18.1.21

Mujeres potentes

El azar, guiado por el instinto lector, junta a veces libros que se refuerzan mutuamente. Esta Navidad me ocurrió con Persépolis, de la iraní Marjane Satrapi (Reservoir Books), y La potencia femenina, de la alemana Svenja Flasspöhler (Taurus). Los leí a la vez y Satrapi parecía ponerle carne a lo que decía Flasspöhler y Flasspöhler extraer la filosofía de lo que contaba Satrapi.

El cómic o novela gráfica Persépolis era una de mis lagunas, que he leído después de casi veinte años, cuando ya la ha leído todo el mundo y hasta se ha hecho la película. Pero yo voy a mi ritmo y no me arrepiento. Además, el ir rezagado y leer la obra en un contexto posterior dispensa matices distintos, no siempre crepusculares. Esta vez me he quedado helado al ver las similitudes entre los represores clérigos iraníes y el feminismo que defienden nuestros podemitas. Al final, la financiación de Irán no se saltaba ningún dogma (desde el punto de vista de Irán).

Persépolis, ya saben, cuenta la historia de la propia autora bajo el actual régimen iraní, sin olvidarse del también criminal régimen anterior, más su estancia de unos años en Alemania (donde los clérigos cristianos tienen pruritos que le recuerdan a los islamistas). Lo emocionante es cómo la vida y el deseo de libertad combaten a los represores o se cuelan por los resquicios que pueden. La historia de Satrapi contagia esas ganas y transmite, al cabo, la euforia de las mujeres potentes. Uno de los trucos represores de los guardianes de la revolución, por cierto, consiste en llamar “hermano” y “hermana” a aquellos a quienes reprimen. ¿Les suena?

Me hice con La potencia femenina porque me interesó lo que decía de la autora Manuel Arias Maldonado en su (Fe)Male Gaze (Anagrama). Frente al feminismo victimista, que en fin de cuentas reproduce la imagen apocada que el patriarcado fabricó de la mujer, Flasspöhler propone una “nueva feminidad” fundada en la potencia. “La mujer potente –escribe Flasspöhler– no es aquella que traduce por completo su feminidad a la realidad, sino más bien la que obtiene su fuerza de la posibilidad. Yo puedo, pero no es mi deber; lo fundamental es que sea lo que soy”. Su punto de partida es el siguiente:
Legalmente, el patriarcado pertenece al pasado. La mujer potente lo ha superado incluso en el plano psicológico. Se ha deshecho del pudor y del afán de gustar como de un vestido viejo. Su acceso al placer es inmediato. Su voluntad, obstinada. No es un espacio en blanco; no existe para el hombre ni por el hombre. Lejos de ser un reflejo del poder masculino, es otro ser con igual valor que el hombre, pero diferente de él.
Flasspöhler considera una regresión que, con la posibilidad de que disponen, las mujeres se replieguen en concepciones de sí mismas desactivadoras. Del #MeToo, por ejemplo, escribe lo que decíamos: que “en lugar de romper una imagen profundamente patriarcal de la mujer, caracterizada por la pasividad y la negatividad, la reafirma”. Denuncia el afán de este movimiento por poner en la picota a sus acusados: “La nota regresiva del movimiento #MeToo es bien visible en este punto: lo que aparece envuelto en un manto de progreso es en realidad un paso atrás; literalmente, un retroceso a la Edad Media”. En esto yo veía también el régimen de Persépolis, y más aún en esto que añade Flasspöhler:
El objetivo de la picota #MeToo es claro: intimidar y disuadir. El castigo, ejemplar. “¿Ves? Esto te sucederá si te comportas así. Caerás en desgracia. Y si eres un artista, hasta tus obras serán malditas”.
La mujer debe liberarse de la “moral de esclavos” debilitadora de que hablaba Nietzsche. “Si nos fijamos bien –dice Flasspöhler–, el poder masculino se desmorona en todas partes. ¿Por qué entonces ese extraño afán por aferrarse al discurso victimista?”. Y concluye con este llamamiento:
Dejemos, pues, de respaldar el poder masculino mostrándonos más débiles de lo que en realidad somos. Empecemos ya a hacer realidad lo posible. Ahora mismo.
La potencia femenina y Persépolis son dos libros, en fin, que recomiendo vivamente: aire limpio, estimulante. La vieja alegría de la mujer libre. 

* * * 

12.1.21

El pecador nietzscheano

Todo iba demasiado rápido. Me aficioné a la revista Estetas y decadentes. Poco después me soltó un amigo al que me acababan de presentar –era nuestra primera conversación–: “Estoy hasta los huevos de estetas y decadentes”. Eran los ochenta. Él tenía dieciocho años y yo diecinueve. Yo había escrito un poemita que terminaba con estos dos versos: “Soy un anciano / de diecinueve años invividos”. Pero la frase de mi nuevo amigo me hizo estar también hasta los huevos de estetas y decadentes.

No por ello me volví ascendente. En realidad, estaba hasta los huevos de mi situación, a la que no le veía salida. El hastío de todo no dependía de la voluntad, sino de la sobresaturación. Vivía el spleen de Baudelaire, no era una pose: “Albergo más recuerdos que si tuviera siglos”. Y (también en la versión de Sarrión): “Yo soy como el monarca de un lluvioso país, / rico, mas impotente, joven, pero decrépito, / que, despreciando halagos de sus educadores, / se aburre con sus perros y animales domésticos”.

