12.9.20

Jot Down 32

Ha salido el nuevo Jot Down en papel, núm. 32, especial Decadencia. Incluye una (¡preciada!) entrevista a Iñaki Uriarte. En cuanto a mi colaboración, se titula "El pecador nietzscheano" y empieza así:
Todo iba demasiado rápido. Me aficioné a la revista Estetas y decadentes. Poco después me soltó un amigo al que me acababan de presentar –era nuestra primera conversación–: “Estoy hasta los huevos de estetas y decadentes”. Eran los ochenta. Él tenía dieciocho años y yo diecinueve. Yo había escrito un poemita que terminaba con estos dos versos: “Soy un anciano / de diecinueve años invividos”. Pero la frase de mi nuevo amigo me hizo estar también hasta los huevos de estetas y decadentes.

10.9.20

Cuestionario Proust (2020)

Los principales rasgos de mi carácter
Diré el que los resume todos: la improductividad.

La cualidad que prefiero en un hombre
Que se sepa distanciar de su máscara.

La cualidad que prefiero en una mujer
Que sea ella.

Lo que más aprecio de mis amigos
La cortés intermitencia.

Mi principal defecto
El aplazamiento infinito.

Mi ocupación favorita
Últimamente leer (supongo que para no escribir).

Mi sueño de felicidad
¡Ay!

Lo que para mí sería la mayor desgracia
Seguir así.

Quién me gustaría ser
El que me gustaría ser.

Dónde me gustaría vivir
Siempre me ha gustado vivir entre Málaga y Madrid. Ahora vivo solo en Málaga.

Mi color preferido
Dos: el rojo y el negro.

La flor que más me gusta
El girasol.

Mi ave favorita
Ahora los cormoranes (cuando los veo volar desde el mirador metafísico).

Mis autores preferidos
Tucídides, Montaigne, Cervantes, Nietzsche, Conrad, Proust, Borges, Jünger, Lispector, Bernhard.

Mis poetas favoritos
Petrarca, Aldana, Baudelaire, Dickinson, Pessoa, Apollinaire, Breton, Cernuda, Paz, Szymborska.

Mis héroes de ficción
Los galos de Astérix y los vikingos de Vicky.

Mis heroínas de ficción
Las malagueñas que follan.

Mis compositores preferidos
Bach, Schubert, Brahms, Jobim, Donato, Calcanhotto.

Mis artistas favoritos
Lorrain, Duchamp, Taro, Rohmer, Katz, Gómez Losada.

Mis héroes en la vida real
Los que consiguen follar con malagueñas.

Mis heroínas históricas
Las mujeres de Atenas.

Los nombres que más me gustan
Estos años: Torrequebrada y Aravaca.

Lo que más odio
Este coñazo.

Los personajes históricos que menos me gustan
Los populistas y los nacionalistas.

La campaña militar que más admiro
La de Proust en su lecho de muerte (durante quince años).

La reforma que más aprecio
La silenciosa.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
El del renacer primaveral.

Cómo me gustaría morir
Tarde y bien.

El estado actual de mi espíritu
Inquieto.

Las faltas que puedo soportar
Las de puntualidad.

Mi lema
"¡Esta vez sí!"

* * *
Anteriores respuestas: 2006, 2012 y 2017.

7.9.20

Marketing

Quienes no incurrieron en indignación ante el cartel de HBO de la serie Patria se han acomodado, para justificar su flema, en la explicación de que solo es marketing. El propio Fernando Aramburu lo ha dicho, aunque poniendo “márquetin”, que para eso es escritor: “Atribuyo el cartel a una estrategia de márquetin que no comparto”.

No la comparte, pero en la comprensión hay una cierta justificación. Es interesante cómo lo que tiene que ver con el comercio, con el dinero, tiende a justificarse por sí mismo: es una estación final de los razonamientos. “Ah, si es marketing entonces ya no hay nada más que decir”. Se cierra así, con la explicación, una línea que podría resultar fecunda.

Evidentemente, el cartel de HBO es marketing, puro marketing. Un marketing exitoso (su éxito ha llegado hasta esta culumna), aunque no por ello menos abyecto y repulsivo. La inicua simetría que establece entre los asesinados por ETA y los torturados por las fuerzas policiales es su estrategia de venta. La yuxtaposición de los dos fotogramas insinúa una sintáxis: lo uno conduce a lo otro. Y postula un equilibrio: ambas violencias se sostienen.

Podría servir también como estrategia de venta o de justificación tanto para los policías que torturaban como para los terroristas que asesinaban: “hacíamos lo de este fotograma porque estaba lo del otro”. Los comerciales de la HBO, pues, además de vender la serie, les habrían dispensado su marketing a terroristas y a torturadores. Un marketing aún más abyecto y repulsivo.

Encuetro en las memorias de Fernando Savater, Mira por dónde (2003), estas reflexiones sobre la impresión que produciría leer la prensa de finales de los ochenta: “basta con que el firmante del artículo sea semiprogre o seminacionalista y ya resulta imposible determinar claramente cuál es el grupo terrorista, si ETA o la Guardia Civil. Otros, en cambio, se entregaban patrióticamente a la apología apenas encubierta de la tortura ‘por la buena causa’ y del asesinato paramilitar, ‘para que prueben su propia medicina’. Se diría que todo el mundo confiaba en los crímenes y casi nadie en las instituciones democráticas...”.

Precisamente de la conculcación de la democracia por parte de ETA en los pueblos en que dominaba (y por extensión en el País Vasco) es de lo que trata la novela de Aramburu. El marketing de ETA, en cambio, se empeñaba (como siguen haciendo sus herederos) en lo contrario: es la España nacida de la Constitución de 1978 la que no es democrática. La miseria del cartel de HBO está en que suscribe exactamente este marketing.

* * *
En El Español.

2.9.20

Suplemento de bicicletas

Este año me he desentendido del ciclismo. Solo he visto, por avisos sueltos, algunas etapas menores. La primera creo que fue de la Vuelta a Burgos. Qué subidón volver a ver a los ciclistas, tras estos tortuosos meses. Había bastante público en las carreteras y en los pueblos: todos con mascarillas, que no contenían el entusiasmo. Me pareció un precioso ejercicio de resurrección; algo así como la respiración artificial. Cada aplauso apuntalaba un trozo de la vida anterior.

Y de pronto el Tour, la formidable locomotora. Llega en las fechas de la Vuelta y el efecto es el que tenía la Vuelta antes, cuando empezaba en abril: una irrupción arrasadora, que tiraba de las tres semanas siguientes.

Recuerdo que cuando aún no era aficionado y no sabía qué día empezaba la Vuelta, ni estaba al tanto de las vueltas pequeñas ni las clásicas, llegaba un momento en que el televisor se llenaba de bicicletas; y también, por contagio, la calle. En aquel tiempo la televisión se derramaba fácilmente en la calle: después de Tambores lejanos salíamos haciendo el semínola, y después de El luchador manco el karateca. Al ver a los ciclistas en la tele, nos acordábamos de nuestras bicis. O bien montábamos carreras de chapas.

Veo ahora la cuarta etapa, la primera con final en subida. El pelotón discurre por un valle con luz inusual para el Tour: no la intensidad abrasadora de julio, sino una nitidez líquida, languideciente. Son emociones nuevas, de orden cromático.

Ya empiezan a subir. No sé si es por sugestión, pero también veo las sombras de los ciclistas más alargadas que nunca: pedalean notablemente duplicados. El sol se tiende en la cuesta, como para que asciendan por su miel doliente. Hay competición, uno arranca y gana. Pero también ahora priman los aspectos plásticos.

Comienza una temporada político-periodística que se presume salvaje. Se exige pelea en un momento en que lo que menos me apetece es pelear. Hay acopio artillero, básicamente para usarlo entre ruinas. En tal ambiente, qué alivio este suplemento de bicicletas. Cuando todo se derrumba, ahí están los ciclistas: elevándose y elevándonos.

* * *
En The Objective.

31.8.20

Región luciente

Leí el último día de playa, en mi toalla amarilla, el capítulo de Pisando ceniza que Manuel Arroyo-Stephens dedica a José Bergamín y me acordé de cuando leí los aforismos de este en otro día de playa de mis dieciocho años. Toda la vida en medio, entre dos tumbadas en la arena. Temprano aprendizaje el de aquel verano de 1984: “¿Para qué saber a qué carta quedarte, si de todos modos no te vas a quedar?”, escribió en El cohete y la estrella Bergamín. El final de agosto es propicio a la melancolía. De pronto se acabó, con su sol y su tiempo limpio.

El editor y escritor Arroyo ha sido una de sus bajas. Una semana antes de su muerte por cáncer se desató un incendio en los alrededores de El Escorial, donde tenía su casa (“una biblioteca en mitad del bosque”), y se quiso quedar dentro. El fuego finalmente no llegó. La enfermedad culminó su trabajo. Pisando ceniza lo leí cuando lo publicó Turner en 2015 y me pareció una obra maestra, como a Félix de Azúa, Arcadi Espada o Andrés Trapiello. Al releerlo ahora me ha impresionado el tema acuciante de la muerte. Y lo importante que era para Arroyo el acompañamiento a los muertos. Él murió acompañado, bien acompañado. (Como no han podido hacerlo tantos en estos meses del virus.)

Él también acompañó. El capítulo sobre Bergamín, “Región luciente” (tomado de la oda al cielo de Fray Luis de León), es la historia de su acompañamiento al poeta desde que regresó de su segundo exilio hasta que murió en 1983. Emociona su servicio al anciano que se ha quedado solo, peleado con casi todo el mundo, por disconformidad con las circunstancias históricas, por su carácter indócil.

La entereza de Bergamín causa admiración; su fidelidad a la república, su empecinamiento antiborbónico. Aunque la trampa de su oposición a lo que al fin y al cabo era una democracia se ve en la alternativa que tuvo que buscar: su acercamiento al mundo abertzale, ETA incluida. Supongo que a él le regocijaba la paradoja: alguien tan español pasando por antiespañol. Como escribió Fernando Savater en su despedida (“Bergamín levanta el vuelo”): “Es la única persona que he conocido a la que se le podía hacer rabiar con solo darle la razón. O le contradecías tú, o se contradecía él”.

