Hay un sintagma de moda: “los bulos de la ultraderecha”. Se repite tan machaconamente que termina teniendo un efecto pavloviano (esa será la pretensión, sin duda): las pocas veces que uno oye “bulos” a solas, completa mentalmente “de la ultraderecha”.
Así asoma el propósito ideológico. No se trata de combatir los “bulos” en aras de la verdad. Se trata de combatir los “bulos de la ultraderecha”. No tanto por ser “bulos”, entonces, como por ser “de la ultraderecha”. La ultraizquierda, y la izquierda, quedan libres del engranaje: no lanzan bulos. Este es el otro efecto pavloviano.
La protección que les brinda lo anterior hace que la izquierda y la ultraizquierda lancen bulos como el que más, solo que con una impunidad notable. Y con una operatividad, por tanto, más efectiva. Estamos en una pura guerra partidista: se lucha, como ha escrito Daniel Gascón, por el monopolio de la intoxicación.
La ultraderecha y la derecha lanzan bulos, naturalmente. Pero la ultraizquierda y la izquierda también. La lucha contra los bulos ha de ser transversal, porque si no ella misma es un bulo.
Hay un tipo de bulo particular que no está consignado como tal y en el que se ejercitan los que insisten hoy en lo de “los bulos de la ultraderecha”. Es lo que propongo llamar “bulo elíptico”, porque consiste en una elipsis mentirosa. Por ejemplo: “Ha sido condenada por parar un desahucio”. O: “Están en la cárcel por poner urnas”.
En la serie de hechos que se presentan en la frase se omite uno: el fundamental. Con lo cual la serie es falsa. Lo que se presenta como una verdad es una mentira. El emisor de bulos elípticos es un corruptor, porque corrompe la realidad en beneficio de la ideología. Practican el maquiavelismo de “el fin justifica los medios” mediante la amputación de lo de en medio.
El bulo elíptico es un montaje de la realidad por medio de las frases. Procede como el Nodo al ofrecer una realidad falsa, propagandística. Es el Nodo de las frases. Así que aquí tenemos a los supuestos antifranquistas Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Pilar Rahola ejerciendo una vez más su franquismo. Noticieros (es decir, fabricantes de noticias) del régimen.
(No me olvido de lo importante: esto lo escribo cuando llevamos –oficialmente– 23.822 muertos por coronavirus.)
* * *
En The Objective.
29.4.20
27.4.20
El partido que el PSOE eligió no ser
He recordado estos días una frase que me dijo una amiga hace años: “Cuando una mujer duda entre dos hombres, en realidad está dudando entre las dos mujeres que sería según eligiera a uno o a otro”. A los partidos políticos les pasa igual cuando piensan en sus alianzas electorales. Así, cuando el PSOE decidió apoyarse en Podemos y en los independentistas para formar Gobierno eligió no ser el partido que pudiera proponer, ni sacar adelante, un gran acuerdo de Estado.
Lograrlo sería lo ideal, desde luego. En España Hay ya 23.190 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Se espera una crisis económica devastadora. Si el PSOE y el PP no alcanzan un acuerdo en estas circunstancias, por el bien de todos, no lo alcanzarán nunca. El problema es que el PP, azuzado por Vox, está poco dispuesto. Y el PSOE, con Podemos en el Gobierno y con sus guiños (que siguen) a los independentistas, está incapacitado para ello.
Tener a Podemos en el Gobierno significa, entre otras cosas, tener caceroladas contra el Rey orquestadas desde el Gobierno. Y tener acusaciones falsas contra el poder judicial lanzadas desde el Gobierno. Desde la parte podemita del Gobierno, sí: pero de las que el presidente Sánchez (que ni siquiera las ha criticado, pese a su extrema gravedad) es el responsable máximo. Aquella cacerolada, por cierto, abrió paso a las que han tenido lugar luego contra el Gobierno. Para mí improcedentes e impresentables: pero legitimadas por el Gobierno.
El verdadero problema del hipotético pacto (que, insisto, desearía que se produjera) es que supondría en buena medida una refutación del Gobierno. Este Gobierno no nació para ese pacto, sino para todo lo contrario. Y si Sánchez no ha hecho nada efectivo en su favor (más allá de los vagos pronunciamientos), es porque un pacto así, aun con lo apremiante que resulta, va contra su carrera política: desde su “no es no” fundacional, que marcó su destino (y su condena).
Pero Sánchez es solo el segundo culpable. El primero es la militancia del PSOE: la que lo rescató, y la encarnada en el inolvidable grupito de Ferraz de las dos últimas noches electorales. Como un coro griego que empujara a la tragedia, la primera noche gritó “¡Con Rivera no!” y la segunda “¡Con Iglesias sí!”. Y Sánchez obedeció en los dos casos. Estaba ya todo ahí.
Si la realidad lo desmintiera (lo digo una vez más: es lo que deseo), sería un milagro.
* * *
En El Español.
Lograrlo sería lo ideal, desde luego. En España Hay ya 23.190 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Se espera una crisis económica devastadora. Si el PSOE y el PP no alcanzan un acuerdo en estas circunstancias, por el bien de todos, no lo alcanzarán nunca. El problema es que el PP, azuzado por Vox, está poco dispuesto. Y el PSOE, con Podemos en el Gobierno y con sus guiños (que siguen) a los independentistas, está incapacitado para ello.
Tener a Podemos en el Gobierno significa, entre otras cosas, tener caceroladas contra el Rey orquestadas desde el Gobierno. Y tener acusaciones falsas contra el poder judicial lanzadas desde el Gobierno. Desde la parte podemita del Gobierno, sí: pero de las que el presidente Sánchez (que ni siquiera las ha criticado, pese a su extrema gravedad) es el responsable máximo. Aquella cacerolada, por cierto, abrió paso a las que han tenido lugar luego contra el Gobierno. Para mí improcedentes e impresentables: pero legitimadas por el Gobierno.
El verdadero problema del hipotético pacto (que, insisto, desearía que se produjera) es que supondría en buena medida una refutación del Gobierno. Este Gobierno no nació para ese pacto, sino para todo lo contrario. Y si Sánchez no ha hecho nada efectivo en su favor (más allá de los vagos pronunciamientos), es porque un pacto así, aun con lo apremiante que resulta, va contra su carrera política: desde su “no es no” fundacional, que marcó su destino (y su condena).
Pero Sánchez es solo el segundo culpable. El primero es la militancia del PSOE: la que lo rescató, y la encarnada en el inolvidable grupito de Ferraz de las dos últimas noches electorales. Como un coro griego que empujara a la tragedia, la primera noche gritó “¡Con Rivera no!” y la segunda “¡Con Iglesias sí!”. Y Sánchez obedeció en los dos casos. Estaba ya todo ahí.
Si la realidad lo desmintiera (lo digo una vez más: es lo que deseo), sería un milagro.
* * *
En El Español.
15.4.20
La república de los muertos
18.056 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Previsión del FMI de que nuestro PIB caerá un 8% y el paro subirá al 20,8%. Y la tendencia número uno en Twitter es “República”. España es un país delirante.
Todos los 14 de abril de los últimos años ha venido siendo así. Que lo sea también en mitad de esta epidemia catastrófica confirma el carácter quimérico y alejado de la realidad que ha tenido siempre. Hoy además es delictivo. Y encima con el Gobierno (la parte podemita, de la que el máximo responsable es Pedro Sánchez) participando descosidamente, con los mensajes de Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón...
La república no es para ellos, lo hemos dicho mil veces, un marco plural en el que quepan todos (como sí lo es nuestra monarquía parlamentaria), sino un régimen sectario solo para unos (contra los otros). Los republicanos pluralistas vemos en estos tipos el principalísimo obstáculo para que algún día haya en España una república civilizada. Que en lo fundamental, por cierto, se parecería bastante a esta monarquía: por eso no tenemos prisa.
Los delirios de Iglesias y los suyos, aparte de delictivos hoy, son indicativos de la deriva irreal de la política española de los últimos tiempos. Pongamos que desde Zapatero, inclusive (¡vaya si inclusive!). Con atisbos anteriores: aquellas abominaciones hacia Aznar que, como dijo Savater, eran una especie de culto al líder a la inversa. Se postulaba, en contra, un país que no existía: porque era Jauja.
Recuerdo una manifestación que hubo hace no muchos años contra los peajes en las autopistas. Los manifestantes llevaban la bandera republicana: como si en una hipotética república no hubiera que pagar peajes. De igual modo, en las recientes manifestaciones de los jubilados solo se esgrimía, junto con las banderas partidistas y regionales, la republicana. Aunque las pensiones se las pedían al país representado por la bandera constitucional. O sea, al país real (tontos no eran).
Cuando nos ha asaltado la pandemia, estábamos en otras cosas. Todas ideológicas o tácticas, sin conexión con la realidad. Al margen del papelón del 8-M (en que se confundía la asistencia a una manifestación con una causa; porque lo que importaba en verdad era lo primero), nada hay más significativo que lo ocurrido con el ministro Illa.
Lo pusieron en el ministerio de Sanidad, sin tener conocimiento ni competencia en la materia, solo porque había que poner a “un catalán” y él era catalán. Con el coronavirus ya expandiéndose por otros países, el ministro, en vez de estar preparándose para la posible llegada a España, en vez de estar haciendo acopio de material sanitario como recomendaba la OMS, en lo que estaba era en la mesa de negociación con los independentistas.
