Se tiene de las bicicletas una visión idílica. Se presentan como la gran solución ecológica para las ciudades, y los políticos cuyas barrigas se lo permiten no dudan en dejarse filmar montados en una. Las políticas también. Ahora vuelve a hablarse de ellas por el recién inaugurado servicio BiciMad de Madrid, que en dos días ya ha pinchado simbólicamente las dos ruedas (una y otra). Algo por otra parte previsible, puesto que Ana Botella y los munícipes del PP parecían Verano azul en su vueltecita inaugural. Y ya se sabe lo que pasó después de la muerte de Chanquete: prácticamente, solo se salvó el Piraña.
Pero todo lo idílico cuesta. Lo que se vende como paraíso deriva de inmediato en lucha darwinista: esa ha sido, al fin y al cabo, la ley de la naturaleza, a la que se añora volver. La suelta de ciclistas en Madrid, como las sueltas de vaquillas, traerá conflictos. Habrá una pugna inevitable por el espacio, una guerra soterrada entre ciclistas, conductores y peatones, hasta que cada uno entienda cuál es su sitio y, entre esta conciencia y la costumbre (hecha de repeticiones y escarmientos), se imponga una cotidianeidad llevadera.
En Málaga ha pasado algo parecido, aunque después de varios años nos mantenemos en la fase de pugna. Yo he estado observándola, porque es muy interesante ver cómo luchan los derechos entre sí, cuando irrumpe uno nuevo. El uso más visible que tuvo aquí el Plan E de Zapatero fue la construcción de carriles bici, por lo general robándoles sitio a las aceras y no a las calzadas. Este origen parece haberse incrustado en el cerebro de los ciclistas, que suelen ir como locos: abusando de los peatones como los coches abusaron de ellos (y siguen abusando en las carreteras). No hay compasión: el hombre es un lobo para el hombre, y aprovecha en lo que vaya montado. La cosa está siempre entre Hobbes y Cioran, quien dijo: “Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza”.
Ahora, con el equivalente malagueño del BiciMad, el MálagaBici, hay más ciclistas aún. Y yo, que amo el ciclismo, me he pasado estos años maldiciéndolos. Pero hace unos meses volví a meterme en la piel de uno y probé también su perspectiva. Mi cuñado tuvo una caída cerca de casa y dejó aquí su bici. Tuve que atravesar la ciudad para llevársela, unos días después. En un paseo de media hora me pasó de todo: peatones que se cruzaban, carritos de bebé, ancianas que se lo tomaban como una alfombra por la que caminar, y hasta un taxista que estaba parado encima del carril con su taxi... A este lo increpé y él me increpó: “¡Que ya está bien la que estáis montando!”. Yo me volví entonces y le dije: “¡Eh, eh, pero si yo soy de estos! ¡A mí también me tienen frito!”.
Fue como meter el brazo en una olla de alacranes: un ámbito caliente, sin duda. Como en los primeros tiempos del Far West. Se percibe cómo detrás de todo derecho hay una conquista por la que se ha tenido que sudar, y que de la lucha entre los derechos han salido los equilibrios, siempre inestables.
[Publicado en Zoom News]
26.6.14
24.6.14
Actuación en el Ritz
Cómo ha degenerado el Ritz: de prohibirles la entrada a los actores ha pasado a ser el escenario de uno de ellos, Pablo Iglesias, inexpresivo como Victor Mature. De este ya se conoce la anécdota. La repito para los nuevos (y por el placer de repetirla). Cuentan que en el Ritz tenían prohibida la entrada los actores, desde una noche en que Ava Gardner llegó borracha y se orinó en la alfombra. Tiempo después quiso alojarse en el hotel Victor Mature, y para que lo dejaran pasar mostró en recepción una selección de recortes de prensa en que los críticos sentenciaban que él no era un actor en absoluto.
Mi amigo Palomo ilustró una vez el dictamen. Extrajo dos fotogramas en que Mature tenía exactamente el mismo careto estreñido. En uno hacía de pianista frívolo en un bar; en otro se estaba jugando la túnica de Jesucristo a los pies de la cruz. El totémico Robert Mitchum al menos presumía de tener dos registros: “con caballo y sin caballo”. Victor Mature, por desgracia, no disponía del único que le hubiese permitido ser un actor aceptable: “sin Victor Mature”. Así que hicieron bien en dejarle entrar en el Ritz.
Ahora ha entrado también, como digo, Pablo Iglesias, el querido líder de Podemos, que protagonizó ayer un desayuno informativo en sus lujosos salones. Es mejor actor que Mature, aunque su estilo se basa precisamente en la inexpresividad. En este país de sangre caliente, Iglesias es un reptil que usa en las tertulias los cabreos de los otros en su propio beneficio. Pareciera que se ha adiestrado en las técnicas orientales (norcoreanas o no). Para los que sabemos lo que Iglesias significa, resulta irritante. Pero hay que reconocerle el mérito: logra mantenerse siempre en su burbuja fría.
A los sentimentales suele quedarles del primer comunismo, como a Gil de Biedma de su infancia, una “costumbre de calor”. Pero siempre han estado al lado, y en cabeza, los comisarios gélidos. A estas alturas no se puede consentir ya el recurso a las buenas intenciones: esta historia ha acabado en todos los casos como ha acabado, y de ninguna otra manera. Y no ha acabado de acabar: en Cuba sigue acabando así, y en Venezuela, y en Corea del Norte. Ahora parece de mal tono repetir esta retahíla: algo que podríamos excusar si no la llevaran ellos como estandarte.
Hubo un pequeño fallo en la actuación. El dominio escénico, que comenzó con las gracietas que refiere Zoom News (“como veis, no he llegado con los milicianos para expropiarlo”), se quebró un instante tras la intervención del ciudadano que le increpó por su apoyo al chavismo. Iglesias lo escucha con su estudiada impasibilidad; consciente, entre otras cosas, de que se encuentra ante un individuo suelto, y no ante un sabotaje como los que él mismo organizaba en la universidad. Luego le responde con su habitual exhibición de calma, tan dulzona que parece mermelada sacada de la nevera. Se agarra inicialmente a precisiones casuísticas, como las que haría un teólogo (que no “asesoró” a Chávez, cuando en su partido sí hay quien le asesoró y él mismo, en cualquier caso, es chavista hasta las cachas). Parece que lleva encarrilada la respuesta, en su línea; pero entonces flaquea, hace un quiebro impaciente: “ni tampoco [he asesorado a nadie] para que muerdan el cuello a los niños y les saquen la sangre” (m. 2:00).
Una debilidad. Tan abrupta que deja a la vista el cartón. Así que también estaba calentito por debajo. Que estaba pensando su jugada de ajedrez, pero no se le ocurrió otra cosa que hacer un movimiento brusco. Se le transparentó que lo único que pretendía era desacreditar al oponente. Acusándole de que sus críticas eran caricaturescas, exageradas, fantasiosas; no pertenecientes a la historia sino a los relatos de terror. Como si el ciudadano le hubiese dicho eso. Y más aún: como si la ideología que Iglesias defiende no hubiese convertido demasiadas veces la historia en un relato de terror.
[Publicado en Zoom News]
Mi amigo Palomo ilustró una vez el dictamen. Extrajo dos fotogramas en que Mature tenía exactamente el mismo careto estreñido. En uno hacía de pianista frívolo en un bar; en otro se estaba jugando la túnica de Jesucristo a los pies de la cruz. El totémico Robert Mitchum al menos presumía de tener dos registros: “con caballo y sin caballo”. Victor Mature, por desgracia, no disponía del único que le hubiese permitido ser un actor aceptable: “sin Victor Mature”. Así que hicieron bien en dejarle entrar en el Ritz.
