Continúa deteriorándose la situación en Cataluña, en una farsa sin fondo que ahora fantasea con la sangre en un intento desesperado por que brote la épica. Esa fantasía no es tanto la del crimen como la del martirio, pero esconde un impulso desdichadamente tanático en cualquier caso. Por fortuna, no muchos parecen dispuestos a seguirlo; pero si lo siguieran el resultado tampoco sería la épica, sino una farsa incrementada, más absurda aún, hasta la náusea. La irrisión ya es inaudita, con ese Consell per la República que Puigdemont ha montado en Bélgica, en plan Palmar de Troya del catalanismo, o con el estrafalario Torra en la Generalitat, un Ubú president que ha dejado pequeño a Pujol y a Boadella convertido en el guionista de Bambi. Los que en su día compramos el mito de Cataluña como avanzadilla europeizante de España seguimos pasmados ante el socavón.
La parte buena son los libros que están saliendo, algunos espléndidos. Para desgracia de los independentistas (y bochorno de sus descendientes), todo está quedando bien documentado. La ignorancia no será una coartada. Los dos últimos que he leído (los cito con los subtítulos también, que dicen mucho) son Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Breviario de tópicos, recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana, de Juan Claudio de Ramón (Deusto) y Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. El autosacrificio catalán, de Rafa Latorre (La Esfera de los Libros). Al leerlos juntos he visto que resultan complementarios: el de De Ramón centrado en las ideas, en las palabras, y el de Latorre en los hechos; sin que falten hechos en el primero ni ideas en el segundo. Y los dos logran lo que el primero exige: acertar con el diagnóstico.
“La necesidad de acertar con el diagnóstico” a que urge Juan Claudio de Ramón, para no insistir en el error en el intento de solucionar o paliar el problema, o al menos para no seguir agravándolo, la cumple con brillantez en su libro, como venía haciendo con sus artículos. Este Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña podría haberse titulado Ejercicios de tiro, todos en el blanco. Van pasando los tópicos (“Hace falta tender puentes”, “El origen del problema está en la sentencia del Estatut”, “No se puede judicializar la política”, “Es un problema político que requiere una solución política”...) y ¡pumba! El índice es un listado de las piezas cobradas. La conclusión general, que también subraya Francesc de Carreras en el prólogo, es que la causa principal de la crisis catalana es endógena: el nacionalismo catalán. (Los factores exógenos podrán haber influido más o menos, pero secundariamente). Y como el nacionalismo se alimenta del oscurantismo y la mentira, la respuesta ha de ser ilustrada, restablecer la verdad. De Ramón, con su admirable paciencia, de lo que trata es de persuadir. Al menos, a los que no son todavía cerrados creyentes.
Rafa Latorre hace una crónica vibrante de la escalada enloquecida del independentismo, con una capacidad precisa de observación de la que no se evapora la sorpresa. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido es un título que quiere preservar el carácter alucinante de la realidad que narra. Cuando en el futuro no se dé crédito, este libro será una prueba de que sucedió. La habilidad de Latorre por resaltar lo significativo alcanza al pasado, del que extrae perlas que hoy lo explican todo. Por ejemplo esta de 2010, que comenta con agudeza: "Montilla le había señalado al nacionalismo el enemigo y había enquistado la idea que provocaría la infección del procés. Hela aquí: 'No hay tribunal que pueda juzgar ni nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación'. Es difícil encontrar en la historia de las ideas políticas una impugnación tan perfecta de la democracia expresada en menos palabras. Es un milagro conceptual". A continuación basta añadir esto de la solapa: "Así fue cómo una comunidad próspera de un país estable de la Unión Europea se embarcó en un proceso que la conducía a un destino incierto y peligroso".
Este miércoles en el Congreso hay un pleno sobre Cataluña. Me temo que no todos los políticos que intervengan acertarán con el diagnóstico, ni siquiera algunos de los que desearían hacerlo. Tendrían que haber leído estos dos libros.
* * *
En The Objective.
12.12.18
3.12.18
Elecciones generales: primer asalto
Aunque en estas elecciones andaluzas ha imperado como nunca el tipismo, con una campaña y unos debates a los que solo les ha faltado que los presentase Juan y Medio, el voto ha sido inevitablemente en clave nacional. La inanidad de los candidatos –como dijimos– no solo invitaba a ello, sino que casi lo exigía. Era el único aliciente: o votaba uno en clave nacional, o se quedaba en casa. Muchos andaluces han optado por lo segundo.
Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.
Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).
Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.
La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.
Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.
* * *
En El Español.
Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.
Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).
Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.
La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.
Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.
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En El Español.
26.11.18
Paradojas andaluzas
El hecho de ser un descastado me protege un poco de la política andaluza. Pero solo un poco: también me afecta, como a todo andaluz. Simplemente intento que no me abrase, o que lo haga por la espalda. A las elecciones les temo como a un nublao, porque me quedo sin excusa. No tengo más remedio que ponerme. El lunes pasado me vi por profesionalidad el debate de Canal Sur y mi conclusión fue que la profesionalidad no está pagada. De ahí el mérito impagable de amigos periodistas como Carlos Mármol, Berta González de Vega, Agustín Rivera, Teodoro León Gross, Rafael Porras, Ignacio Martínez o el siempre añorado Félix Bayón, que sacaba oro del erial.
