15.3.21

El abstencionista del millón

Permitan que me presente: soy el abstencionista del millón. De ese millón de votantes de Ciudadanos que se abstuvo en las últimas elecciones generales y al que supuestamente Inés Arrimadas ha venido a buscar con sus recientes maniobras. Así lo sostienen algunos analistas.

Como creo que nunca se han enterado de por qué nos abstuvimos (que es la razón no solo por la que Arrimadas no va a encontrarnos en su búsqueda, sino también por la que nos quedaremos confinados en la abstención probablemente), me he decidido a explicarlo.

(Sé que es pretencioso arrogarse la representatividad de ese millón. ¡Pero menudos somos los de ese millón! Somos superiores y finos, naturalmente; sofisticados y destilados, en efecto. Y no estamos por embarrarnos. Lo que siempre me ha hecho gracia ha sido la superioridad con respecto a nosotros de los que sí se embarran. Tal vez nuestra displicencia connota su barro.)

Queríamos un partido bisagra y veleta, sí. Un partido que se hiciese cargo del carácter ondoyante de la vida, de modo que la política no lo entorpeciera y que, si pudiese ser, lo facilitara. Un partido contra los apretaos de todo signo, contra los anquilosamientos, contra el apelmazamiento partidista, frecuentemente aplastador.

Un partido pragmático, que se hiciese cargo de los bueyes con los que en esta España hay que arar (unos bueyes toscos, estólidos, deprimentes), por ver si se les encauzaba un poquito en la buena dirección; que en política no es otra que la del aseo institucional, la pulcritud democrática y el sentido común –sin adherencias retóricas ni delirios ideológicos– respecto a las cuestiones prácticas.

Desde el principio pensamos que Cs no era un partido de poder que viniese a romper el bipartidismo, sino un partido que debía impulsar una corrección virtuosa del bipartidismo. Al fin y al cabo, los nacionalistas venían impulsando desde hacía décadas (con notable éxito) correcciones viciosas del bipartidismo. Con gran satisfacción esto último de los dos grandes partidos del bipartidismo, el PSOE y el PP: principalísimos responsables de todas nuestras desgracias políticas y campeones del cortoplacismo, el abuso y la irresponsabilidad.

La propuesta era demasiado elevada para lo que aquí se estila. Por eso durante años Cs obtuvo apenas un hilillo de votos. Tuvieron que venir el 15-M y Podemos, y luego Vox, para que comprobásemos el éxito fulminante con que podían ser agraciadas, en cambio, las propuestas bajunas.

La tremenda crisis debida al independentismo catalán propició el ascenso electoral de Cs en las generales de abril de 2019. De pronto, el partido tenía poder en el Congreso para cumplir su misión de árbitro. Y lo que hizo Albert Rivera con ese poder fue tirarlo a la basura, cegado por la ambición de alcanzar un poder mayor y autosuficiente.

Quienes nos caricaturizan a los que nos abstuvimos en las segundas elecciones de aquel año, las de noviembre, nos dicen tres cosas: 1) que la foto de Colón junto al PP y Vox fue anterior a las elecciones en que aún votamos a Cs; 2) que Pedro Sánchez no tomó la iniciativa ni hizo ningún gesto para pactar con Cs; y 3) que Rivera fue a las segundas elecciones con la promesa de que no pactaría con Sánchez. Respondo a ellas:

1) Nos limitamos a no atender al chantaje del mantra de “la ultraderecha” emitido por ese PSOE que había pactado con los únicos que eran más dañinos que la ultraderecha en España (es decir, por este orden, los nacionalistas –que acababan de dar un golpe de Estado– y Podemos). Por más que considerásemos que la ultraderecha era, en efecto, la ultraderecha y la execrábamos, y que fotografiarse con ella había sido un error.

2) No se trataba de esperar ninguna iniciativa de Sánchez, pájaro al que ya conocíamos de sobra. Sino de utilizar el poder parlamentario de que por fin se disponía para enjaular al pájaro. O al menos dejarlo en evidencia en tanto pájaro, para que no le saliesen gratis (como le salieron y salen) sus pajarerías.

3) En cuanto Rivera hizo aquella promesa electoral supimos y dijimos que se equivocaba. Está bien que los políticos cumplan sus promesas; pero, cuando su cumplimiento se ve claramente que deriva en desastre, no está mal incumplirlas por una razón superior. Que en el caso de Cs, mira por dónde, coincidía con su espíritu fundacional. (El remoquete del asunto es que Rivera hizo en el último momento su oferta de pacto, cuando ya no valía y estaba débil: con lo que terminó de espantar a los votantes que aún le quedaban.)

Llegaron las elecciones y Cs se hundió. Unos votantes se fueron al PP, otros a Vox y los de mi millón nos abstuvimos. Los votantes de Vox no iban a volver, los del PP parece que tampoco y quedábamos los del millón, los finos, los no embarrados, que pedíamos lo de siempre: bisagrismo y veletismo, no en beneficio propio sino en el de las puertas y los vientos del país.

Se fue Rivera, vino Arrimadas. La situación no era fácil, y encima con la pandemia, pero fuimos aceptando la prioridad de no contribuir al embrutecimiento de la situación. Hasta que ha llegado el gran embrutecimiento de Ciudadanos. Y nuestro confinamiento en la abstención probablemente.

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8.3.21

Tan estúpidamente

Viene ocurriéndome que la indignación me pilla en mitad de semana, cuando no tengo columna. Se pierde así el impulso por el que salen solas: ese motor furioso con que la calentura moral fluye sintácticamente. Cuando estaba en Twitter esto borboteaba en los tuits, pero ahora que no estoy (llevo dos días sin estar, una proeza) todo se va gestionando en mi cráneo como en una olla exprés.

Todavía los jueves estoy a punto de estallar, pero el fin de semana me apacigua, y para cuando llega el domingo, que es cuando escribo, las catástrofes están flácidas. A esto contribuye su carácter alucinante, su barroquismo irreal. Vivimos atrapados en una asfixiante empanada de Nodos que son simultáneamente autos sacramentales y de fe. Mientras el país se hunde.

