18.1.22

El hueco simbólico de Ciudadanos

Iba a titular este artículo "El lugar simbólico de Ciudadanos", pero es un lugar próximo a su desaparición: un hueco inminente. Me he permitido anticiparme. El ciclo electoral que acaba de comenzar será presumiblemente el de la extinción del partido que en abril de 2018 encabezaba las encuestas. Dos meses después gobernaba Pedro Sánchez, gracias a la moción de censura que su PSOE le hizo al PP con la alianza de la extrema izquierda populista, el nacionalismo vasco, los proetarras y los independentistas catalanes que venían de su intentona de golpe de Estado posmoderno. Pero más que acabar con el PP, un partido en fin de cuentas homologado, asimilable, útil para su gramática, querían acabar con Ciudadanos, que era el que mejor y más decididamente se oponía a todos ellos. Lo han conseguido. (La subida de Vox fue la guinda del intento, el cierre de la trampa: la garantía del despilfarro energético de la oposición por una vía muerta.)

Algunos tonteamos entonces con lo que llamé neosanchismo. Consistía en no creer ni confiar en Sánchez, pero constatar su vacío de un modo neutral: es decir, considerando que, puesto que Sánchez estaba vacío, cabía también la posibilidad de que se rellenase con algo bueno. Su trayectoria solo avalaba dos cosas (además de dicho vacío): su empecinamiento y su ambición. Dado que las encuestas favorecían a Ciudadanos, los neosanchistas pensamos que Sánchez se situaría ahí. Por puro cálculo electoral lo sustituiría de facto, y por lo tanto timaría a sus socios de moción. Dos cosas más contribuyeron a nuestro consentimiento: el hartazgo por el presidente Rajoy y una cierta admiración por la jugada audaz de Sánchez, que sacaba a su partido de una situación precaria. Obviamente, nos equivocamos. El vacío de Sánchez estaba en realidad signado por unas cualidades personales nada estimables (que se han ido desplegando con el tiempo). Y su pacto con lo peor del Congreso era en sí mismo, en verdad, irredimible.

Los neosanchistas nunca llegamos a votar a Sánchez. Pronto fuimos exneosanchistas y después antisanchistas. Lo nuestro era votar a Ciudadanos (ya que no podíamos votar a UPyD, que había sido de verdad lo nuestro). Confiábamos, para entonces desde el antisanchismo, en que el poder electoral de Albert Rivera empujara a Sánchez al buen camino por la fuerza. Pero Rivera no estuvo por ello, ni naturalmente Sánchez. Algunos castigamos a Rivera con la abstención. Fuimos un millón, según las cuentas. Contribuimos al hundimiento de Ciudadanos, ahora creo que equivocándonos también. Aunque una razón límpida nos asistía: Ciudadanos se había traicionado a sí mismo. No habíamos votado a Ciudadanos, pero tampoco estaba exactamente Ciudadanos entre las ofertas electorales de las segundas elecciones de 2019, pese a que se seguía llamando Ciudadanos.

El caso es que no estaba realmente, pero sí estaba simbólicamente. O al menos topológicamente: un lugar, entre los extremos, que genera su símbolo. Ahora no recuerdo si lo ha dicho Fernando Savater o Arcadi Espada (me he puesto entrevistas con los dos recientemente), pero en Ciudadanos han coexistido los errores, incluso nefastos, de sus políticas y sus políticos con la necesidad que subsiste de su espacio, pese a tales errores. Es cierto que en todos los partidos se da el contraste entre el ideal y la práctica, pero con ninguno se corre el riesgo de que su ideal se quede electoralmente vacío. Con Ciudadanos sí. Cuando desaparezca, muchos nos quedaremos definitivamente sin ningún partido al que votar. Supongo que aún se podría evitar, pero no lo parece. Y sin Ciudadanos todo irá a peor, como está yendo: con esta inquietante y suicida polarización de los extremos enloquecidos. 

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17.1.22

Del presidente como líder de la oposición

El caso del presidente Sánchez es muy curioso: quería el poder, alcanzó el poder y probablemente (gracias a la inoperancia de la oposición) se mantendrá en el poder. Es un tecnócrata del poder. Pero no sabe qué hacer con el poder. Nunca lo ha sabido. No lo quiere para hacer cosas sino como pedestal: para que se vea que él es el presidente. Es lo que le gusta (gustarse). Tal vez se deba a que tiene un tipín. Se dice que "carácter es destino", pero también lo es el tipín: parecer un maniquí ha determinado su destino político. Sánchez es un presidente maniquí en el escaparate.

En realidad, sigue comportándose como líder de la oposición. Así funciona su cabeza, esa es su política. Desde la presidencia del Gobierno, ejerce una férrea oposición a la oposición. Por este camino, ha alcanzado la perfección al acusar al PP de "negacionismo político". Lo ha hecho en una entrevista de la cadena Ser y en un acto del PSOE en Granada. Por el juego de espejos frecuentemente sórdido de la política, lo que hace Sánchez es negar al PP al tacharlo de negacionista: otra de sus estrategias de exclusión. El negacionista es Sánchez, para empezar. O, por decirlo con mayor precisión, un afirmacionista del negacionismo. O un endosador de negacionismos ajenos.

El vídeo de Granada tiene miga, y es de una transparencia deslumbrante. El presidente habla de la necesidad de "un nuevo proyecto de país", que él "sintetezaría" (sic) en un verbo: crecer. "Nosotros queremos que España crezca, que crezca en economía, en empleo, en justicia social, en derechos, en libertades". Pero hay algo que se interpone y no es la realidad (las dificultades de lo real), ante lo que habría que actuar con conocimiento, inteligencia, habilidad, incluso suerte. No. Lo que se interpone es la oposición, solo la oposición. "¿Qué es lo que tenemos enfrente? Tenemos una oposición ne-ga-cio-nis-ta". Y concluye, tras repasar medidas suyas a las que se ha opuesto la oposición: "La derecha demuestra que el negacionismo político también existe".

