19.2.07

La venganza de los aduladores

Con motivo de la reciente ceremonia de los Premios Goya (que este año no ha estado tan mal, después de todo, con el gamberro de Corbacho), me he vuelto a acordar de la mítica frase de José Luis Cuerda: "El cine español naufraga en océanos de autocomplacencia provocados por la cocaína". Pocas veces he leído un diagnóstico tan certero. Hasta el punto de que si la revista Fotogramas se dedicara sólo al cine español, debería llamarse Fotogramos. Sí, sé que es un mal chiste: es mi particular homenaje al cine español, tan abundante en ellos. Pero en el resto del artículo no hablaré más de cocaína, sino de autocomplacencia: me da igual su causa.

Es curioso, pero de ningún otro arte se indica, hoy en España, la nacionalidad como reclamo (al menos, fuera de los delirantes ámbitos de las, así llamadas, "nacionalidades históricas"). Nunca se dice "ve a ver esa exposición, es una exposicion de pintura española", ni "escucha ese disco, es un disco de música española", ni "lee esa novela, es una novela de literatura española". Los pintores, los músicos y los novelistas triunfan o fracasan por sí solos: no se subraya si son españoles o no. Se tiene en cuenta, por supuesto: pero no se destaca especialmente. Y, sobre todo, no se establece una relación directa entre la nacionalidad y la calidad. No se considera que ser pintor, músico o novelista español sea particularmente bueno; pero, quizá por eso mismo, tampoco se considera que sea particularmente malo. Con el cine ocurre justo al revés. Se dan, simultáneamente, los dos movimientos: la propaganda acerca de su gran calidad por parte de quienes lo hacen (y de la mayoría de los críticos), y la aversión escarmentada que han ido desarrollando los espectadores. Estos, como se han sentido estafados tantas veces, no han tenido más remedio que segregar (en defensa propia) el prejuicio de que la nacionalidad española de una película supone un hándicap: prejuicio que suele verse reforzado por la realidad.

La autocomplacencia es el gran cáncer. Lo es para todo artista, pero resulta más visible (y devastador) en el cineasta. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el cine necesita toda una industria para su ejecución. Eso hace, por un lado, que muchos cineastas de talento, que quizá estarían mejor blindados contra la autocomplacencia, no han sabido ganarse los favores de la industria y se han quedado sin la ejecución de su arte. Y, por otro, que los que lo han conseguido tienden a una megalomanía no sólo artística, sino también industrial. Un escritor podrá ser megalomaníaco (y lo es con frecuencia), pero al fin y al cabo no es más que un tipo que se sienta a rellenar páginas. Un director, en cambio, es alguien al mando de un despliegue wagneriano de medios, por intimista que sea su película. La tragedia del cine español es que los que han pasado la criba de la industria suelen ser ineficaces también como industriales. Lo cual no deja de resultar un misterio económico: ¿por qué cunde tanto la autocomplacencia si ésta es también perjudicial para la industria? En la tele, por ejemplo, no ocurre: por eso hoy en día hay más profesionalidad en las teleseries españolas que en las películas españolas. Las teleseries españolas, por cierto, también se han ido abriendo paso por sí solas: sin una machacona campaña resaltando su nacionalidad.

No sé, ciertamente, qué podría hacerse "en favor del cine español". Pero sí sé cuál es uno de los requisitos para que mejore: acabar con la mentira. No se puede elogiar una mierda como Alatriste sólo por lo mucho que "la industria" ha invertido en ella, ni por lo bien que caiga Díaz Yanes. El peor negocio es estafar con el producto, haya costado lo que haya costado, y caiga el director lo bien que caiga. ¿Cuántos espectadores volverán a estar mucho tiempo sin ver "cine español" por haber picado con Alatriste? A un director puede salirle mal una película y no pasa nada. Díaz Yanes ya lo hizo bien una vez y quizá vuelva a hacerlo bien en el futuro. Lo que no se puede es promocionarlo en su fracaso. Lo suicida, para el arte y para la industria, es toda la propaganda que conduce al espectador hasta la sala de cine sin que haya habido una sola voz que le advierta de que lo que va a ver es un bodrio. Esa soledad en la sala ante un bodrio del cine español, mientras en la prensa todo son elogios, es una de las sensaciones más desagradables que puede experimentar un amante del cine.

Yo lo he experimentado muchas veces (no escarmiento), pero quizá la más dolorosa fue con Perdita Durango. Creo que nunca he ido con más ganas a ver una película, ni con más confianza de que iba a pasármelo bien, sin reservas. La anterior de Álex de la Iglesia, El día de la bestia, me había encantado (aquello sí que era un prodigio de película "de cine español", una bocanada de aire fresco, impecable) y estaba convencido de que Perdita Durango iba a ser mejor aún. Nada en la prensa (ni en los anuncios) hacía pensar que no fuese a ser así. Por eso la decepción resultó tan espectacular. Quizá no haya dolor más agrio que el provocado por el desmoronamiento de un placer que dábamos por seguro. Pero lo peor en estos casos es que, ya fuera del cine, uno sigue asistiendo a la promoción pública de la película y a los elogios hacia el director, con las consiguientes exhibiciones de autocomplacencia del mismo: espectáculo que ya es percibido como farsa.

Las demás películas de Álex de la Iglesia también me han ido pareciendo mediocres (Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto -de 800 balas me libré), unas mejores que otras, y algunas incluso con buenas ideas y buenos momentos, pero ninguna redonda como El día de la bestia. ¿El talento había abandonado de pronto al director? En cierta ocasión asistí a una escena que lo explicaba todo. Yo me encontraba en un Kentucky Fried Chicken (no sólo soy un gourmet de escándalos, también lo soy de franquicias), cuando entró Álex de la Iglesia comandando su séquito. Empleo esta palabra con propiedad: eran diez o doce acompañantes en actitud de inferioridad jerárquica, a medio camino entre sirvientes y bufones. Juntaron varias mesas y el director se sentó con pompa en un extremo, ocupando mucho espacio, mientras los demás se apelotonaban en los laterales. Componían una estampa medieval. Durante la comida, De la Iglesia se dedicaba a deglutir sus trozos de pollo, sumido en un silencio autista y mirando únicamente su bandeja. Los del séquito no cesaban de decir chistes e ingeniosidades, aparentemente los unos para los otros, pero mirando de reojo al director. Este, cada cierto tiempo, celebraba escuetamente alguno. Entonces su emisor se henchía de satisfacción, al tiempo que los demás se encendían de envidia. Aquel subyugante espectáculo me hizo comprender qué había pasado con el cine de Álex de la Iglesia, y con todo el cine español en general. La adulación, el elogio acrítico, endiosa al artista, lo eleva, pero a la vez lo envuelve en una campana hermética que termina matando su arte y arruinándole el talento. Es la venganza de los aduladores.