Sí, el momento es menos noventayochista que barroco. Las ceremonias pomposas y vacías, con un retorcimiento de los significantes bajo los cuales los significados se han evaporado; o han sido aplastados, ¡o apisonados! Solo que ni en los significantes hay esmero, como lo había en nuestro Siglo de Oro. Lo que nos embadurna es un merengue aparatoso, pringoso, inane. No hay cuchillo que lo corte, ni puñetazo que lo desmorone. (Mi indignación del jueves lo intuye y por eso llega al domingo desactivada.)

También está mi crisis del tono. El problema, como siempre, es el tono. ¿Para qué vociferar? Ahora nuestros más conspicuos vociferantes están adscritos a Vox, de manera que con sus vociferaciones ayudan a conformar un rebaño que transcurrirá por un cauce que no rozará al sanchismo. Para este es una vía de escape del antisanchismo, que lo deja así limpio y asentado. Todo se juega en la enfática autosatisfacción inmediata del que se ve antisanchista, aunque el resultado sea más sanchismo.

El sanchismo. He aquí la clara expresión de nuestra actualidad política. El presidente Sánchez no hace nada que no hayan hecho sus predecesores (mentir, actuar a corto plazo sin excesiva preparación, pensar antes que nada en su poder, primar la propaganda, coaccionar los controles), pero lo hace de un modo tan abrumador, tan descarado, tan cuantitativo, que se produjo hace ya tiempo el célebre salto cualitativo. Su descubrimiento ha sido monstruoso: le sale gratis, da igual.

Mientras el país se hunde. Muerte, ruina, paro, endeudamiento, sacrificio de dos o tres generaciones, riesgo de disgregación irreversible de la nación española. Psicotización, sí. Pero el domingo me llega como amortiguado. Quizá por la conciencia que todo se esté produciendo tan estúpidamente.

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3.3.21

Los vivos y los muertos

1 de marzo. Día festivo en Andalucía por el desplazamiento del festivo de ayer, que cayó en domingo. Paso toda la mañana y media tarde trabajando y termino por fin la tarea en que llevo empeñado un montón de semanas. Una cierta liberación, vacía. En la calle hay vacío también. No hace sol, sino un cielo gris uniforme. Cuando cierran las terrazas, quedan transeúntes fantasmales. Yo soy uno de ellos, en el puerto ya, mirando el mar que también se desustancia.

Es de noche cuando regreso. Ceno palomitas de microondas, por ponerle un toque saltarín a la jornada, y me meto en la cama a leer. Tengo tres libros fijos en la mesilla, que voy picoteando desde principios de año (son libros fragmentarios): el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (en la edición de Pre-Textos, que me faltaba y está muy bien), las Prosas reunidas de Wislawa Symborska (¡un tomo delicioso como los ensayos de Montaigne; son los ensayos de Symborska!) y O óbvio ululante de Nelson Rodrigues (¡columnas libérrimas de mi escritor brasileño favorito!).

El cuarto libro es mudable. Coloqué hace unos días la nueva traducción de Los muertos de James Joyce (por Nuria Barrios, en Navona). Es este el que escojo. Metido en la manta, a la luz de mi rinconcito, paso tres horas –con adormilamiento en medio– en una casa, unas calles nevadas y un hotel de Dublín a principios del siglo XX. Todos estarían muertos ya, si hubieran vivido. Todos viven (y mueren) en las páginas. Desde estas se proyecta nuestra condición, en la frontera de la vida y la muerte, en una noche nevada o en una tarde gris. Sería igual con sol, pero los decorados tenues representan mejor la pasarela.

El relato de Joyce tuvo la suerte de la película de John Huston, el mejor testamento de la historia del cine. Huston dio con el tono y respetó lo que el relato contiene. Como muchos, vi primero la película. Las lecturas posteriores, en inglés y en español (mi traducción preferida era la de Isabel Butler para Alianza Cien), ahondaban aún más en el camino marcado; lo enriquecían hasta el infinito. Ahora (la nueva traducción me ha parecido espléndida, quizá la mejor ya) he vuelto a sentir la conmoción.

La fiesta, el baile, mientras afuera nieva. Las edades, la música. Las pasiones pasadas. La conclusión de Gabriel Conroy, luego en el hotel, cuando conoce la lejana muerte por su esposa Gretta del joven Michael Furey: “Mejor adentrarse audazmente en el otro mundo, en la gloriosa plenitud de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con el paso de los años”. Y después: “Aunque jamás había sentido nada parecido por mujer alguna, sabía que tal sentimiento debía ser amor”. Y antes: “No quería admitir, ni siquiera en su interior, que su rostro [el de Gretta] ya no era hermoso, pero sabía que ya no era el rostro por el que Michael Furey había desafiado la muerte”.

“Uno tras otro, todos se convertirían en sombras”, ha pensado sobre los participantes en la fiesta de esa noche. Y, por último, naturalmente, en toda Irlanda nieva. “Su alma desfallecía poco a poco mientras escuchaba el sonido de la nieve que caía levemente sobre el universo y que, como el postrero descenso que a todos aguarda, levemente caía sobre los vivos y sobre los muertos”.

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1.3.21

A las mil maravillas

En su última columna en El Mundo, Trapiello relacionó al tál Hasél con el Cojo Manteca y dio la fecha de la manifestación en que este se hizo famoso: 23 de enero de 1987. Al verla me quedé pillado, porque fue una fecha importante para mí, sin que yo la tuviera registrada: por ese día decidí abandonar la carrera de Periodismo.

Había acudido a aquella manifestación de estudiantes no como manifestante, aunque era estudiante, sino para cubrirla. Era un trabajo para la asignatura de Redacción Periodística. Iba con otro compañero, que haría de fotógrafo. Salimos con la multitud de Atocha y llegamos hasta las puertas del ministerio de Educación en la calle Alcalá. Allí se armó el lío.

Yo estaba delante y vi que los que tuvieron la culpa fueron los manifestantes –o los más lanzados de ellos–, que se pusieron a tirarles cosas a los policías. Estos cargaron al final y experimenté una ración de historia. Que no me gustó. Capté un poco lo sublime y lo siniestro de la masa, del movimiento caótico, abrumador, con proyectiles, y salí de aquel Maelström como pude (mi amigo se había quedado haciendo fotos).

En las calles aledañas ya había silencio. Y a la altura de Gran Vía la vida era normal. Pero la experiencia me acompañaba. Yo iba como en una burbuja en la que aún rebotaba la violencia. Me extrañaba que no me lo viera nadie. Era banal, después de todo. Y no era para mí. Yo había anotado en mi carnet de Ciencias de la Información, desafiantemente, la frase de Valle-Inclán: “La Prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”. Lo mío era lo sublime estético, no lo sublime político. Este me pareció soez.

