5.10.23

Woody en francés (y Erice)

El sábado fui a ver la película de Woody Allen y el domingo la de Víctor Erice. Es noticia porque hacía muchísimo que no iba al cine (si esto es noticia). Las últimas veces fue con una amiga en Madrid, en mis visitas, y sin pretenderlo nos metíamos fatalmente en peñazos. "Hemos tenido muy mala suerte cinematográfica", le dije el último día. "Hemos tenido muy mala suerte en general", sentenció ella.
 
Por eso ir al cine, ahora solo, dispara sensaciones antes de que empiece la proyección. Ir un sábado o un domingo a las cuatro y media sin acompañante, en Málaga, requiere personalidad. Personalidad que, no obstante, conlleva un cierto vencimiento, que se traduce en que quisiéramos que no nos viese nadie: así estábamos los lobos y lobas solitarios, distribuidos misantrópicamente por la sala como en una sesión porno. A nuestro alrededor, parejitas y matrimonios, y viejecitas en grupo para las que el cine era el preludio de la merienda.
 
Con Woody siempre hubo un plus emocional por mi parte: independientemente de la película en cuestión, me absorbía en una burbuja entre melancólica y feliz, que se prolongaba en mi paseo a la salida. Pero en esta ocasión no se ha producido, apenas una insidiosa frialdad persistente. Es la primera vez que me pasa. Tanto pensar que con cada película de Woody podía ser la última vez, porque no habría más películas de Woody, para que al final me haya pasado cuando aún había una película de Woody...
 
Dicen que Golpe de suerte es mejor que las anteriores. Yo me niego a juzgar las películas de Woody por su calidad. Me agradó que fuese en francés y que tuviese un aroma a cine francés, entre Rohmer y Chabrol. Y que sonase esa música de Herbie Hancock que ponían mucho en Área reservada de Radio 3, lo que me llevó a tardes en el coche camino del trabajo en los noventa. La película me gustó, claro. Ninguna película de Woody no me gusta. ¡Hasta Vicky Cristina Barcelona me gusta! El asunto de Golpe de suerte es puro Woody: los juegos del azar o el destino, la prodigiosa chiripa existencial; el milagro cotidiano de haber nacido y estar aquí, ese absoluto escándalo estadístico, bien reflejado en la película. Pero no llegué a sentir lo de otras veces, ni todo lo demás. Algo se había esfumado. Soy sin duda yo. Esta época desactivada.
 
La de Erice la vi con interés y también me gustó. Pero más que por su valores cinéfilos, Cerrar los ojos me impregnó de una decadencia que me venía al pelo. De pronto caí en las canas de casi todas las cabezas de la película: ¡campos de algodón, que se extendían al patio de butacas! Es una película sólida y eché de menos más películas de Erice en todas estas décadas usurpadas (¡abaratadas!) por los Andrés Vicente Gómez. El problema, como decía un amigo, es que Erice pone un entramado guionístico complejo y sugerente, fotografía perfecta, músicas adecuadas, encuadres, movimientos de cámara y cortes (¡o fundidos en negro!) de gourmet del cine... y luego todo eso tienen que encarnarlo menesterosos actores españoles. Que no están mal, pero que no llegan a la altura.
 
Pero la última escena, la de los ojos cerrados, hipnotiza. Me acordé de la traducción que Molina Foix propuso para Eyes wide shut, excelente aunque la descartaron: Ojos cerrados de par en par. Para el cine interior.
 
Tanto el sábado como el domingo la película acabó cuando la tarde resplandecía en Málaga. Una luminosidad (¡cielo y palmeras!) para nada. Caminé a casa confiando en una pronta reactivación.
 