El mundo y la juventud estaban ahí, pero también la acumulación, el cansancio de lo repetido, la convicción de que casi todos los movimientos de la historia habían sido para el desastre.

Cioran inoculaba la inacción, con aforismos tan arrebatadores como: “Fundar una familia. Creo que me hubiera sido más fácil fundar un imperio”. Su idea era que toda acción era demoníaca, y a mí, que no me hubiera importado actuar como un demonio, me parecía exagerado ponerme en ese plan. También el malditismo me parecía una impostación. Era una posibilidad repetida, como todas las demás. (En el fondo –me doy cuenta ahora– no me abandonaba el afán de ser único; o, por qué no decirlo, puro: un cierto puritanismo latía, naturalmente.)

El instinto vital se ahogaba, por exceso de autoconsciencia. Otro de mis inoculadores de pasividad, Pessoa, había hecho el diagnóstico adecuado: “La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”. Y así estaba yo, con el corazón casi parado por hipercerebración. Octavio Paz había hablado de “la mirada ciega de mirarse mirar”, que es lo mismo que decir con la picha hecha un lío.

Gil de Biedma, por su parte, describió bien la sensación: “La vida, sin embargo, tenía extraños límites, / y lo que es más extraño: una cierta tendencia / retráctil”. Y: “De la vida me acuerdo, pero dónde está”. Lo curioso es que este último verso es de un poema sobre la vejez y yo estaba en la flor de la edad, como quien dice. Pero tenía un enorme atractivo su programa decadente: “No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia.”

Nuestro gran promotor del decadentismo (con su esteticismo y su dandismo), Luis Antonio de Villena, era mi ídolo, por supuesto. También él ofrecía su programa: “Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa...”. Que terminaba aceptando con deportividad el probable hundimiento de los años: “Y si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno”. En Verlaine se había inspirado para otro verso suyo juvenil: “Nosotros, lento Imperio al fin de la decadencia”.

Hasta Borges me prestaba su espíritu de senectud en el prólogo de su último libro: “A nadie puede maravillar que el primero de los elementos, el fuego, no abunde en el libro de un hombre de ochenta y tantos años. Una reina, en la hora de su muerte, dice que es fuego y aire; yo suelo decir que soy tierra, cansada tierra”.

El problema es que mi gran ídolo –por encima de Baudelaire, Cioran, Pessoa, Octavio Paz, Gil de Biedma, Luis Antonio de Villena y Borges– era Nietzsche, el mayor vitalista, el mayor antidecadentista. Por eso el vitalismo que no me salía y el decadentismo que sí hacían que me sintiera culpable. Al final me las había arreglado para desembarazarme de toda religión pero ser pecador del nietzscheanismo, que era mi única “religión”. Una ruina de negocio, el mío.

Pero todo esto es de cuando yo era joven. La gracia, el descubrimiento, es que uno va cumpliendo años y las brumas se disipan. Ahora estoy hecho un chaval.

* * * 

4.1.21

Vargas Llosa y Savater

Un libro, cuyo título diré enseguida, ha hecho que piense en Mario Vargas Llosa y Fernando Savater juntos. Esto ya ocurrió, en realidad, cuando el premio Planeta de 1993, en que Vargas Llosa fue ganador con Lituma en los Andes y Savater finalista con El jardín de las dudas: una de esas veces (no tan abundantes) en que el premio decide premiarse a sí mismo. Yo, que era lector de cada uno por separado, los vi unidos y me gustó. Aunque mi corazoncito siempre ha estado más con Savater.

El libro de ahora es Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater. Un ensayo dialogado, que ha publicado José Lázaro en Triacastela. Es un libro de lector, algo caprichoso como es propio de todo lector, y también con sus ventajas. Parte del artificio de emparejar a los dos autores, no ya por el azar de un premio, sino conceptualmente, pero el resultado es de interés. Lázaro les hace todas las preguntas sobre sus trastiendas intelectuales que les quisimos hacer siempre, y Vargas Llosa y Savater responden. Se sitúan un paso por encima, autorreflexivamente, de sus declaraciones habituales. Por eso el libro es recomendable.

Hay entrevistas con cada uno, diálogos entre los dos, muchos textos del pasado que se insertan (el libro es además una buena antología) y reflexiones y preguntas del propio Lázaro, formando un conjunto heterogéneo que sin embargo fluye.

Hablan de todo, y lo hacen racionalmente, con espíritu ilustrado, de librepensadores. Son progresistas –uno desde el liberalismo, otro desde la socialdemocracia– en lo fundamental, un aspecto en el que insiste acertadamente Lázaro. El eje no está en izquierda-derecha, sino en progreso-reacción: por eso hay izquierda y (naturalmente) derecha reaccionarias. La gloria de Vargas Llosa y Savater es que todos los pasos que han dado los han dado explicándolos: no son santones rígidos, sino pensadores que se mueven. El precio es que no se les prodiga un elogio –cuando se les prodiga– sin el insidioso añadido de “con el que no siempre estoy de acuerdo”.

