El debate del estado de la nación acabó como las juergas antiguas: al día siguiente y con guitarra. Ésta sonando en la cabeza de los espectadores, y quizá también en la de los políticos. Al fin y al cabo, desde por la mañana el estado era ya el de la nación que ha perdido a uno de sus grandes hombres, dicho sin exagerar por una vez. Hoy en la prensa quedará poco del debate y habrá mucho de Paco de Lucía. (En la prensa internacional lo mismo, aunque solo de lo segundo).
De pronto hubo una sensación de achicamiento del Congreso, y una relativización de lo sucedido estos dos días. El teatro de la política, no necesariamente en el sentido malo. ¿Qué se puede hacer si no? Pero fuera lo que excede a la política, aquello que marcha sin que la política logre hacer nada por impedirlo. Un hombre que se ha pasado la vida tocando y creciendo. Entregado a su arte, y no opinando de todo. Al contrario que los políticos y que nosotros, los columnistas; aunque opinar intenta ser nuestro arte (bajuno).
Y mañana toca Día de Andalucía. Una muerte emparedada. Nos acechan toneladas de grasa retórica sobre aquel que no se permitió ni un gramo en sus palabras ni en su música. Por otra parte está bien, y es inevitable que sea así. ¿Qué se va a hacer si no? Discursos, pompas, embalsamamiento. Subirse encima del fallecido ilustre por ver si así se asoma un poco...
Pero detrás de estos arañazos hay una inmensa espalda de silencio, como una playa de Cancún. Para tocar y jugar, que en inglés se juntan en play (que es casi playa). Para jugar y morir. Y en ese silencio, solo en él, para el que consiga meterse, seguirá sonando una guitarra.
[Publicado en Zoom News]
27.2.14
20.2.14
El Volk, qué yuyu
Hace dos semanas expresé aquí mi opinión (crítica) sobre Federico Jiménez Losantos. Hoy tengo que salir en su apoyo, porque no se puede dejar pasar la alucinante denuncia que ha interpuesto la Generalitat de Cataluña contra él, nada menos que “en representación y defensa del pueblo catalán”. El Volk, qué yuyu. El “pueblo” glorificado, y echado a perder, por una tradición que culmina en el nazismo. El Volk, en cuyo nombre se asesinó en masa y se destruyó Europa.
Ese abyecto y repulsivo y estólido Volk, se le añada “catalán” o lo que sea, se alza, otra vez, contra un individuo. El Volk cercenando la libertad de expresión, o decidido a hacerlo si le dejan: si no hay Estado de Derecho que se lo impida. Ese Volk al que, como dijo Artur Mas, “no pararán tribunales ni constituciones”.
El Volk autoerigiéndose en entidad sagrada –como trinchera, naturalmente, de los sacerdotes que la definen–, a la que no se puede cuestionar y que castigará a quien la cuestione. Una entidad sagrada a partir de la cual deben definirse sus miembros (que serán eso: miembros, y no sujetos soberanos) y acatarla, desindividualizados en la adoración.
Nuestros nacionalistas piden a gritos estar en la Unión Europea; que se mantenga en la Unión Europea la aberración reaccionaria que persiguen. Siendo así que ellos representan justo aquello de lo que la Unión Europea huye, aquello contra la Unión Europea, tras la catástrofe de las dos guerras mundiales, con el nazismo en medio, se constituyó.
Exagero, naturalmente. Pero la semilla está ahí, íntegra como ella sola. Y manifestándose ya en denuncias como esta; en amenazas e incumplimientos de la ley; en todas las apelaciones que van más allá de la aséptica ciudadanía democrática.
Desde que se ha puesto de moda la llamada ley de Godwin, que habla de la alta probabilidad de que se mencione a Hitler o a los nazis en las discusiones, hay muchas risitas cuando esto ocurre. Pero que no nos cohíba el esnobismo cuando resulte que, como es el caso, la mención pueda (y entonces deba) hacerse con todas las de la ley.
[Publicado en Zoom News]
Ese abyecto y repulsivo y estólido Volk, se le añada “catalán” o lo que sea, se alza, otra vez, contra un individuo. El Volk cercenando la libertad de expresión, o decidido a hacerlo si le dejan: si no hay Estado de Derecho que se lo impida. Ese Volk al que, como dijo Artur Mas, “no pararán tribunales ni constituciones”.
El Volk autoerigiéndose en entidad sagrada –como trinchera, naturalmente, de los sacerdotes que la definen–, a la que no se puede cuestionar y que castigará a quien la cuestione. Una entidad sagrada a partir de la cual deben definirse sus miembros (que serán eso: miembros, y no sujetos soberanos) y acatarla, desindividualizados en la adoración.
Nuestros nacionalistas piden a gritos estar en la Unión Europea; que se mantenga en la Unión Europea la aberración reaccionaria que persiguen. Siendo así que ellos representan justo aquello de lo que la Unión Europea huye, aquello contra la Unión Europea, tras la catástrofe de las dos guerras mundiales, con el nazismo en medio, se constituyó.
Exagero, naturalmente. Pero la semilla está ahí, íntegra como ella sola. Y manifestándose ya en denuncias como esta; en amenazas e incumplimientos de la ley; en todas las apelaciones que van más allá de la aséptica ciudadanía democrática.
Desde que se ha puesto de moda la llamada ley de Godwin, que habla de la alta probabilidad de que se mencione a Hitler o a los nazis en las discusiones, hay muchas risitas cuando esto ocurre. Pero que no nos cohíba el esnobismo cuando resulte que, como es el caso, la mención pueda (y entonces deba) hacerse con todas las de la ley.