* * * 

1.10.23

De guerras civiles, miserias y psicofármacos

[Montanoscopia]
  
1. He sentido escalofrío al releer el poemita de Jaime Gil de Biedma De vita beata, tantísimas veces citado (podría habérmelo dicho de memoria, sin releerlo): 
En un viejo país ineficiente, 
algo así como España entre dos guerras 
civiles, en un pueblo junto al mar, 
poseer una casa y poca hacienda 
y memoria ninguna. No leer, 
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, 
y vivir como un noble arruinado 
entre las ruinas de mi inteligencia. 
El escalofrío viene de que, desde que se escribió el poema hace más de cincuenta años, nunca había venido más a cuento que ahora. Y por culpa principalísima de los que Gil de Biedma consideraba los suyos. Aunque a los actuales probablemente los hubiera despreciado. En cuanto a mí, lo que dice ese poema es lo que yo intento transmitir cuando hablo de mi sofá austrohúngaro. ¡Un viejo país ineficiente! De él no salimos. Fue un espejismo la Transición.  
 
2. Hace no muchos años se puso de moda denostar otro célebre poema de Gil de Biedma, aquel que dice: "De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal". Recuerdo en concreto a una columnista que pretendía insuflar un cierto optimismo histórico. Hoy esa columnista es obscenamente sanchista: o sea, que nos insufla (a su pesar) un pesimismo irredimible. Es de las que empujan para que esto termine fatal. (Entre tanto, siguen calladísimos los del antiexcepcionalismo español...)  
 
3. Es curioso, en relación con los dos puntos anteriores, cómo Felipe González supo atrapar el espíritu regeneracionista en una sola frase. Cuando le preguntaron qué cambio era ese del lema del PSOE en 1982, Por el cambio, respondió: "El cambio es que España funcione". Que dejara de ser aquel viejo país ineficiente. Hoy Sánchez está entregado a la ominosa tarea de potenciar la ineficiencia del país en todos los frentes. Nos hundimos en la decadencia y el tipo ahí tan pancho, aplaudidísimo por los suyos y sin castigo electoral. Es un presidente degradante que expande una degradación (en el parlamento, en el gobierno, en las instituciones, en los territorios, en la vida civil) de la que aún no se conoce el límite. 
 
 4. Estamos asistiendo a cómo empiezan las guerras civiles. Los historiadores deberían estar tomando notas. Aunque esta no va a empezar: hay una sórdida danza de la muerte (o del crimen), una invocación, que se quedará ahí o como mucho en unos empujones o tortazos. Arcadi Espada dio el otro día en su podcast con Yaiza Santos una razón para este freno: la gente aprecia más que nunca su vida; no está para guerras. Yo doy dos razones más: la falta de miseria, en general; y (me lo indicó un amigo psicólogo) que buena parte de la población va amortiguada por los psicofármacos.  
 
5. Del otro lado (del lado belicista) está la actual hornada de políticos españoles: tan mediocres como irresponsables. Y, ellos sí, poseídos por la miseria: la miseria moral. Se mueven (no tienen más registros) entre la incompetencia y el azuzamiento. Un recurso barato, demasiado frecuente ya: acusar al otro de fechorías gravísimas, para así poder colar (por medio de esa burda justificación) las suyas graves. No pondré ejemplos porque hoy estoy abstracto. Y porque a cualquiera se le pueden ocurrir.  
 
6. En el aparentemente complicado siglo XX hubo una única lección política que aprender: que solo vale el Estado de derecho y hay que implantar el Estado de derecho y luchar por el Estado de derecho; que lo que no es Estado de derecho es opresión y ruina. Pues no se ha aprendido. 
 
* * * 

28.9.23

El debate intermitente

Aunque en algunos perfiles me ponen 'periodista', yo no soy periodista: jamás he dado una noticia. Soy escritor que mira la actualidad, entre todo lo demás, y luego escribe; o un lector de periódicos que escribe en periódicos. Lo aclaro por dos cosas: para preservar a los periodistas, que tienen obligaciones (y un oficio) que yo no tengo; y para preservar mis excentricidades. A quienes me lean les queda juzgar si les merece la pena o no lo que diga desde aquí. (Tal vez algo se me escape de su interés.)

Ahora me domina la excentricidad de mi boicot parlamentario, que ejerzo hundido en mi sofá austrohúngaro (eminentemente derrotista). No puedo hacer crónicas parlamentarias, algo que me puedo permitir (esto quería decirlo también) gracias a que los periodistas las hacen. El columnista es un añadido prescindible de esa tarta imprescindible. Por lo demás, este columnista se mueve (¡o se queda inmóvil!) por excentricidades propias, que torpedearán menos su columna de lo que hacen con las suyas las obediencias de los periodistas de partido.

