El lastre de Podemos han sido esos regímenes que sus dirigentes apoyan; empezando, claro, por el de Venezuela: un país al que han contribuido activamente a hundir, y al que siguen empujando hacia abajo en estos momentos críticos. Esos regímenes han arrojado su sombra vieja sobre lo que ellos llamaban “nueva política”: una novedad quizá entre nosotros, pero con un fracaso contrastado en todos los sitios (y las épocas) en que se probó. El lastre de Podemos es que, no habiendo gobernado, se conocen de sobra los efectos que tendría su gobierno.
Íñigo Errejón, que es el listo, ha borrado ahora sus tuits de apoyo a la tiranía de Maduro. Hace nada hablaba de las tres comidas al día de los venezolanos. Debe de ser el listo por lo rápido que ha aprendido la lección. Es cierto que después de casi todo el mundo, y muchísimo después que los sufridos venezolanos. Pero en comparación con los que le rodean es el listo. También como listo es el primero de Podemos que, con respecto al “régimen del 78”, empieza a llegar poco a poco, con enormísimo esfuerzo intelectual y tras un tortuoso proceso interior, desgarrador sin duda, a unas conclusiones parecidas a las que el españolito medio llegó hace cuarenta años sin despeinarse.
Esos tuits maduristas, ha debido de pensar Errejón, eran un lastre para él. Como también lo eran Pablo Iglesias y (técnicamente) Podemos. Ramón Espinar es el último que se ha marchado. Antes lo hicieron muchos otros. La idea que va cundiendo es que Podemos es el gran lastre de Podemos. Cabría la esperanza de que, con la marcha de todos, Podemos se convirtiese en un partido puro: en el partido perfecto. Quizá entonces me animaba yo a votarlo. Pero hay dos que no se irán: Pablo Iglesias e Irene Montero. Tienen que pagarse un chalet y dependen de Podemos para pagarlo.
Me obsesiona Pablo Iglesias, la situación en que ha quedado. Oigo a Íñigo Errejón y a Carolina Bescansa hablar con ilusión del Podemos de antes, del Podemos del principio. De sus palabras se deduce que el que se lo ha cargado ha sido Iglesias. Empieza a transparentarse el pensamiento de que la única reactivación que tendría Podemos (aunque fuese sin su nombre) pasaría por depositar todos sus males en Iglesias –unos males que se deben a Iglesias solo en parte; en su mayor parte se deben al roce con la realidad– y eliminarlo. Entonces advendría la purificación. Sería un proceso sacrificial de libro (de libro de René Girard, concretamente, que tan bien ha estudiado entre nosotros el filósofo Juan Antonio Horrach).
Produce un cierto escalofrío constatar que Iglesias se ha ido cargando (él solito, podríamos decir) con los atributos del chivo expiatorio: su liderazgo unipersonal, los agraviados que ha dejado por el camino, su arrogancia de macho alfa (con sus parejas aupadas o defenestradas según su relación sentimental con ellas), el error de su mansión, incluso su repliegue por la baja de paternidad... Aislado ahora como un personaje de Shakespeare, casi está convocando al cuchillo.
Al cuchillo simbólico, no físico afortunadamente. Porque esta es otra que le deben los podemitas a su denostado “régimen del 78”: todo esto acabará sin muertos. No como en las épocas (y los sitios) que les gustan.
* * *
En El Español.
28.1.19
23.1.19
Atapuerca
La palabra se despega del niño de dos años que se cayó en el pozo. El niño sigue allí –seguirá allí aunque saquen el cuerpo– pero la palabra se mueve en otro mundo, un mundo casi autónomo: de asociaciones, ecos, pensamientos, mitos. Un mundo frío para el niño, que no lo protege; pero nos puede servir para conjurar el miedo, para acompañar la pena, a los que estamos arriba, hasta que dejemos de estarlo.
De niños era una de nuestras pesadillas recurrentes: la caída en un abismo, la angustia durante el trayecto, siempre demasiado largo, y el alivio final en el colchón. Para el pequeño de Totalán la realidad fue su pesadilla. Es insoportable pensarlo porque vivió la pesadilla definitiva, sin el despertar aliviado. Abruma la perfección de su fatalidad: ese entrar en la tierra por un conducto estrecho como un útero. Desaparecer como vino. Hago literatura, ¿pero qué puedo hacer?
El pasado 1 de enero me acordé de un ciclo de la Fundación Juan March sobre el origen y la evolución del hombre, impartido por paleontólogos de los yacimientos de Atapuerca. Juan Luis Arsuaga habla en su conferencia "Postura erguida, locomoción bípeda y el dilema del parto" de las dificultades del parto en nuestra especie, debidas a nuestra evolución hasta convertirnos en seres bípedos. Es una conferencia apasionante, que narra ese primer recorrido por el "canal del parto" como una auténtica odisea, complicada para el bebé y dolorosa para la madre. Arsuaga utiliza un sintagma expresivo: "el conflicto pélvico-encefálico".
Pero aunque ahora he vuelto a recordar el ciclo, mi recuerdo del 1 de enero fue por otra de las conferencias: "La evolución del lenguaje", de Ignacio Martínez Mendizábal. Y se debió a la primera noticia de este 2019, insoportable también: la del niño de tres años que murió atragantado con una uva en Nochevieja. En los días siguiente se publicó el dato de que el atragantamiento es la tercera causa de muerte no natural en España: en 2017 murieron en nuestro país 2.336 personas atragantadas.
Martínez Mendizábal explica que el peligro de atragantamiento –casi inexistente en los monos– lo tiene el ser humano por su capacidad de hablar. La laringe baja hace que la faringe sea demasiado larga, por lo que el alimento puede desviarse por la tráquea en vez de ir por el esófago. "¿Cómo la selección natural –se pregunta Martínez Mendizábal–, que hace que sobrevivan los más aptos, ha podido seleccionar una anatomía que es perjudicial para el organismo?". La solución la dio Darwin: cuando un órgano ha perdido eficacia en el desempeño de una función es porque ha adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. En este caso, la función nueva es el lenguaje. El niño de la uva y los miles de atragantados anuales son las bajas ocasionadas por este prodigio.
Mientras escribo siguen los trabajos para llegar al niño del pozo. Es imposible que esté vivo, pero hay que seguir; no ya por esperanza, sino por desesperación.
* * *
En The Objective.
De niños era una de nuestras pesadillas recurrentes: la caída en un abismo, la angustia durante el trayecto, siempre demasiado largo, y el alivio final en el colchón. Para el pequeño de Totalán la realidad fue su pesadilla. Es insoportable pensarlo porque vivió la pesadilla definitiva, sin el despertar aliviado. Abruma la perfección de su fatalidad: ese entrar en la tierra por un conducto estrecho como un útero. Desaparecer como vino. Hago literatura, ¿pero qué puedo hacer?