Y así todo. Pero no hasta ahora. Porque, como vemos, siguen.
* * *
En The Objective.
Todos los 14 de abril de los últimos años ha venido siendo así. Que lo sea también en mitad de esta epidemia catastrófica confirma el carácter quimérico y alejado de la realidad que ha tenido siempre. Hoy además es delictivo. Y encima con el Gobierno (la parte podemita, de la que el máximo responsable es Pedro Sánchez) participando descosidamente, con los mensajes de Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón...
La república no es para ellos, lo hemos dicho mil veces, un marco plural en el que quepan todos (como sí lo es nuestra monarquía parlamentaria), sino un régimen sectario solo para unos (contra los otros). Los republicanos pluralistas vemos en estos tipos el principalísimo obstáculo para que algún día haya en España una república civilizada. Que en lo fundamental, por cierto, se parecería bastante a esta monarquía: por eso no tenemos prisa.
Los delirios de Iglesias y los suyos, aparte de delictivos hoy, son indicativos de la deriva irreal de la política española de los últimos tiempos. Pongamos que desde Zapatero, inclusive (¡vaya si inclusive!). Con atisbos anteriores: aquellas abominaciones hacia Aznar que, como dijo Savater, eran una especie de culto al líder a la inversa. Se postulaba, en contra, un país que no existía: porque era Jauja.
Recuerdo una manifestación que hubo hace no muchos años contra los peajes en las autopistas. Los manifestantes llevaban la bandera republicana: como si en una hipotética república no hubiera que pagar peajes. De igual modo, en las recientes manifestaciones de los jubilados solo se esgrimía, junto con las banderas partidistas y regionales, la republicana. Aunque las pensiones se las pedían al país representado por la bandera constitucional. O sea, al país real (tontos no eran).
Cuando nos ha asaltado la pandemia, estábamos en otras cosas. Todas ideológicas o tácticas, sin conexión con la realidad. Al margen del papelón del 8-M (en que se confundía la asistencia a una manifestación con una causa; porque lo que importaba en verdad era lo primero), nada hay más significativo que lo ocurrido con el ministro Illa.
Lo pusieron en el ministerio de Sanidad, sin tener conocimiento ni competencia en la materia, solo porque había que poner a “un catalán” y él era catalán. Con el coronavirus ya expandiéndose por otros países, el ministro, en vez de estar preparándose para la posible llegada a España, en vez de estar haciendo acopio de material sanitario como recomendaba la OMS, en lo que estaba era en la mesa de negociación con los independentistas.
Y así todo. Pero no hasta ahora. Porque, como vemos, siguen.
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En The Objective.
13.4.20
Segundo 11-M
Nuestra política se las ha arreglado para ser de nuevo sórdida en unas circunstancias terribles. 16.972 muertos por coronavirus hay oficialmente cuando escribo estas líneas, muchísimo sufrimiento concreto en personas concretas, un país entero confinado y unas previsiones socioeconómicas devastadoras. Pero nuestros políticos actúan como si no lo supieran.
Y digo como si porque sí que lo saben: las recurrencias de su discurso lo prueban. Solo que no obran en consecuencia. Su prioridad es conservar el poder o intentar alcanzarlo. En lo que les sobra de esta preocupación, tal vez atiendan un poco a la realidad. Pero, de nuevo aquí, con un obstáculo: su incompetencia. Y lastrados siempre por el partidismo. Y por la cortedad de miras. Por las inercias, en fin, que les llevaron a ser políticos.
En el maremágnum ha salido a flote, casi milagrosamente, la propuesta correcta: unos nuevos Pactos de la Moncloa. Da igual que se llamen así o de otro modo: se trataría de unos grandes acuerdos de Estado, unos grandes consensos, para afrontar lo que tenemos y lo que se nos viene. Tan desesperada es la situación que se ha formulado justo lo que hay que hacer.
El problema es que esta propuesta va en contra de toda la biografía política del presidente Sánchez. Por esto, y porque realmente ni se la ha empezado a trabajar aún, sino más bien al contrario, cabe la sospecha de que sea una nueva trampa de Sánchez para desunir. Desunir mediante la invocación de la unión, y cuando necesita la unión: Sánchez puro. Aun así, hay que intentarlo. Todos tienen que intentarlo. Por todos. No hay otra salida.
Mi pesimismo viene ahora: creo que es perfectamente posible que sigamos sin salida. O sea, que nos estrellemos. El deterioro de nuestra política es atroz. Solo veo embrutecimiento.
No puedo evitar acordarme del 11-M, en que los políticos de todos los partidos hicieron exactamente lo peor que podían hacer. Con el país en carne viva, actuaron como miserables, pensando solo en lo mismo: conservar el poder o intentar alcanzarlo. Y luego, cuando Zapatero alcanzó la presidencia, en vez de procurar una legislatura que restañara las heridas, lo que hizo fue abrirlas más. Con el inevitable concurso de la oposición. Y con aquellas mismas heridas abriéndose y pudriéndose cada vez más hemos llegado hasta hoy.
Late estos días un tipo de guerracivilismo particularmente pringoso: aquel que consiste no en matar al otro, sino en acusarlo de criminal. Lo mismo que sucedió en el 11-M. Algo se ha avanzado en civilización cuando uno no está dispuesto a ejercer el crimen. Pero el instinto tanático se mantiene si sí ve como posible criminal al otro.
Esta dialéctica amigo-enemigo, con la lucha a muerte latente, es la que habría que romper. Nos urge romperla. El problema es que no tenemos el mejor Parlamento (ni el mejor Gobierno) para conseguirlo.
* * *
En El Español.
Y digo como si porque sí que lo saben: las recurrencias de su discurso lo prueban. Solo que no obran en consecuencia. Su prioridad es conservar el poder o intentar alcanzarlo. En lo que les sobra de esta preocupación, tal vez atiendan un poco a la realidad. Pero, de nuevo aquí, con un obstáculo: su incompetencia. Y lastrados siempre por el partidismo. Y por la cortedad de miras. Por las inercias, en fin, que les llevaron a ser políticos.
En el maremágnum ha salido a flote, casi milagrosamente, la propuesta correcta: unos nuevos Pactos de la Moncloa. Da igual que se llamen así o de otro modo: se trataría de unos grandes acuerdos de Estado, unos grandes consensos, para afrontar lo que tenemos y lo que se nos viene. Tan desesperada es la situación que se ha formulado justo lo que hay que hacer.
El problema es que esta propuesta va en contra de toda la biografía política del presidente Sánchez. Por esto, y porque realmente ni se la ha empezado a trabajar aún, sino más bien al contrario, cabe la sospecha de que sea una nueva trampa de Sánchez para desunir. Desunir mediante la invocación de la unión, y cuando necesita la unión: Sánchez puro. Aun así, hay que intentarlo. Todos tienen que intentarlo. Por todos. No hay otra salida.
Mi pesimismo viene ahora: creo que es perfectamente posible que sigamos sin salida. O sea, que nos estrellemos. El deterioro de nuestra política es atroz. Solo veo embrutecimiento.
No puedo evitar acordarme del 11-M, en que los políticos de todos los partidos hicieron exactamente lo peor que podían hacer. Con el país en carne viva, actuaron como miserables, pensando solo en lo mismo: conservar el poder o intentar alcanzarlo. Y luego, cuando Zapatero alcanzó la presidencia, en vez de procurar una legislatura que restañara las heridas, lo que hizo fue abrirlas más. Con el inevitable concurso de la oposición. Y con aquellas mismas heridas abriéndose y pudriéndose cada vez más hemos llegado hasta hoy.
Late estos días un tipo de guerracivilismo particularmente pringoso: aquel que consiste no en matar al otro, sino en acusarlo de criminal. Lo mismo que sucedió en el 11-M. Algo se ha avanzado en civilización cuando uno no está dispuesto a ejercer el crimen. Pero el instinto tanático se mantiene si sí ve como posible criminal al otro.
Esta dialéctica amigo-enemigo, con la lucha a muerte latente, es la que habría que romper. Nos urge romperla. El problema es que no tenemos el mejor Parlamento (ni el mejor Gobierno) para conseguirlo.
* * *
En El Español.
6.4.20
Chistorritas
He vuelto a acordarme de lo que anota Iñaki Uriarte en su diario después de una visita al hospital: “Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas”. Ahora estamos todos en el mismísimo O.K. Corral. Las balas silban como nunca.
Una ha alcanzado al dueño de un restaurante de Málaga, El Botijo, donde mis amigos y yo hemos sido felices en los últimos años. Se llamaba Gabriel Domínguez y ha muerto a los sesenta y ocho por coronavirus.
La noticia nos llegó uno de estos días de confinamiento en que, como todos los días de confinamiento, los amigos soñábamos con vernos allí: aquel era el escenario del reencuentro ideal. Ahora, si volvemos, habrá una baja.
Es curioso cómo nacen los mitos cotidianos: esa espontaneidad que va configurando un ámbito perfecto, hasta que cuaja y nos damos cuenta. Tratamos entonces de que no se desmorone, hacer lo que hacíamos para que siga. Se pierde a partir de ahí un poco de frescura, pero compensa: hemos llegado a un lugar confortable, propicio para la felicidad.