Ya no puedo ver debates enteros, como gloriosamente hacía en los tiempos de la Transición. Ahora los someto a intermitencias. Entonces, a veces, los debates eran mejores que la vida. Ahora nunca. Hay cosas que hacer más dignas que atender a las borricadas de un porcentaje alarmantemente alto de nuestros parlamentarios. Yo me dediqué a leer a la poeta austriaca Ingeborg Bachmann, a la que Thomas Bernhard convierte en personaje (Maria) en Extinción: "los poemas de Maria son una cumbre de nuestra literatura". (Formidable el título del primer libro de Bachmann: El tiempo aplazado.)

Esta vez no quité la voz cuando llegaron los pinganillos, sino cuando descendió de su liana el gorilón Óscar Puente (tiene razón Bustos: "pertenece al dominio zoológico de Jane Goodall"). Contemplé un rato su áspera gestualidad muda, y mis impresiones coincidieron con las de quienes sí lo estaban escuchando. Mi amiga Dolores observó que era el retrato de Dorian Gray: en el banco el guapo Sánchez y en la tribuna el vaciado de su alma política, pudridero facial del sanchismo. "Al menos ha mandado a Puente y no a Ternera", dijo otro. O a Txapote. (Permítanme que yo también txapotee un momentín en este lodazal, desde mi sofá austrohúngaro y temiendo que le salpique a la elevada Bachmann.)

Feijóo no estuvo mal, antes y después. Es lo que queda de la Transición, sin la solidez de la Transición. En su discurso hay sílabas opacadas por su pronunciación, vocales que se mueven, elementos sintácticos que no terminan de casar... pero su propuesta política es digna. Como mínimo comparada con la de Sánchez, que en su silencio se expresó más que nunca: mostró con escalofriante elocuencia la degradación que supone.

A continuación empezaron a salir enemigos, uno detrás de otro. Se pusieron a acusar al PP de soledad. Eso porque no ven la mía. Soledad en tiempo de canallas. Aislamiento. Ruptura de todos los puentes, si el puente es Puente. Aunque Feijóo, de pie y no en mi sofá austrohúngaro, los tendía. Servidumbres políticas ("antiguas", diría Iceta), que celebro en mi emboscadura.

Al día siguiente, ETA para desayunar. La de Bildu ni siquiera tuvo la delicadeza en hablar en euskera de los derechos humanos: esos que los suyos adosaron en tantas nucas o desparramaron en pingajos también de niños. El desayuno así se me convirtió en la célebre morcilla de Ángel González: "Nada es lo mismo, nada / permanece. Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra: / se hacen las dos con sangre, se repiten". Hoy los activadores de esta repetición son los que son.

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24.9.23

La investidura es una manta corta

[Montanoscopia] 

1. Los del patriotismo constitucional hemos sido expatriados. (No deja de ser un sueño cioranesco mío de juventud: el estatuto de apátrida.) 

2. Defender España, dicen. Y yo respondo: ¿defender este corral? La gran lección histórica de estos días (también la recibieron los españoles en la guerra civil) es que nuestra desastrosa historia no se ha debido a la mala suerte, sino al más puro merecimiento. España es una máquina de tortura fabricada por los españoles, para los españoles. Los pocos periodos apacibles se debieron al sufrimiento directamente experimentado. Un sufrimiento sin herencia: en cuanto va apagándose en la carne de las siguientes generaciones, vuelta a las andadas. Hasta que una generación posterior de perros apaleados refunden otra democracia presentable. Una que habrá de parecerse a esta que los impresentables están volviendo impresentable. 

3. En la gran combinatoria política tenía que darse tarde o temprano el Trump o Bolsonaro alto, guapo, seductor, feminista (aunque de redomados ademanes machos) y –a diferencia de la de Trump y Bolsonaro– con la retórica ideológica adecuada: o sea, un Trump o Bolsonaro contra el que la sociedad no tenga defensas y al que apoye el periódico más prestigioso del país. España ha tenido la desgracia de que le toque a ella. 