El pasado 1 de enero me acordé de un ciclo de la Fundación Juan March sobre el origen y la evolución del hombre, impartido por paleontólogos de los yacimientos de Atapuerca. Juan Luis Arsuaga habla en su conferencia "Postura erguida, locomoción bípeda y el dilema del parto" de las dificultades del parto en nuestra especie, debidas a nuestra evolución hasta convertirnos en seres bípedos. Es una conferencia apasionante, que narra ese primer recorrido por el "canal del parto" como una auténtica odisea, complicada para el bebé y dolorosa para la madre. Arsuaga utiliza un sintagma expresivo: "el conflicto pélvico-encefálico".
Pero aunque ahora he vuelto a recordar el ciclo, mi recuerdo del 1 de enero fue por otra de las conferencias: "La evolución del lenguaje", de Ignacio Martínez Mendizábal. Y se debió a la primera noticia de este 2019, insoportable también: la del niño de tres años que murió atragantado con una uva en Nochevieja. En los días siguiente se publicó el dato de que el atragantamiento es la tercera causa de muerte no natural en España: en 2017 murieron en nuestro país 2.336 personas atragantadas.
Martínez Mendizábal explica que el peligro de atragantamiento –casi inexistente en los monos– lo tiene el ser humano por su capacidad de hablar. La laringe baja hace que la faringe sea demasiado larga, por lo que el alimento puede desviarse por la tráquea en vez de ir por el esófago. "¿Cómo la selección natural –se pregunta Martínez Mendizábal–, que hace que sobrevivan los más aptos, ha podido seleccionar una anatomía que es perjudicial para el organismo?". La solución la dio Darwin: cuando un órgano ha perdido eficacia en el desempeño de una función es porque ha adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. En este caso, la función nueva es el lenguaje. El niño de la uva y los miles de atragantados anuales son las bajas ocasionadas por este prodigio.
Mientras escribo siguen los trabajos para llegar al niño del pozo. Es imposible que esté vivo, pero hay que seguir; no ya por esperanza, sino por desesperación.
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En The Objective.
21.1.19
Arriba y abajo (y en medio)
Como homenaje póstumo a Podemos me gustaría rescatar aquella idea suya de que no hay izquierda y derecha, sino arriba y abajo. Esta semana se ha cumplido por fin y Podemos se ha venido abajo al tiempo que el PP se venía arriba. Vox también está subidito, como lo estaba Podemos cuando hablaba de los de abajo desde arriba, que es desde donde gusta hablar. Ahora que podría hablarles de tú a tú ya no van a hacerle caso, porque a los de abajo les gusta votar a los que suben.
Me he acordado del gran Juan Cueto, que nos acaba de dejar. Con su lucidez vitriólica de los ochenta, el hombre que se autodefinía como “feo, catódico y sentimental” (lo primero por coquetería, porque era guapo) dijo cuando Serrat sacó el disco El sur también existe que lo que faltaba ahora que nos habíamos librado del chantaje ideológico era que nos cayese encima el chantaje geográfico. Él, que tanto norte nos dio con su revista Los Cuadernos del Norte. Pero de mi recuerdo lo que destaca es aquel hablar del chantaje ideológico en pasado... ¡Aquella dulzura de vivir!
Yo veo lo que está pasando en Podemos como un gran canto al “régimen del 78”: si en lugar de en este “régimen” que desprecian viviesen en alguno de los que adoran, estarían matándose físicamente. Pero el capitalismo también impone su coacción: hoy todos nos preguntamos cómo van a pagar Pablo Iglesias e Irene Montero su chalet si se les hunde el modelo de negocio. Mi pesimismo antropológico me hace no descartar que entre las motivaciones de Íñigo Errejón para apuñalar a Iglesias y liquidar Podemos esté ver a su amiguito del alma en la indigencia. La entrañable foto de los dos juntos de chavales no debe llevarnos a engaño: jugaban a la política y por lo tanto eran dos maquiavelines. El fallo de timing de Iglesias es que en el momento clave tiene que andarse con biberones en vez de con navajas.
El PP, mientras tanto, ha dedicado la semana a la trompetería autopromocional: primero con la presidencia de la Junta de Andalucía y luego con la Convención del finde. Entre una cosa y otra, se ha situado arriba y empieza a cundir la sensación de que pueda ir en serio. Aunque para los votantes seguirá el lastre de la corrupción, y pueden verse frenados por los mensajes contradictorios de Rajoy y Aznar (con esos malabarismos para que no se cruzaran). Los muy de derechas que no se lo terminen de creer seguirán con la idea de votar a Vox, incluso para decantar el PP que prefieren.
En cuanto a Ciudadanos, se ha quedado compuesto y sin Vargas Llosa. Ni arriba ni abajo: en medio. También en el centro de la vertical.
* * *
En El Español.
Me he acordado del gran Juan Cueto, que nos acaba de dejar. Con su lucidez vitriólica de los ochenta, el hombre que se autodefinía como “feo, catódico y sentimental” (lo primero por coquetería, porque era guapo) dijo cuando Serrat sacó el disco El sur también existe que lo que faltaba ahora que nos habíamos librado del chantaje ideológico era que nos cayese encima el chantaje geográfico. Él, que tanto norte nos dio con su revista Los Cuadernos del Norte. Pero de mi recuerdo lo que destaca es aquel hablar del chantaje ideológico en pasado... ¡Aquella dulzura de vivir!
Yo veo lo que está pasando en Podemos como un gran canto al “régimen del 78”: si en lugar de en este “régimen” que desprecian viviesen en alguno de los que adoran, estarían matándose físicamente. Pero el capitalismo también impone su coacción: hoy todos nos preguntamos cómo van a pagar Pablo Iglesias e Irene Montero su chalet si se les hunde el modelo de negocio. Mi pesimismo antropológico me hace no descartar que entre las motivaciones de Íñigo Errejón para apuñalar a Iglesias y liquidar Podemos esté ver a su amiguito del alma en la indigencia. La entrañable foto de los dos juntos de chavales no debe llevarnos a engaño: jugaban a la política y por lo tanto eran dos maquiavelines. El fallo de timing de Iglesias es que en el momento clave tiene que andarse con biberones en vez de con navajas.
