mármol sobre 'Inspiración para leer'

Carlos Mármol ha escrito sobre Inspiración para leer el artículo "José Antonio Montano, formas de leer" en Letra Global

 














 

1.11.21

Díaz es la Ayuso de Sánchez

Escribí hace unas semanas que Pablo Casado no va, mientras que Isabel Díaz Ayuso sí: como un tiro. Casado no funciona y Ayuso sí funciona. Eso es todo. Pues en la izquierda ocurre igual: Pedro Sánchez no funciona y Yolanda Díaz sí. Díaz es la Ayuso de Sánchez, que no puede descansar, como no puede descansar Casado. La precariedad de estos dos líderes resalta porque en sus respectivos sectores ideológicos hay dos mujeres que lo hacen mejor que ellos y son más que ellos. Tienen más consistencia (al menos teatral) que ellos.

Sánchez cuenta con una ventaja que no tiene Casado: Díaz no está en su partido. Aunque esta ventaja puede ser desventaja: los votantes de izquierda podrán manifestar su preferencia por Sánchez o Díaz, puesto que ambos concurrirán a las mismas elecciones. Los de derecha, en cambio, solo tendrán una opción, o Casado o Ayuso, ya que su disputa es interna y los votantes no tendrán que elegir entre ellos. Aunque aparte, naturalmente, está Vox. En estas equivalencias que estoy haciendo, Díaz con respecto a Sánchez vendría a ser, de hecho, una Ayuso que estuviera en Vox.

Con Sánchez ocurre algo alarmante para un presidente del Gobierno: carece de gravitas, y aún de auctoritas. En él no se ha producido esa especie de transmutación que experimentan quienes alcanzan el poder. Además de la investidura formal, el presidente suele beneficiarse de una investidura casi metafísica, o alquímica; un plus que lo inviste de gravedad, de autoridad. Con Sánchez no se ha producido. Supongo que se debe a su esencia vacía (a su carácter de maniquí hueco), a la desvalorización de su palabra, a su consecuente falta de credibilidad, a su soez sectarismo.

Estos defectos no los tiene Díaz, que sí se ha visto investida por ese extra de poder tras ser nombrada ministra y, más aún, vicepresidenta. Ella posee las virtudes (empezando por una cierta gravitas y una cierta auctoritas) de las que carece Sánchez. Tiene gracia, porque la alegre militancia de Ferraz que gritó "¡Con Iglesias sí!" no imaginó que el endeble Pablo Iglesias sería sustituido por la potente Yolanda Díaz: una amenaza real para el PSOE, puesto que ella sí que podría ser la lideresa de la izquierda, incluyendo al PSOE.

El PSOE ha caído en su propia trampa. Un socialdemócrata era, al cabo, aquel izquierdista que no era comunista y que no solo no tenía complejos ante los comunistas, sino que los criticaba y se oponía a ellos con buenas razones. Un socialdemócrata era, en suma, hablando de nuestro triste país, aquel izquierdista que no temía ser acusado de facha.

Desde el momento en que el PSOE se puso a acusar de facha a todos sus críticos, y asumió la retórica de los comunistas y pactó con ellos, se metió en un terreno en el que otros lo superarán: los comunistas. Para eso, Díaz funciona muchísimo mejor que Sánchez. 

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30.10.21

Turistas de octubre

[Dietario]

Nueva fase. Decido iniciar una nueva fase en mi vida: lentitud, elegancia –me digo–; no descomponer, como si fuese un torero de la vida cotidiana, la figura. Tengo que coger tres autobuses y el mundo me apoya. Camino tranquilamente a la primera parada y al poco de llegar aparece el autobús. Subo sin despeinarme. Con el segundo autobús ocurre lo mismo. Se trata de no acelerar, de no correr. Y el mundo se acompasa conmigo. ¡Dominar!, esa es la cuestión. Me dirijo con calma a la tercera parada convencido de que esto está hecho. El truco es marcar tú el ritmo en vez de que te lo marquen a ti. Entonces veo que el autobús llega cuando a mí me faltan todavía cien metros. Me doy una infame carrerita. Fin de mi nueva fase.

Turistas de octubre. Los turistas de octubre suelen tener una cierta distinción que este año no tienen: son turistas normales, atrasados. Los veo por Málaga, Benalmádena-Costa y Torremolinos. Hacen de octubre otro agosto, pero está bien. Llevamos dos años raros y la normalidad empuja, solo que en los meses que no le corresponde.