[Publicado en Kiliedro]

* * *
(25.1.11) Esta entrada había quedado conceptualmente redonda; pero, por fortuna, la realidad se mueve: se resiste (se opone) a toda fijación. Es de justicia transcribir aquí un pasaje del artículo que publica hoy Álex de la Iglesia en El País:
Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección. Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran.

10.2.07

El escándalo no ha muerto

Finalmente no se ha confirmado una de las frases más melancólicas del pasado siglo. Aquella que le dijo André Breton a Luis Buñuel: "El escándalo ha muerto". Quizá sí haya muerto en sus variantes primitivas, pero no en las sofisticadas. Quienes ya no escandalizan son los niños y los tunos: pero los adultos aún pueden hacerlo. Ya no basta con la voluntad de escandalizar, sino que se requiere un poco de inteligencia. Para que brote hoy el chorro negro del escándalo hay que hacer prospecciones como cuando se va a sacar petróleo. Es necesario un estudio minucioso del contexto (¡del grupo!), y sólo después pasar a la acción con la treta adecuada. Aquí en el Nickjournal, mi querido delfín Adrede lo ha entendido muy bien. En este contexto predominantemente antisocialdemócrata, él ha sabido sacarle notas de escándalo a un filón inesperado: la defensa de la socialdemocracia. Aquí, un "ZP es el Kennedy español" provoca más revuelo que un "Aznar fue un gran estadista" o el clásico "caca, culo, pedo, pis". Y yo, como gourmet de escándalos, me quito el sombrero (y hasta el cráneo si es preciso).

Pero la teología que domina ahí fuera suele ser la contraria. Al menos por los ámbitos culturales, que son por los que me muevo con mayor asiduidad. Tuve ocasión de comprobarlo otra vez la semana pasada, cuando mi amiga Berta me llamó para asistir a unas jornadas sobre "La Poesía del Rock" que se celebraban en el Instituto Municipal del Libro. Este nombre, por cierto, siempre ha despertado en mí evocaciones kafkianas, aunque en apretada competencia con otro organismo de la zona: el Centro Cultural Provincial. Una ciudad con un Instituto Municipal del Libro y un Centro Cultural Provincial es una ciudad que no se anda con chiquitas en estos asuntos (intimida un poco). Camino del acto ya se anticipó, en plan semillita wagneriana, el tema de este escrito. Berta me contó que había leído en el blog de Javier Rioyo unos lamentos de éste por la imposibilidad de provocar hoy en día. La concurrencia parecía estar de acuerdo. Ella preguntó, en un comentario, que qué pensaban que estaban haciendo en Cataluña Boadella y Ciutadans, por ejemplo. Supongo que Rioyo y los demás se arrebujaron en sus babuchas, porque nadie dijo ni mu. Eso me hizo recordar que uno de los artículos más abyectos contra el Todas putas de Hernán Migoya lo escribió alguien del cogollito: Juan José Millás. En aquella ocasión, quienes se escandalizaron con el pornógrafo fueron los clérigos de la socialdemocracia.

Al llegar al Instituto Municipal del Libro (nunca me cansaré de repetir su nombre), me encontré dos gratas sorpresas. Primero, que las conferencias las organizaba Silvia Grijalba. Segundo, que la inaugural era de Sabino Méndez. Con ambos crucé unas palabras después, en el intermedio. Berta me presentó a Grijalba, que precisamente me había escrito unos días antes para pedirme excusas por el lapsus (leve) de su Dios salve a la Movida, que conté aquí. A Méndez me acerqué mientras se estaba dejando fotografiar junto a unos fans y nos abrazamos con la efusividad de viejos nicks que se encuentran por vez primera fuera de internet. Aunque lo cierto es que yo me hubiera hecho otra foto de fan: ya escribí hace tiempo que me gustó mucho su Corre, rocker, y que encontraba en sus canciones la misma precisión y encanto que en los poemas de Jaime Gil de Biedma (buena "poesía del rock", ciertamente.)

Luego había una mesa redonda con Julián Hernández (de Siniestro Total), Javier Ojeda (de Danza Invisible) y Javier Díez (subdirector de Radio 3), además del propio Sabino Méndez. Entre el público, por cierto, estaba el poeta beat John Giorno, que tenía un recital-performance al día siguiente. El hombre, un anciano vigoroso, permanecía atento sin entender nada (no habla español), con una beatífica sonrisa zen. Me hizo gracia que, en el descanso, los de la organización se decían con alivio: "Qué bien está aguantando John, John está aguantando estupendamente". Y la verdad es que a mí también me hubiera gustado ser John, para no entender una de las frases que se dijeron en la mesa redonda.

Habían hablado ya todos, con inteligencia, con chispa, con originalidad, cuando le tocó el turno a Javier Ojeda. Este, como tenía poco que decir, se lanzó a ejercitar su gracejo. Era el eterno Malaguita de todas las milis. Y lo cierto es que tenía gracia: su gracejo funcionaba. Contó, por ejemplo, su momento de gloria académica: cómo una vez le intentó rebatir algo sobre el Mío Cid a su profesor de Hispánicas y éste contraatacó diciéndole que Danza Invisible eran unos Spandau Ballet de Torremolinos. La gente se echó a reír, y yo me eché a reír con la gente. La velada estaba siendo entretenida. Pero unas frases después, Ojeda, sin abandonar el tono simpaticote, soltó eso que Arcadi Espada llamaría un sanguinolento animalito: "Porque claro", dijo, "aquí si no llega a pasar lo del 11-M, gana otra vez el PP". Me quedé de piedra. Miré a Berta y ella tampoco daba crédito. Pero en torno, en la mesa y entre el público, todo seguía igual: buen rollito, risas. Anoté la frase para que no se me olvidara. Y después, en el turno de preguntas, alcé la mano. El último interviniente había dicho algo sobre sexo, y yo aproveché para enlazar: "Simplemente quisiera repetir la frase más pornográfica que se ha pronunciado aquí esta noche". La leí en mi papelito, sin ni siquiera mencionar a Ojeda. No era el tema del encuentro y yo sólo pretendía subrayar la frase, sin más: para que constara. Pero Ojeda saltó, con la inocencia de los pánfilos. Como era previsible, no tenía ni idea de lo que significaba la frase que él mismo había dicho. Le sugerí que se la anotara y la leyera y releyera, a ver si se daba cuenta. Pero soy pesimista al respecto. Ojeda, por supuesto, no es culpable de nada, es sólo un síntoma. No es, desde luego, un malvado: entre otras cosas, porque carece de la osadía maléfica que se requiere para asumir desnudamente lo que decía su frase. En cuanto pudo articularlo, dijo que él no deseaba que se hubiera producido ningún atentado, por favor. Y le creo. Ojeda tan sólo estaba montado en el magma mental imperante y se dejaba llevar. Es sólo una inercia, pero una inercia agresiva, avasalladora: implacable con los que se resisten.