Pero la vida va por otro lado, en paralelo al del intelecto, y no puedo terminar sin una imagen que me conmovió. Fue hace unos años, en que, con motivo de no recuerdo qué ceremonia, Vargas Llosa apareció por primera vez con Isabel Preysler. La cámara enfocaba una escalinata por la que descendía la pareja triunfal. Pero por arriba entraba en plano un Savater despistado, viudo, casi borroso, hasta perderse de nuevo. Y yo me quedé ya con su hueco, mientras el otro brillaba.

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31.12.20

Lecturas 2020

Las lecturas van en el orden en que las hice (casi todas según las empecé; unas pocas según las retomé o terminé). Como siempre, un porcentaje (calculo que el 10%) fueron en diagonal. Las que he abandonado (algunas hay), naturalmente, no las pongo.

1. Borges. Adolfo Bioy Casares.
2. Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes (ed. A. Trapiello). 
3. Itabira (Antología). Carlos Drummond de Andrade (ed. P. del Barco). 
4. Las caídas de Alejandría. Luis Antonio de Villena. 
5. Contratextos. Sebastião Uchoa Leite (ed. A. Montejo). 
6. El corazón de la fiesta. Gonzalo Torné. 
7. Cuadernos (1957-1972). Emil Cioran. 
8. Cabeza de hombre. Armando Freitas Filho (tr. A. Montejo). 
9. Toma de tierra. Armando Freitas Filho (tr. A. Montejo). 
10. Correspondencia celeste. Nueva poesía brasileña (1960-2000) (ed. A. Montejo). 
11. Nostalgia del soberano. Manuel Arias Maldonado. 
12. Grandes galeones bajo la luz lunar. Luis Antonio de Villena. 
13. Una buena hora. Alejandro Simón Partal. 
14. República de Viento. Aurelio Asiain. 
15. No entres dócilmente en esa noche quieta. Ricardo Menéndez Salmón. 
16. Yas. Eduardo de los Santos. 
17. Octavio Paz: un camino de convergencias. Juan Malpartida. 
18. Días finales en Grecia (Cavafis, Gil de Biedma). Gustavo Durán. 
19. A infância de Portinari. Mário Filho. 
20. Cândido Portinari (1903-1962). Pinturas e desenhos. Pinakotheke. 
21. Gente que se fue. David Gistau. 
22. Diario de cabotaje. Una inmensa soledad. Rafael García Maldonado. 
23. Lo mucho que te amé. Eduardo Sacheri. 
24. Río que vuelve. Juan Malpartida. 
25. Reina. Elizabeth Duval.
26. “La caída de Roma”. W. H. Auden (trs. E. Iriarte / Víctor V. Úbeda). 
27. Una Odisea. Daniel Mendelsohn. 
28. La luz del sol. Álvaro Galmés Cerezo. 
29. Niveles de vida. Julian Barnes. 
30. Cancionero. Petrarca (ed. Á. Crespo). 
31. Descartes, por detrás. Paul Valéry. 
32. Portinari, amico mio. Cartas de Mário de Andrade a Candido Portinari (ed. A. Fabris). 
33. El tiempo amarillo. Fernando Fernán Gómez. 
34. Epigramas eróticos griegos. Antología palatina (libros V y XII) (eds. G. Galán y M. Á. Márquez).
35. Discurso del método. René Descartes. 
36. Cuatro cuartetos. T. S. Eliot (ed. E. Pujals). 
37. Días y noches. Andrés Trapiello. 
38. Montauk. Max Frisch. 
39. Memoria y vida. Henri Bergson (ed. G. Deleuze). 
40. Doble vida y otros escritos autobiográficos. Gottfried Benn. 
41. Serotonina. Michel Houellebecq. 
42. Excepción. Elizabeth Duval. 
43. Lo que fue presente (Diarios 1985-2006). Héctor Abad Faciolince. 
44. Los últimos románticos. Txani Rodríguez. 
45. A propósito de nada. Woody Allen. 
46. Um dia chegarei a Sagres. Nélida Piñon. 
47. La piel. Sergio del Molino. 
48. Let them call it jazz and other stories. Jean Rhys. 
49. Mar. Sophia de Mello Breyner Andresen. 
50. La gaya ciencia. Friedrich Nietzsche (ed. J. L. Vermal). 
51. Arcano 17. André Breton. 
52. Tratado de sortilegios. Óscar Hahn. 
53. Youth: A narrative. Joseph Conrad. 
54. Los espíritus de Fellini. José Luis de Vilallonga. 
55. El Estado mundial. Ernst Jünger. 
56. Amor intempestivo. Rafael Reig. 
57. La tierra baldía. T. S. Eliot (tr. Sanz Irles). 
58. The waste land. T. S. Eliot. 
59. La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Junot Díaz. 
60. Agitación. Jorge Freire. 
61. Un hipster en la España vacía. Daniel Gascón. 
62. Ella pisó la Luna. Belén Gopegui. 
63. Spain. The centre of the world 1519-1682. Robert Goodwin. 
64. Poesías. Saint-John Perse (tr. E. Moreno Castillo). 
65. Cuaderno de Talamanca. Ibiza (31 de julio-25 de agosto de 1966). Emil Cioran. 
66. Así es como la pierdes. Junot Díaz. 
67. Aquí viven leones. Fernando Savater y Sara Torres. 
68. La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán. Manuel Alberca. 
69. Poeta en Pekín. Joaquín Campos. 
70. Poema a la duración. Peter Handke (tr. E. Barjau). 
71. Claves líricas. Ramón del Valle-Inclán. 
72. Diario del Renacimiento. Campos Reina. 
73. Todavía. Apuntes de diario (2011-2015). Sergio Suárez. 
74. Los tres días. Esperanza López Parada. 
75. Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial. René Taylor. 
76. Asimetría. Adam Zagajewski (tr. X. Farré). 
77. El mal de Corcira. Lorenzo Silva. 
78. Plan de evasión. Adolfo Bioy Casares. 
79. Antología bilingüe. Emily Dickinson (tr. A. Rodríguez Monroy). 
80. Deshabitar. Lara Moreno. 
81. Lo viral. Jorge Carrión. 
82. La vida descalzo. Alan Pauls. 
83. Pisando ceniza. Manuel Arroyo-Stephens. 
84. El cohete y la estrella / La cabeza a pájaros. José Bergamín. 
85. Listas, guapas, limpias. Anna Pacheco. 
86. Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza. Vicente Valero. 
87. Historias y relatos. Walter Benjamin. 
88. Mi Ibiza privada. Antonio Escohotado. 
89. Un amor. Sara Mesa. 
90. Las sustituciones. Santiago Casero. 
91. Minucioso e infinito. Un viaje en torno a los rituales. Ignacio Jáuregui Real. 
92. Fervor de Buenos Aires. Jorge Luis Borges. 
93. Luna de enfrente. Jorge Luis Borges. 
94. Cuaderno San Martín. Jorge Luis Borges. 
95. Poética y poesía. Vicente Valero. 
96. El hacedor. Jorge Luis Borges. 
97. El otro, el mismo. Jorge Luis Borges. 
98. Para las seis cuerdas. Jorge Luis Borges. 
99. Elogio de la sombra. Jorge Luis Borges. 
100. El oro de los tigres. Jorge Luis Borges. 
101. La rosa profunda. Jorge Luis Borges. 
102. La moneda de hierro. Jorge Luis Borges. 
103. Historia de la noche. Jorge Luis Borges. 
104. La cifra. Jorge Luis Borges. 
105. Los conjurados. Jorge Luis Borges. 
106. Atlas. Jorge Luis Borges. 
107. Fuera, en la oscuridad. Eduardo Jordá. 
108. Jorge Luis Borges, la ironía metafísica. Fernando Savater. 
109. Viajeros contemporáneos. Ibiza, siglo XX. Vicente Valero. 
110. Diario de un acercamiento. Vicente Valero. 
111. Medio siglo con Borges. Mario Vargas Llosa. 
112. El final de la aventura. Antonio García Maldonado. 
113. Antes del Paraíso. Pedro Ugarte. 
114. Panza de burro. Andrea Abreu. 
115. Manifiesto arquitectónico paso a paso. Un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. David García-Asenjo Llana. 
116. Las maravillas. Elena Medel. 
117. "Las ruinas circulares". Jorge Luis Borges. 
118. "El Sur". Jorge Luis Borges. 
119. "La busca de Averroes". Jorge Luis Borges. 
120. Textos cautivos. Jorge Luis Borges. 
121. José Carlos Llop: una conversación. Daniel Capó y Nadal Suau. 
122. Poética y poesía. José Carlos Llop. 
123. Diario de un escritor burgués. Francisco Umbral. 
124. Elegías romanas. Goethe (tr. J. Munárriz). 
125. "La supersticiosa ética del lector". Jorge Luis Borges. 
126. "La postulación de la realidad". Jorge Luis Borges. 
127. "El arte narrativo y la magia". Jorge Luis Borges. 
128. "Kafka y sus precursores". Jorge Luis Borges. 
129. "La noche de los dones". Jorge Luis Borges. 
130. "La muerte y la brújula". Jorge Luis Borges. 
131. "Hombre de la esquina rosada". Jorge Luis Borges. 
132. "La forma de la espada". Jorge Luis Borges. 
133. Tercer acto. Félix de Azúa. 
134. Madrid. Andrés Trapiello. 
135. Desde las ruinas del futuro. Manuel Arias Maldonado. 
136. Vita Nova. Louise Glück (tr. M. Peyrou). 
137. "El día de difuntos de 1836". Mariano José de Larra. 
138. "La Nochebuena de 1836". Mariano José de Larra. 
139. Inventario del paraíso. Víctor Colden. 
140. Seré feliz mañana. Xacobe Pato. 
141. Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011). Ignacio Peyró. 
142. El don de la siesta. Miguel Ángel Hernández. 
143. San, el libro de los milagros. Manuel Astur. 
144. Leontiel. Novela retórica. Sanz Irles. 
145. Galdós. Una biografía. Yolanda Arencibia. 
146. Fortunata y Jacinta (I). Benito Pérez Galdós. 
147. La belleza del marido. Anne Carson (tr. A. Jaume). 
148. Paisaje con grano de arena. Wislawa Szymborska (trs. A. Mª Moix y J. W. Slawomirski).
149. Ararat. Louise Glück (tr. A. Gragera). 
150. Ganarse la vida. David Trueba. 
151. Averno. Louise Glück (trs. A. Gragera y R. Miguel Franco). 
152. Una vida de pueblo. Louise Glück (tr. A. Salas Hernández). 
153. "El comediante como letra C". Wallace Stevens (tr. J. L. Rey). 
154. "Miquiño mío". Cartas a Galdós. Emilia Pardo Bazán. 
155. Gracias, asesino. Bosco Esteruelas. 
156. Roma. Manuel Vilas. 
157. Fortunata y Jacinta (II). Benito Pérez Galdós. 
158. El gran número, Fin y principio, y otros poemas. Wislawa Szymborska (eds. M. Filipowicz-Rudek y J. C. Vidal). 
159. Las cosas como son y otras fantasías. Pau Luque. 
160. Días felices en Argüelles. Francisco Umbral. 
161. Feria. Ana Iris Simón. 
162. El vaso medio lleno. Enrique García-Máiquez. 
163. Gatuperios. Antonio Pau. 
164. El lugar del paraíso. Clément Rosset. 
165. Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater. Un ensayo dialogado. José Lázaro. 
166. Maestras de vida. Biografías y bioficciones. Manuel Alberca. 
167. La potencia femenina. Por una nueva feminidad. Svenja Flasspöhler. 
168. El tiempo (¿pasa?). Étienne Klein. 
169. La revolución de las flâneuses. Anna Mª Iglesia. 
170. Clarice Lispector. Laura Freixas. 
171. Regreso al Edén (cómic). Paco Roca. 
172. "Cuaderno de bitácora". Jónatham F. Moriche. 
173. Persépolis (cómic). Marjane Satrapi. 
174. Los milenios. Miguel Romero Esteo. 
175. Una vocación de editor. Un acercamiento personal a la figura y la labor editorial de Claudio López Lamadrid. Ignacio Echevarría. 
176. Centroeuropa. Vicente Luis Mora.
177. El misterioso caso del asesinato del arte moderno. Javier Montes. 
178. La forastera. Olga Merino.
179. Antología poética. Wislawa Szymbroska (tr. Elzbieta Bortklewicz).
180. Pensamientos estériles. Luna Miguel.
181. El cuento de invierno. William Shakespeare (tr. L. Astrana Marín). 
182. Hasta aquí. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y G. Beltrán).
183. El arte de la fuga. Vicente Valero.