Madrid. Tengo unos días libres y me voy a Madrid. También yo soy un turista de octubre. Encuentro una oferta del hotel Emperador, en la Gran Vía, y pido en la casilla de sugerencias un piso alto, con vistas al exterior y tranquilo. Me dan uno más bien bajo, con vistas a un patio interior y con el permanente ruido de taladradoras de una obra cercana. Pero da igual, porque estoy casi siempre fuera. Solo le tomo afición a sentarme en el hall junto a los ventanales. Me doy cuenta de que estoy en un escaparate, pero nadie mira el escaparate. Soy yo el que mira la Gran Vía, con la gente pasando ante mí como en un escaparate.

Embozado. Hacía tiempo que quería visitar la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Fui alumno en Periodismo de 1985 a 1987 y no entraba desde entonces. Hasta por una construcción de hormigón como esa, en principio poco acogedora, se puede albergar sentimientos. Todo sigue igual, pero voy prevenido y logro no dar el espectáculo. Solo en dos momentos me vence la emoción. Cuando me encuentro con algo que había borrado de la memoria: los asientos de cemento que hay a lo largo de los ventanales. Y cuando, a punto de salir, me doy cuenta de que he hecho la visita embozado en la mascarilla, como si me diera vergüenza enseñar allí una cara distinta a la de mis veinte años.

Maleza. Aprovechando que estoy en la Ciudad Universitaria, subo hasta mi antiguo colegio mayor, el San Juan Evangelista, el Johnny. Sabía que llevaba tiempo abandonado, pero no esperaba encontrármelo comido por la maleza. Emerge como un templo maya de entre los yerbajos. Desde mi ventana del primer curso veía la Escuela Diplomática y, a cierta distancia, la casa amarilla de Vicente Aleixandre, que había muerto el año anterior. El segundo curso mis vistas eran al otro lado: hacia la Casa de Campo y el palacio de la Moncloa. En las madrugadas de insomnio, generalmente lectoras, me fijaba en una lucecita que yo imaginaba que era la de Felipe González, en vela como yo. Ahora ya es una ruina: acción del tiempo.

Filosofía y vida. Me manda Miriam Moreno una invitación para asistir por internet a su conferencia "Tiempo, sentido y relato". Ella fue productora de televisión y es filósofa. Y es la célebre M. de los diarios de Andrés Trapiello. Me conecto y está en un saloncito coqueto de su casa, preparándose. Antes de comenzar se levanta a por un vaso de agua. Entonces aparece Trapiello. Mueve un poco el sofá para asistir a la conferencia en la mejor posición: tumbado. Pregunta si se le ve y le dicen que sí, pero que cuando se siente Miriam lo tapará. Cuando ella vuelve, resulta que no lo tapa del todo. Se le ve, en la esquina inferior izquierda de la pantalla, media cara y las manos, que de vez en cuando se mueven. Durante la conferencia, que es espléndida, hay un atisbo de vida (en este caso, de vida doméstica) como en los diálogos de Platón. 

Brasil en Málaga. De nuevo paseo por Málaga, o me siento ante el mar, con un disco brasileño en los auriculares. Esta vez es el último de Caetano Veloso, Meu coco. La acostumbrada belleza, cuya emoción deshace la costumbre. Me embeleso en algo parecido a la felicidad, y solo vuelvo en mí para recordar que debo dar las gracias. 

Magna procesión. Como malagueño no semanasantero (una especie exótica) veía acercarse la magna procesión de este sábado como si fuese un meteorito. Pero he sido rescatado en el último instante: me convocan para que vaya a firmar mi Inspiración para leer en la Feria del Libro de Sevilla. (Ir a Sevilla a librarse de procesiones es aún más exótico.) Ya relajado, deseo que todo transcurra bien. Un signo favorable, aunque parezca lo contrario, es la amenaza de lluvia, que también llevaba dos años con ganas de Semana Santa. 

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29.10.21

Avisos sobre 'Inspiración para leer'

Avisos sobre Inspiración para leer

*Domingo 31 de octubre en la Feria del Libro de Sevilla:
12h: Firma en la caseta de Jot Down (núm. 35).
13h: Participación en la mesa redonda Manual para encontrar lecturas, junto a Ángel L. Fernández (Jot Down) y Maite Aragón (Mercurio). Modera: María Iglesias.