El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.
El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).
Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.
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En El Español.
El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.
El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).
Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.
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En El Español.
14.11.18
Viva el señor don Cristóbal
La retirada en Los Ángeles de la estatua de Cristóbal Colón me ha producido un desagrado no patriótico, ciertamente, sino filosófico, existencial. Una náusea. Ha sido otra manifestación de nihilismo, de individuos que no aprecian su existencia. Los ufanos derribaestatuas no estarían ahí sin Colón. Derribaban una de sus condiciones de posibilidad, quedándose colgados en un limbo obsceno, como fantasmas. No solo avanza el nihilismo: también la necedad. Revestida de puritanismo, como viene siendo costumbre.
Una pesadez, una tristeza, lo está aplastando todo. La vida asusta. Y por lo tanto asusta la historia. Las salvajadas que nos han conducido hasta aquí. No soportamos la carga de materia y sangre que arrastramos, la carga puramente carnal, descarnada. Quisiéramos ser ángeles, y rebañamos aquello de donde venimos, arrasándolo. Nosotros somos los genocidas: los genocidas de quienes nos precedieron.
Frente a esta mentalidad torturada, tan peñaza, qué alivio reencontrarse con la alegría de una canción como “Las tres carabelas” de Augusto Algueró, que los tropicalistas convirtieron en pepsicola, o colacola: la chispa misma de la vida. Me despedí de Brasil, pero ya vuelvo (¡la pasión tira!). Pónganse las “Três caravelas” de Caetano Veloso y Gilberto Gil, con los arreglos jocosos del maestro Duprat, y seguimos.
El “navegante atrevido” que “salió de Palos un día” fue “hacia la tierra cubana”. Y dice luego la canción, deliciosa, guasonamente: “Mira tú qué cosas pasan / que algunos años después / en esta tierra cubana / yo encontré a mi querer”. Acontecimiento ante el que no puede sino exclamar: “Viva el señor don Cristóbal, / que viva la patria mía, / vivan las tres carabelas: / la Pinta, la Niña y la Santa María”.
La felicidad personal, el amor (¡el amor fati!), como aceptación (no necesariamente justificación) de la historia; de la propia biografía y de la historia en su totalidad: no cabe mayor muestra de antinihilismo. La afirmación de la vida, como quería Nietzsche, sin rechazar lo desagradable, lo doloroso, lo oscuro. La afirmación de la vida es tan inequívoca, tan incondicional, que lo acoge. No se anda con los melindres de los moralistas.
El tropicalismo era, al fin y al cabo, una deglución: un ejercicio de antropofagia cultural, en la tradición brasileña (la étnica y la vanguardista), que se apropiaba de todo con ánimo dionisíaco. En el añadido en portugués de la canción (además de “viva Cristóvão Colombo / que para nossa alegria / veio com três caravelas...”) dicen: “Muita coisa sucedeu / daquele tempo pra cá: / o Brasil aconteceu. / É o maior que que há?!”. No hay nada más grande, en efecto, que haber llegado a existir. Y para esto era imprescindible todo lo anterior.
* * *
En The Objective.
Una pesadez, una tristeza, lo está aplastando todo. La vida asusta. Y por lo tanto asusta la historia. Las salvajadas que nos han conducido hasta aquí. No soportamos la carga de materia y sangre que arrastramos, la carga puramente carnal, descarnada. Quisiéramos ser ángeles, y rebañamos aquello de donde venimos, arrasándolo. Nosotros somos los genocidas: los genocidas de quienes nos precedieron.
Frente a esta mentalidad torturada, tan peñaza, qué alivio reencontrarse con la alegría de una canción como “Las tres carabelas” de Augusto Algueró, que los tropicalistas convirtieron en pepsicola, o colacola: la chispa misma de la vida. Me despedí de Brasil, pero ya vuelvo (¡la pasión tira!). Pónganse las “Três caravelas” de Caetano Veloso y Gilberto Gil, con los arreglos jocosos del maestro Duprat, y seguimos.
El “navegante atrevido” que “salió de Palos un día” fue “hacia la tierra cubana”. Y dice luego la canción, deliciosa, guasonamente: “Mira tú qué cosas pasan / que algunos años después / en esta tierra cubana / yo encontré a mi querer”. Acontecimiento ante el que no puede sino exclamar: “Viva el señor don Cristóbal, / que viva la patria mía, / vivan las tres carabelas: / la Pinta, la Niña y la Santa María”.
La felicidad personal, el amor (¡el amor fati!), como aceptación (no necesariamente justificación) de la historia; de la propia biografía y de la historia en su totalidad: no cabe mayor muestra de antinihilismo. La afirmación de la vida, como quería Nietzsche, sin rechazar lo desagradable, lo doloroso, lo oscuro. La afirmación de la vida es tan inequívoca, tan incondicional, que lo acoge. No se anda con los melindres de los moralistas.