Yo me caliento en exceso en estas trifulcas y no estuve elegante. No me estaba gustando mi manera de decir las cosas, pero al menos tenía el alivio moral de saber que yo era el hereje ahí, y ellos los inquisidores. O las monjitas que se ruborizan con las obscenidades. Me pareció especialmente significativa la mirada que me lanzó Julián Hernández. No llegó a intervenir, pero su mirada se me quedó grabada. Era (no puedo asegurarlo, pero lo apostaría) una mirada de odio. Una mirada (¡sí!) de escándalo. Luego en casa, rememorando, caí en ello y me sonreí: haber logrado escandalizar al inolvidable autor de "Mata hippies en las Cíes", "Ayatola no me toques la pirola" o "Me pica un huevo" (al que, si escarbamos, tanto le debe el personaje de AS) era algo con lo que yo, ciertamente, no contaba en la vida.

[Publicado en Nickjournal]

19.1.07

Top-less con melodrama

Llegó la hora de hablar del gran tema de estas dos semanas: ¡la gallega de Cancún! Es curioso y sumamente morboso el modo en que Interviú (nunca dejaré de envidiar el apellido de su director: Cerdán, toda una declaración de principios) nos ha ido ofreciendo las fotos. En la primera entrega, tuvimos a una gallega artificiosa y pasada a tope por el photoshop: era como el elefantito de silicona, pero con tetas (no de silicona). En esta segunda, ya hay detalles naturalistas: ciertas irregularidades en el color de la piel, alguna insidiosa verruguita... Pero lo que en ambos lotes predomina es el melodrama del rostro. Ese rostro compungido no es un poema, sino justamente eso: un melodrama. Uno puede asomarse a una película de Berlanga por él (se trata, sí, de un melodrama castizo). Las estrecheces económicas de la peluquera y el marido (¡con lo imposibles que están las hipotecas!). La inesperada oferta de Interviú, que cae como una genuina "proposición indecente". Los debates de mesacamilla dentro del lecho conyugal. Las (sospechamos) poco convincentes reticencias iniciales del marido y el (sospechamos igualmente) secreto alivio cuando comprueba que su esposa está dispuesta a inmolarse tal Juana de Arco del top-less en la hoguera de la mirada pública... Y luego los incómodos flecos prácticos: la sesión fotográfica (¡el maquillaje, los focos, el fotógrafo de la melenita!), el cheque, la frialdad del cheque, la llegada a los kioskos de la revista y el eterno crepitar de las llamas durante la semana entera... Si no recuerdo mal, se fueron a Cancún a pasar la luna de miel. Pero me da a mí que estas fotos son ya el comienzo del divorcio. Lo malo es que ni siquiera habrá película: ¡se lo comerá todo la televisión!

[Publicado en Nickjournal]

16.1.07

El año de Radio 3

No se me ocurre mejor justificación del Estado que la existencia de Radio 3. Podría aducirse también la Sanidad, y la verdad es que yo me enternezco cada vez que visito un hospital público y veo a los enfermos allí acumulados bajo el cuidado estatal; cutre y deficiente con frecuencia, pero también cálido. Veo las sabanitas o esas bandejitas de plástico con el soso menú y me emociono. Siempre trato de visualizar ese gasto a la hora de pagar mis impuestos. Porque si lo que visualizo son los coches oficiales o los dispendios de autopromoción política, me deprimo. Con la Educación tengo un problema. Soy partidario (¡republicanamente!) de la Instrucción Pública. Pero el rebanamiento cerebral que ha provocado la Logse me hace pensar que podríamos suprimir esa partida presupuestaria. A cambio, naturalmente, habría que incrementar la de la Policía: el vaciamiento de las aulas causaría hoy mayores desórdenes callejeros que el vaciamiento de las cárceles. No es justo que los inermes profesores deban seguir ocupándose de esas hordas de delincuentes que son nuestros alumnos: auténticos lobos hobbesianos nacidos de pedagogos con el cerebro rebosante de mermelada Rousseau. Esos que aún no han aprendido que el buen salvaje no nace: se hace. Si se le deja hacer, se convierte en caníbal.

Pero volvamos a Radio 3. Conforme más lo pienso, más milagrosa me parece su existencia. ¿Cómo es posible que exista, en España, y pagada por el Estado, una maravilla así? ¿Cómo se ha colado una maravilla así? Cada mañana la sintonizo con el temor de que voy a encontrar un chisporroteo de nieve. Pero no: el milagro se renueva. Me siento como esos antiguos que temían que cualquier día dejase de salir el sol. Radio 3 lleva ya un montón de años, ¿pero cuántos más durará? Si algo me ha enseñado la vida es que hay que disfrutar del momento, porque cualquier rinconcito agradable, cualquier retícula por la que circule un poco de aire fresco, acaba siendo cerrada inevitablemente. En esto, como en tantas otras cosas, soy muy de Cioran, quien decía: "La vida es un infierno, cada instante del cual es un milagro". Y, por ahora, el milagro diario de Radio 3 se sucede.