*Jueves 25 de noviembre, 19h: Presentación única en la librería Luces de Málaga, con Luis Sanz Irles y Manuel Toscano.

27.10.21

La verdadera venganza de Iván Redondo: una hipótesis

Aseguran los analistas que Iván Redondo está resentido con quien fue su jefe hasta hace nada, el presidente Pedro Sánchez. No habría superado su fulminante destitución como director del gabinete de la presidencia. En sus entrevistas desde entonces (la de Jordi Évole, la de Susanna Griso, la de Carlos Alsina) ha lanzado sutiles ataques a Sánchez y a su entorno, ha exhibido silencios pasivo-agresivos, ha insinuado su disposición a trabajar para la mayor rival de Sánchez en la izquierda, la vicepresidenta y ministra Yolanda Díaz.

El problema de Redondo es que todas las miradas se han dirigido a él más que a su mensaje. Redondo es el mensaje. Sus palabras han quedado opacadas por él mismo, por su manera de hablar, por sus ademanes, por su estilo, por su ropa y su peinado (y lo que subyace a este). Incluso por lo que llevaba en los bolsillos (piezas de ajedrez; tal vez también de parchís y dominó, tal vez naipes, tal vez dados). He detectado una satisfacción generalizada al comprobar que Redondo, dicen, es ridículo, un botarate. Lo temían y ahora se ríen de él. Se sienten superiores, simplemente porque al otro lo ven inferior. Lo consideran un nuevo Pequeño Nicolás.

Se equivocan, es mi hipótesis. Porque mi hipótesis es que Redondo es un fuera de serie, un genio. Y ha ideado (aquí culmina mi hipótesis) la mayor venganza posible contra Sánchez, que no consiste ni mucho menos en las palabras, silencios e insinuaciones que ha emitido. No, lo suyo es una verdadera venganza. Una venganza devastadora, que deja a Sánchez al pie de los caballos.

Es muy fácil pensar (algo que siempre gusta en España; me refiero a lo fácil, no al pensar) que a un experto de la comunicación como Redondo se le iba a escapar lo que comunicaba en esas entrevistas. Sabía, por supuesto, lo que comunicaba: y eso era exactamente lo que quería comunicar. Quería comunicar (por utilizar los insultos de sus detractores) ridiculez, botaratismo. Él mismo, en sí mismo, le ha dado cuerpo y voz a su venganza. El Redondo de esas entrevistas es una estricta construcción vengativa. Es un maestro de la comunicación en ejercicio el Redondo de ellas. Que comenzó, por cierto, un poco antes: en la célebre comparecencia en que dijo que se tiraría por un barranco por su presidente. No fue, por lo tanto, su despido físico lo que desató su resentimiento, sino el ninguneo al que fue sometido durante los últimos meses en el cargo.

Fue entonces cuando decidió, como quien dice, salir a la palestra. No como él mismo, es decir, como el genio de la comunicación que es, sino como su parodia: ese ridículo botarate (¡vuelvo a los insultos que circulan pero no comparto!) que dejan en tan mal lugar al que lo nombró. Porque esta es su verdadera (¡y letal!) venganza: dejar en evidencia al presidente que lo nombró y mantuvo tanto tiempo, siendo así como ha visto el público que es (pero no es).

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18.10.21

Carmen Mola, nave nodriza

Sales hubo que pedir cuando a Carmen Mola le salieron tres pichas. Donde había una mujer, aunque desconocida (¡invisibilizada!), aparecieron tres hombres con unas caras de señoros que no podían con ellas. La glamurosa nave nodriza abrió sus compuertas y salieron –genuinos hombres de la tarta– tres anticlimáticos cobradores del frac a llevarse el millón de euros. ¡Un atraco a la mujer fantasma desde dentro de ella misma!

El punto culminante en la impostura fue, sin embargo, cuando una periodista cultural escribió este tuit: “Hasta hoy el premio Planeta lo habían recibido 16 mujeres y 53 hombres. Hoy podrían haber sido 17 y 53. Pero resulta que de una tacada son 16 y 56. #UnPlanetadehombres”. La aplicada contabilidad en medio de la carnavalada: tal es el sino del periodismo cultural que presume de ser político ante todo; o sea, secundariamente cultural. Y sin rastro de humor.

