17.2.20

Los amigos de Gistau

La muerte de David Gistau me ha recordado a la del también periodista Félix Bayón hace catorce años, por la cantidad de cariño que ha desalojado. Ambos eran grandes, imponían y acogían. Digo bien “cantidad”, porque, aunque la calidad ha sido exquisita, la cantidad abruma. Y digo bien “desalojado”, porque, por una especie de principio de Arquímedes, todo ese cariño es un molde cálido del amigo muerto, que lo reconstruye marcando su ausencia: una ausencia llena de lo que ha dejado. (Lo que quizá no he dicho bien ha sido “cariño”, porque era más: fraternidad, amor, admiración, veneración.)

Con Bayón pasó igual. Son personas que cultivan el arte de la amistad, algo que me parece admirable (y casi diré que imposible) desde mi creciente misantropía. Durante años después de la muerte de Bayón me estuve encontrando con personas que tenían una historia, un afecto con él. Ese hilo cotidiano se tensó cuando murió y se convirtió en algo trágico y bellísimo. Son extraños surcos que la vida hace en la muerte, pues el resultado (ya sin el amigo) es más vida, al advenir la conciencia del oro de lo vivido.

Yo no llegué a ser amigo de Gistau (nos saludamos solo algunas veces), pero sí de sus amigos Manuel Jabois, Jorge Bustos, Hughes y Rafa Latorre, que decían de él cuando vivía lo mismo que dicen ahora, hasta con la misma intensidad. Ellos han escrito las mejores columnas (con la de Rosa Belmonte, con la de Rubén Amón, con la de Ignacio Camacho, con la de Arturo Pérez-Reverte, con alguna otra; Suanzes ha hecho una recopilación estupenda). Me emocionó encontrarme en dos de ellas el mismo gesto, que retrata a un hombre. Cuando Bustos tuvo un problema con periodistas del Congreso, Gistau lo esperaba en la puerta para que entrase con él. Cuando Hughes empezó a cubrir los partidos del Bernabéu, Gistau lo acompañaba y lo defendía. Ha habido otros testimonios de esa presencia protectora: favores, aliento.

Y está la risa, claro, la risotada. Otra cosa que compartía con Bayón. De esa tuve una muestra. La última vez que lo vi fue en mayo del año pasado en la presentación de Malaherba, la novela de Jabois. Me dijo que estaba pensando en mudarse a Málaga con su familia. Se acercó un amigo mío de allí, Antonio García Maldonado, quien, por algo que surgió en la conversación, me hizo contar una anécdota que yo había escrito en una columna. Gistau rompió a reír geológicamente, su risa era un manto de lava. Luego mi amigo salió y le dije a Gistau: “Este trabaja en Moncloa escribiéndole discursos a Sánchez”. Y Gistau: “¡Es muy bueno! ¡Qué cabrón!”. Y de nuevo las risas...

De ellas me he estado acordando estos días, y se imponían de un modo extraordinario a la tristeza. Daban ganas de reír más. De la muerte de tíos como Gistau y Bayón se sale con unas ganas tremendas de vivir.

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En El Español.

PD. Homenaje de Luis Herrero con José Luis Garci, Luis Enríquez y Manuel Jabois en su programa de EsRadio.

10.2.20

Dialogar contra lo dialogado

Mientras Sánchez se encontraba reunido con Torra el pasado jueves, un encuentro en la cumbre de la coherencia con el sentido común, Ferreras entrevistaba en La Sexta a un diputado de En Comú Podem. Era uno de esos gorditos de ahora con barbita, jerseicito y hablar desenfadado, inequívocamente guay. Celebraba con verdadero amor el diálogo, la apertura a los distintos, la nueva época de entendimiento que comenzaba.

No recuerdo si por pregunta de Ferreras o por la propia deriva del discurso del gordito (con cuyo nombre no me quedé), de pronto apareció la expresión “la derecha”. Todo lo que un segundo antes era amor, diálogo, apertura a los distintos y entendimiento, pasó a ser odio, demonización, cerrazón a los distintos y desentendimiento. La vieja época seguía imperando aquí.

Siempre me asombra que ellos mismos no se den cuenta. Ni siquiera creo que sean cínicos; al menos gente como el gordito no. Es que la exclusión de “la derecha” (¡el verdadero distinto, el verdadero otro para ellos!) es el suelo sobre el que se asientan. Un suelo que dan por hecho, que consideran natural: es su premisa. Ni siquiera perciben el empaquetamiento falaz que hacen con lo de “la derecha”.