Yo la escuché mucho en los ochenta, pero desde entonces no había vuelto a enchufarme a ella con la fruición con que lo he hecho en este recién acabado 2006. Me he pasado el año haciendo vida de gabinete, en que mis únicos esparcimientos (aparte de los eróticos) han sido los paseos por la playa y la música. La música también en la playa, por los cascos, rivalizando con el mar; y, por supuesto, en mi gabinete, a manera de mar sonoro. Creo recordar que Trías, en una de esas clasificaciones de las Artes que hace en sus libros, colocaba a la Arquitectura y a la Música como las dos artes esenciales, creadoras de habitabilidad. La Arquitectura, de habitabilidad del espacio; la Música, de habitabilidad del tiempo. Cuando uno pone música en la habitación, se le abre un desván de materia sutil. Aparece una ola invisible: literalmente, un mar de sensaciones (esta expresión le encantará a Antonio Gala, mas no por ello voy a reprimírmela). Los que estamos en este esforzado y áspero oficio de la escritura, no cesamos de envidiar a los músicos: nuestro público ha de hacer una pausa en la vida para atendernos; el de los músicos puede atenderlos en el curso de la propia vida -caminando, mientras conducen o follan, cuando se adormilan... incluso cuando leen. Sin literatura la vida sería posible. Sin música no. Y, si lo fuera, resultaría nefasta: un error, como señalaba Nietzsche.

Lo que uno descubre escuchando Radio 3 es la riquísima variedad de belleza y de talento que burbujea por el mundo. Hay miles (¡millones!) de personas haciendo las cosas bien. Toda esta riqueza apenas llega a las masas, que por esto son pobres. La maquinaria de los grandes medios de difusión emite sin cesar un grumo estólido que es el que configura la atmósfera estética que nos cubre (¡pegajosamente!). En realidad, esta atmósfera estética es ya un cielo sin capa de ozono, perpetuamente achicharrante. El paisaje general está perdido: sólo caben refugios. En este sentido, Radio 3 es un inagotable surtidor de sombrillas. Lo llamativo es que todos esos músicos actuales están metidos hasta las cachas en nuestro tiempo: su sensibilidad está conformada por la pluralidad de incitaciones que ofrece el mundo capitalista. Son sus mejores intérpretes, los que mejor saben gozarlo y surfearlo (y también sufrirlo de un modo fértil). Y a la vez ese mundo capitalista les cierra el Mercado, quiere ahogarlos y exterminarlos... pero al final, sorprendentemente, es el Estado el que nos permite enterarnos de la existencia de esos músicos y disfrutar de sus obras. Es una paradoja sólo aparente: el Mercado es también totalitario. El enemigo no es, pues, el Mercado en concreto ni el Estado en concreto, sino la perversa inercia que ambos tienen de configurar masas incapacitadas para una percepción estética singular. Por muy optimistas que nos pongamos, no podemos dejar de considerar que Radio 3 es una estricta excepción que nada contracorriente.

Pero las cosas también están estupendamente así -siempre y cuando uno haya caído del lado de los happy few. No se trata de elitismo, ni mucho menos: basta echarles un vistazo a nuestras, así llamadas, élites para comprobar en qué grado de embrutecimiento sensitivo y mental viven. Se trata más bien de una invitación a la aristocracia puesta al alcance de todos -de todos los que quieran merecerla. Hablo, como siempre, de aristocracia espiritual. La del oyente de clase media-baja, o de clase baja, que puede poner la radio y recibir la música de Paul Mounsey, por ejemplo, mientras los más afamados banqueros del país bailan estólidas sevillanas. Tiene su morbo, de hecho, que el paisaje sonoro sean las sevillanas y que uno pueda abrirse una catacumba en que suene Paul Mounsey. Es una variedad estética de la emboscadura de Jünger. Por eso poner Radio 3 me produce siempre regocijo.

[Publicado en Kiliedro]

15.12.06

Ideas empezadas

Lo primero que llama la atención en las columnas de Arcadi Espada es que comienzan in medias res. In medias res intelectual: con las ideas empezadas. No las vemos surgir ni arrancar pesadamente, sino que vienen ya en marcha, lanzadas a una enorme velocidad: como meteoritos que enseguida se estrellan en nuestro cerebro. Y lo hacen repetidas veces, en un juguetón chisporroteo: creo que Arcadi Espada es, hoy por hoy, el único periodista español capaz de producir orgasmos múltiples (también intelectuales, claro está).

Es conocida la frase de Ortega de que "la claridad es la cortesía del filósofo". Ahora esa cortesía se ha vuelto un lujo, porque lo es la sintaxis: para el filósofo, para el periodista, para el escritor y para cualquiera que trabaje con palabras. Es más necesaria que nunca, pero no basta. Se impone una cortesía mayor: lo que podríamos denominar el gasto neuronal. El índice de ideas que el escritor tiene a bien ofrecernos por página. Por ceñirnos al periodismo, resultaría interesante hacer la prueba de recolectar un montón de columnas del día y tratar de averiguar cuántas ideas contienen. Nos llamaría la atención la poca cortesía de nuestros columnistas, al punto de que ya nos daríamos con un canto en los dientes si encontrásemos una sola idea por columna. Y en estos casos, aún debemos resignarnos a seguir el cansino ritual: la presentación de la idea, su justificación a propósito de algún asunto de actualidad, sus esbozos de formulación, su estiramiento, sus coletazos y secuelas e incluso su defunción (por lo general, dentro de la misma columna). Al periodismo español le pasa lo que a las teleseries españolas (pongamos las de Milikito): su mecánica consiste en un estiramiento inane con el único objeto de rellenar un espacio, que normalmente sale muerto y sin electricidad. Uno puede dormitar durante la emisión o ausentarse para hacer sus necesidades (incluidas las amorosas), que nunca perderá el hilo. El hilo sigue siempre allí, parmenídeo, rocoso, indestructible durante la hora entera; sólo animado, si acaso, por la interrupción oxigenadora de los anuncios. Tomemos, en cambio, un capítulo de Los Simpson: traten de llevar la cuenta de las ideas que surgen a cada segundo y perderán (esta vez sí) el hilo famoso. Pues bien: Arcadi Espada, sin llegar a esos niveles epilépticos de intensidad, está más cerca de Los Simpson que de Milikito. La diferencia resalta de un modo casi ofensivo: es el que tiene dos ojos en el país de los tuertos (en el que también, ay, abundan los ciegos).

Las columnas de Arcadi Espada, así como las anotaciones de su blog, son un vibrante río de Heráclito. O mejor dicho: son el puente por el que nos asomamos al río de su pensamiento. Como dije al principio, se trata de un pensamiento que ya viene activado, y que atraviesa la página sin que le veamos nacer y morir: como un torrente. La metáfora acuática no deja de tener su pertinencia, incluso física: el propio Arcadi Espada contaba en el prólogo de sus Diarios 2004 que la meditación acerca de lo que va a escribir se produce "bajo la ducha". Nietzsche, al que sólo le parecían saludables los "pensamientos caminados" (y que detectaba nihilismo en las muchas horas que Flaubert pasaba sentado en su escritorio), tendría algo que decir al respecto. Por los resultados, podemos suponer que esa ducha asea y dinamiza la mirada de Arcadi Espada sobre la actualidad. Después, no sabemos si aún en albornoz (habría que ser Pilar Urbano para saberlo), se impone la "escritura rápida".