Ahora ha entrado también, como digo, Pablo Iglesias, el querido líder de Podemos, que protagonizó ayer un desayuno informativo en sus lujosos salones. Es mejor actor que Mature, aunque su estilo se basa precisamente en la inexpresividad. En este país de sangre caliente, Iglesias es un reptil que usa en las tertulias los cabreos de los otros en su propio beneficio. Pareciera que se ha adiestrado en las técnicas orientales (norcoreanas o no). Para los que sabemos lo que Iglesias significa, resulta irritante. Pero hay que reconocerle el mérito: logra mantenerse siempre en su burbuja fría.
A los sentimentales suele quedarles del primer comunismo, como a Gil de Biedma de su infancia, una “costumbre de calor”. Pero siempre han estado al lado, y en cabeza, los comisarios gélidos. A estas alturas no se puede consentir ya el recurso a las buenas intenciones: esta historia ha acabado en todos los casos como ha acabado, y de ninguna otra manera. Y no ha acabado de acabar: en Cuba sigue acabando así, y en Venezuela, y en Corea del Norte. Ahora parece de mal tono repetir esta retahíla: algo que podríamos excusar si no la llevaran ellos como estandarte.
Hubo un pequeño fallo en la actuación. El dominio escénico, que comenzó con las gracietas que refiere Zoom News (“como veis, no he llegado con los milicianos para expropiarlo”), se quebró un instante tras la intervención del ciudadano que le increpó por su apoyo al chavismo. Iglesias lo escucha con su estudiada impasibilidad; consciente, entre otras cosas, de que se encuentra ante un individuo suelto, y no ante un sabotaje como los que él mismo organizaba en la universidad. Luego le responde con su habitual exhibición de calma, tan dulzona que parece mermelada sacada de la nevera. Se agarra inicialmente a precisiones casuísticas, como las que haría un teólogo (que no “asesoró” a Chávez, cuando en su partido sí hay quien le asesoró y él mismo, en cualquier caso, es chavista hasta las cachas). Parece que lleva encarrilada la respuesta, en su línea; pero entonces flaquea, hace un quiebro impaciente: “ni tampoco [he asesorado a nadie] para que muerdan el cuello a los niños y les saquen la sangre” (m. 2:00).
Una debilidad. Tan abrupta que deja a la vista el cartón. Así que también estaba calentito por debajo. Que estaba pensando su jugada de ajedrez, pero no se le ocurrió otra cosa que hacer un movimiento brusco. Se le transparentó que lo único que pretendía era desacreditar al oponente. Acusándole de que sus críticas eran caricaturescas, exageradas, fantasiosas; no pertenecientes a la historia sino a los relatos de terror. Como si el ciudadano le hubiese dicho eso. Y más aún: como si la ideología que Iglesias defiende no hubiese convertido demasiadas veces la historia en un relato de terror.
[Publicado en Zoom News]
19.6.14
Pompa de circunstancias
Tengo sentimientos encontrados ante esta coronación sin pompa, o con una pompa de circunstancias, que se presenta hoy. A mí la pompa no me gusta, y cuando la hay la rehúyo. Pero el que no la haya me escama un poco. Es como empezar la rebeldía desde arriba, lo que siempre deja descolocado al que busca ser rebelde desde abajo. El Estado y la Academia tienen que ponerse serios y engolados; para que, en quienes no comulguen, conserven su atractivo la risa y la desenvoltura.
Por otra parte, lo saludable es hablar el lenguaje simbólico de los acontecimientos. Cuando toca coronación, los protagonistas tienen que ponerse trascendentes. Como en el chiste de las setas y los rólex, hoy hay que estar a rólex. Se trata de una actuación, pero hay que hacerla bien. Hay que impostar. No puede colarse la ironía en esta obra de teatro. Las ceremonias tienen que ser ceremoniosas. Y las concesiones en este sentido son signo de debilidad.
Aunque ¿cómo no vamos a simpatizar con el rebajamiento del tono? Al fin y al cabo es lo que entendemos. Si se trata de un error, es nuestro error. El de este país de patriotismo relajado, civilizado en su decadencia ante las hordas de los bárbaros nacionalistas: ellos sí pomposos y enfáticos y enfangados en sus banderas. Podría ser, se me ocurre ahora, la elegante coronación de nuestro último rey; el último jefe de Estado quizá de la España que conocemos. Habría belleza entonces en esta discreción. El capitán sin aspavientos de un barco que se hunde.
También tiene su grandeza que sea una jornada normal. Este relevo aséptico con aroma administrativo. Tal vez no estemos ya para la Historia. Había una figura en días así que no sé si aparecerá hoy: la del padre que le señala al hijo que se trata de un acontecimiento histórico y que debe prestar atención. El niño se ponía entonces trascendente para mirar, en la calle o por la tele, las carrozas y los fastos. Y en el futuro conservaría siempre, junto con el recuerdo del acontecimiento, el de su padre que se lo señalaba.
[Publicado en Zoom News]
Por otra parte, lo saludable es hablar el lenguaje simbólico de los acontecimientos. Cuando toca coronación, los protagonistas tienen que ponerse trascendentes. Como en el chiste de las setas y los rólex, hoy hay que estar a rólex. Se trata de una actuación, pero hay que hacerla bien. Hay que impostar. No puede colarse la ironía en esta obra de teatro. Las ceremonias tienen que ser ceremoniosas. Y las concesiones en este sentido son signo de debilidad.
Aunque ¿cómo no vamos a simpatizar con el rebajamiento del tono? Al fin y al cabo es lo que entendemos. Si se trata de un error, es nuestro error. El de este país de patriotismo relajado, civilizado en su decadencia ante las hordas de los bárbaros nacionalistas: ellos sí pomposos y enfáticos y enfangados en sus banderas. Podría ser, se me ocurre ahora, la elegante coronación de nuestro último rey; el último jefe de Estado quizá de la España que conocemos. Habría belleza entonces en esta discreción. El capitán sin aspavientos de un barco que se hunde.
También tiene su grandeza que sea una jornada normal. Este relevo aséptico con aroma administrativo. Tal vez no estemos ya para la Historia. Había una figura en días así que no sé si aparecerá hoy: la del padre que le señala al hijo que se trata de un acontecimiento histórico y que debe prestar atención. El niño se ponía entonces trascendente para mirar, en la calle o por la tele, las carrozas y los fastos. Y en el futuro conservaría siempre, junto con el recuerdo del acontecimiento, el de su padre que se lo señalaba.
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17.6.14
Pierde España
He estado muy metido este año en la Feria del Libro de Madrid, con mi amiga Pilar Álvarez, editora de Turner, para la que también trabajo. Hacía siete años que no iba y la he encontrado espléndida. Como ya no vivo en la capital, me he fijado con ojos de viajero. No es tan común meter casi cuatrocientas casetas en un parque para vender libros y que se llene de gente. Hasta en las tardes de diario había mucha. Otra cosa son las ventas, que aunque este año han aumentado un 5%, mantienen preocupado al sector.
Entre tanto, comenzó el Mundial de Fútbol. Como una realidad paralela. La noche en que debutaba la selección española Pilar me invitó a una cena de editores, casi todos de editoriales independientes: La Uña Rota, Satori, Delirio, Pepitas de Calabaza... Éramos como treinta personas y me llamó la atención que la convocatoria fuese justo a la hora del partido. Como si las aguas del fútbol y las letras volviesen a separarse, como lo estaban antes de aquel Moisés a la contra que fue Vázquez Montalbán.
Nuestra mesa, larga y en ele, como la de una comunión, estaba en el sótano de un restaurante de la calle Narváez. Arriba, en el bar, sí veían el fútbol; pero abajo no había tele, y como éramos muy ruidosos solo nos llegaban las explosiones de la multitud futbolera. Cuando entramos, España le ganaba a Holanda por uno a cero. Más tarde oímos la celebración de otro gol. Dos a cero. Pero alguien lo miró en su iPhone: el gol había sido anulado y en realidad perdíamos por uno a tres. Al término de la cena supimos que España había perdido por uno a cinco.
