Se me acumulan las lecturas y repercuten en la actualidad. Últimamente leo más libros que periódicos, y los libros saltan a los periódicos. Desde hace varias jornadas la imantación es la de Ignacio Echeverría. Leí (releí) El sótano de Thomas Bernhard, en que el narrador, para salvarse a los dieciséis años de la vida que no quería, decide una mañana irse "en la dirección opuesta". También Echeverría se fue en la dirección opuesta para salvarse de la vida que no quería: no de "la vida", que perdió; sino de la que no quería. Explicaré esto después, por medio de otra lectura.
Echeverría es sin duda un héroe, aunque me incomoda cuando se resalta el aspecto sacrificial de esta figura. A las reflexiones de Miguel Ángel Quintana Paz y Jorge Bustos, que comparto y celebro, solo les pongo el pero de ese "dar la vida". No la dio, sino que se la quitaron. Su empeño no era dar la vida, sino salvar la vida: la suya y la de la mujer que estaba siendo asesinada; la vida. Luego he sabido que era católico y quizá sí existía en él ese componente sacrificial. No lo sé. Ni hace falta (para mí). Yo solo quiero resaltar el aspecto afirmativo: de afirmación propia y, con ella, de afirmación de lo humano. Lo contrario provoca una cierta retórica del resentimiento, como se ha visto en quienes han aprovechado el heroísmo de Echeverría para soltar impresentables soflamas contra "los cobardes".
Me parece más limpio cuando se ha hablado de "impulso moral". Lo ha hecho por ejemplo, en Twitter, La Fernández(¡le pongo las mayúsculas que ella no se pone!): "recordaré a Ignacio Echeverría como una persona que no se pudo sustraer al impulso moral de ayudar y defender a quien se estaba atropellando. Probablemente no tuvo tiempo de preguntarse nada. Ni quiso ser héroe". Y sin embargo, justo de ese impulso moral se deriva lo heroico; recíprocamente, el héroe es el que con su ejemplo, al transparentarse en él, funda la moral.
Esto lo contaba Fernando Savater en La tarea del héroe, un libro importante de 1981 que parece que ha sido olvidado. Al menos por el periodismo: nadie lo ha citado estos días. Pero en la otra lectura que anuncié, y que es Nuevas lecturas compulsivas de Félix de Azúa, se le dedica un capítulo. Escribe Azúa (con alusión al terrorismo de entonces, que no era el islamista sino el etarra): "Savater defiende que es más difícil resistirse a la tarea heroica que ponerla en marcha. Más esfuerzo y dolor requiere disimular, colaborar, humillarse, desaparecer, huir, fantasear, que decir: 'Basta ya'. El argumento parte de que todos sin excepción, y sin necesidad de asistir a clases de ética en la universidad, sabemos cuál es nuestra obligación (qué es lo que queremos) en cada invitación a la muerte. [...] El héroe recuerda [se refiere a un recuerdo inmemorial, mítico] un país en paz y formado por ciudadanos libres. De modo que para él tomar una decisión es lo más fácil del mundo. Se trata, sencillamente, de habitar el mundo adecuadamente".
Que sea lo fácil no quiere decir que sea lo habitual. De hecho, es lo raro: en Londres solo uno lo hizo. Como señalaba Bustos en su columna, Echeverría fue (bernhardianamente) en la dirección opuesta. La vida que no quería, la difícil para él, era la de quedarse con los otros sin hacer nada. Hizo lo fácil, aquello a que le obligaba su excepcionalidad: seguir su conciencia y lanzarse. No para dar la vida, aunque la perdiera, sino para salvar la que vale.
* * *
En El Español.
12.6.17
5.6.17
Mi espinita con Goytisolo
Con Juan Goytisolo tengo una espinita: era un escritor que me hubiera gustado que me gustase, pero no me gustaba. Me hubiera gustado que me gustase porque me gustaban (y me gustan) la heterodoxia, la disidencia, la rebeldía, la búsqueda de la libertad. Pero no me gustaba porque no terminaba de convencerme el modo en que esas cosas se encarnaban en él: ni en su figura ni en sus novelas. Lo veía demasiado envarado, premeditado, sin ligereza ni gracia; con una adustez que me resultaba incómoda. Sin embargo, le tenía aprecio. Y, sobre todo, me parecía un hombre íntegro.
Encontraba sus novelas ambiciosas, complejas, singulares: pero sin vida. Al final, pasto para lo que él detestaba: filólogos y profesores. Esto yo lo veía como una desgracia (una desgracia suya que sentía yo; quizá –lo reconozco– por mi incompetencia para apreciarlas): porque lo cierto es que simpatizaba con el discurso de Goytisolo sobre la literatura. Pero ese discurso no lo veía yo logrado en sus libros, sino en otros de nuestra tradición literaria que defendió: el Libro de Buen Amor, La Celestina, La lozana andaluza o el Quijote. Para mi biografía lectora, la importancia literaria de Goytisolo no estuvo en las propias obras de Goytisolo, sino su defensa de esas otras como obras vivas y contemporáneas, ejemplares y maestras. Por eso, de lo que escribió Goytisolo lo que prefiero son sus ensayos, como los de El furgón de cola y Disidencias.