De inmediato vino la inspección a fondo de esa falsa mujer: cómo se había colado en revistas femeninas, cómo había opinado de la novela negra escrita por mujeres, cómo recomendaba libros de sus componentes y cómo la editora había declarado que su autora era madre de tres hijos (¡el trío calavera!). Iban de soponcio en soponcio y yo, por no hacer mudanza en mi costumbre, me mondaba de risa.

Mis nostalgias no son las que se llevan ahora, de pasados idílicos, sino de los tiempos en que lo prestigioso era la fluidez de las identidades. Dicho de otro modo: de cuando se sospechaba que la identidad era una cárcel que había que derribar, o al menos limarle los barrotes. Nuestro Eugenio Trías, por ejemplo, escribió en 1970 Filosofía y carnaval, donde el carnaval era lo liberador (no sin heridas: cuatro años después siguió indagando en el asunto en Drama e identidad).

Por eso me ha hecho gracia el juego retrospectivo de Carmen Mola, aquel tímido jugueteo en el que apuesto a que había más literatura que en sus libros. Lo paradójico de Twitter es que es un escenario puramente carnavalesco... en el que se practica desaforadamente la fiscalización de las identidades. No se para de jugar, a la vez que no se perdona el juego. Ese es el juego: pesadísimo.

En cuanto a los nuevos tres tenores de la escritura comercial, me temo que han matado a la gallina de los huevos de oro, por sacar al escaparate sus huevos de carnecilla. “Con tres pares de cojones”, dijeron en otro tuit. Y este sí. 

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13.10.21

Un tropezón en el pastel de Almodóvar

Ya solo voy al cine para ver la de Woody Allen y la de Pedro Almodóvar. Es una actividad claramente crepuscular, como de despedida de las salas. Que se lo merecen: son humillantes las instrucciones que te sueltan antes de la película sobre el uso de las papeleras, las mascarillas y los móviles. Una reducción adolescente del espectador, que algunos espectadores sentimos como patadas en el culo.

Mi humor no era el mejor, como se puede ver, cuando empezó Madres paralelas. Y salí peor aún: proclamé en Twitter que la película era muy mala, que estaba ya entre las otras insalvables de Almodóvar, que son Kika, La mala educación y Los amantes pasajeros. Pero, curiosamente, con los días fue mejorando en mi cabeza. Me dejó, de forma inesperada, un poso acogedor. Como si se me hubiera desplegado dentro algo de lo que vi. Así que, preventivamente, rescato Madres paralelas de las irrecuperables. Tendría que verla otra vez, pero será dentro de unos años. Me pasó algo parecido con Los abrazos rotos, y en la revisitación me gustó.

Sé lo que me sacó de Madres paralelas, lo que me irritó: el simplismo ideológico. No el posicionamiento político del director, que comparto en parte, sino la manera ramplona, sin elaboración artística, con que lo manifiesta. Ahora sé, o intuyo, que bajo ese entramado corre otra cosa prometedora, más parecida al cine. Pero el entramado es delictivo. Me quedaré ya en este para algunos comentarios.

Somos malos lectores de nosotros mismos. Almodóvar no entiende (aunque en Dolor y gloria parecía entenderlo) que su tarea política la llevó a cabo con éxito en la Transición: cuando les dio contenido a las libertades formales que se proclamaron entonces. Almodóvar fue uno de los que propulsaron a España lejísimos del franquismo, más lejos de lo que está ahora. Él mismo ha contribuido últimamente a su retorno. El punto de inflexión fue la frase final, que francamente no venía a cuento, de Carne trémula. De pronto aparece una culpa rara, como un arrepentimiento de la frivolidad: con lo civilizadora que fue para un país tan pesado como España la frivolidad.

En Madres paralelas Almodóvar parece de pronto un cantautor: hace acopio de temas de la “agenda progresista” y monta un pastel propagandístico, casi una ponencia del PSOE o Podemos. Hay una frase contra Rajoy y otra contra los “apolíticos”, se habla de la ley de memoria histórica, de los muertos de las cunetas, de los falangistas de la guerra civil, de una violación grupal que evoca a la de la Manada... Aparece además una transexual y surge una relación lésbica, entre mujeres bisexuales. Para que la agenda esté completa, se representa a Lorca. Y como guinda del pastel, hay una cita final de Eduardo Galeano.