El episodio tiene algo de parábola. Si nuestra única fuente de información hubiese sido el ruido de los aficionados, solo nos habríamos enterado de los dos goles de España. No de que uno de esos dos goles fue anulado. Ni de que Holanda nos metió cinco. Se me ocurren varias interpretaciones, pero las parábolas no se explican.
Unos días después pasamos ante el nuevo Ayuntamiento de Madrid, el palacio al que algunos llaman Ambiciones, y unas luces componían en sus fachadas inmensas la bandera de España. “Ah, mira, esto debe de ser por el Mundial”, le dije a Pilar. “O por la coronación del jueves”, sugirió ella. Es verdad, la coronación. Pero el que pensara primero en el Mundial resulta sintomático. Y (lo escribo antes de comprobarlo) tampoco descarto que sea este el motivo. Al fin y al cabo, en estos treinta y nueve años la bandera española solo se ha sacado abundantemente por el fútbol. Ya hay algunas en las ventanas, de hecho. Pero a ver si siguen el jueves, que el miércoles juega otra vez España.
[Publicado en Zoom News]
Entre tanto, comenzó el Mundial de Fútbol. Como una realidad paralela. La noche en que debutaba la selección española Pilar me invitó a una cena de editores, casi todos de editoriales independientes: La Uña Rota, Satori, Delirio, Pepitas de Calabaza... Éramos como treinta personas y me llamó la atención que la convocatoria fuese justo a la hora del partido. Como si las aguas del fútbol y las letras volviesen a separarse, como lo estaban antes de aquel Moisés a la contra que fue Vázquez Montalbán.
Nuestra mesa, larga y en ele, como la de una comunión, estaba en el sótano de un restaurante de la calle Narváez. Arriba, en el bar, sí veían el fútbol; pero abajo no había tele, y como éramos muy ruidosos solo nos llegaban las explosiones de la multitud futbolera. Cuando entramos, España le ganaba a Holanda por uno a cero. Más tarde oímos la celebración de otro gol. Dos a cero. Pero alguien lo miró en su iPhone: el gol había sido anulado y en realidad perdíamos por uno a tres. Al término de la cena supimos que España había perdido por uno a cinco.
El episodio tiene algo de parábola. Si nuestra única fuente de información hubiese sido el ruido de los aficionados, solo nos habríamos enterado de los dos goles de España. No de que uno de esos dos goles fue anulado. Ni de que Holanda nos metió cinco. Se me ocurren varias interpretaciones, pero las parábolas no se explican.
Unos días después pasamos ante el nuevo Ayuntamiento de Madrid, el palacio al que algunos llaman Ambiciones, y unas luces componían en sus fachadas inmensas la bandera de España. “Ah, mira, esto debe de ser por el Mundial”, le dije a Pilar. “O por la coronación del jueves”, sugirió ella. Es verdad, la coronación. Pero el que pensara primero en el Mundial resulta sintomático. Y (lo escribo antes de comprobarlo) tampoco descarto que sea este el motivo. Al fin y al cabo, en estos treinta y nueve años la bandera española solo se ha sacado abundantemente por el fútbol. Ya hay algunas en las ventanas, de hecho. Pero a ver si siguen el jueves, que el miércoles juega otra vez España.
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5.6.14
Dos falsos problemas y un problema real
Vuelve a citarse a Jaime Gil de Biedma estos días, como siempre que nos pica el gusanillo destructor: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal”. Por primera vez en esta triste historia llevamos treinta y nueve años en que no terminamos de terminar mal, y puede que probablemente sigamos sin hacerlo. Pero es indisimulable la impaciencia en muchos. Como si no se hubiesen enterado de nada. Como si los habitasen los “demonios” de que hablaba ese mismo poema.
Tras el anuncio de abdicación del Rey se han adueñado de la escena dos problemas que son falsos; pero que son también síntomas de un problema verdadero.
El primer problema falso es el de que el sector de la población que no tenía edad para votar la Constitución en 1978, o que nació después, debe poder manifestar si acepta esa Constitución y el régimen monárquico que determina, o si prefiere una república. Es un problema falso porque nada les impedirá a las generaciones nuevas cambiar la Constitución y establecer una república cuando conformen una mayoría abrumadora que lo reclame. Podrán organizarse, decidirlo y votarlo. Limpiamente. ¿Dónde está el problema? Si no se hace ahora, es porque esa mayoría abrumadora (la representada en el Parlamento) no existe. Los tiempos, por otro lado, parece que van en esa dirección. Solo tienen que esperar.
El segundo problema falso es el de considerar que vivir en una monarquía constitucional es peor que vivir en una república. Lo que podría justificar la prisa por la república. Pero a estas alturas sabemos que lo que determina la vida en un país es la democracia, la libertad, la paz, el imperio de la ley y el progreso. La forma de gobierno no garantiza ni entorpece, de manera sustancial, ninguna de estas cosas. La república, ciertamente, supone una culminación más racional; y dispone de más medios para prescindir de un jefe del Estado que no funcione. Pero en tanto el rey de turno funcione, la urgencia desaparece.
El problema real, el que está por debajo de los falsos problemas anteriores, es el de que quienes están en ellos consideran que la Constitución de 1978 es ilegítima. Y están en el primer falso problema porque quieren legitimarla. Y están en el segundo porque para ellos lo prioritario no es la vida en un régimen democrático, en el que quepan todos. Si así fuera, el régimen resultante, aun siendo una república, resultaría muy parecido al consensuado en 1978. Por lo que, como he indicado, lo único que tendrían que hacer es esperar a que una mayoría abrumadora los apoyara.
Pero la urgencia, el ruido, los gritos de exigencia, denotan otra cosa: que utilizan la república como una herramienta de exclusión. Pretenden saldar con ella viejos rencores históricos, como los que han movido siempre la historia de España. Volver a las andadas, como si en 1978 no hubiésemos conseguido que el poema de Gil de Biedma dejara de tener razón.
[Publicado en Zoom News]
Tras el anuncio de abdicación del Rey se han adueñado de la escena dos problemas que son falsos; pero que son también síntomas de un problema verdadero.
El primer problema falso es el de que el sector de la población que no tenía edad para votar la Constitución en 1978, o que nació después, debe poder manifestar si acepta esa Constitución y el régimen monárquico que determina, o si prefiere una república. Es un problema falso porque nada les impedirá a las generaciones nuevas cambiar la Constitución y establecer una república cuando conformen una mayoría abrumadora que lo reclame. Podrán organizarse, decidirlo y votarlo. Limpiamente. ¿Dónde está el problema? Si no se hace ahora, es porque esa mayoría abrumadora (la representada en el Parlamento) no existe. Los tiempos, por otro lado, parece que van en esa dirección. Solo tienen que esperar.
El segundo problema falso es el de considerar que vivir en una monarquía constitucional es peor que vivir en una república. Lo que podría justificar la prisa por la república. Pero a estas alturas sabemos que lo que determina la vida en un país es la democracia, la libertad, la paz, el imperio de la ley y el progreso. La forma de gobierno no garantiza ni entorpece, de manera sustancial, ninguna de estas cosas. La república, ciertamente, supone una culminación más racional; y dispone de más medios para prescindir de un jefe del Estado que no funcione. Pero en tanto el rey de turno funcione, la urgencia desaparece.