Tenía algunos de los tics del “intelectual internacional”, pero estaban contrarrestados por su vida diaria, discreta; y por algo más importante e infrecuente: siempre estuvo políticamente en su sitio. A veces resultaba tópico en sus posicionamientos, pero en lo fundamental acertó. Siempre fue crítico con las dictaduras, con los nacionalismos, con los fanatismos; jamás justificó los crímenes ideológicos ni tuvo una actitud tibia hacia ellos. Y estuvo con escritores menospreciados como Manuel Puig o Guillermo Cabrera Infante. En este sentido, por él mismo y por comparación con buena parte de sus colegas, fue intachable.
En los últimos años lo he tenido presente, porque mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré, admirador y amigo suyo, lo ha tenido presente en nuestras conversaciones. A él le he dado el pésame. Ferré lleva recomendándome desde el principio La saga de los Marx, novela que publicó Goytisolo en 1993. Me insiste en que solo después de haberla leído podré decir, si no me gusta, que Goytisolo no me gusta. Para Ferré, naturalmente, es imposible que no me guste. Hasta ahora no la he leído, quizá para terminar este artículo con esa esperanza.
* * *
En El Español.
Encontraba sus novelas ambiciosas, complejas, singulares: pero sin vida. Al final, pasto para lo que él detestaba: filólogos y profesores. Esto yo lo veía como una desgracia (una desgracia suya que sentía yo; quizá –lo reconozco– por mi incompetencia para apreciarlas): porque lo cierto es que simpatizaba con el discurso de Goytisolo sobre la literatura. Pero ese discurso no lo veía yo logrado en sus libros, sino en otros de nuestra tradición literaria que defendió: el Libro de Buen Amor, La Celestina, La lozana andaluza o el Quijote. Para mi biografía lectora, la importancia literaria de Goytisolo no estuvo en las propias obras de Goytisolo, sino su defensa de esas otras como obras vivas y contemporáneas, ejemplares y maestras. Por eso, de lo que escribió Goytisolo lo que prefiero son sus ensayos, como los de El furgón de cola y Disidencias.
Tenía algunos de los tics del “intelectual internacional”, pero estaban contrarrestados por su vida diaria, discreta; y por algo más importante e infrecuente: siempre estuvo políticamente en su sitio. A veces resultaba tópico en sus posicionamientos, pero en lo fundamental acertó. Siempre fue crítico con las dictaduras, con los nacionalismos, con los fanatismos; jamás justificó los crímenes ideológicos ni tuvo una actitud tibia hacia ellos. Y estuvo con escritores menospreciados como Manuel Puig o Guillermo Cabrera Infante. En este sentido, por él mismo y por comparación con buena parte de sus colegas, fue intachable.
En los últimos años lo he tenido presente, porque mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré, admirador y amigo suyo, lo ha tenido presente en nuestras conversaciones. A él le he dado el pésame. Ferré lleva recomendándome desde el principio La saga de los Marx, novela que publicó Goytisolo en 1993. Me insiste en que solo después de haberla leído podré decir, si no me gusta, que Goytisolo no me gusta. Para Ferré, naturalmente, es imposible que no me guste. Hasta ahora no la he leído, quizá para terminar este artículo con esa esperanza.
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En El Español.
4.6.17
Tolerancia cero a las teologías del terror
Cuchilladas y atropellos: tendremos que ir acostumbrándonos a esa nueva modalidad del terror. Nueva y retrógrada. Y a los hachazos, las bombas, los disparos... El terrorismo islamista es casi el terrorismo perfecto, porque lo que pretende implantar es directamente el terror. Los otros terrorismos también lo implantaban en la práctica, pero en sus discursos eran más enrevesados; si predicaban el terror, era acogiéndose a instancias supuestamente limpias como “la necesidad histórica”, etcétera. El carácter teológico del terrorismo islamista le hace ser implacable y, de algún modo, “sincero”: la sinceridad absoluta y absolutista del fanático.
Ha vuelto a suceder con el atentado de Londres, mientras se jugaba la final de la Champions en Cardiff y se preparaba en Manchester el concierto en recuerdo del atentado de hace diez días. Ese parece ser el ritmo: atentados presentes mientras se recuerdan atentados pasados. Un estado permanente de terror. La vida cotidiana se ha convertido en el frente de batalla y si algo está claro es que la resistencia está justo ahí: en la vida cotidiana. En la medida en que esta se altere, los terroristas estarán ganando. El miedo será inevitable, pero debemos seguir haciendo lo mismo.
La única solución es el afianzamiento de los valores occidentales, porque son los universales; y de los que tantos occidentales se ríen y que tantos occidentales menoscaban. Entre esos valores está el de la libertad religiosa: con unos límites racionales, éticos, legales, democráticos, cívicos y convivenciales que hay que reforzar con firmeza, sin pamplinas. Tolerancia cero a las teologías del terror.
* * *
En The Objective.
Ha vuelto a suceder con el atentado de Londres, mientras se jugaba la final de la Champions en Cardiff y se preparaba en Manchester el concierto en recuerdo del atentado de hace diez días. Ese parece ser el ritmo: atentados presentes mientras se recuerdan atentados pasados. Un estado permanente de terror. La vida cotidiana se ha convertido en el frente de batalla y si algo está claro es que la resistencia está justo ahí: en la vida cotidiana. En la medida en que esta se altere, los terroristas estarán ganando. El miedo será inevitable, pero debemos seguir haciendo lo mismo.