Empezamos a ir porque quedaba enfrente de La Térmica, donde mi amigo Manuel Arias Maldonado inició hace cinco años su hoy prestigiosa Aula de Pensamiento Político. Después de la conferencia, cruzábamos para cenar en El Botijo con el invitado de la jornada.
Uno de los primeros, Félix Ovejero, fue el que nos constituyó. Lo estábamos pasando tan bien hablando, que dijo: “Pero qué grupo más bueno tenéis aquí. ¿Qué hacéis, os reunís periódicamente?”. Y lo cierto es que no. Nos veíamos poco (en realidad, aunque vivíamos en la misma ciudad, casi todos nos habíamos conocido por internet). Pero pasamos a frecuentarnos a partir de entonces. Ovejero (su mirada exterior) nos dio la orteguiana “conciencia de grupo”.
En este tiempo, ¡cuántas cenas gratísimas! Con los amigos habituales y con los invitados. Entre los que recuerdo, además de a Ovejero, a José Luis Pardo, Pablo de Lora, Daniel Gamper, Olivia Muñoz-Rojas, Myriam Redondo, Víctor Lapuente, José Ignacio Torreblanca, Máriam Martínez-Bascuñán, Javier Moscoso, José Luis Villacañas, Manuel Cruz, Ignacio Peyró, Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón, Ricardo Dudda, Ramón González Férriz, Josu de Miguel, Carlos Granés, Santiago Gerchunoff, Paloma de la Nuez, Ana Carrasco-Conde o Javier Gomá. Y con los camareros cálidos y eficaces que hoy se dolerán de la pérdida.
En el menú que la frecuentación había venido decantando, el punto estelar era el de las chistorritas. Yo les hacía muchas fiestas cuando llegaban, y mis amigos, por complacerme, por no dejarme solo en mi histrionismo juguetón, se las hacían también. Era un momento jocoso que concentraba la alegría de aquellas veladas. Que volverán, porque tienen que volver.
* * *
En El Español.
Una ha alcanzado al dueño de un restaurante de Málaga, El Botijo, donde mis amigos y yo hemos sido felices en los últimos años. Se llamaba Gabriel Domínguez y ha muerto a los sesenta y ocho por coronavirus.
La noticia nos llegó uno de estos días de confinamiento en que, como todos los días de confinamiento, los amigos soñábamos con vernos allí: aquel era el escenario del reencuentro ideal. Ahora, si volvemos, habrá una baja.
Es curioso cómo nacen los mitos cotidianos: esa espontaneidad que va configurando un ámbito perfecto, hasta que cuaja y nos damos cuenta. Tratamos entonces de que no se desmorone, hacer lo que hacíamos para que siga. Se pierde a partir de ahí un poco de frescura, pero compensa: hemos llegado a un lugar confortable, propicio para la felicidad.
Empezamos a ir porque quedaba enfrente de La Térmica, donde mi amigo Manuel Arias Maldonado inició hace cinco años su hoy prestigiosa Aula de Pensamiento Político. Después de la conferencia, cruzábamos para cenar en El Botijo con el invitado de la jornada.
Uno de los primeros, Félix Ovejero, fue el que nos constituyó. Lo estábamos pasando tan bien hablando, que dijo: “Pero qué grupo más bueno tenéis aquí. ¿Qué hacéis, os reunís periódicamente?”. Y lo cierto es que no. Nos veíamos poco (en realidad, aunque vivíamos en la misma ciudad, casi todos nos habíamos conocido por internet). Pero pasamos a frecuentarnos a partir de entonces. Ovejero (su mirada exterior) nos dio la orteguiana “conciencia de grupo”.
En este tiempo, ¡cuántas cenas gratísimas! Con los amigos habituales y con los invitados. Entre los que recuerdo, además de a Ovejero, a José Luis Pardo, Pablo de Lora, Daniel Gamper, Olivia Muñoz-Rojas, Myriam Redondo, Víctor Lapuente, José Ignacio Torreblanca, Máriam Martínez-Bascuñán, Javier Moscoso, José Luis Villacañas, Manuel Cruz, Ignacio Peyró, Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón, Ricardo Dudda, Ramón González Férriz, Josu de Miguel, Carlos Granés, Santiago Gerchunoff, Paloma de la Nuez, Ana Carrasco-Conde o Javier Gomá. Y con los camareros cálidos y eficaces que hoy se dolerán de la pérdida.
En el menú que la frecuentación había venido decantando, el punto estelar era el de las chistorritas. Yo les hacía muchas fiestas cuando llegaban, y mis amigos, por complacerme, por no dejarme solo en mi histrionismo juguetón, se las hacían también. Era un momento jocoso que concentraba la alegría de aquellas veladas. Que volverán, porque tienen que volver.
* * *
En El Español.
1.4.20
Los renos de Auden
También yo estoy fascinado, como tantos, por la incursión de animales salvajes en las ciudades en estos días de confinamiento mundial. No son invasiones aún, sino eso: incursiones. La avanzadilla de los que van viendo que no hay hombres interponiéndose y se cuelan hasta donde antes solo había hombres o animales domésticos. Sabíamos que si un día los hombres desaparecieran ocurriría, pero no que ocurriría tan pronto. La primera noche de cuarentena en Málaga ya se vio un jabalí por el paseo marítimo.
La impresión es que están al acecho. Después de milenios, no se han resignado, no se han conformado. Solo han sido vencidos. Como en el poema de Claudio Rodríguez, están en derrota, no en doma. La empalizada humana era un asunto diario. Cuando se ha plegado, no han tardado en pasar. El espectáculo es de una belleza inquietante, porque nos excluye.
Así sería el mundo sin nosotros, como han escrito Manuel Arias Maldonado y Elvira Lindo, y ya formuló el científico Alan Weisman. En el libro de Arias Maldonado Antropoceno, que se publicó en 2018 y cada día cobra más actualidad, se hablaba del renacimiento de la naturaleza en la zona acotada de Chernóbil: la mera ausencia del ser humano, aun con accidente nuclear, era beneficiosa para la vida salvaje.
En Málaga, además del jabalí, ha sido avistado un pato verde volando ante un balcón. He ido tomando nota de otros avistamientos: pavos reales en calles de Madrid, corzos bajo el acueducto de Segovia, un cervatillo correteando por una playa vizcaína, coyotes en San Francisco, zorros en Bruselas, un puma en Santiago de Chile, una civeta malabar (que se creía extinta) en la ciudad de Meppayur, también en la India miles de tortugas poniendo sus huevos en las playas de Odisha, un delfín en el puerto de Sóller, peces y cisnes en los canales de Venecia, dos patos paseando por la entrada de la Comédie Française de París, otro jabalí con sus jabatos transitando por una acera italiana... Solo faltan pangolines, los transmisores del coronavirus.
Escribe W. H. Auden al final de su poema “La caída de Roma”, que ha recordado Timothy Cranmer: “Sin las dotes de la riqueza o la compasión, / pajarillos de patas color escarlata, / empollando sus huevos moteados, / observan cada ciudad infectada de gripe. // En otro lugar del todo distinto, enormes / rebaños de renos atraviesan / millas y millas de musgo dorado, / silenciosamente y muy deprisa” (tr. Eduardo Iriarte).
Volveremos y ellos se irán (se irán expulsados). Pero ya sabemos que están ahí, esperando la ocasión. Si un día nos vamos para siempre, ellos volverán para siempre.
* * *
En The Objective.
(5.4.20) Me manda como lujoso regalo mi amigo Víctor V. Úbeda, gran traductor, esta excelente versión rimada del poema de Auden:

Acuarela: Errabundo (5.4.20)
La impresión es que están al acecho. Después de milenios, no se han resignado, no se han conformado. Solo han sido vencidos. Como en el poema de Claudio Rodríguez, están en derrota, no en doma. La empalizada humana era un asunto diario. Cuando se ha plegado, no han tardado en pasar. El espectáculo es de una belleza inquietante, porque nos excluye.
Así sería el mundo sin nosotros, como han escrito Manuel Arias Maldonado y Elvira Lindo, y ya formuló el científico Alan Weisman. En el libro de Arias Maldonado Antropoceno, que se publicó en 2018 y cada día cobra más actualidad, se hablaba del renacimiento de la naturaleza en la zona acotada de Chernóbil: la mera ausencia del ser humano, aun con accidente nuclear, era beneficiosa para la vida salvaje.
En Málaga, además del jabalí, ha sido avistado un pato verde volando ante un balcón. He ido tomando nota de otros avistamientos: pavos reales en calles de Madrid, corzos bajo el acueducto de Segovia, un cervatillo correteando por una playa vizcaína, coyotes en San Francisco, zorros en Bruselas, un puma en Santiago de Chile, una civeta malabar (que se creía extinta) en la ciudad de Meppayur, también en la India miles de tortugas poniendo sus huevos en las playas de Odisha, un delfín en el puerto de Sóller, peces y cisnes en los canales de Venecia, dos patos paseando por la entrada de la Comédie Française de París, otro jabalí con sus jabatos transitando por una acera italiana... Solo faltan pangolines, los transmisores del coronavirus.
Escribe W. H. Auden al final de su poema “La caída de Roma”, que ha recordado Timothy Cranmer: “Sin las dotes de la riqueza o la compasión, / pajarillos de patas color escarlata, / empollando sus huevos moteados, / observan cada ciudad infectada de gripe. // En otro lugar del todo distinto, enormes / rebaños de renos atraviesan / millas y millas de musgo dorado, / silenciosamente y muy deprisa” (tr. Eduardo Iriarte).