La originalidad de su punto de vista es un hecho: nadie dice lo que él dice, ni señala los matices que él señala. Salvo excepciones, los columnistas no dicen nada. Cuando dicen algo, suele ser un tópico (partidista). Y cuando no es un tópico, es porque ofrecen nueva munición contra el enemigo (igualmente partidista). Estos últimos son los más brillantes: pero siguen dejando mucho que desear. Un columnista como Arcadi Espada es todo un acontecimiento en el periódico. Un acontecimiento intelectual, pero también climatológico: despeja la atmósfera y refresca el ambiente. Baste echarle un vistazo a sus tres últimas columnas de El Mundo (en el momento en que escribo): nos encontramos con una razonada crítica a la mirada que María San Gil le dedicó al terrorista Txapote en un juicio (cuando todos la celebraban), una reflexión sobre la comida rápida a propósito de las intenciones gubernamentales contra una hamburguesa (bueno, hay que reconocer que aquí es más original el Gobierno) y una defensa atea de la Navidad.

La variada y matizada singularidad de su discurso tiene como referente inmediato la variada y matizada singularidad de la realidad. Una tarea como la suya tiene dos momentos: la captación de lo real y su encauzamiento intelectual mediante el lenguaje; lo que a su vez requiere dos higienes previas: una higiene de la mirada y una higiene de la expresión. Entre las dedicaciones de Arcadi Espada se encuentran por ello la reflexión sobre lo que impide la visión correcta de la realidad y la reflexión sobre las taras de la expresión que falsean el lenguaje. Resulta llamativo cómo ha rescatado para el periodismo, con desparpajo, esos elementos que la filosofía y la literatura habían manoseado hasta dejarlos inservibles. Y ha tenido además la astucia, para que su empeño sea moderno, de buscar la alianza con la ciencia y las nuevas tecnologías (fundamentalmente internet). De este modo algunos, leyendo a Arcadi Espada, nos hemos reencontrado inesperadamente con esas dos viejas conocidas que dábamos por muertas: la realidad y la capacidad del lenguaje para decir la verdad.

Y de paso se han vuelto más acuciantes nuestras duchas: porque estamos deseando salir de ellas para ver qué nuevas ideas nos ha puesto hoy por delante Arcadi Espada.

[Publicado en Kiliedro]

18.10.06

Cuestionario Proust (2006)

Los principales rasgos de mi carácter
El talento, la gracia, la ligereza, esta lucidez a veces feliz, a veces insoportable... y, por supuesto, mi cándida desesperación.

La cualidad que prefiero en un hombre
Su desprendimiento económico.

La cualidad que prefiero en una mujer
Que resulte baratita (sobre todo sentimentalmente).

Lo que más aprecio de mis amigos
La conversación chispeante, y el que me pueda despedir de ellos sin demasiadas explicaciones (acepto que sea también viceversa).

Mi principal defecto
Cada 30 de febrero siento un doloroso arrebato de humildad.

Mi ocupación favorita
Siempre estoy o follando o pensando (nunca las dos cosas a la vez; aunque las vivo de manera cruzada: follar me estimula el pensamiento, pensar me pone cachondo).

Mi sueño de felicidad
Aprender al sol.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
No aprender nunca (y que encima esté nublado).

Quién me gustaría ser
El hombre en cuyo abrazo desfallecía Beatriz Viterbo.

Dónde me gustaría vivir
En una chabola (¡climatizada!) en lo alto del Pan de Azúcar.

Mi color preferido
El de ese divino oscurecimiento de la carne, progresivo, en anti-sfumato, que rodea el ano de las mujeres.

La flor que más me gusta
Naturalmente, como diría Darío: la rosa sexual.

Mi ave favorita
Cualquier pájaro enjaulado que no cante. (A los canarios y jilgueros que no cesan de cantar les deseo un futuro de pajarito frito.)

Mis autores preferidos
Primer deslinde: que no sean barrocos. Y, de entre los no barrocos, aquellos en cuyas frases se engarzan inteligencia y emoción.

Mis poetas favoritos
Vale aquí también lo de antes, aunque en poesía sí sé disfrutar del barroquismo. Por ejemplo: adoro a Góngora, adoro el Polifemo (pero si tengo que elegir, prefiero a Garcilaso o al capitán Aldana).

Mis héroes de ficción
El cabo atrapado de Jean Renoir, el Sherlock Holmes de Billy Wilder y el Cary Grant de Encadenados.

Mis heroínas de ficción
La Ingrid Bergman de Encadenados, Irma la Dulce y la Félicie del Cuento de invierno de Eric Rohmer.

Mis compositores preferidos
Monteverdi, Mozart, Schubert, Pixinguinha, Noel Rosa, Cartola, Chico Buarque, João Donato, Antonio Carlos Jobim y Luixy Toledo.

Mis artistas favoritos
Tiziano y Marcel Duchamp.

Mis héroes en la vida real
Hoy en día, los ciut-adanes.

Mis heroinas históricas
Mesalina y todas las que se abrieron de patas para gozar ellas mismas, y de paso desprestigiar a sus envarados "grandes hombres".

Los nombres que más me gustan
Ultimamente, los de los mafiosos que salen en Los Soprano. El que más: Ralph Cifaretto. Y en lo que a nombres de lugares se refiere: sin duda, Plaza de Uncibay y Rua Visconde de Pirajá.

Lo que más odio
El abuso de poder, la falta de magnanimidad. El sectarismo. La fe ciega. La mezquindad. La pomposidad. La cursilería.

Los personajes históricos que menos me gustan
Primero: los muy crueles. Segundo: los muy bobos.

La campaña militar que más admiro
Lo del paso de las Termópilas no estuvo nada mal. Fue el Little Big Horn de los espartanos: murieron con las sandalias puestas.

La reforma que más aprecio
No ha llegado aún. Sería la implantación de aquella asignatura que proponía Savater como alternativa a la clase de religión en el bachillerato. Se llamaría "Asignatura Condorcet" y consistiría en un relato a los alumnos de todas las atrocidades que se habían cometido en nombre de la religión cada día del año. Una suerte de Efemérides Fanática, o de Santoral Asesino.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
Me gustaría ser capaz de producir un tsunami cada diez años (donde yo eligiera).

