28.4.21

La ilusión de la vida

¿Por qué los lectores del diario de Andrés Trapiello esperamos cada nuevo tomo como si no hubiéramos leído tantos ya? Por la ilusión de la vida. En sus páginas ha ido elaborándose una vida que es también nuestra, y en cada tomo la retomamos y la vivimos, y si nos falta ese tomo es vida nuestra que se pierde. Tenemos ilusión por esa vida que es a su vez ilusión (en palabras).

Durante mucho tiempo, el ritmo fue de un tomo al año, lo que le hizo ponerlo a Félix Ovejero junto a la película de Woody Allen como garantías anuales por si todo lo demás se torcía. Últimamente se tuercen ellas también, una o las dos, y hemos tenido años sin película de Woody ni diario de Trapiello.

Las ganas, sin embargo, no se pierden, sino que se acumulan. Así disfrutamos el doble (o el triple) cuando de pronto está Woody en cartel o llega un nuevo tomo del Salón de pasos perdidos, nombre genérico del diario de Trapiello (diario y "novela en marcha"). Este abril ha llegado el número veintitrés: Quasi una fantasia, correspondiente al año 2009.

La novedad es que ya no lo edita Pre-Textos, como venía haciendo desde el primer tomo, que salió en 1990 (correspondiente a 1987), sino Ediciones del Arrabal. Como dice el autor en el prólogo: “Pre-Textos es, ha sido y será para mí el centro del mundo editorial, y si ahora nos vamos al arrabal es... por fantasía y espíritu errabundo”.

Es una empresa familiar, ciertamente quijotesca, que, además de editar, vende y distribuye el libro. Dentro de un mes llegará a las librerías, pero mientras tanto se puede adquirir por la web de la editorial. A mí tuvieron la cortesía de enviármelo y he dedicado la última semana a leerlo. Una semana que he pasado en ese suplemento de vida que me venía faltando.

Los viejos lectores del diario de Trapiello no necesitan explicaciones: solo la confirmación de que es un tomo espléndido, como todos los demás. Hay un ligero progreso en cuanto a soltura, a libertad, a travesura incluso, siempre de orden cervantino (no ausentes, por lo demás, de los tomos anteriores). Pero en los sustancial es el mismo libro, como los aficionados queremos.

En cuanto a los nuevos lectores, o los que querrían serlo, siempre están con la duda de por qué tomo empezar. No hay respuesta más sencilla: por cualquiera. Nunca falla empezar por el nuevo, y luego ir leyendo los demás, no necesariamente en orden, ni necesariamente todos. Al gusto, y dejándose llevar por el gusto. La vida que hay en esos libros se va recomponiendo sola. Está en cada página y la acumulación la refuerza: y da igual el orden en que se vaya acumulando.

En Quasi una fantasia se casa el hijo mayor y se muere el gato, el autor viaja promocionando su novela Los confines, prepara una nueva edición de Las armas y las letras y presenta el tomo del diario que publicó entonces, Troppo vero. Hay tres viajes a Francia, mucho Las Viñas y mucho Rastro, menos Madrid que otras veces, historias de la guerra civil, Ian Gibson buscando los huesos de Lorca, Cosmopoética, el Hay Festival, la Feria del Libro, León, Santander, Valencia, Málaga... Mucho humor, situaciones cómicas, figuronismos de escritores o críticos (¡ese PR., personaje que comparte con el volatinero, quien es a su vez uno de sus personajes!), o despedidas emocionantes, como la del antequerano JAMR.

A Trapiello le cuentan historias, o las observa, y las cuenta. Por eso los suyos son los diarios en que hay más gente. Son, en verdad, una novela: no solo la novela de un hombre sino también la de muchos hombres, y mujeres, y animales, y libros, y fantasmas. Para justificar la ficción que hay en ellos, recurre al Goethe de Poesía y verdad: “La vida real pierde a veces de tal modo su brillo, que es preciso animarla con el colorido de la ficción”. Se trata de una literatura en favor de la vida.

Y todo lo sostiene la escritura, naturalmente. En cada página hay hallazgos, proyecciones imaginativas (poéticas) en los detalles. Yo anoto solo cuatro de Quasi una fantasia, para terminar (y abrirles boca):

Sobre una plaza nevada, por la que no ha pasado nadie: “la nieve se ensució con gran celeridad, pero no sé cómo, como si ella misma se pisara los bajos de su vestido de gala” (p. 33).

Sobre una pareja que desayuna en una mesa de hotel: “Se reían de buena gana por algo. Estaban solos. Sentí curiosidad por saber de qué se reían. Siempre que ve uno reírse a alguien, dan ganas de acercarse y extender la mano, como un mendigo, para que le den lo que les sobre” (p. 245). Al ver las camisas planchadas que ha dejado la asistenta que acaba de despedirse para siempre, por enfermedad: “Me va a parecer, el día que las desabotone para ponérmelas, que despliego el pabellón de un barco rumbo a una travesía incierta” (p. 305).

Sobre el sol de una mañana muy fría: “aquel solecito de la esquina parecía conservar el frío entre algodones, sin destruirlo” (p. 508).

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26.4.21

El envilecido voto a la derecha

Los ufanos voxistas se piensan que están dando la batalla cuando no están haciendo más que corroborar la derrota. Son los monigotes soñados por Pablo Iglesias, que vienen a poblar el escenario proyectado por Pablo Iglesias. Sin esos monigotes, el escenario proyectado por Pablo Iglesias estaría muy menoscabado. Pero ellos han venido a completarlo, rindiéndole un grandísimo servicio a Pablo Iglesias.