El tropicalismo era, al fin y al cabo, una deglución: un ejercicio de antropofagia cultural, en la tradición brasileña (la étnica y la vanguardista), que se apropiaba de todo con ánimo dionisíaco. En el añadido en portugués de la canción (además de “viva Cristóvão Colombo / que para nossa alegria / veio com três caravelas...”) dicen: “Muita coisa sucedeu / daquele tempo pra cá: / o Brasil aconteceu. / É o maior que que há?!”. No hay nada más grande, en efecto, que haber llegado a existir. Y para esto era imprescindible todo lo anterior.
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En The Objective.
12.11.18
La frustración del magnicida
En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración. Por grandes que sean sus ambiciones el resultado, aunque consiga llevar a cabo lo que pretendía, será inevitablemente pequeño: no un magnicidio sino, inevitablemente, un pequeñicidio. En algunos casos, incluso, un irrisoricidio.
Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.
Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.
Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.
En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.
* * *
En El Español.
Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.
Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.
Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.
En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.
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En El Español.
31.10.18
Bye bye, Brasil
El amor por Brasil se me ha agriado. Veintinueve años tenía: empezó justo en octubre de 1989, cuando me aficioné a las cintas de la colección Personalidade. Fue en la antesala de los 90 y no me enteré de los 90, porque los pasé escuchando música brasileña. Y de ahí pasé al idioma, a la literatura, a las mujeres, a la comida, a la cultura y a Brasil mismo, que conocí en dos largos viajes. Me dicen que aguante, pero no. Mi amor era al país entero y mi rechazo lo es ahora también. Hasta que pase Bolsonaro. (Una cosa es cuando a un pueblo le dan un golpe de Estado y otra cuando es el pueblo el que vota al militarote). Mi amor estaba hecho de placer. Con amarguras solidarias, pero recubiertas enseguida de placer. Ahora el careto irrisorio de Bolsonaro me estropea todo placer posible e imposible.
Tengo amigas brasileñas que han votado a Bolsonaro. No he podido convencerlas de que no. El miedo era, por encima de todo, “Venezuela”. Con el candidato del PT, Haddad, ese miedo era falso. Pero era inútil decirlo: con tantísima tradición petista de abrazos y colegueo con Chávez, Maduro, los Castro... Lo más patético para ellas, y para todos los votantes de Bolsonaro, es que el “Maduro” entre Bolsonaro y Haddad era Bolsonaro. Todo por lo que lo han votado (la segunda razón era “limpiar Brasil”) empeorará. Brasil será peor. Cuando triunfa el populismo todo se va (más) a la mierda. Esto es una ley física, metafísica. Y científica: porque está suficientemente contrastada.
Pero más que el triunfo de Bolsonaro ha sido el fracaso de la pseudoizquierda latinoamericana. Todavía me acuerdo de cuando el PT llamaba fascista al socialdemócrata Cardoso. Si llevaban décadas malversando la palabra “fascista”, ¿qué credibilidad iban a tener ahora que era verdad? Ni un candidato formado, razonable y de centroizquierda como Haddad ha podido hacer nada para salvarse del discurso histórico de su partido y concentrar el apoyo de todos los demócratas brasileños. El miedo a la venezuelización era falso con él; pero quien lo tuviera o lo propagara encontraba elementos para alimentarlo.
Además de la corrupción del sistema y de la brutal desigualdad social (que se ha manifestado en el voto: según el Estadão, Bolsonaro ha ganado en el 97% de las ciudades más ricas y Haddad en el 98% de las pobres), la culpa del apoyo masivo a Bolsonaro la tiene esa pseudoizquierda brasileña equivalente a la nuestra de Podemos. Impresentabilidades como esta de Echenique son las que fabrican bolsonaristas: “El odio de Bolsonaro ha ganado en Brasil con el apoyo de los millonarios y noticias falsas. En España, Bolsonaro es Casado, Rivera y VOX”.
Ahora la única defensa contra Bolsonaro en Brasil es la del Estado de derecho: ese que los Echeniques no contribuyen precisamente a fortalecer. En la medida en que sea fuerte, el estrago de Bolsonaro será menor. De lo contrario, como repetían en Twitter los brasileños, y yo entre ellos: Desordem e retrocesso. Estaré atento y les deseo suerte, pero hasta nueva orden pongo entre paréntesis mi brasileñismo. Bye bye, Brasil.
* * *
En The Objective.
Tengo amigas brasileñas que han votado a Bolsonaro. No he podido convencerlas de que no. El miedo era, por encima de todo, “Venezuela”. Con el candidato del PT, Haddad, ese miedo era falso. Pero era inútil decirlo: con tantísima tradición petista de abrazos y colegueo con Chávez, Maduro, los Castro... Lo más patético para ellas, y para todos los votantes de Bolsonaro, es que el “Maduro” entre Bolsonaro y Haddad era Bolsonaro. Todo por lo que lo han votado (la segunda razón era “limpiar Brasil”) empeorará. Brasil será peor. Cuando triunfa el populismo todo se va (más) a la mierda. Esto es una ley física, metafísica. Y científica: porque está suficientemente contrastada.