28.12.20

Acuarela de Brasil

No me gustó la película Brazil de Terry Gilliam, pero mis amigos del colegio mayor me la hicieron ver dos veces en aquellos domingos vacíos de la Ciudad Universitaria. Me dejó, sin embargo, un poso que no me han dejado otras películas que sí me gustaron.

Era un distopía, inspirada en 1984 de George Orwell, que mostraba un mundo mecanizado, desalmado, cruel. De vez en cuando en la mente del protagonista se abría una figuración de vida verdadera –colorida, cálida– mientras sonaba “Aquarela do Brasil”. Aunque la versión de la película es un poco irónica, representaba ese anhelo de lo no vivido: una especie de sombra de color –situada en ningún sitio– de la existencia oscura.

En el centro de mi 2020 está también esa ausencia, encarnada precisamente en Brasil. En mayo tenía un viaje de una semana a Río de Janeiro, con motivo de unas jornadas en el Instituto Cervantes en las que también iban a participar, por España, Juan Manuel Bonet y Andrés Trapiello. A Jaime Llopis, valenciano que vive y trabaja allí, se le ocurrió que hablásemos del Quijote, del poeta Carlos Drummond de Andrade y del artista Cândido Portinari, a partir de unas pinturas de este sobre el libro de Cervantes que inspiraron a Drummond unos poemas.

Me hacía ilusión que Brasil apareciese en los diarios de Trapiello. Y me hacía más ilusión aún volver a Brasil veinte años después de mi primer viaje (y diecinueve después del último). Yo entonces vivía en Madrid y, a mi regreso, solía montarme en la recién inaugurada línea de metro a Barajas y deambular por el aeropuerto. Me dedicaba a escribir guiones y aquel itinerario me servía para pensar. Pero la razón primera, como les decía a mis amigos, era que Barajas es la zona de Madrid más cercana a Río de Janeiro.

Cuando empezó 2020 estaba ese sol de Brasil en el calendario. Junto a ese sol que no salió, hay un montón de cosas que no sucedieron. Sucedieron en su lugar otras, porque siempre sucede algo. Pero eso no impide que tengamos a este año por un sucedáneo, por un impostor. Muchas vidas se han perdido, y otras muchas han variado su trayectoria, quizá irreparablemente.

Me gusta pensar ahora que lo bueno que no sucedió sigue ahí, aunque no lo tengamos. Preservado en el cofre donde no lo desgasta el tiempo. Hay un 2020 irreal pero mejor, que entrevemos, sin poder tocarlo, cuando suena “Aquarela do Brasil”.