Me hace mucha gracia el contraste entre lo apretaos y envaraos que van los voxistas y su realidad de mayordomos de aquello que dicen detestar. Son unos curiosos leñadores que no talan árboles sino que los riegan... ¡con sus hachas! En este sentido, rinden un gran servicio ecológico. Solo que a un bosque abominable.

Lo peor de Vox son sus exudaciones infectas, su vileza a chorros, que contamina a todo votante de la derecha, incluido el del PP: desde el momento en que se sabe que el PP pactará con Vox. Vox ha envilecido el voto a la derecha. No hay votante al PP inocente. Ni siquiera Fernando Savater, que ha sido el último en llegar.

Lo que pasa es que peores son los otros. Esa es la endiablada porquería en la que estamos: que peores son los otros. Y los otros son los que se ponen dignos, con esos “veintiséis años infernales”, que han vivido a cuerpo de rey, y su ventrilocuismo “antifascista”, cuando se han aliado (y revolcado y refocilado) con los ultranacionalistas golpistas, con los proetarras y la ultraizquierda populista, con la que además han formado gobierno.

Daniel Gascón se reía en una de sus geniales viñetas de uno de esos atildados, al que le hacía decir: “Es intolerable que crucéis las líneas rojas que nosotros dejamos atrás”. Ha sido tristísimo (¡desolador!) ver a Antonio Muñoz Molina embarcado con esos impostores de las líneas rojas.

Porque esta es la trazabilidad de la ultraderecha y no otra. Sabemos quiénes la han traído, de dónde la han sacado. Sabemos cómo antes ya acusaban de ultraderechistas a quienes no lo eran, y cómo ahora están que se corren al ver que hay ultraderechistas de verdad (lo que no les exime de seguir llamando ultraderechistas a quienes no lo son).

Solo se puede elegir ya entre lo malo y lo peor. Y en lo malo está PP-Vox y en lo peor está PSOE-Podemos. Lo que pasa es que a algunos no nos sale de los huevos ceder al chantaje. Y por eso, si votáramos en Madrid, nos iríamos a la abstención, o al pobre Bal. Y a la mierda también, claro. Pero a esta nos iremos todos.

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24.4.21

Completando el juego

[Dietario]

Buda en Semana Santa. Paso la Semana Santa en Torrequebrada. Vida social cero, salvo una comida con amigos que vienen a ver cómo me las gasto de ermitaño. El resto del tiempo me dedico a leer, a pasear por la costa y a tomar cañas en el Yucas mirando el mar. Una tarde decido coger el autobús hasta la estupa tibetana de Benalmádena pueblo. Es un sitio asombroso, con el encanto de las atracciones del Tívoli World, pero en serio. El budismo es una religión relajada. Subo la escalinata y me asomo a ver al Buda, sin entrar. Tampoco hago fotos del interior: me limito a sentir su paz, un poco de juguete, por unos segundos. Luego me asomo al formidable mirador y decido bajar caminando por la carretera. Tardo una hora en llegar a la playa. Ha sido una especie de peregrinación a la inversa: introspectiva y fácil. Como las bajadas en bicicleta, pero a pie.

Luz de Agosto. A la comida de Torrequebrada, Rafael García Maldonado nos trajo ejemplares de Benito Cereno, de Herman Melville, que ha traducido y publicado en la editorial que ha montado con Mariló Rubio: Luz de Agosto. Quieren sacar libros exquisitos y con este primero lo han logrado. García Maldonado es farmacéutico (en Coín) y escritor. Le gusta combinar su vocación literaria (estos días sale su libro de cuentos Si yo de ti me olvidara, Jerusalén) con una profesión que le da independencia y conocimiento de la naturaleza humana. Era el único de nosotros que se había vacunado ya y hubo discretas maniobras por sentarse a su lado.

Turismo de librerías. Siempre visito tres librerías de la costa, que, además de heroicas, son realmente buenas: Pérgamo (Torremolinos), Lorca (Arroyo de la Miel) y Teseo (Fuengirola). Así al turismo de playa (que para mí es más de paseos marítimos) le sumo el turismo de librerías. Nunca se hablará lo bastante de cómo ennoblecen una población las librerías. Torremolinos, Arroyo de la Miel y Fuengirola son mejores gracias a Pérgamo, Lorca y Teseo.

Completando el juego. Lo he visto ya varias veces: niños y niñas que posan con mucha fiesta para sus padres y luego corren a ver cómo han quedado en la foto. La alegría de los dos momentos indica que se trata del mismo juego. Con el segundo lo completan.

Corazón y cerebro. Asisto a un cursillo de prevención del envejecimiento cognitivo (¡más vale prevenir que curar!). La profesora dice que debemos quedarnos con esta idea: "Todo lo que es bueno para el corazón, es bueno para el cerebro". La memorizo al tiempo que me digo: no todo, no todo...

Clavos. Un amigo está contentísimo porque ha tenido un ligue que le ha hecho olvidar un amor que le dolía. Y además el ligue no le ha durado, por lo que se siente más aliviado aún. Hace este resumen: "Ha sido un clavo que saca otro clavo... y además se saca a sí mismo".