La única solución es el afianzamiento de los valores occidentales, porque son los universales; y de los que tantos occidentales se ríen y que tantos occidentales menoscaban. Entre esos valores está el de la libertad religiosa: con unos límites racionales, éticos, legales, democráticos, cívicos y convivenciales que hay que reforzar con firmeza, sin pamplinas. Tolerancia cero a las teologías del terror.
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En The Objective.
31.5.17
Doble espanto para "los jóvenes"
Leí con resignación melancólica la reseña que escribió el profesor Jordi Gracia en Babelia del nuevo libro de Félix de Azúa, Nuevas lecturas compulsivas, recopilación de artículos literarios, filosóficos y culturales que continúan las Lecturas compulsivas de hace veinte años (en Anagrama entonces, en Círculo de Tiza ahora). Como azuísta agradecí el canto y el elogio, la recomendación entusiasta. La melancolía (y la resignación) me la produjo el intento de salvar a Azúa de sí mismo. Un intento bienintencionado y, por ello, a un tiempo enternecedor e irritante. En estas salvaciones, quien intenta salvar lo que pretende ante todo es salvarse: que no se le confunda con el condenado...
Espigo lo chungo de Gracia (de entre lo bueno, que es más): “Es natural que los decibelios del columnista hayan espantado a muchos lectores (jóvenes) que no sepan quién es Félix de Azúa o que solo sepan que es una firma a menudo estridente y rompetechos en las páginas de El País [...] la mejor versión de Azúa, irreemplazable y fastuoso para el lector culto, medio, curioso, ocioso y dispuesto a disfrutar de la otra cara del apocalíptico desatado, lejos del tuit de la columna y de los truenos del capitán del fin de la alta cultura [...] desconfíen (desconfiad) del alboroto mediático”.
Dos meses después de leer la reseña, he leído el libro. Me ha parecido una maravilla. Les remito, para que se dejen contagiar de admiración, a la reseña de Gonzalo Torné en Letras Libres. Una reseña arrebatadora que, sin embargo, también contiene su motita en la línea de Gracia: “en los artículos políticos [de Azúa] asoma a menudo un clown incontrolable”.
Será porque suelo estar políticamente de acuerdo con Azúa –y sus exageraciones me las tomo como eso: como exageraciones (bernhardianas)–, por lo que no veo yo la contradicción, ni la necesidad de esas salvedades; como no sea, como he apuntado, para que se salve el salvador. Las consideraciones políticas son ciertamente las menos valiosas de Azúa; pero porque la política es siempre lo menos valioso, en Azúa y en todos. Una vez aceptado esto, encuentro una plena coherencia entre sus ataques y sus celebraciones. Ambas se asientan en lo mismo: en la lucidez apasionada. O en su radical celebración de la libertad y su no menos radical ataque a lo que la coarta o enturbia.
Lo gracioso es que en Nuevas lecturas compulsivas abundan también las andanadas estridentes. Como no podía ser menos, ya que Azúa es Azúa. (Véase, por ejemplo, el artículo “Borrón y cuenta nueva”). De manera que “los jóvenes” que intentaba captar Jordi Gracia con su prevención se sentirán doblemente espantados si le hacen caso y leen el libro.
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En The Objective.
Espigo lo chungo de Gracia (de entre lo bueno, que es más): “Es natural que los decibelios del columnista hayan espantado a muchos lectores (jóvenes) que no sepan quién es Félix de Azúa o que solo sepan que es una firma a menudo estridente y rompetechos en las páginas de El País [...] la mejor versión de Azúa, irreemplazable y fastuoso para el lector culto, medio, curioso, ocioso y dispuesto a disfrutar de la otra cara del apocalíptico desatado, lejos del tuit de la columna y de los truenos del capitán del fin de la alta cultura [...] desconfíen (desconfiad) del alboroto mediático”.
Dos meses después de leer la reseña, he leído el libro. Me ha parecido una maravilla. Les remito, para que se dejen contagiar de admiración, a la reseña de Gonzalo Torné en Letras Libres. Una reseña arrebatadora que, sin embargo, también contiene su motita en la línea de Gracia: “en los artículos políticos [de Azúa] asoma a menudo un clown incontrolable”.
Será porque suelo estar políticamente de acuerdo con Azúa –y sus exageraciones me las tomo como eso: como exageraciones (bernhardianas)–, por lo que no veo yo la contradicción, ni la necesidad de esas salvedades; como no sea, como he apuntado, para que se salve el salvador. Las consideraciones políticas son ciertamente las menos valiosas de Azúa; pero porque la política es siempre lo menos valioso, en Azúa y en todos. Una vez aceptado esto, encuentro una plena coherencia entre sus ataques y sus celebraciones. Ambas se asientan en lo mismo: en la lucidez apasionada. O en su radical celebración de la libertad y su no menos radical ataque a lo que la coarta o enturbia.
Lo gracioso es que en Nuevas lecturas compulsivas abundan también las andanadas estridentes. Como no podía ser menos, ya que Azúa es Azúa. (Véase, por ejemplo, el artículo “Borrón y cuenta nueva”). De manera que “los jóvenes” que intentaba captar Jordi Gracia con su prevención se sentirán doblemente espantados si le hacen caso y leen el libro.
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En The Objective.