Con su señalamiento como negacionistas a quienes cuestionan su política, Sánchez busca un blindaje sin resquicio. Como ha escrito Daniel Gascón, "la etiqueta de negacionismo implica una acusación de ceguera ante la evidencia y una impugnación moral". A Sánchez no le gusta la crítica. Para su corazón de déspota el único problema es lo que se le opone. Por eso su acción de gobierno se concentra en oponerse a la oposición. 

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11.1.22

Savater y 'El País'

El año periodístico ha arrancado con el bombazo de Savater el sábado en El País. Así empezaba, a la vuelta de las vacaciones navideñas, su columna semanal: "Si ustedes solo se informan por este periódico, quizá no sepan que el mes pasado publiqué un libro, Solo integral (ed. Ariel). Se compone de una selección de mis columnas de los últimos seis años en esta misma página". En la edición digital, el periódico ha insertado entrañablemente un enlace en que se ve que sí que dio cuenta del libro: en un párrafo sobre el diseño de su portada dentro de un artículo sobre las mejores portadas de 2021, un mes después de su publicación. Mención única. Frente al silencio de El País, otros periódicos sí se han ocupado abundantemente de Solo integral desde finales de noviembre: El Mundo, La Razón, el Abc, El Español, Vozpópuli o The Objective, donde además de una estupenda entrevista de Laura Fàbregas yo mismo le dediqué un artículo.

En cierto modo El País, su actual dirección, ha actuado en legítima defensa, puesto que Savater exhibe su desdén en el prólogo de Solo integral, en que añora los tiempos de la anterior dirección: "Era aquel El País de entonces dirigido por Antonio Caño, donde escribían José Ignacio Torreblanca, Maite Rico, Rubén Amón... Un dream team que desconcertaba e irritaba por igual a nuestra clientela más talibán pero que bastantes seguimos echando de menos". Yo también: fue el último momento en que El País volvió a parecerse al periódico que leíamos los viejos lectores de El País. Hay quienes sostienen que aquel periódico no existió nunca, que fue un espejismo que proyectamos y que ahora recordamos como recordamos nuestra juventud. Puede ser. En cualquier caso, El País es el único periódico con el que he tenido una relación sentimental. Por eso es para mí el más importante: también cuando lo repruebo, cada vez con más frecuencia.

Para mí El País siempre ha sido el periódico de Savater. En el sentido de pertenencia, en favor de Savater: es Savater el que le otorga distinción. Pero iban juntos. La primera vez que vi a Savater fue en el antiguo suplemento de Libros, en el que descubrí también a Cioran, Pessoa y Leopardi. Sobre una foto de Savater con su barba negrísima de la época, venía la frase "Adversus melancholicos". Era el título de la reseña que hacía Muguerza de los libros de Savater de 1982, La tarea del héroe e Invitación a la ética. Lo bueno es que yo me fijé por la atracción que tenía para mí la melancolía: ignoraba aún que adversus melancholicos significa "contra los melancólicos", que eran a los que se oponían sus dos libros alegres; para alegrarlos, en casos como el mío.

Desde entonces he leído todo lo de Savater, en sus libros y en el periódico. También lo anterior a mi enganche. Cuarenta años se cumplen en este 2022. Un día, cuando ya no iba a hacer ninguna tesis doctoral, se me ocurrió la idea perfecta: estudiar la relación entre Savater y El País a lo largo de los años. Se la regalo al tesinando que la quiera. Saldría una historia apasionante de la Transición. Por un lado, la trayectoria de Savater; por el otro, la trayectoria de El País; con su entrelazamiento y sus roces. Significativamente, su primer artículo salió al día siguiente del lanzamiento del periódico (“Nabokov o el destierro como estilo”, 5-V-1976). No hay aquí espacio para esbozar siquiera la relación, pero citaré al menos tres artículos conflictivos contra la línea editorial de El País (publicados todos menos uno en el periódico): “Viva el perder”, en que respondía a otro de Cebrián tras las elecciones vascas de 2001; “Casa tomada”, que censuró El País y tuvo que publicar en El Correo (2007); y “Convencido”, en que anunció que votaría a Ayuso en las autonómicas madrileñas de 2021, para escándalo de articulistas y lectores que no se escandalizan con Sánchez. En el del sábado, “Año del tigre”, muestra un brío como el de sus mejores tiempos, que promete espectáculo: “Se acabó la farsa de inventar derechistas antropófagos frente a fraudulentos izquierdistas beatos. No acepto redimir a golpe de buenas intenciones a los que solo hacen rico en ideología. Ni seguir embelleciendo por decreto el pasado para disimular el fracaso en emancipar el futuro”.

Yo tomo partido por Savater porque (afinidades aparte) lo he entendido siempre o casi siempre, y además en todo momento ha hecho por explicarse. A El País, en cambio, no siempre lo he entendido. Y ahora cada vez menos. Pero conserva la mayor virtud: sigue siendo el periódico de Savater. 

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10.1.22

A título personal

Más allá de las razones plausibles del ministro Garzón contra las macrogranjas y la inconveniencia para la economía española de que se haya puesto guay en The Guardian (qué mejor medio, por otra parte), más allá incluso de su presumible buena fe (si bien algo panfilota), me interesa el asunto del fileteado. No el de las carnes industriales, sino el de los ministros y hasta los presidentes del Gobierno; y en fin, para qué nos vamos a engañar, el de todos, yo incluido.

El fileteado universal: bajo ese imperio estamos. Todos somos varios, cada uno con su registro, sus funciones y su corazoncito. Por ejemplo, los que en Twitter somos faltones luego resultamos unas bellísimas personas, atentísimas, unos príncipes de la delicadeza. Dependemos del escenario y de nuestro público de cada instante. No es que seamos hipócritas, es que somos actores. Es decir, tenemos una conciencia profunda de lo que es la persona: una máscara.