Arroyo le da vida con su escritura natural, precisa. Como le ha dado vida a Arroyo, después de muerto, su amiga y editora Pilar Álvarez: “Adoraba a sus hijas, Trilce y Elisa, rodeó su casa de El Escorial de fuentes japonesas por el placer de que todos los pajaritos de la sierra fueran allí a bañarse por las tardes y nunca permitió que una mujer, amiga, novia o editora pagara un café ni se sirviera agua en la mesa ni abriera la puerta del coche”.

Arroyo ha muerto con setenta y cinco años. Bergamín murió con ochenta y siete. Había escrito mucho de la muerte, pero cuando le llegaba la hora se sorprendió: “¡Qué agonía más espantosa! Esto sí que no me lo esperaba. Esta agonía tan larga, tan espantosa. No me lo esperaba”. Al final muere, algo que todo el mundo termina haciendo bien. Arroyo concluye: “Solía decir que no se moría porque no tenía donde caerse muerto, y que no creía en la resurrección de la carne, porque él solo tenía huesos. Ya no tenía ni una cosa ni otra, era puro verso y memoria”. A mí todo esto me ha dejado encendido. Pisando brasas.

* * *
En El Español.

25.8.20

Entrevista: "En democracia, el derecho de autodeterminación no tiene sentido"

Por Óscar Benítez

Procedente del mundo televisivo, José Antonio Montano (Málaga, 1966), es conocido en la actualidad por sus columnas en cabeceras como Jot Down, El Español y The Objective, así como por las irreverentes reflexiones que suele desgranar en su cuenta de Twitter. El Liberal ha charlado con él sobre asuntos tales como la destitución de Álvarez de Toledo, la marcha del Rey Emérito al extranjero o la gestión de Sánchez de la pandemia, al que Montano considera «el peor presidente para la peor crisis».

La destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP ha sido interpretada por medios como El País como un giro a la moderación por parte de Casado. ¿Es una interpretación correcta?
Es una interpretación correcta de acuerdo con la caricatura vigente: esa que dice que el reaccionario nacionalismo es progresista y el progresista antinacionalismo es reaccionario. Una caricatura en cuya autoría ha participado notablemente El País (con la excepción, por cierto, de sus mejores articulistas: Fernando Savater, Félix de Azúa y Daniel Gascón). Que un periódico que apoya al gobierno Sánchez-Iglesias hable de “moderación” es de risa. Por otra parte, me parece que Cayetana Álvarez de Toledo no era una buena portavoz: era demasiado superior a su partido (y me temo que al electorado español). Creo que en política ella solo podría ser lideresa o nada.

Recientemente, Íñigo Errejón ha reivindicado el escrache como «forma de protesta puntual que visibiliza una problemática social» al tiempo que condenaba el «acoso» y «persecución ideológica» que sufren Pablo Iglesias e Irene Montero. ¿Es una actitud coherente?
Claro que es coherente. Para Errejón es una pura herramienta ideológica, y por lo tanto es buena si la aplican los suyos y mala si se la aplican a los suyos. No está en el “qué”, sino en el “quién” y “a quién”. En el embrutecido ámbito civil que propone hay buenos y malos, que además no lo son según lo que hagan, sino según la ideología que profesen. Errejón es un necio que no ha aprendido nada de la historia. Esto vale también para Monedero y los Iglesias.

En el periodo 2017-2019, la inversión extranjera en Cataluña cayó un 83% respecto al trienio anterior. ¿Por qué datos como éste no parecen hacer mella en el electorado nacionalista?
Porque el nacionalista, para ser nacionalista, ya tuvo que prescindir previamente de la realidad. Todo lo que esta haga a continuación es, como quien dice, un llover sobre mojado. Aun así, nos quedaba la duda de si la fe de los nacionalistas catalanes se retraería ante las pruebas más crudas de la realidad. Pero ya hemos visto que no: era una fe sólida. Son unos buenos nacionalistas, y como buenos nacionalistas hundirán a su “nación”.

Por otro lado, parte del separatismo, con Puigdemont a la cabeza, ha aprovechado el aniversario de los atentados en las Ramblas para alimentar teorías conspirativas semejantes a las que prosperaron tras el 11M. ¿Le sorprende?
Es lo mismo que lo anterior. Lo bueno, para mí, es que siempre me sorprende: nunca termino de acostumbrarme a la bellaquería.

Según el último CEO, el 50% de los catalanes rechaza ahora la secesión. Sin embargo, el 78,3% sigue creyendo que Cataluña tiene derecho a decidir su futuro como país en un referéndum. Pero, ¿es lícito el derecho de autodeterminación en democracia?
No creo que sea lícito. Pero sobre todo me parece absurdo. En un país democrático ese derecho no tiene sentido. La motivación, además, es sórdida: en la medida en que lo piden los ricos y se fundamenta en pulsiones oscuras, como la de extranjerizar a conciudadanos.

Los escándalos del Rey emérito han situado a la monarquía en el centro del debate. ¿Sería la republicana plurinacional que proponen algunos preferible a la actual monarquía constitucional?
En absoluto. En lo de “plurinacional” está el truco del almendruco. Yo estaría por la república, pero una república tan parecida en la práctica a nuestra monarquía constitucional que no sé si merecería la pena el trastorno. Ya he dicho muchas veces que el principal obstáculo para la república en España son nuestros republicanos vociferantes: esos que pretenden un régimen sectario, no uno para todos como el que tenemos en la actualidad. Por contra, el que sí está trabajando con solvencia en favor de la república es el rey emérito. El que haya escogido como país de retiro los Emiratos Árabes es otro importante aldabonazo.

En una ocasión, escribió que uno de los hechos más sintomáticos de la política española era el odio a Ciudadanos, al que no se le perdonaba su «antinacionalismo fundacional». ¿Qué opina del giro impuesto por Inés Arrimadas a la formación, abriéndose a pactar con el PSOE?
Lo de Arrimadas creo que ya da un poco igual. Ciudadanos es un partido póstumo. Tuvo su gran momento y lo dejó pasar. No creo que haya otro. En cualquier caso, le seguiré dando, por cortesía, tratamiento de partido todavía vivo. Esos pactos con el PSOE me parecen bien en la medida en que sean buenos para el país, es decir, que tengan amplitud de miras; y en la medida en que no respalde las majaderías en que el PSOE anda metido (que es el otro aspecto del propósito anterior). Un signo prometedor de esos pactos es el berrinche que se pillan los populistas y los nacionalistas. Berrinche que habría sido épico si Rivera no hubiese tirado a la basura la fuerza que alcanzó Ciudadanos.

Vox ha anunciado para septiembre un moción de censura a Pedro Sánchez, en un movimiento que según PP y Cs solo beneficiará al actual presidente. ¿Es así?
Por supuesto. Los dos presidentes más inanes que hemos tenido, Rajoy y Sánchez, gozaron de la inmensa fortuna de disponer de un poderoso argumento externo cuando ellos mismos carecían de argumentos. El argumento de Rajoy fue Podemos. El argumento de Sánchez es Vox. En ambos casos, el único argumento. Bueno, con el tiempo hay que reconocer que Rajoy sí que disponía de un argumento suplementario en su favor, pero esto solo podíamos saberlo después (en el grado brutal en que ya lo sabemos): no ser Sánchez.

La OMS atribuye las restricciones de viaje a España a las dudas sobre la gestión de los rebrotes por parte del Gobierno. ¿Cómo valora usted la gestión de Sánchez?
Nefasta, ¿no? Ahí están los números fúnebres, sanitarios y económicos, incontestables. Ha sido el peor presidente para la peor crisis. Cuando decretó el primer estado de alarma dispuso de un momento de adhesión general, como si la gravedad de las circunstancias lo hubiese investido de gravitas, e incluso auctoritas. Pero ese momento lo dilapidó en poquísimos días. Es un hombre que ha llegado al poder para dividir y no para unir. Si eso se suma a que no sabe nada, concluimos que solo le queda la propaganda, el Nodo. Y en eso está, con su Goebbelsito de cabecera. Pero hay una apostilla más pesimista: aunque el principal responsable es Sánchez, es el país entero el que ha fallado. España se ha revelado como un país que no funciona.

La actriz Rose McGowan ha desvelado en su cuenta de Twitter que el cineasta Alexander Payne mantuvo relaciones sexuales con ella cuando tenía 15 años, por lo que le ha exigido que se disculpe públicamente. ¿Cree que los artistas acusados de actitudes inmorales deben ser censurados o ninguneados por el público como defiende parte de la izquierda contemporánea?
¡La cultura de la cancelación! Llevo semanas intentando no escribir una columna sobre el tema, como ya han hecho todos mis colegas columnistas. Pretendía singularizarme y ser “el columnista que no ha escrito su columna sobre la cultura de la cancelación”. Y ahora va usted y me hace esta pregunta con la que me tengo que pronunciar. Bien, me pronunciaré: estoy en contra de la cultura de la cancelación. Pero sobre todo estoy en contra de que en español se utilice con ese sentido la palabra “cancelación”.

* * *
En El Liberal.

24.8.20

La nada adornada

Las vacaciones del presidente Sánchez, “suspendidas” cuando ya estaban a punto de concluir, han tenido más que ver con el relato que con la realidad. En este sentido, han sido unas merecidas vacaciones. Porque el relato es lo que cuenta.

Hay un articulista que me tiene fascinado por la precisión de su sintonía con el Gobierno: viene escribiendo cada semana exactamente lo que este necesita. Cuando se criticaba la inacción de Sánchez, él defendía su denodado trabajo (entorpecido por “la derecha”). Este agosto, en correspondencia con aquel denodado trabajo, ha defendido sus vacaciones (entorpecidas por “la derecha”). Es una lástima que dicho articulista no se haya ido también de vacaciones, porque se las merecía como ninguno.

Lo cierto es que la acción o inacción del Gobierno ha sido nefasta: ahí están los números, los peores de Europa. Nos encontramos, sin duda, ante un monumental fracaso colectivo, puesto que ha fallado el país en todos sus niveles; pero el máximo responsable es Sánchez. Su Gobierno, sencillamente, no ha sabido.