No resulta muy prometedor un diálogo que parte de la fetichización de las palabras. Para empezar, de la propia palabra “diálogo”, que no se toma en sentido recto, sino de manera acrítica, sentimentalmente, como arma arrojadiza. No es un diálogo entre unos y otros, sino un diálogo contra “la derecha” (otra fetichización). Al final es un juego de poder que utiliza la palabra “diálogo” para enmascararse. Es un diálogo en realidad contra el diálogo. Más aún: contra lo dialogado.

Es cansado repetirlo una vez más, pero en nuestra democracia lo dialogado es la Constitución, son las leyes elaboradas y aprobadas por el Parlamento. Quienes incumplieron la Constitución e infringieron esas leyes son los que se salieron del diálogo. Lo escribo por enésima vez y tengo la sensación de que repetirlo es malo: puede que, del mismo modo que cuando una mentira se repite termina pareciendo una verdad, cuando una verdad se repite termina pareciendo una mentira.

Pero no queda otra. Al menos para no volverse loco. En esta fangosa actualidad, deprimente y sórdida, de abyecta lucha por el poder a cualquier precio, de envilecimiento de lo que uno ama, que son las palabras y su sentido, lo único que puede hacer uno es quedarse aislado en la verdad. Pasar por antidialogante cuando su ideal es el diálogo. El de las palabras con sentido.

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En El Español.

5.2.20

Literatura en directo

Confieso que no tenía muchas ganas de que me gustase la nueva novela de Gonzalo Torné, El corazón de la fiesta (Anagrama). El autor ha tenido últimamente desagradables discusiones en Twitter con amigos míos sobre asuntos en los que yo estaba de acuerdo con mis amigos. Además, su “exceso de ser inteligente” (como decía Jaime Gil de Biedma de Gabriel Ferrater) me lo hace irritante en ocasiones; sobre todo cuando detecto tonterías políticas (desde mi sesgo no necesariamente infalible, claro está) en la corriente de su inteligencia.

Leer a la contra, buscando defectos, con perspectiva degradante, es también un placer; triste, pero placer. Aunque el placer mayor (el placer alegre) adviene cuando la lectura que se inició con ese propósito es derrotada por la obra, que la convierte en lectura celebratoria, admirativa. No me ocurre con frecuencia, pero esta vez me ha ocurrido. Y hay una cierta redención aquí, porque lo que de verdad amamos, que es la literatura, vence sobre nuestras propias pejigueras. Estas no fueron suficiente para frenarla. Nuestro amor, al cabo, se reveló superior.

No he leído (lo haré pronto) las dos primeras novelas de Torné, Hilos de sangre y Divorcio en el aire, y la tercera, Años felices, me gustó, aunque no me entusiasmó como El corazón de la fiesta; tal vez la leí peor. El tono que he celebrado en la de ahora lo encontré por primera vez en el prólogo que escribió el autor para la edición conjunta de Intrusos y huéspedes & Habitación doble de Luis Magrinyà. Un tono que yo caracterizaría de esta manera: ¡alegría de escribir! Una escritura vibrante, viva, sin una sola frase inerte (como dijo Savater de la de Borges), que es la que he vuelto a encontrar en El corazón de la fiesta. Con el mérito añadido (un mérito fundamental) de que no entorpece la narración, sino al contrario: contribuye a su fluidez. La narración va, de hecho, montada en esa fluidez.

Al leerla he tenido la intuición de que va a quedar. Esto solo me ha pasado en la novelística española de las últimas décadas con Javier Marías (aunque recientemente hubo otro caso: Lectura fácil, de Cristina Morales). La impresión, en verdad excitante, era la de estar asistiendo a la literatura en directo. Tanto por tratarse, en sí misma, de una extraordinaria novela actual, como por su manera de operar con la realidad del momento, sirviéndose de ella para crear una obra que la trasciende. La intención de hablar del presente es habitual entre los novelistas, pero lo que suele salirles son relatos de corte periodístico o sociológico, de poco calado, irreales a fuerza de convencionales (incluidas las convencionalidades ideológicas), escasos de pensamiento, de pensamiento literario. El prodigio de El corazón de la fiesta es que emplea referentes de la actualidad que se transforman ante nuestros ojos en literatura perdurable. Los lectores futuros tendrán la novela, pero los de ahora tenemos la novela y la realidad que ha atrapado o postulado, en su complejidad, en su profundidad y en su metamorfosis en ficción; es una sensación de lectura en estéreo.