En el reino de las penumbras. Voy a Churriana a ver la exposición de Chema Cobo en la Casa Gerald Brenan, In the twilight kingdom. En el reino de las penumbras. Es un verso de Los hombres huecos de T.S. Eliot. Antes de entrar, me asomo al mirador que da al aeropuerto. Habitualmente no paran de despegar y aterrizar aviones, pero la pandemia ha frenado el tráfico. En veinte minutos solo veo uno, que corre por la pista y se alza en el cielo gris. Luego, visitando la exposición, me fijo en el cuadro de Cobo que muestra los escuadrones que bombardeaban Málaga durante la Guerra Civil y el humo negro que sube. En primer plano, delante del humo, también ascendente, está un jarrón con flores. La vista era desde la casa de Brenan, según contaba Gamel Woolsey en El otro reino de la muerte, o Málaga en llamas. La exposición de Cobo, brillante, se adentra en “el laberinto español”, con borricos y fantoches a cachiporrazos, que conjuga con la elevación mística, tortuosa, de san Juan de la Cruz, que era también del interés de Brenan. Como siempre ocurre con la obra de Cobo, las estancias en que se muestra son un espacio imantado de imágenes e ideas. Crudamente lúcidas, pero con escapes líricos: luces, caminos que se pierden, promesas. En el última pared están los delicados retratos caleidoscópicos de Brenan y Woolsey. Esta, la mejor para mí, bellísima como nunca.

Usos de un mismo bigote. Hablo con Arias y Toscano del debate electoral de Telemadrid. Nos apena el profesor Gabilondo, por las contorsiones a que le obliga la política y por los ataques bajos que recibe. Dice Arias: "Se habría librado de estas sevicias de haberse limitado a pelear por los sexenios". Toscano recuerda que en su día compitió por la cátedra con el malagueño Julio Quesada. Creo que la ganó este, pero se fue enseguida a México detrás de una mexicana. Les digo que Quesada pertenece a la clase más entrañable de nietzscheanos: la de los que se dejan el bigote de Nietzsche. Concluye Toscano: "Eso facilitaría el aterrizaje en México". 

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19.4.21

La República por la radio

Me quedé impresionado la semana pasada con la serie documental sonora que ha dirigido Carlos Alsina para su programa Más de Uno de Onda Cero: 1931, sobre la proclamación de la II República y lo que llevó a ella. Está disponible en diez podcasts.

Les recomiendo la escucha a quienes se la perdieron, porque logra el efecto de que vivamos la historia de ese modo acuciante y complejo, nervioso, aturdidor, en que se vive desde el presente: cuando prima la incertidumbre sobre la fatalidad. La historia se hace y ahí se ve (se oye) cómo se hace.

Me he acordado de otra serie sonora, muy larga, que seguí de adolescente en Radio Nacional, sobre la historia de España en el siglo XIX. No recuerdo su título, pero sí que recitaban en los créditos estos versos del poema “En la plaza” de Vicente Aleixandre”: “no te busques en el espejo, / en un extinto diálogo en que no te oyes. / Baja, baja despacio y búscate entre los otros. / Allí están todos, y tú entre ellos”.

Hacía pocos años de la intentona golpista de Tejero y era agobiante asistir al desfile de nuestros espadones decimonónicos, con sus asonadas y sus quebrantos. Todo era un lío sin solución. Predominaba, sin embargo, el ánimo de que nuestro país ya no era aquel desastre, de que había encontrado el camino.

Ese ánimo ha desaparecido. La sensación es la contraria ahora: nos hemos vuelto a extraviar. Por eso el 1931 de Alsina se escucha con una particular pesadumbre. Algunos simpatizamos con la II República, con su proyecto, con sus ilusiones, sin podernos quitar de la cabeza su dificultosa realidad, ni cómo acabó. Es una simpatía trágica.

Otros, en cambio, la celebran acríticamente, como una quimera, como herramienta guerracivilista trasladada a la actualidad. Son, curiosamente, los herederos de los que minaron la República desde dentro, contribuyendo a su derrumbe. Tanto como los fascistas, o más.

Entonces, como hoy, estuvieron contra el Estado democrático realmente existente. Entonces para cambiarlo por la Revolución; hoy (qué paradoja) por aquella República.

Aunque se ha señalado la truculencia de aquellas elecciones municipales del 12 de abril de 1931, en los podcasts de Alsina se percibe que con la República estaba lo mejor del país: en la izquierda, pero también en la derecha. Hubo una ocasión real de que España fuese un país democrático y moderno.

Pero no pudo ser. Pronto la realidad se empezó a cargar los sueños. Qué rabia la de los que estamos en la simpatía trágica por nuestra República. También (¡casi más rabiosos aún!) contra nuestros actuales necios (¡es que nos queman la sangre!) del “republicanismo”. 

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12.4.21

Hay ganillas de guerra civil

Hay ganas de guerra civil y yo creo que la guerra civil es la solución, nuestra solución. Llevamos ya mucho sin matarnos. Esto es pesado y aburrido. La vida se nos hace muy cuesta arriba si no nos matamos. Pero la cosa está al caer.

Después de la guerra tal vez venga otra dictadura para rematar y añadir sufrimiento. Y después, si hay suerte, otra democracia. Con esta se volverá a cometer el error de atribuirla a una lucidez súbita de nuestro pueblo, que por fin habrá comprendido. Pero no, tampoco habrá comprendido nada: simplemente estará apaleado de nuevo. La letra, con la sangre le habrá entrado. Como antes. Eso será todo.