4. Un ejemplo de mi soledad absoluta, de mi aislamiento total, ¡de mi dislocación sin arreglo! Caetano Veloso cantó en su reciente concierto en Madrid su memorable Não vou deixar, escrita contra Bolsonaro cuando este aún estaba en el poder. Dice al principio: "Não vou deixar você esculachar com a nossa história". 'Esculachar', que es lo que le hace Bolsonaro, según Veloso, a la historia brasileña, es un verbo expresivo y difícil. Yo juntaría estas traducciones (más o menos libres): 'manosear', 'tomarse a pitorreo', 'cagarse en' o 'cargarse' (nuestra historia). De perfecta aplicación a Sánchez. Pero allí estaba Veloso, con sus sanchistas amigos españoles celebrando en mono la canción. Solo yo la escuchaba en estéreo. 

5. El Gobierno prioriza el catalán en Europa y se enfadan los nacionalistas vascos y gallegos. La investidura, como el fútbol, es una manta corta: si te tapas la cabeza, te destapas los pies. 

6. Los que saben catalán señalaron el pobrísimo que habló Rufián en el Congreso pinganillado. Se terminaron sus shows. Gabriel Rufián es la Norma Desmond de la política española: el cine sonoro ha acabado con él. 

7. Precisamente me acordé de El crepúsculo de los dioses cuando aprendí esta palabra fastuosa: ¡planchabragas! Erich von Stroheim, que hace de mayordomo (enamorado) de Norma Desmond, le propuso al director Billy Wilder una escena en que aparecía lavándole la ropa interior a su señora. A Wilder le entusiasmó... aunque decidió frenarse esta vez y descartó la escena. 

8. "¿Qué es un intelectual?" es la pregunta que David Jiménez Torres intenta responder en La palabra ambigua, que es una indagación ante todo en las respuestas que se han dado desde finales del siglo XIX. En 2023, con el equipo de sincronizada (¡inagotable hallazgo de José Ignacio Wert!) emitiendo sus elaboradas argumentaciones en favor de la amnistía que Sánchez necesita darles a los independentistas catalanes para sacar su investidura, se ve muy bien lo que es un intelectual: el criado argumental del poderoso. Lo que fue la filosofía para los teólogos medievales. 

9. El PSOE tiene razón al expulsar a Redondo Terreros o linchar a González y Guerra por no ser fieles a las siglas. A las siglas PSOE: esa marca vacía, sin producto; o con el único producto del poder. 

10. Surge la plataforma Tercera España. Demasiado tarde para mí: yo voy ya por la Cuarta o la Quinta... 

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21.9.23

Reajuste esperpéntico

No solo la Historia se ha terminado para mí, sino también el Congreso de los Diputados: un lugar desafecto (como Barral tradujo el a place of disaffection de Eliot). Lo siento tan ajeno ya (¿no se trataba de sentir?) como las Cortes franquistas. Solo que estas eran ajenas por definición, a diferencia del Congreso. Este nos representa. Hoy en el peor sentido: es el vertedero de lo que somos. El vertedero, eso sí, de los peores. En la calle no los hay tan malos. Un circo de la mediocridad es ya el Congreso. Ahora acuden los palurdos con sus cestas de huevos lingüísticos, con sus gallinas idiomáticas. La ciudad no es para ellos, no. Lo suyo no es la polis.

El problema (¡pese a mi bromita de Paco Martínez Soria!) no lo constituyen las lenguas. No hay jerarquía entre las lenguas. El problema es la voluta inútil: ese circuito churrigueresco de hablarle al pinganillo en catalán, gallego o euskera para que el pinganillo lo reconvierta en español, también a los hablantes de catalán, gallego o euskera. Es esa intermediación forzada lo grotesco. Naturalmente, dado un contexto en que el español es la lengua común: la que entienden y hablan todos. Esto último mal por lo general, que para eso son políticos y carecen de estudios. (Algo que se nota más claramente entre quienes son o han sido profesores universitarios.)