El problema real, el que está por debajo de los falsos problemas anteriores, es el de que quienes están en ellos consideran que la Constitución de 1978 es ilegítima. Y están en el primer falso problema porque quieren legitimarla. Y están en el segundo porque para ellos lo prioritario no es la vida en un régimen democrático, en el que quepan todos. Si así fuera, el régimen resultante, aun siendo una república, resultaría muy parecido al consensuado en 1978. Por lo que, como he indicado, lo único que tendrían que hacer es esperar a que una mayoría abrumadora los apoyara.
Pero la urgencia, el ruido, los gritos de exigencia, denotan otra cosa: que utilizan la república como una herramienta de exclusión. Pretenden saldar con ella viejos rencores históricos, como los que han movido siempre la historia de España. Volver a las andadas, como si en 1978 no hubiésemos conseguido que el poema de Gil de Biedma dejara de tener razón.
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3.6.14
Renovación desde arriba
Uno de los problemas de la monarquía es el lote de años que, si la salud le acompaña, se tira un rey. Don Juan Carlos ha estado treinta y nueve, la duración de un franquismo. En estos tiempos de aceleración es mucho. Lo estuve pensando en marzo, cuando murió Adolfo Suárez. Este ya era una figura limpia de actualidad, situada correctamente en nuestra memoria junto con su periodo histórico. El Rey no ha podido gozar de esta ventaja. Ha estado siempre ahí, desde aquella época hasta la actual, y nos hemos cansado de él como nos cansamos de nosotros mismos.
A efectos biográficos, pasamos de ser niños de Franco, como podría haber dicho Umbral, a ser niños del Rey. En nuestra propia infancia hay ese corte en aquellos pocos días. Pero luego el Rey ha seguido durante nuestra adolescencia indolente, nuestra juventud burra y nuestra primera madurez inútil. Ha sido una presencia a lo largo de toda nuestra trayectoria reprobable. Los presidentes del gobierno, en cambio, han otorgado un cierto dinamismo. Los años de Suárez (con su propina de Calvo-Sotelo), los de Felipe, los de Aznar, los de Zapatero, incluso estos de Rajoy: la cosa parece que se va moviendo y el autoaplastamiento de uno parece menor.
La monarquía constitucional, en realidad, es una república con doble engranaje, uno más rápido y otro más lento. El precio es financiar a una familia y dejar incompleto en la punta el proyecto racionalista. Pero se puede ir aceptando mientras funcionen los monarcas. Hoy por hoy, desde mi punto de vista republicano, encuentro más solvente una monarquía constitucional con un rey preparado y sensato como don Felipe que una república encabezada por nuestro republicanismo oficial: que me parece histérico, folclórico, sectario y un tanto oscurantista.
Por lo pronto, introduce un corte en nuestra madurez (ya postinútil). Se termina una época. Hay escasa ilusión, pero sí una cierta curiosidad por el nuevo aire. Por la mañana, de repente, había un montón de cosas que parecían viejas. Aunque por la tarde han vuelto a salir del asilo. Pienso en Mas, en Urkullu, en Cayo Lara, en Pablo Iglesias incluso (que, como Lao-Tsé, ha nacido viejo). El nuevo rey necesitaría que un sector de la clase dirigente se hiciera el harakiri. Tiene algo de Suárez ahora. Pero estará también mucho tiempo; quizá demasiado. En el mejor de los casos.
[Publicado en Zoom News]
A efectos biográficos, pasamos de ser niños de Franco, como podría haber dicho Umbral, a ser niños del Rey. En nuestra propia infancia hay ese corte en aquellos pocos días. Pero luego el Rey ha seguido durante nuestra adolescencia indolente, nuestra juventud burra y nuestra primera madurez inútil. Ha sido una presencia a lo largo de toda nuestra trayectoria reprobable. Los presidentes del gobierno, en cambio, han otorgado un cierto dinamismo. Los años de Suárez (con su propina de Calvo-Sotelo), los de Felipe, los de Aznar, los de Zapatero, incluso estos de Rajoy: la cosa parece que se va moviendo y el autoaplastamiento de uno parece menor.
La monarquía constitucional, en realidad, es una república con doble engranaje, uno más rápido y otro más lento. El precio es financiar a una familia y dejar incompleto en la punta el proyecto racionalista. Pero se puede ir aceptando mientras funcionen los monarcas. Hoy por hoy, desde mi punto de vista republicano, encuentro más solvente una monarquía constitucional con un rey preparado y sensato como don Felipe que una república encabezada por nuestro republicanismo oficial: que me parece histérico, folclórico, sectario y un tanto oscurantista.
Por lo pronto, introduce un corte en nuestra madurez (ya postinútil). Se termina una época. Hay escasa ilusión, pero sí una cierta curiosidad por el nuevo aire. Por la mañana, de repente, había un montón de cosas que parecían viejas. Aunque por la tarde han vuelto a salir del asilo. Pienso en Mas, en Urkullu, en Cayo Lara, en Pablo Iglesias incluso (que, como Lao-Tsé, ha nacido viejo). El nuevo rey necesitaría que un sector de la clase dirigente se hiciera el harakiri. Tiene algo de Suárez ahora. Pero estará también mucho tiempo; quizá demasiado. En el mejor de los casos.
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29.5.14
Tuiteando sobre Podemos
En Twitter borro cada día lo que escribo, pero he guardado para esta columna una selección de mis tuits de ayer sobre Podemos, junto con los de algunos amigos que me contestaron. Los de estos aparecen en cursiva y precedidos por su nombre de Twitter, en negrita. Los míos son los demás. He de aclarar que me refiero a Pablo Iglesias por su sobrenombre de “el Tuerka”. El Arcadi del que se habla es, por supuesto, Arcadi Espada; y MVM, Manuel Vázquez Montalbán. De todo lo aquí escrito podría hacer mil matizaciones. Pero como le dije hace unos días a otros amigos, afirmar y matizar son dos deportes diferentes. Al menos para Twitter. En cuanto a la edición, me he limitado a unir los tuits que iban divididos y a corregir alguna falta de puntuación o de ortografía. Salvo eso, todo va tal cual:
* * *
En ocasiones, estar en "la caverna" es la única manera que encuentro de no ser un cavernícola.
No se pierdan esto, sensacional artículo: los de Podemos vistos años después. En Venezuela.
@JGToni: El Frente Nacional se llevó el 30% del voto menor de 35 años y el 43% del voto 'obrero'.
La diferencia entre el voto a Le Pen y el voto a Podemos es que este es más burgués.
La izquierda de los profesores: doctrinaria, abstracta, implacable, letal. Y, naturalmente, ignorante.
El votar a Podemos le ha proporcionado a nuestra burguesía ese producto que siempre anda buscando como loca: la buena conciencia.
Los que hablan de "nueva izquierda" han leído poco de Historia.
Porque la izquierda de Podemos no solo es vieja: sino que es de la peor.
Es la enésima prueba de que el comunismo, a diferencia del nazismo, no ha sido purgado.
Esas "ilusiones" en Podemos demuestran dos cosas: ignorancia; y estólido optimismo waltdisneyesco.
Lo patético de estas discusiones es que no hablan del futuro, sino del pasado: porque esto ya ha pasado mil veces.
(Y está también el miedo que se huele en el que quiere ser *cool*: el miedo a quedar excluido si se anda con estas matracas aguafiestas).
O sea, que no estoy dispuesto a que los de Podemos me den la tabarra dos veces: hoy como comunistas y en 20 años como excomunistas.
Con el espectaculito de una generación ya ha sido suficiente, y si la de después no se ha aprendido la lección, que se vaya al carajo!!!
Porque yo lo único que sé es que el Losantos de dentro de 20 años está hoy en Podemos.
@goncharev: Está usted siendo injusto con la generación nacida en los 40-50: ¿no era aquel comunismo más teológico y menos frívolo que éste?
El de Iglesias, Monedero y Errejón no es frívolo: es doctrinario como aquel. Hay un sector en la izquierda muy leído (para mal).