También he encontrado estos días, trasteando en la web de la Fundación Juan March, los números de su revista Saber Leer. Yo leí el primer número en aquellos años madrileños y siempre he recordado que había un artículo de Juan Benet sobre La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, en el que elogiaba al autor por poner “a las mil maravillas”. La expresión ha sido para mí un símbolo de la frescura de escribir durante todo este tiempo y quise comprobar si mi memoria me había engañado.

Mi primera sorpresa al pinchar ha sido ver que aquel número era justo de enero de 1987. Y la segunda, no tan sorprendente como emocionante, ratificar que allí estaba, en efecto, el artículo de Benet y el elogio de la expresión. Benet cita la frase en que viene: “El globo funcionaba a las mil maravillas”. Y comenta: “Un escritor con más escrúpulos, con menos desparpajo cervantino, se lo piensa mucho antes de escribir ‘a las mil maravillas’”.

¿Por qué no lo he olvidado en treinta y cuatro años cuando tantísimas cosas he olvidado ya? A las mil maravillas. El Cojo Manteca. El tál Hasél. Barcelona, la ciudad de los prodigios, ardiendo. Y yo preservando lo importante. 

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27.2.21

Preprimavera

[Dietario]

Comida crepuscular. Almuerzo con mi viejo amigo Nadales, psicoanalista. Estamos en la terraza Gourmet, con vistas a Málaga. Hace un día espléndido, pero el ambiente es crepuscular. A partir de mañana cierra la hostelería y todo el mundo disfruta de los últimos momentos. Nadales está preocupado por la situación política del país ("España puede psicotizarse"). Aparte de en la actualidad, tiene los ojos puestos en 1936: colecciona números del periódico Ahora con sus informaciones previas a la guerra civil. Impresiona la lucidez de su director, Chaves Nogales. En una portada condena por igual los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo-Sotelo. Alcántara decía de él: "Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos". Hablamos también de temas personales, ligeramente melancólicos pero en el fondo felices. Cuando Nadales vuelve a su consulta, yo me quedo paseando por el centro. Las sobremesas se alargan al sol en las calles. Son placeres que no se sabe cuándo se repetirán.

Luces. Paso por la librería Luces para hacer acopio antes del cierre. Pero el librero José Antonio Ruiz me dice que, en Andalucía al menos, las librerías se consideran ahora servicios esenciales. Lo son hasta en un sentido literal: una clienta le contó que, si no tiene un libro, no puede dormir. Reflexionamos sobre el asunto y concluimos que los no lectores no entienden las implicaciones de esa pasión. Y que entre tales personas ajenas a la lectura se suelen encontrar quienes dictan las normas. Aunque esta vez haya habido una excepción. Uno de los libros que compro, por cierto, es El penúltimo negroni, la antología de artículos de David Gistau, que murió hace un año. Lo vi unos meses antes en Madrid y me dijo que estaba pensando mudarse a Málaga. 

Dos malagueños adoptivos. Dos que se vinieron a Málaga, uno hace muchos años y otro hace unos pocos, son Manuel Alberca y Bosco Esteruelas. El primero es catedrático de literatura española en la Universidad de Málaga y el segundo fue periodista de El País. Ambos tienen libros recién publicados. Alberca Maestras de vida, un estudio ensayístico (y también un manual) sobre las biografías, que según él enseñan a vivir, porque muestran cómo vivieron los otros. Y Esteruelas Gracias, asesino. El asesino es el coronavirus, y le da las gracias porque le debe su vuelta a la escritura. Durante el confinamiento del año pasado llevó un diario –con elementos realistas y otros fantásticos que reflejaban sus obsesiones– en su piso del paseo marítimo con vistas al mar. El mar era otro elemento salvador: su horizonte y la escritura le aliviaban el encierro. 

Vacuna. La prima María se extraña cuando la llaman para vacunarse. “¿Pero ahora no es para las personas mayores?”. Cumplió noventa hace unos meses. Por estas cosas se explica su longevidad. 

Proctólogo. Un amigo gay de Madrid, el gran Ferdi, decía que los dos momentos más importantes en la vida de un hombre son el primer beso y el primer proctólogo. Yo completé el pack el otro día. En realidad fue un urólogo, pero hizo lo que tenía que hacer. La medición por la que me había aconsejado la visita el médico de cabecera la vio bien, con pocas probabilidades de que tuviese algo. “Pero”, añadió, “el tacto rectal no me lo quita nadie”. La cortesía de ese me

Las ancestrales cabras. Camino por el extrarradio. En una zona de campo junto a la autovía, hay cabras en un montículo. Me acerco. Son siete u ocho. Unas comen hierba, otras alzan el cuello y miran; también a mí, aunque impasibles. Balan de vez en cuando. Son animales totémicos. Hacía mucho que no encontraba ninguna y me impresionan. De niño las veía con cierta frecuencia. En una de mis primeras fotos salgo de pie junto a una cabra que había en las afueras del barrio en el que me crié, Las Flores. Y en Almogía mi abuelo fue cabrero. Nunca me había fijado así en ellas. No puedo dejar de mirarlas. Tienen algo hipnótico, remiten a un tiempo ancestral. Pero de pronto se escurren montículo abajo. Al poco aparece un cabrero con un rebaño grande, al que se incorporan. Estaban de excursión. 

Preprimavera. Reabrieron los bares. Al final fueron solo diez días, pero se hicieron largos: coincidieron con los mejores del invierno, esos en los que se empieza a notar la primavera. La vuelta a las terrazas fue eufórica, con el placer incrementado tras las restricciones. Pero duró poco. De pronto ha vuelto el frío, y hasta cayó un incómodo chaparrón. Daba cosa ver las terrazas abiertas pero vacías, con sillas inclinadas sobre las mesas, como las de La Deriva. Pensé también en los disturbios de Barcelona. El mes pasado hablamos de que El Balneario se enfrenta al mar, como un barco, y está expuesto a naufragios. Los comercios de a pie de calle se enfrentan a los mares de la historia, las crisis y la climatología. 

