Me he sentado a escribir sobre José María Aznar cuando ha llegado la noticia de la muerte de Paloma Chamorro, nuestra benefactora de La Edad de Oro. Y me he acordado de lo que contó hace poco Jesús Quintero sobre la primera entrevista que le hizo a Aznar a principios de los noventa. Quintero le había indicado al cámara que mantuviese un primer plano del entrevistado, y nada más comenzar le espetó: “¿Usted ha sido punki?”. No sé qué se trasluciría en su rostro, pero el futuro presidente pensaría sin duda en mazmorras para el entrevistador...
Lo gracioso es que, si bien a Aznar no nos lo imaginamos punki de joven, ha llegado a ser técnicamente, en muchos aspectos, punki de mayor. Algunos lo han tachado incluso de antisistema. Extremando el juego, ocupa una posición equiparable a la Pablo Iglesias: Aznar vendría a ser hoy para el PP un elemento de presión radicalizadora equivalente al que supone Iglesias para el PSOE. En ambos casos, se trata de un empuje ideologizador –cada uno en su propio sector ideológico, claro está–, en contra de dejadeces más o menos pragmáticas y de tibiezas conceptuales.
¿Qué pretende Aznar, qué busca, qué quiere? Yo creo que dar miedo. Ha escogido como destino personal justo lo que se le reprochaba, como si siguiera el célebre consejo: “Aquello que te censuran, cultívalo, porque eso eres”. Les daba miedo a los contrarios y para completar su vocación ha decidido darles miedo también a los propios. La renuncia a la presidencia de honor de su partido alimenta ese efecto, y el revuelo sobre la posibilidad (poco probable) de que funde un partido propio.
Aznar no es exactamente el jarrón chino que, según Felipe González, no se sabe dónde colocar; sino más bien eso: un punki que se coloca donde más miedo mete. Cuando se lo topan los que hoy mandan en el PP, de Mariano Rajoy para abajo, ponen una cara tan rara como la del joven Aznar cuando recibió la pregunta de Quintero.
* * *
En The Objective.
31.1.17
30.1.17
¿Qué país de las hadas?
Me ha llamado la atención el título del artículo de Pablo Muñoz en EL ESPAÑOL sobre la novela Años felices, de Gonzalo Torné: “Un catalán exiliado para derribar la Transición”. La novela promete ser buena (por el momento solo la he hojeado: sí he apreciado la calidad de la prosa) y el artículo es bueno. Pero me rechina esta obsesión con la Transición, que ya es mía también (¡de rebote!).
Produce un cierto vértigo, y una melancolía notable, haber sido testigo de una época histórica: y ver cómo los más jóvenes la recrean, con acusada fantasía –y fantasmagoría. De mi melancolía forma parte, naturalmente, la deducción sobre mis propias fantasías y fantasmagorías hacia el pasado que no viví. Si la memoria de uno mismo es inestable, la de lo que no vivió (¡la “memoria histórica”!) sí que debe de ser ya una novela...
Muñoz salvaguarda la ambigüedad y la riqueza de Años felices. Pero no puede evitar su cuñita generacional en contra de la Transición, que no sé aún en qué medida está en la obra. Quizá sea un abuso alegórico por parte del reseñista equiparar “el país de las hadas” de la novela (ese Nueva York de los sesenta, “inconcreto y graciosísimo”) con “la España de las burbujas chispeantes de la Transición”. No lo sé.
Sí sé que de “país de las hadas” aquella España tuvo poco. Hace unos días hemos recordado el asesinato, por parte de la extrema derecha, de los abogados laboralistas de Atocha. Hubo otros asesinatos de la extrema derecha. Y más de la extrema izquierda. No se ha resaltado lo suficiente cómo el acuerdo constitucional, pacífico, tuvo en sus bordes esas salpicaduras de sangre, como una escenificación tétrica de lo que intentaba superar: el baño de la guerra civil. Contra la proyección waltdisneyesca de la Transición que se hace ahora, el apaño constitucional fue un logro eminentemente pesimista; en realidad, mira por dónde, gramsciano: pesimista de la inteligencia, optimista de la voluntad.
Para darles prestigio a las obras (iba a escribir productos) culturales, se ha puesto de moda resaltar su carácter político. Suele ser mal síntoma. Porque, en efecto, todo es político: pero justo por ello no es necesario enfatizarlo; al menos no sistemática, neuróticamente. Ese énfasis abarata. Cuando se dice de una obra artística que es política, por lo general se está incurriendo en una simplificación: ideológica, abstractizante. Y se está socavando la función verdaderamente política, civilizadora, de toda obra: la de dar cuenta de la complejidad del mundo; incluso de la complejidad del mundo político, del poder.
“Las cosas no son tan sencillas”, debería ser la conclusión de toda novela posible e imposible. (Y, en la medida de sus limitaciones, de toda columna).
* * *
En El Español.
Produce un cierto vértigo, y una melancolía notable, haber sido testigo de una época histórica: y ver cómo los más jóvenes la recrean, con acusada fantasía –y fantasmagoría. De mi melancolía forma parte, naturalmente, la deducción sobre mis propias fantasías y fantasmagorías hacia el pasado que no viví. Si la memoria de uno mismo es inestable, la de lo que no vivió (¡la “memoria histórica”!) sí que debe de ser ya una novela...
Muñoz salvaguarda la ambigüedad y la riqueza de Años felices. Pero no puede evitar su cuñita generacional en contra de la Transición, que no sé aún en qué medida está en la obra. Quizá sea un abuso alegórico por parte del reseñista equiparar “el país de las hadas” de la novela (ese Nueva York de los sesenta, “inconcreto y graciosísimo”) con “la España de las burbujas chispeantes de la Transición”. No lo sé.
Sí sé que de “país de las hadas” aquella España tuvo poco. Hace unos días hemos recordado el asesinato, por parte de la extrema derecha, de los abogados laboralistas de Atocha. Hubo otros asesinatos de la extrema derecha. Y más de la extrema izquierda. No se ha resaltado lo suficiente cómo el acuerdo constitucional, pacífico, tuvo en sus bordes esas salpicaduras de sangre, como una escenificación tétrica de lo que intentaba superar: el baño de la guerra civil. Contra la proyección waltdisneyesca de la Transición que se hace ahora, el apaño constitucional fue un logro eminentemente pesimista; en realidad, mira por dónde, gramsciano: pesimista de la inteligencia, optimista de la voluntad.
Para darles prestigio a las obras (iba a escribir productos) culturales, se ha puesto de moda resaltar su carácter político. Suele ser mal síntoma. Porque, en efecto, todo es político: pero justo por ello no es necesario enfatizarlo; al menos no sistemática, neuróticamente. Ese énfasis abarata. Cuando se dice de una obra artística que es política, por lo general se está incurriendo en una simplificación: ideológica, abstractizante. Y se está socavando la función verdaderamente política, civilizadora, de toda obra: la de dar cuenta de la complejidad del mundo; incluso de la complejidad del mundo político, del poder.
“Las cosas no son tan sencillas”, debería ser la conclusión de toda novela posible e imposible. (Y, en la medida de sus limitaciones, de toda columna).
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En El Español.
26.1.17
La nieve cubrirá todas las cosas
No es lo más edificante, pero cuando a un terrorista le estalla en las manos la bomba que pensaba poner, matándolo o mutilándolo a él solo, se produce en las personas normales una alegría irreprimible. Puede que sea un sentimiento vergonzante, para quienes no somos partidarios de la pena capital: ¿nos regocijamos de esa muerte, pero no estaríamos dispuestos a aplicarla...? Por eso no termina de haber moralidad ahí. Pero sí sensación de justicia: de justicia poética. Por un momento pareciera que funcionan en favor del bien, o en contra del mal, los engranajes del mundo...