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18.2.14
Un mal chiste
Mi memoria para los chistes no es mala: es peor. Si fuese mala, los olvidaría todos, lo que no dejaría de ser bueno. Pero lo que hace la tía es mantenerme unos pocos en la cabeza, los muy malos. Son chistes que me acompañan prácticamente desde que era niño, y que ya no se me van a quitar nunca. Uno de ellos es el que sigue.
Adán, después de haber sido creado, se aburre en el Paraíso. Dios, para animarlo, promete (¿o jura?) concederle lo que le pida. Adán sin pensarlo dice que una mujer. “¿Una mujer? ¿Y qué es eso?”, le pregunta Dios. Adán se la describe, con detalles anatómicos en los que ha de recrearse el contador del chiste pero en los que yo no me voy a recrear. Oídos los cuales, Dios, con gesto cómplice, le da con el dedo a Adán en la barriga: “¡Pillín!”. Por eso, concluye el chiste, es por lo que tenemos ombligo.
No hace falta reírse. Yo no me río. Ni río ni olvido. Pero teniendo ese chiste en la cabeza, y habiendo en él un hombre, una mujer y un dedo, ha sido inevitable que lo asociara a Juan Manuel Moreno Bonilla y Susana Díaz, que son justo eso: un hombre, una mujer y un dedo; bueno, dos dedos. (Ninguno de frente). Solo que, según se han sucedido los acontecimientos, el chiste habría que contarlo de otro modo.
Susana Díaz, después de haber llegado al poder (a dedo), se aburre en el Paraíso andaluz, ya que no tiene oposición (aunque es cierto que por ahí anda una serpiente, en forma de jueza). Dios, para animarla, promete (¿o jura?) concederle lo que le pida. Pero ella quiere seguir aburriéndose, y pide alguien en la oposición a su imagen y semejanza. Alguien que sea igual en todo y además con un pecado original idéntico al suyo, para que dicho pecado quede inutilizado electoralmente. Así que Dios se tiene que repartir los dedos. Con uno le hace el “¡pillina!” a Díaz, y con el otro empuja el de Rajoy (cuyo cordón umbilical también es con un dedo) para que nombre a Moreno Bonilla.
Me temo que sigue sin tener gracia.
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Adán, después de haber sido creado, se aburre en el Paraíso. Dios, para animarlo, promete (¿o jura?) concederle lo que le pida. Adán sin pensarlo dice que una mujer. “¿Una mujer? ¿Y qué es eso?”, le pregunta Dios. Adán se la describe, con detalles anatómicos en los que ha de recrearse el contador del chiste pero en los que yo no me voy a recrear. Oídos los cuales, Dios, con gesto cómplice, le da con el dedo a Adán en la barriga: “¡Pillín!”. Por eso, concluye el chiste, es por lo que tenemos ombligo.
No hace falta reírse. Yo no me río. Ni río ni olvido. Pero teniendo ese chiste en la cabeza, y habiendo en él un hombre, una mujer y un dedo, ha sido inevitable que lo asociara a Juan Manuel Moreno Bonilla y Susana Díaz, que son justo eso: un hombre, una mujer y un dedo; bueno, dos dedos. (Ninguno de frente). Solo que, según se han sucedido los acontecimientos, el chiste habría que contarlo de otro modo.
Susana Díaz, después de haber llegado al poder (a dedo), se aburre en el Paraíso andaluz, ya que no tiene oposición (aunque es cierto que por ahí anda una serpiente, en forma de jueza). Dios, para animarla, promete (¿o jura?) concederle lo que le pida. Pero ella quiere seguir aburriéndose, y pide alguien en la oposición a su imagen y semejanza. Alguien que sea igual en todo y además con un pecado original idéntico al suyo, para que dicho pecado quede inutilizado electoralmente. Así que Dios se tiene que repartir los dedos. Con uno le hace el “¡pillina!” a Díaz, y con el otro empuja el de Rajoy (cuyo cordón umbilical también es con un dedo) para que nombre a Moreno Bonilla.
Me temo que sigue sin tener gracia.
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13.2.14
Adiós, niña
Me impresionó el modo en que Marta Fernández, nuestra periodista pynchoniana, se despidió de Shirley Temple. “Adiós, niña”, puso solo. Y añadió una foto de entonces, de cuando la anciana que ahora ha muerto con ochenta y cinco años era una niña de poquitos. “Mientras más tiempo se tiene, menos queda”, le dijo precisamente una niña a Ernst Jünger en su centenario, y este lo repetía luego como el regalo más bonito. Aunque era algo que el escritor, aficionado a los relojes de arena, ya sabía.
Se ha muerto una niña, pues, pero los niños se están muriendo siempre. Todos llevamos el cadáver de un niño encima, y con frecuencia el adulto no es más que un niño derrotado . Aunque a veces ese niño vive. Asoma en los ojos, en un deje de la voz, en alguna travesura incontrolada o incluso en el regusto travieso por alguna antitravesura. Porque el niño es también el serio. Como escribió Nietzsche: “Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos los niños al jugar”.
Al jugar, o al cantar y bailar. Hoy traen los periódicos biografías completas de Shirley Temple, pero la mujer que siguió se queda solo para su vida, como un epílogo demasiado largo. No para ella, sino para nosotros. Al verla niña y muerta, casi podemos solapar sus edades como lo hacía Quevedo, al que se le presentaban seguidos “pañales y mortaja”. Thomas Bernhard, el misántropo, venía a repetirlo así: “Una madre se cree que ha tenido un bebé, pero no ha tenido un bebé: ha tenido un octogenario que va meándose por los rincones”.