El PP, mientras tanto, ha dedicado la semana a la trompetería autopromocional: primero con la presidencia de la Junta de Andalucía y luego con la Convención del finde. Entre una cosa y otra, se ha situado arriba y empieza a cundir la sensación de que pueda ir en serio. Aunque para los votantes seguirá el lastre de la corrupción, y pueden verse frenados por los mensajes contradictorios de Rajoy y Aznar (con esos malabarismos para que no se cruzaran). Los muy de derechas que no se lo terminen de creer seguirán con la idea de votar a Vox, incluso para decantar el PP que prefieren.
En cuanto a Ciudadanos, se ha quedado compuesto y sin Vargas Llosa. Ni arriba ni abajo: en medio. También en el centro de la vertical.
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En El Español.
14.1.19
Qué cambio
La palabra cambio ha vuelto a triunfar, después de aquel cartel –insuperado– de Felipe González en las elecciones generales de 1982, cuyo lema era Por el cambio. El del candidato del PP que va a ser presidente de la Junta de Andalucía ha sido Garantía de cambio. Quién nos iba a decir que muchos años después el cambio sería echar a los socialistas.
El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.
Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).
De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.
Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".
* * *
En El Español.
El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.
Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).
De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.
Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".
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En El Español.
9.1.19
Tres delicias
Algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar, sino con la palabra amistad, hizo que en el último tramo de mis lecturas de 2018 hubiese tres auténticas delicias. Tres libros elegantes, vitales y fecundos, con su puntito de melancolía, que es la señal de la alegría que va en la corriente del tiempo: Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida, de Ignacio Peyró; Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, de Ernesto Hernández Busto; y Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya, de Miriam Moreno Aguirre (el primero editado por Libros del Asteroide y los otros dos por Pre-Textos).
Comimos y bebimos es ante todo leímos: un disfrute de prosa consagrada a hacer perdurables los placeres fugaces de la mesa, que buscan su modo de eternidad en la memoria y en la repetición (siempre variada). Ignacio Peyró habla de comida y de bebida, pero sobre todo de amistad, de amor, de literatura, de lugares de culto (restaurantes, bares, algún club inglés y hasta una gasolinera), de etapas de la vida asociadas a los sentidos; de un mundo que desaparece, pero también de las compensaciones del que surge. A cada paso de su prosa hay expresiones felices y toquecitos emotivos, de un sentimentalismo con humor. De los clientes masculinos del lujoso Wilton’s de Londres (“caro como casar a una hija”) dice que gustan de “puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov”, de cierto camembert que huele “como los pies de Dios”, que la paella “no debería funcionar, y sin embargo funciona”, que el del puro es “el placer pensativo”, o que un buen bar es aquel que nos ofrece “el alcohol y la penumbra”. Yo he tenido la suerte de disfrutar con Peyró y los otros amigos catacumbísticos de tres de los lugares de Madrid que cita –El Padre, Asturianos y Cuenllas– y fueron ocasiones memorables: como las que transmite este libro.
En Hoguera y abanico, Ernesto Hernández Busto no solo ofrece una abundante muestra de poemas del maestro del haiku Matsuo Bashō (en versiones que son también poemas en español), sino además un extenso prólogo con la biografía y la poética del autor japonés, que sirve como un tratado de poesía (y vida). Cada haiku va en español y en japonés, y con un comentario que constituye en sí mismo una lectura deliciosa. Para Bashō, “el secreto de la poesía radica en pisar la senda intermedia entre la realidad y la vacuidad del mundo”. Es indudable la relación de este poeta con el zen, pero la interpretación de Hernández Busto tiene la virtud de –sin negarlo– resaltar el empeño esencial de Bashō, que no es el religioso sino el poético: sus iluminaciones son las de la poesía. Esta, para Bashō, ha de ser inútil: “Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno”. Así se mantendrá lejos “del ansia de poder, de la búsqueda de la fama y de las cosas que corrompen el alma”. Citaré solo un haiku, adecuado para estas fechas: “¡Ya es Año Nuevo! / Recuerdo solitarias / tardes de otoño”. En su comentario Hernández Busto habla del recogimiento del poeta en medio de la celebración, pero no para “enfrentar su soledad a la vanidad”, sino para “dar forma a un sentimiento ambivalente: esa porción de tristeza que es necesaria para que la vida cobre sentido”.
Otra modernidad es un extenso estudio, riguroso y apasionante, sobre la obra del pintor Ramón Gaya, con un cuadernillo final de casi sesenta ilustraciones que forma un museo portátil como el que Gaya se hizo en su exilio de México con reproducciones de cuadros que admiraba: aquí los que admiramos son sus propios cuadros. Miriam Moreno Aguirre repasa los hitos biográficos del artista, rastrea sus fuentes filosófico-estéticas (Krause, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Bergson), recorre su obra pictórica y analiza su visión del arte (y, nuevamente, de la vida). Además de pintor, Gaya fue un escritor notable que, en libros como El sentimiento de la pintura, Velázquez, pájaro solitario, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) o su Diario de un pintor, dejó sus ideas sobre la pintura, de una originalidad y una radicalidad que no tienen que ver con las pirotecnias vanguardistas, sino con esa “otra modernidad” del título; “una modernidad natural –escribe la autora– que no tiene rostro escandaloso, ni consta de aparato teórico”, porque, según Gaya, “viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviene a dar unos pasos: nada más, eso es todo”. Para Gaya, la clave del arte no es hacer, sino ser. Distingue entre la obra de creación y lo que él llama el “arte artístico”: el separado de la vida. Su denostación de este arte, y su dedicación al otro, lo asumió como un destino, sabiendo que con ello quedaba condenado a la falta de reconocimiento. Fue un nietzscheano verdadero, por intempestivo. De ahí la belleza de un libro como este, que contribuye a su restitución.
* * *
En The Objective.
Comimos y bebimos es ante todo leímos: un disfrute de prosa consagrada a hacer perdurables los placeres fugaces de la mesa, que buscan su modo de eternidad en la memoria y en la repetición (siempre variada). Ignacio Peyró habla de comida y de bebida, pero sobre todo de amistad, de amor, de literatura, de lugares de culto (restaurantes, bares, algún club inglés y hasta una gasolinera), de etapas de la vida asociadas a los sentidos; de un mundo que desaparece, pero también de las compensaciones del que surge. A cada paso de su prosa hay expresiones felices y toquecitos emotivos, de un sentimentalismo con humor. De los clientes masculinos del lujoso Wilton’s de Londres (“caro como casar a una hija”) dice que gustan de “puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov”, de cierto camembert que huele “como los pies de Dios”, que la paella “no debería funcionar, y sin embargo funciona”, que el del puro es “el placer pensativo”, o que un buen bar es aquel que nos ofrece “el alcohol y la penumbra”. Yo he tenido la suerte de disfrutar con Peyró y los otros amigos catacumbísticos de tres de los lugares de Madrid que cita –El Padre, Asturianos y Cuenllas– y fueron ocasiones memorables: como las que transmite este libro.