Somos cazurros y solo los directamente apaleados aprenden las lecciones. En cuanto llegan los nietos y los biznietos y se borra el sufrimiento de la piel, vuelta a las andadas. Tiene gracia que la generación que ha mandado a sus ancianos a los asilos a mansalva se vuelque en ellos por adorno ideológico. Los desentierran para lanzárselos al vecino. Con muchísima emotividad.

Es todo un poco antropológico, pero ya sabemos que Spain is different. De hecho, nos traerá beneficios a la larga. Vendrán aún más turistas a observarnos. Debemos de resultarles la mar de divertidos.

Pero todavía en esta etapa previa, mientras esperamos la guerra civil (¡y con cuánta impaciencia!), podemos ver su trazabilidad. Está a la vista porque la hemos visto en directo. Zapatero es el hombre. Fue él el que inició el actual proceso. Cierto que desenterrando impulsos que ya estaban, que de la nada no salen las cosas. Pero él fue el factótum.

Hasta Zapatero yo no entendía por qué nuestros abuelos se habían matado. Su España era algo exótico, un país que estaba solo en los libros de historia. Con Zapatero y las discordias que generó lo empecé a entender perfectamente. Empezó a romper los consensos de la Transición, considerando (¡el muy bobín!) que los iba a poder romper solo por un lado.

De ahí a lo de ahora no había más que insistir, y añadir los Sánchez, Iglesias y Abascales. Con su aditamento de Rufianes, Puigdemones y sanguinolentos Otegis. Y sus pasivos Rajoys y sus menesterosos Casados. Izquierda y derecha, sí. Aunque no me escondo: la que ha desatado la porquería esta vez ha sido la izquierda (para mí pseudo, pero eso es ya cosa mía).

En cualquier caso, a esta fastidiosa etapa le queda poco. La nueva guerra civil está al caer. Se huele en el aire. Alienta en los discursos. Y sí: ¡hay ganillas! 

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31.3.21

Días dobles

Hace un año por estas fechas yo estaba encerrado, como todo el mundo. El confinamiento tuvo su poética –una poética acosada por la muerte, que empujaba. Muchos dicen que no pudieron leer. Yo sí, casi no hice otra cosa que leer. Lo que no vi fueron películas ni series. Solo la radio, los periódicos, internet. El sol daba un rato, de refilón, en mi ventana y salía a absorberlo. Era escaso como el oro. Era oro.

Lo pienso mientras exprimo estos días de primavera para que sean dobles: para que cada uno me dé en su lote el que me debe del año pasado. Aunque sigue empujando la muerte. O por eso: porque sigue empujando la muerte. Pero podemos salir.

Estoy en Torrequebrada, en mi torreón prestado. Leo y escribo con vistas al mar y luego salgo. Me asomo al mirador metafísico. Hace un día radiante, pero el horizonte está neblinoso: se ha formado una franja a lo largo, delgada pero espesa. Como si la puerta entre los mundos fuese blanca. Camino por el malecón que hay al pie del Casino. Desde allí, rodeado de mar, veo cómo el día se desploma. Es un desplome lento, hermoso. En algún momento se enciende el faro de Fuengirola, a lo lejos. Y las luces del litoral.

Antes de comer me siento en el Yucas a tomar una caña. El chiringuito está encima del mar y el placer es refinadísimo. Como de un emperador romano más epicúreo que estoico; o mejor un poeta: un Horacio con su cervecita y sus aceitunas. El año pasado evocaba esta terraza vacía y ahora estoy en ella, disfrutándola el doble de lo que la hubiera disfrutado el año pasado, que ya era mucho.

Me he traído mis cuatro libros de estas vacaciones y quiero hacer un juego oracular: abrir al azar cada uno y poner el pasaje que señale con el dedo a ciegas.

“Está equivocado. El odio nos es desconocido, sí, no debemos permitírnoslo. Nosotros no ponemos pasión, pero el tiempo no avanza y nunca olvidamos nada. Lo de hace diez años es ayer para nosotros. Es hoy mismo incluso, está pasando”. (Tomás Nevinson, Javier Marías.)

“Las olas en la playa de Bellavista estallan lejos, fuertes y altas, monótonas e iguales. Hacen un ruido inmenso y pesado, como lo que cae a plomo. Se persiguen rebotando espuma cristalina y blanca, en la cresta una neblina que se alza salpicada antes de deshacerse, como humo que se seca al contacto con el aire”. (Mexicana, Manuel Arroyo-Stephens.)

“Todo lo ignoro y me duele el pecho. He dejado de trabajar y no quiero moverme de aquí. Estoy mirando el papel secante blanco sucio, que se extiende, pegado a los rincones, sobre la gran edad de la mesa inclinada”. (Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.)

“Si vienes por aquí, / Por la ruta que probablemente seguirás / Desde el lugar de donde vienes probablemente; / Si vienes por aquí en mayo, / Cuando florecen los espinos, / Encontrarás los setos vivos / Blanqueados otra vez con voluptuosa dulzura”. (Cuatro cuartetos, T.S. Eliot; tr. J. E. Pacheco.)

Pero la mayor parte del tiempo lo paso en el torreón, viendo las acrobacias de las gaviotas y los cormoranes que cruzan a lo lejos con su cuello alargado. También cruza algún barquito. Me tumbo en el sofá de la terraza a leer. Me da el sol. Oigo las olas. Es la otra vida que estaba en esta.

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29.3.21

Una semana emboscado

Me he venido con cuatro libros a mi torreón prestado de Torrequebrada, con vistas al mar. El domingo ha amanecido gris y silencioso. Ha cambiado la hora. Cruzan gaviotas y cormoranes. Tengo conexión pero no me voy a conectar, salvo para despachar compromisos como el de esta columna. Por fortuna, tengo pocos.