La ministra Alegría pareció entenderlo cuando fileteó a Garzón, cortando de su carne ministerial una loncha de otro género. Las declaraciones a The Guardian, dijo Alegría, fueron "a título personal". Ocurrió algo parecido con el presidente Sánchez hace unos años, cuando la entonces vicepresidenta Calvo declaró que el presidente Sánchez no había dicho algo que sí había dicho el candidato Sánchez: su fileteado en este caso fue temporal. (Algo que hace consigo mismo continuamente Sánchez, que funciona como una sucesión de filetes de Sánchez.)

Garzón, sin embargo, se resiste a ser fileteado a título ministerial por parte de Alegría. Insiste en que habló "como ministro y no a título personal". Tal vez porque tiene interiorizado lo de que "lo personal es político". Aunque en este caso tendría que haber precisado que lo que dice a título personal lo dice, justo por eso, como ministro; un apunte de fileteado conceptual hay también, por lo tanto, en Garzón.

El problema de estos políticos nuevos es que llegaron al poder propulsándose con aquella denuncia contra los viejos: "No nos representan". De ahí la tentación de pretender representarse al menos a sí mismos. Con lo que prolongan su error de partida: la personalización (con la consecuente sentimentalización) de un instrumento complejo y delicado como el poder.

Lo contrario de eso no es el cinismo, sino la conciencia teatral: la que impide que la máscara o persona finja una autenticidad además de falsa desastrosa. Un ministro ha de representar el papel de ministro, cuya condición más higiénica es la impersonalidad. 

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4.1.22

La leyenda de la Biblia del Oso

Aquella advocación de Álvaro de Campos, Nuestra Señora de las cosas imposibles que buscamos en vano, podría cobijar el anhelo por esa literatura española que no fue: la fertilizada por la Biblia del Oso. A diferencia de lo que les ocurrió a los ingleses o a los alemanes, los españoles no tuvimos traducción de la Biblia a nuestra lengua. No la tuvimos, pero existió: la que llevo a cabo Casiodoro de Reina durante doce años de huida de España y publicó en Basilea en 1569. La ilustración de la portada, con un oso encaramado a un panal de miel, le dio nombre.

En los tiempos modernos, Marcelino Menéndez Pelayo condenó al hereje pero exaltó su obra, que exaltaron también Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet y Félix de Azúa; pero yo me enteré por un artículo que le dedicó Antonio Muñoz Molina en El País, impregnado justamente del mencionado imposible: "Imagino un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podría haber irradiado".

Hay algo de proyección borgiana en esa vasta literatura posible pero inexistente, con la que podemos fantasear. Aunque la melancolía se atenúa si pensamos que en realidad sí existió: es la propia Biblia del Oso, libro de libros en un español radiante del siglo XVI. Ahora ha vuelto a editarla Alfaguara, según sus anteriores ediciones de 1987 y 2001, corregidas y con una importante introducción nueva de Andreu Jaume, la frase más destacada de la cual es precisamente: "Desde el punto de vista de la lengua, Casiodoro de Reina hizo el trabajo, como mínimo, de cien escritores, puesto que en su traducción ensayó tanto el tono épico como el lírico, el elegíaco como el hímnico, haciendo que el español resonara con una variedad de timbres inéditos". Pero una brizna de esa influencia sí se escapó, y qué brizna: la del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, del que hay constancia filológica de que leyó la Biblia del Oso. (También se especula, aunque no está probado, que la conoció Cervantes.)

El afán de Casiodoro de Reina era preilustrado: aspiraba a que todos pudieran leer libremente la Biblia, en su lengua materna. Eso estaba prohibido en España, pero se internó con decisión en terreno prohibido, convencido de que "prohibir la divina Escritura en lengua vulgar no se puede hacer sin singular injuria de Dios e igual daño de la salud de los hombres". Jaume resalta la osadía de la interpretación individual, sin intermediación eclesiástica, cuya fijación de una interpretación unívoca estanca el pensamiento y el espíritu. La primera lectura es la del traductor; la traducción de la Biblia es, de hecho, escribe Jaume, "una alegoría de la lectura". El libre examen: flor exótica en nuestra tradición.

Yo leí la Biblia del Oso a lo largo de 2018, en los cuatro tomos que fui consiguiendo de segunda mano de la edición de 2001. Fue además mi primera lectura completa de la Biblia, que hice no como creyente sino por interés literario, que es lo mío. Confieso que me aburrí en muchos momentos, aunque en cada página había encanto a ráfagas, en frases y expresiones crujientes, expresivas, con sabor. La prosa contenía asperezas sintácticas que, por su parte, producían un efecto oracular, oscuro, que casaba bien con el hecho de que fuera un texto sagrado. La mayor impresión me la llevé cuando pasé del Antiguo Testamento, con su "temor y temblor", al Nuevo: la irrupción de Jesús es revolucionaria, con su delicadeza aérea, casi taoísta, una expansión extraordinaria de dulzura. Con la que contrastaba la acción posterior de Paulo, apretada, dogmática, energuménica. Se entendía que lo que triunfó no fue el cristianismo, sino el paulismo; aunque este estuviese alimentado por Jesús, cuya sutileza tal vez se hubiera disipado por sí sola.

Cotejé la traducción de Casiodoro de Reina con la versión revisada por su discípulo Cipriano de Valera, que se publicó en 1602. Este cambió, por ejemplo, "tetas" por "pechos", una pérdida indudable. En el Cantar de los cantares de Reina podemos leer esta maravilla: "Mi amado es para mí un manojico de mirra, que reposará entre mis tetas". O: "Tus dos tetas, como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre los lirios". O el pasaje que citaba Muñoz Molina y que me llevó finalmente a su lectura: "Tu estatura es semejante a la palma, y tus tetas, a los racimos. Yo dije: Yo subiré a la palma, asiré sus racimos, y tus tetas serán ahora como racimos de vid, y el olor de tus narices, como de manzanas. Y tu paladar, como el buen vino, que se entra a mi amado suavemente y hace hablar los labios de los viejos".