Sé que, al igual que para la Historia, yo no me he terminado para el Congreso de los Diputados, que seguirá incidiendo en mi vida aunque yo no lo quiera. Nuestras terminaciones no son recíprocas. Pero esto no me impide hacerle mi boicot personal e intransferible. No estoy para circos y verbenas, no estoy para espectaculitos desastrados, no estoy para el pavoneo de los macarras en la, así llamada, sede de la soberanía nacional. Ya estaba bastante poco, en realidad, con nuestras últimas legislaturas. Pero ahora no estoy nada.

Recuerdo que me llamó la atención una idea de Sergio del Molino en Un tal González: decía que, para cuando se produjo el golpe de Tejero en 1981, los españoles ya habíamos desarrollado nuestro arraigo con el Congreso, gracias a los grandes debates retransmitidos por la radio y la televisión. Eso, saber lo que era el Congreso, haber visto cómo funcionaba, haber vivido su dignidad, nos hizo fuerte frente a los golpistas. La conclusión mecánicamente lógica de este párrafo sería la de que, con la indignidad actual, un golpe nos importaría menos. Conclusión fraudulenta, porque un golpe no dejaría de ser una barbaridad. Solo ligeramente más grave, por cierto, que el hecho de que los golpistas ocupan hoy su buena porción de escaños en el Congreso y pactan con el PSOE, al que le dictan medidas como la del moscardoneo de los pinganillos.

Mi boicot al Congreso me ahorró el seguimiento en directo de la sesión del martes. Solo me asomé a ratos a Twitter y aquí se produjo una proyección fabulosa. Lo que me llegaba era lo del Congreso, pero ya deformado por los tuits: en sus destilaciones de la esencia ridícula. Esta deformación de una realidad deformada le devolvía a esta su verdad. Exactamente la operación que llevó a cabo Valle-Inclán con el esperpento: la deforme realidad española a través de los espejos deformantes del callejón del Gato. Un reajuste esperpéntico.

Por la noche, boicoteando mi boicot, no me pude resistir a pinchar en algunos vídeos. Era peor de lo que me imaginaba. Pero con un efecto inesperado: de pronto los Pacos Martínez Soria parecían, con la traducción simultánea, prestigiosos participantes de La Clave. Tal vez se trataba de eso.

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17.9.23

Votó a Hannibal Lecter y ahora no quiere que se coma el filete

[Montanoscopia] 

1. Se convocan manifestaciones a las que no asistiré, aparecen manifiestos que no firmaré. No porque esté en desacuerdo, sino porque la Historia activa no es lo mío. Probé las manifestaciones (fui a tres: a una contra ETA, a otra contra la segunda guerra del Golfo, ambas en Madrid, y a la del 8-O en Barcelona contra el golpe independentista). También firmé algunos manifiestos; por ejemplo, el primero de Libres e Iguales, en el que pusieron mi nombre junto al de Vargas Llosa, hasta que se dieron cuenta de que yo escribo mejor y me bajaron. Pero todo eso se acabó. La Historia se terminó para mí. Por desgracia, yo no me he terminado para la Historia, que me seguirá haciendo trizas, como a todos. Me limitaré a padecerla, en mi sofá austrohúngaro: el sofá en el que aguardo, con el máximo confort, nuestro destino austrohúngaro. Pasivamente, por supuesto. Aunque segregando estas notitas, destinadas a los curiosos del futuro que quieran asomarse a cómo se hundió nuestro Titanic: por un iceberg interior, estúpidamente. 

2. La "energía cívica" de que habla Aznar no la veo en ninguna parte. En mí no está, desde luego. A esto hay que añadir que la conversación pública española quedó liquidada el 23-J. Es decir, cuando los españoles no castigaron electoralmente a Sánchez, cuando convalidaron sus mentiras, su baratura y su matonismo. Si una sociedad no expulsa de su vida pública (repito: electoralmente, que luego te vienen a acusar de golpismo quienes pactan con golpistas) a un sujeto como Sánchez, es que es una sociedad cívicamente muerta. 