29.5.17
Pausa moderantista
Aprovechemos que han abierto las casetas de la Feria del Libro de Madrid para refugiarnos en ellas; es decir, para buscar en ellas nuestro refugio: los libros. Propongo cinco, de entre tantos: La vista desde aquí, Ignacio Peyró (Elba); La democracia sentimental, Manuel Arias Maldonado (Página Indómita); Nuevas lecturas compulsivas, Félix de Azúa (Círculo de Tiza); Cazadores de nazis, Andrew Nagorski (Turner); y el clásico de Goethe Poesía y Verdad (Alba). Al segundo ya le dediqué una columna. Esta se la dedico al primero.
La vista desde aquí recoge una larga conversación, en ocho partes, entre los escritores, periodistas y eruditos Ignacio Peyró (1980) y Valentí Puig (1949). Los treinta y un años que hay entre ellos no son una separación sino un puente. Comparten, no en vano, el mismo río cultural e intelectual; hablan el mismo lenguaje y son, en fin, amigos. Aunque Peyró, junto con una cierta jerarquía de la experiencia, respeta la diferencia de edad y manifiesta su admiración por Puig, fruto de la cual es este libro. Lo que le hace a su vez admirable.
Valentí Puig, autor de larga y ejemplar trayectoria, es de sobra conocido; en el epílogo de La vista desde aquí, Peyró hace una magnífica introducción a su obra, que completa la conversación misma. Ignacio Peyró, figura ascendente, ha empezado a ser conocido también, sobre todo desde que en 2014 publicó Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa: un auténtico trabajo de Hércules (Peyró).
Son dos personajes de primer orden y leer la conversación entre ambos procura un placer intenso, apacible, refinado y exótico. Exótico es, en efecto, el moderantismo sensato que defienden. Exótico en el contexto español, que propende a agitaciones más o menos insensatas. Solo hay que ver la impaciencia con que ahora muchos quieren desmontar el gran logro moderantista de nuestra historia reciente: la Transición.
Sobre la postura política de Puig –que se autodefine como “un conservador de centro”– escribe Peyró una caracterización precisa: “En ningún caso, sin embargo, se trata de una entrega a los cinismos de la realpolitik, sino de una apuesta que ha unido al modo burkeano la tradición liberal y la estirpe conservadora: la apuesta, en definitiva, por la primacía del bien común, de la meritocracia como regulador del termostato social, del cauce institucional como garantía de la política, de la responsabilidad de legislar cuando hay que legislar...”. En fin de cuentas: “Reforma frente a ruptura”.
La conversación es casi el formato perfecto para expresar las virtudes de la propuesta de Puig y Peyró: una visión del mundo plural, racional, culta, empírica, atenta a la complejidad de lo real (contra las simplificaciones de las ideologías), enraizada en el pasado y abierta al futuro; Peyró habla, justamente, de “un mundo conversable”. Es el que encontramos en estas páginas, que vienen a constituir una suerte de pausa moderantista.
Hay un único momento inmoderado en el libro. Pero se trata de una inmoderación necesaria, porque lo que reclama es el fundamento de todo moderantismo posible, de toda civilización. Dice Puig: “Soy moderado en todo menos en la urgencia inaplazable de una reforma educativa radical”. Aunque, resignado, añade: “pero no la veo posible”. Por esto son un lujo –al alcance de quienes quieran dárselo– conversaciones como la de La vista desde aquí.
* * *
En El Español.
La vista desde aquí recoge una larga conversación, en ocho partes, entre los escritores, periodistas y eruditos Ignacio Peyró (1980) y Valentí Puig (1949). Los treinta y un años que hay entre ellos no son una separación sino un puente. Comparten, no en vano, el mismo río cultural e intelectual; hablan el mismo lenguaje y son, en fin, amigos. Aunque Peyró, junto con una cierta jerarquía de la experiencia, respeta la diferencia de edad y manifiesta su admiración por Puig, fruto de la cual es este libro. Lo que le hace a su vez admirable.
Valentí Puig, autor de larga y ejemplar trayectoria, es de sobra conocido; en el epílogo de La vista desde aquí, Peyró hace una magnífica introducción a su obra, que completa la conversación misma. Ignacio Peyró, figura ascendente, ha empezado a ser conocido también, sobre todo desde que en 2014 publicó Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa: un auténtico trabajo de Hércules (Peyró).
Son dos personajes de primer orden y leer la conversación entre ambos procura un placer intenso, apacible, refinado y exótico. Exótico es, en efecto, el moderantismo sensato que defienden. Exótico en el contexto español, que propende a agitaciones más o menos insensatas. Solo hay que ver la impaciencia con que ahora muchos quieren desmontar el gran logro moderantista de nuestra historia reciente: la Transición.
Sobre la postura política de Puig –que se autodefine como “un conservador de centro”– escribe Peyró una caracterización precisa: “En ningún caso, sin embargo, se trata de una entrega a los cinismos de la realpolitik, sino de una apuesta que ha unido al modo burkeano la tradición liberal y la estirpe conservadora: la apuesta, en definitiva, por la primacía del bien común, de la meritocracia como regulador del termostato social, del cauce institucional como garantía de la política, de la responsabilidad de legislar cuando hay que legislar...”. En fin de cuentas: “Reforma frente a ruptura”.
La conversación es casi el formato perfecto para expresar las virtudes de la propuesta de Puig y Peyró: una visión del mundo plural, racional, culta, empírica, atenta a la complejidad de lo real (contra las simplificaciones de las ideologías), enraizada en el pasado y abierta al futuro; Peyró habla, justamente, de “un mundo conversable”. Es el que encontramos en estas páginas, que vienen a constituir una suerte de pausa moderantista.