Pero más que el triunfo de Bolsonaro ha sido el fracaso de la pseudoizquierda latinoamericana. Todavía me acuerdo de cuando el PT llamaba fascista al socialdemócrata Cardoso. Si llevaban décadas malversando la palabra “fascista”, ¿qué credibilidad iban a tener ahora que era verdad? Ni un candidato formado, razonable y de centroizquierda como Haddad ha podido hacer nada para salvarse del discurso histórico de su partido y concentrar el apoyo de todos los demócratas brasileños. El miedo a la venezuelización era falso con él; pero quien lo tuviera o lo propagara encontraba elementos para alimentarlo.
Además de la corrupción del sistema y de la brutal desigualdad social (que se ha manifestado en el voto: según el Estadão, Bolsonaro ha ganado en el 97% de las ciudades más ricas y Haddad en el 98% de las pobres), la culpa del apoyo masivo a Bolsonaro la tiene esa pseudoizquierda brasileña equivalente a la nuestra de Podemos. Impresentabilidades como esta de Echenique son las que fabrican bolsonaristas: “El odio de Bolsonaro ha ganado en Brasil con el apoyo de los millonarios y noticias falsas. En España, Bolsonaro es Casado, Rivera y VOX”.
Ahora la única defensa contra Bolsonaro en Brasil es la del Estado de derecho: ese que los Echeniques no contribuyen precisamente a fortalecer. En la medida en que sea fuerte, el estrago de Bolsonaro será menor. De lo contrario, como repetían en Twitter los brasileños, y yo entre ellos: Desordem e retrocesso. Estaré atento y les deseo suerte, pero hasta nueva orden pongo entre paréntesis mi brasileñismo. Bye bye, Brasil.
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En The Objective.
29.10.18
Zumbándole a Sánchez
En una situación política tan grave como la de España, es un desastre la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez y la de Sánchez contra Casado y Rivera, como se vio el pasado miércoles en el Congreso. Tres partidos que deberían estar gobernando en coalición contra los nacionalistas y los populistas –al coste electoral que fuese– se están peleando entre ellos; uno en alianza con los nacionalistas y los populistas. La bajura de miras de nuestros políticos clama al cielo.
A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.
Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.
Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.
Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.
* * *
En El Español.
A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.
Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.
Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.
Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.
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En El Español.
22.10.18
El albondigón
Encuentro en el libro Benet. La ambición y el estilo (el original homenaje de Rafael García Maldonado a Juan Benet en el veinticinco aniversario de su muerte) que Mercedes Formica llamaba “el Albondigón” a la mezcla de partidos fascistas, tradicionalistas y conservadores que formó Franco para sostenerse. No sé si es porque Sánchez ha ligado ya su nombre al del dictador –y nos acordaremos de Sánchez más que del dictador cada vez que pasemos por los alrededores de la Almudena– por lo que, al leer lo del albondigón, he pensado automáticamente en Sánchez.
En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.
Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.
El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.
Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.
* * *
En El Español.
En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.
Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.
El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.
Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.
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En El Español.
15.10.18
Error de protocolo
Al fin Pedro Sánchez me representa: su error de protocolo simboliza ese gran error de protocolo que es mi vida entera. Pero no voy a hablar de mí sino de él, que está quemando su presidencia como un juerguista el fin de semana. La posibilidad de que esté siendo un sueño rápido le hace querer vivirlo de todas las maneras.
El 12 de octubre pasó de recibir los abucheos a presidir una república de nueve segundos. Los he cronometrado: ese tiempo transcurre desde que se sitúa al lado del Rey –superándolo, en terminología dialéctica– hasta que se lo lleva el figurín de protocolo (que tenía, por cierto, un aire a Albert Rivera). Lo mejor del vídeo, con todo, es cuando Sánchez se retira respetuosamente, con las manos entrelazadas por delante, la cabeza semiagachada y el gesto entre sereno, introspectivo y grave del que ha recibido la primera comunión.
El mismo Día de la Hispanidad, Albert Boadella proclamó la autonomía de Tabarnia durante nueve segundos también. Tanto Sánchez como Boadella superaron en un segundo, pues, a la República Catalana del año pasado, que duró ocho. Fue una jornada doblemente feliz. Una pinza humorística memorable a la gran parodia del independentismo.
Luego se ha dicho que el error no fue de Sánchez sino de las instrucciones que le dieron, o que Ana Pastor se adelantó más de la cuenta. Pero da igual. El error no tuvo ninguna importancia. Lo significativo ha sido la aspereza con que se ha juzgado: el lugar insufrible en que se ha convertido la política española ha puesto pomposidad donde no había más que para unas risas. Los españoles nos hemos convertido en unos nuevos ricos de la fiscalización del prójimo. Francamente, nos estamos volviendo un coñazo.