@goncharev: Estoy de acuerdo. Decía frívolo en relación a sus circunstancias biográficas: no es lo mismo nacer en España en 1948 que en 1978.
Sí, eso sí. Y además están las lecciones de la historia, que se van sumando aunque se ignoren. Los de los años 60 ignoraron las lecciones de los de los años 30. Y ahora estos ignoran las lecciones de los años 60 y 30. Por eso no es lo mismo: hay que recordar.
El liberalismo tiene que armarse, como se armó Revel, porque vienen auténticos tomistas de la izquierda. Yo observo en nuestros liberales (ud es excepción) un abandono intelectual y una autocomplacencia como la que tuvo en su día la "izquierda triunfante"...
@goncharev: No hay liberalismo en España; el liberalismo es mayormente anglosajón. Y ese *armarse* es difícil. En junio me publica Letras Libres un artículo sobre la desventaja propagandística del liberalismo: no es cool, ni emocionante; puede ser antipático.
Se han acostumbrado a tratar con contrincantes muy fáciles, que ya venían derrotados. Pero ahora vienen otros con formación.
@goncharev: Por otro lado, estas separaciones ideológicas tajantes me parecen algo obsoleto: un mapa que no corresponde ya a un territorio.
Cierto. Yo hablaba de la pura discusión intelectual. Pero como decía Breton: la realidad está en otra parte.
@goncharev: (Risas) Bien traído. Pero está por ver la influencia de las ideas serias –del tomismo al que usted alude– sobre el votante medio.
Esa es otra. Y en eso sí soy optimista. Sus votantes son descontentos, no doctrinarios. Y no les acompañarían en las burradas.
@goncharev: Justamente. Muchos de ellos quieren comprarse el iPhone 5 para dejar el Samsung.
O sea que no: que no estoy dispuesto a dejarle pasar ni una a un individuo que viene a dar lecciones que ya estaban desprestigiadas en 1935.
Por remitirme únicamente al congreso de Jarkov, cuando ya los surrealistas –excluyendo a Aragon y Eluard– cantaron las verdades del barquero
O sea, ¿que yo me leyera en 1987 lo que pasó en el congreso de Jarkov de 1935 y ahora venga el Tuerka con esa matraca en 2014? ¡PERO TURURÚ!
Y lo peor de todo es que estos individuos (estos) son los que arruinan de verdad la izquierda y los que hacen sospechosa toda transformación
El efecto de los revolucionarios es reaccionario. Como decía Trías, se trata de una danza de dos movimientos que van pegados siempre.
El Tuerka está desactivando las transformaciones que serían deseables. En el fondo con su chavismo-castrismo es un puto tapón reaccionario.
@GuruAlnair: ¿Y cómo movilizamos a la juventud para que exija las reformas deseables?
Ese es un buen dilema: porque parece que la movilización requiere de cierto grado de hipnotismo.
@jhlasa: yo, la verdad, es que le veo un tío bastante hábil en la comunicación. Se prepara bien, a conciencia, sabe hablar.
Desde luego. Y en esas virtudes rebasa a nuestros políticos habituales. A los de ahora, por cierto: que han llegado por mediocridad.
@jhlasa: Es que rebasa también a la mayoría de tertulianos. Me conformaría con que hubiese un "cambio" en la manera de transmitir. Vaya, dar por c... un rato y forzar a la gente a hablar, contraatacar, etc.
También, porque entran en su retórica. Arcadi era el que se salía y lo miraba desde fuera de su engranaje.
@jhlasa: Por eso solía perder Arcadi. Quiero decir, Iglesias se prepara y se mueve muy a gusto en las contestaciones de 30 s. de Youtube.
Cierto. Aunque cada uno hablaba para un público diferente. Una de las virtudes de Arcadi es que no *desciende* a ese público.
Como dice Elorza, Podemos es la introducción aquí de la izquierda latinoamericana. Nos devuelven la visita los chorizos lacandones de MVM.
El punto de inflexión de la trayectoria del Tuerka fue cuando Expósito le dijo en una tertulia, entornando los ojos: "Mira, chaval...". Y el Tuerka le dijo muy serio: "¡A mí no me llames chaval! ¡A mí no me llames chaval!". Y Expósito se achantó. ¡Ahí perdimos la posición!
El asunto es el siguiente: por debajo de esa izquierda oficial, que no lee desde los años 70, ha habido otra, más radical, que sí ha estado leyendo y preparándose. Y esta se encuentra con una derecha autocomplaciente que piensa que enfrente tiene únicamente a idiotas.
No hablo de "verdad" sino de capacidad retórica y doctrinaria. Como le dije antes a @goncharev, están blindados (y armados) como tomistas.
@rechingado: Veo las tertulias del Tuerkas con FJL y éste se come a aquél, pero el discurso machacón del primero es muy eficiente.
Losantos es una excepción ahí, porque él no solo está también armado, sino que viene de esa mentalidad y la conoce.
Los únicos que le han dado de verdad al Tuerka en tertulia son Losantos y Espada. Losantos y Espada son, pues, la única oposición al Tuerka.
A mí, por ejemplo, el Tuerka me comería en una tertulia. Yo sería una aceitunita para el Tuerka.
[Publicado en Zoom News]
* * *
En ocasiones, estar en "la caverna" es la única manera que encuentro de no ser un cavernícola.
No se pierdan esto, sensacional artículo: los de Podemos vistos años después. En Venezuela.
@JGToni: El Frente Nacional se llevó el 30% del voto menor de 35 años y el 43% del voto 'obrero'.
La diferencia entre el voto a Le Pen y el voto a Podemos es que este es más burgués.
La izquierda de los profesores: doctrinaria, abstracta, implacable, letal. Y, naturalmente, ignorante.
El votar a Podemos le ha proporcionado a nuestra burguesía ese producto que siempre anda buscando como loca: la buena conciencia.
Los que hablan de "nueva izquierda" han leído poco de Historia.
Porque la izquierda de Podemos no solo es vieja: sino que es de la peor.
Es la enésima prueba de que el comunismo, a diferencia del nazismo, no ha sido purgado.
Esas "ilusiones" en Podemos demuestran dos cosas: ignorancia; y estólido optimismo waltdisneyesco.
Lo patético de estas discusiones es que no hablan del futuro, sino del pasado: porque esto ya ha pasado mil veces.
(Y está también el miedo que se huele en el que quiere ser *cool*: el miedo a quedar excluido si se anda con estas matracas aguafiestas).
O sea, que no estoy dispuesto a que los de Podemos me den la tabarra dos veces: hoy como comunistas y en 20 años como excomunistas.
Con el espectaculito de una generación ya ha sido suficiente, y si la de después no se ha aprendido la lección, que se vaya al carajo!!!
Porque yo lo único que sé es que el Losantos de dentro de 20 años está hoy en Podemos.
@goncharev: Está usted siendo injusto con la generación nacida en los 40-50: ¿no era aquel comunismo más teológico y menos frívolo que éste?
El de Iglesias, Monedero y Errejón no es frívolo: es doctrinario como aquel. Hay un sector en la izquierda muy leído (para mal).
@goncharev: Estoy de acuerdo. Decía frívolo en relación a sus circunstancias biográficas: no es lo mismo nacer en España en 1948 que en 1978.
Sí, eso sí. Y además están las lecciones de la historia, que se van sumando aunque se ignoren. Los de los años 60 ignoraron las lecciones de los de los años 30. Y ahora estos ignoran las lecciones de los años 60 y 30. Por eso no es lo mismo: hay que recordar.
El liberalismo tiene que armarse, como se armó Revel, porque vienen auténticos tomistas de la izquierda. Yo observo en nuestros liberales (ud es excepción) un abandono intelectual y una autocomplacencia como la que tuvo en su día la "izquierda triunfante"...