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22.2.21

Intrahistoria del 23-F

Mañana se cumplen 40 años del golpe del 23-F y yo también tengo mi historia, mi pequeña historia. Tenía 14 años y estudiaba 1º de Bup. Cuando salía de clase por la tarde, corría a casa para poner la radio, que era mi pasión de entonces. Llegaba a tiempo para escuchar, en el programa Directo, directo de Alejo García, una radionovela con los casos del comisario Maigret, de Simenon, que interpretaba el actor José María Caffarel.

La tarde del 23 de febrero de 1981 no estaba seguro de si la iban a emitir, porque estaba la investidura del nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, tras la dimisión de Adolfo Suárez. Puse la radio y no sonaba ni lo uno ni lo otro, sino música (no recuerdo ahora si militar o clásica). No le di importancia, merendé y me puse a estudiar. Al día siguiente tenía examen de Biología, a primera hora. En algún momento estuvo de visita una prima, que vivía al lado, y oí por la puerta su voz alterada. Le decía a mi madre: “Los civiles han entrado en el Congreso”. Tampoco le di importancia. Lo importante era el examen.

Gracias a que tuve aquel examen asistí a todo. Me estaba costando mucho la asignatura: geología, cristalografía... Ahora no recuerdo si la asignatura se llamaba Biología o simplemente Ciencias. Pero la mayor parte del curso la dedicamos luego a la biología. El profesor era pequeño y renegrido y le pusimos de mote “el Mosca”. Uno de los momentos gloriosos de mi bachillerato fue cuando, gracias a sus mismas enseñanzas, pasamos a llamarlo “el Díptero”.

Supongo que en algún momento cenaría y luego me quedé ya solo en el cuarto, con el libro de texto y el flexo, estudiando. La novedad de aquella noche es que puse la radio, bajito. Por eso, mientras estudiaba, me llegaba de fondo la alteración de los periodistas, la idea de que aquello se salía de lo común. En algún momento dijeron que iba a hablar el Rey y, aunque ya me encontraba muy cansado, decidí seguir estudiando hasta ese momento. Así pude ver en directo su mensaje (en cuanto lo anunciaron por la radio, fui a la salita a verlo por televisión).

Seguí con el transistor en la cama, como solía hacer entonces, hasta quedarme dormido. Tenía ya la idea de que aquello era gordo, pero en una realidad que no me afectaba. Lo que me afectaba era el examen. A la mañana siguiente, en el instituto, una alumna decía que no podíamos hacer el examen con lo que había pasado. El resto de la clase se sumó, menos yo. Para mí no era más que uno de los frecuentes escaqueos de mis compañeros. Con algunos profesores funcionaba a veces, pero jamás con el Mosca, que tenía mal carácter.

Por eso me quedé helado cuando llegó el Mosca y dijo: “Con lo que ha pasado no podemos hacer el examen, como comprenderéis”. Lo que comprendí en ese preciso instante fue la importancia definitiva del acontecimiento. Un chico estudioso como yo necesitaba que se lo tradujesen a su escala. La suspensión de un examen por algo así daba la verdadera medida de ese algo.

Se suspendieron también las clases, pero seguimos un rato en el instituto. Había movimiento de alumnos y profesores. Uno dijo que en el cuartillo del “bedel” (aprendí ahí la palabra) había una tele, la única del centro. Al salir vi que estaba lleno de gente mirando la pantalla. Poco después la miré yo también en mi casa. Toda la secuencia de la mañana del 24 de febrero, con los guardias civiles escapándose por las ventanas y los políticos saliendo. Me acuerdo de Senillosa. Los mensajes eran de concordia, de fe en la democracia. En la tele y en la radio se siguió durante horas con lo mismo. A esas alturas, yo estaba hechizado.

La épica que se empezó a segregar culminó con las imágenes del golpe que se pudieron ver por fin: Tejero, Suárez, el empujón a Gutiérrez Mellado, la cabeza de Carrillo... Cuando volvimos a clase, la profesora de Historia (joven, moderna, sin duda marxista) nos habló de su sensación la noche del 23, cuando iba en el coche por una Málaga vacía, pensando que España volvía a las andadas, que todo se había desmoronado. Pero tenía esperanza en Calvo-Sotelo. Había la sensación de que la democracia se había consolidado y estábamos fuera de peligro.

Yo me compré aquellos días mi primer periódico: el extra sobre el golpe de la revista Interviú, en blanco y negro. Hay otra intrahistoria ahí, porque esa revista que hojeábamos a escondidas en algunas casas para ver mujeres desnudas, la paseaba yo ahora como un adulto, dispuesto a mostrarle a quien me lo preguntase, abriéndole las páginas si hacía falta, que no había desnudos en ese número. Fue un doble empujoncito, pues, para el joven Montano.

Como mi bautizo auténtico con la actualidad fue ese, ya con los demás periódicos también (sobre todo El País), con los especiales de radio y televisión (sobre todo Informe Semanal), es como si me hubiese caído en una marmita semejante a la de Obélix, pero no con poción mágica sino con lenguaje constitucionalista: que es lo que me constituye políticamente y no me puedo quitar de encima. Tengo grabado a fuego el aprecio por la democracia formal. Por eso he dicho en broma a veces (pero también en serio) que mis columnas políticas no son más que variaciones del discurso de la Corona.

Algo que, andando el tiempo, ha terminado siendo sinónimo de malditismo casi punk. Lo que se lleva es Tejero. Del Gobierno para abajo y todo alrededor. 

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17.2.21

Madrid con daiquiris

Iba a escribir sobre el coñazo catalanista, pero se ha interpuesto un asunto sentimental. Los dueños del restaurante Zara, el cubano de Madrid, han muerto de coronavirus. El restaurante no cierra, porque ya lo llevaba la hija, pero me he acordado de las exnovias y examigos con los que fui, y del par de amigos que me queda. Y sobre todo me ha venido una apetencia urgente de sus manteles de cuadraditos rojos y blancos y sus daiquiris, que no tomo desde hace un año, seis meses y veintiún días; por la pandemia y lo que no es la pandemia.

Empecé a ir tarde, yo creo que en 1999, cuando aún estaba en la calle Infantas (en 2014 se mudó a Barbieri), pero he ido con tanta profusión hasta esa última vez (hasta ahora) de 2019, que me puse al día con creces. Era mi restaurante favorito, por lo que pasaba dentro y lo que pasaba fuera, a la salida, que era la transformación alquímica de la ciudad por obra de sus daiquiris. Siempre bebíamos muchos, en la comida, vertidos de la coctelera helada, por lo que la conversación fluía maravillosamente y luego Madrid se amortiguaba en calles de un Caribe interior, aunque hiciese frío.