El propósito es solo en parte penitencial. En realidad, es lúdico: se aspira al placer que advendrá cuando el tiempo se haya asentado. Ahora está revuelto, por la agitación perpetua de la actualidad (y además una tan deprimentísima como la española), con sus extensiones tuiteras. El martilleo incesante de las distracciones, condenadamente insatisfactorio.

Pienso, claro, en La emboscadura de Ernst Jünger, que nació un 29 de marzo (de 1895). Es un libro de 1951 (en España lo editó Tusquets en 1988), y en él se dice ya esto: “La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado”.

Yo voy a aprovechar esta Semana Santa para emboscarme (más que santa, va a ser bendita). Los cuatro libros que me he traído son:

El Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, en la edición de Pre-Textos, que es ya la mejor. No solo porque es la más compacta y bonita, sino porque la ordenación cronológica de Jerónimo Pizarro convierte el Libro en lo que siempre fue: un diario. Un diario del fantasmal Bernardo Soares.

Cuatro cuartetos, el gran poema de T.S. Eliot, en la edición de José Emilio Pacheco (Alianza). La traducción de Pacheco (este la llama “aproximación”) es buenísima, y además va espléndidamente anotada y con una “Cronología” que es una biografía muy personal que el poeta mexicano escribe del estadounidense. “Y cada intento es un nuevo principio / Y un tipo diferente de fracaso”.

Tomás Nevinson, la nueva novela de Javier Marías (Alfaguara): es decir, la nueva novela de nuestro mejor novelista. Llevo solo cincuenta páginas y ya estoy dentro, naturalmente. Y me he llevado una sorpresa: sale el jardincito madrileño que es uno de mis lugares, como ya salía en el Madrid de Andrés Trapiello. Lo mejor es que Marías lo irrealiza, porque su escena sucede en 1994, cuando estaba cerrado: “No debía de ser el del Príncipe de Anglona, porque se abrió al público unos años más tarde, pero es como si fuera éste, en mi ya titubeante recuerdo”.

Y Mexicana de Manuel Arroyo-Stephens (Acantilado), el libro que el autor quería ver y no pudo, porque se murió el verano pasado en su casa de campo de El Escorial. Este precioso volumen (“homenaje personalísimo, ameno y original a México”, dice la solapa) tiene así algo inquietante, entre milagroso y trágico: lo tengo en la mesa, pero es inaccesible a quien lo escribió. En medio está la frontera entre la vida y la muerte; y lo que cae de este lado es justamente milagroso.

Leeré, pasearé, escribiré, miraré el mar. Me desintoxicaré. Habrá que volver al mundo, pero bien puedo escaparme una semana. Desenredarme: soltarme. 

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27.3.21

Edades

[Dietario]

Edades. Baja un grupo de chicas por la Alameda. Ríen, dan saltitos: están de cumpleaños. Una lleva un globo fucsia con la forma del número dos. Otra otro con la forma del número tres. Van desordenadas. Las observo intentando averiguar si celebran un veintitrés o un treinta y dos. No lo consigo. Las mascarillas ayudan al camuflaje. Me alejo pensando que, si ellas conocieran mi duda, se preocuparían se fuesen de veintitrés y se alegrarían si fuesen de treinta y dos. 

El descubrimiento de Málaga. La lectura de Madrid, de Andrés Trapiello, me hizo pensar en mi descubrimiento de Madrid, cuando me fui a estudiar con diecinueve años. Pero Madrid no fue mi único descubrimiento: además descubrí Málaga, cuando regresé en las vacaciones. Era la primera vez que podía compararla con otra cosa y me encontré inesperadamente con una ciudad más entrañable, más suave, más luminosa, más lenta. Y con el mar, claro. Como soy un poco ceporro, el “azul mediterráneo” también lo descubrí en Madrid: en un cuadro de Picasso que vi en una exposición. Al volver, me hice un forofo del sur como nunca lo había sido en el sur. Así sigo. Pero para recuperar la afición debo escaparme de vez en cuando a Madrid, algo que hace mucho que no hago. 

Gato urbano. Voy por una calle solitaria de Torremolinos. Un poco más adelante, en la acera de enfrente, un gato avanza a paso rápido y se dispone a cruzar. Me preocupa, porque oigo por detrás de mí que se acerca un coche. El gato lo ve y se para, como un buen peatón; incluso se retira un par de pasos en su acera. Cuando el coche ha pasado, el gato se sitúa en el bordillo, mira a los lados y cruza. En mi acera (una furgoneta me lo tapaba) había cinco o seis gatos pegándose un festín con la comida que les pone un hombre. Esa tentación le da aún más mérito al gato urbano, que ya come junto a los otros sin haber tenido que gastar ninguna de sus siete vidas. 

Conservatorio. Quedo con mi hermana en el café Polifonía del Ejido. Al pasar por delante del Conservatorio, oigo instrumentos que ensayan. La sensación es que la música pugna por salir, pero aún no encuentra el modo. Más que música, es la promesa de la música. Está, sin embargo, ahí. Me acuerdo de mi amiga Eva Valdivia, que está aprendiendo a tocar la trompeta. Su sueño es tocar rancheras y el “A mi manera” de Sinatra. Todavía le queda mucho, pero ya se ha puesto en el camino. 