Hay un único momento inmoderado en el libro. Pero se trata de una inmoderación necesaria, porque lo que reclama es el fundamento de todo moderantismo posible, de toda civilización. Dice Puig: “Soy moderado en todo menos en la urgencia inaplazable de una reforma educativa radical”. Aunque, resignado, añade: “pero no la veo posible”. Por esto son un lujo –al alcance de quienes quieran dárselo– conversaciones como la de La vista desde aquí.
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En El Español.
22.5.17
Moción de primarias
La moción de censura que Podemos ha presentado contra el PP en realidad es, como se ha dicho, una moción de censura contra el PSOE. Su propósito era centrar las primarias de este partido, descentrándolas. El debate en el PSOE no debería ser otro que el de cómo reocupar el centro-izquierda: todo ese territorio que –como señaló aquí mi colega Rafael Latorre– quedó despejado tras Vistalegre 2, en que Podemos se quitó la careta moderada.
Pero Pablo Iglesias ha sabido jugar su baza y, con su presión, ha logrado que el PSOE, en vez de expandirse hacia el centro, se apelotone, siquiera verbalmente, en la izquierda; rozándose con su extremo. En vez de alejarse de Podemos, se ha aproximado a él, dialogando y discutiendo con él; teniéndolo en cuenta en vez de despreciándolo (como Podemos lo desprecia).
Por este acomplejamiento del PSOE (¡ha resultado ser la verdadera maricomplejines!), sigue quedando en medio un amplísimo espacio sin ocupar. Ciudadanos no alcanza a ocuparlo del todo. Hubiese podido hacerlo UPyD si no se hubiese autodestruido; aunque UPyD tampoco tenía estructura para tanta extensión. Era un espacio para el PSOE, que el PSOE, en su incompetencia, no sabe poblar. Este y no otro es su drama.
Un drama del que el propio PSOE es responsable. Él mismo construyó la trampa en que ahora se ve atrapado. Como partido de poder, ha tenido que pactar muchas veces con la derecha. Y su política, en la práctica, ha sido en general de centro o centro-izquierda: como es el electorado español. Pero su retórica ha sido de izquierda: de una izquierda retórica, propiamente. Meras palabras, pero que ha ido cargando de una intensa emocionalidad sectaria.
Desde los tiempos de Felipe González, el PSOE no ha dejado de hablar de “la derecha” en términos demonizadores. Pero, por ser un partido de poder, esa retórica le obligaba a un cierto grado de cinismo para funcionar; o a un doble lenguaje. Dicho de otro modo: le exigía la capacidad de manejarse en dos registros simultáneamente. Un malabarismo mental que resulta impracticable cuando la capacidad se achica: así empezó a ocurrir con el simplista Zapatero.
Lo mal que el PSOE ha educado a los suyos –a su militancia y a su electorado– durante años es lo que le pasa hoy factura. Si no hubiera demonizado a la derecha (recurso fácil que le dispensaba de esforzarse y acendrarse en la socialdemocracia), no le costaría tanto trabajo explicar su abstención ante Rajoy. Algo que ni siquiera los que se abstuvieron han sabido hacer. Y este es la grieta del PSOE por la que Pablo Iglesias logra introducir su presión: para incidir en sus primarias o, como mínimo, seguir robándole votos.
* * *
En El Español.
Pero Pablo Iglesias ha sabido jugar su baza y, con su presión, ha logrado que el PSOE, en vez de expandirse hacia el centro, se apelotone, siquiera verbalmente, en la izquierda; rozándose con su extremo. En vez de alejarse de Podemos, se ha aproximado a él, dialogando y discutiendo con él; teniéndolo en cuenta en vez de despreciándolo (como Podemos lo desprecia).
Por este acomplejamiento del PSOE (¡ha resultado ser la verdadera maricomplejines!), sigue quedando en medio un amplísimo espacio sin ocupar. Ciudadanos no alcanza a ocuparlo del todo. Hubiese podido hacerlo UPyD si no se hubiese autodestruido; aunque UPyD tampoco tenía estructura para tanta extensión. Era un espacio para el PSOE, que el PSOE, en su incompetencia, no sabe poblar. Este y no otro es su drama.
Un drama del que el propio PSOE es responsable. Él mismo construyó la trampa en que ahora se ve atrapado. Como partido de poder, ha tenido que pactar muchas veces con la derecha. Y su política, en la práctica, ha sido en general de centro o centro-izquierda: como es el electorado español. Pero su retórica ha sido de izquierda: de una izquierda retórica, propiamente. Meras palabras, pero que ha ido cargando de una intensa emocionalidad sectaria.
Desde los tiempos de Felipe González, el PSOE no ha dejado de hablar de “la derecha” en términos demonizadores. Pero, por ser un partido de poder, esa retórica le obligaba a un cierto grado de cinismo para funcionar; o a un doble lenguaje. Dicho de otro modo: le exigía la capacidad de manejarse en dos registros simultáneamente. Un malabarismo mental que resulta impracticable cuando la capacidad se achica: así empezó a ocurrir con el simplista Zapatero.