Volveremos y ellos se irán (se irán expulsados). Pero ya sabemos que están ahí, esperando la ocasión. Si un día nos vamos para siempre, ellos volverán para siempre.
* * *
En The Objective.
(5.4.20) Me manda como lujoso regalo mi amigo Víctor V. Úbeda, gran traductor, esta excelente versión rimada del poema de Auden:
La caída de Roma
(a Cyril Connolly)
Rompe el mar en la escollera.
La lluvia azota en el campo
un viejo tren olvidado.
Se hacina el hampa en las cuevas.
Las galas se disparatan.
Las fuerzas del Fisco buscan
defraudadores en fuga
por provinciales cloacas.
Duermen los ritos privados
a las sagradas rameras.
Los literatos se entregan
a un amigo imaginario.
Catón, parco y cerebral,
loa antiguas disciplinas;
en cambio, la infantería
se alza por soldada y pan.
Tibio está el lecho de César.
En un formulario rosa
un gris funcionario anota
ESTE CURRO ES UNA MIERDA.
Sin lujos ni condolencia,
patirrojos pajaritos
contemplan desde sus nidos
las urbes de gripe infectas.
Entretanto, en otros pagos,
vastos rebaños de renos
cruzan en raudo silencio
millas de musgo dorado.

Acuarela: Errabundo (5.4.20)
30.3.20
El crepúsculo de los ideólogos
Un tic odioso del presidente Sánchez en sus comparecencias durante el estado de alarma es ese de que “el virus no entiende de ideologías”. Odioso y sintomático: porque revela que Sánchez cree que repitiéndolo gana credibilidad; es decir, revela que Sánchez sabe que carece de credibilidad por su insistente utilización de la ideología para dividir a los españoles.
No en vano, ha llegado a esta crisis terrible con la mitad de los ciudadanos a los que gobierna empaquetados como “fachas”. La oposición nunca fue para él una oposición razonable: siempre fue “la derecha”, “la ultraderecha”, “el trifachito”. Hasta el mismísimo 8 de marzo, de consecuencias tétricas, utilizó la ideología para excluir a los críticos.
Ahora intenta adoptar el papel de estadista que llama a la unidad, que es lo que tiene que hacer. Pero, aun así, en su partido se le desflecan con gruesas críticas a las comunidades gobernadas por el PP: en una representación de lo que sería el PSOE en la oposición en la presente crisis. Exactamente lo que fue Sánchez en la del ébola, que resultó insignificante comparada con la actual.
Y si Sánchez y el PSOE viven en esta contradicción, que al fin y al cabo los refrena un poco, qué decir de sus socios de Podemos. Estos están desatados de un modo imposible: por un lado, mantienen un discurso gubernamental casi de palafreneros; por el otro, desean incendiar las calles desde lo más cerca que la gente está de ella, que es desde sus balcones.
La cacerolada contra el Rey, con su lema de “CoronaCiao”, cuando ya iban dos mil muertos por el coronavirus, indica que siguen a lo suyo. Están comidos por la ideología y no queda nada en ellos que no sea ideología.
Un ejemplo deprimente es el de Irene Montero, que nunca aprende nada. En la reaparición tras su contagio (y antes de recaer) seguía con su bla bla bla: que si “la derecha” o “la derecha ultra”, que si el machismo, que si el feminismo... Y peor fue antes: cuando de la desgracia de sus mellizos prematuros salió hablando –contra el PP, Ciudadanos y Vox– de “los trillizos reaccionarios”. La vida la somete a una prueba durísima y lo único que saca es munición barata.
Esta gente no vale un duro y va a ser barrida de nuestra vida política. Asistimos al crepúsculo de los ideólogos, aunque ellos no lo sepan aún. Llevamos miles de muertos en España (6.528 cuando escribo estas líneas): la realidad ha desarmado la farfolla retórica con la que siguen. No es que el virus no entienda de ideologías, es que los de la ideología no han entendido el virus: la nueva situación que los expulsa.
* * *
En El Español.
No en vano, ha llegado a esta crisis terrible con la mitad de los ciudadanos a los que gobierna empaquetados como “fachas”. La oposición nunca fue para él una oposición razonable: siempre fue “la derecha”, “la ultraderecha”, “el trifachito”. Hasta el mismísimo 8 de marzo, de consecuencias tétricas, utilizó la ideología para excluir a los críticos.
Ahora intenta adoptar el papel de estadista que llama a la unidad, que es lo que tiene que hacer. Pero, aun así, en su partido se le desflecan con gruesas críticas a las comunidades gobernadas por el PP: en una representación de lo que sería el PSOE en la oposición en la presente crisis. Exactamente lo que fue Sánchez en la del ébola, que resultó insignificante comparada con la actual.
Y si Sánchez y el PSOE viven en esta contradicción, que al fin y al cabo los refrena un poco, qué decir de sus socios de Podemos. Estos están desatados de un modo imposible: por un lado, mantienen un discurso gubernamental casi de palafreneros; por el otro, desean incendiar las calles desde lo más cerca que la gente está de ella, que es desde sus balcones.
La cacerolada contra el Rey, con su lema de “CoronaCiao”, cuando ya iban dos mil muertos por el coronavirus, indica que siguen a lo suyo. Están comidos por la ideología y no queda nada en ellos que no sea ideología.
Un ejemplo deprimente es el de Irene Montero, que nunca aprende nada. En la reaparición tras su contagio (y antes de recaer) seguía con su bla bla bla: que si “la derecha” o “la derecha ultra”, que si el machismo, que si el feminismo... Y peor fue antes: cuando de la desgracia de sus mellizos prematuros salió hablando –contra el PP, Ciudadanos y Vox– de “los trillizos reaccionarios”. La vida la somete a una prueba durísima y lo único que saca es munición barata.
Esta gente no vale un duro y va a ser barrida de nuestra vida política. Asistimos al crepúsculo de los ideólogos, aunque ellos no lo sepan aún. Llevamos miles de muertos en España (6.528 cuando escribo estas líneas): la realidad ha desarmado la farfolla retórica con la que siguen. No es que el virus no entienda de ideologías, es que los de la ideología no han entendido el virus: la nueva situación que los expulsa.
* * *
En El Español.
23.3.20
Exilio interior
Me sorprendió la extrañeza de que en las calles y terrazas de los libros hubiese todavía gente. Como si la vida cotidiana permaneciese en ellos, mientras nosotros somos personajes raros de los que buscábamos en la literatura. La sensación de que la irrealidad está en nosotros.
Muchas veces he pensado en la nostalgia de los exiliados de la República, sobre todo mi querido Luis Cernuda: aquella imposibilidad de volver a su tierra (“la patria se siente como un dolor”, decía Arturo Barea desde Londres); la sensación irreparable de frustración, de amputación, de mundo perdido.
Cernuda escribió (en un poema que, en realidad, es casi más sobre el tiempo que sobre el exilio): “Tierra nativa, más mía cuanto más lejana”. Ahora tenemos durante todo el día la experiencia que Goethe atribuía al anochecer: “Lo cercano se aleja”. Estamos en nuestras casas cerca geográficamente de una vida que, sin embargo, nos resulta inalcanzable.
Volveremos pronto a ella, por eso no podemos compararnos a los exiliados de verdad, muchos de los cuales (como el propio Cernuda) no regresaron. Pero algo de exilio interior hay.
Aunque el paseo marítimo sigue a un rato de mi casa, no puedo asomarme a él, como hacía con frecuencia. Ni puedo cenar con amigos. Ni puedo ir a Madrid, como tenía pensado esta semana (no veré ya nunca el concierto que iba a dar Gal Costa el martes). Las ciudades son escenarios vacíos de la vida que no está.
Y aun así, los del confinamiento somos los privilegiados. Fuera están los que tienen que trabajar arriesgándose, por todos; en especial los trabajadores de los hospitales. Y los que sufren la enfermedad, y los que han muerto, y sus familiares y amigos. Esta situación paradójica de que solo podemos ayudar quitándonos de en medio. Y tratando de llevarlo lo mejor posible.
Fuera está también la pelea política, el obsceno contraste entre la entrega de los que están a pie de obra y los que luchan por el poder, tratando de aprovechar las circunstancias. Esas mezquindades que también empujan al exilio interior, incluso cuando no hay epidemias.
Los populistas y los nacionalistas tan zafios como siempre, aplicando en todo momento su causa abstracta a la realidad, aunque esta esté en carne viva. Bochornosamente ven una “ventana de oportunidad” en el desastre.
Y el presidente Sánchez intentando recuperar a la desesperada su pose de estadista. No sé si sabiendo lo que sabemos todos (me atrevería a decir que los suyos inclusive): que tendría que haber llegado a esta crisis con el respeto ya ganado y no echado a perder.
* * *
En El Español.
Muchas veces he pensado en la nostalgia de los exiliados de la República, sobre todo mi querido Luis Cernuda: aquella imposibilidad de volver a su tierra (“la patria se siente como un dolor”, decía Arturo Barea desde Londres); la sensación irreparable de frustración, de amputación, de mundo perdido.
Cernuda escribió (en un poema que, en realidad, es casi más sobre el tiempo que sobre el exilio): “Tierra nativa, más mía cuanto más lejana”. Ahora tenemos durante todo el día la experiencia que Goethe atribuía al anochecer: “Lo cercano se aleja”. Estamos en nuestras casas cerca geográficamente de una vida que, sin embargo, nos resulta inalcanzable.