Parque. Tengo una consulta médica por teléfono a las diez y decido irme al Parque a esperar la llamada, para que la espera sea bonita. Hacía tiempo que no paseaba por ahí, porque ahora suelo cruzar hacia el paseo marítimo por el puerto. Me paro ante el panel que cuenta la historia del Parque. La foto de cuando lo estaban construyendo podría ser una imagen apocalíptica del futuro. Incluye un listado de las plantas, en latín. Me fijo en algunos nombres: Musa x paradisiaca, Citharexylum spinosum, Petrea volubilis, Phoenix reclinata… Al final no oigo el teléfono y se me escapa la consulta. Me ponen otra al día siguiente. 

Platero y su sombra. Veo la estatua de Platero y me acerco. Los toboganes y los columpios están vacíos. El burrito tiene delante su sombra y parece que la mira. Es su sombra y la de todas las infancias malagueñas. Todos tenemos una foto de niño subido en Platero. Le acaricio el cuello y la cabeza: su aspereza de bronce. El lomo, en cambio, está pulido y brilla: como si los miles de niños que nos montamos en él durante tantos años lo hubiésemos transmutado en oro. 

Las del 40. Han llamado a mi madre para la vacuna del covid. Les ha tocado, pues, a los nacidos en 1940. En el ambulatorio solo hay dos hombres, uno en silla de ruedas. El resto son mujeres, que más o menos se apañan. Las del 40. Tal vez la última vez que tuvieron que juntarse por la edad fue en el colegio, las que pudieron ir. Predomina el buen humor, un humor negro. Dice una: “Aquí vamos a quitar viejos de encima, que está la economía mu mala”. Por delante de mi madre pasa una amiga del pueblo, que también vive en el barrio. Está asustada. Pero cuando sale, después de los quince minutos de precaución, es otra. Le pregunto que cómo le ha ido y dice, eufórica: “Bicho malo nunca muere”. Justo detrás viene mi madre, que se ríe. 

Errores de entretiempo. Elegir la ropa en esta época del año es todo un arte, un arte arriesgado. Tiene algo de apuesta. El error se paga con el frío o con el sudor. Los vaivenes habituales de marzo son ahora más extremos: hemos alternado días casi de verano –con gente en la playa– con otros de invierno. El tiempo cambia también según las horas. El truco de quienes prefieren ganar en cualquier caso es llevar mudas. Pero, tal como están las cosas, hace falta salir con un armario de quitaipón. Lo suyo es jugársela, llevar lo menos posible. Si se falla, frío. Y si se acierta: ligereza. 

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17.3.21

Casquería

Yo también practico los tuits de un segundo, esos en los que asoma una verdad, una verdad descarnada, o tal vez un desahogo borrico. Aparecen por una necesidad o un impulso y al momento se borran, como si se cumplieran en el parpadeo. Otros muchos mueren antes de que se le dé al “enviar”, tuits monstruosos o inconvenientes que llegan a ser escritos, cargados, pero ahí se paran. Los del parpadeo, en cambio, han logrado abrirse camino hasta el mundo en el que desentonan. Son un estallidito y nada más.

Pero hay cazadores de estallidos y a Teresa Rodríguez le cazaron el lunes este, que ha seguido circulando –capturado– después de que lo borrase (le edito un par de erratas): “Iglesias provocó en 2019 una repetición electoral solo para ser vicepresidente. Así le dio a Vox, a sabiendas, la oportunidad de ser tercera fuerza política en España. Ahora se va porque se aburre y para su vendetta personal con Errejón. La política con minúsculas: la casquería”.

Una radiografía fulminante, precisa; una vivisección. De repente en Twitter asomó esa loncha de carne cruda (más cruda, desde luego, que los guisos recalentados –de estolidez supina– que nos sirve el ínclito Carnecrudo, sologripista de todos los coronavirus ideológicos) y su autora no podía más que retirarla al momento, justo por su crudeza. Era obsceno ese desnudo hasta el esqueleto de Pablo Iglesias. Un strip-tease de vísceras: casquería.

Acudimos de inmediato los moscardones, oliendo el cadáver. Pero fue retirado de inmediato, antes de su transmutación en mortadela, en chopped puro. Iglesias fue el primero en oler su propio cadáver, ese incómodo hedor de la necrosis, y ha salido de la Moncloa y de sus series para batirse, no por Madrid, sino por su supervivencia.

Si hubiese dedicado un 10 % de ese celo a la pandemia, como era su responsabilidad, tal vez esta hubiese sido menos asesina en España. Pero no, se ha dedicado a politiquear, arrastrando al resto. No olvidamos que la primera cacerolada, a los tres días del confinamiento, la hicieron los suyos. Ahora se presenta como candidato a Madrid a matar o a morir, pero sobre todo a heder. (El no de Íñigo Errejón y Mónica García ha sido un palazo en los nudillos cuando trataba de salir de la tumba.)

Teresa Rodríguez escribió más tarde: “Sí, he borrado el tuit. Lo pienso y lo siento pero no aporta nada”. Y: “El que tiene boca (y Twitter), se equivoca”. Pero el caso es que el que tiene boca (y Twitter) a veces dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. En un parpadeo.

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15.3.21

El abstencionista del millón

Permitan que me presente: soy el abstencionista del millón. De ese millón de votantes de Ciudadanos que se abstuvo en las últimas elecciones generales y al que supuestamente Inés Arrimadas ha venido a buscar con sus recientes maniobras. Así lo sostienen algunos analistas.