Lo espeluznante es cómo se intenta tapar el desastre con triunfalismo. “Hemos vencido al virus”, dijo Sánchez. “Salimos más fuertes”, sigue diciendo la cartelería gubernamental. Sus ministros y sus parlamentarios lo aplauden. Como la realidad va a ser cada vez peor, me temo que va a ser cada vez mayor la cobertura entusiasta. Hay que tapar que Sánchez está desnudo, que no es nada. Hay que tapar su nada con ‘Nodo’.

Sánchez no sabe nada, es solo un tecnócrata del poder (y hasta esto necesita que se lo hagan). Lo llamativo es cómo adorna esa nada, su impostación. Ahora que sabemos que el comité científico de que habló en pleno estado de alarma no existía, podemos recrearnos en sus fabulaciones. Dijo, por ejemplo: “En las reuniones del comité científico, que se reúne una vez a la semana y en el que yo tengo el honor de poder participar y escuchar a gente que sabe mucho de estos temas, y por tanto también aprendo, porque lógicamente esta no es mi formación, la de la ciencia y la epidemiología...”.

He limado las redundancias y titubeos de las declaraciones literales, tremendamente delatoras, pero ahí está todo: el honor de participar en un comité que no existe y de escuchar a gente que sabe mucho que no existe; gente de la que, por supuesto, aprende mucho, no se sabe si pese a su inexistencia o debido a ella. En todo caso, fue un aprendizaje a su medida.

* * *
En El Español.

19.8.20

El triunfo de la caricatura

La política española vive en estado de irrealidad, una de cuyas manifestaciones es la autonomía de ciertas caricaturas. Su origen se reparte entre el partidismo, la rentabilidad y la pereza. Y se desarrolla así: un comentarista crea una caricatura, y a partir de ese momento opera con ella y solo con ella. No solo al margen, sino en contra de la realidad.

Lo volvemos a ver ahora con la destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP. Aquellos que la metían en el saco extremista de Vox dicen ahora que se irá a Vox. Ignoran que nadie en el PP ha criticado más a Vox que ella. Pero crearon su caricatura sobre esa ignorancia (deliberada) y de la caricatura ya no salen.

Técnicamente es una automamada ideológica. El comentarista (pongamos que Gerardín Tecé) se lo inventa y luego se chupa lo que se inventa. Lo más grimoso es cuando se corre. Esa autosatisfacción.

No es la de Álvarez de Toledo la única caricatura que circula, pero es muy significativa. Al cabo, es la expresión particular de una caricatura general: la de que toda contestación al nacionalismo es “facha”. O sea, la caricatura de que lo verdaderamente progresista es lo reaccionario en este país. Y viceversa: es una caricatura con dos sentidos; siendo el primero la coartada del segundo. El resultado es la impunidad con que en este país se puede ser verdaderamente reaccionario. Con un efecto sociológico apabullante: en ningún sitio hay tantos fascistas percibiéndose a sí mismos como antifascistas.

Esta caricatura era anterior al surgimiento de Vox. Surgimiento que, a un tiempo, la desenmascaró y la consolidó.

La desenmascaró porque el énfasis ante Vox probaba que hasta entonces habían estado operando con una caricatura y lo sabían: si ya acusaban de facha 'antes', ¿a qué venía el énfasis 'ahora'? (Se podría pensar que porque se les daba la razón, pero era justo lo contrario.)

Y la consolidó porque, por supuesto, siguieron con ella: no era fácil renunciar a semejante bicoca. Ser reaccionario y pasar por progresista debe de producir un gusto enorme, además de tener incontables ventajas.

* * *
En The Objective.

17.8.20

Nuestros antepasados

He escrito alguna vez (me repito, pero la realidad se repite y no quiero tener menos armas) que el gran logro de Zapatero fue volver a meternos en nuestra historia, de la que por fin nos estábamos escapando. Éramos españoles descarriados y nos recondujo. Esto ha supuesto un fastidio tremendo, a cambio de una ganancia impagable: hemos restablecido el hilo con la tradición española.

Nuestros antepasados, que durante la Transición nos parecían unos seres extrañísimos, unos inútiles incomprensibles a los que les aplicábamos una mirada antropológica, se han vuelto nítidos de pronto. Venimos de ellos y somos ellos: volvemos a ser ellos. La desastrosa historia que hicieron es la que estamos volviendo a hacer.

Lo raro fue la Transición. Pero tuvo tanto éxito que nos precipitamos a decretar el fin de la historia de España, como Fukuyamas castizos. El famoso pronóstico de Gil de Biedma (“de todas las historias de la Historia, / la más triste sin duda es la de España, / porque termina mal”) nos parecía entrañable por equivocado. Habíamos logrado milagrosamente darle esquinazo a nuestro destino.

Era, lo vemos ahora, una ficción. Historiadores como Fusi habían creído en el final feliz, y por eso se sintieron descolocados cuando empezó a incumplirse. Otro de mis clásicos es citar lo que Fusi escribió de Zapatero en su Historia mínima de España (Turner, 2012), pero es que es fabuloso que el expresidente haya entrado en los libros de historia como el responsable de “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Tarea que han proseguido Podemos, Vox y Sánchez.

La contrapartida, como digo, es que ahora entendemos por qué hubo guerra civil, por qué la historia de España ha sido la que ha sido: es exactamente la que estamos viviendo, con esta descomposición en plena pandemia. En la cuarentena algunos se pusieron con los Episodios nacionales de Galdós para leer sobre la España actual. Yo acabo de terminar la excelente biografía de Valle-Inclán escrita por Alberca (Tusquets) y qué agobio de país (agobio, por cierto, que no remite cuando hay república).

Naturalmente, si todo se ha descosido es porque estuvo mal cosido. Pero habrá que admitir el mérito que tuvo coser aquello, que es esto que ahora se nos descose... Por lo demás, los que conocimos la dulzura de vivir la brecha con nuestros antepasados no podemos dejar de mirar a los españoles que hoy vuelven a las andadas como seres póstumos. (Los otros, los muertos.)

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En El Español.

10.8.20

La parrilla

Hoy es 10 de agosto, el epicentro del verano: al menos simbólicamente. Ese día (del año 258) quemaron a San Lorenzo en la parrilla como a un asado humano, convirtiéndose así en el patrón de los futuros bañistas, que van a la playa a asarse. Quevedo lo adelantó milagrosamente en un soneto en el que aprecia el placer de la operación: “Arde Lorenzo y goza en las parrillas...”. Con el tiempo se le empezó a llamar Lorenzo al mismísimo sol, que siempre está asándose.

Yo sigo en mi veraneo costasoleño, con el mar en el ventanal prestado. Es una mascota inmensa, reconfortante. No me acostumbro a que esté siempre ahí. A veces me descuido y cuando lo veo de nuevo, por ejemplo desde el salón, me llevo una sorpresa. Son muchas a lo largo del día, como estar en ese estado poético que descubre la maravilla cotidiana. Me advino un pensamiento: hay que tener amor, pero a falta de amor hay que tener mar; solo el mar puede paliar esa falta.

Para ver a los bañistas tengo que bajar, mi ventanal da al mar pero no a la arena. Es el verano de la mascarilla, la distancia social, el hidrogel y el miedo, pero creo que se apelotonan como todos los veranos. En algunos la procesión irá por dentro, pero es desde fuera desde donde se percibe la carcasa. Más versos proféticos. Los de Octavio Paz: “Hay turistas también en esta playa, / hay la muerte en bikini y alhajada”. Los de Pere Gimferrer: “mientras en una bocanada ardiente / la muerte ocupa un puesto bajo los parasoles”.

Puede que por compensación o por venganza, noto una explosión del topless. Que lo que se lleven los gusanos sea glorioso: esta es la ética elemental de la carne. Hacía tiempo que no había tantas tetas al sol, y se merecerían más que Lorenzo que las pintase Tiziano. En el agua golpetean en ellas las olas, como en la “bunda” de la “menina preta de biquini amarelo” de Caetano Veloso (que cumplió setenta y ocho años el viernes).

Un 10 de agosto (de 1557) fue también la batalla de San Quintín, que ganó Felipe II. En honor de aquel día de San Lorenzo se construyó El Escorial, cuya primera piedra se colocó un 23 de abril (de 1563), fiesta de San Jorge y futuro Día del Libro. Lo leo en un libro apasionante, Arquitectura y magia, de René Taylor, donde se dice además que el monasterio está orientado hacia la puesta de sol del 10 de agosto. O sea, la de esta tarde: aunque la puesta la tapan las montañas.

Al pensar en esa “parrilla de granito”, me acuerdo de lo que Iñaki Uriarte (según me contó Txani Rodríguez) dijo de cierto escritor: que escribía bien pero le quedaba “poner toda la carne en el asador”. Ese puede ser un buen propósito para este día, puesto que la carne ya la tenemos y el asador también.

* * *
En El Español.

4.8.20

Solución de leyenda

Al enterarme del exilio del rey Juan Carlos I he pensado más en su biografía que en la historia: cómo se la redondea, por simetría. Vuelve adonde estuvo su padre, dejando a su hijo donde él estuvo. No sé si es una injusticia (“es una vergüenza para España”, le leo a un voxista; “es una salida deshonrosa, cutre, por la puerta de atrás”, le leo a un podemita), pero me parece una buena solución: una solución de leyenda.

Hablo de estética, por supuesto. La vida se le deshilachaba en sus últimos manejos, ciertamente lamentables. Le quedaban años feos. La potencia simbólica del exilio, sin embargo, contrarresta esa fealdad. Le pone un colofón vistoso para los libros de historia. Quedándose en España (que a lo mejor es lo que tendría que haber hecho) no lo habría conseguido.

No está mal un destino shakespeariano para alguien que no parece muy complejo. Supongo que le fastidiará la situación (“estoy tomando aguantaformo”, le dijo a Raúl del Pozo hace no mucho), pero para su biografía va muy bien. Se acopla con el niño exiliado, que vuelve a ser él mismo. La rácana mirada historicista que predomina en la actualidad puede que no aprecie esa belleza, literaria.

Nunca me explicaré –escribí aquí de ello– su falta de comprensión de lo que significaba ser un rey también para los republicanos: esa exigencia de ejemplaridad fáctica que debía corresponderse con su irresponsabilidad legal. Porque para no ser intachable, mejor tener a un presidente de la república al que poder juzgar o echar en unas elecciones. Pero también es verdad que le tocó una época no muy escrupulosa: su conducta casi fue equiparable a la de muchos de los gobernantes electos.