El protocolo está bien, hay que cumplirlo. Forma parte de la gran representación de la vida pública. Pero si uno se equivoca, la crítica no puede ser metafísica, sino que ha de referirse solo a la actuación. Era un fallo de lenguaje y punto; y tanto menos importante cuanto que fue de inmediato corregido.
Pero hay otra cosa significativa: además de los inquisidores del protocolo, están los supuestamente antiprotocolo como Pablo Iglesias, que ejercen una inquisición igual de protocolaria. Tanto unos como otros contribuyen a la expansión de aquello que combatía Nietzsche: el espíritu de la pesadez.
En cuanto a los abucheos a Sánchez: estuvieron mal, naturalmente, en el contexto de la Fiesta Nacional. Como está mal que Sánchez esté sosteniendo el Gobierno de la nación en aquellos que no acuden a una ceremonia así. Pero eso es ya otra historia: la de todos estos días.
* * *
En El Español.
El 12 de octubre pasó de recibir los abucheos a presidir una república de nueve segundos. Los he cronometrado: ese tiempo transcurre desde que se sitúa al lado del Rey –superándolo, en terminología dialéctica– hasta que se lo lleva el figurín de protocolo (que tenía, por cierto, un aire a Albert Rivera). Lo mejor del vídeo, con todo, es cuando Sánchez se retira respetuosamente, con las manos entrelazadas por delante, la cabeza semiagachada y el gesto entre sereno, introspectivo y grave del que ha recibido la primera comunión.
El mismo Día de la Hispanidad, Albert Boadella proclamó la autonomía de Tabarnia durante nueve segundos también. Tanto Sánchez como Boadella superaron en un segundo, pues, a la República Catalana del año pasado, que duró ocho. Fue una jornada doblemente feliz. Una pinza humorística memorable a la gran parodia del independentismo.
Luego se ha dicho que el error no fue de Sánchez sino de las instrucciones que le dieron, o que Ana Pastor se adelantó más de la cuenta. Pero da igual. El error no tuvo ninguna importancia. Lo significativo ha sido la aspereza con que se ha juzgado: el lugar insufrible en que se ha convertido la política española ha puesto pomposidad donde no había más que para unas risas. Los españoles nos hemos convertido en unos nuevos ricos de la fiscalización del prójimo. Francamente, nos estamos volviendo un coñazo.
El protocolo está bien, hay que cumplirlo. Forma parte de la gran representación de la vida pública. Pero si uno se equivoca, la crítica no puede ser metafísica, sino que ha de referirse solo a la actuación. Era un fallo de lenguaje y punto; y tanto menos importante cuanto que fue de inmediato corregido.
Pero hay otra cosa significativa: además de los inquisidores del protocolo, están los supuestamente antiprotocolo como Pablo Iglesias, que ejercen una inquisición igual de protocolaria. Tanto unos como otros contribuyen a la expansión de aquello que combatía Nietzsche: el espíritu de la pesadez.
En cuanto a los abucheos a Sánchez: estuvieron mal, naturalmente, en el contexto de la Fiesta Nacional. Como está mal que Sánchez esté sosteniendo el Gobierno de la nación en aquellos que no acuden a una ceremonia así. Pero eso es ya otra historia: la de todos estos días.
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En El Español.
8.10.18
8-O: una fecha luminosa
Recuerdo que la convocatoria de la manifestación fue antes del discurso del Rey del 3 de octubre y después de la oscura fecha del 1. La sensación que predominaba era esa: de “noche oscura del alma”. Maldije los empujones de la historia, yo que soy un lírico; que unos papafritas como los indepes me marcasen la agenda. Pero a Barcelona había que ir, a acompañar a mis amigos catalanes (antinacionalistas, por supuesto). La sorpresa fue que lo que se esperaba una jornada de resistencia triste, minoritaria, resultó una jornada luminosa, multitudinaria, alegre, de la que nos hemos pasado hablando todo el año, con agradecimiento y felicidad.
El discurso del Rey no prometía el éxito del 8 de octubre, pero sí dio moral. Hacía falta una reparación, verbal aunque fuese. El presidente Rajoy no tuvo a bien darla. Así que la dio –la tuvo que dar– Felipe VI. Un articulista catalán se quejaba hace poco de aquel discurso “sin perdón ni empatía”. Hasta en pleno golpe de Estado se le pide al Rey que esté empático con los sensibles golpistas. Pero el Rey no estuvo esta vez por el merengue e hizo algo inaudito: tratar a “los catalanes” como adultos. Fue el primero en década que se los tomó en serio, y desde esa seriedad solo cabía regañarles. Porque habían sido malos, muy malos. Habían asaltado una democracia con procedimientos fascistas o fascistoides. Y eso no se le hace a una democracia.