Casi siempre había famosos dentro, muchos de ellos castristas (¡el sector cantautoril, incluido el del cine!), que iban a comer lo que les preparaba el entrañable matrimonio anticastrista que se ha muerto. Me contaron que ella se quejaba de que la mayoría pedíamos lo mismo: el pollo frito (con sus correspondientes frijoles negros –¡mi brasileñista feijão!– y la yuca con mojo). Pero en mi caso fue el resultado de una larga destilación de sus demás platos. Yo, en cuanto encuentro el oro, me planto y ya solo quiero oro.

Me ha pasado igual en el Tano de Málaga, y ahora en Los Delfines, y antes, hace mucho, en el Acrópolis, y hace nada en El Botijo, cuyo dueño también murió por el puñetero virus el año pasado. ¡Benditos bares y restaurantes de nuestra vida! ¡Reductos de la conversación, la confidencia y los mimos! ¡También de las minuciosas broncas parejiles! ¡Pero ante todo del buen rollo! ¡Oh sus complicidades gruesas, finas, serias, chistosas, expansivas, íntimas, amorosas, catacumbísticas!

Se dice que después de la pandemia vendrá una era orgiástica, y también será en ellos. Volveré al Zara. ¡Tengo que volver! 

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15.2.21

Durará más que la pandemia

La política en Cataluña es ya lamentarse un día por lo que se hizo mal durante décadas. Así ha venido sucediendo en demasiadas jornadas electorales –incluida la de este 14-F–, y en el falso referéndum del 1-O y los demás acontecimientos de 2017. Políticas cortoplacistas, irresponsables y negligentes desembocaron ahí. Y siguen desembocando: no hay mar para este río decadente, que seguirá horadando el suelo en su declive sin fin. Proseguirá su decadencia hasta cuando no quede suelo.

La última esperanza se perdió. Fue la de que los independentistas comprendiesen qué significaba la independencia, a partir de los hechos que empezaron a sucederse después de su golpe posmoderno. Hasta entonces podían tener la disculpa de que no había hechos, sino solo proyecciones. Hoy los hechos sobran, por mucho que los encubran la propaganda nacionalista. El apoyo al independentismo ya es el explícito fracaso de una sociedad.

Sus dos principales candidatos lo dicen todo: los deprimentes Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, uno huido de la justicia y el otro condenado. Ninguno ha podido presentarse, naturalmente, así que han puesto a asequibles segundones: Laura Borràs (JxCat) y Pere Aragonès (ERC). Son candidatos perfectos, en la medida en que se corresponden con lo que proponen: astracanada fundada en la mentira. Cada cual a su estilo: ella carnosa y expansiva, él monaguillesco y reconcentrado.

Lo curioso es que también los candidatos no independentistas son candidatos perfectos, en el sentido expresivo indicado anteriormente. Salvador Illa (PSC) encarna la pasividad mortecina, acomodaticia, que su programa propone. Carlos Carrizosa (Cs) es un hombre desvaído y menguante como su partido. Alejandro Fernández (PP) apenas puede camuflar con su voluntarioso gracejo el papelón de sus antecesores (y sus jefes nacionales). En cuanto a Ignacio Garriga (Vox), parece blindado para sostener un discurso xenófobo. En los debates, por cierto, era el que mejor hablaba –junto con Jèssica Albiach (ECP)–, pero cuando se enfadaba se ponía un poco Yoyas.

Me interesa la xenofobia de Vox, porque es clave en el desastre de su éxito (cuarta fuerza política en el Parlament). Xenofobia que va de la mano de su nacionalismo (en este caso, por fin, español). Con Vox ya están cubiertos todos los flancos del nacionalismo y la xenofobia en Cataluña. Y quedan arruinados los dos argumentos reales contra el independentismo: el antinacionalismo y la denuncia de que los nacionalistas quieren extranjerizar a sus conciudadanos. Ahora Vox soltará exabruptos en la otra dirección, con gran satisfacción expresiva y de descarga emocional inmediata de sus acólitos; y brindándoles el favor de su vida a los independentistas.

El resultado en cabeza, con PSC, ERC y JxCat muy igualados, deja un horizonte de gobierno de Guatemala o Guatepeor. Siendo la opción Guatemala (PSC-ERC-¿ECP?) la Guatepeor a nivel nacional, por las concesiones a los independentistas que seguirá haciendo el Gobierno Sánchez-Iglesias (PSOE-Podemos), con el embrutecimiento general correspondiente; bueno, la profundización en el que ya tenemos. La decadencia de Cataluña es extensible a la de toda España, la catalanización de cuya política es lo que nos trae por la calle de la amargura.

¿Ha influido la pandemia? Parece que ha podido votarse con seguridad, pero la idea de que podía ser arriesgado tal vez haya frenado a los votantes más cobardones y lanzado a los otros. En cualquier caso, da un poco igual: la pandemia no ha cambiado la situación, que por otra parte durará mucho más que la pandemia. 

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8.2.21

Antifascistas un pelín fascistas

Vic no quiere que le quiten el título de pueblo más reaccionario de España, en cuya posesión lleva siglos. Así, se viene adhiriendo con admirable infalibilidad a lo más reaccionario de cada momento: el catolicismo recalcitrante, el carlismo, el franquismo y ahora el independentismo. Es un detector admirable de lo peor, y a ello se suma sin medias tintas.

La hostilidad con que reciben a los que llegan a predicarles un poco de civilización es la versión local del lanzamiento de cabra desde el campanario. Pretenden que su ceporrismo sea hermético y se ponen muy nerviosos cuando montan sus tenderetes electorales los de Ciudadanos, los del PP o los de Vox (hasta los de Vox tendrían civilización que enseñarles a ellos...).

Las imágenes de la violencia contra Vox el sábado, como las que ya se vieron contra los otros partidos, producen un escalofrío histórico. A estas alturas sabemos lo que significa y adónde conduce. También sabemos la responsabilidad miserable de quienes azuzan, como Pilar Rahola (siempre en mitad de su perpetuo proceso de facturación). La consecuencia ha sido inmediata: más violencia el domingo, incluido el apedreamiento a Santiago Abascal en Salt. La espiral es abyecta y repulsiva, impropia de la Europa democrática.