Aunque en medio hay algo, y si la ansiedad nos deja se puede hasta saborear. Ese día a día que va cayendo como la arena de los relojes; ese día a día del que menos nos queda cuanto más tenemos, y en el que resucita una niña si se pone un vídeo.
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Se ha muerto una niña, pues, pero los niños se están muriendo siempre. Todos llevamos el cadáver de un niño encima, y con frecuencia el adulto no es más que un niño derrotado . Aunque a veces ese niño vive. Asoma en los ojos, en un deje de la voz, en alguna travesura incontrolada o incluso en el regusto travieso por alguna antitravesura. Porque el niño es también el serio. Como escribió Nietzsche: “Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos los niños al jugar”.
Al jugar, o al cantar y bailar. Hoy traen los periódicos biografías completas de Shirley Temple, pero la mujer que siguió se queda solo para su vida, como un epílogo demasiado largo. No para ella, sino para nosotros. Al verla niña y muerta, casi podemos solapar sus edades como lo hacía Quevedo, al que se le presentaban seguidos “pañales y mortaja”. Thomas Bernhard, el misántropo, venía a repetirlo así: “Una madre se cree que ha tenido un bebé, pero no ha tenido un bebé: ha tenido un octogenario que va meándose por los rincones”.
Aunque en medio hay algo, y si la ansiedad nos deja se puede hasta saborear. Ese día a día que va cayendo como la arena de los relojes; ese día a día del que menos nos queda cuanto más tenemos, y en el que resucita una niña si se pone un vídeo.
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11.2.14
El contagio del cine español
La noche del domingo la pasé trabajando, que es como hay que pasar las noches de los domingos. Pero dejé abiertas dos ventanitas, a las que me asomaba de vez en cuando. Una daba a la retransmisión de los Goya; la otra a Twitter, donde se comentaba mayormente la retransmisión de los Goya. De la primera ya se ha dicho todo, aunque habrá que volver a decirlo (¡y lo diré, en el último párrafo!). De Twitter, en cambio, se ha hablado menos, porque suele ser Twitter el que habla.
Había tres grandes tipos de tuits. El primero, minoritario, era el de los que se tomaban en serio la ceremonia, celebraban los premios en serio y sentían un aprecio (¡en serio!) por el cine español: unos extraterrestres que se estaban tragando la película. El segundo (el mío, o el que quiero mío; aunque esta vez no puse nada), el de la fiesta dionisíaca de la ingeniosidad y el sarcasmo, el de la trituradora humorística, que por lo general se ríe pero que discrimina (se trata de una trituradora con algo de estilete) y, cuando la ocasión lo reclama, no renuncia a las caídas sentimentales. Y el tercero, el de los sectarios del anticine español. Entre estos hay algunos divertidos (¡y amigos míos!), pero casi todos son de una ramplonería, de una quejumbre, de una obediencia a los tópicos, de una falta de imaginación, de brillo y de verosimilitud, que parecieran haberse contagiado irremisiblemente del cine español.
En cuanto a la ceremonia: pues eso, lo de siempre. Los españoles no parecemos dotados para el espectáculo, y la peculiaridad de los Goya es que quienes lo confirman son los españoles que han escogido dedicarse al espectáculo. Este año los malos de la película fueron la Coca-cola y el ausente Wert. Sin que llegaran a erigirse en buenos la Pepsi ni los anti-Wert. Al final lo mejor fue la frase que David Trueba recordó del gasolinero de Almería, que llevaba el aroma de cuando en el cine español se colaba el pueblo: “Este es un país rico, porque llevan cuatrocientos años robando y no se ha acabado”. Y lo peor, que Juan Diego Botto se quedase sin premio y sin hablar. Ahí España entera tuvo un gatillazo, apostaría que hasta Wert.
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Había tres grandes tipos de tuits. El primero, minoritario, era el de los que se tomaban en serio la ceremonia, celebraban los premios en serio y sentían un aprecio (¡en serio!) por el cine español: unos extraterrestres que se estaban tragando la película. El segundo (el mío, o el que quiero mío; aunque esta vez no puse nada), el de la fiesta dionisíaca de la ingeniosidad y el sarcasmo, el de la trituradora humorística, que por lo general se ríe pero que discrimina (se trata de una trituradora con algo de estilete) y, cuando la ocasión lo reclama, no renuncia a las caídas sentimentales. Y el tercero, el de los sectarios del anticine español. Entre estos hay algunos divertidos (¡y amigos míos!), pero casi todos son de una ramplonería, de una quejumbre, de una obediencia a los tópicos, de una falta de imaginación, de brillo y de verosimilitud, que parecieran haberse contagiado irremisiblemente del cine español.
En cuanto a la ceremonia: pues eso, lo de siempre. Los españoles no parecemos dotados para el espectáculo, y la peculiaridad de los Goya es que quienes lo confirman son los españoles que han escogido dedicarse al espectáculo. Este año los malos de la película fueron la Coca-cola y el ausente Wert. Sin que llegaran a erigirse en buenos la Pepsi ni los anti-Wert. Al final lo mejor fue la frase que David Trueba recordó del gasolinero de Almería, que llevaba el aroma de cuando en el cine español se colaba el pueblo: “Este es un país rico, porque llevan cuatrocientos años robando y no se ha acabado”. Y lo peor, que Juan Diego Botto se quedase sin premio y sin hablar. Ahí España entera tuvo un gatillazo, apostaría que hasta Wert.
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6.2.14
Limitación de Losantos
Para muchos Federico Jiménez Losantos es el mal, y eso me lo hace simpático. Pero en ocasiones incluso para mí es el mal, y entonces se me hace antipático. Así que le sigo y le des-sigo, por temporadas, en general intensas pero cada vez más espaciadas; entre la atracción y la repulsión. (No deja indiferente a nadie, pero esto es un mareo; de vez en cuando apetecen aguas más tranquilitas).