Está todo tan atado ideológicamente, hay un control tan ortodoxo de los ítems, que sorprende el punto que se escapa: un genuino tropezón. El arte suele estar en el sitio en que se descuida el artista, en aquello que elude su hipervigilancia. El tropezón al que me refiero no llega a arte, porque también está aquejado de un cierto populismo. Solo que, y aquí está la gracia, del otro: el voxista, concretamente. Resulta que el violador principal de la aludida Manada es un inmigrante latinoamericano: en la foto aparece con su tez tostada, su bigotín y su sonrisilla...

Lo bonito de este detalle chusco es que implica, después de todo, el triunfo del arte, o de la técnica al menos, sobre la ideología. Almodóvar simplemente necesitaba, por exigencias del guión, un bebé “un poco étnico” (como dice Rossy de Palma) para que el padre blanco pensase que no era suyo. Y el director manchego desbarata el férreo armazón psocialista-podemita de la película mediante la introducción de ese elemento voxista solo porque le venía bien argumentalmente. ¡Este es nuestro Pedro! ¡El que seguirá haciendo buenas películas! 

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4.10.21

Casado no va

Casado tiene un problema: Ayuso. Y una ventaja: Sánchez. Si algún día llega a presidente del Gobierno, algo más que posible, será por Sánchez; por exclusivo mérito de Sánchez. No es baza pequeña, pero no depende de Casado. Porque Casado, en sí mismo, no va.

La que sí va es Isabel Díaz Ayuso. Va, concretamente, como un tiro. Ha dado el salto carismático, algo tan difícil en política. En un momento dado se situó en otro estadio, en otra órbita. Casi en otra dimensión. De pronto todo lo que dice tiene magnetismo, cae en gracia. A veces son bobadas, a veces son anacolutos. Con frecuencia son trucos baratos. Pero brillan. Y este brillo oscurece a Pablo Casado.

Ayuso encontró una manera luminosa de responderle al sanchismo (y al podemismo). Casado no la ha encontrado: sus críticas, no siempre equivocadas, son como de cenizo. Ayuso sabe ser alegre en su dureza; a Casado solo le sale un tono bronco, áspero, atropellado y risible. Ayuso tiene un cuchillo afilado que destella al sol; Casado un martillo de feria.

En la convención nacional del PP, Ayuso ha decidido replegarse en su soterrada pugna con Casado. Aun así, ha vuelto a opacar a Casado: es el signo de su inercia. Casado queda como un líder aclamado por todo el partido, porque a estas alturas ya no cabe hacer otra cosa, pero con el partido sabiendo que no funciona, que no va.

Y aquí entra el presidente del Gobierno Pedro Sánchez: el hombre que puede hacer que Casado vaya. Como podría hacer que fuese cualquiera que encarnara la posibilidad de un Gobierno sin Sánchez. Casado, que tiene el defecto de ser Casado, tiene la virtud de ser no-Sánchez: el único no-Sánchez factible hoy para presidir el Gobierno.

Pero Sánchez no está desprovisto de ventajas, que tampoco se encuentran exactamente en Sánchez. El no-Sánchez que es Casado sufre un lastre: Vox. El previsible pacto postelectoral del PP con Vox (legitimado, por otra parte, por los pactos del PSOE con Podemos, ERC y Bildu) ahuyentará a votantes antisanchistas de centro; sobre todo de centro-izquierda e incluso socialdemócratas (¡servidor!).

Que aún no esté clara la próxima derrota electoral de Sánchez (que ha sido incapaz de ser el presidente de todos en una pandemia; siendo en esto fiel a su origen: nunca fue de todos, siempre fundó su política en la división) se debe, en resumidas cuentas, además de a la sombra de Vox, a que Casado no va. 

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29.9.21

Salto a Madrid

La vida está en Madrid, por eso hay que ir a Madrid de vez en cuando. Lo que hay fuera de Madrid es el achirrarramiento regional y provincial. En algunos sitios, como en Málaga, atenuado por la brisa, amortiguado por el mar. Pero no es suficiente. Por eso hay que saltar a Madrid en cuanto se puede. Desde que se levantaron los cierres perimetrales lo he hecho ya en varias ocasiones. La última, el pasado fin de semana.