Volveremos pronto a ella, por eso no podemos compararnos a los exiliados de verdad, muchos de los cuales (como el propio Cernuda) no regresaron. Pero algo de exilio interior hay.
Aunque el paseo marítimo sigue a un rato de mi casa, no puedo asomarme a él, como hacía con frecuencia. Ni puedo cenar con amigos. Ni puedo ir a Madrid, como tenía pensado esta semana (no veré ya nunca el concierto que iba a dar Gal Costa el martes). Las ciudades son escenarios vacíos de la vida que no está.
Y aun así, los del confinamiento somos los privilegiados. Fuera están los que tienen que trabajar arriesgándose, por todos; en especial los trabajadores de los hospitales. Y los que sufren la enfermedad, y los que han muerto, y sus familiares y amigos. Esta situación paradójica de que solo podemos ayudar quitándonos de en medio. Y tratando de llevarlo lo mejor posible.
Fuera está también la pelea política, el obsceno contraste entre la entrega de los que están a pie de obra y los que luchan por el poder, tratando de aprovechar las circunstancias. Esas mezquindades que también empujan al exilio interior, incluso cuando no hay epidemias.
Los populistas y los nacionalistas tan zafios como siempre, aplicando en todo momento su causa abstracta a la realidad, aunque esta esté en carne viva. Bochornosamente ven una “ventana de oportunidad” en el desastre.
Y el presidente Sánchez intentando recuperar a la desesperada su pose de estadista. No sé si sabiendo lo que sabemos todos (me atrevería a decir que los suyos inclusive): que tendría que haber llegado a esta crisis con el respeto ya ganado y no echado a perder.
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En El Español.
18.3.20
Un diario logrado
Cuando leo un diario logrado me doy cuenta de que con nada disfruto más como lector. A veces me olvido, porque no todos los diarios están logrados. Pero cuando lo están, ¡qué maravilla! Eso me pasa, por ejemplo, con los de Ernst Jünger, Josep Pla, Andrés Trapiello, Iñaki Uriarte, José Luis García Martín, José Carlos Llop, Julio Ramón Ribeyro, Ignacio Peyró, Enrique García-Máiquez o Miguel Sánchez-Ostiz. Este último ha prologado el que acabo de leer: el Diario de cabotaje de Rafael García Maldonado (ed. Anantes), cuya primera entrega, Una inmensa soledad, comprende los años 2014 y 2015.
El diario es para mí el género supremo, el que lo tiene todo: ensayo, narración, lirismo. Quizá no el más poderoso, que sería la novela, porque le falta la fuerza de la ficción. Pero cualquier diario tiene algo de novela, de novela sin ficción o con una ficción atenuada; la ficción, al menos, del relato que se fabrica con elementos seleccionados de la realidad. Uno de los hilos de Diario de cabotaje es la ambición de García Maldonado de ser novelista (ha publicado ya varias novelas), ambición que se cumple también en el diario. Su decisión estilística de que esté escrito en tercera persona le da un aire de novela, sin que ello le reste intimidad. Es, en efecto, un diario íntimo escrito en tercera persona. Algo notable.
Como en todo diario logrado, en este nos metemos en un mundo que se nos hace familiar en seguida y que nos interesa, en el que queremos seguir: la vida entre Fuengirola (donde vive el autor), Coín (donde trabaja de farmacéutico) y Málaga (que visita con frecuencia), aparte de esporádicos viajes (como a Menorca o a Toledo) o la evocación de una estancia en Senegal; la relación con su mujer y la llegada del primer hijo, con sus reflexiones sobre el amor, el sexo, el matrimonio y la paternidad; la relación también con sus padres, sus hermanos, sus demás familiares (con el recuerdo de los antepasados) y sus amigos; su vida profesional en la farmacia, con los esfuerzos del trabajo, las preocupaciones empresariales y el contacto cotidiano con la enfermedad y el dolor, con las personas a las que atiende; su vocación literaria, como lector y escritor, lo que lee y lo que escribe y lo que reflexiona al respecto, sus ilusiones, sus dudas, sus críticas al mundillo literario; sus observaciones sobre el ser humano y sobre un mundo –el nuestro presente– que cada vez le gusta menos; sus angustias y obsesiones, su ansiedad, sus momentos de calma y alegría, su empeño en aprovechar el tiempo.
Una escritura de gran calidad erige esa vida en las páginas, y el efecto es justo el de una novela de la vida cotidiana, con sus escenarios, sus personajes, sus tramas impresionistas, sus emociones, sus pensamientos. Copio unas palabras del comienzo: “Por mucho que nos inventemos historias, añade, la gran literatura sólo tiene un argumento: la angustia del hombre en el tiempo. Por eso él mismo se ha transformado en literatura. Está solo, completamente solo. Quiere a mucha gente y lo quieren a él algunos más, tiene amigos y tiene amor, pero no puede quitarse de encima la sensación de orfandad y desamparo. Una soledad cósmica y metafísica, sí, pero soledad al cabo. Una inmensa soledad”. Y otras del final: “Ciertamente, si escribimos los que lo hacemos, dice, es porque nos horroriza el no ser, la posibilidad de no estar, y como eso es a partir de una edad (la línea de sombra de Conrad) el pensamiento invasivo y desagradable más recurrente, el hombre lúcido (¿el hombre desgraciado?) inventa todo tipo de tretas para huir de tan insoportable idea. Una de las estratagemas que el artero humano pensante ideó es la de la posibilidad metafísicamente compleja de sobrevivir a la biología en forma de palabras y hojas. Dejar, por decirlo de algún modo, la vida encuadernada, y pensar que de esa forma, remota e inexplicablemente, se pueda alcanzar una eternidad que, paradójicamente, también nos desasosiega”.
Diario de cabotaje es una lectura perfecta para estos días de cuarentena, y lo será para siempre. Sale a la venta este viernes 20 de marzo, con todas las librerías cerradas. Pero lo pueden pedir por la web de la editorial. Lo celebrarán.
* * *
En The Objective.
El diario es para mí el género supremo, el que lo tiene todo: ensayo, narración, lirismo. Quizá no el más poderoso, que sería la novela, porque le falta la fuerza de la ficción. Pero cualquier diario tiene algo de novela, de novela sin ficción o con una ficción atenuada; la ficción, al menos, del relato que se fabrica con elementos seleccionados de la realidad. Uno de los hilos de Diario de cabotaje es la ambición de García Maldonado de ser novelista (ha publicado ya varias novelas), ambición que se cumple también en el diario. Su decisión estilística de que esté escrito en tercera persona le da un aire de novela, sin que ello le reste intimidad. Es, en efecto, un diario íntimo escrito en tercera persona. Algo notable.
Como en todo diario logrado, en este nos metemos en un mundo que se nos hace familiar en seguida y que nos interesa, en el que queremos seguir: la vida entre Fuengirola (donde vive el autor), Coín (donde trabaja de farmacéutico) y Málaga (que visita con frecuencia), aparte de esporádicos viajes (como a Menorca o a Toledo) o la evocación de una estancia en Senegal; la relación con su mujer y la llegada del primer hijo, con sus reflexiones sobre el amor, el sexo, el matrimonio y la paternidad; la relación también con sus padres, sus hermanos, sus demás familiares (con el recuerdo de los antepasados) y sus amigos; su vida profesional en la farmacia, con los esfuerzos del trabajo, las preocupaciones empresariales y el contacto cotidiano con la enfermedad y el dolor, con las personas a las que atiende; su vocación literaria, como lector y escritor, lo que lee y lo que escribe y lo que reflexiona al respecto, sus ilusiones, sus dudas, sus críticas al mundillo literario; sus observaciones sobre el ser humano y sobre un mundo –el nuestro presente– que cada vez le gusta menos; sus angustias y obsesiones, su ansiedad, sus momentos de calma y alegría, su empeño en aprovechar el tiempo.
Una escritura de gran calidad erige esa vida en las páginas, y el efecto es justo el de una novela de la vida cotidiana, con sus escenarios, sus personajes, sus tramas impresionistas, sus emociones, sus pensamientos. Copio unas palabras del comienzo: “Por mucho que nos inventemos historias, añade, la gran literatura sólo tiene un argumento: la angustia del hombre en el tiempo. Por eso él mismo se ha transformado en literatura. Está solo, completamente solo. Quiere a mucha gente y lo quieren a él algunos más, tiene amigos y tiene amor, pero no puede quitarse de encima la sensación de orfandad y desamparo. Una soledad cósmica y metafísica, sí, pero soledad al cabo. Una inmensa soledad”. Y otras del final: “Ciertamente, si escribimos los que lo hacemos, dice, es porque nos horroriza el no ser, la posibilidad de no estar, y como eso es a partir de una edad (la línea de sombra de Conrad) el pensamiento invasivo y desagradable más recurrente, el hombre lúcido (¿el hombre desgraciado?) inventa todo tipo de tretas para huir de tan insoportable idea. Una de las estratagemas que el artero humano pensante ideó es la de la posibilidad metafísicamente compleja de sobrevivir a la biología en forma de palabras y hojas. Dejar, por decirlo de algún modo, la vida encuadernada, y pensar que de esa forma, remota e inexplicablemente, se pueda alcanzar una eternidad que, paradójicamente, también nos desasosiega”.