Pero esos engranajes van por su cuenta, ajenos a los hombres. Y a veces producen lo más doloroso: una injusticia que, por la perfección del daño, resulta poética también. Así la muerte de los que se disponían a salvar a otros. Bomberos, policías, guardias civiles, soldados, socorristas. O vecinos, familiares, incluso desconocidos. Individuos que detectaron a otro en apuros y lo consideraron (a veces sin pensar) su prójimo: arriesgando o dando la vida por él. Ahora ha ocurrido con los seis socorristas del helicóptero en la nieve de Italia.
“La nieve cubrirá todas las cosas”, canta en italiano João Gilberto. Cubrirá también los gestos de nobleza, en este universo indiferente. Yo he asistido a un sacrificio así, justo en Bahía. En la laguna de Abaeté, cercana a Salvador, se ahogó un muchacho que intentó salvar a su hermana. Pusieron su cuerpo negro en la arena blanca. Era absurdo y desazonador, pero también insoportablemente hermoso.
* * *
En The Objective.
Pero esos engranajes van por su cuenta, ajenos a los hombres. Y a veces producen lo más doloroso: una injusticia que, por la perfección del daño, resulta poética también. Así la muerte de los que se disponían a salvar a otros. Bomberos, policías, guardias civiles, soldados, socorristas. O vecinos, familiares, incluso desconocidos. Individuos que detectaron a otro en apuros y lo consideraron (a veces sin pensar) su prójimo: arriesgando o dando la vida por él. Ahora ha ocurrido con los seis socorristas del helicóptero en la nieve de Italia.
“La nieve cubrirá todas las cosas”, canta en italiano João Gilberto. Cubrirá también los gestos de nobleza, en este universo indiferente. Yo he asistido a un sacrificio así, justo en Bahía. En la laguna de Abaeté, cercana a Salvador, se ahogó un muchacho que intentó salvar a su hermana. Pusieron su cuerpo negro en la arena blanca. Era absurdo y desazonador, pero también insoportablemente hermoso.
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En The Objective.
23.1.17
La guinda sexual de la Transición
El lío de la “alta personalidad del Estado” y la “vedete” fue procesado con finura y gracia en su momento –cuando don Juan Carlos aún estaba en el trono– con este chiste encantador:
–Diga tres parejas de famosos.
–Paquirri y la Pantoja. Carlos y Diana. Bárbara Rey.
Ahora ya conocemos los detalles sórdidos: engaños, espionaje, chantaje, pagos con dinero público... Pero el comienzo de la era Trump me pide evasión y prefiero enfocar el asunto –al menos hoy– desde una perspectiva frívola, que no anula la otra pero que también forma parte de la (¡inagotable!) realidad.
Y es que leyendo los reportajes de estos días, que han desatado mis evocaciones, he caído en la cuenta de que Bárbara Rey no solo le gustaba al ídem, sino también a los muchachitos de la Transición. Había pues un interesante acompasamiento de pulsiones, que cada cual satisfacía en la medida de sus posibilidades. La alta jefatura del Estado a lo grande, y los adolescentes de entonces echando mano (¡nunca mejor dicho!) de las fotos del Interviú...
Para nosotros (hablo de los muchachitos de entonces; las muchachitas tendrán su propia visión) Bárbara Rey no fue cualquier cosa, sino nada menos que la primera mujer a la que vimos desnuda. Y este es un plural contrastadamente generacional: en las rememoraciones con mis coetáneos aflora siempre ella. Antes estuvo Marisol en el mismo Interviú, pero solo enseñaba los pechos y su belleza era limpia, asexuada casi, entre de Botticelli y Danone. La primera mujer fue Bárbara. Por ella yo tuve, por ejemplo, noticia del vello púbico: sorpresa biográfica de la que aún no me he recuperado.
Se habló mucho de sus largas piernas cuando debutó en Palmarés. Paco Gandía contaba: “Para darle un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Ahora es imposible no percibir el machismo, que en aquellos tiempos se confundía con el ambiente. Pero el machismo español era siempre de hombres bajitos y acomplejados revoloteando en torno a gigantas. Tenía mucho de autoparódico (involuntariamente autoparódico), como en la célebre perorata de El Fary –ese Paco Gandía de la canción– contra “el hombre blandengue”.
El habitante de la Zarzuela era alto, aunque hemos ido sabiendo que allí se cocía otra especie de landismo. Triunfador, eso sí: más tipo Puigcorbé, que fue el Landa de la Transición (y que terminaría interpretando a don Juan Carlos). Quizá la democracia consistió en que del Rey para abajo todos estuviésemos viendo a la misma mujer en pelotas. Al final resulta que el patriotismo constitucional no era tan frío.
* * *
En El Español.
–Diga tres parejas de famosos.
–Paquirri y la Pantoja. Carlos y Diana. Bárbara Rey.
Ahora ya conocemos los detalles sórdidos: engaños, espionaje, chantaje, pagos con dinero público... Pero el comienzo de la era Trump me pide evasión y prefiero enfocar el asunto –al menos hoy– desde una perspectiva frívola, que no anula la otra pero que también forma parte de la (¡inagotable!) realidad.
Y es que leyendo los reportajes de estos días, que han desatado mis evocaciones, he caído en la cuenta de que Bárbara Rey no solo le gustaba al ídem, sino también a los muchachitos de la Transición. Había pues un interesante acompasamiento de pulsiones, que cada cual satisfacía en la medida de sus posibilidades. La alta jefatura del Estado a lo grande, y los adolescentes de entonces echando mano (¡nunca mejor dicho!) de las fotos del Interviú...
Para nosotros (hablo de los muchachitos de entonces; las muchachitas tendrán su propia visión) Bárbara Rey no fue cualquier cosa, sino nada menos que la primera mujer a la que vimos desnuda. Y este es un plural contrastadamente generacional: en las rememoraciones con mis coetáneos aflora siempre ella. Antes estuvo Marisol en el mismo Interviú, pero solo enseñaba los pechos y su belleza era limpia, asexuada casi, entre de Botticelli y Danone. La primera mujer fue Bárbara. Por ella yo tuve, por ejemplo, noticia del vello púbico: sorpresa biográfica de la que aún no me he recuperado.
Se habló mucho de sus largas piernas cuando debutó en Palmarés. Paco Gandía contaba: “Para darle un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Ahora es imposible no percibir el machismo, que en aquellos tiempos se confundía con el ambiente. Pero el machismo español era siempre de hombres bajitos y acomplejados revoloteando en torno a gigantas. Tenía mucho de autoparódico (involuntariamente autoparódico), como en la célebre perorata de El Fary –ese Paco Gandía de la canción– contra “el hombre blandengue”.
El habitante de la Zarzuela era alto, aunque hemos ido sabiendo que allí se cocía otra especie de landismo. Triunfador, eso sí: más tipo Puigcorbé, que fue el Landa de la Transición (y que terminaría interpretando a don Juan Carlos). Quizá la democracia consistió en que del Rey para abajo todos estuviésemos viendo a la misma mujer en pelotas. Al final resulta que el patriotismo constitucional no era tan frío.
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En El Español.
12.1.17
Siglo largo, experiencia corta
Puede que nos hayamos precipitado al declarar corto el siglo XX. La fórmula, leo ahora que de Iván Berend, la popularizó Eric Hobsbawm y la ha utilizado también John Lukacs. Los tres son historiadores de ese siglo, por lo que resulta comprensible la pulsión de dar por concluido su objeto de estudio: solo se puede hacer historia de lo que ha terminado.