El juicio de la historia será positivo, incuestionablemente. Posibilitó la democracia en España, que vivió en paz y prosperidad durante su reinado. Le gustaron además las mujeres y el dinero. Conforme pasen los siglos esto resultará casi entrañable, como la “verdura de las eras” que decía Jorge Manrique. Y, salvo por el viejo mandato absoluto, que no cató, apuró lo de ser rey con frenesí: dos exilios, una abdicación y un reinado (más el principado con Franco, que no lo escondo).

Cuarenta años de democracia en paz y prosperidad: se dice pronto, pero no los hubo antes en nuestro país y no sabemos si se repetirán. Al menos tanto tiempo seguido.

* * *
En The Objective.

3.8.20

Merecimiento

Tampoco yo logro visualizar el desastre que se avecina. Por el momento, el mar mantiene su calma. Me he venido a tender en ella la vista, confiado en que se me adentre un poco en el espíritu. Estoy en ese apartamento prestado que da al horizonte azul, por cuyas fotos Félix Ovejero me llama “marquesito”. Pero soy pobre, como Rilke: un pobre al que le prestan palacios de verano. (Escribo al aire del ventilador, mientras que afuera la atmósfera está quieta y achicharra.)

Hay el convencimiento de que tras el paréntesis de agosto caerán chuzos de punta. Puede que algunos se adelanten y rompan el paréntesis. No sabemos cómo será, porque nunca lo hemos vivido. Por eso el miedo todavía es abstracto: eco de libros y películas, de las historias de los más viejos. Será peor que en 2008. Entonces el PIB no cayó un 18,5%. Ni el país estaba en descomposición; desde luego, no como hoy. Ni teníamos el peor gobierno posible. Ni el peor parlamento.

Ahora hay dos carreras locas: la de la realidad y la de la propaganda. Esto va a acabar muy mal, porque van en sentido contrario. Nos vamos a enterar de lo que es un choque de trenes, con descarrilamiento y explosiones. Ganará la realidad, naturalmente: la realidad catastrófica. Pero la dinámica hará que se le eche encima cada vez más propaganda. Va a ser insufrible.

La esperanza de que la pandemia fomentase al menos la unidad se desvaneció pronto. Y no lo hizo sola: fue torpedeada desde todos los flancos; empezando por el del gobierno, que jamás se la trabajó.

Así se arruina un país, al modo peronista. Y aunque Podemos no tiene la principal culpa, ya es casualidad que nos suceda con los peronistas en el poder. La principal culpa la tiene el presidente Sánchez; por él y porque en él se han concentrado todos los hilos perversos de la política española desde hace décadas. Es el máximo responsable, y al mismo tiempo el simple peón de una fatalidad.

La culpa es de los españoles. Nos iremos al guano con merecimiento. Y, a pesar de que he empleado “culpa”, no me refiero a un merecimiento moral, de expiación cristiana, sino a uno puramente físico. Las realidad tiene sus leyes, y entre ellas está la de que no pueden pasar el filtro electoral la mentira, la ineficacia, la necedad ni el embrutecimiento ideológico sin que eso se pague.

Alzo la mirada. Por el ventanal hay un mar neblinoso, de un azul dulce, paciente, como avanzando hacia su desaparición.

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En El Español.

27.7.20

Adrados

La humanidad es una y su espectáculo es total: lo mejor y lo peor lo ofrece simultáneamente. El entrelazamiento de la tragedia y la comedia es perpetuo. La antropología nunca cierra.

La muerte del helenista Francisco Rodríguez Adrados nos ha recordado la grandeza –la posibilidad de la grandeza– en una semana atravesada, como todas, por la pequeñez.

Así los aplausos a Pedro Sánchez de los hombres y mujeres de Pedro Sánchez (entre los que destacaba Manuel Castells, desgañitándose con las manos). Así la escena de teatro del absurdo en que Teodoro García Egea, a la pregunta sobre las corrupciones de un senador de su partido, respondía con las corrupciones de Pablo Iglesias (rindiéndole un gran servicio a Pablo Iglesias). Así los independentistas, cada vez más ahondados en su sótano; a sus pequeñeces habituales, han añadido la miseria con que han despedido a otro grande, porque los refutaba: Juan Marsé. Así nuestros promotores de escraches, que solo se han dado cuenta del fascismo de los escraches cuando los han empezado a sufrir, y aun así siguen hablando de escraches buenos y malos...

Hace años pasé días felices caminando por la playa con las conferencias de Adrados en los auriculares, con el azul delante del mismo Mediterráneo de su Grecia. Ahora me he puesto, como homenaje ya póstumo, la de Tucídides.

Es sensacional. Adrados arrastra carraspeos, toses, titubeos, tics (“eh eh”), alguna risita, alguna autoironía... junto con su formidable erudición, que se despliega en haces. Todo avanza junto también, con un didactismo raro, más bien abrupto, pero que va imponiendo sus materiales con una viveza asombrosa. Una vez que te metes, estás allí: en Grecia, en Tucídides.

Carlos García Gual, en su bella negrológica, ha hablado del “abigarrado mundo helénico”. Y esa es la Grecia viva, nada “neoclásica”, que transmite Adrados (y transmite el propio Gual y transmitió Nietzsche).

Adrados recuerda en su conferencia que Tucídides decía de su Historia de la guerra del Peloponeso que era “una adquisición para siempre”. Porque había analizado sucesos humanos que, por ser humanos, respondían a las leyes de la naturaleza humana y no dejarían de estar vigentes nunca.

La desastrosa guerra del Peloponeso –en la que participó por cierto la peste, que mató a Pericles y asoló Atenas– fue el gran trauma histórico del mundo griego, y Tucídides se obsesionó en analizarlo para que no se repitiera. Analizó entre otras cosas, dice Adrados, el carácter destructor de los extremismos, que terminan arrastrando al conjunto de la población.

Una adquisición para siempre. Tan para siempre que no han dejado de repetirse las guerras del Peloponeso, con la insaciable insistencia de la pequeñez humana. Del lado de la grandeza quedan los Tucídides y los Adrados.

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En El Español.

23.7.20

'La tierra baldía' en preventa

Ya está lista, en preciosa edición, la nueva traducción de La tierra baldía de T.S. Eliot. La ha llevado a cabo Luis Sanz Irles y yo creo que es la mejor en español hasta ahora. El libro, además de la traducción y el original en inglés del poema, lleva un prólogo de Ernesto Hernández Busto, una nota del traductor y un epílogo mío. El libro está en preventa aquí.

22.7.20

El patriotismo imposible de Podemos

Desde las apoteosis de Vox con la bandera de España (y los énfasis, por qué no decirlo, del PP y el penúltimo Ciudadanos), Podemos ha recurrido con frecuencia a la palabra "patriotismo", para decir qué es y qué no es. La respuesta se puede resumir fácilmente: patriotismo es Podemos (y el PSOE cuando se le acerca), y no lo es todo lo demás.

En realidad, todos los partidos tienden a decir lo mismo, y este es uno de los factores de la irrespirabilidad del ambiente político en España. Pero como en Podemos se da más descarnadamente, con una mayor creencia en la autenticidad propia, el fenómeno resulta más llamativo. O, si se prefiere, más espectacular. Y es el signo de una impotencia. Al fin y al cabo, Podemos se ha puesto a hablar de patriotismo tarde, muy tarde; tal vez demasiado tarde.

Arrastrado por la inercia, notablemente tontorrona, de la izquierda de este país (¡escojo esta fórmula tontorrona también; podría haber dicho "estatal"!), se lanzó a nuestra arena política con un brazo atado a la espalda: el del nacionalismo español. Rubén Darío escribió aquello de "el abrazo imposible de la Venus de Milo". Podría hablarse también del patriotismo imposible de Podemos. Es una desgracia para Podemos (seguramente su condena) y una bendición para los antinacionalistas españoles (que lo somos también, pese a la tabarra que nos dan, del nacionalismo español).

Haber pretendido montar un peronismo español sin nacionalismo español era eso: una imposibilidad. Las multitudes de Venezuela, Argentina y la Grecia de Tsipras iban embutidas en banderas. En España eso solo se daba en los nacionalismos periféricos. Errejón se dio cuenta al principio y lo intentó corregir: le salieron entonces unos discursos con indudable aroma falangista. Pero no cuajó y quizá eso nos salvó de Podemos en 2016.

No tuvimos un Podemos-Vox, que es lo que hubiera arrasado, y entonces apareció Vox para mostrarle a Podemos lo que se había perdido; el combustible que dejó pasar para sus inflamaciones. Vox, por fortuna, tampoco puede hacer mucho porque tiene un techo: es un partido nacionalpopulista pero con el límite que le da el no ser de izquierdas, o el no disponer de las coartadas de la izquierda.
Este panorama, por otra parte, nos indica el desastre performativo que es España: basta que el patriotismo español no sea de todos los españoles (y que su uso sea excluyente) para que esté averiado.

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En The Objective.

20.7.20

El último verano

Hay una extraña euforia. Recuerdo que la hubo también el verano anterior a la otra crisis. Un énfasis en el disfrute de lo de todos los veranos, como si fuesen a terminarse. En este el énfasis está acentuado incluso, sin duda como venganza por el confinamiento vivido. Y puede que por el que viene: la conciencia de que habrá uno nuevo es simultánea a la euforia, la incentiva.

Es cierto que en la calle no están quienes podrían entristecerla: estos permanecen asustados en sus casas; o salen a deshoras, o solo para trabajar (se encierran en sus trabajos). Hay una división anímica. En la calle abundan las mascarillas, que son un recordatorio: pero su efecto es menos amenazante que carnavalesco.

Yo me fijo en cómo Eros se desborda de la zona vedada, imantando los contornos. El borrón de la cara enciende los ojos, que brillan como nunca. Este es el verano de los ojazos: son enormes, expresivos, tienen la urgencia de decir lo que el gesto no puede. Y por debajo (hablo de mujeres) los escotes, cuyo estallido –al menos en el sur– es apabullante. La onda expansiva alcanza a los ombligos (muchos con piercing) y los muslos, con esos pantaloncitos cortos que se han puesto de moda (¡fabulosos en el trasero!).