Como los Reyes Magos vienen mañana por la noche, termino con su momento del Evangelio según san Mateo: "Y ellos [los magos], habiendo oído al rey, fuéronse; y he aquí que la estrella, que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos hasta que llegando se puso sobre donde estaba el niño. Y, vista la estrella, gozáronse mucho de gran gozo. Y entrando en la casa hallaron al niño con su madre María, y postrándose adoráronlo; y abriendo sus tesoros ofreciéronle dones: oro e incienso y mirra". (A algunas casas llevarán también la Biblia del Oso.) 

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3.1.22

Conveniencia de las listas

Desde que llevo una lista de lecturas leo mucho, lo que me hace sospechar que leo para mi lista de lecturas. Leo para incrementar su número y leo para que resulte atractiva. Aunque el impulso principal es el de leer para mí: para mis emociones y mis intereses, para las obligaciones también. Por eso, al cabo del año (la lista es anual) queda plasmado un curioso mapa, un mapa intelectual y sentimental en el que emergen territorios que habían sido inundados por el olvido.

El protagonismo del número es indudable. Mi lista no es jerárquica, sino numerada cronológicamente. Anoto cada lectura nueva con su número de orden, lo que promueve que haya un número posterior: es el dinamismo de la aritmética. Como en la vida, conforme se acerca el final se va haciendo nítido el plazo: el instante en el que ya no habrá tiempo para leer más nada. Se acelera entonces el ritmo, acucia la preferencia por las lecturas breves que aumenten la cifra todo lo que se pueda. Es lo que denomino mi fase El Puma, cuyo lema es: "Númerá, númerá, viva la numerasión". Tiene algo de locura, pero me lo paso pipa.

Es cosa del personaje en que uno se ha convertido. Con efectos contagiosos: de mi círculo, llevan también listas, que yo sepa, Toscano, Julia, Lola o mi sobrina Ana (que en su primer año ha llegado a cincuenta y dos libros). Una consecuencia secundaria es que entre finales de diciembre y principios de enero prácticamente solo hablamos de listas. Revisamos nuestras respectivas lecturas (quedamos para hacerlo, preferentemente comiendo pulpo frito) y filosofamos sobre el hecho de llevar listas.

Lo importante, en fin de cuentas, como con todo, es su relación con la vida. El año termina viviéndose de una manera entre negligente y atropellada. No se prestigia lo suficiente el tesoro que es cada día. El río del tiempo (metáfora tan socorrida como certera) se lo va llevando todo y el 31 de diciembre queda como una masa de experiencia inarticulada. Es el momento de sacar la lista de lecturas, que en sí misma es otra lectura, la última lectura (aunque falte en la lista): el año se reconstruye.

Jalonado por lo que uno fue leyendo, en su orden, el resto de lo vivido se ordena también. Reaparecen piezas y relaciones, el año que sepultamos recobra valor. Lo esencial es que siempre hay más vida de lo que parecía. La lista es una gran intensificadora. 

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1.1.22

La novedad del año

Las previsiones para el 2022 no son buenas. Al menos, existe el riesgo de que sea un mal año; tal vez peor que los dos anteriores (efectos directos de la pandemia aparte). Pero es tal la potencia del año nuevo, de la idea de año nuevo, que no podemos evitar el cosquilleo en esta fecha inaugural.

El almanaque es una convención sedimentada, que produce efectos mágicos. El viaje circular de la Tierra en torno al Sol incita a percibir el tiempo como un círculo, sin que por ello abandonemos su concepción lineal, característica de Occidente. Este doble juego, el del tiempo lineal y el tiempo circular, propicia que cada año, en que somos más viejos, recibamos el 1 de enero un soplo de rejuvenecimiento. Se impone la ilusión de que todo está por hacer, a lo que contribuyen las hojas en blanco de las agendas.

Un componente indispensable es la numerología. El año está compuesto de números, que desprenden un aroma, una sensación: de nuevo, una convención con efectos estéticos. Cuando llegó el 2000, los matemáticos insistían en que era aún el último año del siglo XX y que para el siglo XXI tendríamos que esperar al siguiente. Pero esta precisión intelectual carecía de la fuerza del puro dos, que aparecía por primera vez en nuestra vida. El dos y los ceros. La combinación de estos números se repitió en el 2002 y en el 2020, y se volverá a repetir –por última vez en dos siglos, hasta el 2200– en el 2022. Todos estos años arrastran el poder del 2000, aquella renovación.

El 2000 fue para mí un año bueno. El 2002 un año bueno y malo. Esperaba con ganas el 2020, otro año redondo. Puse en la pared la portada de un almanaque en el que el primer cero de 2020 era sustituido por la esfera de un reloj, un reloj con las horas en números romanos. En torno, colores, serpentinas, dibujo de fuegos artificiales. Arriba: "Feliz Año Nuevo". Debajo: "Que la luz de los sueños nos guíe en el nuevo año". En marzo, cuando la expansión de la pandemia y el confinamiento, ya resultaba sarcástico. Tal vez por eso lo dejé: dos años después, no lo he quitado todavía. Puede que esperando la recomposición de lo que se estropeó entonces.

Esperamos el 2022 con la ilusión de siempre. En Otro poema de los dones, Jorge Luis Borges celebra la mañana porque "nos depara la ilusión de un principio". Con el 1 de enero ocurre igual. Al mismo tiempo, nos consta lo que dice el Eclesiastés: "No hay nada nuevo bajo el sol". Pero cada año sí hay algo nuevo y es ese mismo año. Al menos el número, al menos el círculo que se inicia; al menos el almanaque y el ademán de que empezamos de nuevo. La novedad del año, de todos los años, es el año que comienza.

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En Vocento (libro obsequio de Año Nuevo).