Como creo que nunca se han enterado de por qué nos abstuvimos (que es la razón no solo por la que Arrimadas no va a encontrarnos en su búsqueda, sino también por la que nos quedaremos confinados en la abstención probablemente), me he decidido a explicarlo.

(Sé que es pretencioso arrogarse la representatividad de ese millón. ¡Pero menudos somos los de ese millón! Somos superiores y finos, naturalmente; sofisticados y destilados, en efecto. Y no estamos por embarrarnos. Lo que siempre me ha hecho gracia ha sido la superioridad con respecto a nosotros de los que sí se embarran. Tal vez nuestra displicencia connota su barro.)

Queríamos un partido bisagra y veleta, sí. Un partido que se hiciese cargo del carácter ondoyante de la vida, de modo que la política no lo entorpeciera y que, si pudiese ser, lo facilitara. Un partido contra los apretaos de todo signo, contra los anquilosamientos, contra el apelmazamiento partidista, frecuentemente aplastador.

Un partido pragmático, que se hiciese cargo de los bueyes con los que en esta España hay que arar (unos bueyes toscos, estólidos, deprimentes), por ver si se les encauzaba un poquito en la buena dirección; que en política no es otra que la del aseo institucional, la pulcritud democrática y el sentido común –sin adherencias retóricas ni delirios ideológicos– respecto a las cuestiones prácticas.

Desde el principio pensamos que Cs no era un partido de poder que viniese a romper el bipartidismo, sino un partido que debía impulsar una corrección virtuosa del bipartidismo. Al fin y al cabo, los nacionalistas venían impulsando desde hacía décadas (con notable éxito) correcciones viciosas del bipartidismo. Con gran satisfacción esto último de los dos grandes partidos del bipartidismo, el PSOE y el PP: principalísimos responsables de todas nuestras desgracias políticas y campeones del cortoplacismo, el abuso y la irresponsabilidad.

La propuesta era demasiado elevada para lo que aquí se estila. Por eso durante años Cs obtuvo apenas un hilillo de votos. Tuvieron que venir el 15-M y Podemos, y luego Vox, para que comprobásemos el éxito fulminante con que podían ser agraciadas, en cambio, las propuestas bajunas.

La tremenda crisis debida al independentismo catalán propició el ascenso electoral de Cs en las generales de abril de 2019. De pronto, el partido tenía poder en el Congreso para cumplir su misión de árbitro. Y lo que hizo Albert Rivera con ese poder fue tirarlo a la basura, cegado por la ambición de alcanzar un poder mayor y autosuficiente.

Quienes nos caricaturizan a los que nos abstuvimos en las segundas elecciones de aquel año, las de noviembre, nos dicen tres cosas: 1) que la foto de Colón junto al PP y Vox fue anterior a las elecciones en que aún votamos a Cs; 2) que Pedro Sánchez no tomó la iniciativa ni hizo ningún gesto para pactar con Cs; y 3) que Rivera fue a las segundas elecciones con la promesa de que no pactaría con Sánchez. Respondo a ellas:

1) Nos limitamos a no atender al chantaje del mantra de “la ultraderecha” emitido por ese PSOE que había pactado con los únicos que eran más dañinos que la ultraderecha en España (es decir, por este orden, los nacionalistas –que acababan de dar un golpe de Estado– y Podemos). Por más que considerásemos que la ultraderecha era, en efecto, la ultraderecha y la execrábamos, y que fotografiarse con ella había sido un error.

2) No se trataba de esperar ninguna iniciativa de Sánchez, pájaro al que ya conocíamos de sobra. Sino de utilizar el poder parlamentario de que por fin se disponía para enjaular al pájaro. O al menos dejarlo en evidencia en tanto pájaro, para que no le saliesen gratis (como le salieron y salen) sus pajarerías.

3) En cuanto Rivera hizo aquella promesa electoral supimos y dijimos que se equivocaba. Está bien que los políticos cumplan sus promesas; pero, cuando su cumplimiento se ve claramente que deriva en desastre, no está mal incumplirlas por una razón superior. Que en el caso de Cs, mira por dónde, coincidía con su espíritu fundacional. (El remoquete del asunto es que Rivera hizo en el último momento su oferta de pacto, cuando ya no valía y estaba débil: con lo que terminó de espantar a los votantes que aún le quedaban.)

Llegaron las elecciones y Cs se hundió. Unos votantes se fueron al PP, otros a Vox y los de mi millón nos abstuvimos. Los votantes de Vox no iban a volver, los del PP parece que tampoco y quedábamos los del millón, los finos, los no embarrados, que pedíamos lo de siempre: bisagrismo y veletismo, no en beneficio propio sino en el de las puertas y los vientos del país.

Se fue Rivera, vino Arrimadas. La situación no era fácil, y encima con la pandemia, pero fuimos aceptando la prioridad de no contribuir al embrutecimiento de la situación. Hasta que ha llegado el gran embrutecimiento de Ciudadanos. Y nuestro confinamiento en la abstención probablemente.

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8.3.21

Tan estúpidamente

Viene ocurriéndome que la indignación me pilla en mitad de semana, cuando no tengo columna. Se pierde así el impulso por el que salen solas: ese motor furioso con que la calentura moral fluye sintácticamente. Cuando estaba en Twitter esto borboteaba en los tuits, pero ahora que no estoy (llevo dos días sin estar, una proeza) todo se va gestionando en mi cráneo como en una olla exprés.