Pero se olisquea a la vez la desesperación. Todo carpe diem sabe que después viene la noche. Esta se interna, de hecho, en el placer: por eso es desesperado. En el ciclo católico –heredero del pagano–, al carnaval le sucede la cuaresma.

Aunque no faltan avisos: caída del comercio, vacíos en las terrazas de los bares del centro (no tanto en las de barrio). Ni faltan tensiones. El otro día en Málaga un adolescente empujó a un anciano que le regañaba por no llevar mascarilla. Le rompió la pelvis. Fue el encontronazo de dos mundos: el del anciano aprensivo y el del adolescente bravucón. Este aún ignora que lo que se avecina va a cebarse todavía más con él (quizá el anciano también temía eso).

Lo que se avecina. Como en el poema de Cavafis (en la traducción de Bádenas de la Peña): “Los hombres conocen el presente. / El futuro lo conocen los dioses, / únicos dueños absolutos de todas las luces. / Pero del futuro, los sabios captan / lo que se avecina. En ocasiones // su oído, en las horas de honda reflexión, / se sobresalta. El secreto rumor / les llega de hechos que se acercan. / Y a él atienden reverentes. Mientras en la calle, / fuera, el vulgo nada oye”.

Puede que la devastación particular de este virus tenga que ver con que ya no hay sabios en los gobiernos. En casi ninguno del mundo y sobre todo en el de España. Nuestros gobernantes no reflexionaron ni sus oídos se sobresaltaron. Son puro vulgo en el poder: nada oyeron.

Me entero ahora de la muerte de Juan Marsé. El título de esta columna se inspiraba en los versos de Gil de Biedma que lo mencionan: “Fue un verano feliz. / ...El último verano / de nuestra juventud, dijiste a Juan”. En él seguiremos, esperando el invierno. Que este año puede venir adelantado.

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En El Español.

13.7.20

Desesperante

Lo de España es desesperante. Las noticias que ha venido publicando EL ESPAÑOL sobre la corrupción del rey emérito Juan Carlos (técnicamente presunta) confirma el bajísimo nivel de las élites españolas, empezando por su cúspide. Es desesperante y desmoralizador.

Esa “estructura” para eludir al fisco, encargada desde Zarzuela, le da al palacio un ineludible aire de patio de Monipodio. No hay nobleza: hay plebeyez. Nos hemos resignado ya a mantenernos en la deprimente tradición española, de la que pensábamos haber escapado. Nuestro director ha recordado en su Carta de este domingo la chufla de los hermanos Bécquer Los Borbones en pelota. Podríamos recordar también La corte de los milagros de Valle-Inclán. Sí, puro esperpento.

El rey Felipe VI ha roto con su padre y, hasta el momento, su conducta parece ejemplar. Pero ya hemos visto que el artículo 56.3 de la Constitución es un agujero. El que la persona del Rey sea inviolable y no esté sujeta a responsabilidad solo tiene sentido en cuanto a sus actuaciones institucionales. Su extensión a la vida privada del monarca se fundaba en el pacto implícito de que este debía observar una conducta impecable. Ese pacto lo ha roto Juan Carlos I con su conducta nada impecable. Era algo de lo que nos avisaba el pesimismo antropológico; pero, en fin, se fue optimista.

Ahora los monárquicos, los juancarlistas, hacen malabarismos imposibles para preservar al rey que los ha dejado con el culo al aire. No solo a los monárquicos: también a los republicanos que aceptábamos la monarquía porque lo prioritario nos parecía la democracia y el Estado de derecho, que con nuestra monarquía se cumplen sin problema.

Este sería una buen momento para plantearse seriamente la república... si no fuera, en realidad, el peor momento. Una de las paradojas españolas (también desesperante) es que el republicanismo político está hoy más en quienes apoyan la monarquía que en nuestros autodenominados republicanos, que (por su recalcitrancia, su obcecación ideológica y sus aspiraciones totalitarias) vienen a ser una especie de “monárquicos” de la república.

La ganancia de que el jefe del Estado fuese elegido democráticamente en vez de designado por herencia no creo que compensase ahora, la verdad. Los problemas de España no dependen de eso. Además, existe el riesgo de que empeorasen. Al fin y al cabo, en la república mandarían los mismos españoles que mandan en la monarquía (con la única exclusión de los Borbones). Y ya sabemos cómo se comportan los españoles que mandan.

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En El Español.

8.7.20

Irresponsabilidad del Rey

Lo que hizo el rey don Juan Carlos (ese “don” ya canta) fue obedecer literalmente a la Constitución, adelantándose a nuestra época literalista. Se tomó al pie de la letra el artículo 56, que dice que su persona “no está sujeta a responsabilidad”. Por eso sumió la irresponsabilidad como un imperativo.

Cuando leí la Constitución con quince años (era 1981: el ideal para hacerlo), me quedó claro que esa irresponsabilidad escrita tenía como requisito una suprema responsabilidad real. El comportamiento del Rey debía ser ejemplar, en correspondencia con aquello de lo que se le eximía legalmente.

Si lo entendía yo con quince años, ¿cómo no iba a entenderlo él? Y seguro que lo entendió al principio, pero se le olvidó. Ocurre con frecuencia en las vidas públicas españolas: hay fogonazos de inspiración, pero pronto olvido. La prolongación de uno mismo hace que uno mismo entierre lo bueno que creó. Quizá es que las vidas son demasiado largas. O que, como decía Umbral, la vida suele durar más que la biografía. El rey Juan Carlos (¡el “don” ya no me sale!) cumplió su biografía pero su vida siguió.

Su olvido más grave fue el del significado de la monarquía española tras el pacto constitucional. Nuestra llamada “monarquía republicana” era –como la nación para Renan– “un plebiscito cotidiano”. Los republicanos que aceptamos la monarquía no estábamos dispuestos, naturalmente, a las arbitrariedades (más allá de la genealógica que consentíamos). En cada monarca, y en cada día de cada monarca, se jugaba –se juega– la monarquía entera. El rey Juan Carlos, con sus corrupciones, se ejercitaba en el refrán “debajo de mi manto, al rey mato”. (Es decir, a la monarquía.)

La conclusión ya la sabíamos, aunque hiciésemos ese paréntesis real: en la vida pública no queda otra que la fiscalización, el control, la crítica. Sin excepciones. Ana Romero habló en Final de partida del silencio de la prensa durante lustros sobre la conducta del Rey. Sin duda esto alentó su irresponsabilidad literalista.

Lo más divertido es que los republicanos enfáticos de hoy buscan lo mismo: el silencio de la prensa. Tienen mentalidad de reyezuelos. Por ellos (y casi solo por ellos), la alternativa a la monarquía constitucional no está tan clara.

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En The Objective.

6.7.20

Cara y cruz de Echenique

Indudablemente mi vida era mejor cuando “Echenique” solo me evocaba a Alfredo Bryce Echenique. Una secuencia fonética que me producía felicidad, por el recuerdo de la que tuve leyendo La vida exagerada de Martín Romaña: sin duda la novela que más he recomendado, y la que más me han agradecido. (“Especie de Woody Allen peruano”, se decía en alguna solapa.)

La vida ha menguado desde entonces, o ha venido exagerando a peor. Está la edad individual, con sus pesadumbres; pero sobre todo está el ambiente, lo público. El nacionalismo supuso siempre un achicamiento de espacios, al que el populismo le ha añadido una estrechez ceporril de la existencia. Que “Echenique” fuese algo dulce y ahora algo amargo sintetiza el decurso. Antes ironía, distancia, humor (también autohumor); hoy literalismo, pegajosidad, resentimiento.

Cuando la política se come la vida cotidiana es una desgracia. Y si se trata de política basura, esa desgracia nos pone perdidos.

La degradación de la política española no es nueva. Ya estaba degradada antes, por la larga irresponsabilidad del PP y el PSOE principalmente (un fuerte impulso lo dio Zapatero). Pero desde que llegó Podemos la degradación se ha acelerado de manera exponencial. Se han alcanzado unos niveles que solo estaban en las pozas de los nacionalismos (con su espejo nacionalista nacional, que es Vox). No en vano, el populismo viene a ser el nacionalismo de las ideologías.

Podemos ha excitado unos bajos instintos que –fuera de esos ámbitos nacionalistas– estaban sin excitar; tan descarnadamente al menos. Y Vox ha venido a completar los que Podemos se había dejado. Así que ya tenemos excitados en España todos los bajos instintos excitables.

Pablo Echenique, portavoz de Podemos en el Congreso, ejemplifica como nadie esos bajos instintos, su excitación. Es una bomba perfecta de mal rollo. En buena medida, porque nos somete a una tensión insoportable.

Por un lado, admiramos cómo se ha sobrepuesto a su situación física; la voluntad y el ánimo con que no se ha dejado vencer por ella. Por otro, detestamos su sectarismo asfixiante, su juego sucio, su miseria moral. La respuesta a esto que no se puede quedar sin respuesta se ve, pues, colapsada: antes de nuestras explosiones ha habido mucha implosión.

Pero incluso aquí ha logrado Echenique un extraño éxito: su conducta nos ha liberado del pesado fardo de la compasión. Ha logrado que haya algo (su mala baba, sus ataques baratos) más potente que su situación física. Y esto es francamente admirable también.

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En El Español.

29.6.20

Todos los conguitos

Los nacidos en los sesenta hemos recibido otro torpedo en nuestra línea de flotación: ¡los conguitos! ¡Ahora nos quieren quitar los conguitos! ¡Los acusan de racistas! Nuestro pequeño reino afortunado no solo se desmenuza por el tiempo, sino también porque sus piezas están condenadas.

Hace mucho que no los tomo, pero no hace falta: los tengo en el paladar sin ningún esfuerzo de memoria. La caniquita de chocolate dentro de la cual estaba el cacahuete; las opciones de echarse a la boca una o más caniquitas y, una vez en la boca, de dejar que el chocolate se disolviera o masticar para que se mezclase todo...