Junto con esto último lo grave (¡nunca me cansaré de repetirlo!) es que los nacionalistas catalanes han ido y siguen yendo –antes que contra los españoles– contra sus convecinos catalanes no nacionalistas. La impresión sorprendente en Barcelona sobre los que se manifestaban el 8 de octubre es que se trataba de una mayoría oprimida. La llamada mayoría silenciosa era, en efecto, una mayoría silenciada, que recuperaba el espacio público arrebatado o cedido. En el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate) se hablaba de en qué se sostuvo la “concordia” catalana de la Transición: en que los no nacionalistas hubiesen aceptado que el poder lo detentasen en exclusiva los nacionalistas. Un equilibrio truculento que se han cargado los propios nacionalistas, por abusones. La respuesta ha sido la emergencia de la Cataluña no nacionalista. Rompiéndoles a lo grande el relato del “un sol poble”. El 8 de octubre se vio en Barcelona a los catalanes contra los que pretendían construir los nacionalistas su “nación”.
Fue una fecha de felicidad política que nos ha alumbrado en todo este año de notable infelicidad política.
* * *
En El Español.
El discurso del Rey no prometía el éxito del 8 de octubre, pero sí dio moral. Hacía falta una reparación, verbal aunque fuese. El presidente Rajoy no tuvo a bien darla. Así que la dio –la tuvo que dar– Felipe VI. Un articulista catalán se quejaba hace poco de aquel discurso “sin perdón ni empatía”. Hasta en pleno golpe de Estado se le pide al Rey que esté empático con los sensibles golpistas. Pero el Rey no estuvo esta vez por el merengue e hizo algo inaudito: tratar a “los catalanes” como adultos. Fue el primero en década que se los tomó en serio, y desde esa seriedad solo cabía regañarles. Porque habían sido malos, muy malos. Habían asaltado una democracia con procedimientos fascistas o fascistoides. Y eso no se le hace a una democracia.
Junto con esto último lo grave (¡nunca me cansaré de repetirlo!) es que los nacionalistas catalanes han ido y siguen yendo –antes que contra los españoles– contra sus convecinos catalanes no nacionalistas. La impresión sorprendente en Barcelona sobre los que se manifestaban el 8 de octubre es que se trataba de una mayoría oprimida. La llamada mayoría silenciosa era, en efecto, una mayoría silenciada, que recuperaba el espacio público arrebatado o cedido. En el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate) se hablaba de en qué se sostuvo la “concordia” catalana de la Transición: en que los no nacionalistas hubiesen aceptado que el poder lo detentasen en exclusiva los nacionalistas. Un equilibrio truculento que se han cargado los propios nacionalistas, por abusones. La respuesta ha sido la emergencia de la Cataluña no nacionalista. Rompiéndoles a lo grande el relato del “un sol poble”. El 8 de octubre se vio en Barcelona a los catalanes contra los que pretendían construir los nacionalistas su “nación”.
Fue una fecha de felicidad política que nos ha alumbrado en todo este año de notable infelicidad política.
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En El Español.
3.10.18
La gallina
Creo que fue Forges el que dijo que para relajarse ante un poderoso –por ejemplo, ante el jefe al pedirle un aumento de sueldo (sí, debía de ser Forges)– lo mejor era imaginarlo con una gallina encima de la cabeza. Esa gallina (no imaginada, sino real) es la que veo yo en la cabeza de nuestros autoproclamados republicanos, que tienen la palabra “República” todo el día en la boca al tiempo que demuestran con cada una de sus palabras y cada una de sus acciones que no tienen ni idea de republicanismo. Son de hecho, hoy, los de conducta menos republicana del país.
A los independentistas catalanes (incluida Talegón e incluido Cotarelo) también les veo la gallina, que viene a ser la misma gallina. “Som tossudament republicans”, decía una pancarta este 1 de octubre, eco del “Tossudament alçats” del tuno Lluís Llach, que hizo suyo ERC. "Tossudament" es la manera catalanista de decir "cipotudamente": o sea, que es su manera de ejercer el empecinamiento español del que se ha ocupado Jorge Bustos. Se dicen antiespañoles y yo les veo la gallina de la más obcecada españolidad encima de la cabeza (en el caso de Llach, concretamente, encima del gorrito).
Mucha "República catalana" y no aceptan ni uno solo de los valores del republicanismo político, empezando por el de la separación de poderes. Cuando los independentistas le piden al Gobierno que suelte a los "políticos presos" lo que están mostrando, por encimísima de todo, es que no saben de qué va el republicanismo, en el que la democracia es inseparable de la ley. Insultan, de hecho, al republicanismo con la mera enunciación de esa expresión falsa en un Estado de derecho, "presos políticos". Mientras escribo estas líneas, el Parlament acaba de aprobar la desobediencia al Tribunal Supremo...
Como el Jueves de Chesterton, el hombre que es Torra ejerce al mismo tiempo de jefe de la policía y de jefe de los que se enfrentan a ella, asaltando, por ejemplo, el Parlament. El puesto que le debe a la ley lo utiliza para violarla: la peor corrupción, y a la vista de todos. En España hay que remontarse a Franco para asistir a aberraciones semejantes. Sí, nuestros antifranquistas también llevan en la cabeza la gallina del franquismo.