31.12.21

Lecturas 2021

1. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. A. Sáez Delgado). 
2. Prosas reunidas. Wislawa Szymborska. 
3. La noche que llegué al Café Gijón. Francisco Umbral. 
4. Canción negra. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y K. Moloniewicz). 
5. Salão de sinuca. Chico Anysio. 
6. Mensaje. Fernando Pessoa (eds. J. Barja y J. Inarejos). 
7. Dos puntos. Wislawa Szymborska (trs. G. Beltrán y A. Murcia). 
8. "El Sr. Finnegan va a Buenos Aires". Sanz Irles. 
9. Aquí. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y G. Beltrán). 
10. Poesía no completa. Wislawa Szymborska (trs. G. Beltrán y A. Murcia). 
11. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska. Anna Bikont y Joanna Szczesna. 
12. Desescombro. Jónatham F. Moriche. 
13. El penúltimo negroni. David Gistau. 
14. Miss Marte. Manuel Jabois. 
15. 2017. La crisis que cambió España. David Jiménez Torres. 
16. Ariles. Ernesto Hernández Busto. 
17. Los amores sucios. Juan José Téllez. 
18. Veinticinco de hace veinticinco. Víctor Colden. 
19. "Las cosas solo suceden a los que saben contarlas: Manuel Arroyo-Stephens". Pilar Álvarez Sierra.
20. "La edad madura". Henry James. 
21. Cerdos y niños. Ernesto Hernández Busto. 
22. Tipos de agua. El Camino de Santiago. Anne Carson. 
23. Los muertos. James Joyce (tr. N. Barrios). 
24. Exiliados. James Joyce. 
25. Mientras agonizo. William Faulkner. 
26. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (ed. J. E. Pacheco). 
27. Mexicana. Manuel Arroyo-Stephens. 
28. Notas para unas memorias que nunca escribiré. Juan Marsé. 
29. ¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX. Constantino Bértolo. 
30. Tomás Nevinson. Javier Marías. 
31. La Cruz del Sur. Poesía completa. Nicos Cavadías (tr. D. Hernández de la Fuente). 
32. Benito Cereno. Herman Melville (ed. R. Gª Maldonado). 
33. El cielo invisible. Luís Pousa. 
34. Diez mil cien. Juan Marqués. 
35. Quasi una fantasía. Andrés Trapiello. 
36. La espalda de la violinista. Teresa Gómez. 
37. El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa. 
38. El olvido que seremos. Héctor Abad Faciolince. 
39. Poesía completa. C. P. Cavafis (tr. J. M. Macías). 
40. Por qué nos creemos los cuentos. Pablo Maurette. 
41. Noches sin dormir. Elvira Lindo. 
42. Asombro y desencanto. Jorge Bustos. 
43. Si yo de ti me olvidara, Jerusalén. Rafael García Maldonado. 
44. Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel. Leonardo Sciascia. 
45. Caliente. Luna Miguel. 
46. Anna Ajmátova (Bajo el muro rojo y ciego). Eduardo Jordá. 
47. La mirada imposible. Agustín Fernández Mallo. 
48. Al vuelo de la página (Diario 1990-2000). Juan Malpartida. 
49. Estación de cercanías (Diario 2012-2014). Juan Malpartida. 
50. Hölderlin o el fuego divino de la poesía. Rüdiger Safranski. 
51. Poemas. Friedrich Hölderlin (ed. E. Gil Bera). 
52. Kafka (1). Los primeros años. Reiner Stach. 
53. Niños aparte. Julieta Valero. 
54. Diarios (2015-2016). Eduardo Laporte. 
55. Tiempo ordinario. Eduardo Laporte. 
56. Es muy raro todo esto. Pablo Martínez Zarracina. 
57. Contra la España vacía. Sergio del Molino. 
58. Un hombre de cincuenta años. Javier Gomá Lanzón. 
59. Filósofos de paseo. Ramón del Castillo. 
60. Simpatía. Rodrigo Blanco Calderón. 
61. Traducción: literatura y literalidad. Octavio Paz. 
62. Secesionismo y democracia. Félix Ovejero. 
63. La vida pequeña. El arte de la fuga. J. Á. González Sainz. 
64. La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021). Andrés Trapiello. 
65. Breviario provenzal. Vicente Valero. 
66. El libro de las semejanzas. Ana Martins Marques (tr. P. Abramo). 
67. Arias Montano y el Duque de Alba en los Países Bajos. Herta Schubart. 
68. Yoga. Emmanuel Carrère. 
69. Figura descendente. Louise Glück (tr. A. Catalán). 
70. El triunfo de Aquiles. Louise Glück (tr. A. Catalán). 
71. Duelo de alfiles. Vicente Valero. 
72. La muerte del espontáneo. Manuel Arroyo-Stephens. 
73. Fuego amigo. Los restos de la escritura. Juan Gracia Armendáriz. 
74. La primavera del saguaro. Ruth Llana. 
75. El testamento. Rainer Maria Rilke. 
76. El último apaga la luz. Obra selecta. Nicanor Parra. 
77. Relatos completos. Franz Kafka. 