Lo mal que el PSOE ha educado a los suyos –a su militancia y a su electorado– durante años es lo que le pasa hoy factura. Si no hubiera demonizado a la derecha (recurso fácil que le dispensaba de esforzarse y acendrarse en la socialdemocracia), no le costaría tanto trabajo explicar su abstención ante Rajoy. Algo que ni siquiera los que se abstuvieron han sabido hacer. Y este es la grieta del PSOE por la que Pablo Iglesias logra introducir su presión: para incidir en sus primarias o, como mínimo, seguir robándole votos.
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En El Español.
17.5.17
Contra el chotis
Amo Madrid, la ciudad más vivible de España, quizá la única ciudad vivible de España. La ciudad a la que todos los españoles no madrileños huimos, o tenemos la posibilidad de huir, desde nuestras ciudades, desde nuestras regiones. Amo Madrid porque es la Antirregión española. La ciudad blanca, la ciudad negra: la que se chupa todas las particularidades, en la absoluta claridad y en la absoluta oscuridad. La ciudad, mejor dicho, multicolor, verdaderamente multicolor: la única que expone todas las particularidades, en glorioso equilibrio.
Qué fastuoso espectáculo cuando insultan a Madrid: ¡no pasa nada! En esta estólida España del histerismo local y regional, en esta insoportable España municipal y espesa, en que si dices algo chungo de cualquier sitio te crucifican y te nombran, muy pomposa y relamidamente, persona non grata, se puede insultar a Madrid y no pasa nada. ¡En Madrid se respira! ¡Madrid es la única ciudad respirable de España! ¡Madrid es nuestro (¡único!) pulmón nacional!
Pero ya están los políticos intentando municipalizarlo y espesarlo. Ya están arrojándole paletadas de color local, de folclor. Las fiestas de San Isidro han sido durante lustros casi clandestinas. Yo he vivido miles de 15 de Mayo en Madrid y jamás me he topado con ellas. Pero nuestros políticos, los nuevos y los viejos, corren ahora a disfrazarse de chulapos y chulapas y a bailar chotis, esa sardana o aurresku o sevillana local que solo bailaban cuatro gatos. Han detectado que quedaba un sitio ventilado en España y van a por él.
* * *
En The Objective.
Qué fastuoso espectáculo cuando insultan a Madrid: ¡no pasa nada! En esta estólida España del histerismo local y regional, en esta insoportable España municipal y espesa, en que si dices algo chungo de cualquier sitio te crucifican y te nombran, muy pomposa y relamidamente, persona non grata, se puede insultar a Madrid y no pasa nada. ¡En Madrid se respira! ¡Madrid es la única ciudad respirable de España! ¡Madrid es nuestro (¡único!) pulmón nacional!
Pero ya están los políticos intentando municipalizarlo y espesarlo. Ya están arrojándole paletadas de color local, de folclor. Las fiestas de San Isidro han sido durante lustros casi clandestinas. Yo he vivido miles de 15 de Mayo en Madrid y jamás me he topado con ellas. Pero nuestros políticos, los nuevos y los viejos, corren ahora a disfrazarse de chulapos y chulapas y a bailar chotis, esa sardana o aurresku o sevillana local que solo bailaban cuatro gatos. Han detectado que quedaba un sitio ventilado en España y van a por él.
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En The Objective.
15.5.17
La Europa autonómica
Definitivamente, Europa es eso que cada año sobrevive a Eurovisión. Me refiero a la Europa ideal, por supuesto, que quizá esté por encima de nuestras posibilidades. Aunque, qué diablos, no es solo ideal: hay también una Europa real –la del gran arte y la gran música, la de la gran cultura– muy por debajo de la cual queda el espectáculo de Eurovisión.
Tiene gracia que el gran acontecimiento europeo del año –deporte aparte– sea ese desfile de artistas horteras en decorados retrógrados, presentados por sujetos que oscilan entre el engolamiento y un desenfado que hace añorar el engolamiento. Más que en el escenario que se ve por la tele, Europa, nuestra Europa, está en los comentarios irónicos de los salones; en el cachondeíto –este sí que moderno, o posmoderno– con que se asiste desde las casas. Tales frivolidades, por cierto, tienen un indudable toque gay. De manera que la noche de Eurovisión es la noche en que Europa entera juega a ser gay. Una noche liberadora, en fin.
La papilla internacional que dispensan algunos participantes no es lo peor del evento. Lo peor son los terrones nacionales que dispensan muchos otros. Los elementos étnicos, folclóricos, que introducen hacen que Eurovisión parezca un espectáculo de coros y danzas regionales del franquismo, ese germen de nuestros casticismos autonómicos. Extrapolando, podríamos decir que la Europa que aparece en Eurovisión –justo esa que no queremos– vendría a ser una especie de Europa autonómica: la Europa de los gorritos, las boinas, los chalecos, las faldas y los pañuelos, que son el estiércol nacional del que sale la rosa abstracta, supranacional, de la ciudadanía europea.
No es de extrañar que los más antieuropeos –en ese sentido ideal– que hoy tenemos en Europa, a saber, los nacionalistas catalanes, hayan pedido justo esa semana crear “las Naciones Unidas de Europa”, que sería como trasladar Eurovisión a la política. Que es de donde Europa ha venido huyendo desde las dos guerras mundiales...
Pero este año ha habido final feliz. La canción ganadora es una monada portuguesa, un poco abrasileñada, que el cantante canta con cucamonas entrañables. Ha sido la segunda buena noticia europea en una semana, después del triunfo de Macron, y me gustaría pensar que ambas se insertan en una misma línea de regeneración política y estética de Europa.