Pero yo no dejo de ver siglo XX por todas partes. Para mí está resultando un siglo demasiado largo, que se ha comido ya lo que llevamos del XXI. Por un lado nos encontramos en territorio nuevo, sí: en un mundo globalizado y digitalizado, en el llamado capitalismo posindustrial, con los robots en ciernes, etc., etc. Pero por otro no dejan de zumbarnos las moscas del siglo pasado.
En el momento en que escribo, en Twitter España son trending topics La Pasionaria y Carrero Blanco. En Alemania se vende como rosquillas Mein Kampf. Nuestros comunistas se aprestan a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con nostalgia y elogios. Y a la presidencia de Estados Unidos acaba de llegar un mamarracho que parece un espadón del siglo XIX. (Solo en eso podría no parecer del XX: en que parece del XIX). El triunfo de Trump, por cierto, ha implicado reabrir la Guerra Fría... para que la ganen los rusos.
Lo corto ha sido la experiencia. Es desolador ver que la Transición la hicieron en España quienes habían sufrido físicamente la Guerra Civil. Y la construcción de Europa quienes habían sufrido las dos guerras mundiales. No ha habido aprendizaje mental, racional. En dos o tres generaciones, en cuanto el dolor de los cuerpos apaleados se ha extinguido, se está volviendo a las andadas. Esto es lo que hay, supongo. Y por eso, supongo, la historia siempre ha sido así.
* * *
En The Objective.
Pero yo no dejo de ver siglo XX por todas partes. Para mí está resultando un siglo demasiado largo, que se ha comido ya lo que llevamos del XXI. Por un lado nos encontramos en territorio nuevo, sí: en un mundo globalizado y digitalizado, en el llamado capitalismo posindustrial, con los robots en ciernes, etc., etc. Pero por otro no dejan de zumbarnos las moscas del siglo pasado.
En el momento en que escribo, en Twitter España son trending topics La Pasionaria y Carrero Blanco. En Alemania se vende como rosquillas Mein Kampf. Nuestros comunistas se aprestan a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con nostalgia y elogios. Y a la presidencia de Estados Unidos acaba de llegar un mamarracho que parece un espadón del siglo XIX. (Solo en eso podría no parecer del XX: en que parece del XIX). El triunfo de Trump, por cierto, ha implicado reabrir la Guerra Fría... para que la ganen los rusos.
Lo corto ha sido la experiencia. Es desolador ver que la Transición la hicieron en España quienes habían sufrido físicamente la Guerra Civil. Y la construcción de Europa quienes habían sufrido las dos guerras mundiales. No ha habido aprendizaje mental, racional. En dos o tres generaciones, en cuanto el dolor de los cuerpos apaleados se ha extinguido, se está volviendo a las andadas. Esto es lo que hay, supongo. Y por eso, supongo, la historia siempre ha sido así.
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En The Objective.
10.1.17
Cuestionario Proust (2017)
Respondo una vez más al Cuestionario Proust. Ya lo hice en 2006 y 2012, pero esta es la primera que lo hago después de haber leído En busca del tiempo perdido (hace dos años). ¡Y desde mis aquilatados cincuenta!
Los principales rasgos de mi carácter
¡Me molesta la pregunta! Y esta molestia es sintomática: estoy un poco cansado de mí, o quizá me ha sobrevenido un ataque de pudor. Digamos que me siento caracterizado por un cruce de alegría y melancolía, o de agitación y estancamiento. Mis rasgos en general resultan poco darwinistas. Así estaría bien, si tuviese dinero.
La cualidad que prefiero en un hombre
A estas alturas, que no dé mucho la lata.
La cualidad que prefiero en una mujer
En una mujer me molesta menos que dé la lata, aunque tampoco es lo deseable. Me gusta que sea lista, incluso listilla. Y si hay posibilidad erótica, me gusta que me guste.
Lo que más aprecio de mis amigos
Que lo sigan siendo. Y esto es una espléndida señal para ellos, puesto que ni uno solo de mis examigos (¡lo digo objetivamente!) ha dejado de revelarse como un gilipollas.
Mi principal defecto
Diré dos: un cierto egotismo y mis problemas con el hacer (con la producción, con la poiesis).
Mi ocupación favorita
Pasear, leer/escribir y estar juntos.
Mi sueño de felicidad
El amor correspondido y la obra lograda. Disponer de años (y días) hábiles.
Lo que para mí sería la mayor desgracia
Acabar en la indigencia.
Quién me gustaría ser
El que quiero. Con ligereza, naturalidad y exitillo económico.
Dónde me gustaría vivir
A quinientos kilómetros como máximo, y con billetes del Ave.
Mi color preferido
El azul mediterráneo.
La flor que más me gusta
El tulipán.
Mi ave favorita
El gorrión.
Mis autores preferidos
Proust (¡lo pongo el primero por cortesía!), Nietzsche, Montaigne, Pessoa, Cioran, Jünger, Bernhard, Borges, Savater.
Mis poetas favoritos
Apollinaire, Cernuda, Aldana, Eliot, Paz, Carnero, Szymborska.
Mis héroes de ficción
El Goethe de Eckermann, el Johnson de Boswell y el Trapiello de sus diarios.
Mis heroínas de ficción
Las protagonistas de las canciones de Adriana Calcanhotto.
Mis compositores preferidos
Bach, Mozart, Schubert, Coltrane, Jobim, João Donato.
Mis artistas favoritos
¡Estoy post-artístico! Así que Duchamp. Y los fotógrafos de lo que hay.
Mis héroes en la vida real
Los de la resistencia antinacionalista en la Cataluña ocupada por los nacionalistas.
Mis heroínas históricas
Rosa Parks (que le daría un bofetón a Garganté).
Los nombres que más me gustan
Los de las musas de Ricardo Reis: Lídia, Cloe, Neera... Los de las musas de Horacio: Glícera, Lice, Barine, Pirra... ¡Y Simonetta Vespucci!
Lo que más odio
El ceporrismo.
Los personajes históricos que menos me gustan
Los demagogos, los tiranos, los sacerdotes de la ideología.
La campaña militar que más admiro
La del general Grant (según la cuenta John Keegan).
La reforma que más aprecio
Apreciaría una reforma educativa de verdad, si se produjera. Por lo demás, aprecio justamente el reformismo. Y la Ilustración.
El don de la naturaleza que me gustaría tener
El de darles belleza a los crepúsculos.
Cómo me gustaría morir
Amado y sin dolor. Con la vida cumplida.
El estado actual de mi espíritu
Con ganas; aunque preocupado por lo que pueda ir deparando esa bomba de relojería que es la edad.
Las faltas que puedo soportar
Las que no se deben a la crueldad, la estupidez o la mezquindad.
Mi lema
"É a Hora!".
Los principales rasgos de mi carácter
¡Me molesta la pregunta! Y esta molestia es sintomática: estoy un poco cansado de mí, o quizá me ha sobrevenido un ataque de pudor. Digamos que me siento caracterizado por un cruce de alegría y melancolía, o de agitación y estancamiento. Mis rasgos en general resultan poco darwinistas. Así estaría bien, si tuviese dinero.
La cualidad que prefiero en un hombre
A estas alturas, que no dé mucho la lata.
La cualidad que prefiero en una mujer
En una mujer me molesta menos que dé la lata, aunque tampoco es lo deseable. Me gusta que sea lista, incluso listilla. Y si hay posibilidad erótica, me gusta que me guste.
Lo que más aprecio de mis amigos
Que lo sigan siendo. Y esto es una espléndida señal para ellos, puesto que ni uno solo de mis examigos (¡lo digo objetivamente!) ha dejado de revelarse como un gilipollas.
Mi principal defecto
Diré dos: un cierto egotismo y mis problemas con el hacer (con la producción, con la poiesis).
Mi ocupación favorita
Pasear, leer/escribir y estar juntos.
Mi sueño de felicidad
El amor correspondido y la obra lograda. Disponer de años (y días) hábiles.