3. El problema de una manifestación como la nueva del 8-O, dentro de tres semanas, es que solo puede servir para algo si es masiva y transversal. Pero para cuatro gatos, con los voxistas disfrazados de Millán Astray (¡buxadeses sin fin!) llevándose todas las fotos, sería inútil. Comprendo mi contradicción: debería asistir para poner mi granito multitudinario... Pero se impone mi sofá austrohúngaro. Soy compañero de viaje sin moverme del sofá. 

4. Por otra parte, qué ignaro el PP, que anda como vaca sin cencerro. En vez de concentrarlo todo, sumándose, en la manifestación del 8-O, va y convoca otra cosa antes, y en vísperas del discurso de Feijóo en su investidura fatalmente fallida, que debería ser elevado, grave, senatorial. Con su cosa del 24-S, que será desinflada, desinflará su investidura y puede que también la manifestación del 8-O. Qué tropa. 

5. Unos que están muy callados con el esperpento de estas semanas son los del antiexcepcionalismo español. Ni a ellos se les ocurre ya cómo homologarnos... 

6. Enternecedor Cercas en El País pidiéndole a Sánchez que se olvide de la amnistía. Votó a Hannibal Lecter y ahora no quiere que se coma el filete. ¡Novelistas! 7. "Con Redondo Terrenos no, con Puigdemont sí". Esto es el PSOE. Cuando salió la noticia de la expulsión de Redondo Terreros, Amparo Rubiales puso unos aplausos en las redes. Amparo Rubiales: el metro de platino iridiado del sectarismo español. 

8. En Sevilla me entero de cómo es conocido allí Pérez Royo: Royo Pérez. 

9. Antes de Sevilla estuve en Madrid. Un amigo profesor me definió así la vida universitaria, no con los alumnos sino entre los profesores: "Macbeth todos los días". 

10. Me fascina el homúnculo Mollejo (¡y encima se llama Mollejo!). ¿En qué sótanos permaneció? No ha abierto un periódico ni visto un informativo ni escuchado un programa de radio (¡ni deportivos si quiera!) en el último mes. Así que se planta en un campo de fútbol y se agarra adánicamente los huevos. Ignorante de que ya fuimos expulsados del Paraíso. 

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16.9.23

Presentación de 'Oficio pasajero' en Córdoba

 

Presentación de Oficio pasajero de José Antonio Montano (ed. Sr. Scott) con Miguel Gómez Losada en la librería La República de las Letras de Córdoba.

15.9.23

Opiniones ultramontanas

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 4:16:30

Buenas noches. Como Montano estoy condenado a tener opiniones montanas. Pero no me resigno. Aquí me propongo ir más allá de mí mismo y ensayar opiniones ultramontanas. "Ultramontanas" no en el sentido habitual de "reaccionarias" (al fin y al cabo, soy el último socialdemócrata de este país), sino justo eso: opiniones que emita Montano pero que vayan más allá de Montano. No estaré necesariamente de acuerdo con ellas, pero eso no me privará de decirlas. Mi propósito será no tanto tener razón como pasarlo bien. Y hacer, en la medida de lo posible, el numerito. O dar la nota. Siempre me han divertido las opiniones impopulares. Quizá porque una de mis primeras lecturas fueron los Ensayos impopulares de Bertrand Russell. También leí las Consideraciones intempestivas de Friedrich Nietzsche. Otros oí modelos para mí serían Vladimir Nabokov, con sus Opiniones contundentes, o Thomas Bernhard, que se definía a sí mismo como "un artista de la exageración". Ya ven que me comparo con Russell, Nietzsche, Nabokov y Bernhard: ¡no me corto un pelo en esto de ir más allá de mí mismo...! La opinión ultramontana con la que quiero debutar es la de que hace un año exacto que en España no hay un solo novelista solvente vivo. El 11 de septiembre de 2022 nos dejó Javier Marías y no lo ha sustituido nadie. Se publican novelas, demasiadas novelas. Pero ninguna pasará el corte. Hay novelistas, pero son remedos de novelista. No incluyo a los que pueda haber en el programa, ya que he tenido la precaución de aplazar mi lectura para no correr el riesgo de que su calidad me desmonte esta primera opinión impopular, intempestiva, contundente, exagerada y ultramontana. Así que Javier Marías y después nada. Es duro, pero el canon es así: no lo he inventado yo. La guadaña duele.