Los manifestantes independentistas del 1 de octubre iban muy ufanos: muchísimos jóvenes con caras como de querer libertad, como de estar en el camino democrático. Pero yo les veía la gallina en la cabeza. Una gallina doble: en primer lugar, todo esto se lo están haciendo a una democracia; en segundo lugar, se lo están haciendo antes que a nadie a sus convecinos catalanes. Contra eso se movilizan: contra una democracia y contra sus convecinos. Mucha "República" y bla bla bla. Pero yo les veo la gallina.
* * *
En The Objective.
A los independentistas catalanes (incluida Talegón e incluido Cotarelo) también les veo la gallina, que viene a ser la misma gallina. “Som tossudament republicans”, decía una pancarta este 1 de octubre, eco del “Tossudament alçats” del tuno Lluís Llach, que hizo suyo ERC. "Tossudament" es la manera catalanista de decir "cipotudamente": o sea, que es su manera de ejercer el empecinamiento español del que se ha ocupado Jorge Bustos. Se dicen antiespañoles y yo les veo la gallina de la más obcecada españolidad encima de la cabeza (en el caso de Llach, concretamente, encima del gorrito).
Mucha "República catalana" y no aceptan ni uno solo de los valores del republicanismo político, empezando por el de la separación de poderes. Cuando los independentistas le piden al Gobierno que suelte a los "políticos presos" lo que están mostrando, por encimísima de todo, es que no saben de qué va el republicanismo, en el que la democracia es inseparable de la ley. Insultan, de hecho, al republicanismo con la mera enunciación de esa expresión falsa en un Estado de derecho, "presos políticos". Mientras escribo estas líneas, el Parlament acaba de aprobar la desobediencia al Tribunal Supremo...
Como el Jueves de Chesterton, el hombre que es Torra ejerce al mismo tiempo de jefe de la policía y de jefe de los que se enfrentan a ella, asaltando, por ejemplo, el Parlament. El puesto que le debe a la ley lo utiliza para violarla: la peor corrupción, y a la vista de todos. En España hay que remontarse a Franco para asistir a aberraciones semejantes. Sí, nuestros antifranquistas también llevan en la cabeza la gallina del franquismo.
Los manifestantes independentistas del 1 de octubre iban muy ufanos: muchísimos jóvenes con caras como de querer libertad, como de estar en el camino democrático. Pero yo les veía la gallina en la cabeza. Una gallina doble: en primer lugar, todo esto se lo están haciendo a una democracia; en segundo lugar, se lo están haciendo antes que a nadie a sus convecinos catalanes. Contra eso se movilizan: contra una democracia y contra sus convecinos. Mucha "República" y bla bla bla. Pero yo les veo la gallina.
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En The Objective.
1.10.18
La putrefacción (catalana)
¡Qué memorable ejercicio leer ahora Contra Catalunya de Arcadi Espada! Y digo leer y no releer porque (¡negligencia en mi arcadismo!) no lo había leído en la edición de 1997, sino que acabo de hacerlo en la nueva de Ariel. Sin duda hubiera estado bien leerlo antes, pero este ha sido el mejor momento. Me permite llegar al aniversario del ominoso 1 de octubre ciertamente oxigenado.
La putrefacción de la sociedad catalana por obra de los nacionalistas es el tema del libro, y produce melancolía (y rabia) ver cómo lo que estaba ocurriendo hace veinte años, y desde veinte años antes de la escritura de esta crónica, haya continuado ocurriendo más de veinte años después. Con un grado de putrefacción creciente. El 1 de octubre de 2017 fue el punto culminante: en él se encontraron la borrachera nacionalista en su cota máxima y la torpeza del Estado tratando de contener en un día el fruto de cuatro décadas de dejadez.
El tema de Contra Catalunya es, en realidad, esa dejadez: la putrefacción debida a esa dejadez. La complicidad casi unánime de los que callaron y dejaron hacer a los nacionalistas, cuando no colaboraron abiertamente con ellos. “Ahora, más de veinte años después –escribe Espada en el postfacio de 2018–, una lectura amable puede concluir que este libro fue un presagio y que advertía con más o menos detalle de la catástrofe moral y política que se iba a desencadenar en Cataluña y en el resto de España. No despreciaré ninguna amabilidad. Pero creo que este libro no era anuncio de lo que iba a pasar sino descripción de lo que ya estaba pasando. Una crónica. Un tipo de enfermedad. Pues lo que estaba pasando entonces es lo mismo que sustancialmente está pasando ahora: la distribución sostenida, envolvente y eficaz de un compacto amasijo de mentiras”.