Cómo me gustaría morir
Con noventa y nueve años, tiroteado por mi mejor discípulo porque me ha pillado en la cama con su joven y bella esposa (ella se salva).

El estado actual de mi espíritu
Desclasado.

Las faltas que puedo soportar
Las que aún están por cometerse.

Mi lema
"Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos" (André Breton).

9.10.06

Mi historia con Marisa Monte

Marisa Monte en Madrid, 13-IX-2006


Este septiembre he faltado por primera vez a mi cita con Marisa Monte, en su gira española, desde 1994. Quizá he entrado en la fase en que la presencia es algo secundario y lo principal se vuelca hacia dentro, hacia lo que se abre o se descuelga por la imaginación. El universo ya está entero en uno mismo: sólo hay que sacar filones. Ponerse la escafandra y hundirse en las aguas calientes.

A Marisa Monte la empecé a escuchar hace exactamente doce otoños. Su nombre me sonaba del programa de Carlos Galilea en Radio 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, pero no me había fijado especialmente en ella. El día inaugural fue el 21 de septiembre de 1994, y empezó con una pista falsa. Leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el disco que acababa de sacar Eric Clapton, From the cradle, y sentí la necesidad urgente de ir a comprarlo. Era ya mediodía. Todo estaba cerrado menos la tienda de discos de El Corte Inglés, en la época en que aún era un lugar suntuoso y no un despojo como ahora. El de Clapton no estaba, pero yo había salido a comprar un disco (esas ansiedades del consumismo cultural) y fui a elegir otro a la sección de Música Brasileña. Bueno, en realidad esa sección no existía, sino la de Música Latinoamericana en general, que ha sido una fuente constante de irritaciones en mi vida. Pocas cosas detesto más que ir en busca de Caetano Veloso, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o Adriana Calcanhotto y que me salgan al paso Quilapayún, Lucho Gatica o los Calchakis; y todavía escapa uno con suerte si se ha librado del adocenado Víctor Jara, cuyo "Te recuerdo, Amanda" es probablemente el mayor canto a la alienación del obrero que se ha escrito nunca (menos mal que ahora han hecho una versión los Astrud y han liberado el lirismo que había por debajo de ese ladrillo kitsch). En fin: vi el primer disco de Marisa Monte, titulado sólo con su nombre, y lo compré. Llegué a casa. Lo puse. No sé decir qué sentí, porque en realidad no sé decir qué sentía antes de haberlo escuchado. En mi memoria, "1994" y "otoño" son ya ese disco. Hay un eco de tiempo en él: no es que Marisa Monte esté en 1994, sino que 1994 está en Marisa Monte; aquel año y mi vida como subproductos de esa música. "Bem que se quis", "Chocolate" y, por encima de todas, "Preciso me encontrar"... Fue, sí, enamoramiento. La música era inseparable de la mujer. También esa cosa encantadoramente patética de los fans, que yo sólo he sentido con Marisa Monte.

En las semanas siguientes conseguí también Mais y Cor de rosa e carvão, que era su novedad de aquella temporada. Al poco me enteré de que iba a venir a España a presentarlo, en noviembre. Aquel otoño estuvo imantado por aquel acontecimiento. Encargué a Hervás, en Madrid, que comprara las entradas con mucha anticipación (¡toda anticipación era poca!), y el día del concierto partí de Málaga con Weil, en su viejo Ford. El viaje fue una tópica odisea, pero no por tópica dejamos de arriesgar auténticamente nuestras vidas. Ocurrió que se nos echó encima el tiempo, que se desató una tormenta por La Mancha y que tuvimos que avanzar a toda velocidad por una cortina de niebla y lluvia que apenas nos dejaba entrever un palmo por delante. Fue una genuina peregrinación: nos impulsaba la idea de que muchos kilómetros detrás de la atmósfera opaca había una mujer tropical.

Llegamos a tiempo, pero el espectáculo se retrasó. En el mismo escenario del Teatro Monumental habían estado grabando un concierto de la Orquesta de RTVE y tardaron mucho en montar el equipo de Marisa Monte y su grupo. Lo hicieron mal, además, porque el sonido resultó ser horrible. Musicalmente fue imposible sacarle placer al acontecimiento. Pero quedaba la mujer, que era además lo nuevo: la música ya la teníamos en los discos. Recuerdo que salió vestida con un traje negro que recordaba a Rita Hayworth en Gilda, con los hombros desnudos, de piel blanquísima, y unos guantes largos que llegaban hasta más arriba del codo y que se quitó luego (pero, ay, sin numerito de strip-tease). Sus ademanes eran todavía rígidos, solemnes, más de diva de ópera que de estrella del pop. Yo saqué mis prismáticos y me puse a observarla. Descubrí lunares. Gestos íntimos de los ojos y los labios. Minúsculas tensiones del cuello y los brazos. Como decía Luis Antonio de Villena en uno de sus poemas: "Hechizo de presencia viva". Sentía también el trastorno de encomendarme a esa Virgen que se inventó Pessoa, según le leí a José María Alvarez: "Nuestra Señora de las Cosas Imposibles Que Anhelamos En Vano". A pesar de ello, mi memoria de aquella velada se ha quedado como suspendida en irrealidad. Se había anunciado que el concierto iban a emitirlo unas semanas después por televisión, y eso hizo que mi atención se quedase liberada de la pulsión de fijar. Fue como un aplazamiento mental: dejé para ese momento posterior el momento presente. Pero sucedió que el concierto nunca llegó a emitirse, sin duda por la mala calidad del sonido. Así que ahora debo tratar de resucitar en mi memoria los momentos que viví aplazándolos.

Después he ido a tres más, siempre en años pares y en otoño: Granada 1996, Málaga 1998, Madrid 2000; y me he ido comprando los cinco discos siguientes: Barulhinho bom, Memórias, crônicas e declarações de amor, Tribalistas (con Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes) y los dos de esta temporada, Universo ao meu redor e Infinito particular. Los conciertos de Granada y Málaga, en teatros, sonaron perfectamente. Marisa Monte ya había cobrado aplomo y a la vez soltura. Su apoteosis pop fue en el de Madrid en octubre del 2000, en que apareció tocada con un pelucón a lo María Antonieta, que se quitaba luego de un manotazo que era como saltar del siglo XVIII al XXI, en plan mujer moderna. Por desgracia, el concierto fue en La Riviera y sonó mal, como ocurre siempre en esa máquina atroz de triturar música. Aparte de la pésima acústica, a La Riviera le pasa como al Calle 54: los dueños quieren que todos sepan lo mucho que facturan, por eso les encargan a los camareros que hagan todo el ruido posible con las botellas, los vasos y la caja registradora.