14.9.23

Nuestra izquierda necesita el fascismo

Nuestra izquierda necesita el fascismo. Por eso lo fomenta. Y cuando su fomento no da resultado, se lo inventa. Invención que es proyección...

Pero antes de seguir debo aclarar que cuando digo 'izquierda' quiero decir 'pseudoizquierda'. Nada hay más ridículo que el individuo que pretende devolverle un sentido antiguo a las palabras de la tribu. En ese ridículo ando yo: para mí lo que hoy se llama en España 'izquierda' es 'pseudoizquierda'. O 'izquierda reaccionaria', por decirlo al modo de Félix Ovejero. El autodenominado 'bloque progresista' es por lo tanto, para mí, 'bloque reaccionario'. Como socialdemócrata soy el famoso japonés que sigue disparando en una batalla perdida en un islote abandonado de una guerra que terminó hace tiempo. Pero así funciono, y si no lo aclaro reviento. (Mi dificultad en la conversación pública española, plagada de palabras con el significado pervertido, es puramente japonesa.)

Nuestra izquierda (¡pseudoizquierda!), pues, necesita el fascismo. Si no existe el fascismo se queda en nada, porque lo ha fundado todo (¡habiendo tanto!) en combatir el fascismo. En sí mismo, es un propósito noble y ciertamente izquierdista (sin 'pseudo'). Lástima que, como he dicho otras veces, ese fascismo que combaten no lo vean en nuestro fascismo realmente existente, con el que se asocian y al que a veces encarnan, sino en nuestra democracia realmente existente: a la que ellos ven 'pseudo' y por eso la combaten como antifascistas. Antifascistas contra la democracia: he aquí el titular.

La consideración de que nuestra democracia no es una democracia, sino una variante extrañamente parlamentaria y constitucional del franquismo, un extravagante franquismo que en lugar de Franco tiene elecciones periódicas, separación de poderes y derechos ciudadanos (un Estado de derecho, vamos), es lo que une a nuestros izquierdas con los nacionalistas. A unos y otros les va todo en pensarlo: de otro modo, no tendrían justificación sus ataques al "régimen del 78", en el que se empeñan con furor. Aunque combaten a una democracia, no pueden digerir esta verdad: así que les va todo en sostener que la nuestra no es una democracia.

El PSOE desgraciadamente está ya en esta lamentable aventura también. En parte por sus tics de izquierdismo reaccionario, que antes no eran dominantes pero ahora sí, y sobre todo porque está a lo que diga Sánchez y este dice lo que haga falta para mantenerse en el poder. La mercancía más directa y más barata (barata para él, onerosa para el país) es la que le dispensan los populistas y los nacionalistas, incluidos entre estos los independentistas (si queda algún nacionalista que no lo sea) y los proetarras. Golpistas y herederos del crimen: aceptables mercancías para Sánchez.

A hablar del "régimen del 78" no se ha atrevido todavía el PSOE, pero su estratagema no deja de ser astuta (aunque ciertamente burda): decir que el enemigo de la Constitución es el PP. No sus socios populistas, golpistas y proetarras, por más que lo tengan declarado abiertamente, sino el PP. Ante tal estratagema no cabe sino postular el fascismo del PP, derecha extrema aliada o no con la extrema derecha, con la que al fin y al cabo se identifica.

El PP solo puede ser un partido golpista. Como Sánchez es el presidente perfecto (¡el Franco soñado por la pseudoizquierda!), cualquier crítica a Sánchez solo puede ser eso: golpista, fascista. Esta es la razón, naturalmente, de que sea deseable todo lo contrario. No es no al PP; y a golpistas y proetarras, sí, sí, síiiii. Lo uno va con lo otro.

Así que el PSOE debe postular un PP golpista. Si no, no podría pactar con nuestros verdaderos golpistas. 

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