Jordi Amat ha escrito en The Objective sobre el tema central de la novela, el dinero, que el autor resalta con la cita inicial de lord Byron: “Dinero, dinero, dinero...”. En su órbita, están también el poder, la corrupción, el clasismo y, en el anclaje catalán de la trama, el nacionalismo. Es notable como sitúa a este (un elemento abrasivo de la actualidad política española) en un doble eje: por un lado, como instrumento clasista y xenófobo de poder; por otro, como recurso de auxilio existencial (para quienes lo practican) en este mundo infinito y pasajero. Su disección de la sociedad catalana me ha recordado (yo he sido el primer sorprendido) al Contra Catalunya de Arcadi Espada; y su retrato del Rey de Cataluña (de este modo genial llama a un trasunto de Jordi Pujol) al Ubú President de Albert Boadella. Otras evocaciones (en mí como lector): el Bigas Luna de Huevos de oro y Yo soy la Juani (el personaje de Violeta Mancebo tiene algo de la Juani, e incluso de Rosalía) y novelistas de Barcelona como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán.

He encontrado además que el entramado lírico-conceptual de la novela, sus interesantes análisis sobre los sentimientos y las relaciones personales, así como su manera de mirar el mundo, las acciones cotidianas, los paisajes, procede de poetas catalanes como los ya mencionados Gil de Biedma y Ferrater o Carlos Barral. Y, naturalmente, de la que el autor considera su principal influencia: “la narrativa judía norteamericana”.

Y todo esto plenamente integrado, dinamizado, en una narración que funciona. La alegría de la escritura de Gonzalo Torné produce la alegría de la lectura.

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En The Objective.

(9.2.20) Se me quedaron varias cosas fuera. La que más lamento es alguna mención a la pareja (intermitente) que “enmarca” la historia, la de Clara y Joan-Marc, que le dan algo de luz y aire a la sórdida historia central. Aunque me ha parecido entender por Twitter que a Torné no le interesa demasiado el cine, me han venido asociaciones cinéfilas, que especifico porque son emocionales. Son, en época actual, como esas parejas de Alfred Hitchcock que observan la vida, investigan, reflexionan e incluso hacen chistes sobre ella, como la de ‘La ventana indiscreta’ o la de ‘Vértigo’ (antes de que James Stewart caiga en su historia pasional). El final me ha recordado también al de ‘Eyes wide shut’ de Stanley Kubrick, cuando, al final de toda la peripecia, Tom Cruise le dice a Nicole Kidman: “¿Y qué podemos hacer ahora?”. Y ella responde: “Follar”. (Un final, por cierto, que celebraba Eugenio Trías.) La última frase de ‘El corazón de la fiesta’ no la desvelaré, naturalmente. Y no es sexual. Pero, como en el diálogo citado, es también aparentemente anticlimática, por lo cotidiana, pero al momento se percibe como una salida maravillosa.

3.2.20

Amiguismo/enemiguismo

Leo en El Español sobre la tendencia del Gobierno al amiguismo, con la creación de ministerios y altos cargos nuevos para favorecer a la gente: en particular, a la gente amiga del Gobierno. Me parece bien, porque por alguien hay que empezar.

También en la dirección del fomento de la amistad, el presidente Sánchez ha convocado el próximo fin de semana a todos sus ministros a unas “jornadas de convivencia” en Quintos de Mora, que pueden acabar como el rosario de la aurora; aunque tampoco se descarta que haya tomate. Tal vez Iglesias lamente ir con su pareja, porque podría haber sido el Rasputín del finde. Pero no quiero ser heteropatriarcal: cabe la posibilidad (¡en realidad la deseo!) de que haya alguna Rasputina.

El problema de la política basada en los afectos es que no recurre solo a los afectos a favor, sino también a los afectos en contra. De hecho, son estos últimos los que más operan en política: aquí el odio mueve más que el amor. Lo pernicioso de la primacía de los afectos es que impone la dialéctica amigo/enemigo. El amiguismo del Gobierno tiene el inconveniente del enemiguismo que simultáneamente fomenta.