Cierta prensa, sin embargo, insiste en llamar “antifascistas” a aquellos cuyo comportamiento es flagrantemente fascista. En España no deja de ser una bicoca autodenominarse del modo correcto para después actuar todo lo incorrectamente que se quiera. Así ocurre si te autodenominas “antifascista”, “antifranquista” o incluso “progresista”: con esa patente ya puedes ser fascista, franquista o reaccionario, que tu autoproclamada fama no menguará.

Pero habría que medir a la gente por lo que es, no por lo que dice ser; habría que medirla también por la brecha entre una cosa y otra, con frecuencia culpable.

Nuestros “antifascistas” albergan una terrible verdad: lo son –dicen serlo– no en un país fascista, sino en un país democrático. De esta aberración se deriva la inversión de términos a que están condenados. Si se dicen “antifascistas” de un régimen democrático, tienen que llamar a este régimen “fascista”. De lo contrario serían ellos los fascistas. Como ciertamente son.

Y en estas contorsiones se les va la vida a ellos, y a nosotros la vida y la paciencia. Están en una permanente batalla contra la realidad, que aún resulta menos repulsiva que sus ínfulas. Se ejercitan en un narcisismo ideológico en el que se ven guapísimos cuando son muy feos.

La guinda de este asqueroso pastel es la presencia de Otegi en la campaña catalana, dándoles codazos pandémicos a Junqueras y Aragonès y dejándoles los codos pringados de sangre. De sangre netamente fascista.

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4.2.21

Borges y la vida

Como Borges habla de libros, y prácticamente solo de libros, se dice que es un autor libresco, cuando tal vez sea el autor menos libresco de la historia de la literatura. Por dos razones principales: porque vive los libros, y por tanto al escribir de libros está siendo radicalmente vitalista; y porque nadie como él ha desenmascarado el artificio de los libros, el modo en que la literatura se interpone entre el lector y la percepción de la vida (despejando así esta percepción).

Además, la experiencia misma de leer a Borges es vital, revitalizadora. Lo libresco remite a la letra muerta, polvorienta. Nada más alejado de Borges, que vive la letra y le da vida. Como dijo de él Savater, ningún autor tiene menos líneas inertes. La escritura de Borges es una escritura vibrante, siempre pasan cosas en ella. Sus libros son lo contrario de mortecinos.

Una de las frases más famosas de Borges, que citan quienes sostienen que es un autor alejado de la vida (el último, Vargas Llosa en su Medio siglo con Borges), hay que entenderla justo al revés. La frase es: “La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida”. Si el acento lo ponemos no en la contraposición entre biblioteca y vida –es decir, en la biblioteca como lo opuesto a la vida–, sino en acontecimiento, tendremos el significado correcto. Es la lectura como acontecimiento lo que caracteriza a Borges. Otra de sus frases (hay más así en su obra) viene a decir lo mismo: “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”. Los hechos del intelecto son cosas que ciertamente ocurren.

En realidad, todo es vida aquí, incluida la muerte, que solo es algo desde la vida. El pensamiento de Borges se apoya en el filósofo irlandés Berkeley (con su curioso empirismo idealista) y, más aún, en el alemán Schopenhauer. A ambos los junta en el poema “Amanecer”: “reviví la tremenda conjetura / de Schopenhauer y de Berkeley / que declara que el mundo / es una actividad de la mente, / un sueño de las almas”. La filosofía de Schopenhauer (aunque esta vez no cita su nombre) queda expuesta de manera más explícita en “La Recoleta”, donde recrea una visita al cementerio de Buenos Aires donde pensaba que estaría su tumba (aunque finalmente está en Ginebra): 
Equivocamos esa paz con la muerte 
y creemos anhelar nuestro fin 
y anhelamos el sueño y la indiferencia. 
Vibrante en las espadas y en la pasión 
y dormida en la hiedra, 
solo la vida existe. 
El espacio y el tiempo son formas suyas, 
son instrumentos mágicos del alma, 
y cuando esta se apague, 
se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte, 
como al cesar la luz caduca el simulacro de los espejos 
que ya la tarde fue apagando. 
Esta concepción de la vida como algo especular, equivalente al reflejo en un espejo (y al sueño), facilitaría el entendimiento de lo que pasa en los libros como vida también. Sin embargo, Borges es más complejo. Él mismo está aquejado de la distinción usual entre arte y vida, como en el poema “El remordimiento”, en que sitúa en un lado “el juego / Arriesgado y hermoso de la vida” y en otro “las simétricas porfías / Del arte, que entreteje naderías”. En realidad, lo que hay en Borges es una nostalgia de la acción. Aunque lo de los libros es también vida, anhela la vida que está fuera de los libros. Algo que él, naturalmente, expresa en sus libros.

Como indica Piglia en sus clases magistrales sobre Borges (están en YouTube), la obra de Borges es fruto de una doble genealogía en tensión. Por expresarlo en términos familiares (en el sentido de la “novela familiar” de Freud), entre la estirpe materna, de héroes militares y guerreros, y la paterna, de predicadores protestantes y estudiosos. La épica por una parte, y por otra la biblioteca. Para Piglia, el primer polo estaría relacionado también con la barbarie, el cuerpo, la memoria; y el segundo con la civilización, la inteligencia, los libros. Los cuchilleros de los cuentos de Borges –una línea paralela durante toda su obra– vendrían a ser los herederos degradados de los guerreros. Como dice Borges en “El tango”: “Una canción de gesta se ha perdido / En sórdidas noticias policiales”.

El antepasado de Borges que va a la batalla a morir (“Lo dejo en el caballo, en esa hora / Crepuscular en que buscó la muerte”) es luego el estudioso Dahlmann del cuento “El Sur”, que acepta un duelo para el que no está preparado: “Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él. [...] Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Este es el ejemplo paradigmático de que, como indica Piglia, cuando los dos linajes de Borges –que se mantienen en tensión conflictiva– deben enfrentarse, el que triunfa es siempre el primero. La paradoja, añado yo, es que eso está expresado en un libro, que sería lo propio del segundo. Por eso Borges debe incorporar algún tipo de restricción en su propio texto. El poema que he citado al comienzo de este párrafo, “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges”, termina así: “Alto lo dejo en su épico universo / Y casi no tocado por el verso”.