78. Soldados en el jardín de la paz. Sergio del Molino. 
79. Nada importa. Jesús Terrés. 
80. ¿Dónde vamos a bailar esta noche? Javier Aznar. 
81. Laura o el camino de la filosofía. Francisco Lapuerta Amigo.
82. Ensayo sobre el Lugar Silencioso. Peter Handke. 
83. Gabo y Mercedes: una despedida. Rodrigo García. 
84. La mujer zurda. Peter Handke. 
85. Carta breve para un largo adiós. Peter Handke. 
86. "El lamento del cornudo". Sanz Irles. 
87. "La tardecita". Juan José Saer. 
88. Ensayo sobre el día logrado. Peter Handke. 
89. Desgracia impeorable. Peter Handke. 
90. La doctrina del Sainte-Victoire. Peter Handke. 
91. Diarios de viaje. Albert Camus. 
92. Crónica de plata (Poemas escogidos). Emily Dickinson (tr. M. Villar Raso). 
93. Dom Quixote visto pelos artistas brasileiros Portinari e Drummond. Cândido Portinari y Carlos Drummond de Andrade (tr. A. Maura). 
94. Abecedario democrático. Manuel Arias Maldonado. 
95. "'¡Por la puerta de atrás!' (Viñeta de familia)". Manuel Alberca. 
96. "¿Debe haber un conocimiento prohibido?". Antonio Diéguez. 
97. La muerte del hipster. Daniel Gascón. 
98. Mi ovni de la Perestroika. Daniel Utrilla. 
99. Kafka (2). Los años de las decisiones. Reiner Stach. 
100. "Constant y la libertad de los modernos". Manuel Toscano. 
101. "Los sabios también derraman lágrimas". Leon Wieseltier. 
102. Los besos. Manuel Vilas. 
103. El cielo de abajo. La escritura del cuerpo en trece poetas hispanoamericanas (ed. Mª Alcantarilla). 
104. Mecánica. Vicente Luis Mora. 
105. El matrimonio anarquista. Begoña Méndez y Nadal Suau. 
106. Vida secreta. Pascal Quignard. 
107. Donde muere la muerte. Francisco Brines. 
108. Memorias de California. Luis Racionero. 
109. What's in a name. Ana Luísa Amaral (tr. P. Abramo). 
110. Kafka (y3). Los años del conocimiento. Reiner Stach. 
111. El comisario Magrelli. Valerio Magrelli (tr. E. Hernández Busto). 
112. La verdad. Arcadi Espada. 
113. El sexo y el espanto. Pascal Quignard. 
114. Demasiado humano. Joaquín Campos. 
115. Ajuste de cuentas. Joaquín Campos. 
116. Notas para un libro futuro. Francisco Javier Torres. 
117. Cartas a su vecina. Marcel Proust. 
118. "Lean La Biblia del Oso". Andreu Jaume. 
119. Billy Summers. Stephen King. 
120. Diário da peste. O ano de 2020. Gonçalo M. Tavares. 
121. Livro da dança. Gonçalo M. Tavares. 
122. Palabra de árbol (Antología poética, 1976-2020). Francisco Javier Irazoki. 
123. Orquesta de desaparecidos. Francisco Javier Irazoki. 
124. Solo integral. Fernando Savater. 
125. Recuérdelo, recuerde bien todo. Radovan Ivsic. 
126. Vilnis. Bárbara Mingo. 
127. La parcela. Alejandro Simón Partal. 
128. Siempre quiero ser lo que no soy. Aloma Rodríguez. 
129. Un aire inglés. Ignacio Peyró. 
130. El burro flautista. Enrique García-Máiquez. 
131. Sobre nosotras. Sobre nada. Rosa Belmonte y Emilia Landaluce. 
132. Las últimas. Lucía Carballal. 
133. Cómo se llama. Rodrigo García. 
134. Short movies. Gonçalo M. Tavares. 
135. Variaciones Coetzee. Félix de Azúa, Basilio Baltasar, Andrés Ibáñez, Eduardo Lago, Alberto Manguel y Gonzalo Torné. 
136. Tres maestros: Bellow, Naipaul, Marías. Gonzalo Torné. 
137. Un Eliot para españoles. Jaime Siles. 
138. Desde dentro. Martin Amis. 
139. Solo quedamos nosotros. Jaime Rodríguez Z. 
140. "José Manuel Lara Hernández (1914-2003). El marqués de los libros". Carlos Mármol.* 
141. "Juan March Ordinas (1880-1962). El hombre sin límites". Carlos Mármol.* 
142. "Goebbels como escritor". Heinz Pol.** 
143. Decir el mal. Ana Carrasco-Conde. 
144. Baudelaire y el artista de la vida moderna. Félix de Azúa. 
145. Pobre Bélgica. Charles Baudelaire. 
146. El arte de leer las calles. Walter Benjamin y la mirada del flâneur. Fiona Songel. 
147. Mediaciones. Walter Benjamin. 
148. Infancia berlinesa hacia mil novecientos. Walter Benjamin.
149. Tantas palavras. Todas as letras & reportagem biográfica (por Humberto Werneck). Chico Buarque.
150. Diario de pintura. Miguel Gómez Losada.
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* Capítulo del libro Hombres de fortuna. Doce relatos sobre hacedores de empresas, Carlos Mármol y José Mª Rondón.
** Capítulo del libro La eternidad de un día. Clásicos del periodismo alemán (1823-1934).