Nos parecía friendly que apareciesen negritos en el sobre. Nos gustaban mucho los negritos (los pocos que había en la vida española). Y no solo para comerlos. Ante todo (¡lujosa capacidad cognitiva!), sabíamos diferenciar el dulce de los seres humanos. Mejor dicho: jamás se nos ocurrió confundirlos. Sabíamos que no nos estábamos comiendo a ningún ser humano, ni siquiera su representación.

Los mismos que nos inflamos de comer conguitos vimos luego Raíces y durante semanas vivimos –como solo se vivían entonces las series– lo que había sido la esclavitud en Estados Unidos, con todas (¡todas!) sus implicaciones. Recuerdo también otra serie un poco anterior sobre la lucha abolicionista. Y nos emocionaba (y dolía) la historia de Martin Luther King... En ningún momento se interfirieron los conguitos con esto: eran unos dulces de kiosco. Solo unos dulces. Comer conguitos no nos impidió ser antirracistas.

La época pop nos daba espacio mental, la capacidad de no apegarnos a los contenidos; es decir, de jugar con los significantes. Esta apertura dentro de los cráneos era moderna, hacía que corriese el aire por la plasta nacionalcatólica de la que veníamos (y a la que estamos volviendo, solo que el lugar del catolicismo lo ocupan la corrección política y los dogmas de la izquierda reaccionaria).

La cumbre por este camino la alcanzó en los ochenta Glutamato Ye-Yé con su “Todos los negritos tienen hambre y frío / tiéndeles la mano, te lo agradecerán”. Todavía me río cuando la canturreo. La risa (¡y estas explicaciones son un tributo al espíritu de la pesadez que hoy se impone!) no era por los “negritos”, sino por los biempensantes que los querían debajo para poderlos compadecer y sentirse fenomenal.

Sus equivalentes son los que ahora se autoproclaman “antirracistas” y se ponen a ver seres humanos en unas bolitas de chocolate rellenas de cacahué.

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En El Español.

24.6.20

Estatua ecuestre de Simón

Yo no le tengo odio a Fernando Simón, le tengo incluso simpatía, pero es evidente que se ha equivocado. Maite Rico ha ordenado sus profecías y leerlas hoy –a la luz de los muertos– es escalofriante. “España no va a tener más allá de algún caso diagnosticado”, dijo el 31 de enero. Ha sido una especie de Nostradamus a la inversa: pronosticó normalidad y ha sucedido el Apocalipsis.

Esa es la cuestión: que hizo pronósticos. Pronósticos que no acertaron. Y el desacierto ha costado vidas y devastación. La mentalidad punitiva predominante –que aqueja a la derecha tanto como a la izquierda– lo acusa ahora de criminal. No es un criminal. Simplemente se equivocó. Con indudable incompetencia. Supongo que seducido por el poder (arropado por su maquinaria), ha tendido a actuar más como hombre del Gobierno que como hombre de la ciencia. En el mejor de los casos, es un funcionario fallido.

Un capitoste de la prensa (sin decir su nombre) lo ha llamado “bobo”. Tal vez ahí esté la clave. No creo que sea bobo, pero se le está empleando como bobo útil.

El movimiento hacia su exaltación –simétrico a aquel otro que lo acusa de criminal– prueba que el pobre Simón ya es solo un muñeco. Da igual quién sea, lo que haya hecho o dejado de hacer. Interesa como factor partidista. La incongruencia brutal entre sus resultados y la adoración que recibe indica que es solo una ficha en la guerra ideológica. Como en el viejo estructuralismo, solo importa su posición en el tablero.

El espectáculo es –otra vez en España– berlanguiano. Miles de muertos y han hecho camisetas con su cara y sus frases, le han dado el premio Castelar, van a inaugurar una plaza con su nombre. Solo falta que le hagan una estatua ecuestre. Sería la primera estatua de la era post-estatuas.

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En The Objective.

(2.7.20) Finalmente le han hecho la estatua ecuestre:


22.6.20

El luto del inquisidor

El padre de Pablo Iglesias pasó por el FRAP sin ser terrorista, como esos faquires que pasan por el fuego sin quemarse. O como Bill Clinton, que se fumó un porro sin tragarse el humo. En eso debe de fundamentarse la demanda que le ha puesto a Cayetana Álvarez de Toledo, y será interesante ver cómo la Justicia resuelve este asunto de memoria histórica reciente.

Ya sabemos que la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud. Por eso yo me conformo con ese reconocimiento tácito de que el terrorismo es malo. O de que ser terrorista “no mola”, por emplear el lenguaje del hijo. A este, por cierto, sí parecía “molarle” que su padre hubiese sido “frapero”, como puso en un tuit (en el que además hacía un uso pop del piolet).

El rifirrafe sobre el FRAP, tan significativo, sepultó sin embargo un detalle aún más significativo de aquella sesión parlamentaria del 27 de mayo. Antes de que Álvarez de Toledo llamase a Iglesias “hijo de terrorista”, el hijo en cuestión había escenificado en qué consiste el luto para el Gobierno.

Era el día en que empezaba el luto oficial por los muertos por coronavirus en España y, en su primer cruce con el portavoz del PP, les soltó Iglesias a los diputados de este partido: “¿No se les cae la cara de vergüenza de reírse en un día de luto?”.

De lo que se reían era de la insinuación que acababa de hacer Iglesias –mussolinianas manos a la cintura– de que el portavoz del PP había llamado “a la insubordinación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. (Se puede ver la secuencia completa en el vídeo.)

O sea, Iglesias primero provoca con una falsedad (las palabras de Teodoro García Egea fueron gruesas, pero no llamaban a insubordinación alguna) y luego les reprocha a los provocados su reacción. Montándose para ello en la novedad del día: el luto. Al que le intenta sacar beneficio partidista desde el primer momento.

Como un curilla, lo que le interesa a Iglesias de la ética es culpar desde ella: señalar a los malos, trazarles un cerco. No la utiliza para la ordenación de su conducta, sino para fiscalizar las conductas ajenas. Y solo de acuerdo con lo que a él personal o ideológicamente le conviene.

Su luto es el luto del inquisidor: una ocasión emocionalmente cargada desde la que ejercer su chantaje. Hay que sentir en cada momento lo que él ha decidido que hay que sentir. Y si no, te acusa. Otra trampa populista.

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En El Español.

15.6.20

Woody burbujeante

He leído yo también el libro de Woody y lo he disfrutado como nadie. Qué manera de reconciliarme con la vida, y con el mundo; gracias, como suele ocurrir, a un pesimista sin apaños. Decía Cioran que las religiones son “cruzadas contra el humor” (también lo son las ideologías). Y aquí tenemos a un espécimen rarísimo en nuestra época: un antipredicador con un humor maravilloso.

Con A propósito de nada (Alianza), Woody Allen ha inventado un género: la autobiografía burbujeante. No sé si lo sería ya la del cineasta Preston Sturges, que no he leído pero cuyo título –ideal para toda autobiografía– promete burbujas: De los acontecimientos que condujeron a mi muerte. Lo bueno es que se murió mientras la estaba escribiendo.

Golpes así tiene Woody en la suya, y no voy a privar a esta columna de dos de los geniales, aunque se hayan citado mucho: “Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”. Y: “No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia”.

El libro de Woody es una película de Woody; o mejor: es todas las películas de Woody (que siempre han tenido mucho de literatura), con todos sus elementos en estado de esplendor. Yo lo compré porque era debido, pero solo esperaba pasar un tiempo entrañable en compañía del viejecillo, un grato momento crespuscular como cuando me meto en el cine a ver sus últimas películas. Y me he encontrado con un trallazo de libro, con un nervio juvenil, pujante, sin decadencia. Lo crepuscular es solo temático, pero es que eso lo cultivaba ya desde el principio.

A propósito de nada utiliza un procedimiento infalible (cuando se hace bien) de meter vida en la escritura: el coloquialismo. Es como si Woody estuviera sentado en una silla, o en un taburete de monologuista, hablándoles directamente a los lectores, en una larguísima parrafada que ocupa todo el libro. Las separaciones que hay cada muchas páginas son engañosas, porque todo va del tirón. Hay un ligero desaliño, que no sé si está cuidado pero que fomenta el efecto. Y que va con la estética de sus películas, en la que los aspectos técnicos no son los fundamentales.

De sus películas es casi de lo que menos habla, aunque dice cosas que están bien. De lo que más, de las mujeres, el sexo y el amor, de su familia judía, de su manera de ver la existencia, de sus miedos y neurosis, de Nueva York (de Manhattan), de la radio y de su descubrimiento del cine cuando era niño (al que dedica páginas deslumbrantes), del mundillo de los guionistas y los cómicos en el que se integró de muy joven...

Y al final, cómo no, del temita: su relación con Soon-Yi y las acusaciones de Mia Farrow de que abusó de la hija Dylan cuando era niña. A algunos esta parte les ha decepcionado. Yo iba prevenido para saltármela si hacía falta, pero no ha sucedido: me la he leído con sumo interés y no me ha parecido que el libro perdiese calidad. Su tono se vuelve más sombrío, pero sin exceso: junto a la maldad y la locura humanas (encarnadas en la desquiciante Mia Farrow), está el amor por Soon-Yi, que ilumina. Woody se defiende a fondo, naturalmente (con indudable credibilidad). Pero aun en esas circunstancias se percibe que es un gran hombre, un hombre magnánimo.

Así que terminé el libro con agradecimiento. Y es precioso que también como objeto sirva para agradecer y reconfortarse: porque su portada imita los títulos de crédito de sus películas, con esa tipografía blanca (aquí en relieve) sobre fondo negro, y tocarla es como tocarlas.

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En El Español.

(17.6.20) Me he acordado después de otra autobiografía burbujeante: la de Fernando Savater, Mira por dónde.

9.6.20

Uno de mis detestados

Se ha muerto Pau Donés, uno de mis detestados, y la pena es más grande que si hubiese sido uno de mis adorados. No porque me sintiese culpable, pues nunca le deseé ningún mal, sino porque yo quiero a mis detestados realmente: quiero que estén ahí, felices y a tope de salud, para que yo pueda ejercer sin sombra mi alegría detestadora.

Es una dialéctica rara, quizá poco comprensible, en estos tiempos de literalismos; unos tiempos antiirónicos (por debajo de la carcasa de risitas) en los que alienta la pulsión de aniquilar al contrario. Yo quiero que el contrario siga ahí, sobreviviendo a mis detestaciones y aun haciéndose fuerte con ellas, contra ellas. Él, al fin y al cabo, me hace el favor de poder definirme también en su contra. Lo que me gusta es esa electricidad, que haya nervio.