La excusa fue la presentación el viernes de la nueva etapa de The Objective en la calle Villanueva. "Un centenar de intelectuales" la arroparon, reza el titular. O sea, que estuvieron cien intelectuales y yo. Entré con Manuel Arias Maldonado y nos recibió amablemente el nuevo director, Álvaro Nieto. A continuación (con el paréntesis de la presentación propiamente dicha, con Paula Quinteros, Ignacio Peyró y Nieto), se sucedieron esas escenas tan de las novelas y las películas con presentaciones y conversaciones quebradas. Eso, con los vinos y las tapas distraídas de las bandejitas, produce un suave efecto euforizante. Sanz Irles me presentó a Luis Antonio de Villena, al que no le dije que ya nos conocimos cuando yo tenía diecinueve años y él treinta y cuatro, y estuvimos departiendo tan guapamente los tres, con la aproximación de Julio Tovar. Saludé a muchos y a muchas a quienes ya conocía o me presentaron, pero no me presenté a nadie, porque yo soy así. Sobre todo, no me presenté a Félix de Azúa, por el que siento veneración. Verlo deambular por allí era reconfortante. Luego nos fuimos a cenar algo y la noche se alargó en chisporroteos con Cristina Casabón (un aire a diosa egipcia: ¡Isis Casabón!), Arias, Irles, David Mejía, Claudia Preysler y Jorge del Palacio.

Amanecida del sábado en mi hotelito próximo a la Plaza Mayor, con visión de sus pináculos y la basílica de San Francisco el Grande al fondo destacando entre la tejadada. Desayuno en una terraza del Madrid viejo y visita ritual al jardincito del Príncipe de Anglona, con desenfundamiento de moleskine. Callejeo en la mañana radiante, con los transeúntes eléctricos (¡y las transeuntesas!). Cita con mi amigo Curro: visita a la librería Arrebato (con la rueda de Duchamp, que no me quieren vender, en la puerta) y cañas en Malasaña y Santa Bárbara, comida en un japonés de postín, también con Almudena, y copazo en la terraza del café Gijón, viendo la tarde pasar. Por la noche, cena en el cubano Zara (¡sus daiquiris!) con Arias, Del Palacio y mi amiga Dolores González Pastor. Los profesores se retiraron pronto y yo me quedé con Dolores tomando la última copa en la plaza de Santa Ana.

Domingo. Tras el desayuno en Puerta Cerrada, de librerías en la Fnac y La Central de Callao (¡solo compré un libro, El matrimonio anarquista!), paseo por Fuencarral y Chamberí, cañas con una pareja amiga y comida con Arias en una terracita de Santa Isabel. Él volvía a Málaga pronto. Yo regresé al hotel, recogí mi mochila y me di un paseo con Dolores por el Retiro. ¡Qué paseo! Se lo conoce como la palma de su mano y me llevó por senderos en los que no había estado nunca, zonas boscosas que en breve tendrán su explosión otoñal. Vimos el lago con los patos, la Rosaleda, las estatuas de Macho de Galdós y Cajal, y finalmente el estanque, ya multitudinario, con esplendor pospandémico. Por último, trazó una diagonal asombrosa y terminamos en la Cuesta de Moyano, donde no me compré ningún libro, aunque ella sí: los dos tomos del María Moliner en chollazo. Besos, enfilamiento de Atocha y Ave de vuelta. En el tren, ya nocturno, plenitud. 

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28.9.21

Jot Down 36


En el nuevo trimestral de Jot Down, el núm. 36, especial Mar, colaboro con el artículo "La absolución del mar", sobre la absolución que el mar propicia en quien lo contempla. La revista puede adquirirse en librerías o por la web de Jot Down.

25.9.21

Propina de verano

[Dietario]

Peyró en el Tano. Decido despedir agosto en el Tano y convoco a la peña. Solemos ir al del parque de Huelin, que es uno de los santuarios de nuestras catacumbas. Entonces nos avisa Ignacio Peyró de que se encuentra en Málaga y nos propone cenar. Peyró, además de excelente escritor y director del Instituto Cervantes de Londres, es un gourmet. Tiene un libro delicioso sobre los placeres de la mesa: Comimos y bebimos. En Madrid he comido con él en estupendos restaurantes. Pero para mí es fundamental esta noche tomar alitas de pollo con picante y tarta al whisky "bautizada", así que le sugiero que venga a esa terraza de barrio en vez de a un sitio más sofisticado. Acepta y nos regocijamos todos: ¡Peyró en el Tano! Es una combinación asombrosa, y la consagración gourmetística de nuestro entrañable Tano. La conversación luego fluye maravillosamente. Peyró luce ahora bigote: "Exigencia de la novia. Sé que me da aspecto de torturador de la brigada político-social, pero bueno, tampoco he aspirado nunca a parecer el rey del reguetón". Celebra las alitas cuando llegan: "¡Qué grandes! ¿Pero qué son, de pollo o de cóndor?". Agosto se despide con felicidad.