28.12.21

La derecha ha caído en la trampa perfecta

Al final la derogación de la reforma laboral, de la que ha vivido la izquierda durante nueve años, se ha quedado en nada, en unos ajustes que prácticamente no tocan la ley del PP. La trompetería ha dado lugar al parto de los montes, con el que sin embargo no han cesado las trompetas. Las trompetas (la propaganda, el Nodo) son la sustancia: los contenidos pueden cambiar mientras las trompetas siguen sonando. Es una abrumadora puesta en escena: tan abrumadora que esconde lo que esté sucediendo en el escenario.

El sanchismo es una maquinaria perfecta: perfecta y perversa; infalible. Es una maquinaria diseñada para darse a sí misma la razón, diga lo que diga y en todas las circunstancias. Y con la colaboración de sus supuestos desmentidores, que no son más que leña para que la maquinaria siga funcionando. Ahora el bronco cabreo de Pablo Casado se dirigirá a la ley laboral del PP, de la que se ha apropiado sin que le mueva el mechón blanco Pedro Sánchez. Esta silbará mientras se mira las uñas.

Si Casado fuera listo y quisiera dejar en evidencia a Sánchez, le diría: "Votaremos que sí a la ley laboral, porque sigue siendo nuestra ley". Pero Casado no es listo, sino todo lo contrario. Su estrategia no funciona contra Sánchez, a diferencia de la de Isabel Díaz Ayuso, que por lo que sea ha encontrado el modo de introducirse, sin resbalar, en la maquinaria. La respuesta de Casado, en vez de aprender de Ayuso, ha sido intentar liquidarla. Su cero en comunicación es absoluto.

Porque de comunicación se trata. El sanchismo no es más que un relato. Un relato refractario a las críticas. El PP no podrá hacer nada mientras no logre desmontar las toneladas de propaganda. Y el primer paso debería ser no integrarse en ella de un modo negativo. Es decir, dejar de parecerse al retrato paródico que el PSOE ha trazado de él. Casado ha logrado ser algo así como el sueño de Sánchez: si este hubiera participado en unas primarias del PP, habría votado a Casado. Es un regalo para el PSOE.

Y Vox es el refuerzo de este engranaje. Si el PP en algún momento corre el riesgo de acertar, ahí está Vox (su sombra, su amenaza; su competencia) para retornarlo al desacierto. La última ocurrencia del PP ha sido dinamitar a Ciudadanos, como ha ocurrido en Castilla y León, para que le quede solo Vox para pactar. Ha visto la jaula y ha ido a encerrarse en ella, como un ratoncito dócil.

La función de Vox se transparentó el otro día en el Parlamento. La diputada Macarena Olona hizo una intervención maleducada y faltona (pretenciosa, altisonante) contra la vicepresidenta y ministra Yolanda Díaz. Esta tuvo ocasión de exhibir sus buenas formas, incluyendo en su respuesta predicaciones sobre la concordia, el diálogo y la función del Parlamento...

El caso es que fue su Podemos (aunque ella vaya por el PCE) el que introdujo los modos matoniles en la política española de los últimos tiempos. Ellos fueron los primeros maleducados, faltones, pretenciosos y altisonantes. Ellos reintrodujeron el discurso del odio. Seguido por Sánchez, en su oposición no precisamente modélica a Mariano Rajoy, que culminó en aquella moción de censura en alianza con lo peor del Parlamento, incluidos los proetarras y los golpistas recientes del catalanismo.

La izquierda abrió la caja de Pandora en la que, de nuevo cándidamente, se ha metido la derecha. Esto ha sido después, pero como por un truco de ilusionismo ahora parece que está ella sola. La izquierda se lava las manos: y se las frota. 

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27.12.21

Silban las balas

Ahora sí que estamos en el Far West, como decía Iñaki Uriarte: silban las balas. Nunca había ido a una cena de Nochebuena con semejante sensación de fatalidad. Llegaban noticias continuas de conocidos contagiados. Era como si se hubiera estado pasando la metralleta. Salir bien librado era cosa como de contorsionista, capaz de colarse por los intersticios. Pero un contorsionista de chiripa, porque ni siquiera se sabe por dónde cruzan las balas.

Media familia estaba en confinamiento preventivo, en su casa. La otra media cenamos con el balcón abierto al frío de diciembre. Nos abrigamos bien, como en un pícnic polar. Yo me había puesto un forro y el gorro de lana que tenía de Madrid. "Pareces un lobo de mar", dijo mi hermana. Y me comía los gambones como si estuviese en cubierta. Una vez en faena, el peligro parecía atenuado. Pero aún queda la cena de Nochevieja. Y una catacumba y un cenáculo con amigos en terrazas, y un viajecillo a Sevilla para ver la nueva exposición de Gómez Losada.

Es interesante, porque la tendencia es a esconderse. Algo que hago, por otra parte, el resto del tiempo: quedarme leyendo, aislado. Lo interesante es la fuerza gravitatoria de los dos compromisos clave: las cenas de Nochebuena y Nochevieja. Es como ir a la batalla del Somme, sin ganas pero por mandato superior. En este caso, el mandato superior es el de la costumbre. Costumbre hecha sustancia, después de toda la vida. Se ha segregado una suerte de tejido inevitable. Silban las balas, pero hay que ir.

Y les habla un misántropo, un ermitaño. Poco familiar, de hecho. Pero en la vida misantrópica, qué importantes son las estructuras que nos acogen. Basta, en realidad, con que nos hayan concedido la condición de raro. Ganada a pulso, por otra parte. Pero ahí estaba yo, hoplita navideño: dirigiéndome al champán con las balas silbando.

Me acordé del alivio de hace seis meses, otra vana ilusión. La liberación de las mascarillas coincidió con mi primer viaje a Madrid en un año. Al bajar del Ave en Atocha me quité la mía, subí por Santa Isabel y atravesé el centro hasta la plaza de Oriente, donde estaba mi hotelito rococó. Era una mañana de finales de junio tan feliz, con sol, vida en las calles y el descanso de haberlo dejado todo atrás... Pero ha vuelto la plasta, el pegajoso virus.

Es una guerra de desgaste, como la de las trincheras. No hay que proyectar, sino resistir poco a poco. Sin dejar de anhelar días futuros como los de la última canción del último disco de Caetano Veloso (es mi felicitación navideña): "Y veo y pido / días de otros colores / alegrías / para mí / para mi amor / y mis amores".

 
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21.12.21

El catarro como refugio

Volví a casa destemplado, me tomé un consomé y me metí en la cama. Dio igual: tosía, estornudaba, me picaban los ojos y la garganta, respiraba con dificultad y había fiebre. Pasé la noche pensando que tenía covid, con la resignación sombría de haber pillado el bicho: sus largas peripecias hasta acabar en mí. Sobre el malestar corporal pendía esa otra amenaza, ominosa. El miedo era sobre todo a contagiar, a haber contagiado; me daba vergüenza ser un eslabón de la cadena. Pero por la mañana la prueba salió negativa y me pude instalar cómodamente en mi catarro (¡catarro, viejo amigo!).