Por lo demás, los portugueses estarán encantados de que Portugal haya quedado la primera y España la última. Y los españoles también. Así que felicidad completa en la Península.
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En El Español.
Tiene gracia que el gran acontecimiento europeo del año –deporte aparte– sea ese desfile de artistas horteras en decorados retrógrados, presentados por sujetos que oscilan entre el engolamiento y un desenfado que hace añorar el engolamiento. Más que en el escenario que se ve por la tele, Europa, nuestra Europa, está en los comentarios irónicos de los salones; en el cachondeíto –este sí que moderno, o posmoderno– con que se asiste desde las casas. Tales frivolidades, por cierto, tienen un indudable toque gay. De manera que la noche de Eurovisión es la noche en que Europa entera juega a ser gay. Una noche liberadora, en fin.
La papilla internacional que dispensan algunos participantes no es lo peor del evento. Lo peor son los terrones nacionales que dispensan muchos otros. Los elementos étnicos, folclóricos, que introducen hacen que Eurovisión parezca un espectáculo de coros y danzas regionales del franquismo, ese germen de nuestros casticismos autonómicos. Extrapolando, podríamos decir que la Europa que aparece en Eurovisión –justo esa que no queremos– vendría a ser una especie de Europa autonómica: la Europa de los gorritos, las boinas, los chalecos, las faldas y los pañuelos, que son el estiércol nacional del que sale la rosa abstracta, supranacional, de la ciudadanía europea.
No es de extrañar que los más antieuropeos –en ese sentido ideal– que hoy tenemos en Europa, a saber, los nacionalistas catalanes, hayan pedido justo esa semana crear “las Naciones Unidas de Europa”, que sería como trasladar Eurovisión a la política. Que es de donde Europa ha venido huyendo desde las dos guerras mundiales...
Pero este año ha habido final feliz. La canción ganadora es una monada portuguesa, un poco abrasileñada, que el cantante canta con cucamonas entrañables. Ha sido la segunda buena noticia europea en una semana, después del triunfo de Macron, y me gustaría pensar que ambas se insertan en una misma línea de regeneración política y estética de Europa.
Por lo demás, los portugueses estarán encantados de que Portugal haya quedado la primera y España la última. Y los españoles también. Así que felicidad completa en la Península.
* * *
En El Español.
8.5.17
La traición de los Zizeks
Ya estamos hablando otra vez de Slavoj Zizek, que es lo que él busca. Zizek: esa especie de Sostres de izquierdas con lecturitas (aunque no local, sino internacional). Tras el número que montó con Donald Trump, diciendo que el “verdadero peligro” era Hillary Clinton, ahora anima a no ceder a lo que él llama “el chantaje liberal”, que consistiría en votar a Emmanuel Macron por miedo a Marine Le Pen. Se conoce que el hombre se aburre en mitad de su vidorra y quiere que el mundo le entretenga: por medio de catástrofes, que es lo que el mundo tiene más a mano. Naturalmente, no serían a él a quien perjudicarían.
Después del espectáculo que dieron los intelectuales en el siglo XX, en que no hubo ni una sola matanza sin algún intelectual detrás, y con frecuencia incluso delante, se esperaría que hubiese quedado clara la lección. Pero no: el ejercicio de la razón produce más monstruos que su sueño. El libro que denunció esta deriva es La trahison des clercs, en español La traición de los intelectuales. Se publicó en 1927, pero más que de prevención sirvió de programa para todo el siglo; cuyo transcurso atrapó también a su autor, Julien Benda, que se haría estalinista. Se convirtió en uno de los malos de su libro.
Unos pocos seguirían hablando de la traición de los intelectuales, como Albert Camus u Octavio Paz. Este, por ejemplo, cuestionó en estos versos de 1976 su propia juventud: “El bien, quisimos el bien: / enderezar el mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad. / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia. / Preceptos y conceptos, / soberbia de teólogos...”. Teología es, en efecto, lo que hay al final de las convulsiones filosóficas y políticas de Zizek. En el artículo publicado en El Mundo llama la atención que cada línea argumentativa va avanzando de un modo más o menos razonado o matizado, hasta que se topa con el demonio: las palabras liberal o neoliberal, que operan como una pared intraspasable. En ella rebota el pensamiento de Zizek, y en su trayecto hacia atrás se convierte en delirio.
Han pasado noventa años de La trahison des clercs y la observación por enésima vez de tal delirio resulta melancólica, deprimente. No, no se ha aprendido la lección. Zizek termina campanudamente, como no podía ser menos: “No deberíamos olvidar nunca que la gran razón por la que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de una alternativa de izquierdas viable”. ¿Pero qué alternativa de izquierdas va a ser viable si no empieza por distinguir lo que es extrema derecha de lo que no lo es? La traición de los Zizeks es, en primerísimo lugar, a la izquierda.
* * *
En El Español.
Después del espectáculo que dieron los intelectuales en el siglo XX, en que no hubo ni una sola matanza sin algún intelectual detrás, y con frecuencia incluso delante, se esperaría que hubiese quedado clara la lección. Pero no: el ejercicio de la razón produce más monstruos que su sueño. El libro que denunció esta deriva es La trahison des clercs, en español La traición de los intelectuales. Se publicó en 1927, pero más que de prevención sirvió de programa para todo el siglo; cuyo transcurso atrapó también a su autor, Julien Benda, que se haría estalinista. Se convirtió en uno de los malos de su libro.