Vienen a vernos. Unos días después me cruzo con Peyró en un paso de cebra de la plaza de la Marina. Va con su maleta de ruedas, en busca de un taxi al aeropuerto. Lo acompaña Alfredo Taján, que me dice: "¿Te das cuenta, Montano? ¡Ahora vienen a vernos a Málaga! El mes pasado Jorge Freire y ahora Ignacio Peyró". Le repito mi broma de que me deje organizar un ciclo sobre los años en que el cuerpo donado a la ciencia de Gerald Brenan permaneció en la facultad de Medicina: Los años del formol. Taján dirige la Casa Brenan y no puede reírse por motivos institucionales. Peyró y yo recordamos con alegría la cena del Tano. Me dice: "Nunca te había visto disfrutar tanto comiendo". Y yo: "Es que siempre me habías llevado a sitios con clase".

Cefalea coital. A un amigo le han diagnosticado una dolencia que desconocía: cefalea coital. Es un intenso dolor de cabeza que sobreviene cuando se está en plena faena. Sin duda se trata de una enfermedad selectiva: muchos no la conocerán, o la conocerán muy poco. Y ese es su quebradero de cabeza.

La mejor frase. Oigo en el Rastro de Fuengirola la mejor frase de vendedor de la historia. Una mujer mira un puesto. "Qué", le dice el vendedor". "Aquí mirando". "Pues mirando es más caro".

Propina de verano. Vuelvo a Torrequebrada dos fines de semana de septiembre. Me doy una propina de verano. Como muchos malagueños y bastantes extranjeros: las playas están llenas. Solo entre semana –alcanzo a ir un lunes a las once– se nota el mes. Sigue haciendo calor, pero en la atmósfera se presiente el otoño: es más ligera, como más de cristal. Apunta a una especie de melancolía feliz. Un cruce de nostalgia y de promesa. En Madrid ha empezado la feria del libro pero la feria está aquí, en la arena: lectoras en topless, bocabajo. A última hora de la tarde pasan aviones amarillos: vienen del incendio de Sierra Bermeja. Muy lejos hacia aquella zona hay manchas negras en el cielo que podrían ser restos de humo. "Pirocúmulos", me dice Nadales que se llaman, según un amigo experto. En el agua, mientras me baño, veo trocitos negros, como tizoncillos: ¿vendrán del bosque quemado?

Outlet. Nádia, mi ex brasileña y mi anfitriona en Torrequebrada, me lleva al Outlet de Las Lagunas para que me compre ropa moderna (una crítica implícita a la que llevo). Me dejo arrastrar y me veo en un probador al que no para de alargarme camisas, jerséis y pantalones. Me los pongo, me los quito, acepto unos, descarto otros y pierdo la noción del tiempo. Suena una musiquilla agradable, que me da la sensación de estar dentro de un videoclip. Todo está pensado para que me abandone y me abandono. Cuando salgo, Nádia me dice: "Has estado una hora y veinte minutos". Se pasa el resto del día riéndose y mandándose audios con sus amigas brasileñas, que aplauden lo que les cuenta y las fotos de la compra con modulaciones enfáticas, teatrales: "Nossa, você já é sua personal shopper, menina!".

Bar de barrio. El escritor Joaquín Campos, malagueño que vive en Cabo Verde, me cita para darme su diario Ajuste de cuentas. Da la casualidad de que el barrio de sus padres, donde se aloja estos días, está al lado del mío. Quedamos en un bar que él conoce, al que llego antes con mi Inspiración para leer (¡si me da su libro, le doy mi libro!). Le digo al camarero que no me ponga nada aún, que estoy esperando a un amigo. Al ver a Campos, suelta el camarero: "¡Ya sabía que eras tú! Cuando he visto a este con un libro...". "Viene aquí poca gente con libros, ¿eh?", le dice Campos. "¿Poca? ¡Ninguna!". Es divertido, incluso relajante. Pero supongo que es por estas cosas por las que no hago vida de barrio jamás. 

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