Seguían los síntomas, el cuerpo lo tenía molido, me dolía la cabeza, pero ya era otra cosa. El repliegue en la enfermedad reconocible, enterrado en mantas, la vida aparcada por unos días. El primero fue malo, dormía y despertaba y no se terminaba nunca. Escuché la radio a ratos, música, podcasts, pero después de una eternidad miraba el reloj y era temprano siempre. A su modo, estaba siendo una jornada intensa. Por la noche pude leer al menos y la cosa cambió. El enterramiento en las mantas se combinó con el enterramiento en los libros. Un parapeto contra el mundo. Ya sí que podían pasar las horas todo lo lento que quisieran. Me seguía doliendo la cabeza, y tenía toses, mocos, estornudos, la respiración era arrastrada; pero los libros convertían mi lecho en un reducto de civilización. Así pasé el segundo y el tercer día, cada vez mejor pero en aislamiento creciente. Cuando me levanté el cuarto comprendí que habían sido días reparadores.

Estos son los diez libros que he tenido en mi refugio (unos ya los tenía en marcha, otros apenas los he empezado, otros los he leído enteros): el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (Pre-Textos), el segundo volumen de la biografía Kafka de Reiner Stach (Acantilado), Recuérdelo, recuerde bien todo de Radovan Ivsic (Árdora), Vilnis de Bárbara Mingo (Caballo de Troya), La parcela de Alejandro Simón Partal (ídem), Siempre quiero ser lo que no soy de Aloma Rodríguez (Milenio), Un aire inglés de Ignacio Peyró (Fórcola), El burro flautista de Enrique García-Máiquez (La Veleta), Sobre nosotras. Sobre nada de Rosa Belmonte y Emilia Landaluce (La Esfera de los Libros), y Las últimas de Lucía Carballal (La Uña Rota).

El de Pessoa (la mejor edición del Libro, a mi juicio) y el Kafka de Stach se acomodaban a mis dolencias, que tenían su parte también en el tiempo hueco, en el desasimiento de la vida; Lisboa y Praga como escenarios adecuados para el catarro. El de Ivsic es una joyita inesperada: cuenta la relación del autor con André Breton y cómo lo acompañó los últimos días de su vida; un testigo que no nos constaba a los simpatizantes del surrealismo. El de Mingo brinda un viaje (solitario, contemplativo, perceptivo, reflexivo) a Lituania y el descubrimiento (a quienes no lo conocíamos) del músico y pintor Čiurlionis. El de Partal una historia de amor e iniciación entre Calais y Boulogne-sur-Mer. El de Rodríguez un conjunto de relatos perfectos, en el tono adecuado y con vida rohmeriana: el ideal de la ligereza. El de Peyró artículos de tema inglés, como oleadas nuevas de Pompa y circunstancia, con su erudición crujiente y en su prosa fluida, precisa y encantadora. El de García-Máiquez una selección alquímica de sus columnas: oro molido en el reloj de arena; de entre sus columnas, siempre buenas, las mejores de los últimos años. El de Belmonte y Landaluce es un libro gamberro y libre, profundo, divertidísimo: deslumbrante por el talento que contiene. El de Carballal es la reunión de sus cinco últimas obras de teatro, magníficas, emocionantes, hondas (en especial, La resistencia y Las bárbaras).

Pienso ahora que recomiendo cualquiera de estos libros como regalo de Navidad. Y pienso en mis tres días de catarro como en un balneario con las horas absorbidas por la lectura. Y pienso en que el empuje de ómicron se recrudece y dicen que todos lo acabaremos pillando.

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20.12.21

Ping-pong de besugos

La radio de la mañana suelo escucharla por la tarde, en el cómodo podcast. Soy de los que lo ponen, a veces, al doble de velocidad, por lo que la adrenalina multiplicada irrumpe en mi languidez de jornada vencida. Hay una mezcla, entonces, de alteración y amortiguación: la actualidad llega rabiosa pero como a distancia. La tertulia que elijo es la de Carlos Alsina en Onda Cero, que es la peor de la radio española con exclusión de todas las demás.

Los miércoles son particularmente horrorosos. A eso de las nueve (hora del podcast) conectan con el Congreso de los Diputados para ofrecer el arranque de la sesión de control al Gobierno. Suele empezar Pablo Casado, atropelladamente; lo paso a velocidad normal y el ritmo sigue siendo atropellado. Cada miércoles está peor que el anterior y el último estuvo peor que nunca, dudo que lo supere el siguiente. Fue el miércoles del "coño". Casado no se encuentra bien, está electrificado: como si hubiera somatizado las convulsiones del PP, o se le manifestara corporalmente el canelo que ha hecho por haber arruinado el impulso del 4-M.

Como todos los miércoles, sin embargo, sé que me hundiré aún más en la depresión porque luego viene algo más horroroso todavía: la respuesta de Pedro Sánchez. Con su voz ahuecada y su pose de estadista de pega, hablará desde una altura de miras falsa, que ni tiene ni se ha merecido (sino todo lo contrario). Aprovecha el batiburrillo faltón del otro para construirse un castillo de pureza en que anidar. Siendo también faltón a su manera, naturalmente; con ese desprecio por el otro que no es sino el envés del aprecio sin límites (también electrificado) que se tiene a sí mismo.

A continuación una tertuliana progubernamental critica el desprecio por las formas. Se refiere a las de Casado: las de Sánchez se acomodan a sus exigencias. Lo siente igual Sánchez. Este ha predicado desde su atalaya el respeto por las Cortes Generales, en cuyo cumplimiento formal se autoinstala. Aunque habrá que decir que su desprecio por el fondo tiene como mínimo una traducción formal. Porque lo cierto es que no responde a las preguntas que se le hacen, que es de lo que formalmente se trataba.

El control se queda en cero. No hay diálogo ni parlamentarismo con el presidente. Así que, de un lado, preguntas atropelladas y ataques. Y del otro no respuestas, sino predicaciones y más ataques. Es un ping-pong de besugos. 

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