En Hoguera y abanico, Ernesto Hernández Busto no solo ofrece una abundante muestra de poemas del maestro del haiku Matsuo Bashō (en versiones que son también poemas en español), sino además un extenso prólogo con la biografía y la poética del autor japonés, que sirve como un tratado de poesía (y vida). Cada haiku va en español y en japonés, y con un comentario que constituye en sí mismo una lectura deliciosa. Para Bashō, “el secreto de la poesía radica en pisar la senda intermedia entre la realidad y la vacuidad del mundo”. Es indudable la relación de este poeta con el zen, pero la interpretación de Hernández Busto tiene la virtud de –sin negarlo– resaltar el empeño esencial de Bashō, que no es el religioso sino el poético: sus iluminaciones son las de la poesía. Esta, para Bashō, ha de ser inútil: “Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno”. Así se mantendrá lejos “del ansia de poder, de la búsqueda de la fama y de las cosas que corrompen el alma”. Citaré solo un haiku, adecuado para estas fechas: “¡Ya es Año Nuevo! / Recuerdo solitarias / tardes de otoño”. En su comentario Hernández Busto habla del recogimiento del poeta en medio de la celebración, pero no para “enfrentar su soledad a la vanidad”, sino para “dar forma a un sentimiento ambivalente: esa porción de tristeza que es necesaria para que la vida cobre sentido”.
Otra modernidad es un extenso estudio, riguroso y apasionante, sobre la obra del pintor Ramón Gaya, con un cuadernillo final de casi sesenta ilustraciones que forma un museo portátil como el que Gaya se hizo en su exilio de México con reproducciones de cuadros que admiraba: aquí los que admiramos son sus propios cuadros. Miriam Moreno Aguirre repasa los hitos biográficos del artista, rastrea sus fuentes filosófico-estéticas (Krause, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Bergson), recorre su obra pictórica y analiza su visión del arte (y, nuevamente, de la vida). Además de pintor, Gaya fue un escritor notable que, en libros como El sentimiento de la pintura, Velázquez, pájaro solitario, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) o su Diario de un pintor, dejó sus ideas sobre la pintura, de una originalidad y una radicalidad que no tienen que ver con las pirotecnias vanguardistas, sino con esa “otra modernidad” del título; “una modernidad natural –escribe la autora– que no tiene rostro escandaloso, ni consta de aparato teórico”, porque, según Gaya, “viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviene a dar unos pasos: nada más, eso es todo”. Para Gaya, la clave del arte no es hacer, sino ser. Distingue entre la obra de creación y lo que él llama el “arte artístico”: el separado de la vida. Su denostación de este arte, y su dedicación al otro, lo asumió como un destino, sabiendo que con ello quedaba condenado a la falta de reconocimiento. Fue un nietzscheano verdadero, por intempestivo. De ahí la belleza de un libro como este, que contribuye a su restitución.
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En The Objective.
7.1.19
Vox, marcando paquete
Vox ha venido a compensar el panorama político español, tensándolo hacia el otro extremo. Hasta su irrupción estaba desequilibrado: con la tensión solo hacia uno. Este reequilibrio basado en dos extremismos no es apacible, pero al menos es más limpio geométricamente. Y no deja de contener cierta justicia: Vox es la respuesta a los que se pensaban que los consensos de la Transición los iban a romper solo por un lado.
Ese tironeo irresponsable lo inició Zapatero. De hecho, el primer libro de historia en el que apareció, la Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi (2012), decía de su presidencia que supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Y añadía: “El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas ya no eran las circunstancias de la Transición”. Pues ahí lo tienen.
Por otra parte, en esto estuvieron siempre los nacionalistas. Y los podemitas, desde que surgieron. Tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, algunos afines a Podemos se lamentaban de que había alcanzado representación política lo que hasta entonces eran conversaciones de bar. Faltaba responderles que hasta que no lo han sacado del bar no han parado. Como ya apunté, no se dan cuenta de que su énfasis de ahora los desenmascara: si según ellos PP y Ciudadanos ya eran “fachas”, ¿a qué esta alarma novedosa con Vox? Tratan de salvar los muebles (y de autojustificarse) mediante la asimilación de estos partidos con Vox. Pero no cuela. Como no cuelan los ataques súbitos de antifascismo en quienes llevan años consintiendo con nuestro fascismo realmente existente. (O lo que más se le parece, en todo caso: más incluso que Vox, que aún no ha sacado ninguna antorcha).
Los nacionalistas llevan cuarenta años jugando con la ventaja de no estar luchando contra sus opuestos, sino contra los que ya les habían concedido mucho. Luchaban contra el fruto del diálogo, que fue el Estado de las autonomías; y por eso, por mucho que tengan la palabra “diálogo” en la boca, sus exigencias van contra él. Ahora con Vox tienen a sus verdaderos oponentes: los que quieren centralismo y (ahora sí) nacionalismo español.
Está uno tentado de soltar una humorada equivalente a la de aquel ateo que defendía la religión católica frente a las demás porque al menos era la verdadera. En esta asfixiante guerra de nacionalismos, la ventaja del español para los que nos consideramos antinacionalistas es que al menos es el verdadero. Pero, claro, el nacionalismo es lo que tiene: no la aséptica ciudadanía, sino una enojosa adscripción a contenidos espurios. En el pack (¡en el paquete!) de Vox van demasiadas cosas adosadas a “España”: la familia tradicional, la caza, los toros, la xenofobia, el montar a caballo como señoritos, la rigidez antiondulante y un cierto poner los cojones encima de la mesa.
Este es el gran momento de la visualización del centro, pero me parece a mí que el centro es el que tiene todas las de perder: el reequilibrio no se traducirá en tranquilidad, sino en bronca. Volvemos a un bipartidismo, pero en bruto.
* * *
En El Español.
Ese tironeo irresponsable lo inició Zapatero. De hecho, el primer libro de historia en el que apareció, la Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi (2012), decía de su presidencia que supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Y añadía: “El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas ya no eran las circunstancias de la Transición”. Pues ahí lo tienen.