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26.12.20

La Nochebuena perfecta

[Dietario]

Zapatos rojos. Mañana lluviosa. Me apresuro al trabajo sin otro interés que llegar al metro. Me gustan los días desapacibles, pero esta vez tengo prisa. De pronto, una inesperada nota de color: el bolso y los zapatos rojos de una anciana. Va junto a otra, cada una con su paraguas. Caminan trabajosamente, pero la de los zapatos rojos tiene eso que reclaman los rockeros: actitud. Me acuerdo de la felicidad de Ratzinger cuando lo hicieron papa: cuando salió llevaba unos zapatitos rojos con una ilusión que borró su imagen de cardenal iracundo. Isabel Cabrera me cuenta que vio a otra anciana con zapatos rojos por el centro. Hablamos de lo admirable que es ese empeño discretamente llamativo, que expresa un afán por no rendirse, por ir dejando pinceladas en la cotidianidad gris.

Alcornoque. Mi madre (80 años) no puede ya con Trump, con su resistencia a reconocer que ha perdido: “Hay que ser alcornoque”, le dice al televisor. Una respuesta malagueña en toda regla. Hace años, cuando se pusieron de moda los culebrones venezolanos, le pregunté si le resultaba extraño aquel modo de hablar. Me respondió que no, que lo entendía sin problema... “¿pero por qué dicen lo botan en vez de lo espachan?”.

Hilo musical. Tarde nublada con viento y frío; a ratos, lluvia horizontal. No hay un alma en el Muelle Uno, salvo la mía. He quedado después y hago tiempo mirando las gaviotas, posadas multitudinariamente en el agua. Unas hojas de otoño, que han volado al mar desde el Parque, flotan a mis pies, componiendo una metáfora de la estación. Todo invita al recogimiento; del que me saca a patadas el hilo musical. Días después, cuando me meto bajo el alumbrado de calle Larios, no doy crédito a que suene el Aleluya a todo volumen. La música se interrumpe cada pocos minutos con instrucciones sanitarias. No creo que estas compensen los nervios que le destrozan a la población. El efecto, por lo demás, es siniestro. Málaga parece estos días un supermercado de la sordidez.

Villancico. En El Corte Inglés suena un villancico demoledor, con un verso que capto de repente: “El niño que está en la cuna en una cruz morirá”. A esta contracción de la existencia fue sensible T.S. Eliot, que en su poema sobre los Reyes Magos pone en boca de estos: “Este Nacimiento fue / dura y amarga angustia para nosotros, como Muerte”. Quevedo habló también de que están juntos “pañales y mortaja”. Pero sigue el villancico, con su letra camuflada bajo el tono alegre y rutinario de todo villancico, y los clientes seguimos con nuestras compras.

Stella Maris. El arquitecto David García-Asenjo ha escrito el estimulante Manifiesto arquitectónico paso a paso. Un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. Parte de la observación de que muchas de las iglesias construidas en España desde la segunda mitad del siglo XX son obras de arquitectura contemporánea, y que ellas supusieron para buena parte de la población su primer contacto con este tipo de arquitectura. Es verdad, eran construcciones raras en cuya condición reparo ahora gracias a este libro. García-Asenjo analiza bastantes, casi todas de Madrid. No hay ninguna de Málaga, aunque el autor me dice que tenemos una excelente: la iglesia de Stella Maris, construida por García de Paredes en 1961. Confieso que no había entrado nunca, aunque sí me había fijado en su mole de ladrillo visto: una declaración de sobriedad. El otro día, pasando por la Alameda, la vi abierta y me asomé. Es preciosa: una calidez geométrica, acogedora, con la luz precisa. Un refugio en el corazón de la ciudad. Era media mañana y había unos cuantos fieles en los bancos. El toque pandémico: antes de la pila del agua bendita estaba el dispensador de hidrogel.

Enmascarillados. Tengo nuevos compañeros de trabajo y no conozco sus caras, porque la jornada la pasamos con la mascarilla. Lo sorprendente es que no hacen falta. Ellos y ellas tienen una expresividad propia, fundada en la voz, en los gestos, en la mirada. Después de dos semanas, uno se levanta la mascarilla para beber y le veo por primera vez la boca: es un elemento intruso, que desarbola la imagen que ya me hice de él.

La Nochebuena perfecta. Ahora que se pide distancia social hasta en Nochebuena, recuerdo al autor de teatro Miguel Romero Esteo, que fue profesor mío en la universidad. Su distancia social era absoluta y por ello dio con la Nochebuena perfecta. Me lo encontré la tarde de un 24 de diciembre por el paseo marítimo: era aficionado al sol de invierno, como yo. Fuimos a tomar una caña junto a los astilleros Nereo. Al despedirnos (él vivía por allí, solo) le pregunté si tenía algo pensado para esa noche. “Me ha invitado Enrique Baena, pero lo que voy a hacer es quedarme en mi casa, cenar un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas”.

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23.12.20

Navidades raras

Lo más raro de estas Navidades es que estarán a la altura de nosotros los misántropos. Pero habrá sido por una confusión: los misántropos no queríamos esto. Nuestro juego era dialéctico, pugilístico. Nos metíamos con las Navidades, pero queríamos que las Navidades estuvieran ahí. Sabíamos, además, de la insignificancia de nuestra queja, y por eso a lo mejor acentuábamos nuestro teatro. Éramos como Jerjes dándole latigazos al mar tras la tempestad que destruyó sus naves. El mar, naturalmente, ni se inmutaba.