Yo llevaba meses des-siguiéndole, cuando en el mundillo de los fans de Arcadi Espada (por el que deambulo) han caído las ayatoladas que le lanzó la mañana del viernes por la radio. “Lo siento, Arcadi, pero es de lo más asqueroso que he leído en mi vida, de lo más repugante” (m. 01:46); dijo a propósito del artículo Los vencidos, que salió el jueves. En él Espada cuestionaba las prioridades del nuevo partido Vox, en un tono sensato y plausible. Pero vino a meterse en el avispero de la derecha, que está ahora en pleno ping-pong de navajas. La derecha estalinista, con su navaja multiusos que va en las dos direcciones.
La otra noche pusieron pingando a Vidal-Quadras en El cascabel por haber dejado el PP por Vox. Y ahora Losantos va a por Espada por no haberse plegado a este. “Te estás poniendo al nivel de Bolinaga” (m. 04:55), concluye una retahíla en que simplifica y tergiversa lo que escribe Espada sobre Ortega Lara, y sobre Vox en sí. Malas artes. Parece que la cabeza visible del liberalismo español no tolera en exceso la disidencia, y le nace como un impulso de aplastarla. Como si su formación fuese maoísta.
Y esa es, en verdad, la limitación de Losantos. Soy consciente de la osadía del sintagma, porque si Losantos está limitado cómo estaré yo. En cualquier debate me haría papilla, como al Tuerka. Pero por debajo de sus capacidades y de su cultura, por debajo incluso de su potencia y de su valentía, está la condición –que lo lastra– de ser un convencido, y de ponerlo todo, de manera absolutista, al servicio de su convencimiento.
A él le gusta repetir que es un intelectual, y lo es. Pero solo un intelectual estratégico, de combate. Con todo su intelecto en escuadrón en aras del objetivo fijado. Asistir a su despliegue, desde esta premisa, causa admiración cuantitativa y técnica; pero también una pereza fundamental.
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Yo llevaba meses des-siguiéndole, cuando en el mundillo de los fans de Arcadi Espada (por el que deambulo) han caído las ayatoladas que le lanzó la mañana del viernes por la radio. “Lo siento, Arcadi, pero es de lo más asqueroso que he leído en mi vida, de lo más repugante” (m. 01:46); dijo a propósito del artículo Los vencidos, que salió el jueves. En él Espada cuestionaba las prioridades del nuevo partido Vox, en un tono sensato y plausible. Pero vino a meterse en el avispero de la derecha, que está ahora en pleno ping-pong de navajas. La derecha estalinista, con su navaja multiusos que va en las dos direcciones.
La otra noche pusieron pingando a Vidal-Quadras en El cascabel por haber dejado el PP por Vox. Y ahora Losantos va a por Espada por no haberse plegado a este. “Te estás poniendo al nivel de Bolinaga” (m. 04:55), concluye una retahíla en que simplifica y tergiversa lo que escribe Espada sobre Ortega Lara, y sobre Vox en sí. Malas artes. Parece que la cabeza visible del liberalismo español no tolera en exceso la disidencia, y le nace como un impulso de aplastarla. Como si su formación fuese maoísta.
Y esa es, en verdad, la limitación de Losantos. Soy consciente de la osadía del sintagma, porque si Losantos está limitado cómo estaré yo. En cualquier debate me haría papilla, como al Tuerka. Pero por debajo de sus capacidades y de su cultura, por debajo incluso de su potencia y de su valentía, está la condición –que lo lastra– de ser un convencido, y de ponerlo todo, de manera absolutista, al servicio de su convencimiento.
A él le gusta repetir que es un intelectual, y lo es. Pero solo un intelectual estratégico, de combate. Con todo su intelecto en escuadrón en aras del objetivo fijado. Asistir a su despliegue, desde esta premisa, causa admiración cuantitativa y técnica; pero también una pereza fundamental.
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4.2.14
La 'plasmación' definitiva
La verdad es que los partidos políticos tienen un psicoanálisis muy fácil. Eso de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, que en la vida no siempre es real (porque en la vida existe el juego), se da con una precisión matemática en la política. Sobre todo en actos de reafirmación como los de la convención del PP en Valladolid.
Aquí la dialéctica se cumple como si se la acabara de inventar Hegel: la afirmación se busca mediante negaciones; negaciones que dibujan, con exactitud de guante, la verdad. Desmintiendo lo afirmado. De manera que ese tú-Rubalcaba al que interpeló Rajoy (cargándose el último patrimonio que le quedaba a la derecha: el usted) era también un tú-Rajoy, en diálogo (en oposición) consigo mismo. Algo perfectamente lógico, porque a estas alturas la herencia recibida de Rajoy es el propio Rajoy.
El escenógrafo del PP (cuyo nombre ignoro pero que ha sido el protagonista secreto de las jornadas) ha entendido el drama de manera exquisita. La colocación de una enorme pantalla a la derecha del orador (a la izquierda para los espectadores, en un prodigioso juego transversal que pretenderá robarle votos a UPyD) ha resaltado esa dualidad esencial. En este PP dividido, en el que se oyen voces (plural de Vox), cada interviniente estaba a su vez dividido, o desdoblado; como un PP a pequeña escala, fractal.
A la vez, le hacían un homenaje al presidente, probando de su propia medicina: protagonizando lo que más se le ha criticado, que es desvanecerse en favor de una pantalla. No sé si sería de plasma, pero funcionaba igual a efectos simbólicos. Allí estaban en su versión carne, pero empequeñecidos por la imagen de ellos mismos en la pantalla; como exponiéndose a demostrar que lo que cuenta es la representación electrónica. Y de paso que les separa de la calle un simple clic.