Por otra parte, en esto estuvieron siempre los nacionalistas. Y los podemitas, desde que surgieron. Tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, algunos afines a Podemos se lamentaban de que había alcanzado representación política lo que hasta entonces eran conversaciones de bar. Faltaba responderles que hasta que no lo han sacado del bar no han parado. Como ya apunté, no se dan cuenta de que su énfasis de ahora los desenmascara: si según ellos PP y Ciudadanos ya eran “fachas”, ¿a qué esta alarma novedosa con Vox? Tratan de salvar los muebles (y de autojustificarse) mediante la asimilación de estos partidos con Vox. Pero no cuela. Como no cuelan los ataques súbitos de antifascismo en quienes llevan años consintiendo con nuestro fascismo realmente existente. (O lo que más se le parece, en todo caso: más incluso que Vox, que aún no ha sacado ninguna antorcha).
Los nacionalistas llevan cuarenta años jugando con la ventaja de no estar luchando contra sus opuestos, sino contra los que ya les habían concedido mucho. Luchaban contra el fruto del diálogo, que fue el Estado de las autonomías; y por eso, por mucho que tengan la palabra “diálogo” en la boca, sus exigencias van contra él. Ahora con Vox tienen a sus verdaderos oponentes: los que quieren centralismo y (ahora sí) nacionalismo español.
Está uno tentado de soltar una humorada equivalente a la de aquel ateo que defendía la religión católica frente a las demás porque al menos era la verdadera. En esta asfixiante guerra de nacionalismos, la ventaja del español para los que nos consideramos antinacionalistas es que al menos es el verdadero. Pero, claro, el nacionalismo es lo que tiene: no la aséptica ciudadanía, sino una enojosa adscripción a contenidos espurios. En el pack (¡en el paquete!) de Vox van demasiadas cosas adosadas a “España”: la familia tradicional, la caza, los toros, la xenofobia, el montar a caballo como señoritos, la rigidez antiondulante y un cierto poner los cojones encima de la mesa.
Este es el gran momento de la visualización del centro, pero me parece a mí que el centro es el que tiene todas las de perder: el reequilibrio no se traducirá en tranquilidad, sino en bronca. Volvemos a un bipartidismo, pero en bruto.
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En El Español.
31.12.18
¡Otra vez!
Otra vez acaba el año, otra vez comienza. Y lo hace envuelto en luces, porque los días de Navidad son los días de las luces. Serían perfectos –también por los abrazos, las buenas palabras, la comida, la bebida y hasta las compras calefactoras (el consumismo nos da genuino calor humano)– si no fuera por la parte acústica: los horrendos villancicos, la espeluznante música que nos ponen en los especiales de televisión (¡y los petardos!). El vals de mañana no compensa.
Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.
Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.
Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.
Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.
Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.
* * *
En El Español.
Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.
Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.
Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.
Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.
Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.
* * *
En El Español.
30.12.18
Lecturas 2018
Dijo un amigo de Twitter que mi lista anual de lecturas es el vestido de Pedroche de los intelectualetas. Y sí: además de la expectación (tampoco trascendente: juguetona), muestra y oculta, y tiene transparencias reveladoras. Más que el número (aunque también me pico con el número), me interesan las manchas cromáticas (temáticas, autorales) y el contorno. En este, inevitablemente se recorta también lo que no se es: el límite. Todo lo que no he leído, o el tipo de cosas que no he leído... Y esta ausencia, ciertamente, es una obscenidad. Van en el orden cronológico en que las empecé:
1. Biblia del Oso (1). Libros históricos I.
2. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. Á. Crespo).
3. Lisbon: what the tourist should see. Fernando Pessoa.
4. Los cisnes salvajes de Coole. W.B. Yeats.
5. Historias. Juan Ramón Jiménez.
6. Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.
7. Experiencia. Martin Amis.
8. La torre. W.B. Yeats.
9. Espacio. Juan Ramón Jiménez.
10. Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jiménez.
11. O sol na cabeça. Geovani Martins.
12. Tú serás Baudelaire. Fernando Poblet.
13. Lo que está y no se usa nos fulminará. Patricio Pron.
14. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
15. Ordesa. Manuel Vilas.
16. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Friedrich Nietzsche.
17. Humano, demasiado humano (I). Friedrich Nietzsche.
18. Correspondencia 1914-1922. Marcel Proust/Jacques Rivière.
19. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
20. Thomas Bernhard, Viena y yo. Antonio Ríos Rojas.
21. Asuntos de delirio. Luis Antonio de Villena.
22. Celebración de libertino. Luis Antonio de Villena.
23. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
24. Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina.
25. T.S. Eliot. Northrop Frye.
26. La llamada de la tribu. Mario Vargas Llosa.
27. El entusiasmo. Remedios Zafra.
28. The Waste Land and other poems. T.S. Eliot.
29. Biblia del Oso (2). Libros históricos II.
30. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Avantos Swan).
31. La tierra baldía [El yermo]. T.S. Eliot (tr. J.Mª Álvarez).
32. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Palomares).
33. Sobre Eugenio Trías (ed. David Trías).
34. "La cabra de Portsmouth (Notas de un diario)". Iñaki Uriarte.
35. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Sanz Irles).
36. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Rey).
37. La tierra baldía (reconstrucción editorial). T.S. Eliot.
38. La funesta manía de pensar. Eugenio Trías.
39. El árbol de la vida. Eugenio Trías.
40. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J. Malpartida).
41. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Bartra).
42. "Goethe y Mr. Eliot". Luis Cernuda.
43. Introducción a La tierra baldía. V. Patea.
44. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
45. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
46. Antología. Ezra Pound.
47. Subida al Monte Ventoso. Francesco Petrarca.
48. Comentarios a La tierra baldía. Christopher Ricks y Jim McCue.
49. Cuaderno de campo. María Sánchez.
50. Poemas. Ausiàs March.
51. Mamá. Luis Antonio de Villena.
52. La dispersión. Eugenio Trías.
53. Heterodoxias y contracultura. Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.
54. Correo literario. Wislawa Szymborska.
55. Poemas de Flash Gordon. Luís Pousa.
56. Muda. Ernesto Hernández Busto.
57. The private worlds of Marcel Duchamp. Jerrold Seigel.
58. Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa.
59. Negra espalda del tiempo. Javier Marías.
60. El hilo de la verdad. Eugenio Trías.
61. El fumador pasivo. Daniel Gascón.
62. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Patricio Pron.
63. En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq.
64. El arte de la ficción. James Salter.
65. La obra maestra desconocida. Balzac.
66. “Contar el fracaso en el arte”. Pierre Barolsky.
67. El tiempo regalado. Andrea Köhler.
68. Feminismo pasado y presente. Camille Paglia.
69. El oficio de vivir. Cesare Pavese.
70. Un proyecto de Constitución española. Ramón Tamames.
71. Antología poética. Cesare Pavese.
72. “La negra espalda de Javier Marías”. Juan Antonio Rivera.