Lo que para mí sería la mayor desgracia
Acabar en la indigencia.
Quién me gustaría ser
El que quiero. Con ligereza, naturalidad y exitillo económico.
Dónde me gustaría vivir
A quinientos kilómetros como máximo, y con billetes del Ave.
Mi color preferido
El azul mediterráneo.
La flor que más me gusta
El tulipán.
Mi ave favorita
El gorrión.
Mis autores preferidos
Proust (¡lo pongo el primero por cortesía!), Nietzsche, Montaigne, Pessoa, Cioran, Jünger, Bernhard, Borges, Savater.
Mis poetas favoritos
Apollinaire, Cernuda, Aldana, Eliot, Paz, Carnero, Szymborska.
Mis héroes de ficción
El Goethe de Eckermann, el Johnson de Boswell y el Trapiello de sus diarios.
Mis heroínas de ficción
Las protagonistas de las canciones de Adriana Calcanhotto.
Mis compositores preferidos
Bach, Mozart, Schubert, Coltrane, Jobim, João Donato.
Mis artistas favoritos
¡Estoy post-artístico! Así que Duchamp. Y los fotógrafos de lo que hay.
Mis héroes en la vida real
Los de la resistencia antinacionalista en la Cataluña ocupada por los nacionalistas.
Mis heroínas históricas
Rosa Parks (que le daría un bofetón a Garganté).
Los nombres que más me gustan
Los de las musas de Ricardo Reis: Lídia, Cloe, Neera... Los de las musas de Horacio: Glícera, Lice, Barine, Pirra... ¡Y Simonetta Vespucci!
Lo que más odio
El ceporrismo.
Los personajes históricos que menos me gustan
Los demagogos, los tiranos, los sacerdotes de la ideología.
La campaña militar que más admiro
La del general Grant (según la cuenta John Keegan).
La reforma que más aprecio
Apreciaría una reforma educativa de verdad, si se produjera. Por lo demás, aprecio justamente el reformismo. Y la Ilustración.
El don de la naturaleza que me gustaría tener
El de darles belleza a los crepúsculos.
Cómo me gustaría morir
Amado y sin dolor. Con la vida cumplida.
El estado actual de mi espíritu
Con ganas; aunque preocupado por lo que pueda ir deparando esa bomba de relojería que es la edad.
Las faltas que puedo soportar
Las que no se deben a la crueldad, la estupidez o la mezquindad.
Mi lema
"É a Hora!".
9.1.17
Aznar contra la 'pax' de Rajoy
Tengo amigos simpatizantes del PP que simpatizan además con Mariano Rajoy. No hablo de mera aceptación como mal menor, sino de que les resulta simpático. Parece un oxímoron, pero me aseguran que le encuentran la gracia. Hablan de “retranca gallega”, y entonces entreveo una suerte de humorismo regional, como el del catalán –ya fallecido– Eugenio. Aunque a mí personalmente, como dice Carlos Boyero de algunas películas, “no me llega”.
La novedad estas Navidades ha sido que un par de amigos simpatizantes del PSOE y una amiga simpatizante de IU me han soltado, en conversaciones distintas, que Rajoy les cae bien. En parte debe de ser por el cariño que suscita el vencedor. Y en parte por el cansancio tras el año de disputas infructuosas. No es descartable el espíritu propio de las fechas: al fin y al cabo, ningún político tiene más pinta de Papá Noel. Su gran regalo, por cierto, han sido las Navidades mismas; es decir, unas Navidades normales, sin las elecciones que las amenazaban. (Al PSOE le sigue faltando suerte: contribuyó al regalo y solo le han traído carbón).
El estado de los demás partidos es un elemento esencial en la pax de Rajoy, que se alimenta –economía aparte– de las guerras intestinas del PSOE y de Podemos. Estos últimos (¡angelitos!) incluso le han puesto un biombo al próximo congreso del PP, al haber decidido celebrar en los mismos días el suyo, que se augura más animado. Una animación nivel circo romano: gladiadores con piolet. Con todas las cámaras en el congreso de Podemos, el indolente Rajoy cortará y pinchará sin perturbación: de sus pioletazos, si los hubiere, se enterarán los afectados y pocos más.
Toda la Galia está, pues, ocupada por el rajoyismo. ¿Toda? ¡No! Una facción liderada por el irreductible José María Aznar resiste todavía y siempre al sucesor.
Por muy taponadas que estén, hay grietas en la pax rajoyana. En la encuesta que publicó ayer EL ESPAÑOL, el presidente suspende y su gestión solo la aprueba uno de cada cuatro votantes. Rajoy vence, pero no termina de convencer. Junto con los amigos rajoyistas de que hablé al comienzo, tengo otros –también simpatizantes del PP– a los que Rajoy no les hace ninguna gracia: detestan su espíritu acomodaticio, su dejadez ideológica. A estas alturas, quizá sean ellos sus mayores críticos de verdad.
A partir del análisis de los resultados de la encuesta, concluye hoy este periódico que habría sitio para un partido a la derecha del PP, liderado por Aznar. Lo cual tendría su belleza, y hasta su justicia poética: a falta de meneos exteriores, la inmovilidad de Rajoy se vería sacudida por uno interior. Un homenaje al principio filosófico de que nada se está quieto en este mundo inestable: si no te mueves, te mueven. Rajoy lo tiene todo atado y bien atado: menos a Aznar, que se desató de la presidencia de honor del PP, no se sabe si con vistas a echarse un bailecito.
Para los espectadores, sería impagable la guasa de que ese hipotético partido aznarista fuese para el PP lo mismo que Podemos para el PSOE. ¿Habrá algún atisbo en el congreso de febrero? Por si acaso, convendría reservar algunas cámaras.
* * *
En El Español.
La novedad estas Navidades ha sido que un par de amigos simpatizantes del PSOE y una amiga simpatizante de IU me han soltado, en conversaciones distintas, que Rajoy les cae bien. En parte debe de ser por el cariño que suscita el vencedor. Y en parte por el cansancio tras el año de disputas infructuosas. No es descartable el espíritu propio de las fechas: al fin y al cabo, ningún político tiene más pinta de Papá Noel. Su gran regalo, por cierto, han sido las Navidades mismas; es decir, unas Navidades normales, sin las elecciones que las amenazaban. (Al PSOE le sigue faltando suerte: contribuyó al regalo y solo le han traído carbón).
El estado de los demás partidos es un elemento esencial en la pax de Rajoy, que se alimenta –economía aparte– de las guerras intestinas del PSOE y de Podemos. Estos últimos (¡angelitos!) incluso le han puesto un biombo al próximo congreso del PP, al haber decidido celebrar en los mismos días el suyo, que se augura más animado. Una animación nivel circo romano: gladiadores con piolet. Con todas las cámaras en el congreso de Podemos, el indolente Rajoy cortará y pinchará sin perturbación: de sus pioletazos, si los hubiere, se enterarán los afectados y pocos más.
Toda la Galia está, pues, ocupada por el rajoyismo. ¿Toda? ¡No! Una facción liderada por el irreductible José María Aznar resiste todavía y siempre al sucesor.
Por muy taponadas que estén, hay grietas en la pax rajoyana. En la encuesta que publicó ayer EL ESPAÑOL, el presidente suspende y su gestión solo la aprueba uno de cada cuatro votantes. Rajoy vence, pero no termina de convencer. Junto con los amigos rajoyistas de que hablé al comienzo, tengo otros –también simpatizantes del PP– a los que Rajoy no les hace ninguna gracia: detestan su espíritu acomodaticio, su dejadez ideológica. A estas alturas, quizá sean ellos sus mayores críticos de verdad.