Uno que lo vio desde el principio fue Federico Jiménez Losantos, al que unos terroristas de Terra Lliure le pegaron un tiro en la pierna en 1981. En 1982 escribió Félix de Azúa en El País su artículo antinacionalista “Barcelona es el Titanic”. Es un artículo justamente célebre. Se ha olvidado, sin embargo, la respuesta que le propinó Carlos Barral: excelente síntoma de los mecanismos de defensa del pudridero, y eso por parte de alguien no nacionalista, de izquierdas y tan sofisticado como Barral. Menos sofisticado fue Manuel Vázquez Montalbán en el artículo –este también célebre– en que salió en defensa de Jordi Pujol cuando el caso de Banca Catalana (1984): “De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”.
Espada sitúa en aquel episodio de 1984 el momento crucial de la rendición de la izquierda ante el nacionalismo: “La tarde de Banca Catalana fue la primera vez que los [nacionalistas] los llamaron [a los socialistas] una y otra vez traidores”. La consecuencia fue rápida y desoladora: “Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos”.
Contra Catalunya era (y es) la expresión con que los nacionalistas han tratado siempre de conjurar e impedir la crítica. No es contra ellos, sino “contra Catalunya”. Arcadi Espada se atrevió a transgredir esa barrera hace veinte años, pagándolo, naturalmente, pero también haciéndose un nombre. Y un hombre: en el libro está cómo se hace. Abriéndose paso en el caparazón de silencio.
Y están además el periodismo y Barcelona. Espada detesta las novelas y no diré esta vez que Contra Catalunya sea una novela, por más que haya disfrutado (incluso novelísticamente) con el libro. Sí diré que si un novelista escribiese sobre aquella Barcelona, en su novela tendría que estar la de Contra Catalunya para que resultase veraz, y tendría que recibir en consecuencia, por parte de los putrefactos, esa misma acusación. Que yo sepa, aún no ha sucedido.
* * *
En El Español.
La putrefacción de la sociedad catalana por obra de los nacionalistas es el tema del libro, y produce melancolía (y rabia) ver cómo lo que estaba ocurriendo hace veinte años, y desde veinte años antes de la escritura de esta crónica, haya continuado ocurriendo más de veinte años después. Con un grado de putrefacción creciente. El 1 de octubre de 2017 fue el punto culminante: en él se encontraron la borrachera nacionalista en su cota máxima y la torpeza del Estado tratando de contener en un día el fruto de cuatro décadas de dejadez.
El tema de Contra Catalunya es, en realidad, esa dejadez: la putrefacción debida a esa dejadez. La complicidad casi unánime de los que callaron y dejaron hacer a los nacionalistas, cuando no colaboraron abiertamente con ellos. “Ahora, más de veinte años después –escribe Espada en el postfacio de 2018–, una lectura amable puede concluir que este libro fue un presagio y que advertía con más o menos detalle de la catástrofe moral y política que se iba a desencadenar en Cataluña y en el resto de España. No despreciaré ninguna amabilidad. Pero creo que este libro no era anuncio de lo que iba a pasar sino descripción de lo que ya estaba pasando. Una crónica. Un tipo de enfermedad. Pues lo que estaba pasando entonces es lo mismo que sustancialmente está pasando ahora: la distribución sostenida, envolvente y eficaz de un compacto amasijo de mentiras”.
Uno que lo vio desde el principio fue Federico Jiménez Losantos, al que unos terroristas de Terra Lliure le pegaron un tiro en la pierna en 1981. En 1982 escribió Félix de Azúa en El País su artículo antinacionalista “Barcelona es el Titanic”. Es un artículo justamente célebre. Se ha olvidado, sin embargo, la respuesta que le propinó Carlos Barral: excelente síntoma de los mecanismos de defensa del pudridero, y eso por parte de alguien no nacionalista, de izquierdas y tan sofisticado como Barral. Menos sofisticado fue Manuel Vázquez Montalbán en el artículo –este también célebre– en que salió en defensa de Jordi Pujol cuando el caso de Banca Catalana (1984): “De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”.
Espada sitúa en aquel episodio de 1984 el momento crucial de la rendición de la izquierda ante el nacionalismo: “La tarde de Banca Catalana fue la primera vez que los [nacionalistas] los llamaron [a los socialistas] una y otra vez traidores”. La consecuencia fue rápida y desoladora: “Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos”.
Contra Catalunya era (y es) la expresión con que los nacionalistas han tratado siempre de conjurar e impedir la crítica. No es contra ellos, sino “contra Catalunya”. Arcadi Espada se atrevió a transgredir esa barrera hace veinte años, pagándolo, naturalmente, pero también haciéndose un nombre. Y un hombre: en el libro está cómo se hace. Abriéndose paso en el caparazón de silencio.
Y están además el periodismo y Barcelona. Espada detesta las novelas y no diré esta vez que Contra Catalunya sea una novela, por más que haya disfrutado (incluso novelísticamente) con el libro. Sí diré que si un novelista escribiese sobre aquella Barcelona, en su novela tendría que estar la de Contra Catalunya para que resultase veraz, y tendría que recibir en consecuencia, por parte de los putrefactos, esa misma acusación. Que yo sepa, aún no ha sucedido.
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En El Español.
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