73. El gobierno de la fortuna. Juan Antonio Rivera.
74. La hazaña secreta. Ismael Grasa.
75. Introducción a la Constitución española. Ramón Tamames.
76. El golpe posmoderno. Daniel Gascón.
77. La vida interior de las plantas de interior. Patricio Pron.
78. Todos os contos. Clarice Lispector.
79. Y. Andrés Trapiello.
80. La uruguaya. Pedro Mairal.
81. Una noche con Sabrina Love. Pedro Mairal.
82. 155. Los días que estremecieron a Cataluña. Teresa Freixes.
83. Biblia del Oso (3). Libros proféticos y sapienciales.
84. La vida cotidiana. Daniel Gascón.
85. Y ahora, lo importante. Beatriz Navas Valdés.
86. Las gaviotas de hielo. Sanz Irles.
87. Extravíos. Cioran.
88. La escritura invisible. Manuel Alberca.
89. El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández.
90. Un miércoles de enero. Bob Pop.
91. El luminoso regalo. Manuel Vilas.
92. La transición democrática. Javier Paniagua.
93. "Equilibrios. El aprendiz bajo el sol". Antonio Juárez.
94. Ubú en bicicleta. Alfred Jarry.
95. Crisis constitucional e impulso constituyente. Pablo Iglesias/Javier Pérez Royo.
96. Un largo Termidor. Gerardo Pisarello.
97. La Transición contada a nuestros padres. Juan Carlos Monedero.
98. El precio de la Transición. Gregorio Morán.
99. CT o la Cultura de la Transición (ed. Guillem Martínez).
100. Elogio de la Transición. Antonio Papell.
101. Vértigo y pasión. Eugenio Trías.
102. Nuevas semblanzas y generaciones. Luis Antonio de Villena.
103. Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías.
104. Cambridge en mitad de la noche. David Jiménez Torres.
105. En el País del Bidasoa (col. Baroja & yo). Sergio del Molino.
106. El país de la niebla (col. Baroja & yo). David Jiménez Torres.
107. Los pequeños mundos (col. Baroja & yo). Jon Juaristi.
108. El ermitaño del Rey. Julio Manuel de la Rosa.
109. Confesiones de un filósofo desaparecido en combate. Enrique Ocaña.
110. Léxico familiar. Natalia Ginzburg.
111. Novela familiar. John Lanchester.
112. El puente. Hart Crane.
113. "El ruiseñor sobre la piedra". Luis Cernuda.
114. "Silla del rey". Luis Cernuda.
115. "Tres poetas metafísicos". Luis Cernuda.
116. Epístola a Arias Montano. Francisco de Aldana.
117. El enigma del Escorial. Henry Kamen.
118. Trilogía de Madrid. Francisco Umbral.
119. Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique.
120. Un buen tío. Arcadi Espada.
121. El final del amor. Marcos Giralt Torrente.
122. Epístola moral a Fabio. Andrés Fernández de Andrada.
123. El temblor (Lisboa, sábado de Santos de 1755). Juan Carlos Gea.
124. Antropoceno. Manuel Arias Maldonado.
125. Amor (Poesía reunida, 1988-2010). Manuel Vilas.
126. Los que miran. Remedios Zafra.
127. El purgatorio. Javier Salvago.
128. Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997). Javier Salvago.
129. Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Luis Racionero.
130. El asesino tímido. Clara Usón.
131. Uma forma de saudade. Carlos Drummond de Andrade.
132. La Tercera Guerra Mundial. Ismael Grasa.
133. El revés de la trama. Graham Greene.
134. Stoner. John Williams.
135. Gótico cantábrico. Martín López-Vega.
136. La familia socialista. Fruela Fernández.
137. El explorador polar. Joseph Brodsky (trs. E. Hdez. Busto y E. Zaidenberg).
138. Mis premios. Thomas Bernhard.
139. Diario de Ithaca. Miguel Ángel Hernández.
140. Romanza. Catálogo de Miguel Gómez Losada (CAC Málaga).
141. Jorge Manrique o tradición y originalidad. Pedro Salinas.
142. Arias Montano. Ben Rekers.
143. Poesía completa. José Ángel Valente.
144. Anatomía del 'procés'. VV.AA.
145. Contra Catalunya. Arcadi Espada.
146. Gran Vilas. Manuel Vilas.
147. Biblia del Oso (4). Nuevo Testamento.
148. Intenta olvidarme (Antología poética). Mario Quintana (tr. E. Gª-Máiquez).
149. Conversaciones con Octavio Paz. Enrico Mario Santí.
150. Benet. La ambición y el estilo. Rafael García Maldonado.
151. No leer. Alejandro Zambra.
152. Vidas de Nietzsche. Miguel Morey.
153. Todos llevan máscara. Diario 1995-1996. Laura Freixas.
154. Patria. Fernando Aramburu.
155. Poesía, situación irregular. Enrique Lihn.
156. Filosofía del futuro. Eugenio Trías.
157. La deriva reaccionaria de la izquierda. Félix Ovejero.
158. Colección particular. Gonzalo Eltesch.
159. Hopper. Mark Strand.
160. Cantos. Giacomo Leopardi (tr. D. Navarro).
161. Humano, demasiado humano (II). Friedrich Nietzsche.
162. Signor Hoffman. Eduardo Halfon.
163. Monasterio. Eduardo Halfon.
164. Duelo. Eduardo Halfon.
165. Otto Lara Resende ou Bonitinha, mas ordinária. Nelson Rodrigues.
166. Biblioteca bizarra. Eduardo Halfon.
167. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg.
168. El jardín de los frailes. Manuel Azaña.
169. El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello.
170. Leopardi. Antonio Colinas.
171. Blanco nocturno. Ricardo Piglia.
172. Los casos del detective Croce. Ricardo Piglia.
173. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Rüdiger Safranski.
174. Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Juan Claudio de Ramón.
175. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. Rafa Latorre.
176. Permafrost. Eva Baltasar.
177. El cuaderno del año del Nobel. José Saramago.
178. Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Ernesto Hernández Busto.
179. Las bacantes. Eurípides.
180. Europa. Julio Martínez Mesanza.
181. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida. Ignacio Peyró.
182. Poemes civils/Poemas civiles. Joan Brossa.
183. Blanco en lo blanco. Eugénio de Andrade.
184. Misterioso asesinato en Manhattan (guión). Woody Allen.
185. Viaje de invierno. Wilhelm Müller/Franz Schubert.
186. Retrato de un joven malvado. Francisco Umbral.
187. Benito Arias Montano. Aubrey F. G. Bell.
188. El ímpetu cruel de mi destino (Antología poética). Francisco de Aldana.
189. Conocer Nietzsche y su obra. Fernando Savater.
190. Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Miriam Moreno Aguirre.