A partir del análisis de los resultados de la encuesta, concluye hoy este periódico que habría sitio para un partido a la derecha del PP, liderado por Aznar. Lo cual tendría su belleza, y hasta su justicia poética: a falta de meneos exteriores, la inmovilidad de Rajoy se vería sacudida por uno interior. Un homenaje al principio filosófico de que nada se está quieto en este mundo inestable: si no te mueves, te mueven. Rajoy lo tiene todo atado y bien atado: menos a Aznar, que se desató de la presidencia de honor del PP, no se sabe si con vistas a echarse un bailecito.
Para los espectadores, sería impagable la guasa de que ese hipotético partido aznarista fuese para el PP lo mismo que Podemos para el PSOE. ¿Habrá algún atisbo en el congreso de febrero? Por si acaso, convendría reservar algunas cámaras.
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En El Español.
3.1.17
Incoaligables
Una de las excentricidades de la vida política española, síntoma de su inmadurez, es la imposibilidad de que el PP y el PSOE se coaliguen. Hasta los que estábamos a favor de la Gran Coalición éramos conscientes de su imposibilidad. Le pedíamos peras al olmo, para que por pedir no quedase.La imposibilidad es ontológico-teatral. Es decir: tiene que ver con esencias que dependen del teatro, de la escenificación. El PP y el PSOE son dos marcas, como la Coca-Cola y la Pepsi-Cola, cuya diferencia –aparte del ligerísimo cambio de sabor de un refresco que básicamente es el mismo– está en el etiquetado. Y este, el etiquetado, es el verdadero campo de maniobras; como probó la Pepsi-Cola cuando pasó a llamarse solo Pepsi, eliminando ese “Cola” que compartía con su hipócrita competidora: ¡su semejante, su hermana!
Hay diferencias de sabor en el PP y el PSOE, pero básicamente, en tanto partidos institucionales, o institucionalistas, son el mismo refresco. Y lo digo como algo positivo, por cuanto que la institucionalidad que apoyan no es la de un Estado aberrante, sino –de acuerdo con la Constitución– la de “un Estado social y democrático de Derecho”. Se da la excentricidad (¡no faltan excentricidades en nuestra política!) de que los partidos que denuncian esa semejanza propugnan –y a veces practican– una anti-institucionalidad que es, en sí misma, una aberración...
El problema es que ese institucionalismo se plasma únicamente en acuerdos concretos del PP y el PSOE, en esa “coalición de facto” que señalaba aquí Arias Maldonado. Se resisten a la coalición formal –sobre todo el PSOE en este último periodo–, acaso porque una vez que representasen el mismo papel sobre el escenario, se apreciaría que lo que los diferencia es, ante todo, la escenificación de que son diferentes y, por lo tanto, incoaligables.
Un prurito teatral que, todo sea dicho, no nace en los partidos porque sí, sino porque lo demandan sus votantes. También estos se quieren sentir únicos y especiales, como buenos consumidores.
* * *
En The Objective.
31.12.16
Lecturas 2016
2016 ha sido para mí un año lector. Como me dio por anotar los títulos desde el 1 de enero, puedo poner aquí la lista. Van según el orden en que los empecé. Unos los leí del tirón, otros a lo largo de semanas o meses. Hay libros gordos y libros delgaditos. Hay relecturas. De la lista no he terminado aún el de Eckermann. Los que abandoné los taché y no aparecen. Entre los que aparecen, unos cuantos los leí en diagonal (¡modalidad que defiendo!). Incluyo, entre comillas, algunos artículos o capítulos sueltos que me pareció importante consignar. La lectura más larga, la que le ha dado el tono al año, ha sido la de Montaigne, que acabo justo hoy.
1. Los ensayos. Montaigne.
2. Odas. Horacio.
3. Marcel Proust 2. Biografía 1904-1922. George D. Painter.
4. Palomas y serpientes. Enrique García-Máiquez.
5. Diarios. Jaime Gil de Biedma
6. Las personas del verbo. Jaime Gil de Biedma.
7. Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina.
8. Proust. Samuel Beckett.
9. Proust y los signos. Gilles Deleuze.
10. Proust contra la decadencia. Józef Czapski.
11. Proust. Edmund White.
12. Contra Sainte-Beuve. Marcel Proust.
13. Confesiones. San Agustín.
14. Goethe. La vida como obra de arte. Rüdiger Safranski.
15. The Problems of Philosophy. Bertrand Russell.
16. Una gran profesional. Fernando del Moral.
17. Rubaiyat. Canciones para beber. Fernando Pessoa.
18. Seré un anciano hermoso en un gran país. Manuel Astur.
19. Los idiotas prefieren la montaña. Aloma Rodríguez.
20. Cómo cambiar la vida con Proust. Alain de Botton.
21. Goethe. Eugenio Trías.
22. "Neurosis obsesiva". Sigmund Freud.
23. "El mito individual del neurótico". Jacques Lacan.
24. "Goethe: la deuda y la vocación". Eugenio Trías.
25. El surrealismo. José Luis Giménez-Frontín.
26. ¿Qué es el surrealismo? André Breton.
27. La búsqueda del comienzo. Escritos sobre el surrealismo. Octavio Paz.
28. Pleamargen. Breton/Abeleira.
29. Filosofía del surrealismo. Ferdinand Alquié.
30. La España vacía. Sergio del Molino.
31. Una callada sombra. Luis Sanz Irles.
32. Tulipanes y delirios. Luis Sanz Irles.
33. El pacto ambiguo. Manuel Alberca.
34. Confianza o sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir. Gabriel Josipovici.
35. Verdad y mentiras en la literatura. Stephen Vizinczey.
36. Una habitación propia. Virginia Woolf.
37. Cocaína. Daniel Jiménez.
38. La muerte del padre. Karl Ove Knausgård.
39. Misión del ágrafo. Antonio Valdecantos.
40. Artistas sin obra. Jean-Yves Jouannais.
41. El libro tachado. Patricio Pron.
42. Hambre de realidad. David Shields.
43. Diario de Kioto. Ernesto Hernández Busto.
44. El sepulcro sin sosiego. Cyril Connolly.
45. Conversaciones con Goethe. Eckermann.
46. Enemigos de la promesa. Cyril Connolly.
47. Varados en Río. Javier Montes.
48. Boquitas pintadas. Manuel Puig.
49. La tarde de un escritor. Peter Handke.
50. Las ilusiones perdidas. Balzac.
51. Instante. Wislawa Szymborska.
52. Alcancía, ida. Rosa Chacel.
53. Alcancía, vuelta. Rosa Chacel.
54. Cae la noche tropical. Manuel Puig.
55. Por qué no he escrito ninguno de mis libros. Marcel Bénabou.
56. Proust. Derwent May.
57. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino.
58. Las flores del mal. Baudelaire.
59. Río de Janeiro, carnaval de fuego. Ruy Castro.
60. Poesía no completa. Wislawa Szymborska.
61. O Rio de todos os Brasis. Carlos Lessa.
62. Vinicius de Moraes, o poeta da paixão. José Castello.
63. Historia mínima de la Guerra Civil española. Enrique Moradiellos.
64. El bosque sagrado/The Sacred Wood. T. S. Eliot.
65. El esplín de París. Baudelaire.
66. Cinco horas con Mario. Miguel Delibes.
67. Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.
68. Pasados los setenta IV (1986-1990). Ernst Jünger.
69. Veranos de juventud (Letras Libres).
70. "Inconsolable". Javier Gomá.
71. El libro del reloj de arena. Ernst Jünger.
72. El viaje de Nietzsche a Sorrento. Paolo D'Iorio.
73. Un niño. Thomas Bernhard.
74. Autorretrato. Édouard Levé.
75. Una ilusión. Ismael Grasa.
76. Magistral. Rubén Martín Giráldez.
77. "Historial de un libro". Luis Cernuda.