Por eso me dio mucha tristeza cuando me enteré de su cáncer. El mundo perdió para mí parte de su gracia, y estos cinco años sin chistecillos contra Pau Donés, con un cariño nuevo y melancólico por Pau Donés, han estado, paradójicamente, más alejados de la vida. Esta era mejor cuando Pau Donés daba rienda suelta a su buenrollismo y yo soltaba mis pullas.

Solo un pesimista cenizo, de esos que constituyen en sí mismos un sólido argumento contra la existencia, podría decir en estos casos: “¿Ves en qué acabó tu buenrollismo?”. Pero eso sería no haber entendido nada. La lucha contra la tiranía del buenrollismo no era, ciertamente, para instaurar la tiranía del malrollismo...

Pau Donés me prestó un servicio añadido: lo utilicé para meterme –por fastidiar a sus catecúmenos– con el escritor David Foster Wallace, al que llamé “el Jarabe de Palo estadounidense” por su parecido (bandana incluida) con el español. Ahora los dos están muertos. Se acabó la comedia, el dulce guiñol de los cachiporrazos, y se ha quedado el escenario vacío.

Tal vez no haya mayor homenaje a la vida que las canciones pegadizas: esos estribillos que se adhieren a los minutos con la vocación de persistir, y ahí pueden tirarse una tarde, semanas enteras; forzando una inmortalidad en forma de musiquilla. También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, “por un beso de la Flaca daría lo que fuera” y “todo me parece bonito”. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito.

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En The Objective.

8.6.20

Recuperación de la primavera

Gracias a la fase 2, que estrenamos en Málaga el lunes pasado, pude bajar por fin al centro en pantalones. En la fase 1, para salir del cerco kilometral, era imprescindible la coartada del deporte. Así que me estuve disfrazando con el chándal, por no ser descortés con la policía (aunque mi aspecto fuese el de un Soprano). Confieso que no he sufrido demasiado con las restricciones. Más bien me las he ido tomando como un niño, disfrutando lo que tenían de novedoso. Y cuando lo novedoso ha sido volver a vestirme como siempre, la alegría ha encajado consigo misma.

Un reencuentro ha sido el de la ciudad a otras horas. No ya las primeras y las últimas del día, únicas autorizadas hasta entonces, sino las centrales. Salí de mi casa a las cinco y, aunque sabía que se trataba de una recuperación, me sorprendió encontrar la primavera crujiente, dorada, como un hojaldre recién salido del horno. Llevaba semanas cocinándose para nadie. Me di un paseo embelesado, con los minutos amontonándose con una parsimonia divina. Uno era un príncipe solo por pasear. Con la mascarilla, eso sí: como un cráneo de Yorick incrustado en la mandíbula para recordarnos que somos mortales.

Otra tarde tuve que ir a Correos y la primavera estaba allí sentadita. La empleada, una mujer de unos cuarenta años, llevaba un vestido de tirantes, formal pero con un escotazo que enseñaba casi la mitad de sus tetas redondas, enormes, limpísimas. Había algo precioso: era guapa, pero no hasta el punto de eclipsar las tetas, que eran sus soles. Me atendió con una eficiencia suprema, era la empleada perfecta. Y yo agradecí en silencio la generosidad de una mujer que se pone un escote así para pasarse todo su turno sentada ante clientes que van a asomarse inevitablemente como desde un balcón.

Le pregunté luego a mi amiga Sofía Rincón, que es una escotista maravillosa, si una mujer que se escota de ese modo busca miradas descaradas, que a mí nunca me salen, o más bien crear tensión, imantar el espacio, propiciar un juego de vistazos rápidos y nerviosismo en su interlocutor. Me respondió que lo segundo, claro. “Si la hubieras mirado descaradamente se habría sentido incómoda, porque te estarías saltando las reglas del juego”.

Mi tarde ya estaba arreglada, y yo creo que la semana entera, pero seguí hasta el paseo marítimo, donde me encontré con que habían reabierto el chiringuito Oasis, sin duda el mejor de la ciudad. Allí me tomé a principios de marzo mi última cerveza, y me senté para tomarme la primera de la desescalada. Había solo una pareja con un bebé, dos mesas a mi izquierda. Delante el mar, con olas tranquilas, convenientemente sonoras. A mi derecha, algo alejados en la arena, bañistas de postal. Soplaba una brisa fresca, absolutoria, que movía las sombrillas. Y cuando llegó mi caña y le di el primer sorbo, fue la perfección.

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En El Español.

7.6.20

Los últimos románticos

Esta semana ha llegado a las librerías Los últimos románticos, la nueva novela de Txani Rodríguez y la primera en Seix Barral. De las dos anteriores, Agosto (Lengua de Trapo) y Si quieres, puedes quedarte aquí (Tres Hermanas), escribí en su día y estaban muy bien; pero Los últimos románticos es la mejor hasta ahora, la más perfecta. Es una novela con unos pocos elementos dosificados y combinados con maestría, de manera que crean todo un mundo: al terminarla se tiene la sensación de que es un mundo completo, muy rico, señal de que esos pocos elementos son los que tenían que ser y que están muy bien organizados. Ocurre, pues, como con las buenas composiciones de música de cámara. Tiene algo también de película intimista. Pero la protagonista, que narra en primera persona, y está muy pendiente de sus sensaciones, de sus anhelos, de sus nostalgias, de sus preocupaciones (entre ellas, las de una posible enfermedad cuyo diagnóstico espera), no deja de estar atenta al mundo: a su casa y a sus vecinos, a la fábrica de papel en la que trabaja, a sus compañeros, al paisaje que la rodea, áspero y desangelado, a la época que se desmorona... La escritura, precisa, matizada, penetrante, va calando como lluvia fina, desde su estupenda frase inicial, algo más contundente: "Las cosas pasaron como pasan los trenes de mercancías: con un estruendo de velocidad anunciado desde lejos". La mezcla de cotidianeidad estrecha, vecindario indiferente u hostil y vida laboral conflictiva hizo que me preguntara en algún momento de mi lectura quiénes eran los "románticos" del título. Y me di cuenta en seguida de que el título era irónico, pero solo en parte: romántica, en el sentido profundo, es la protagonista con sus insatisfacciones y sus anhelos (ese amor telefónico que vive, relacionado con viajes y escapada), es el empleado de Renfe, es la vecina confinada por la enfermedad y su hijo o es el personaje que podría hacer suyo este verso de Luis Cernuda: "Mejor la destrucción, el fuego". Son románticos por desajustados con el mundo.

Pongo la reseña de El Cultural, creo que la primera que ha salido:



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Aunque no tiene que ver con la novela, cuando la autora me dijo el título definitivo de Los últimos románticos (tuvo otro al principio que también me gustaba: Mi fabuloso acto de desaparición), me acordé de la canción "O último romântico" de Caetano Veloso, con la que termino para desearle suerte en su singladura:

1.6.20

Comisión de No Destrucción

La Comisión de Reconstrucción debería transformarse urgentemente en la Comisión de No Destrucción, porque como siga reconstruyendo como lo viene haciendo no va a quedar nada. Nació como sustituta de aquellos nuevos Pactos de la Moncloa que propuso Pedro Sánchez al principio de la pandemia. Pero visto el espíritu destructivo que viene animando la reconstrucción, me temo que aquellos Pactos de la Moncloa habrían sido unas Dinamitaciones de la Moncloa.

Tal vez tenía razón Cioran al pensar que toda acción es demoniaca. Según el filósofo rumano, no hay manera de hacer el bien; como mucho se puede evitar hacer el mal, no haciendo nada. La inacción como ética es sin duda una medida drástica. Aunque simpatizo bastante con Cioran, yo no la propondría para todos los seres humanos. Pero sí para los políticos españoles.

Estos acudirían a la Comisión de No Destrucción a estarse quietos. Y, sobre todo, a callar. El tiempo que estuviesen quietecitos y calladitos redundaría en beneficio de la ciudadanía, que respiraría aliviada mientras no la estuviesen destruyendo. Está la pandemia, sí, y está el hundimiento económico. Pero mejor tener dos jinetes del Apocalipsis en vez de cuatro. Y digo cuatro porque la acción destructiva de nuestros políticos se duplica en la parte de la ciudadanía envenenada por ellos.

La destrucción de la Comisión de Reconstrucción, como ha escrito Laura Fàbregas en su crónica de la última sesión, la llevó a cabo Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno. O sea, la llevó a cabo el Gobierno. Este persiste en su lógica fundacional, la de la moción de censura: el frentismo. La alianza del PSOE con populistas y nacionalistas, sin importarle que estos sean independentistas o proetarras. Y enfrente, los malos: el PP, Ciudadanos y Vox, empaquetados como “extrema derecha” (apelativo que solo se modula cuando hace falta votos de Ciudadanos o el PP).

Este esquema comodísimo y nefasto es en el que se sostiene el presidente Sánchez, porque no ha sabido (ni quizá querido) sostenerse de otra manera. Que ni la situación tremenda que estamos viviendo lo haya sacado de ahí, confirma que es irrecuperable. La responsabilidad que puedan tener Ciudadanos, PP e incluso Vox queda definitivamente opacada por la destrucción que viene de Moncloa.

La costumbre era que una comisión no resolviese nada. La novedad es que se dedique a lo contrario de aquello para lo que se creó. O a lo mejor no. A lo mejor se creó para continuar el frentismo por otros medios.

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En El Español.

31.5.20

El último regalo de Papá Noel

Agatha Christie fue mi primer amor literario y, como dice Georges Brassens en "La première fille", el último que olvidaré. Dice otra cosa preciosa en la canción: que ese amor primero es "el último regalo de Papá Noel". El niño descubre el juguete con el que dejará de ser niño. Y ya solo querrá ese juguete, ese regalo. Brassens, por supuesto, se refiere al amor sexual; pero con los libros de Agatha Christie me pasó justo lo mismo. Me aficioné a los doce o trece años y ya solo les pedí eso a los Reyes (Papá Noel nunca apareció por casa). Desaparecieron los juguetes y llegó el juguete: los libros de Agatha Christie primero, los libros en general después. Ya solo libros, siempre libros.