En cuanto al propio presidente, se trataba de un ejercicio personal, más que se reafirmación, de fuerza (o de recochineo). Luis Cernuda solía repetir: “Aquello que te censuren, cultívalo, porque eso eres tú”. Y Rajoy ha querido cultivar lo que es, colocándose a sí mismo de mascota de una pantalla gigante que evocaba sus comparecencias ectoplasmáticas. Como en aquella imitación que hacía Pedro Ruiz de Alfonso Guerra, podría decir: “¡Estoy plasmao, estoy plasmao!”.
Lo ocurrido en Valladolid ha sido, pues, la plasmación definitiva de este PP que va a lo suyo. No sabemos si en la buena dirección, pero sí con la ventanilla cerrada. Y dejándose piezas por el camino.
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Aquí la dialéctica se cumple como si se la acabara de inventar Hegel: la afirmación se busca mediante negaciones; negaciones que dibujan, con exactitud de guante, la verdad. Desmintiendo lo afirmado. De manera que ese tú-Rubalcaba al que interpeló Rajoy (cargándose el último patrimonio que le quedaba a la derecha: el usted) era también un tú-Rajoy, en diálogo (en oposición) consigo mismo. Algo perfectamente lógico, porque a estas alturas la herencia recibida de Rajoy es el propio Rajoy.
El escenógrafo del PP (cuyo nombre ignoro pero que ha sido el protagonista secreto de las jornadas) ha entendido el drama de manera exquisita. La colocación de una enorme pantalla a la derecha del orador (a la izquierda para los espectadores, en un prodigioso juego transversal que pretenderá robarle votos a UPyD) ha resaltado esa dualidad esencial. En este PP dividido, en el que se oyen voces (plural de Vox), cada interviniente estaba a su vez dividido, o desdoblado; como un PP a pequeña escala, fractal.
A la vez, le hacían un homenaje al presidente, probando de su propia medicina: protagonizando lo que más se le ha criticado, que es desvanecerse en favor de una pantalla. No sé si sería de plasma, pero funcionaba igual a efectos simbólicos. Allí estaban en su versión carne, pero empequeñecidos por la imagen de ellos mismos en la pantalla; como exponiéndose a demostrar que lo que cuenta es la representación electrónica. Y de paso que les separa de la calle un simple clic.
En cuanto al propio presidente, se trataba de un ejercicio personal, más que se reafirmación, de fuerza (o de recochineo). Luis Cernuda solía repetir: “Aquello que te censuren, cultívalo, porque eso eres tú”. Y Rajoy ha querido cultivar lo que es, colocándose a sí mismo de mascota de una pantalla gigante que evocaba sus comparecencias ectoplasmáticas. Como en aquella imitación que hacía Pedro Ruiz de Alfonso Guerra, podría decir: “¡Estoy plasmao, estoy plasmao!”.
Lo ocurrido en Valladolid ha sido, pues, la plasmación definitiva de este PP que va a lo suyo. No sabemos si en la buena dirección, pero sí con la ventanilla cerrada. Y dejándose piezas por el camino.
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30.1.14
Blas Piñar, aborto nuclear
Fue la primera pintada en la que me fijé, o la primera que recuerdo, y estaba en una tapia camino de la escuela, ante la que pasaba todos los días. Blas Piñar, aborto nuclear se me quedó por su mera fuerza fonética, o por el ritmillo, porque ignoraba su posible significado. A mis doce años no conocía ninguno de sus términos. Si acaso ese Blas, con la ausencia de algún Epi. “Todo poema, con el tiempo, es una elegía”, sentenció Borges. Y ahora que se ha muerto Blas Piñar me viene aquella pintada con tintes elegíacos. Todas las magdalenas proustianas van hundiéndose en el té. Incluso aquellas incomibles como pedruscos.
Nosotros tenemos la transición, como nuestros mayores tenían el franquismo o el antifranquismo. Sin darnos cuenta, vamos siendo ya un archivo para los que vienen detrás. El otro día un joven se sorprendió cuando le mostré, a propósito del Gamonal, los carteles que José Ramón Sánchez hizo para el PSOE en 1982: aquellos tiempos en que los bulevares sí eran socialdemócratas. También guardamos la memoria de Piñar. Él sí era eso de lo que tanto se habla ahora: un “nacionalista español”. El equivalente real de los Mas, los Otegis, los Urkullus o los Junqueras. Los pesados de la banderita. Los rígidos que, incluso cuando aceptan la democracia, se remiten a una instancia que la excede.
Blas Piñar no la aceptaba, aunque llegó a ser diputado, como lo son los de Bildu. Pienso ahora que su presencia le aportaba credibilidad, en el arco político de entonces, a Fraga. Había algo peor, más desbocado. Piñar fue también una fuerza que, con su estar en contra, actuó en favor de la transición: con él le poníamos cara a lo que no queríamos. Y fuimos aceptando a la derecha porque estaba la ultraderecha. Aunque la transición al final la fueron haciendo casi todos. En mi instituto había un chico de Fuerza Nueva que terminó trabajando en la cadena Ser y en Canal Sur. Era el único al que yo conocía que estuviera con Tejero, con la OTAN y con la energía nuclear.