El Gobierno no le ha dado a la oposición los cien días preceptivos. Desde el primero le está zurrando. La acusa de excitar la crispación cuando la excitación de la crispación ha sido el motor de Sánchez, que llegó al poder gracias a su crispada moción de censura.

Creo que no habíamos tenido un Gobierno fundado en la enemistad hacia la mitad (simbólica) de la población desde el de Arias Navarro. A esa mitad la protege en esta ocasión la democracia y las instituciones del Estado de derecho: esas que el podemismo y el sanchismo contagiado de podemismo ven como un obstáculo y se proponen erosionar.

El discurso oficial es hoy asfixiante: todos los críticos son empaquetados como “fachas”. Esta vieja inclinación tan facilona de nuestra izquierda (para mí pseudoizquierda: a estas alturas, no hay en España ni un solo verdadero progresista que no haya sido llamado “facha”; y si no ha sido llamado “facha”, no es un verdadero progresista) se ha solidificado y absolutizado ahora. Antes había algunos argumentos, y entre ellos estaba la acusación de “facha”. Hoy está únicamente la acusación de “facha”.

El populismo era esto: una especie de nacionalismo de la ideología. Y, como todo nacionalismo, lo primero que hace es extranjerizar: en este caso, a los que no comulgan ideológicamente. Se les debe excluir porque son “fachas”, enemigos.

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En El Español.

30.1.20

En la muerte de Cioran

(21-VI-1995) Ha muerto Cioran. Una noticia rara, pues lo increíble era que hasta ayer estuviese vivo. Cioran siempre ha tenido para mí el aura de los clásicos. Por eso, cuando hace unos años se corrió el rumor de que iba a venir a Málaga a dar una conferencia, pasé una temporada entre la excitación y la incredulidad de poder asistir a una aparición milagrosa; algo así como si nos visitase Diógenes, atravesando los siglos. Finalmente la realidad se comportó con sensatez y Cioran no vino: continuó siendo el autor legendario que yo imaginaba, aquel que escribió las páginas más puras que he leído jamás. Ese ser inaccesible, sin embargo, es retratado hoy en la prensa como alguien amable y atento, capaz de ofrecerle al visitante un abrigo y unas botas para que se proteja del frío (como le sucedió a Félix de Azúa) o de acompañarlo hasta la misma boca del metro advirtiéndole de los peligros nocturnos de París (como le sucedía a Savater). Y está bien que todas esas páginas demoledoras las escribiera un hombre así; casi es inevitable que las escribiera un hombre así. Como el propio Cioran dijo en una ocasión (a propósito de su amigo Guido Ceronetti): “Los seres menos insoportables que existen son los que odian a los hombres. No hay que huir jamás de un misántropo”. Y es que la lucidez de Cioran, por ser completa, era también temiblemente cortés y compasiva; una compasión, por cierto, nada meliflua, sino despiadada. Acierta Savater cuando dice que “nadie formuló diagnósticos más aterradores con un aire menos intimidatorio”. Y también al escribir que “no carecía de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor”. Un santo sin fe y con humor: ¿cabe un modelo más recomendable? Al leerlo nunca he sentido angustia, sino alegría, fuerza, vitalidad. La indescriptible dicha de ir viendo caer demolidos, uno a uno, todos los sustentos, todos los engaños, todas las coartadas; de asistir a la dinamitación rigurosa de las máscaras y de los espejismos. También yo desaparecía (con el mundo) en la belleza transparente, inmaculada, de la negación. Y si algo he sentido, ha sido la nostalgia de no haberme podido quedar confinado en ella. (Sí, hubiese querido quedarme allí, no ser nada. Hubiese querido ser Cioran –para no serlo.)

27.1.20

Una misma palabra loca

Me evocaba ligeramente algo Pedro Sánchez en la Gala de los Goya, con su pajarita y su cara de madera, hasta que caí: era un muñeco de ventrílocuo. Encantado de ser lo que era, aunque su voz se la debiera a otro. Antes había estado en un helicóptero mirando las zonas devastadas por el temporal y, si bien no sonreía, tenía básicamente la misma expresión. Ya que estábamos en la noche de los actores, volví a acordarme de Victor Mature, que ponía una cara idéntica tocando el piano en un cafetín picante que en el Gólgota bajo la cruz de Cristo. (Sánchez Mature, Sánchez Maduro...)