Diario de cabotaje es una lectura perfecta para estos días de cuarentena, y lo será para siempre. Sale a la venta este viernes 20 de marzo, con todas las librerías cerradas. Pero lo pueden pedir por la web de la editorial. Lo celebrarán.
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En The Objective.
16.3.20
Pobre Proust
Le temo a la España de los balcones como a un nublao. En mi barrio ya han empezado a establecerse comunicaciones a gritos entre los vecinos por las ventanas. Y me pasan vídeos escalofriantes de zapateados flamencos y de instructores de actividades varias, en plan animadores de hotel (esos que convierten muchos hoteles en un infierno). No hemos llegado aún a lo de Italia, en que todas las fachadas son un show, pero le temo. Yo aspiraba a un confinamiento tranquilo, pero voy a tener que ponerme los auriculares con las suites para clavecín de Bach como escudo sonoro, como cuando voy a los chiringuitos.
No hice lo de Proust, que es insonorizar la casa con planchas de corcho, y ahora ya no me da tiempo. En realidad, no lo quiero. Aunque el ruido es irritante con frecuencia, viene bien: es el aviso de la vida. La vida que intenta sacarte de la página. Por experiencia sé que cuando la página es de verdad buena te absorbe y no oyes nada. El ruido tal vez te está diciendo que no deberías seguir. Otras veces lo oyes pero es un acompañamiento más que una agresión: pájaros, niños, algún motor, algún perro, televisores lejanos, gente que cruza. Entonces se escribe con una sensación gustosa de no estar solo en el mundo (aunque el mundo no te lea).
Proust puede valer para la idea de que todo el tiempo lo llevamos dentro y que podemos meternos ahí a investigar. La cuarentena nos sabría a poco. El Proust del que me acuerdo, sin embargo, en estos días del coronavirus no es Marcel sino su padre Adrien, experto epidemiólogo. Benefactores los Prousts, cada uno a su manera.
En el frente de la epidemia están y estarán los enfermos, el personal sanitario, las autoridades, los abastecedores de alimentos y de medicinas: para ellos es el esfuerzo, el agotamiento, el dolor. El resto únicamente debemos cuidar de nosotros mismos y, si los tenemos, de algunos seres cercanos; nuestra mayor ayuda es no contagiarnos ni contagiar, no estorbar. Ser cortafuegos. Una solidaridad que se ejerce mediante la soledad. Aquí la práctica de la virtud nos abre un espacio para nuestras cosas. Estamos confinados por obligación, pero podemos transformar nuestra obligación en un gusto.
El problema es que muchos solo sabrán hacerlo de un modo expansivo, armando jaleo en sus encierros. Torturando a los Prousts que tengan de vecinos sin sus planchas de corcho. (Tampoco habrá tantos, para qué nos vamos a engañar.)
Va a ser un experimento ver cómo los mediterráneos aguantan una vida noruega. Ahora distrae un poco la simple novedad, pero pronto harán mella la acumulación de los días. Y probablemente las terribles noticias del exterior. Y el abyecto y repulsivo espectáculo al que venimos asistiendo: el de la peste ideológica (incluida la nacionalista), que durará más que el coronavirus.
En cuanto a mí, solo lamento no estar en el ventanal soleado con vistas al mar que me prestan a veces. En mi ventana cotidiana da el sol apenas un rato, hacia la una de la tarde, y el mar no se ve. Pero ya me ha dado mucho el sol y he visto mucho el mar. Y será glorioso reencontrarme con ellos después, cuando todo esto se acabe y llegue el efecto rebote que dicen, como en el fin de las guerras.
* * *
En El Español.
No hice lo de Proust, que es insonorizar la casa con planchas de corcho, y ahora ya no me da tiempo. En realidad, no lo quiero. Aunque el ruido es irritante con frecuencia, viene bien: es el aviso de la vida. La vida que intenta sacarte de la página. Por experiencia sé que cuando la página es de verdad buena te absorbe y no oyes nada. El ruido tal vez te está diciendo que no deberías seguir. Otras veces lo oyes pero es un acompañamiento más que una agresión: pájaros, niños, algún motor, algún perro, televisores lejanos, gente que cruza. Entonces se escribe con una sensación gustosa de no estar solo en el mundo (aunque el mundo no te lea).
Proust puede valer para la idea de que todo el tiempo lo llevamos dentro y que podemos meternos ahí a investigar. La cuarentena nos sabría a poco. El Proust del que me acuerdo, sin embargo, en estos días del coronavirus no es Marcel sino su padre Adrien, experto epidemiólogo. Benefactores los Prousts, cada uno a su manera.
En el frente de la epidemia están y estarán los enfermos, el personal sanitario, las autoridades, los abastecedores de alimentos y de medicinas: para ellos es el esfuerzo, el agotamiento, el dolor. El resto únicamente debemos cuidar de nosotros mismos y, si los tenemos, de algunos seres cercanos; nuestra mayor ayuda es no contagiarnos ni contagiar, no estorbar. Ser cortafuegos. Una solidaridad que se ejerce mediante la soledad. Aquí la práctica de la virtud nos abre un espacio para nuestras cosas. Estamos confinados por obligación, pero podemos transformar nuestra obligación en un gusto.
El problema es que muchos solo sabrán hacerlo de un modo expansivo, armando jaleo en sus encierros. Torturando a los Prousts que tengan de vecinos sin sus planchas de corcho. (Tampoco habrá tantos, para qué nos vamos a engañar.)
Va a ser un experimento ver cómo los mediterráneos aguantan una vida noruega. Ahora distrae un poco la simple novedad, pero pronto harán mella la acumulación de los días. Y probablemente las terribles noticias del exterior. Y el abyecto y repulsivo espectáculo al que venimos asistiendo: el de la peste ideológica (incluida la nacionalista), que durará más que el coronavirus.
En cuanto a mí, solo lamento no estar en el ventanal soleado con vistas al mar que me prestan a veces. En mi ventana cotidiana da el sol apenas un rato, hacia la una de la tarde, y el mar no se ve. Pero ya me ha dado mucho el sol y he visto mucho el mar. Y será glorioso reencontrarme con ellos después, cuando todo esto se acabe y llegue el efecto rebote que dicen, como en el fin de las guerras.
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En El Español.
9.3.20
Fabricando a la mala
Me quedé fascinado con el personaje. Daba saltitos en el vídeo como esos ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas que quieren acoplarle a su producto una imagen moderna, desenfadada, encarnada en ellos. El producto de este hombre era cómo no había que ser hombre, eso que ahora llaman "nuevas masculinidades". Ese era, es, su modelo de negocio, y lo vendía bien, con una escenificación dinámica a bordo de unos zapatitos rojos que no tenían nada que envidiar a los del expapa Benedicto XVI.
Entré en su Twitter a ver si había lo que sospechaba. Lo había: ataques destemplados a mujeres. A mujeres de derechas, claro: las "malas" para él. Su esforzado feminismo programático le eximía de la autoviligancia, y el feroz machismo alojado en el petimetre salía a chorro contra las mujeres propicias (propiciatorias).
Ocurre en muchos autoproclamados feministas: en cuanto aparece la mujer adecuada van a por ella con un encarnizamiento despiadado. Se arrogan la posición del bien y desde ella determinan dónde está el mal. Como lo hacen convencidos, desde la superioridad moral, ni se dan cuenta del espectáculo que ofrecen: el de un machismo escalofriante.
Ocurre también con muchas mujeres feministas: las que anteponen el contenido ideológico al marco formal de los derechos. El formalismo es universal y acoge a todas las mujeres (y a todos los hombres). El contenidismo es parcial y excluye a las mujeres (y a los hombres) que no comulgan con el contenido en cuestión. Toda ideología es parcial por naturaleza; absolutizarla es absolutizar la parcialidad. Ningún sectarismo es universal, porque solo se es sectario frente a otros.
Naturalmente, hay una tarea intelectual y política imprescindible: la de vigilar las inercias del formalismo, para que no se cuelen aspectos de contenido que pasen por formales, tergiversándolo. Como es imprescindible el señalamiento o la denuncia de los machismos camuflados, y también de las desigualdades no percibidas, o que se perciben falsamente como igualdades. Es necesario afinar cada vez más la percepción, el reconocimiento, la corrección: porque, aunque hay mucho hecho, queda mucho por hacer.
El problema es cuando la abstracción ideológica se impone a todo lo demás, como una maquinaria apisonadora. Ahí ya no cabe reflexión, ni debate, ni posibilidad de mejora fáctica. Lo que impera es una fe que dictamina desde el bien, confinando en el mal a quienes no lo aceptan. De nuevo una línea religiosa que separa a los buenos de los malos; es decir, una línea que fabrica a los malos. En este caso a las malas.
* * *
En El Español.
Entré en su Twitter a ver si había lo que sospechaba. Lo había: ataques destemplados a mujeres. A mujeres de derechas, claro: las "malas" para él. Su esforzado feminismo programático le eximía de la autoviligancia, y el feroz machismo alojado en el petimetre salía a chorro contra las mujeres propicias (propiciatorias).
Ocurre en muchos autoproclamados feministas: en cuanto aparece la mujer adecuada van a por ella con un encarnizamiento despiadado. Se arrogan la posición del bien y desde ella determinan dónde está el mal. Como lo hacen convencidos, desde la superioridad moral, ni se dan cuenta del espectáculo que ofrecen: el de un machismo escalofriante.