En el mismo grupo simbólico que los guerreros y los cuchilleros (el de la barbarie, el de lo salvaje) está el tigre. Vendría a ser un miembro extravagante de la estirpe materna de Borges. Y con una potencia incluso superior, puesto que su remisión a la barbarie y al salvajismo no estaría mediada por lo humano. Los tigres pueblan las páginas de Borges, y como en los casos anteriores hay un momento en que es consciente de que exceden las páginas. Este es el comienzo de “El otro tigre”:
Pienso en un tigre. La penumbra exalta 
La vasta Biblioteca laboriosa 
Y parece alejar los anaqueles; 
Fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo, 
Él irá por su selva y su mañana 
Y marcará su rastro en la limosa 
Margen de un río cuyo nombre ignora 
(En su mundo no hay nombres ni pasado 
Ni porvenir, solo un instante cierto.)
Pero mediado el poema, tras el exaltante “Oh tigre de las márgenes del Ganges”, Borges se pliega sobre su propia representación:
Cunde la tarde en mi alma y reflexiono 
Que el tigre vocativo de mi verso 
Es un tigre de símbolos y sombras, 
Una serie de tropos literarios 
Y de memorias de la enciclopedia 
Y no el tigre fatal, la aciaga joya 
Que, bajo el sol o la diversa luna, 
Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala 
Su rutina de amor, de ocio y de muerte.
Ese tigre del que escribe es, por tanto, “ficción del arte y no criatura / Viviente de las que andan por la tierra”. El poeta no se engaña, aunque concluye:
[...] Bien lo sé, pero algo 
Me impone esta aventura indefinida, 
Insensata y antigua, y persevero 
En buscar por el tiempo de la tarde 
El otro tigre, el que no está en el verso.
Estar en las palabras, pero sabiendo que hay algo –el referente de lo que se intenta nombrar– que está más allá de las palabras: he aquí la prueba más poderosa del vitalismo de Borges. Nos movemos en un universo de signos, pero cuando somos conscientes de ello, se nos abre el entramado y sentimos vértigo. Estas iluminaciones casi zen son frecuentes en Borges. Por ejemplo, cuando le preguntan por los viajes espaciales y él responde “bueno, todos los viajes son espaciales, ¿no?”, de repente se nos abre la trampa de la expresión. Mi pasaje favorito de este tipo de desvelamientos es el final de “La busca de Averroes”. Después de haber tratado a Averroes como un personaje de su cuento, instalado en sus páginas como todos los personajes literarios, escribe Borges: “Sintió sueño, sintió un poco de frío. Desceñido el turbante, se miró en un espejo de metal. No sé lo que vieron sus ojos, porque ningún historiador ha descrito las formas de su cara. Sé que desapareció bruscamente”. Unas líneas más adelante, en el párrafo que sirve de apostilla, termina Borges:
Sentí que la obra se burlaba de mí. Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios. Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta el infinito. (En el instante en que yo dejo de creer en él, “Averroes” desaparece.)
Pero junto con la consideración de los libros como experiencias vitales en sí mismas, como vimos al principio, y el señalamiento de la interposición de los libros entre el lector y la realidad que está más allá, como acabamos de ver, hay en Borges una celebración de la vida como la que se da siempre en la mejor literatura: es decir, Borges, con sus herramientas literarias, agudiza, perfecciona, sutiliza la percepción de la vida, y en consecuencia la manera en que puede vivirla el lector. Su obra está llena de ejemplos, casi en cada frase. Pondré solo uno: cuando habla, respecto a los espejos, de “su infalible y continuo funcionamiento”. Precisión acerca de lo que teníamos delante: revelación también del más acá.

Mi poema favorito de Borges es el “Otro poema de los dones”, que consiste en lo que enuncia el título: un agradecimiento por los regalos de la vida. Una vida plural: “Gracias quiero dar al divino / Laberinto de los efectos y de las causas / Por la diversidad de las criaturas / Que forman este singular universo”. Entre las gracias que da, la clave está en esta: “Por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad”. Así el poeta con todo, cuando está inspirado. Y así el lector, cuando se deja inspirar por el poeta. 

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3.2.21

Los demás

A veces me gusta hacer experimentos cognitivos, incluso sociológicos, en Twitter. Suelto una frase con varios sentidos posibles y me espero a ver cómo reacciona el respetable. El otro día puse: “Illa es el mejor candidato. Cómo serán los demás”. No tardaron en lloverme los improperios: ¡otra vez –decían– me la habían colado los socialistas! ¿Cómo se podía defender a Illa, siendo Illa lo que ha sido?. Etcétera. Las respuestas tenían todas esa dirección. Nadie reparó en el segmento desolador de mi tuit: “los demás”. Ni en que “Illa” podía entenderse como medida de lo terrorífico. 

Terrorífica ha sido, en efecto, la ineficacia del anterior ministro de Sanidad y actual candidato del PSC a las elecciones catalanas Salvador Illa. Se cuenta en decenas de miles de cadáveres y una ruina nacional en ciernes. Sobre ese fondo se recorta su celebrada buena educación. Es muy interesante el momento que han escogido los españoles, y no digamos los catalanes, para celebrar las formas. La primera vez en la historia en que les importa y tenía que ser ahora. Al capitán del Titanic le valoran que lleve bien planchada la camisa. 

Pero están los demás. Qué poco empaque. Vi a ratos el debate electoral del domingo por la noche (en cerrada competencia con Paquirrín) y “la oferta constitucionalista” era para echarse a llorar. Carlos Carrizosa (Ciudadanos) estaba nervioso, astillado, titubeante; las verdades que decía se iban por el sumidero de su poca prestancia. Alejandro Fernández (PP) tiene gracejo pero no gravitas; sirve como contrapunto discursivo, no para gobernar. Ignacio Garriga (Vox) era el que mejor daba; pero claro, diciendo las barbaridades que dice Vox. (Barbaridades que, en el contexto catalán, son con todo menos bárbaras que las de los independentistas –por más caritas que pusieran.)