Cuando, en el anuncio del Gobierno de coalición, dijo que este hablaría “con varias voces pero con una misma palabra”, no nos advirtió que iba a ser una palabra loca, fluctuante, caprichosa, sin atadura, puramente instrumental. Llama la atención que en esa palabra no esté el PSOE, sino solo Podemos y los independentistas. Ni siquiera está el PSOE entre las “varias voces”. El PSOE ha desaparecido. Y esa es la (grave) pregunta: ¿dónde está el PSOE?

El PSOE es una carcasa vacía, a imagen de Sánchez. Que este cambie de criterios de un día para otro, e incluso dentro del mismo día (y a veces de la misma hora), podría explicarse por razones psicológico-morales (entre las que estaría desde luego el cinismo). Pero que cada bandazo sea secundado por unanimidad por su partido demuestra eso: que el partido no existe, o que el partido es Sánchez. San Bernardo afirmó que quien solo se sigue a sí mismo es discípulo de un loco. ¿Qué son entonces quienes lo siguen a él?

Yo, que tengo simpatías por el surrealismo, veo a veces a Sánchez como un héroe surrealista, alguien que encarna estas palabras de André Breton: “En lo que llamamos lógica solo veo el culpable ejercicio de una debilidad. Puedo decir, sin ninguna afectación, que lo que menos me preocupa es sentirme consecuente conmigo mismo”. Lo cual puede tener su gracia en Sánchez, que es de quien emana el asunto, pero ¿y en los sanchistas? Hay sanchistas que son intelectuales, politólogos, profesionales (se supone) del pensamiento y que han dado los mismos golpes de timón de Sánchez sin dar una sola explicación. Mucho antifascismo, mucho antifascismo, y al final su lógica parece ser la del “decisionismo” de Carl Schmitt. ¡El Sánchezprinzip!

Aunque es cierto que el coro de la militancia gritaba “Con Rivera no” y “Con Iglesias sí”, lo que indica un sesgo indudable (el sesgo, en realidad, de la perdición del PSOE), sigo convencido de que Ciudadanos le hubiese valido igual a Sánchez para su único objetivo, que era ser presidente. Ahora es presidente y luce como presidente. Sin voz, con la voz de otros, con la política, el lenguaje, la retórica y los intereses ideológicos de otros. Pero presidente.

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En El Español.

24.1.20

La decadencia del decadente

Ha salido el tercer y último tomo (salvo que escriba más adelante un cuarto con sus años de ancianidad) de las memorias de Luis Antonio de Villena, Las caídas de Alejandría (1997-2018). Lo ha editado Pre-Textos, como los dos anteriores: El fin de los palacios de invierno (1951-1973) y Dorados días de sol y noche (1974-1996). Espléndidos títulos todos. En medio ha escrito, en consonancia, un notable y extraño poemario, Imágenes en fuga de esplendor y tristeza (Visor), y un intenso libro de duelo por la muerte de su madre, Mamá (Cabaret Voltaire). Los cinco constituyen un ciclo fulgurante.

Las memorias se leen maravillosamente: las he estado recomendando a quienes me han pedido lecturas. Constituyen un canto a la tolerancia, a la educación, a la cultura, al placer, a la belleza, a la vida libre, a la singularidad; por eso resultan hoy especialmente subversivas. Aportan un aire liberador y turbador. Son excesivas, como la vida, y algo repetitivas, también como la vida. Pero enganchan y embrujan: como sabe hacerlo la vida. Están al borde de ser obras maestras y no lo son por un cierto descuido final, un ligero desaliño en el acabado que (y esto es bonito) significa en verdad un triunfo de la vida sobre el arte. El esteticismo de Villena es eminentemente vital. Su escritura –singular y seductora– es buena y a veces muy buena, pero podría ser mejor: y eso que resta es lo que gana la vida.

En Las caídas de Alejandría el tema no deja de resultar instructivo: se trata de la decadencia del decadente. El hombre que desde su juventud jugó al decadentismo (con una pasión que en realidad era ascendente) se ve ahora en la decadencia real: la de la edad, la de los amores y amistades, la emocional, la física, la económica, la del humanismo, la del país, la de la época. En parte estamos ante uno de esos crepúsculos personales que se toman como colectivos (como decía, a propósito de Michel Houellebecq, Arcadi Espada), pero en parte es ciertamente una constatación de la decadencia del mundo (tal vez yo esté aquejado de crepúsculo también).