78. Cuatro noches romanas. Guillermo Carnero.
79. Luis Cernuda, poeta, mundo, demonio. Luis Antonio de Villena.
80. "La palabra edificante (Luis Cernuda)". Octavio Paz.
81. El espacio y las máscaras. Introducción a la lectura de Cernuda. Jenaro Talens.
82. Luis Cernuda, el poeta en su leyenda. Philip Silver.
83. La realidad y el deseo. Luis Cernuda.
84. La poesía de Luis Cernuda. Derek Harris.
85. La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda. Eloy Sánchez Rosillo.
86. Cernuda ante sí mismo. Jaime Rodríguez Sacristán.
87. Luis Cernuda 1. Años españoles (1902-1938). Antonio Rivero Taravillo.
88. Luis Cernuda 2. Años de exilio (1938-1963). Antonio Rivero Taravillo.
89. Si quieres, puedes quedarte aquí. Txani Rodríguez.
90. Molestia aparte 1. Diarios 2001-2005. Ignacio Carrión.
91. Molestia aparte 2. Diarios 2006-2010. Ignacio Carrión.
92. Poemas (Visor). Hölderlin/Cernuda.
93. El oficio de editor. Jaime Salinas/Juan Cruz.
94. La democracia sentimental. Manuel Arias Maldonado.
95. Antología poética (Cátedra). Friedrich Hölderlin.
96. Las voces de Marrakesh. Elias Canetti.
97. Epistolario inédito. Luis Cernuda.
98. Hormigón. Thomas Bernhard.
99. Cuaderno de incertidumbre. Rafael García Maldonado.
100. El mono gramático. Octavio Paz.
101. Rapsodia. Pere Gimferrer.
102. La estación violenta. Octavio Paz.
103. Así habló Zaratustra (manga).
104. Sólo hechos. Andrés Trapiello.
105. Jugaban con serpientes. Francisco Solano.
106. De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Jaume Vallcorba.
107. El agua siempre encuentra su camino. Alejandro González Terriza.
108. Gato encerrado. Montaigne y la alegoría. Antoine Compagnon.
109. Miseria y compañía. Andrés Trapiello.
110. Antología poética (Cátedra). Philip Larkin.
111. El ciclo de la evaporación. Álvaro García.
112. High Windows. Philip Larkin.
113. Verano inglés. Guillermo Carnero.
114. Espejo de gran niebla. Guillermo Carnero.
115. Fuente de Médicis. Guillermo Carnero.
116. Montaigne. Peter Burke.
117. En mitad de la vida. Poesía completa. Hermann Broch.
118. Huellas. Tras los pasos de los románticos. Richard Holmes.
119. "De las alegorías a las novelas". Jorge Luis Borges.
1. Los ensayos. Montaigne.
2. Odas. Horacio.
3. Marcel Proust 2. Biografía 1904-1922. George D. Painter.
4. Palomas y serpientes. Enrique García-Máiquez.
5. Diarios. Jaime Gil de Biedma
6. Las personas del verbo. Jaime Gil de Biedma.
7. Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina.
8. Proust. Samuel Beckett.
9. Proust y los signos. Gilles Deleuze.
10. Proust contra la decadencia. Józef Czapski.
11. Proust. Edmund White.
12. Contra Sainte-Beuve. Marcel Proust.
13. Confesiones. San Agustín.
14. Goethe. La vida como obra de arte. Rüdiger Safranski.
15. The Problems of Philosophy. Bertrand Russell.
16. Una gran profesional. Fernando del Moral.
17. Rubaiyat. Canciones para beber. Fernando Pessoa.
18. Seré un anciano hermoso en un gran país. Manuel Astur.
19. Los idiotas prefieren la montaña. Aloma Rodríguez.
20. Cómo cambiar la vida con Proust. Alain de Botton.
21. Goethe. Eugenio Trías.
22. "Neurosis obsesiva". Sigmund Freud.
23. "El mito individual del neurótico". Jacques Lacan.
24. "Goethe: la deuda y la vocación". Eugenio Trías.
25. El surrealismo. José Luis Giménez-Frontín.
26. ¿Qué es el surrealismo? André Breton.
27. La búsqueda del comienzo. Escritos sobre el surrealismo. Octavio Paz.
28. Pleamargen. Breton/Abeleira.
29. Filosofía del surrealismo. Ferdinand Alquié.
30. La España vacía. Sergio del Molino.
31. Una callada sombra. Luis Sanz Irles.
32. Tulipanes y delirios. Luis Sanz Irles.
33. El pacto ambiguo. Manuel Alberca.
34. Confianza o sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir. Gabriel Josipovici.
35. Verdad y mentiras en la literatura. Stephen Vizinczey.
36. Una habitación propia. Virginia Woolf.
37. Cocaína. Daniel Jiménez.
38. La muerte del padre. Karl Ove Knausgård.
39. Misión del ágrafo. Antonio Valdecantos.
40. Artistas sin obra. Jean-Yves Jouannais.
41. El libro tachado. Patricio Pron.
42. Hambre de realidad. David Shields.
43. Diario de Kioto. Ernesto Hernández Busto.
44. El sepulcro sin sosiego. Cyril Connolly.
45. Conversaciones con Goethe. Eckermann.
46. Enemigos de la promesa. Cyril Connolly.
47. Varados en Río. Javier Montes.
48. Boquitas pintadas. Manuel Puig.
49. La tarde de un escritor. Peter Handke.
50. Las ilusiones perdidas. Balzac.
51. Instante. Wislawa Szymborska.
52. Alcancía, ida. Rosa Chacel.
53. Alcancía, vuelta. Rosa Chacel.
54. Cae la noche tropical. Manuel Puig.
55. Por qué no he escrito ninguno de mis libros. Marcel Bénabou.
56. Proust. Derwent May.
57. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino.
58. Las flores del mal. Baudelaire.
59. Río de Janeiro, carnaval de fuego. Ruy Castro.
60. Poesía no completa. Wislawa Szymborska.
61. O Rio de todos os Brasis. Carlos Lessa.
62. Vinicius de Moraes, o poeta da paixão. José Castello.
63. Historia mínima de la Guerra Civil española. Enrique Moradiellos.
64. El bosque sagrado/The Sacred Wood. T. S. Eliot.
65. El esplín de París. Baudelaire.
66. Cinco horas con Mario. Miguel Delibes.
67. Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.
68. Pasados los setenta IV (1986-1990). Ernst Jünger.
69. Veranos de juventud (Letras Libres).
70. "Inconsolable". Javier Gomá.
71. El libro del reloj de arena. Ernst Jünger.
72. El viaje de Nietzsche a Sorrento. Paolo D'Iorio.
73. Un niño. Thomas Bernhard.
74. Autorretrato. Édouard Levé.
75. Una ilusión. Ismael Grasa.
76. Magistral. Rubén Martín Giráldez.
77. "Historial de un libro". Luis Cernuda.
78. Cuatro noches romanas. Guillermo Carnero.
79. Luis Cernuda, poeta, mundo, demonio. Luis Antonio de Villena.
80. "La palabra edificante (Luis Cernuda)". Octavio Paz.