Así que Illa. Él, pese a los carteles de Cs, era el que verdaderamente proponía abrazos. Le saltaban las serpientes indepes a la cara pero él seguía. A veces se enfadaba un poquito por la insolencia de los otros, pero seguía. Era patético en realidad, pero seguía. Su consigna era colocar, exhibiendo educación, su mensaje vacío: “Hay que poner fin a estos diez años de decadencia de Cataluña”. Pero la decadencia la teníamos ante los ojos. También la encarnaba Illa. Ni el fracaso del procés ni su cansancio han servido para reactivar el seny. Los nacionalistas siguen dando, simultáneamente, risa y miedo.

Diez años de decadencia que en realidad son muchísimos más por atrás, y me temo que otros muchísimos por delante. El “pasar página” que propone Illa es otro espejismo. Quizá por eso le funcione. Y por los que no son Illa.

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1.2.21

A favor de Jaime Gil de Biedma

El asunto es que Jaime Gil de Biedma no deja de ser un sujeto moral, incluso ejemplar, por el pasaje prostibulario del niño filipino en su Retrato del artista en 1956. El poeta que tituló su mejor libro Moralidades estuvo preocupado por la moral; preocupación que aplicó no solo a su vida, sino también a su arte.

En cuanto a este, tuvo la honestidad suprema de no escribir ni un poema más una vez que fue consciente de que no podía (o no le salía) “apostarse entero” en cada uno. Tensó así los que ya había escrito, aquilatando sus versos, con un respeto por el lector que no ha tenido casi nadie.

Supremamente honesto fue también el famoso pasaje del diario, que equivale a una confesión. No quiso esconder esa pieza, tal vez porque, como ha escrito Carlos Mayoral y han dicho en La Cultureta, era clave para la comprensión de su obra y la comprensión de sí mismo. Incurrencias así explican sus tormentos, o al menos indican un camino hacia ellos.

Hay que situarse en los años ochenta, los años de la glorificación del poeta. Yo, como lector jovencito, participé de aquella glorificación: sus poemas me tenían deslumbrado. El deslumbramiento era general: no había voces críticas. Solo alguna queja de José Ángel Valente, pero sin puntería (y se veía que era por celos).

Gil de Biedma era la imagen del poeta triunfador, al que todos se querían parecer. Y eso que llevaba años sin escribir poemas. Y eso que en sus poemas era habitual el autodesprecio. Había escrito “Contra Jaime Gil de Biedma” y “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”. Y versos como: “Pero más que el propósito de enmienda / dura el dolor del corazón”. O: “Amanece otro día en que no estaré invitado / ni a un momento feliz. Ni a un arrepentimiento / que, por no ser antiguo, / –ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!– / invite de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”.

Lo paradójico es que los partidiarios de Gil de Biedma los leíamos como ejercicios de una cierta pose frívola, como impostación de malditismo. A favor de esa impostación y hasta contagiándonos emocionalmente de ella, pero restándole gravedad. El poeta había contribuido en parte a ello con sus declaraciones de camuflaje acerca del “personaje poético” y del poema como artefacto autónomo. Estos juegos, por otro lado, son reales: ya nos había avisado Nietzsche de que “todo lo que es profundo ama la máscara”. Pero, ¿y si el poeta hubiese querido quitarse la máscara en el diario –o, si queremos prolongar su juego, darle turbiedad al personaje?

El caso es que sus admiradores no lo vimos y tuvo que venir Andrés Trapiello, que no apreciaba a Gil de Biedma (se la tenía jurada por las mofas de este contra su Juan Ramón Jiménez) y que estaba heroicamente fuera de época, para verlo. Si Gil de Biedma quiso mandarnos un mensaje, solo un enemigo lo captó. Con estas bellezas majestuosas que tiene la vida, Trapiello fue el único que se tomó a Gil de Biedma en serio, al despreciarlo; mientras que acólitos como Pere Gimferrer, Rosa Regàs o ahora Luis García Montero (¡y yo mismo!) lo rebajaban en sus aprecios.

Otra paradoja es justo esta: los verdaderos puritanos son los que necesitan purificar a su ídolo para ejercer su admiración, que resulta así un poco pastelera. La admiración valiosa, sin embargo, es la que asume la complejidad y ambivalencia de su objeto de admiración, que puede causar también amargura. Sería una variante trágica de la ejemplaridad.

Fernando Savater nos enseñó en su Invitación a la ética a distinguir entre la “ética activa” y la “ética reactiva”. Esta última es la de los acusadores, la de los inquisidores, y es casi la única que se ha visto estos días, tanto entre los acusadores de Gil de Biedma como entre sus defensores, que acusaban a los otros. Es la ética, en fin de cuentas, del que no se cuestiona a sí mismo y solo juzga a los demás.

La ética activa, en cambio, es la que mantiene el sujeto con sus posibilidades y sus límites, la que organiza su fuerza, su acción, la que jerarquiza valores, la que impulsa el hacer y recapacita sobre lo hecho. Basta leer la obra de Gil de Biedma –sus poemas, sus diarios, sus cartas, incluso sus escritos críticos– pera ver en qué medida esta era la suya y en qué medida era importante para él.

García Montero tenía razón en lo de la “decencia” fundamental del poeta, porque casi en cada línea se ve ese esfuerzo de articulación ética, de coherencia, de honestidad. Y cuando fracasa no queda impune: se produce un desgarro. Casi nunca directo (tenía la cortesía de no resultar embarazoso), muchas veces ligero, distanciado con la ironía o revestido de un melodramatismo juguetón: pero ahí está. A su lucidez no se le escapa nada. Tampoco, por muy engolfado en sí mismo que estuviera, se le escapan “los otros”, como han soltado también sus impugnadores, ya crecidos.

Gil de Biedma, en fin, es un poeta moral, pero no moralista. Es un poeta del conflicto moral. Consigo mismo: una de sus decencias es la de no estar siempre a favor de sí mismo. No es un acusador, no es un blandito, no es un jabonoso. Excede a todo homenaje del Estado que le hagan. Y de todos modos ya no le van a hacer ni uno más. Sus enemigos, por demostrar que podían hacer lo mismo que “los progres”, se han cobrado esa pieza.

Para ganancia del poeta, que entra así en una zona de sombra que le conviene. Tendrá menos lectores, pero qué regocijo para los que lo descubran: unos happy few ya, literalmente. Porque hay sobre todo mucha felicidad y mucha luz en su poesía. Quizá fueron estas las que nos impidieron ver de verdad las sombras. 

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