191. Mediterráneas. Umberto Saba.
192. Cervantes y la invención del Quijote. Manuel Azaña.
193. Morgue. Gottfried Benn.
194. Noel Rosa. De costas para o mar. Jorge Caldeira.
195. "La 'Carta para Arias Montano'. Génesis y análisis de la última actitud estética de Francisco de Aldana". Lola González.
196. Antología poética. Sophia de Mello Breyner Andresen.
197. La metáfora de Borges. Juan Manuel García Ramos.
198. Los pensamientos del té. Guido Ceronetti.
199. El libro vacío. Josefina Vicens.
200. Sobre la lectura. Marcel Proust.
Epílogo. Mi propósito para 2019: leer menos. No hay que leer tanto.
1. Biblia del Oso (1). Libros históricos I.
2. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. Á. Crespo).
3. Lisbon: what the tourist should see. Fernando Pessoa.
4. Los cisnes salvajes de Coole. W.B. Yeats.
5. Historias. Juan Ramón Jiménez.
6. Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.
7. Experiencia. Martin Amis.
8. La torre. W.B. Yeats.
9. Espacio. Juan Ramón Jiménez.
10. Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jiménez.
11. O sol na cabeça. Geovani Martins.
12. Tú serás Baudelaire. Fernando Poblet.
13. Lo que está y no se usa nos fulminará. Patricio Pron.
14. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
15. Ordesa. Manuel Vilas.
16. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Friedrich Nietzsche.
17. Humano, demasiado humano (I). Friedrich Nietzsche.
18. Correspondencia 1914-1922. Marcel Proust/Jacques Rivière.
19. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
20. Thomas Bernhard, Viena y yo. Antonio Ríos Rojas.
21. Asuntos de delirio. Luis Antonio de Villena.
22. Celebración de libertino. Luis Antonio de Villena.
23. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
24. Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina.
25. T.S. Eliot. Northrop Frye.
26. La llamada de la tribu. Mario Vargas Llosa.
27. El entusiasmo. Remedios Zafra.
28. The Waste Land and other poems. T.S. Eliot.
29. Biblia del Oso (2). Libros históricos II.
30. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Avantos Swan).
31. La tierra baldía [El yermo]. T.S. Eliot (tr. J.Mª Álvarez).
32. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Palomares).
33. Sobre Eugenio Trías (ed. David Trías).
34. "La cabra de Portsmouth (Notas de un diario)". Iñaki Uriarte.
35. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Sanz Irles).
36. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Rey).
37. La tierra baldía (reconstrucción editorial). T.S. Eliot.
38. La funesta manía de pensar. Eugenio Trías.
39. El árbol de la vida. Eugenio Trías.
40. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J. Malpartida).
41. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Bartra).
42. "Goethe y Mr. Eliot". Luis Cernuda.
43. Introducción a La tierra baldía. V. Patea.
44. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
45. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
46. Antología. Ezra Pound.
47. Subida al Monte Ventoso. Francesco Petrarca.
48. Comentarios a La tierra baldía. Christopher Ricks y Jim McCue.
49. Cuaderno de campo. María Sánchez.
50. Poemas. Ausiàs March.
51. Mamá. Luis Antonio de Villena.
52. La dispersión. Eugenio Trías.
53. Heterodoxias y contracultura. Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.
54. Correo literario. Wislawa Szymborska.
55. Poemas de Flash Gordon. Luís Pousa.
56. Muda. Ernesto Hernández Busto.
57. The private worlds of Marcel Duchamp. Jerrold Seigel.
58. Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa.
59. Negra espalda del tiempo. Javier Marías.
60. El hilo de la verdad. Eugenio Trías.
61. El fumador pasivo. Daniel Gascón.
62. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Patricio Pron.
63. En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq.
64. El arte de la ficción. James Salter.
65. La obra maestra desconocida. Balzac.
66. “Contar el fracaso en el arte”. Pierre Barolsky.
67. El tiempo regalado. Andrea Köhler.
68. Feminismo pasado y presente. Camille Paglia.
69. El oficio de vivir. Cesare Pavese.
70. Un proyecto de Constitución española. Ramón Tamames.
71. Antología poética. Cesare Pavese.
72. “La negra espalda de Javier Marías”. Juan Antonio Rivera.
73. El gobierno de la fortuna. Juan Antonio Rivera.
74. La hazaña secreta. Ismael Grasa.
75. Introducción a la Constitución española. Ramón Tamames.
76. El golpe posmoderno. Daniel Gascón.
77. La vida interior de las plantas de interior. Patricio Pron.
78. Todos os contos. Clarice Lispector.
79. Y. Andrés Trapiello.
80. La uruguaya. Pedro Mairal.
81. Una noche con Sabrina Love. Pedro Mairal.
82. 155. Los días que estremecieron a Cataluña. Teresa Freixes.
83. Biblia del Oso (3). Libros proféticos y sapienciales.
84. La vida cotidiana. Daniel Gascón.
85. Y ahora, lo importante. Beatriz Navas Valdés.
86. Las gaviotas de hielo. Sanz Irles.
87. Extravíos. Cioran.
88. La escritura invisible. Manuel Alberca.
89. El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández.
90. Un miércoles de enero. Bob Pop.
91. El luminoso regalo. Manuel Vilas.
92. La transición democrática. Javier Paniagua.
93. "Equilibrios. El aprendiz bajo el sol". Antonio Juárez.
94. Ubú en bicicleta. Alfred Jarry.
95. Crisis constitucional e impulso constituyente. Pablo Iglesias/Javier Pérez Royo.
96. Un largo Termidor. Gerardo Pisarello.
97. La Transición contada a nuestros padres. Juan Carlos Monedero.
98. El precio de la Transición. Gregorio Morán.
99. CT o la Cultura de la Transición (ed. Guillem Martínez).
100. Elogio de la Transición. Antonio Papell.
101. Vértigo y pasión. Eugenio Trías.
102. Nuevas semblanzas y generaciones. Luis Antonio de Villena.
103. Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías.
104. Cambridge en mitad de la noche. David Jiménez Torres.
105. En el País del Bidasoa (col. Baroja & yo). Sergio del Molino.
106. El país de la niebla (col. Baroja & yo). David Jiménez Torres.
107. Los pequeños mundos (col. Baroja & yo). Jon Juaristi.
108. El ermitaño del Rey. Julio Manuel de la Rosa.
109. Confesiones de un filósofo desaparecido en combate. Enrique Ocaña.
110. Léxico familiar. Natalia Ginzburg.
111. Novela familiar. John Lanchester.
112. El puente. Hart Crane.
113. "El ruiseñor sobre la piedra". Luis Cernuda.