@goncharev: No hay liberalismo en España; el liberalismo es mayormente anglosajón. Y ese *armarse* es difícil. En junio me publica Letras Libres un artículo sobre la desventaja propagandística del liberalismo: no es cool, ni emocionante; puede ser antipático.
Se han acostumbrado a tratar con contrincantes muy fáciles, que ya venían derrotados. Pero ahora vienen otros con formación.
@goncharev: Por otro lado, estas separaciones ideológicas tajantes me parecen algo obsoleto: un mapa que no corresponde ya a un territorio.
Cierto. Yo hablaba de la pura discusión intelectual. Pero como decía Breton: la realidad está en otra parte.
@goncharev: (Risas) Bien traído. Pero está por ver la influencia de las ideas serias –del tomismo al que usted alude– sobre el votante medio.
Esa es otra. Y en eso sí soy optimista. Sus votantes son descontentos, no doctrinarios. Y no les acompañarían en las burradas.
@goncharev: Justamente. Muchos de ellos quieren comprarse el iPhone 5 para dejar el Samsung.
O sea que no: que no estoy dispuesto a dejarle pasar ni una a un individuo que viene a dar lecciones que ya estaban desprestigiadas en 1935.
Por remitirme únicamente al congreso de Jarkov, cuando ya los surrealistas –excluyendo a Aragon y Eluard– cantaron las verdades del barquero
O sea, ¿que yo me leyera en 1987 lo que pasó en el congreso de Jarkov de 1935 y ahora venga el Tuerka con esa matraca en 2014? ¡PERO TURURÚ!
Y lo peor de todo es que estos individuos (estos) son los que arruinan de verdad la izquierda y los que hacen sospechosa toda transformación
El efecto de los revolucionarios es reaccionario. Como decía Trías, se trata de una danza de dos movimientos que van pegados siempre.
El Tuerka está desactivando las transformaciones que serían deseables. En el fondo con su chavismo-castrismo es un puto tapón reaccionario.
@GuruAlnair: ¿Y cómo movilizamos a la juventud para que exija las reformas deseables?
Ese es un buen dilema: porque parece que la movilización requiere de cierto grado de hipnotismo.
@jhlasa: yo, la verdad, es que le veo un tío bastante hábil en la comunicación. Se prepara bien, a conciencia, sabe hablar.
Desde luego. Y en esas virtudes rebasa a nuestros políticos habituales. A los de ahora, por cierto: que han llegado por mediocridad.
@jhlasa: Es que rebasa también a la mayoría de tertulianos. Me conformaría con que hubiese un "cambio" en la manera de transmitir. Vaya, dar por c... un rato y forzar a la gente a hablar, contraatacar, etc.
También, porque entran en su retórica. Arcadi era el que se salía y lo miraba desde fuera de su engranaje.
@jhlasa: Por eso solía perder Arcadi. Quiero decir, Iglesias se prepara y se mueve muy a gusto en las contestaciones de 30 s. de Youtube.
Cierto. Aunque cada uno hablaba para un público diferente. Una de las virtudes de Arcadi es que no *desciende* a ese público.
Como dice Elorza, Podemos es la introducción aquí de la izquierda latinoamericana. Nos devuelven la visita los chorizos lacandones de MVM.
El punto de inflexión de la trayectoria del Tuerka fue cuando Expósito le dijo en una tertulia, entornando los ojos: "Mira, chaval...". Y el Tuerka le dijo muy serio: "¡A mí no me llames chaval! ¡A mí no me llames chaval!". Y Expósito se achantó. ¡Ahí perdimos la posición!
El asunto es el siguiente: por debajo de esa izquierda oficial, que no lee desde los años 70, ha habido otra, más radical, que sí ha estado leyendo y preparándose. Y esta se encuentra con una derecha autocomplaciente que piensa que enfrente tiene únicamente a idiotas.
No hablo de "verdad" sino de capacidad retórica y doctrinaria. Como le dije antes a @goncharev, están blindados (y armados) como tomistas.
@rechingado: Veo las tertulias del Tuerkas con FJL y éste se come a aquél, pero el discurso machacón del primero es muy eficiente.
Losantos es una excepción ahí, porque él no solo está también armado, sino que viene de esa mentalidad y la conoce.
Los únicos que le han dado de verdad al Tuerka en tertulia son Losantos y Espada. Losantos y Espada son, pues, la única oposición al Tuerka.
A mí, por ejemplo, el Tuerka me comería en una tertulia. Yo sería una aceitunita para el Tuerka.
[Publicado en Zoom News]
27.5.14
Irresponsabilidades
Las elecciones europeas del domingo –enmarcadas entre la Champions y el desnudo de Raquel Mosquera– dejan un panorama de irresponsabilidades. Solo amortiguadas, paradójicamente, por una irresponsabilidad mayor: la de haber votado para Europa según nuestras pulsiones locales. Es como si lo peor de nosotros lo dibujásemos fuera, a modo de exorcismo. Aunque habrá que esperar a las próximas generales para ver si el conjuro ha funcionado, o si reproducimos aquí ese engendro de parlamento que acabamos de esbozar. Por lo pronto, el fantasma se diluirá en Europa.
La culpa es de los electores, pero en un segundo término. En primer término, y con ventaja, la culpa es de los partidos. Empezando por los dos grandes. Lo han tenido todo, llevan lustros teniéndolo todo, y no han sabido estar a la altura. El establishment nauseabundo que han montado, con altas tasas de corrupción y de caciquismo, y con un dominio generalizado de la mediocridad, ha desprestigiado el sistema entero. Por desgracia, este sistema es el que vale: el democrático. De manera que el desprestigio del PP y del PSOE produce el efecto óptico de que es la democracia la que está mal.
Pero el problema, por supuesto, no es la democracia; ni siquiera el bipartidismo. El único problema es el mal funcionamiento de la democracia; así como la irresponsabilidad de los dos grandes partidos con capacidad de gobierno. Las únicas vías para arreglarlo serían el fortalecimiento de la democracia y la exigencia (¡intransigente!) de que esos dos grandes partidos fuesen responsables. Y en esto también se han mostrado irresponsables los demás.
UPyD y Ciudadanos se han equivocado al atacar, para abrirse hueco, el bipartidismo en sí. Su única opción como partidos regeneradores no era destruir el bipartidismo, sino adecentarlo: ser sus preceptores, por decirlo así, en el camino de la responsabilidad. Al no hacerlo, se han revelado también como unos irresponsables: contribuyendo a romper el bipartidismo para que crezcan Izquierda Unida y Podemos. Dos partidos que no dejan de acertar en algunas de sus críticas a nuestro establishment, pero que tienen como modelo (en diferentes grados, según les vaya la marcha) algo mucho peor: las aberraciones de la Cuba castrista o la Venezuela bolivariana. En cuanto a nuestros nacionalistas, es lo más parecido que tenemos en España a Marine Le Pen. El alcalde de Sestao también ha ganado en Francia.
De manera que los que no somos muy del fútbol, ni del Real Madrid, no tenemos nada urgente a lo que agarrarnos. Bueno, si acaso Raquel Mosquera.
[Publicado en Zoom News]
La culpa es de los electores, pero en un segundo término. En primer término, y con ventaja, la culpa es de los partidos. Empezando por los dos grandes. Lo han tenido todo, llevan lustros teniéndolo todo, y no han sabido estar a la altura. El establishment nauseabundo que han montado, con altas tasas de corrupción y de caciquismo, y con un dominio generalizado de la mediocridad, ha desprestigiado el sistema entero. Por desgracia, este sistema es el que vale: el democrático. De manera que el desprestigio del PP y del PSOE produce el efecto óptico de que es la democracia la que está mal.