81. El espacio y las máscaras. Introducción a la lectura de Cernuda. Jenaro Talens.
82. Luis Cernuda, el poeta en su leyenda. Philip Silver.
83. La realidad y el deseo. Luis Cernuda.
84. La poesía de Luis Cernuda. Derek Harris.
85. La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda. Eloy Sánchez Rosillo.
86. Cernuda ante sí mismo. Jaime Rodríguez Sacristán.
87. Luis Cernuda 1. Años españoles (1902-1938). Antonio Rivero Taravillo.
88. Luis Cernuda 2. Años de exilio (1938-1963). Antonio Rivero Taravillo.
89. Si quieres, puedes quedarte aquí. Txani Rodríguez.
90. Molestia aparte 1. Diarios 2001-2005. Ignacio Carrión.
91. Molestia aparte 2. Diarios 2006-2010. Ignacio Carrión.
92. Poemas (Visor). Hölderlin/Cernuda.
93. El oficio de editor. Jaime Salinas/Juan Cruz.
94. La democracia sentimental. Manuel Arias Maldonado.
95. Antología poética (Cátedra). Friedrich Hölderlin.
96. Las voces de Marrakesh. Elias Canetti.
97. Epistolario inédito. Luis Cernuda.
98. Hormigón. Thomas Bernhard.
99. Cuaderno de incertidumbre. Rafael García Maldonado.
100. El mono gramático. Octavio Paz.
101. Rapsodia. Pere Gimferrer.
102. La estación violenta. Octavio Paz.
103. Así habló Zaratustra (manga).
104. Sólo hechos. Andrés Trapiello.
105. Jugaban con serpientes. Francisco Solano.
106. De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Jaume Vallcorba.
107. El agua siempre encuentra su camino. Alejandro González Terriza.
108. Gato encerrado. Montaigne y la alegoría. Antoine Compagnon.
109. Miseria y compañía. Andrés Trapiello.
110. Antología poética (Cátedra). Philip Larkin.
111. El ciclo de la evaporación. Álvaro García.
112. High Windows. Philip Larkin.
113. Verano inglés. Guillermo Carnero.
114. Espejo de gran niebla. Guillermo Carnero.
115. Fuente de Médicis. Guillermo Carnero.
116. Montaigne. Peter Burke.
117. En mitad de la vida. Poesía completa. Hermann Broch.
118. Huellas. Tras los pasos de los románticos. Richard Holmes.
119. "De las alegorías a las novelas". Jorge Luis Borges.
29.12.16
La brasa islamista
Las terrazas de los bares, las calles, los paseos marítimos, las salas de conciertos, las estaciones, los mercadillos: ahí está hoy el frente.
Nunca nos habían puesto el heroísmo tan fácil. Nuestra misión militar es seguir haciendo nuestra vida, resistiendo –aun con miedo en el cuerpo– en nuestras posiciones descreídas y lúdicas. Tomarse una cerveza o un gin-tonic, ir a escuchar a Bisbal, comprarse una muñeca hinchable, es mantenerse en la trinchera, asumiendo el riesgo de que nos caiga un bombazo o llegue un majara con un camión o una metralleta.
Este es el enemigo, exactamente: un majara con metralleta. Un pesado que mata. Y a lo peor, mientras te mueres o te recompones un miembro o te agarras las tripas, todavía tienes que tragarte la paliza infumable sobre un dios del que se predica grandeza pero que en esos momentos está enanificado hasta lo irrisorio, por el tal individuo que lo grita con rigidez de enfermo.
El yihadista es un jibarizador de su Alá. Del mismo modo que el Dios de los cristianos escupe a los tibios, el de los musulmanes debe de escupir a estos brasas que lo empequeñecen. Y lo aburren. ¡Porque no hay quien los aguante! El espectáculo del fanatismo es soporífero. Si alguno por casualidad llegara al famoso paraíso de las huríes, al momento convertirían aquello en un muermazo.
Esto no es una guerra de buenos y malos, sino una guerra de buenos (¡o regulares, tampoco nos pongamos estupendos!) y pesados. Jamás ha habido unos payasos tan lamentables.
* * *
En The Objective.
Nunca nos habían puesto el heroísmo tan fácil. Nuestra misión militar es seguir haciendo nuestra vida, resistiendo –aun con miedo en el cuerpo– en nuestras posiciones descreídas y lúdicas. Tomarse una cerveza o un gin-tonic, ir a escuchar a Bisbal, comprarse una muñeca hinchable, es mantenerse en la trinchera, asumiendo el riesgo de que nos caiga un bombazo o llegue un majara con un camión o una metralleta.
Este es el enemigo, exactamente: un majara con metralleta. Un pesado que mata. Y a lo peor, mientras te mueres o te recompones un miembro o te agarras las tripas, todavía tienes que tragarte la paliza infumable sobre un dios del que se predica grandeza pero que en esos momentos está enanificado hasta lo irrisorio, por el tal individuo que lo grita con rigidez de enfermo.
El yihadista es un jibarizador de su Alá. Del mismo modo que el Dios de los cristianos escupe a los tibios, el de los musulmanes debe de escupir a estos brasas que lo empequeñecen. Y lo aburren. ¡Porque no hay quien los aguante! El espectáculo del fanatismo es soporífero. Si alguno por casualidad llegara al famoso paraíso de las huríes, al momento convertirían aquello en un muermazo.
Esto no es una guerra de buenos y malos, sino una guerra de buenos (¡o regulares, tampoco nos pongamos estupendos!) y pesados. Jamás ha habido unos payasos tan lamentables.
* * *
En The Objective.
26.12.16
Monarquismo punki
No deja de regocijarme verme aquí: defendiendo el Establishment, haciendo de monárquico desde mi republicanismo. Yo (¡como muchos!) quise ser un provocador, un maldito, un enfant terrible. Y esta España desquiciada me permite serlo desde la sensatez, que es lo que pega con mi edad (una sensatez no cipotuda, por cierto, sino cojonuda): quedando como un punki por apoyar al Rey y sus sosos discursos, su apazguatamiento civilizatorio y cortés.
Ya sé que los que están arriba en el Establishment que malamente apuntalo se seguirán llevando la pasta y yo seguiré pobre. ¡Pero qué le vamos a hacer! Con el programa de nuestros pseudorrepublicanos estaríamos peor todos, salvo los que mandan entre ellos, que para eso están haciendo su “revolución” como unas oposiciones. El monarquismo gana hoy ética y sobre todo estéticamente. En el otro bando están los peores y los más feos (¡fealdad interior, en monadas como Ramón Espinar o Rita Maestre!). Al fin y al cabo, unos estamos por la ley democrática y otros por los caprichitos.
En mi Nochebuena empezamos diez ante la tele, seis adultos y cuatro niños. A los cinco minutos quedaba yo solo, y porque me tenía que ver el discurso entero por profesionalidad. Fue soporífero, como siempre. Y esto es lo bueno, lo bonito: el Jefe del Estado hablando romamente, sin intimidar. Ninguna obligación de verlo. Coacción cero. El propio Felipe VI pidió disculpas hacia el final, por estar robándoles tiempo a los españoles. Me enterneció. Nuestros pseudorrepublicanos prefieren las matracas de seis horas (¡y esas sí obligatorias, intimidatorias!) que daba el fallecido Fidel Castro: ese Papá Noel a la inversa, que les robó el regalo de vivir en Cuba a los que no lo aguantaban. Los que critican burdamente al Rey constitucional son los mismos que soltaron sus Orinocos de lágrimas por el dictador...
Gabriel Rufián –que ha logrado ser lo más descacharrado de eldiario.es, desbancando a Suso de Toro–, ha soltado una pieza que da el tono de nuestro republicanismo realmente existente, al que vengo llamando pseudo. Eso sí que es un discurso de rey antiguo, absolutista. Absolutista y absurdo, a lo Ionesco. Muy Ubú también: metiéndonos el palitroque en la oreja. Ese es el asunto: nuestros antimonárquicos son unos abusones del copón, unos protototalitarios. Y el funcionarial Rey (¡no es épico, pero es así!) es el que deja que cada cual haga su vida, porque es el que simboliza la democracia de todos. Con sus indispensables restricciones legales, naturalmente.
