20.2.25

No hay más Europa que la que arde

Como buen europeo acolchado, la crisis que se avecina (en la que ya estamos, de hecho: y no es una crisis económica, sino bélica) la sigo en los libros. La emulsión frenética de los periódicos (tan europea también, por otra parte) no es nada comparada con las cristalizaciones de la historia. Estas se resquebrajan a veces como si un mamut saliera del hielo.

Llevaba unas semanas deleitándome con El genio austrohúngaro, el libro de William M. Johnston que causó sensación cuando lo editó KRK en 2009. Su edición original es de 1972 (con algunas reediciones aún en inglés) y se titula The Austrian mind. Se ve claro que la Unión Europea es un remedo de Roma en primer lugar y del Imperio Austrohúngaro en segundo lugar. Aunque en ambos casos sin emperador. Y sin ejército.

La comparación tanto con Roma como con el Imperio Austrohúngaro se refiere ya a sus fases terminales. En El genio austrohúngaro se ve la Europa de hoy, pero sin genios. Su gran problema era también el nacionalismo (como en España, tan austrohúngara ella misma). Conmueve la pobreza posterior a la derrota en la Primera Guerra Mundial y la disolución del Estado. Una Austria miserable, como volvería a verse tras la Segunda Guerra Mundial (esta la describe muy bien Thomas Bernhard en El origen).

Uno lee como si fuera otro mundo, pero de pronto cae: ¡solo hace un siglo, o menos de un siglo! En España igual: todavía nuestros padres, y no digamos nuestros abuelos, padecieron la miseria. Es nuestro mundo. Pasó y puede pasar. El pasado es lo que se avecina. La envidiable prosperidad europea ha sido quizá un paréntesis.

Ernst Jünger hablaba de las ilusiones ópticas en tiempos de paz. En ellas nos hemos criado. En La emboscadura viene este conocido pasaje: "Los periodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas. Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio se funda en la Constitución, se encuentra asegurada por ella. En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de la casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha en la mano". (Iba contra los nazis, aunque lo celebren nuestros trumpistas.)

En la reunión de dirigentes europeos de esta semana no pude evitar acordarme de otra sentencia de Jünger: "Una de las notas características y específicas de nuestro tiempo es que en él van unidas las escenas significativas y los actores insignificantes". Actores significantes son ahora Trump, Putin y Xi Jinping. Se van a repartir el mundo como leones hambrientos. La democracia liberal ha sido tal vez otra gran ilusión óptica. Al fin y al cabo, iba contra el espíritu depredador del ser humano. Cuando leí 1914, de Margaret MacMillan, me espanté con la calaña de los dirigentes mundiales del momento. Eran algo así como presidentes autonómicos españoles pero armados hasta los dientes. Con tipos así volvemos a estar.

No hay más Europa que la que arde, que la que ardió. No sé si tenemos instinto ya para sostener nuestra ilusión óptica, en la que hemos hecho la vida.

Para acabar con Jünger: auguraba un futuro terrible en Los titanes venideros. Solo llegó a conocer de un modo incipiente las nuevas tecnologías, pero lo que dijo de las anteriores vale. Jünger, además del cultivo de un jardín (metafófico y no), recomienda frialdad: "sobre un pantano helado se avanza con más seguridad y rapidez".

Los librescos no pensamos hacer nada, pero veremos alzarse ante nosotros lo que leímos en los libros. No está descartado que eso que se alce nos lleve también.

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