Pero el problema, por supuesto, no es la democracia; ni siquiera el bipartidismo. El único problema es el mal funcionamiento de la democracia; así como la irresponsabilidad de los dos grandes partidos con capacidad de gobierno. Las únicas vías para arreglarlo serían el fortalecimiento de la democracia y la exigencia (¡intransigente!) de que esos dos grandes partidos fuesen responsables. Y en esto también se han mostrado irresponsables los demás.
UPyD y Ciudadanos se han equivocado al atacar, para abrirse hueco, el bipartidismo en sí. Su única opción como partidos regeneradores no era destruir el bipartidismo, sino adecentarlo: ser sus preceptores, por decirlo así, en el camino de la responsabilidad. Al no hacerlo, se han revelado también como unos irresponsables: contribuyendo a romper el bipartidismo para que crezcan Izquierda Unida y Podemos. Dos partidos que no dejan de acertar en algunas de sus críticas a nuestro establishment, pero que tienen como modelo (en diferentes grados, según les vaya la marcha) algo mucho peor: las aberraciones de la Cuba castrista o la Venezuela bolivariana. En cuanto a nuestros nacionalistas, es lo más parecido que tenemos en España a Marine Le Pen. El alcalde de Sestao también ha ganado en Francia.
De manera que los que no somos muy del fútbol, ni del Real Madrid, no tenemos nada urgente a lo que agarrarnos. Bueno, si acaso Raquel Mosquera.
[Publicado en Zoom News]
23.5.14
Especial desmontando mitos
Ha salido el Jot Down nº 7 en papel, especial desmontando mitos. Mi colaboración se titula "¡Cierra la muralla!" y en ella me ocupo de los cantatores. Empieza así:
La palabrita ya se las trae: ¡cantautor! Es tan fea, que ni a ellos les gusta. Pero si alguien se merece ser llamado cantautor es precisamente un cantautor. Lo que hacen es justo lo contrario de la canción ligera, esa expresión tan preciosa. Lo de los cantautores es la canción pesada. Y ellos son los pesados de la canción, los pesados de la música.
En sentido estricto, hay muchos tipos de cantautores. Hay muchos cantantes del rock y del pop, y de otros géneros, que escriben sus propios temas. Pero a ellos, cuando son buenos, cuando no dan la tabarra, el público soberano no les llama nunca así. Cantautor es solo el personaje que se nos representa en la mente cuando decimos cantautor. El público soberano parece que se reserva el término para apedrearlo con él, para vengarse un poquito. Igual que solo utiliza tuno para humillar a un tuno. (Aunque algunos espíritus sofisticados utilizan tuno para humillar también a un cantautor).
[...]
22.5.14
La chispa de la muerte
No pensaba escribir sobre Ocho apellidos vascos, porque soy el último columnista que la ha visto y porque todos los demás han escrito ya sobre ella. Así que me estaba limitando a celebrarla en la intimidad, y en esa intimidad con ventanas que es Twitter. Pero la noticia de la retirada del anuncio de Coca-Cola en que participa el actor Gotzon Sánchez (“un abertzale Sánchez”, como dice Caballero que diría Arcadi Espada) me ha animado a ocuparme de ambas cosas.
La película me ha encantado. No pensaba que fuera a hacerme tanta gracia después de todo lo leído, pero lo cierto es que me parece una película justamente en estado de gracia. El que haya sido un éxito de taquilla me ha hecho pensar que hay vías de acceso al público que están obstruidas por los propios artistas. En el caso de nuestro cine, por las premisas ideológicas (que son en el fondo elitistas) de quienes pretenden erigirse en la voz del pueblo. El resultado suelen ser películas predicadoras y mortecinas que interesan a muy poca gente. Cuando esta costra se rompe, hay posibilidades de que surja un arte popular.
Lo bonito de Ocho apellidos vascos es que se vuelve con ella a la comedia sin moralina: el objetivo es la risa (y su variante más fina: la sonrisa), y eso resulta liberador y hasta salutífero. Pocas veces como aquí alegrar viene de aligerar: la pesadez de lo que hemos vivido –y seguimos viviendo, en tanto que los plastas persisten– se disuelve, y quedamos en un ámbito habitable.
Es un milagro nietzscheano, porque da cuenta del trabajo de la vida: cómo esta prosigue, pese a la negra historia. Por esta, que tampoco olvidamos, la melancolía no se encuentra ausente: forma parte del licor. Nietzsche tampoco la olvidaba: “La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando”.
La virtud de Ocho apellidos vascos es que produce la risa, y lleva a cabo este distanciamiento saludable, pero sin concesiones al engrudo nacionalista de los criminales y sus cómplices. Por debajo de su tono amable y conciliador, resulta corrosiva: siega la coartada del nacionalismo, su autojustificación. Por eso los nacionalistas no la han podido digerir del todo, cuando no la han rechazado abiertamente. Y más ahora que la película va a hacer carrera internacional con el título de Spanish Affair.
El caso del actor Gotzon Sánchez es distinto. Carles Francino, mientras lo entrevistaba en la Ser, ha dicho que al conocer la noticia ha pensado que es “el anti Ocho apellidos vascos” (m. 6.09). Pero no. El abertzale Sánchez, que por su voz y su manera de expresarse yo me atrevería a afirmar que es una buena persona (no sé más de él), utiliza sin embargo la terminología habitual de los criminales: “conflicto”, “Euskal Herria”. Esto no lo convierte en criminal a él, ni siquiera en cómplice expreso de los criminales; pero sí en uno de los que han colaborado y colaboran en la formación de ese caldo de cultivo. A diferencia de Ocho apellidos vascos, que se ha soltado de la monserga y que contribuye a corroer la monserga, el bueno de Sánchez sigue enredado en la misma, y fomentándola.
[Publicado en Zoom News]
La película me ha encantado. No pensaba que fuera a hacerme tanta gracia después de todo lo leído, pero lo cierto es que me parece una película justamente en estado de gracia. El que haya sido un éxito de taquilla me ha hecho pensar que hay vías de acceso al público que están obstruidas por los propios artistas. En el caso de nuestro cine, por las premisas ideológicas (que son en el fondo elitistas) de quienes pretenden erigirse en la voz del pueblo. El resultado suelen ser películas predicadoras y mortecinas que interesan a muy poca gente. Cuando esta costra se rompe, hay posibilidades de que surja un arte popular.
Lo bonito de Ocho apellidos vascos es que se vuelve con ella a la comedia sin moralina: el objetivo es la risa (y su variante más fina: la sonrisa), y eso resulta liberador y hasta salutífero. Pocas veces como aquí alegrar viene de aligerar: la pesadez de lo que hemos vivido –y seguimos viviendo, en tanto que los plastas persisten– se disuelve, y quedamos en un ámbito habitable.
Es un milagro nietzscheano, porque da cuenta del trabajo de la vida: cómo esta prosigue, pese a la negra historia. Por esta, que tampoco olvidamos, la melancolía no se encuentra ausente: forma parte del licor. Nietzsche tampoco la olvidaba: “La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando”.
La virtud de Ocho apellidos vascos es que produce la risa, y lleva a cabo este distanciamiento saludable, pero sin concesiones al engrudo nacionalista de los criminales y sus cómplices. Por debajo de su tono amable y conciliador, resulta corrosiva: siega la coartada del nacionalismo, su autojustificación. Por eso los nacionalistas no la han podido digerir del todo, cuando no la han rechazado abiertamente. Y más ahora que la película va a hacer carrera internacional con el título de Spanish Affair.