Pero la emoción estuvo esta vez antes y después del concierto. Yo me había sacado, como siempre, la entrada con mucha antelación. Pero cuando faltaban pocos días, perdí la cartera con ella dentro. Corrí como loco a la Fnac a comprar una nueva, con miedo de que ya no quedasen. Por fortuna, el amor hacia Marisa Monte no es universal y conseguí otra. Recuerdo que luego, en la denuncia de Comisaría, me recreé escribiendo el nombre de Marisa Monte en la relación de lo perdido, como un toque de color en aquel informe gris. El caso es que encontré mi cartera el día después del concierto. No se me había perdido en la calle, sino en un rincón de mi casa. Y allí estaba la entrada, ya por siempre sin usar. La miré conmovido por su pequeña tragedia. Una entrada es un trozo de papel que lleva escrito un nombre, y ese nombre es su destino. Si lleva el nombre de "Marisa Monte", significa que ese trozo de papel se acercará un día físicamente a Marisa Monte (un día que también lleva escrito). Aquella entrada mía se lo perdió; se quedó entera y sin destino. Y pienso ahora si mi ausencia del concierto de Marisa Monte este 2006 no habrá sido por serle fiel a aquella entrada.

[Publicado en Kiliedro]

15.8.06

Un poema de Manuel Bandeira

Traduzco "Evocação do Recife" (1925), del poeta brasileño Manuel Bandeira (1886-1968). Solo una nota: el Capiberibe es un río de Pernambuco, el estado cuya capital es Recife. En este poema la palabra resuena algo así como "Rosebud" en Ciudadano Kane.

* * *
Evocación de Recife

Recife
No la Venecia americana
No la Mauritsstad de los armadores de las Indias Occidentales
No el Recife de los Mascates
Ni siquiera el Recife que aprendí a amar después
—Recife de las revoluciones libertarias
Sino el Recife sin historia ni literatura
Recife sin más nada
Recife de mi infancia
La calle de la Unión donde yo jugaba al caliente y frío
y rompía las cristales de la casa de doña Aninha Viegas
Totônio Rodrigues era muy viejo y se ponía los anteojos
en la punta de la nariz
Después de cenar las familias tomaban la acera con sillas
chismorreos noviazgos risas
Jugábamos en medio de la calle
Los niños gritaban:
¡Sal conejo!
¡No salgas!

A distancia las voces suaves de las niñas cantaban a coro:
Rosal dame una rosa
Clavel dame un capullo

(De aquellas rosas muchas rosas
habrán muerto sin florecer...)
De repente
en lo profundo de la noche
una campana
Un adulto decía:
¡Fuego en San Antonio!
Otro discrepaba: ¡San José!
Totônio Rodrigues pensaba siempre que era en San José.
Los hombres se ponían el sombrero salían echando humo
Y yo tenía rabia de ser un niño porque no podía ir a ver el fuego.

Calle de la Unión...
Qué bonitos eran los nombres de las calles de mi infancia
Calle del Sol
(Tengo miedo de que hoy se llame del Dr. Fulano de Tal)
Detrás de casa quedaba la calle de la Añoranza...
...adonde se iba a fumar a escondidas
En el otro lado estaba el muelle de la calle de la Aurora...
...adonde se iba a pescar a escondidas
Capiberibe
—Capiberibe
Allá lejos el pequeño sertón de Caxangá
Retretes de paja
Un día vi a una muchacha desnuda en el retrete
Me quedé inmóvil el corazón batiendo
Ella se rió
Fue mi primer deslumbramiento
¡Inundación! ¡Las inundaciones! Barro buey muerto árboles destrozos remolino desapareció
Y entre los pilares del puente del tren de hierro
los intrépidos caboclos en balsas de hojas de banano

Novenas
Caballadas
Y yo me recosté en el regazo de la niña y ella se puso
a pasar la mano por mis cabellos
Capiberibe
—Capiberibe
Calle de la Unión donde todas las tardes pasaba la negra de los plátanos
Con su vistoso chal de paño de la Costa
Y el vendedor de cañadú
El de cacahuetes
que se llamaban midubines y no eran tostados eran cocidos
Me acuerdo de todos los pregones:
Huevos frescos y baratos
Diez huevos por un peso
Tanto tiempo hace ya...
La vida no me llegaba por los periódicos ni por los libros
Venía de la boca del pueblo en la lengua equivodada del pueblo
Lengua acertada del pueblo
Porque él es el que habla sabroso el portugués de Brasil
Mientras que nosotros
Lo que hacemos
Es remedar cuales monos
La sintaxis lusa
La vida con una buena porción de cosas que yo no entendía bien
Tierras que no sabía por dónde quedaban
Recife...
Calle de la Unión...
La casa de mi abuelo...
¡Nunca pensé que fuese a acabarse!
Todo allí parecía impregnado de eternidad
Recife...
Mi abuelo muerto.
Recife muerto, Recife bueno, Recife brasileño
como la casa de mi abuelo.