Así pues, Blas Piñar fue para mí el protagonista de una pintada que, en un momento dado –cuando crecí y me aficioné a la prensa–, se manifestó. También se fueron manifestando lo nuclear y el aborto, sin que la pintada se hiciera más comprensible. Aunque estaba claro que se trataba de un insulto. Nunca nos lo tomamos en serio (salvo por el peligro que pudiera representar) y nunca lo escuchamos realmente. Sus palabras rebotaban de antemano en nuestros oídos. En su contra, también hay que decir que fue de los que siguieron entorpeciendo el vocablo “España”; contribuyó a mantenerlo en la inercia sórdida de la que se aprovecharon los demás nacionalismos.
Me he puesto un vídeo de entonces para aspirar (solo un poco) el aroma de la época. Es el de la intervención de Blas Piñar en la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, el 25 de febrero de 1981. Dos días después del intento de golpe de estado. Con mi mirada de ahora, que en verdad hace aquello menos elegíaco que pop (¿qué fue Tejero sino nuestro Village People?), he hecho dos descubrimientos asombrosos, ambos avant la lettre. El primero, que la oratoria de Blas Piñar, con su gestualidad y su tono, recuerda a la de Julio Anguita. El segundo, que Calvo-Sotelo era clavadito a Risto Mejide. Todo vídeo, con el tiempo, es un cachondeo.
[Publicado en Zoom News]
* * *
PD. Los pesados de la banderita.
Nosotros tenemos la transición, como nuestros mayores tenían el franquismo o el antifranquismo. Sin darnos cuenta, vamos siendo ya un archivo para los que vienen detrás. El otro día un joven se sorprendió cuando le mostré, a propósito del Gamonal, los carteles que José Ramón Sánchez hizo para el PSOE en 1982: aquellos tiempos en que los bulevares sí eran socialdemócratas. También guardamos la memoria de Piñar. Él sí era eso de lo que tanto se habla ahora: un “nacionalista español”. El equivalente real de los Mas, los Otegis, los Urkullus o los Junqueras. Los pesados de la banderita. Los rígidos que, incluso cuando aceptan la democracia, se remiten a una instancia que la excede.
Blas Piñar no la aceptaba, aunque llegó a ser diputado, como lo son los de Bildu. Pienso ahora que su presencia le aportaba credibilidad, en el arco político de entonces, a Fraga. Había algo peor, más desbocado. Piñar fue también una fuerza que, con su estar en contra, actuó en favor de la transición: con él le poníamos cara a lo que no queríamos. Y fuimos aceptando a la derecha porque estaba la ultraderecha. Aunque la transición al final la fueron haciendo casi todos. En mi instituto había un chico de Fuerza Nueva que terminó trabajando en la cadena Ser y en Canal Sur. Era el único al que yo conocía que estuviera con Tejero, con la OTAN y con la energía nuclear.
Así pues, Blas Piñar fue para mí el protagonista de una pintada que, en un momento dado –cuando crecí y me aficioné a la prensa–, se manifestó. También se fueron manifestando lo nuclear y el aborto, sin que la pintada se hiciera más comprensible. Aunque estaba claro que se trataba de un insulto. Nunca nos lo tomamos en serio (salvo por el peligro que pudiera representar) y nunca lo escuchamos realmente. Sus palabras rebotaban de antemano en nuestros oídos. En su contra, también hay que decir que fue de los que siguieron entorpeciendo el vocablo “España”; contribuyó a mantenerlo en la inercia sórdida de la que se aprovecharon los demás nacionalismos.
Me he puesto un vídeo de entonces para aspirar (solo un poco) el aroma de la época. Es el de la intervención de Blas Piñar en la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, el 25 de febrero de 1981. Dos días después del intento de golpe de estado. Con mi mirada de ahora, que en verdad hace aquello menos elegíaco que pop (¿qué fue Tejero sino nuestro Village People?), he hecho dos descubrimientos asombrosos, ambos avant la lettre. El primero, que la oratoria de Blas Piñar, con su gestualidad y su tono, recuerda a la de Julio Anguita. El segundo, que Calvo-Sotelo era clavadito a Risto Mejide. Todo vídeo, con el tiempo, es un cachondeo.
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* * *
PD. Los pesados de la banderita.
28.1.14
Poeta de cabecera
La felicidad lectora es tener un poeta de cabecera. Alguien que ha escrito exactamente las palabras que había que escribir: las que necesitas en un determinado momento. Se produce entonces una comunión con la página que solo se parece al engatusamiento con ciertas canciones. Aunque la poesía va más limpia, y está más articulada; junto con la emoción, contiene más inteligencia. El poeta de cabecera es exclusivo. La identificación con él es tal, que despierta un afán monoteísta. O en todo caso jerárquico, como un Olimpo en que pueden habitar varios dioses pero presididos por Zeus.
Se trata de una presidencia, no obstante, que va mudando con los periodos de la vida. Mi primer poeta de cabecera fue Antonio Machado. Luego han ocupado el puesto Luis Cernuda, Cavafis, Pessoa, Borges, Valente, Gil de Biedma, José María Álvarez, Breton, Eliot, Apollinaire o Luis Antonio de Villena. También Octavio Paz. Y otro mexicano, el que nos dejó el domingo a los setenta y cuatro años: José Emilio Pacheco. Se ha asomado ahora a la prensa española con su muerte, como lo hizo en 2009 cuando le concedieron nuestro máximo galardón literario, el Premio Cervantes.
Los premios y la muerte. O alguna desgracia, o la locura. He ahí el estrecho camino noticiable de un poeta. Pero en sus poemas, el mundo se ensancha. En ellos habita la corriente que va por debajo de la actualidad: el tiempo en sus profundidades, y no en su espuma. ¿Por qué fue mi poeta de cabecera? Creo que por su lucidez, justamente, en cuanto a la percepción del tiempo. Tenía una conciencia de la fugacidad que contemplaba la vida como ya deshaciéndose. Y así también la historia: amarilleando desde el mismo día como un periódico.