Y este año, de repente, se ha inmutado. Ocurrió ya con la Semana Santa y la Feria: como si se hubieran cumplido nuestros sueños cenizos. Pero ha sido un error. No era eso lo que queríamos, no era eso: lo que nos gustaba era pasear nuestra ofuscación entre las luces y los villancicos. Celebrábamos también la Navidad pero a nuestro modo, que era a la contra. Vertíamos nuestra amargura en el océano de miel, seguros de que no íbamos a amargarlo. Nuestra tiniebla se recortaba contra un fondo de luminosidad apabullante.

Aquello tenía gracia (para nosotros la tenía), pero esto no. Que la realidad se haya vuelto misantrópica, que haya sintonizado con nosotros, no nos hace ninguna gracia. Ya no hay contraste entre nuestra tristeza y la alegría ambiente; con lo que nos sostenía, a pesar de todo, la alegría ambiente. Hay un continuum muy pesado, en el que quizá por vez primera nos hemos dado cuenta de nuestra pesadez. Unas Navidades a nuestra medida es lo peor que nos podía pasar. ¿Dónde vamos ahora a refugiarnos? Aunque tendíamos a reconcentrarnos, agradecíamos que hubiese al menos posibilidad de distracción...

Escribo mientras en la tele preparan el bombo de la lotería de Navidad. Las bolas son como las gotículas que transmiten el virus, si bien la posibilidad de que nos toquen es menor. Hasta el dinero parece poco, puesto que el mundo falla. Ya empiezan los niños de San Ildefonso con su cantinela. Pensé que iban a llevar mascarillitas. El espectáculo más melancólico de estos meses ha sido el de las mascarillas de los niños. Aunque tienen la elegancia de llevarlas como en un juego.

Lo peor de este 2020 es que no acabará con las uvas. Es un año largo: se prolongará más allá del almanaque, no sabemos cuántos meses (¿2021 entero?). Lo fundamental ahora, como en las maratones, como en las grandes vueltas ciclistas, es la resistencia. Ejercicios espirituales en la oscuridad.

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21.12.20

Después de muertos

No he visto la serie El Cid, pero me he hecho una idea por la crítica de este periódico y las chuflas de los de La Cultureta y Sergio del Molino: un producto lamentable en el que se han gastado mucha pasta. Operación toscamente capitalista que los actores Carlos Bardem y Jaime Lorente han querido contrarrestar con sus predicaciones ideológicas. Así, además de ganar dinero, ganan la salvación.

Da mucha pereza Bardem (–¿Qué Bardem? –Cualquier Bardem), abonado a ese combo. Lo que dijo en La Brújula, lo repitió Lorente en el HuffPost: “Que se preparen las derechas cuando vean El Cid”. (Nótese que en el cuerpo de la entrevista dice “la derecha y la ultraderecha”, pero en el titular lo han ajustado para que quede más del gusto del Gobierno.)

Imagino que durante el rodaje se repetían constantemente que no estaban haciendo una serie fascista. Al fin y al cabo, el Cid es el gran héroe patrio; el de la patria pomposa y belicosa del nacionalismo español. Hasta el punto de que el mayor representante del regeneracionismo del siglo XIX, Joaquín Costa, lo incluyó (a la contra) en su célebre proclama: “Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid”.

Un lema, por cierto, que produce un pelín de melancolía en los tiempos actuales. Lo de escuela por la ley Celaá, lo de despensa por la ruina que viene y lo del sepulcro del Cid porque este Gobierno ha abierto sepulcros equivalentes. Y no me refiero al de Franco, sino al de sus derivas populistas y autoritarias, que son reaccionarias aunque se digan de izquierdas (refrenadas, eso sí, por la Constitución –que una mitad del Gobierno ataca y la otra no defiende).

De niño me gustaba del Cid lo de ganar batallas después de muerto. Con los comunistas pasa un poco lo contrario: siguen perdiendo batallas después de muertos. Si fuera solo por la estética del perdedor, resultarían simpáticos (al menos en países como España, no en los que fueron arrasados por el comunismo).

Mi problema con la “nueva izquierda” de Podemos (a la que se arrastra también el PSOE) es que la veo muy vieja. Son políticos póstumos, por muy vivos que se muestren. Han aprendido estrategia, pero ni una lección de la historia. Ni una. Están listos para repetir los mismos errores. Y serán errores póstumos, aunque arruinarán y dolerán igual.

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14.12.20

La ultimísima esperanza

¿Se acuerdan de aquella atracción de feria, el látigo? Los cochecitos orbitando en torno a un núcleo y de vez en cuando ¡zas!, un tirón violento y seco; una especie de caos repentino que crujía a los ocupantes, pasado el cual estos comprobaban que seguían orbitando en torno al núcleo. Así los sanchistas.

El líder, como los antiguos sátrapas, va adoptando decisiones caprichosas. Su séquito de intelectuales (columnistas, tertulianos, académicos más o menos prestigiosos) son crujidos con los latigazos, pero ahí siguen: orbitando en torno.

Y emitiendo sin parar justificaciones. En apenas un año, la trayectoria de todos ellos es el dibujo de un sismógrafo en un terremoto. En realidad, ni siquiera justifican (es decir, razonan) los volantazos: simplemente se adhieren inquebrantablemente a cada nueva dirección nerviosa.