El propio Villena se sorprende cuando repasa versos de su juventud y comprueba la verdad que decían, aunque él entonces no sabía nada. Como: “Y si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno”. O: “Es muy arduo vivir. / Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno”. Poses de la veintena que resultaron premonitorias: solo que cuando se proyectaban tenían encanto y cuando se viven no. Al final adviene la comprensión del tiempo, el conocimiento de su sustancia y sus devastaciones. El término de un ciclo, como lo vivió su maestro Oscar Wilde. Que perfecciona, con el dolor, el conjunto: aquilatando el placer.

Pero Villena no se rinde y en Las caídas de Alejandría están igualmente sus espléndidas experiencias americanas de los últimos años: los encuentros en Ecuador y Colombia con chicos a los que conoce por internet. Sus quejas de que estamos en una “Edad Media tecnológica” no reparan es que es también la tecnología la que lo salva. Como a todos.

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En The Objective.

20.1.20

Costumbrismo

Mientras esté Vox no hay nada que hacer, la verdad. Los más listos del PP y Ciudadanos ya se han dado cuenta, pero no saben qué hacer: y es porque no hay nada que hacer. Vox es la gran desgracia del constitucionalismo (después del mutis del PSOE), porque lo infecta y lo inutiliza. Toda crítica al nuevo Gobierno se irá por el desagüe, porque está Vox. Vox es lo soñado por Sánchez. Vox es el gran premio político de Sánchez, como Podemos lo fue de Rajoy.

Habrá que ejercer la crítica, claro, pero sabiendo que es inútil. Esta conciencia de la inutilidad, me parece, podría aprovecharse para bajar el tono. O para practicar otros caminos no frontales. A mí se me ocurre el costumbrismo. Un costumbrismo de inevitables toques esperpénticos, porque tales son nuestras costumbres.

La semana de la toma del poder del Gobierno (retoma del PSOE, toma de Podemos) ha sido un espectáculo notablemente jocoso. ¡Cuántas lecciones sociológicas! ¡Cuántas estampas antropológicas! La súbita suavidad de los podemitas me ha recordado a un poeta maldito que había en Málaga. Te cruzabas con él y era áspero, desagradable, te insultaba a ti y lo insultaba todo. Una tarde me lo crucé y estaba dócil, feliz, amabilísimo. Se lo conté a mi amigo Weil y me dijo: “Es que le han dado una subvención”.

El peluchesco Castells, que hasta hace podo insistía en que en España no había democracia, estaba como un niño con zapatos nuevos. Haciendo bromas sobre el peso de la cartera ministerial, llevándose la mano sentimentalmente al corazón, inclinándose ante el Rey como no se había visto en un cortesano desde Felipe IV... Parecía uno de esos burguesotes fatuos de Flaubert.

Garzoncito iba a su ministerio como un niño de primera comunión. La determinación con la que avanzaba hacia su destino funcionarial hacía sospechar que en su cabeza bullían hazañas de Sierra Maestra o la selva Lacandona. Por fortuna, el capitalismo le permite conductas más aseadas, que casan más con su carácter. Se había tomado la revolución como unas oposiciones y se había sacado la plaza.

Lo de los Iglesias-Montero es sin duda lo más maravilloso. Un matrimonio próspero que podría ser del Opus Dei. Entendió la ley del ascenso social rápido en nuestra época: critica a la casta, excitando los bajos instintos del electorado, y en cinco años serás casta. Momento a partir del cual no es de buen gusto la crispación. Su caso es una gran parábola marxista: la infraestructura (el chalet) segregó la superestructura (los ministerios). Es decir, el chalet quería ministros dentro, y los Iglesias-Montero van y obedecen al chalet.

Podríamos seguir, pero hay que terminar. Con Sánchez, cómo no. Qué henchido anda. Su empeño en desjudicializar la Justicia, desparlamentalizar el Parlamento y superejecutivizar el Ejecutivo nos hace comprender su obsesión con Franco. El puesto de caudillo lo quería para él.

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En El Español.

13.1.20

Flamante Gobierno

No sé si Pedro Sánchez le ha comunicado la composición del nuevo Gobierno al Rey por teléfono para no darle el disgusto en persona, o porque se sobreentiende que el Rey tiene internet, como todo el mundo, y ya la conocía como todo el mundo. El interés estará en el juramento del cargo de los nuevos ministros ante Su Majestad, en el que conoceremos todos a la vez si aportan creatividad como cuando juran la Constitución. Tal como están las cosas, con que no mencionen la guillotina el acto habrá transcurrido por cauces razonables. Dentro de lo razonable que pueda ser nuestro esperpéntico momento histórico, claro está.