Pero su palabra era perdurable, en el momento de la lectura. Las fugacidades se aplacaban con la conciencia de las fugacidades. Y estaba lo que se quiere, de entre lo que se va perdiendo. Sus poesías completas, que llevan el título general, temporal, de Tarde o temprano, son un catálogo de esos amores inevitablemente en retirada: el propio amor y los paisajes, las ciudades y el mar; el sol, la lluvia y la nieve; los animales y los monumentos, piedra trabajada con la carne; la amistad, la ironía y la belleza; las galaxias y los hormigueros; el juego, el aprendizaje. Y el contrapunto de los crímenes, las iniquidades, el dolor. Pero además el placer y la literatura.
Y encontró, después de todo, un consuelo ante la muerte: el relevo; la pervivencia en los que siguen. La eternidad terrena de la generación: en hijos, obras y recuerdos. Los lectores de Pacheco recordamos especialmente estos días el poema que le dedicó a un amigo que se murió joven. Las palabras surgen, en la página, de un paseo por el Bosque de Chapultepec; y con ellas el poeta nos alivia de su propia muerte:
Se trata de una presidencia, no obstante, que va mudando con los periodos de la vida. Mi primer poeta de cabecera fue Antonio Machado. Luego han ocupado el puesto Luis Cernuda, Cavafis, Pessoa, Borges, Valente, Gil de Biedma, José María Álvarez, Breton, Eliot, Apollinaire o Luis Antonio de Villena. También Octavio Paz. Y otro mexicano, el que nos dejó el domingo a los setenta y cuatro años: José Emilio Pacheco. Se ha asomado ahora a la prensa española con su muerte, como lo hizo en 2009 cuando le concedieron nuestro máximo galardón literario, el Premio Cervantes.
Los premios y la muerte. O alguna desgracia, o la locura. He ahí el estrecho camino noticiable de un poeta. Pero en sus poemas, el mundo se ensancha. En ellos habita la corriente que va por debajo de la actualidad: el tiempo en sus profundidades, y no en su espuma. ¿Por qué fue mi poeta de cabecera? Creo que por su lucidez, justamente, en cuanto a la percepción del tiempo. Tenía una conciencia de la fugacidad que contemplaba la vida como ya deshaciéndose. Y así también la historia: amarilleando desde el mismo día como un periódico.
Pero su palabra era perdurable, en el momento de la lectura. Las fugacidades se aplacaban con la conciencia de las fugacidades. Y estaba lo que se quiere, de entre lo que se va perdiendo. Sus poesías completas, que llevan el título general, temporal, de Tarde o temprano, son un catálogo de esos amores inevitablemente en retirada: el propio amor y los paisajes, las ciudades y el mar; el sol, la lluvia y la nieve; los animales y los monumentos, piedra trabajada con la carne; la amistad, la ironía y la belleza; las galaxias y los hormigueros; el juego, el aprendizaje. Y el contrapunto de los crímenes, las iniquidades, el dolor. Pero además el placer y la literatura.
Y encontró, después de todo, un consuelo ante la muerte: el relevo; la pervivencia en los que siguen. La eternidad terrena de la generación: en hijos, obras y recuerdos. Los lectores de Pacheco recordamos especialmente estos días el poema que le dedicó a un amigo que se murió joven. Las palabras surgen, en la página, de un paseo por el Bosque de Chapultepec; y con ellas el poeta nos alivia de su propia muerte:
El otoño era la única deidad.[Publicado en Zoom News]
Renacía
preparando la muerte,
sol poniente
que doraba las hojas secas.
Y como las generaciones de las hojas
son las humanas.
Ahora nos vamos
pero no importa
porque otras hojas
verdecerán en la misma rama.
Contra este triunfo
de la vida perpetua
no vale nada
nuestra mísera muerte.
Aquí estuvimos,
reemplazando a los muertos,
y seguiremos
en la carne y la sangre
de los que lleguen.
27.1.14
23.1.14
Una equidistancia en la que descansar
Meterse con El Roto es como pegarle a un padre: tal es la unanimidad afectiva que se ha formado en su favor. En el mundo de la socialdemocracia (en el que me sitúo; pero yo tengo un pie fuera, y un ojo también) es como un elixir que aspirar para sentirse limpio. Como un volverse a poner un rato la chaqueta de pana, o la de cuero. Para sentir que nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos; y que no somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años. Una agradable sensación. Falaz, naturalmente.
El Roto es bueno. Su trabajo es bueno. Acierta a veces. Incluso con cierta frecuencia. Pero otras se equivoca. Y otras hace algo peor que equivocarse: descansa. Incurre en ese error mortal de halagar a su público. De hecho, lo halaga siempre. Nunca le decepciona. En cada dibujo le da lo que le pide. Quizá sea esta la razón de la unanimidad de que goza. Ofrece un producto con garantía. Jamás sale rana. Su misión es expresar el descontento y lo expresa muy bien. Así, todos contentos.
Aunque a veces la realidad es más incómoda de lo esperado y hay que recurrir a malabarismos. Así lo hizo ayer en su viñeta de El País, que Arcadi Espada ha calificado de “la mejor y más putrefacta descripción de la equidistancia”. Antes se habían fijado en ella mis amigos de Twitter Caballero y Sámuel, resistentes a lo unánime. Y el segundo puso el dedo en la llaga: “Es que el truquillo dialéctico equidistante de estar por encima de ‘los unos y los otros’ no vale si te inventas a ‘los otros’”.