Ocurre también con muchas mujeres feministas: las que anteponen el contenido ideológico al marco formal de los derechos. El formalismo es universal y acoge a todas las mujeres (y a todos los hombres). El contenidismo es parcial y excluye a las mujeres (y a los hombres) que no comulgan con el contenido en cuestión. Toda ideología es parcial por naturaleza; absolutizarla es absolutizar la parcialidad. Ningún sectarismo es universal, porque solo se es sectario frente a otros.
Naturalmente, hay una tarea intelectual y política imprescindible: la de vigilar las inercias del formalismo, para que no se cuelen aspectos de contenido que pasen por formales, tergiversándolo. Como es imprescindible el señalamiento o la denuncia de los machismos camuflados, y también de las desigualdades no percibidas, o que se perciben falsamente como igualdades. Es necesario afinar cada vez más la percepción, el reconocimiento, la corrección: porque, aunque hay mucho hecho, queda mucho por hacer.
El problema es cuando la abstracción ideológica se impone a todo lo demás, como una maquinaria apisonadora. Ahí ya no cabe reflexión, ni debate, ni posibilidad de mejora fáctica. Lo que impera es una fe que dictamina desde el bien, confinando en el mal a quienes no lo aceptan. De nuevo una línea religiosa que separa a los buenos de los malos; es decir, una línea que fabrica a los malos. En este caso a las malas.
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En El Español.
7.3.20
Cada loco con su tema
1. El malecón
Este verano contemplaba un malecón y los solitarios que paseaban por él. En realidad, yo era uno de esos solitarios: me fijaba en los que iban como yo, en su burbuja, con el mar a los lados, con el mar en la punta, sin hablar con nadie. Pensé en cómo íbamos aislados en nuestros pensamientos, y en que en ese momento éramos estrictamente unos locos. Pensé también en los que viven solos, sin nadie que los limite. Y pensé en la importancia de esos límites, que son los límites de nuestro delirio. “Acote el goce”, me decía hace años un amigo lacaniano. Al final, de la locura nos salva la conciencia de los otros. Que los otros nos consten, al menos. En el malecón nos veíamos los unos a los otros. Cada uno aislado, pero sabiendo que había otras islas.
En las discusiones, en las emisiones verbales políticas o filosóficas, el pluralismo es fuente de salud mental. Todos tendemos a enroscarnos en nuestras ideas, en nuestras retóricas; casi toda mente es un círculo vicioso. Prácticamente nadie le da la razón al otro. Pero si el otro está, es posible que vaya calando su semilla, quizá ya sin él, mientras nos alejamos, o al cabo de un tiempo. Y en cualquier caso su mera presencia es salutífera. En las sociedades plurales, variadas, las locuras particulares se contienen entre sí. Aunque me cierre a los otros, los otros están. Aunque me niegue a salir de mi obcecación, al menos compruebo que ella no gobierna el mundo, que hay resistencias. Hay otros casos además del mío.
2. Efecto enloquecedor de la mentira
La locura –hablo del uso cotidiano del término, sin precisión psiquiátrica– tiene que ver con el desajuste entre la percepción (o la conciencia de lo que se percibe) y la realidad (o al menos lo que considera “realidad” la percepción mayoritaria de las personas). El caso prototípico de loco es, en este sentido, don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos. Es muy interesante, a propósito, esta reflexión de Harry G. Frankfurt en su libro Sobre la verdad, sobre el efecto enloquecedor de la mentira:
3. Partidarios de vivir
Se suele recurrir a una inversión de los términos para expresar esta paradoja: frente a una falsa vida cuerda, la verdadera vida sería la vida loca. Hay muchas canciones que lo expresan. En la de Joan Manuel Serrat Cada loco con su tema la conclusión de sus preferencias “locas” es: “Antes que nada soy / partidario de vivir”. En otro de sus clásicos, los niños instalados en la vida con su afán de juego y libertad son Esos locos bajitos. En la música brasileña, que es la que me gusta, abundan los ejemplos: el brasileño, pueblo vitalista, es muy sensible a las propuestas de felicidad desafiante. Así Caetano Veloso en O último romântico: “Tolice é vivir a vida assim sem aventura / Deixa ser pelo coração / Se é loucura, então melhor não ter razão”. O la Balada do louco de Os Mutantes: “Dizem que sou louco por pensar assim / Se eu sou muito louco por eu ser feliz / Mas louco é quem me diz / E não é feliz / [...] Eu juro que é melhor / Não ser o normal”. No ser "el normal", o no ser normal: he ahí la clave. Ese era el imperativo de André Breton: "Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos".
4. El amor loco
Íntimamente relacionado con lo anterior está la locura amorosa. Un “dulce tormento” para los trovadores y toda la tradición deudora del amor cortés. Un bien absoluto para Breton, hasta el punto de que termina El amor loco con estas palabras para su hija pequeña: “Te deseo que seas locamente amada”. En nuestra lengua, ningún poema es más explícito que el fabuloso soneto de Antonio Machado cuyo primer cuarteto dice: “Huye del triste amor, amor pacato, / sin peligro, sin venda ni aventura, / que espera del amor prenda segura, / porque en amor locura es lo sensato”. Relacionado con la alucinación amorosa está también este verso de agradecimiento de Borges: “Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad”. Que a su vez podría asociarse a la “locura divina” de los rapsodas: percepciones de un vida más amplia, menos chata.
5. Cuestión de medida
Al final, todo es cuestión de medida. Del mismo modo que el veneno en manos del sabio es medicina y la medicina en manos del necio es veneno, podría decirse que la locura en manos del sabio es cordura y la cordura en manos el necio es locura. Antonio Escohotado, al que le leí la primera idea, suele citar a Paracelso: “solo la dosis hace de algo un veneno”. Incluso en el vitalismo moderado, la locura suele figurar como ingrediente. El epicúreo Horacio recomendaba: “Mezcla a tu prudencia un grano de locura”. Y el más arrojado Ernst Jünger: “Para que los dioses nos sean propicios, para tener a la suerte de nuestro lado, se requieren dos cosas: no exhibirse demasiado como buena persona y tener un cierto grado de locura”.
Friedrich Nietzsche, investigador del fondo oscuro, irracional, de la cultura griega, y de la cultura en general, relacionó genialmente dos grandes máximas griegas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “De nada demasiado”. O sea: conócete a ti mismo, pero no demasiado.
6. Salud mental
Nietzsche decía de las Conversaciones con Goethe de J. P. Eckermann que era “el mejor libro alemán que existe”. Yo que lo he leído recientemente creo saber por qué: el Goethe de esas páginas encarna el ideal de la salud mental absoluta. El propio Nietzsche se aproximaba a ese ideal, solo que de un modo menos sereno, más pugnaz y compulsivo, más entrecortado, y sin estar completada por el placer (o al menos el bienestar) físico, el amor y la felicidad (aunque a cambio de esta Nietzsche tuvo mucha alegría). Sin embargo, su filosofía es una explosión de cordura, una dinamitación de los resortes que la impiden, y conduce definitivamente a la sabiduría: a la real, la que aprecia (y se instala en) “el sentido de la tierra”. Los enemigos de ella –los religiosos de todo tipo, los teológicos e ideológicos, o los resentidos sin más– han pretendido utilizar la locura de los últimos años de Nietzsche como una consecuencia de su filosofía sana: como si esta estuviera enferma desde el principio y la locura fuese su verdadera cara, la confirmación; o como si, pensando así, se acababa inevitablemente loco. Podríamos responderles nietzscheanamente que se acogen a ese razonamiento mezquino solo porque les excede la salud mental.
7. Nuestro loco
Los locos están en el misterio de un modo aún más abrumador que los cuerdos; o quizá lo estén para los cuerdos, cuando los miran o piensan en ellos. Yo pienso a veces en el Nietzsche loco, o en el Nietzsche ido. Y en el Hölderlin loco también: en otra orilla ya.
Nuestro loco (literario) ha sido Leopoldo María Panero. Era risible y era verborreico (Jaime Gil de Biedma le llamaba Blablapoldo Panero). Pero estaba en contacto con “lo otro” y ha sido nuestro último maldito. Cuentan que Octavio Paz, precisamente por su interés por la otredad, quiso conocerlo en un viaje a España en los años 70 del pasado siglo. Mientras Paz intentaba entablar conversación, Panero no paraba de decir: “¡Octavio Paz es más tonto que de aquí a Tijuana!”. La única vez que lo encontré en persona tuvo su gracia. Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV y una mañana lo vi en el bar tomando cocacolas: pedía una, se la bebía y pedía otra. Me dijeron que iba como invitado a un programa de entrevistas que tenían Lola Flores y su hija Lolita, Sabor a Lolas.
Pero mi amigo Curro, el mejor lector de poesía (y filosofía) que conozco, es devoto de la de Panero. Y mis amigas con mayor sensibilidad poética, Cristina y Araceli, estuvieron en conexión con él. Cristina lo encontró enjaulado, literalmente, en una caseta de la Feria del Libro. Se miraron, pero sus guardianes no la dejaban acceder. Al final logró acercarse, en un descuido de estos. Panero le escribió como dedicatoria: “Cuando rrrruge la marabunta”. Y Araceli se lo encontró en un bar de Las Palmas. Pasaron toda la tarde charlando y Panero la bautizó como “Andros”. No volvieron a verse ni a escribirse. Años después se cruzaron en Córdoba. Tras un recital en que armó uno de sus líos, se lo estaban llevando entre unos cuantos. Entonces la vio y le dijo: “¡Andros!”.