El anuncio por piezas del flamante Gobierno ha sido para mí un magdalenazo proustiano, que me ha evocado épocas remotas: junio de 2018, concretamente, en que ya vivimos algo similar. Pero el recuerdo me ha llegado no sin estupor: ¿cómo es posible que aquel brillo se deteriorase tan pronto, hasta hacerse olvidar? Ahora estamos avisados y sabemos que el deterioro no tardará en llegar, y que se producirá de manera más apoteósica. Sánchez ha demostrado ser un buen director de casting y un mal director teatral. La obra se le volverá a ir de las manos, en parte por su actuación (también es un actor pésimo).

“El Gobierno hablará en varias voces pero siempre con una sola palabra”, ha dicho en su discurso del domingo por la mañana. Como esa palabra va a ser la suya, no resultará muy de fiar. Lo cual no es necesariamente malo en este contexto. Los primeros movimientos mantis-religiósicos de Sánchez hacia Pablo Iglesias nos hacen concebir esperanzas. Aunque Iglesias es también un killer, por lo que el desenlace está abierto. Este Gobierno tiene algo de trampolín de barco pirata de las películas, al que llegan los dos rivales a enfrentarse personalmente, tras haberse cargado cada uno por su cuenta a un montón. Abajo, por si fuera poco, aguardan los tiburones.

El Gobierno, en cualquier caso, no ha quedado nada mal: parece de gente preparada; con la excepción de Iglesias, las Montero, Garzón, Calvo y Sánchez. Técnicamente está muy bien blindarse con tecnócratas para montarse con garantías festines ideológicos. Al menos no se descuida la realidad de las cosas, mientras se tiene empaquetada como facha a toda la oposición, para que no dé problemas. Yo simplemente me permitiría corregir a los comentaristas que dicen que Sánchez e Iglesias no se cuentan entre los tecnócratas de este Gobierno de tecnócratas. Lo son también: solo que tecnócratas de sí mismos.

Moncloa, por su parte, ha tenido lo que quería: imágenes en el telediario de la manifestación de Vox contra Sánchez que poder dar tras las del discurso de Sánchez. Los líderes voxistas son tan fieles a Sánchez, y tan necesarios para Sánchez, que no dudo en calificarlos de ministros en la sombra.

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En El Español.

8.1.20

La lógica del bipartidismo

En realidad, se ha impuesto la lógica del bipartidismo: llevada al extremo, que es el guerracivilismo. Los dos grandes partidos, azuzados por sus demonios, que están en otros partidos, han puesto fin al espíritu de la Transición, o a lo que quedaba de él. Su sentido se revela ahora: hemos terminado transitando en bucle a lo que había al comienzo. Ahora, a ver hacia dónde vamos. Es como un empezar de nuevo, pero muy antiguo. Las proclamas "entusiasmantes" (como decían los socialistas de antaño) nos pillan ya con la historia muy vieja y repetida. Es el tiempo de los que no se cansan de equivocarse.

Pero está bien. Había un aire como de fin de ciclo. Y teníamos ya como dos generaciones y media de españoles que estaban precisando de una lección histórica. Y no me refiero tanto a las desgracias como a la comprensión: a comprobar en qué se traducen sus pensamientos. Estos años van a ser muy pedagógicos, y a su término rescataremos a los no recalcitrantes. (Los recalcitrantes se quedarán para siempre en plan abuelas rockeras de la ideología, tipo Cotarelo.)

Durante toda la Transición alentó el guerracivilismo, quizá inevitablemente. La herida de la guerra civil y de la dictadura era demasiado profunda. Era una herida, por lo demás, muy anterior: venía de las dos Españas del siglo XIX como mínimo, de las guerras carlistas. En la Transición se llegó a acuerdos, los fundamentales para que hubiera un marco legal democrático y un modelo de país, que no es poca cosa. Y hubo paz. Pero el guerracivilismo se mantenía, soterrado. En la lucha partidista, bipartidista. Siempre que los dos grandes partidos elevaban el tono de su enfrentamiento, manifestaban un deseo de exclusión del otro. No pretendían ser críticas por tal o cual cosa, sino aniquilaciones. Ocurrió con las campañas contra Felipe González, por ejemplo. Y ocurrió cuando Felipe González sacó aquel dóberman o Alfonso Guerra mitineaba contra "la deresha". Jugaban con fuego, pero sabían que lo hacían y se detenían a tiempo. Lo imprescindible para mantener el caldo caliente.