En efecto, la equidistancia sería plausible como resultado, en un caso en que hubiese dos bandos con la misma culpa o empeño; dos bandos de los que conviniese huir igualmente. Pero aquí los dos “bandos”, como también señaló Sámuel (¡fue su día!), no son equivalentes en absoluto: solo uno de los dos no excluye al otro, y acoge las dos banderas sin problema. Por ello, el que quiera echarse en la equidistancia necesita acomodarla previamente: con arreglos como el de El Roto, que en esta ocasión debería haber firmado El Zurcido.
[Publicado en Zoom News]
El Roto es bueno. Su trabajo es bueno. Acierta a veces. Incluso con cierta frecuencia. Pero otras se equivoca. Y otras hace algo peor que equivocarse: descansa. Incurre en ese error mortal de halagar a su público. De hecho, lo halaga siempre. Nunca le decepciona. En cada dibujo le da lo que le pide. Quizá sea esta la razón de la unanimidad de que goza. Ofrece un producto con garantía. Jamás sale rana. Su misión es expresar el descontento y lo expresa muy bien. Así, todos contentos.
Aunque a veces la realidad es más incómoda de lo esperado y hay que recurrir a malabarismos. Así lo hizo ayer en su viñeta de El País, que Arcadi Espada ha calificado de “la mejor y más putrefacta descripción de la equidistancia”. Antes se habían fijado en ella mis amigos de Twitter Caballero y Sámuel, resistentes a lo unánime. Y el segundo puso el dedo en la llaga: “Es que el truquillo dialéctico equidistante de estar por encima de ‘los unos y los otros’ no vale si te inventas a ‘los otros’”.
En efecto, la equidistancia sería plausible como resultado, en un caso en que hubiese dos bandos con la misma culpa o empeño; dos bandos de los que conviniese huir igualmente. Pero aquí los dos “bandos”, como también señaló Sámuel (¡fue su día!), no son equivalentes en absoluto: solo uno de los dos no excluye al otro, y acoge las dos banderas sin problema. Por ello, el que quiera echarse en la equidistancia necesita acomodarla previamente: con arreglos como el de El Roto, que en esta ocasión debería haber firmado El Zurcido.
[Publicado en Zoom News]
21.1.14
La tiranía de los tristes
No es poco mérito el de Fernando Savater, al que ahora de jubilado le regañan por lo mismo por lo que le regañaban de joven: por mostrarse lúdico y frívolo. La tenaza que tenía cogida a la filosofía española (y que sigue teniendo en parte), con el tomismo en un lado y el marxismo en el otro, no permitía risas. Sobre todo, risas contra ellos.
La palabra de moda entonces era compromiso, y sus apóstoles acusaban de eludirlo a Savater y a los demás nietzscheanos que habían entrado soltando carcajadas. Pero ha pasado el tiempo y una verdad regocijante asoma: aquellos predicadores del compromiso han llevado una vida política sin problemas, mientras que Savater ha tenido que estar muchos años con escolta. El frívolo ha resultado el más efectivamente comprometido de todos. Y además, para fastidiarles, sin renunciar a la diversión.
El sábado volvieron a afearle la conducta en La Sexta (¡en La Sexta!), donde lo sometieron a una especie de tercer grado a propósito de lo que declaró hace unos años de que se había divertido gracias al terrorismo (aquí, a partir del minuto 7:40). Se refería, obviamente, al estímulo de la lucha contra los terroristas y sus secuaces; pero las monjitas y los monaguillos se llevaron las manos a la cabeza. Y no me extrañaría que algún cura con txapela lo hubiera hecho también. De hecho, uno de los impresentables que se manifestaron en Bilbao en favor de los presos etarras ya había tachado a Savater de “bromista” el día antes en el Deia...
Al final, la derrota de ETA, a la que Savater ha contribuido notablemente (aunque conviene no abusar del pretérito, por si las moscas), tiene una dimensión particularizada en el propio Savater: ETA no ha podido derrotarle el ánimo. Como tampoco podrán los tristes que tratan de imponer su tiranía. Esos tristes que no solo no actúan y luego se quejan. Sino que encima también se quejan del que ha actuado, si se lo ha pasado bien.
[Publicado en Zoom News]
La palabra de moda entonces era compromiso, y sus apóstoles acusaban de eludirlo a Savater y a los demás nietzscheanos que habían entrado soltando carcajadas. Pero ha pasado el tiempo y una verdad regocijante asoma: aquellos predicadores del compromiso han llevado una vida política sin problemas, mientras que Savater ha tenido que estar muchos años con escolta. El frívolo ha resultado el más efectivamente comprometido de todos. Y además, para fastidiarles, sin renunciar a la diversión.
El sábado volvieron a afearle la conducta en La Sexta (¡en La Sexta!), donde lo sometieron a una especie de tercer grado a propósito de lo que declaró hace unos años de que se había divertido gracias al terrorismo (aquí, a partir del minuto 7:40). Se refería, obviamente, al estímulo de la lucha contra los terroristas y sus secuaces; pero las monjitas y los monaguillos se llevaron las manos a la cabeza. Y no me extrañaría que algún cura con txapela lo hubiera hecho también. De hecho, uno de los impresentables que se manifestaron en Bilbao en favor de los presos etarras ya había tachado a Savater de “bromista” el día antes en el Deia...
Al final, la derrota de ETA, a la que Savater ha contribuido notablemente (aunque conviene no abusar del pretérito, por si las moscas), tiene una dimensión particularizada en el propio Savater: ETA no ha podido derrotarle el ánimo. Como tampoco podrán los tristes que tratan de imponer su tiranía. Esos tristes que no solo no actúan y luego se quejan. Sino que encima también se quejan del que ha actuado, si se lo ha pasado bien.
[Publicado en Zoom News]
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