114. "Silla del rey". Luis Cernuda.
115. "Tres poetas metafísicos". Luis Cernuda.
116. Epístola a Arias Montano. Francisco de Aldana.
117. El enigma del Escorial. Henry Kamen.
118. Trilogía de Madrid. Francisco Umbral.
119. Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique.
120. Un buen tío. Arcadi Espada.
121. El final del amor. Marcos Giralt Torrente.
122. Epístola moral a Fabio. Andrés Fernández de Andrada.
123. El temblor (Lisboa, sábado de Santos de 1755). Juan Carlos Gea.
124. Antropoceno. Manuel Arias Maldonado.
125. Amor (Poesía reunida, 1988-2010). Manuel Vilas.
126. Los que miran. Remedios Zafra.
127. El purgatorio. Javier Salvago.
128. Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997). Javier Salvago.
129. Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Luis Racionero.
130. El asesino tímido. Clara Usón.
131. Uma forma de saudade. Carlos Drummond de Andrade.
132. La Tercera Guerra Mundial. Ismael Grasa.
133. El revés de la trama. Graham Greene.
134. Stoner. John Williams.
135. Gótico cantábrico. Martín López-Vega.
136. La familia socialista. Fruela Fernández.
137. El explorador polar. Joseph Brodsky (trs. E. Hdez. Busto y E. Zaidenberg).
138. Mis premios. Thomas Bernhard.
139. Diario de Ithaca. Miguel Ángel Hernández.
140. Romanza. Catálogo de Miguel Gómez Losada (CAC Málaga).
141. Jorge Manrique o tradición y originalidad. Pedro Salinas.
142. Arias Montano. Ben Rekers.
143. Poesía completa. José Ángel Valente.
144. Anatomía del 'procés'. VV.AA.
145. Contra Catalunya. Arcadi Espada.
146. Gran Vilas. Manuel Vilas.
147. Biblia del Oso (4). Nuevo Testamento.
148. Intenta olvidarme (Antología poética). Mario Quintana (tr. E. Gª-Máiquez).
149. Conversaciones con Octavio Paz. Enrico Mario Santí.
150. Benet. La ambición y el estilo. Rafael García Maldonado.
151. No leer. Alejandro Zambra.
152. Vidas de Nietzsche. Miguel Morey.
153. Todos llevan máscara. Diario 1995-1996. Laura Freixas.
154. Patria. Fernando Aramburu.
155. Poesía, situación irregular. Enrique Lihn.
156. Filosofía del futuro. Eugenio Trías.
157. La deriva reaccionaria de la izquierda. Félix Ovejero.
158. Colección particular. Gonzalo Eltesch.
159. Hopper. Mark Strand.
160. Cantos. Giacomo Leopardi (tr. D. Navarro).
161. Humano, demasiado humano (II). Friedrich Nietzsche.
162. Signor Hoffman. Eduardo Halfon.
163. Monasterio. Eduardo Halfon.
164. Duelo. Eduardo Halfon.
165. Otto Lara Resende ou Bonitinha, mas ordinária. Nelson Rodrigues.
166. Biblioteca bizarra. Eduardo Halfon.
167. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg.
168. El jardín de los frailes. Manuel Azaña.
169. El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello.
170. Leopardi. Antonio Colinas.
171. Blanco nocturno. Ricardo Piglia.
172. Los casos del detective Croce. Ricardo Piglia.
173. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Rüdiger Safranski.
174. Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Juan Claudio de Ramón.
175. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. Rafa Latorre.
176. Permafrost. Eva Baltasar.
177. El cuaderno del año del Nobel. José Saramago.
178. Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Ernesto Hernández Busto.
179. Las bacantes. Eurípides.
180. Europa. Julio Martínez Mesanza.
181. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida. Ignacio Peyró.
182. Poemes civils/Poemas civiles. Joan Brossa.
183. Blanco en lo blanco. Eugénio de Andrade.
184. Misterioso asesinato en Manhattan (guión). Woody Allen.
185. Viaje de invierno. Wilhelm Müller/Franz Schubert.
186. Retrato de un joven malvado. Francisco Umbral.
187. Benito Arias Montano. Aubrey F. G. Bell.
188. El ímpetu cruel de mi destino (Antología poética). Francisco de Aldana.
189. Conocer Nietzsche y su obra. Fernando Savater.
190. Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Miriam Moreno Aguirre.
191. Mediterráneas. Umberto Saba.
192. Cervantes y la invención del Quijote. Manuel Azaña.
193. Morgue. Gottfried Benn.
194. Noel Rosa. De costas para o mar. Jorge Caldeira.
195. "La 'Carta para Arias Montano'. Génesis y análisis de la última actitud estética de Francisco de Aldana". Lola González.
196. Antología poética. Sophia de Mello Breyner Andresen.
197. La metáfora de Borges. Juan Manuel García Ramos.
198. Los pensamientos del té. Guido Ceronetti.
199. El libro vacío. Josefina Vicens.
200. Sobre la lectura. Marcel Proust.
Epílogo. Mi propósito para 2019: leer menos. No hay que leer tanto.
29.12.18
Jot Down 25
Desde principios de diciembre está a la venta el nuevo trimestral de Jot Down, nº 25, especial Futuro imperfecto. Adelanto aquí el primer párrafo y el último de mi colaboración, "Bomba de relojería":
El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.
[...]
La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.
26.12.18
Cuento de Navidad contado por un idiota
Al final el procés es eso: un cuento de Navidad contado por un idiota. Dickens más Shakespeare. Y Andersen, con un hombretón en vez del niño que dice que el procés va desnudo: “¡Qué república ni qué cojones! ¡La república no existe, idiota!”. Pero no es el momento de comer perdices todavía, porque la revelación del mosso no basta para que caiga el velo y se rompa el engaño. El velo y el engaño están atados y bien atados en el independentismo. La respuesta inmediata ha sido ir a por el hombre que ha dicho la verdad. Una respuesta estrictamente oscurantista.
La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.
La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.
Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.
De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede dialogar con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.
* * *
En The Objective.
La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.
La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.
Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.
De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede dialogar con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.
* * *
En The Objective.
24.12.18
Pedagogías de la Transición
No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.
Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.
Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.
En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!
* * *
En El Español.
Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.
Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.
En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!
* * *
En El Español.
17.12.18
¿Qué fue de la izquierda progresista?
Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.
Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.
Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.
Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.
* * *
En El Español.
Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.
Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.
Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.
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En El Español.
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