Unos pocos seguirían hablando de la traición de los intelectuales, como Albert Camus u Octavio Paz. Este, por ejemplo, cuestionó en estos versos de 1976 su propia juventud: “El bien, quisimos el bien: / enderezar el mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad. / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia. / Preceptos y conceptos, / soberbia de teólogos...”. Teología es, en efecto, lo que hay al final de las convulsiones filosóficas y políticas de Zizek. En el artículo publicado en El Mundo llama la atención que cada línea argumentativa va avanzando de un modo más o menos razonado o matizado, hasta que se topa con el demonio: las palabras liberal o neoliberal, que operan como una pared intraspasable. En ella rebota el pensamiento de Zizek, y en su trayecto hacia atrás se convierte en delirio.
Han pasado noventa años de La trahison des clercs y la observación por enésima vez de tal delirio resulta melancólica, deprimente. No, no se ha aprendido la lección. Zizek termina campanudamente, como no podía ser menos: “No deberíamos olvidar nunca que la gran razón por la que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de una alternativa de izquierdas viable”. ¿Pero qué alternativa de izquierdas va a ser viable si no empieza por distinguir lo que es extrema derecha de lo que no lo es? La traición de los Zizeks es, en primerísimo lugar, a la izquierda.
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En El Español.
7.5.17
Macron no nos engaña
Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.
Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no con quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz según ella, si ganaba ella.
He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.
Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema de título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.
Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.
* * *
En The Objective.
Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no con quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz según ella, si ganaba ella.
He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.
Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema de título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.
Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.
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En The Objective.
6.5.17
Jot Down Smart (mayo 2017)
En el Jot Down Smart núm. 20 (mayo 2017), ya a la venta con El País, publico el artículo "El reverso de la alegría", sobre Savater y su duelo.
3.5.17
Continuidad de las brasas
El error sería considerar que hay un Lluís Llach artista y un Lluís Llach soplón, acusica, represor, que aún no manda y ya está castigando. Castigador ha sido siempre: sus canciones y sus mohínes de ser hipersensible eran ya una tortura, un suplicio insoportable. No hay dos Lluís Llach, sino un único Lluís Llach: entre sus diversas brasas hay una continuidad absoluta, porque todas salen del mismo brasas.
Llevo años en campaña contra los cantautores y no se me ha tomado en serio. He pasado por hombre insensible, cuando lo mío era una pura campaña por la sensibilidad. Campaña cuyo paso previo inexcusable era limpiar del panorama las babas de la pseudosensibilidad. El daño que han hecho los cantautores con su pseudosensibilidad a flor de piel, babosa, repugnante, no se puede cuantificar. Así a ojo, han arrasado generaciones y generaciones de sensibilidades. En términos educativos, han hecho más daño que la Logse.
Y la Logse estaba ya enterita en “Esos locos bajitos”, de Joan Manuel Serrat. Los cantautores empezaron así: afeándoles la conducta a los adultos que regañaban a los niños, marcándose el pegote lúdico y coleguil, y han terminado siendo una mezcla de Tejero y la señorita Rottenmeier. Aunque Serrat, todo hay que decirlo, no ha llegado a tanto (y se le nota avergonzadillo). En la cúspide, como guinda del asqueroso pastel nacionalista, está Lluís Llach.
Me pongo, para calentarme, su concierto en el Camp Nou de 1985 y el exhibicionismo de su emotividad es repulsivo. La cenagosa mermelada no deja margen: es un atrapamoscas del que no te puedes despegar, porque si lo intentas te conviertes en un monstruo. Un monstruo apaleable: ahí está el truco. Es un arte el de Llach (¡un pseudoarte!) pringoso, abusón, mangoneador, en cuyas melifluidades chantajistas estaban ya el odio y el cachiporrazo.
* * *
En The Objective.
Llevo años en campaña contra los cantautores y no se me ha tomado en serio. He pasado por hombre insensible, cuando lo mío era una pura campaña por la sensibilidad. Campaña cuyo paso previo inexcusable era limpiar del panorama las babas de la pseudosensibilidad. El daño que han hecho los cantautores con su pseudosensibilidad a flor de piel, babosa, repugnante, no se puede cuantificar. Así a ojo, han arrasado generaciones y generaciones de sensibilidades. En términos educativos, han hecho más daño que la Logse.
Y la Logse estaba ya enterita en “Esos locos bajitos”, de Joan Manuel Serrat. Los cantautores empezaron así: afeándoles la conducta a los adultos que regañaban a los niños, marcándose el pegote lúdico y coleguil, y han terminado siendo una mezcla de Tejero y la señorita Rottenmeier. Aunque Serrat, todo hay que decirlo, no ha llegado a tanto (y se le nota avergonzadillo). En la cúspide, como guinda del asqueroso pastel nacionalista, está Lluís Llach.
Me pongo, para calentarme, su concierto en el Camp Nou de 1985 y el exhibicionismo de su emotividad es repulsivo. La cenagosa mermelada no deja margen: es un atrapamoscas del que no te puedes despegar, porque si lo intentas te conviertes en un monstruo. Un monstruo apaleable: ahí está el truco. Es un arte el de Llach (¡un pseudoarte!) pringoso, abusón, mangoneador, en cuyas melifluidades chantajistas estaban ya el odio y el cachiporrazo.
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En The Objective.
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