“God save the Queen”, cantaban los Sex Pistols. Aquí no tenemos ni que ponernos imperdibles en los mofletes. Nos basta decir modositamente “Viva el Rey” para pasar por punkis. Ante nuestros absolutistas realmente existentes.
* * *
En El Español.
Ya sé que los que están arriba en el Establishment que malamente apuntalo se seguirán llevando la pasta y yo seguiré pobre. ¡Pero qué le vamos a hacer! Con el programa de nuestros pseudorrepublicanos estaríamos peor todos, salvo los que mandan entre ellos, que para eso están haciendo su “revolución” como unas oposiciones. El monarquismo gana hoy ética y sobre todo estéticamente. En el otro bando están los peores y los más feos (¡fealdad interior, en monadas como Ramón Espinar o Rita Maestre!). Al fin y al cabo, unos estamos por la ley democrática y otros por los caprichitos.
En mi Nochebuena empezamos diez ante la tele, seis adultos y cuatro niños. A los cinco minutos quedaba yo solo, y porque me tenía que ver el discurso entero por profesionalidad. Fue soporífero, como siempre. Y esto es lo bueno, lo bonito: el Jefe del Estado hablando romamente, sin intimidar. Ninguna obligación de verlo. Coacción cero. El propio Felipe VI pidió disculpas hacia el final, por estar robándoles tiempo a los españoles. Me enterneció. Nuestros pseudorrepublicanos prefieren las matracas de seis horas (¡y esas sí obligatorias, intimidatorias!) que daba el fallecido Fidel Castro: ese Papá Noel a la inversa, que les robó el regalo de vivir en Cuba a los que no lo aguantaban. Los que critican burdamente al Rey constitucional son los mismos que soltaron sus Orinocos de lágrimas por el dictador...
Gabriel Rufián –que ha logrado ser lo más descacharrado de eldiario.es, desbancando a Suso de Toro–, ha soltado una pieza que da el tono de nuestro republicanismo realmente existente, al que vengo llamando pseudo. Eso sí que es un discurso de rey antiguo, absolutista. Absolutista y absurdo, a lo Ionesco. Muy Ubú también: metiéndonos el palitroque en la oreja. Ese es el asunto: nuestros antimonárquicos son unos abusones del copón, unos protototalitarios. Y el funcionarial Rey (¡no es épico, pero es así!) es el que deja que cada cual haga su vida, porque es el que simboliza la democracia de todos. Con sus indispensables restricciones legales, naturalmente.
“God save the Queen”, cantaban los Sex Pistols. Aquí no tenemos ni que ponernos imperdibles en los mofletes. Nos basta decir modositamente “Viva el Rey” para pasar por punkis. Ante nuestros absolutistas realmente existentes.
* * *
En El Español.
19.12.16
Pelín coral
Ahora se ha puesto de moda hablar en Podemos de “coralidad”, y todo el que lo dice debe disimular las ganas que tiene de llevar la voz cantante él solo. Sobre todo Pablo Iglesias, que es el macho alfa (¡el Aznar!) de Podemos. Decir mucho “coralidad” suena a exorcismo de los propios demonios. O a estrategia para que los demás acaben en el fondo del escenario coreando al solista: en Pablo Iglesias se oculta un Julio Iglesias.
De momento han acordado que en el próximo congreso de Vistalegre se visualice alegremente el trío P-E-A: pablistas, errejonistas y anticapitalistas. Cómo suenen será otra cosa. Yo tengo especial interés, por motivos regionales, en escuchar a Teresa Rodríguez y el Kichi: esa mezcla de Lole y Manuel y los Clinton. Y, ya por amor al arte, a Errejón Garfunkel: ¡su puente sobre aguas turbulentas! Y a Rita Maestre, la Laura Pausini espigada. También espero los gorgoritos, dentro o fuera del escenario, de Juan Carlos Monedero, el gran ruiseñor. Aunque algo está garantizado: por mucho que desentonen en los debates, al final todos cantarán al unísono algo de Quilapayún.
Pero antes que de ningún músico, de quien me acordé cuando el ególatra Iglesias habló de “coralidad” fue del actor Carlos Larrañaga, que de egolatría tampoco andaba corto. Según me contaron (¡fuentes fidedignas!), a finales de los noventa el galán acudió a una productora de televisión para que le hicieran una serie a la medida. “Ante todo que sea coral –exigió–, no quiero todo el protagonismo para mí”. La serie terminó siendo Señor alcalde, que emitió Telecinco. El alcalde, por supuesto, era Larrañaga. Pero empezó mal.
Al leer el primer capítulo se sintió decepcionado y fue a quejarse a los responsables: “Os ha quedado pelín coral, ¿eh? ¡Pelín coral!”. Cuando le dijeron que justo eso había pedido, que fuese coral, respondió: “¡Es que a mí hay que saberme entender!”. Y explicó, guión en mano: “Mirad, esta secuencia del debate en el ayuntamiento, por ejemplo. ¿Por qué habla tanto el de la oposición? Quedaría mejor así. Él se levanta para hablar, pero antes de que abra la boca yo le digo: 'No, no, si yo sé ya lo que me vas a decir. Tú me vas a decir que tal, tal, tal. Pues yo a eso te replico que tal, tal, tal'. Y él vuelve a intentar decir algo y yo lo mismo, vuelvo a cortarle. Y así una y otra vez. ¡No me digáis que no queda muchísimo mejor!”.
Ese va a ser el problema de Pablo Iglesias, o nuestro problema: que no le sabemos entender cuando dice “coralidad”.
* * *
En El Español.
De momento han acordado que en el próximo congreso de Vistalegre se visualice alegremente el trío P-E-A: pablistas, errejonistas y anticapitalistas. Cómo suenen será otra cosa. Yo tengo especial interés, por motivos regionales, en escuchar a Teresa Rodríguez y el Kichi: esa mezcla de Lole y Manuel y los Clinton. Y, ya por amor al arte, a Errejón Garfunkel: ¡su puente sobre aguas turbulentas! Y a Rita Maestre, la Laura Pausini espigada. También espero los gorgoritos, dentro o fuera del escenario, de Juan Carlos Monedero, el gran ruiseñor. Aunque algo está garantizado: por mucho que desentonen en los debates, al final todos cantarán al unísono algo de Quilapayún.
Pero antes que de ningún músico, de quien me acordé cuando el ególatra Iglesias habló de “coralidad” fue del actor Carlos Larrañaga, que de egolatría tampoco andaba corto. Según me contaron (¡fuentes fidedignas!), a finales de los noventa el galán acudió a una productora de televisión para que le hicieran una serie a la medida. “Ante todo que sea coral –exigió–, no quiero todo el protagonismo para mí”. La serie terminó siendo Señor alcalde, que emitió Telecinco. El alcalde, por supuesto, era Larrañaga. Pero empezó mal.
Al leer el primer capítulo se sintió decepcionado y fue a quejarse a los responsables: “Os ha quedado pelín coral, ¿eh? ¡Pelín coral!”. Cuando le dijeron que justo eso había pedido, que fuese coral, respondió: “¡Es que a mí hay que saberme entender!”. Y explicó, guión en mano: “Mirad, esta secuencia del debate en el ayuntamiento, por ejemplo. ¿Por qué habla tanto el de la oposición? Quedaría mejor así. Él se levanta para hablar, pero antes de que abra la boca yo le digo: 'No, no, si yo sé ya lo que me vas a decir. Tú me vas a decir que tal, tal, tal. Pues yo a eso te replico que tal, tal, tal'. Y él vuelve a intentar decir algo y yo lo mismo, vuelvo a cortarle. Y así una y otra vez. ¡No me digáis que no queda muchísimo mejor!”.
Ese va a ser el problema de Pablo Iglesias, o nuestro problema: que no le sabemos entender cuando dice “coralidad”.
* * *
En El Español.
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