El caso del actor Gotzon Sánchez es distinto. Carles Francino, mientras lo entrevistaba en la Ser, ha dicho que al conocer la noticia ha pensado que es “el anti Ocho apellidos vascos” (m. 6.09). Pero no. El abertzale Sánchez, que por su voz y su manera de expresarse yo me atrevería a afirmar que es una buena persona (no sé más de él), utiliza sin embargo la terminología habitual de los criminales: “conflicto”, “Euskal Herria”. Esto no lo convierte en criminal a él, ni siquiera en cómplice expreso de los criminales; pero sí en uno de los que han colaborado y colaboran en la formación de ese caldo de cultivo. A diferencia de Ocho apellidos vascos, que se ha soltado de la monserga y que contribuye a corroer la monserga, el bueno de Sánchez sigue enredado en la misma, y fomentándola.
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20.5.14
Una conjunción maravillosa
Hace unos años Faemino y Cansado empezaron una actuación en Málaga exclamando: “¡Es para nosotros una gran alegría estar en Málaga!”. El público aplaudió por la deferencia, pero los cómicos siguieron: “Es algo que decimos en todas partes. Cuando estamos en Zaragoza también decimos que es una gran alegría estar en Málaga. Y cuando estamos en Albacete igual. De manera que cuando lo decimos y estamos realmente en Málaga se produce una conjunción maravillosa”.
En nuestra izquierda pasa lo mismo. Siempre dice que la derecha es machista, homófoba, racista y, sobre todo, facha. Lo dice incluso cuando no lo es, que a estas alturas es la mayoría de las veces. Por eso, cuando de pronto sí que lo es, como con las desdichadas palabras de Cañete en lo relativo al machismo, se produce una conjunción maravillosa. Se ceba entonces en su presa con un énfasis que en el fondo delata la gratuidad de las acusaciones habituales.
Con lo de Cañete en particular llevo desde el viernes partiéndome de risa. Me acuerdo de su metedura de pata y me entra la risa floja. Casi podría asegurar que soy feliz al ver cómo ha dinamitado la campaña del PP, porque ha sido grandioso. Pero vamos, deducir de su burrada que es un troglodita resulta exagerado. De hecho, su burrada no estaba exenta de sofisticación. No era una frase crudamente machista, sino que estaba algo cocinada: denotaba una cierta autoconciencia, lo que es siempre la premisa inexcusable para el cambio de las mentalidades.
Está muy bien que se le haya afeado la conducta, porque para el progreso en estas cuestiones resulta útil la censura social. Pero rechina, como siempre, el sectarismo: la sensación, para los que estamos fuera (o lo intentamos), de que la conducta es menos determinante que la filiación política. Si el que dice la burrada es oficialmente de izquierdas –como ocurrió con Diego Valderas, de IU, cuando se refirió a una compañera como “la de las tetas gordas”–, suele irse de rositas, o sin apenas roce. La conjunción tiene que ser maravillosa, porque si no parece que pierde su gracia.
[Publicado en Zoom News]
En nuestra izquierda pasa lo mismo. Siempre dice que la derecha es machista, homófoba, racista y, sobre todo, facha. Lo dice incluso cuando no lo es, que a estas alturas es la mayoría de las veces. Por eso, cuando de pronto sí que lo es, como con las desdichadas palabras de Cañete en lo relativo al machismo, se produce una conjunción maravillosa. Se ceba entonces en su presa con un énfasis que en el fondo delata la gratuidad de las acusaciones habituales.
Con lo de Cañete en particular llevo desde el viernes partiéndome de risa. Me acuerdo de su metedura de pata y me entra la risa floja. Casi podría asegurar que soy feliz al ver cómo ha dinamitado la campaña del PP, porque ha sido grandioso. Pero vamos, deducir de su burrada que es un troglodita resulta exagerado. De hecho, su burrada no estaba exenta de sofisticación. No era una frase crudamente machista, sino que estaba algo cocinada: denotaba una cierta autoconciencia, lo que es siempre la premisa inexcusable para el cambio de las mentalidades.
Está muy bien que se le haya afeado la conducta, porque para el progreso en estas cuestiones resulta útil la censura social. Pero rechina, como siempre, el sectarismo: la sensación, para los que estamos fuera (o lo intentamos), de que la conducta es menos determinante que la filiación política. Si el que dice la burrada es oficialmente de izquierdas –como ocurrió con Diego Valderas, de IU, cuando se refirió a una compañera como “la de las tetas gordas”–, suele irse de rositas, o sin apenas roce. La conjunción tiene que ser maravillosa, porque si no parece que pierde su gracia.
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15.5.14
El vivo al bollo
Justo a la hora en que andaba yo escribiendo el lunes las melancolías que saldrían el martes, se produjo el crimen de León. Desde entonces la melancolía no ha hecho más que crecer, por el crimen y por lo que se ha generado en torno. El embrutecimiento no está generalizado, pero sí están generalizados los brotes de embrutecimiento. Se dan rienda suelta a cosas que antes se reprimían; quizá porque ahora hay espacios donde no reprimirlas. Estos espacios, por lo demás, son más plurales (y más variados moralmente) de lo que se proclama: junto con los impresentables, están quienes les regañan; junto con los necios, están los sensatos. Twitter es una reproducción bastante completa de la sociedad; si acaso más frenética, porque tiene menos cortapisas.
Pero ya estaba acostumbrándome a esta melancolía extra, cuando he debido regresar a la anterior. Una vez reanudada la campaña electoral tras la jornada de duelo, me ha sorprendido ver en seguida a Cañete con sus viandas y sus libaciones. Su campaña parece una versión gastronómica de Un país en la mochila, solo que la mochila aquí es el estómago del candidato popular. Quizá hubiese sido menos chocante que celebrara su debate con Valenciano el día después del crimen que exhibirse dos días después tan risueño. Los debates, al fin y al cabo, son lo más sobrio de las campañas. Y con el constreñimiento con que suelen darse aquí, casi podrían computarse como luto.
En cualquier caso, estoy convencido de que no hay un desprecio deliberado de Cañete por la compañera de partido asesinada. Creo que ha sido simplemente víctima del engranaje impersonal (y despiadado a su manera) de las campañas. Estas se conciben como un festejo hortera, triunfalista y demagógico. En ellas no hay sitio para la contención, ni para mostrarse grave ni serio. No se puede hacer campaña desde la tristeza. Por eso en realidad se hizo bien en suspenderla por un día: su único modo de ser digna era no siendo. Como ven, seguimos en el ámbito de las verdades melancólicas. Al final los candidatos no encuentran otro modo de estar a la altura de ciertas circunstancias que autoeclipsándose.
[Publicado en Zoom News]
Pero ya estaba acostumbrándome a esta melancolía extra, cuando he debido regresar a la anterior. Una vez reanudada la campaña electoral tras la jornada de duelo, me ha sorprendido ver en seguida a Cañete con sus viandas y sus libaciones. Su campaña parece una versión gastronómica de Un país en la mochila, solo que la mochila aquí es el estómago del candidato popular. Quizá hubiese sido menos chocante que celebrara su debate con Valenciano el día después del crimen que exhibirse dos días después tan risueño. Los debates, al fin y al cabo, son lo más sobrio de las campañas. Y con el constreñimiento con que suelen darse aquí, casi podrían computarse como luto.
En cualquier caso, estoy convencido de que no hay un desprecio deliberado de Cañete por la compañera de partido asesinada. Creo que ha sido simplemente víctima del engranaje impersonal (y despiadado a su manera) de las campañas. Estas se conciben como un festejo hortera, triunfalista y demagógico. En ellas no hay sitio para la contención, ni para mostrarse grave ni serio. No se puede hacer campaña desde la tristeza. Por eso en realidad se hizo bien en suspenderla por un día: su único modo de ser digna era no siendo. Como ven, seguimos en el ámbito de las verdades melancólicas. Al final los candidatos no encuentran otro modo de estar a la altura de ciertas circunstancias que autoeclipsándose.
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