Todavía los jueves estoy a punto de estallar, pero el fin de semana me apacigua, y para cuando llega el domingo, que es cuando escribo, las catástrofes están flácidas. A esto contribuye su carácter alucinante, su barroquismo irreal. Vivimos atrapados en una asfixiante empanada de Nodos que son simultáneamente autos sacramentales y de fe. Mientras el país se hunde.

Sí, el momento es menos noventayochista que barroco. Las ceremonias pomposas y vacías, con un retorcimiento de los significantes bajo los cuales los significados se han evaporado; o han sido aplastados, ¡o apisonados! Solo que ni en los significantes hay esmero, como lo había en nuestro Siglo de Oro. Lo que nos embadurna es un merengue aparatoso, pringoso, inane. No hay cuchillo que lo corte, ni puñetazo que lo desmorone. (Mi indignación del jueves lo intuye y por eso llega al domingo desactivada.)

También está mi crisis del tono. El problema, como siempre, es el tono. ¿Para qué vociferar? Ahora nuestros más conspicuos vociferantes están adscritos a Vox, de manera que con sus vociferaciones ayudan a conformar un rebaño que transcurrirá por un cauce que no rozará al sanchismo. Para este es una vía de escape del antisanchismo, que lo deja así limpio y asentado. Todo se juega en la enfática autosatisfacción inmediata del que se ve antisanchista, aunque el resultado sea más sanchismo.

El sanchismo. He aquí la clara expresión de nuestra actualidad política. El presidente Sánchez no hace nada que no hayan hecho sus predecesores (mentir, actuar a corto plazo sin excesiva preparación, pensar antes que nada en su poder, primar la propaganda, coaccionar los controles), pero lo hace de un modo tan abrumador, tan descarado, tan cuantitativo, que se produjo hace ya tiempo el célebre salto cualitativo. Su descubrimiento ha sido monstruoso: le sale gratis, da igual.

Mientras el país se hunde. Muerte, ruina, paro, endeudamiento, sacrificio de dos o tres generaciones, riesgo de disgregación irreversible de la nación española. Psicotización, sí. Pero el domingo me llega como amortiguado. Quizá por la conciencia que todo se esté produciendo tan estúpidamente.

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3.3.21

Los vivos y los muertos

1 de marzo. Día festivo en Andalucía por el desplazamiento del festivo de ayer, que cayó en domingo. Paso toda la mañana y media tarde trabajando y termino por fin la tarea en que llevo empeñado un montón de semanas. Una cierta liberación, vacía. En la calle hay vacío también. No hace sol, sino un cielo gris uniforme. Cuando cierran las terrazas, quedan transeúntes fantasmales. Yo soy uno de ellos, en el puerto ya, mirando el mar que también se desustancia.

Es de noche cuando regreso. Ceno palomitas de microondas, por ponerle un toque saltarín a la jornada, y me meto en la cama a leer. Tengo tres libros fijos en la mesilla, que voy picoteando desde principios de año (son libros fragmentarios): el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (en la edición de Pre-Textos, que me faltaba y está muy bien), las Prosas reunidas de Wislawa Symborska (¡un tomo delicioso como los ensayos de Montaigne; son los ensayos de Symborska!) y O óbvio ululante de Nelson Rodrigues (¡columnas libérrimas de mi escritor brasileño favorito!).

El cuarto libro es mudable. Coloqué hace unos días la nueva traducción de Los muertos de James Joyce (por Nuria Barrios, en Navona). Es este el que escojo. Metido en la manta, a la luz de mi rinconcito, paso tres horas –con adormilamiento en medio– en una casa, unas calles nevadas y un hotel de Dublín a principios del siglo XX. Todos estarían muertos ya, si hubieran vivido. Todos viven (y mueren) en las páginas. Desde estas se proyecta nuestra condición, en la frontera de la vida y la muerte, en una noche nevada o en una tarde gris. Sería igual con sol, pero los decorados tenues representan mejor la pasarela.

El relato de Joyce tuvo la suerte de la película de John Huston, el mejor testamento de la historia del cine. Huston dio con el tono y respetó lo que el relato contiene. Como muchos, vi primero la película. Las lecturas posteriores, en inglés y en español (mi traducción preferida era la de Isabel Butler para Alianza Cien), ahondaban aún más en el camino marcado; lo enriquecían hasta el infinito. Ahora (la nueva traducción me ha parecido espléndida, quizá la mejor ya) he vuelto a sentir la conmoción.

La fiesta, el baile, mientras afuera nieva. Las edades, la música. Las pasiones pasadas. La conclusión de Gabriel Conroy, luego en el hotel, cuando conoce la lejana muerte por su esposa Gretta del joven Michael Furey: “Mejor adentrarse audazmente en el otro mundo, en la gloriosa plenitud de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con el paso de los años”. Y después: “Aunque jamás había sentido nada parecido por mujer alguna, sabía que tal sentimiento debía ser amor”. Y antes: “No quería admitir, ni siquiera en su interior, que su rostro [el de Gretta] ya no era hermoso, pero sabía que ya no era el rostro por el que Michael Furey había desafiado la muerte”.

“Uno tras otro, todos se convertirían en sombras”, ha pensado sobre los participantes en la fiesta de esa noche. Y, por último, naturalmente, en toda Irlanda nieva. “Su alma desfallecía poco a poco mientras escuchaba el sonido de la nieve que caía levemente sobre el universo y que, como el postrero descenso que a todos aguarda, levemente caía sobre los vivos y sobre los muertos”.

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