9.8.06

George Duke y el Pan de Azúcar

Para calmar la saudade, que sigue, me he puesto a leer también O Rio de todos os Brasis, del economista Carlos Lessa. El Río de todos los Brasiles. La fecha es esta vez la del 9-III-2001. Se conserva la etiqueta de Sodiler, que era la librería del aeropuerto. Sí, lo recuerdo: compré ese libro poco antes de embarcar. Pensaba que volvería pronto y ya han pasado cinco años y cinco meses. Justo hoy. Pero ahora sólo quiero anotar una sensación. Mi tema favorito de A Brazilian love affair, el disco de George Duke que conocí por Losada, es "Sugar Loaf Mountain". Tiene un ritmo trepidante, perfecto para conducir; de hecho, le da un aire a la sintonía de Starsky y Hutch. Lo que yo no entendía es qué diablos tenía que ver con el Pan de Azúcar. Hasta que conocí los autobuses de Río de Janeiro. Viajar en ônibus es una de las experiencias más intensas que puede vivirse en la ciudad. Hay un trayecto irresistible, el que va de Ipanema a la Barra da Tijuca, con el autobús a toda pastilla por el borde de los acantilados de la Avenida Niemeyer, que es una locura de montaña rusa a pelo, sin raíles. Uno sale con la adrenalina a tope, maravillado. Sin duda, con la alegría del superviviente. Pero hay otro trayecto más sentimental: el de Copacabana al Centro. Resulta igualmente trepidante, pero la ausencia de acantilados le resta un poco de montañarrusismo. Se me olvidaba indicar que las frenadas secas, en las paradas y semáforos, y los abruptos acelerones para reanudar la marcha (que dejan tambaleándose en el pasillo a los pasajeros que acaban de entrar) son un ingrediente indispensable en la diversión. Diversión que yo no dudaría en calificar de dionisíaca. El caso es que el autobús ha dejado atrás Leme y el túnel y ha desembocado en la Bahía de Guanabara. Ya tenemos ahí el Pan de Azúcar. A lo largo de Botafogo y de Flamengo, le veremos bailar entre los trompicones. Aparecerá, desaparecerá, resurgirá entero, se quebrará, se exhibirá con perspectiva, esquinado, recatado, obsceno, de frente, de perfil, en calma, nervioso, doméstico, salvaje... y ni medio minuto seguido retendremos la misma visión. Es una postal caleidoscópica y sincopada, y si uno escucha entonces el tema de George Duke, comprobará que encaja a la perfección —en sus encajes y desencajes.

28.7.06

Bernhard como antídoto

Hay dos cosas que se han vuelto a poner de moda: la literatura en la que “pasan cosas” y el optimismo. Frente a ambas, desoladoras, hay un antídoto implacable: Thomas Bernhard.

La literatura en la que “pasan cosas” suele ser un coñazo que no hay quien lo aguante. Esa literatura se dice hecha para la diversión, pero en realidad sólo está hecha para que el autor recaude unos euros. Exactamente como pasa con los tunos. La tuna, que es, literalmente, el cachondeo por obligación, no divierte a nadie y su única función acaba siendo que los estólidos tunos se lleven su propina. Lo mismo ocurre con la literatura en la que, al parecer, “pasan cosas”, y en la que, realmente, lo único que pasa es que el autor se lleva unos euros. Ese es el único elemento susceptible de sorpresa y novedad: ¿cuántos euros va a llevarse el autor (¡y el editor!)? ¿A qué cantidad va a ascender su propina? El resto, el contenido de esa literatura en sí, es de lo más aburrido y previsible: y los códigos del viento, las catedrales de sábanas, los pintores de cruasanes y hasta los cursos de literatura para da vincis no son más que cansinas variaciones del “clavelito, clavelito”. Desengañémonos: en España, el único al que se puede leer realmente es a Javier Marías. Y, a nivel internacional (y ya póstumo), aunque traducido al español (¡por Miguel Sáenz!), a Thomas Bernhard. En sus novelas puede que no “pasen cosas”, pero sí que pasa algo: la literatura. Que es, por cierto, el único acontecimiento digno que puede pasar en una página.

Por otro lado está toda esa patulea de optimistas oficiales que responden a los ominosos nombres de Bucay, Coelho o Rojas Marcos y que, con su optimismo oficial, están conduciendo a la humanidad al borde del suicidio. Nada hay más deprimiente e invitador al suicidio que un blando optimista oficial. Salimos de la conferencia de un blando optimista oficial, por ejemplo del gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay, y el primer impulso es correr al otorrino para suplicarle una extirpación de oídos que nos impida ser ya susceptibles de volver a escuchar en ninguna otra ocasión futura al gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay. Bucay, Coelho y Rojas Marcos atufan el mundo con eso que yo llamo optimismo deprimente. En el lado opuesto estaría Thomas Bernhard, que perfuma el mundo con eso que yo llamo pesimismo exaltante. Una vez propuse un experimento, y cualquier antropólogo que quiera probar científicamente esta división mía no tiene más que llevarlo a la práctica. Se trataría de meter en dos chalets iguales a sendos grupos equivalentes de personas y mantenerlas encerradas en ellos durante, digamos, cien días. A los habitantes del chalet A se les daría como única lectura libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. A los del chalet B, sólo libros de Thomas Bernhard. Pues bien: afirmo que el índice de suicidios, al cabo de los cien días, sería infinitamente superior en el chalet A. Los habitantes del chalet A andarían pegándose cabezazos contra las paredes, y arrojándose los unos a los otros los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, de hecho no cesarían de torturarse y descalabrarse los unos a los otros con los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, y los más afortunados lograrían desarrollar un método para suicidarse autogolpeándose certeramente en la nuca con un libro de Bucay, Coelho o Rojas Marcos, y así poderse librar definitivamente de los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. Por el contrario, los habitantes del chalet B habrían formado una comunidad carcajeante que comentaría y se intercambiaría con gusto y avidez los libros de Thomas Bernhard, y no querrían que el encierro se acabase nunca, al menos no en tanto a cada uno le quedase todavía algún libro de Thomas Bernhard por leer, y cuando finalmente llegase la hora de salir, lo harían como unas motos y con ganas de comerse el mundo...

Porque este es el secreto; este es, como diría Salinger, el maldito secreto: los libros que nos exaltan no son los que acumulan banalidades con apariencia de acontecimientos, y que no son sino síntomas de una incapacidad cerval para la diversión, sino aquellos en los que el principal acontecimiento es la literatura, que es un acontecimiento que nos divierte muchísimo; no aquellos libros que nos sustituyen la vida por un sucedáneo para que la podamos digerir blandamente, sino los que nos arrojan a la cara, o nos meten por la boca, la indigestibilidad esencial de la vida, para que comprobemos cómo, a pesar de todo, nos la podemos comer, y la digerimos, y hasta nos gusta, y nos carcajeamos por ello, y aprendemos entonces con orgullo que esto que decimos amar ardientemente no es un potito bledine (¡un potito Bucay!), sino un jabalí crudo (¡un jabalí Bernhard!) que sí que merece el nombre de vida.

[Publicado en Kiliedro]

19.5.06

El aprendiz al sol



"Tener el aprendiz al sol es la leyenda de un dibujo que representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea." (Marcel Duchamp)

"En la juventud es frecuente una atmósfera general lóbrega, cual si el otoño proyectase sus sombras por adelantado. Poco a poco va aclarándose la vista; también a vivir hay que aprender." (Ernst Jünger)