8. Al borde siempre
Lo cierto es que siempre estamos al borde de la locura. Hay veces en que nuestro teatro mental, que es el teatro del mundo, parece desmoronarse. No solemos caernos, pero sí constatar qué frágil es el límite. Estas cosas pensaba por el malecón.
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Publicado en Jot Down en papel núm. 29, especial Locura.
Este verano contemplaba un malecón y los solitarios que paseaban por él. En realidad, yo era uno de esos solitarios: me fijaba en los que iban como yo, en su burbuja, con el mar a los lados, con el mar en la punta, sin hablar con nadie. Pensé en cómo íbamos aislados en nuestros pensamientos, y en que en ese momento éramos estrictamente unos locos. Pensé también en los que viven solos, sin nadie que los limite. Y pensé en la importancia de esos límites, que son los límites de nuestro delirio. “Acote el goce”, me decía hace años un amigo lacaniano. Al final, de la locura nos salva la conciencia de los otros. Que los otros nos consten, al menos. En el malecón nos veíamos los unos a los otros. Cada uno aislado, pero sabiendo que había otras islas.
En las discusiones, en las emisiones verbales políticas o filosóficas, el pluralismo es fuente de salud mental. Todos tendemos a enroscarnos en nuestras ideas, en nuestras retóricas; casi toda mente es un círculo vicioso. Prácticamente nadie le da la razón al otro. Pero si el otro está, es posible que vaya calando su semilla, quizá ya sin él, mientras nos alejamos, o al cabo de un tiempo. Y en cualquier caso su mera presencia es salutífera. En las sociedades plurales, variadas, las locuras particulares se contienen entre sí. Aunque me cierre a los otros, los otros están. Aunque me niegue a salir de mi obcecación, al menos compruebo que ella no gobierna el mundo, que hay resistencias. Hay otros casos además del mío.
2. Efecto enloquecedor de la mentira
La locura –hablo del uso cotidiano del término, sin precisión psiquiátrica– tiene que ver con el desajuste entre la percepción (o la conciencia de lo que se percibe) y la realidad (o al menos lo que considera “realidad” la percepción mayoritaria de las personas). El caso prototípico de loco es, en este sentido, don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos. Es muy interesante, a propósito, esta reflexión de Harry G. Frankfurt en su libro Sobre la verdad, sobre el efecto enloquecedor de la mentira:
Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir ‘en su propio mundo’, un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.El asunto, naturalmente, está en el atractivo de la “locura” en tanto huida de esa “experiencia común”. Cuando esta se considera sosa, aburrida, limitadora, la locura puede suponer una liberación. No en vano, de una vida común, aprisionada, obligatoria, sin estímulos, se dice que es “alienante”: enajenada, precisamente.
3. Partidarios de vivir
Se suele recurrir a una inversión de los términos para expresar esta paradoja: frente a una falsa vida cuerda, la verdadera vida sería la vida loca. Hay muchas canciones que lo expresan. En la de Joan Manuel Serrat Cada loco con su tema la conclusión de sus preferencias “locas” es: “Antes que nada soy / partidario de vivir”. En otro de sus clásicos, los niños instalados en la vida con su afán de juego y libertad son Esos locos bajitos. En la música brasileña, que es la que me gusta, abundan los ejemplos: el brasileño, pueblo vitalista, es muy sensible a las propuestas de felicidad desafiante. Así Caetano Veloso en O último romântico: “Tolice é vivir a vida assim sem aventura / Deixa ser pelo coração / Se é loucura, então melhor não ter razão”. O la Balada do louco de Os Mutantes: “Dizem que sou louco por pensar assim / Se eu sou muito louco por eu ser feliz / Mas louco é quem me diz / E não é feliz / [...] Eu juro que é melhor / Não ser o normal”. No ser "el normal", o no ser normal: he ahí la clave. Ese era el imperativo de André Breton: "Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos".
4. El amor loco
Íntimamente relacionado con lo anterior está la locura amorosa. Un “dulce tormento” para los trovadores y toda la tradición deudora del amor cortés. Un bien absoluto para Breton, hasta el punto de que termina El amor loco con estas palabras para su hija pequeña: “Te deseo que seas locamente amada”. En nuestra lengua, ningún poema es más explícito que el fabuloso soneto de Antonio Machado cuyo primer cuarteto dice: “Huye del triste amor, amor pacato, / sin peligro, sin venda ni aventura, / que espera del amor prenda segura, / porque en amor locura es lo sensato”. Relacionado con la alucinación amorosa está también este verso de agradecimiento de Borges: “Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad”. Que a su vez podría asociarse a la “locura divina” de los rapsodas: percepciones de un vida más amplia, menos chata.
5. Cuestión de medida
Al final, todo es cuestión de medida. Del mismo modo que el veneno en manos del sabio es medicina y la medicina en manos del necio es veneno, podría decirse que la locura en manos del sabio es cordura y la cordura en manos el necio es locura. Antonio Escohotado, al que le leí la primera idea, suele citar a Paracelso: “solo la dosis hace de algo un veneno”. Incluso en el vitalismo moderado, la locura suele figurar como ingrediente. El epicúreo Horacio recomendaba: “Mezcla a tu prudencia un grano de locura”. Y el más arrojado Ernst Jünger: “Para que los dioses nos sean propicios, para tener a la suerte de nuestro lado, se requieren dos cosas: no exhibirse demasiado como buena persona y tener un cierto grado de locura”.
Friedrich Nietzsche, investigador del fondo oscuro, irracional, de la cultura griega, y de la cultura en general, relacionó genialmente dos grandes máximas griegas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “De nada demasiado”. O sea: conócete a ti mismo, pero no demasiado.
6. Salud mental
Nietzsche decía de las Conversaciones con Goethe de J. P. Eckermann que era “el mejor libro alemán que existe”. Yo que lo he leído recientemente creo saber por qué: el Goethe de esas páginas encarna el ideal de la salud mental absoluta. El propio Nietzsche se aproximaba a ese ideal, solo que de un modo menos sereno, más pugnaz y compulsivo, más entrecortado, y sin estar completada por el placer (o al menos el bienestar) físico, el amor y la felicidad (aunque a cambio de esta Nietzsche tuvo mucha alegría). Sin embargo, su filosofía es una explosión de cordura, una dinamitación de los resortes que la impiden, y conduce definitivamente a la sabiduría: a la real, la que aprecia (y se instala en) “el sentido de la tierra”. Los enemigos de ella –los religiosos de todo tipo, los teológicos e ideológicos, o los resentidos sin más– han pretendido utilizar la locura de los últimos años de Nietzsche como una consecuencia de su filosofía sana: como si esta estuviera enferma desde el principio y la locura fuese su verdadera cara, la confirmación; o como si, pensando así, se acababa inevitablemente loco. Podríamos responderles nietzscheanamente que se acogen a ese razonamiento mezquino solo porque les excede la salud mental.
7. Nuestro loco
Los locos están en el misterio de un modo aún más abrumador que los cuerdos; o quizá lo estén para los cuerdos, cuando los miran o piensan en ellos. Yo pienso a veces en el Nietzsche loco, o en el Nietzsche ido. Y en el Hölderlin loco también: en otra orilla ya.
Nuestro loco (literario) ha sido Leopoldo María Panero. Era risible y era verborreico (Jaime Gil de Biedma le llamaba Blablapoldo Panero). Pero estaba en contacto con “lo otro” y ha sido nuestro último maldito. Cuentan que Octavio Paz, precisamente por su interés por la otredad, quiso conocerlo en un viaje a España en los años 70 del pasado siglo. Mientras Paz intentaba entablar conversación, Panero no paraba de decir: “¡Octavio Paz es más tonto que de aquí a Tijuana!”. La única vez que lo encontré en persona tuvo su gracia. Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV y una mañana lo vi en el bar tomando cocacolas: pedía una, se la bebía y pedía otra. Me dijeron que iba como invitado a un programa de entrevistas que tenían Lola Flores y su hija Lolita, Sabor a Lolas.
Pero mi amigo Curro, el mejor lector de poesía (y filosofía) que conozco, es devoto de la de Panero. Y mis amigas con mayor sensibilidad poética, Cristina y Araceli, estuvieron en conexión con él. Cristina lo encontró enjaulado, literalmente, en una caseta de la Feria del Libro. Se miraron, pero sus guardianes no la dejaban acceder. Al final logró acercarse, en un descuido de estos. Panero le escribió como dedicatoria: “Cuando rrrruge la marabunta”. Y Araceli se lo encontró en un bar de Las Palmas. Pasaron toda la tarde charlando y Panero la bautizó como “Andros”. No volvieron a verse ni a escribirse. Años después se cruzaron en Córdoba. Tras un recital en que armó uno de sus líos, se lo estaban llevando entre unos cuantos. Entonces la vio y le dijo: “¡Andros!”.
8. Al borde siempre
Lo cierto es que siempre estamos al borde de la locura. Hay veces en que nuestro teatro mental, que es el teatro del mundo, parece desmoronarse. No solemos caernos, pero sí constatar qué frágil es el límite. Estas cosas pensaba por el malecón.
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Publicado en Jot Down en papel núm. 29, especial Locura.
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