Algo delata, sin embargo, a los más finos (digamos a los Vallespines): las previsiones racionalizadoras (aproximadamente prescriptivas) que hacen cada cierto tiempo y que nunca se cumplen. Lo cual no los cohíbe. En ningún caso han vuelto a esas previsiones, ni han criticado al líder por no seguirlas: solo las han dado por no hechas. Para seguir en el látigo.

La nueva previsión racionalizadora dice que Sánchez dejará en la estacada a sus socios extremistas tras la aprobación de los Presupuestos. En ese “regreso al centro” que postulan exhiben involuntariamente su culpabilidad por lo que han venido apoyando antes de ese “regreso”. Una culpabilidad por otro lado poquita: si ese “regreso al centro” no se produce, tampoco dirán nada. Seguirán en el látigo.

El problema del PSOE es que ha ido demasiado lejos. El PSOE ya no es el PSOE: es el PSOE-Podemos. Y Sánchez ya no es Sánchez: es Sanchiglesias. Casi pienso ya, tristemente, que al PSOE le pasa como a cierta novela que le dieron a juzgar a Borges y de la que Borges dijo que solo podría ser mejorada mediante su destrucción.

Cabe una ultimísima esperanza, con todo. Que Sánchez, en efecto, deje en la estacada a sus socios extremistas tras la aprobación de los Presupuestos. Pero no ya por motivos racionalizadores, que para Sánchez no cuentan, sino estrictamente caracterológicos.

Lo único en lo que se ha mantenido sin mudanza Sánchez ha sido en su pulsión por mentir, por traicionar, por hacer lo contrario de lo que ha prometido. Si así lo ha hecho con todos, ¿por qué iba a dejar de hacerlo con Iglesias, Rufián y Otegi?

Dependemos ya solo de que también con ellos quiera matar el gusanillo.

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10.12.20

Jot Down 33

Ya está disponible el Jot Down núm. 33, especial Argentina. Yo colaboro con el artículo "Borges y la vida", que empieza así:
Como Borges habla de libros, y prácticamente solo de libros, se dice que es un autor libresco, cuando tal vez sea el autor menos libresco de la historia de la literatura. Por dos razones principales: porque vive los libros, y por tanto al escribir de libros está siendo radicalmente vitalista; y porque nadie como él ha desenmascarado el artificio de los libros, el modo en que la literatura se interpone entre el lector y la percepción de la vida (despejando así esta percepción).

 Además, la experiencia misma de leer a Borges es vital, revitalizadora. Lo libresco remite a la letra muerta, polvorienta. Nada más alejado de Borges, que vive la letra y le da vida. Como dijo de él Savater, ningún autor tiene menos líneas inertes. La escritura de Borges es una escritura vibrante, siempre pasan cosas en ella. Sus libros son lo contrario de mortecinos.

9.12.20

Después del suicidio de UPyD

Muere UPyD, seis años después del suicidio de UPyD. Con aquel suicidio de 2014 desapareció el último consenso que ha habido en España, que fue el odio a UPyD. Ese odio se trasladó a Ciudadanos, pero no fue tan unánime. Ningún partido ha sido más odiado que UPyD. Ningún partido ha sido mejor.

Me tocó estar en una mesa electoral en las municipales de 2011. En nada estaban de acuerdo los interventores del PP y del PSOE, salvo en el desprecio a UPyD. No paraban de lanzarse pullitas sobre todos los asuntos, no había entendimiento posible. Salvo cuando salía UPyD y se reían. Ni siquiera decían UPyD. Lo llamaban UPA Dance.

Aquellas elecciones fueron justo una semana después del 15-M. El del PSOE, un maricomplejines presanchista, estaba fascinado y compungido: “¿qué hemos hecho mal?”. Luego se dijo que del 15-M surgieron “los nuevos partidos”. Ningún politólogo tuvo el rigor de señalar que UPyD ya estaba desde 2007 (y Ciudadanos desde 2005): constatando un malestar que a todos –incluidos los futuros chicos 15-M– se les había escapado.

El problema de UPyD es que fue un verdadero partido de izquierdas o centro-izquierda: un partido progresista frente a la izquierda (y la derecha) reaccionaria. Unión, Progreso y Democracia: estaba muy bien puesto el nombre. Jamás tuvo las ventajas mediáticas de las que siempre gozó Podemos y de las que luego gozaría Vox (y en un momento dado, ya también Ciudadanos). Su progresismo ilustrado era el verdadero peligro.

No se le perdonó su vocación de bisagra virtuosa: era un partido que, realmente, hubiera sacado lo mejor del PSOE y del PP. Lo mejor quiere decir lo mejor para el bien común, para los ciudadanos (sí: para “la gente”). A partir de los consensos elementales de la España constitucional: única senda del progresismo real, práctico.

Hoy el PSOE y el PP están tensados hacia sus extremos viciosos por Podemos y por Vox. El centro ha volado. También la izquierda progresista. Y casi la derecha moderada. Quizá era demasiado sofisticada para los españoles la operación que proponía UPyD. Lo pagarán, naturalmente. Nada sale gratis.

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