Ha tenido que llegar otra generación más ignorante de políticos para que jueguen con fuego pero sin saber que lo están haciendo. O sabiéndolo, pero dándoles igual: fijándose solo en su provecho. Así el por fin investido presidente Pedro Sánchez, que ya no va a aprender nada. Y así su flamante vicepresidente Pablo Iglesias, que tal vez sí que aprenda. Iglesias es ahora el único resquicio de esperanza: solo él puede aportar un principio de sensatez, de moderación, de coherencia. En sí mismas no muy notables las suyas, pero espectaculares si las comparamos con las de Caballo Loco.

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En The Objective.

6.1.20

¡Todo el mundo al suelo!

Con esta sesión de investidura hemos llegado al momento más bajo de nuestra democracia. Pero no es definitivo: aún podemos bajar más. Treinta y nueve años después se ha obedecido plenamente a Tejero: “¡Todo el mundo al suelo!”. Y ahí está todo el mundo, revolcándose. Unos más que otros, naturalmente: los de Sánchez más. Arrastrando al resto. Es asfixiante la polarización. Ahora estamos donde los peores querían que estuviéramos. Condenados a ser unas alimañas. No serlo será el gran propósito ético (y estético) del año nuevo.

Lo que ha hecho Sánchez, con su PSOE, no tiene nombre. Cuando empezó a decaer el partido hace unos años, los analistas llegaron a la conclusión de que su única manera de regresar al poder sería aliándose con los populistas y los nacionalistas. Pero una cosa era llegar a esa conclusión y otra ejecutarla. Sánchez la ha ejecutado, sin escrúpulos. Su única lógica es la lógica del poder.

Ya la practicó en la moción de censura. Pero entonces cabía la posibilidad de que él se impusiera a sus nefastos socios y los utilizase de comodín. Hoy ha sido al revés: son los nefastos socios de Sánchez lo que se imponen a él y lo utilizan de comodín. El PSOE ha renunciado a ser un partido de gobierno a cambio de gobernar una legislatura. La última que gobernará. De esta saldremos. El que no va a salir es el PSOE.

Todas las derrotas han venido juntas, como si se cosecharan en un solo día los errores de cuarenta y cuatro años: la derrota del constitucionalismo, la del centro-izquierda, la de la Ilustración, la de la igualdad, la de la libertad, la de la democracia liberal... y también la del republicanismo político. Y la de la socialdemocracia. ¿Qué socialdemócrata es ese que habla, como Sánchez en la tribuna, del “libre desarrollo de las identidades nacionales”? Sánchez le ha entregado España a los que quieren destruirla y le ha entregado la izquierda a Podemos. Sánchez se ha quedado sin nada. Bueno, solo con esa presidencia hueca que le queda ridícula.

El gesto más repugnante de la investidura, con todo, ha sido de su socio Iglesias: cuando se levantó a callar, con gesto mandón, no a la proetarra que denostaba al Rey, sino a los que abucheaban a la proetarra. Calma, calma, pedía, cuando él ha sido el gran incendiario, el gran embrutecedor. Si bien se piensa, es el mismo esquema que el de su debut en la vida pública: cuando, siendo un jovenzuelo, mandó callar a Rosa Díez en la universidad; en el fondo, por los mismos motivos. Y en la tribuna, mientras, la proetarra Aizpurua satisfecha como una matona que se sabe protegida por los jefes.

Por lo demás, era desolador ver a Casado diciendo cosas con acierto pero sin gravitas (y con esa insoportable bancada del PP ovacionando cuando la ocasión exigía un silencio sepulcral), a Abascal rebozado en su empanada ideológica y a Arrimadas pidiendo lo que no puede, cuando su partido no lo pidió cuando podía. Tiene un aire bíblico su empeño en tentar a los socialistas para que de entre ellos surja algún no como el de la gran Oramas; pero los socialistas están tan perdidos que ninguno caerá en la tentación, que en este caso (¡ay!) era la tentación de hacer el bien.

Pero ya es mejor que no haya tránsfugas, algo que enrarecería aún más el ambiente. La suerte está echada. La ha echado Sánchez. Hay que apurar el cáliz hasta el fondo.

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En El Español.