Antes leía nada más que tebeos, muchos tebeos. En aquel periodo se me colaron dos libros "de letras", En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso, ambos de Emilio Salgari, que son en sentido estricto los primeros que leí; pero, aunque me gustaron, no me impulsaron a buscar otros ni me hicieron preferirlos a los tebeos, que se mantuvieron como pasión predominante. Hasta que apareció Agatha Christie. Fue bonito el momento. En el bibliobús en el que me abastecía vi un libro de la autora, cuyo nombre me sonaba por mi padre, que era aficionado a las novelas policíacas. Lo saqué para él, junto a mi provisión habitual de Mortadelos, Astérix, Tintines, Blueberrys o lo que fuera. Se trataba de Cinco cerditos. Un día en que hacíamos tiempo hasta la hora de comer (recuerdo un mediodía luminoso, pulcro como los de aquella época), cogí el libro, que mi padre tenía en la mesa, y empezé a leerlo sin otro propósito que ver "cómo era", durante tres o cuatro páginas. Ahí me enganchó, leí mucho más de lo previsto y ya seguí en las jornadas siguientes hasta que lo terminé. A diferencia de con aquellos dos de Salgari, con este se produjo el clic.

Fue en el final de la novela (será el único que destripe), cuando se descubre que la persona que había asesinado al pintor era justo aquella que posaba para él como modelo. El comentario de Hércules Poirot (fue en esa novela, claro, donde descubrí al detective) de que el pintor estaba pintando a su asesino mientras este lo estaba asesinando (porque el asesinato era mediante un lento veneno), y que lo que mostraba el cuadro era eso, a un asesino en acción, fue lo que me impactó. Y el modo en que, en ese momento, la novela, que se me había hecho tediosa a ratos, quedaba imantada, tensada y llena de significado a partir del final. Este esquema, naturalmente, ya lo conocía por el cine y las series de televisión. Pero al experimentarlo por medio de la lectura, a mi ritmo, fue como si lo hubiera vivido por primera vez, o de un modo más pleno.

Quise más, con miedo de que no se volviese a repetir el milagro. Con esa preocupación empecé la segunda que encontré, El misterio del tren azul, y en seguida vi que me gustaba mucho más que la otra, desde el principio. Con las siguientes novelas fui comprobando que Cinco cerditos, de hecho, era de las más aburridas; o sea, que si aun así me había enganchado, tenía por delante mucha emoción. Aunque no tanta como con la más emocionante de todas, que fue la tercera que leí: Diez negritos. La conseguí un viernes por la tarde y la puse en mi mesita de noche. La empecé el sábado por la mañana en la cama y la estuve leyendo todo el día, hasta que la terminé. Era la primera vez que leía entero un libro en un día.

Le contagié la afición a mi hermana, y a los primos, amigos, compañeros de colegio y vecinos de mi edad. Durante dos o tres años leí solo novelas de Agatha Christie, de un modo excluyente: no me había aficionado a los libros "de letras", sino a los libros "de letras" de Agatha Christie. Los demás leían también a Los Cinco, Los Hollister o Los tres investigadores de Alfred Hitchcock; yo únicamente a Agatha Christie, con ese exclusivismo que luego he practicado con otros autores. De Agatha Christie pasé ya a los libros "de literatura", los primeros de los cuales fueron, por este orden, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Cuando, al comienzo del primero, leí que el protagonista era "tan flaco que parecía siempre de perfil" entré en otra fase. Jamás en las novelas de Agatha Christie me había fijado en cómo decía las cosas. Solo me interesaba la trama, el enigma, el mundo que allí había; no el lenguaje. Una vez que me interesé por el lenguaje me desinteresé de las novelas de Agatha Christie; si bien es verdad que para entonces ya me las había leído todas.

Unos años después, con La infancia recuperada de Fernando Savater, comprendí cuánto de decadente hubo en aquel alejamiento. Pero para entonces ya era irreversible. Estaba condenado a esa cosa inferior, "la literatura", pues. Pero evoqué mis tiempos felices de leer solo por la historia, con algunas reflexiones a posteriori. Me daba pie el tipo de reflexiones que hacía el propio Savater en su libro. En el que habla, por cierto, a propósito de Agatha Christie, de "su incansable ingenio, la sutileza de unas tramas mucho menos obvias de lo que parece a primera vista, el encanto de unos personajes y ambientes rezagadamente victorianos, cuya pintura no carece nunca de suave ironía". Tiene gracia que el primer filósofo que tuve de ídolo, antes incluso que Savater, fuera sir Bertrand Russell. Como aún me hallaba bajo el influjo de Agatha Christie, me imaginaba retrospectivamente a ciertos aristócratas de sus novelas con su aspecto, como el lord Edgware de La muerte de lord Edgware. Y al mismo Russell me lo figuraba de personaje, pero menos como víctima que como asesino.

La lectura tenía un aliciente dinámico, por decirlo así: porque, por muy morosa que se presentase, estaba la espera del crimen. Era una lectura alerta, primero para ver quién iba a morir, luego para ver quién era el asesino. Una vez producido el crimen, la lectura pasaba a ser investigadora, recolectora de pistas. Como todos eran sospechosos y el asesino solía ser alguien insospechado, se producía una educación en el pesimismo hacia la condición humana. Había intereses, sentimientos oscuros, ventajas, venganzas, móviles. Y algo que se daba por hecho pero que, si se piensa, resulta perturbador: si todos eran sospechosos, todos eran asesinos en potencia. El lector, en sus elucubraciones, lograba ver al asesino, al posible asesino, que todos llevaban dentro. Los inocentes eran pensados también como asesinos. Eran lecturas gozosas y malévolas. Proyectaban el mal: un mal superior al que efectivamente existía en las páginas. Puesto que, salvo en la famosa novela en la que todos eran los criminales, se les atribuía la posibilidad de haber matado también a los que no lo habían hecho.

De las sesenta y seis novelas (más los libros de relatos) de Agatha Christie, mis favoritas eran las de Hércules Poirot, en segundo lugar las de los Beresford, Tommy y Tuppence, y por último las de Miss Marple, que me gustaban menos. Por los Beresford sentía una simpatía y una complicidad enormes; gozaba con sus novelas como con las peliculas de suspense. Y por Poirot una devoción admirativa. Adoraba su nombre, que fuese belga, que luciese mostacho, que tuviese cabeza de huevo y que remitiese continuamente a "las células grises". Hubiese querido ser su Hastings y seguirlo en todas las aventuras y peligros. Y lo seguía (a él y a Hastings) como lector. A diferencia de Sherlock Holmes, al que admiré también más tarde, aunque menos, que recibía los encargos en su apartamento de Baker Street, Poirot se los iba encontrando en sus viajes y reuniones sociales: como si su presencia suscitara el crimen. Un componente inquietante que se asumía con normalidad en las novelas. Como se asumía aquel mundo inglés que a alguien como yo solo podía resultarle exótico: exotismo que sostenía aquellas ficciones y les daba su encanto particular; con sus rododendros, sus tejos, sus vicarías, sus pantalones de tweed y todo aquello que acompañaba a los asesinatos. Una característica de dicho mundo inglés es que se mantenía tal cual (salvo en su paisaje de fondo) en las novelas ambientadas en otros destinos, como Egipto, Mesopotamia, Bagdad, Petra o Pollensa, en los que lo más exótico seguían siendo los ingleses.

A veces miro los libros de Agatha Christie de mi biblioteca y por unos segundos evoco la felicidad que me depararon. Aquellos volúmenes de la editorial Molino, cuyas portadas –como dice Juan José Montijano, autor de El universo de Agatha Christie– son "auténticos bodegones del crimen", parecen guardar los momentos en que los leí. Y me basta repasar los títulos para que me venga un aroma, sin contenido ya pero con el eco asociado de una sensación: Cianuro espumoso, Cita con la muerte, Asesinato en el Orient Express, La casa torcida, El asesinato de Rogelio Ackroyd, Un gato en el palomar, El hombre del traje color castaño, El misterio de la guía de ferrocarriles, Inocencia trágica...

De adulto solo he vuelto a leer Sangre en la piscina, porque me la elogió mucho la editora Pilar Álvarez. Fue hace diez años y terminaré con lo que escribí entonces, porque contiene una sorpresa: aunque yo no las leyese como "literatura", las novelas de Agatha Christie eran también "literatura". Simplemente, yo no lo sabía, porque no me interesaba eso aún: pero si me conquistó fue por sus efectos.

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Toda la verdad

Me he quedado sorprendido con Sangre en la piscina. Debí de leerla antes de los quince años, como todas las de Agatha Christie, pero no la recordaba y ahí estaba ya todo. Hay una comprensión compleja de la vida en la novela, con una transparencia que el adolescente no la ve: porque el cuerpo de esa vida para el adolescente aún no existe. Lo único que recuerdo es que se me hizo larga, que me aburrió. Y es comprensible, porque la intriga es lo de menos y Poirot sale poquísimo. Es una obra extraña. He ido a buscarla en la bibliografía de Agatha Christie y pertenece a un año central, 1946. ¿Quiso liberarse del género la autora? ¿O las demás novelas son también así y no lo vi entonces? Me quedaré con la duda, porque no voy a releer más, por el momento. Mi intención era fijarme en los aspectos que rodeaban al crimen; dejar en un segundo plano la intriga y observar los ambientes, los diálogos, los personajes. He tenido suerte, porque la intriga en esta novela parece una mera excusa para darle un poco de sombra al cuadro general: y, de este modo, completarlo. Ahí están el amor, el arte, el dominio, la obediencia, el privilegio, el trabajo, los celos, el sexo, la adoración, la decisión, la fuerza, la culpa, la mentira, el conocimiento, la generosidad. Muestra una vida aguda, que duele. Me ha recordado por momentos a Patricia Highsmith y a Graham Greene. Y también a Lubitsch, a la ligereza del gran cine. Cuánto me alegra ahora que los primeros libros que leí fueran los de Agatha Christie: aunque de toda la verdad que contenían no me rozó nada; la tuve que aprender luego, como sus personajes. (El famoso libro de la vida, en el que están los demás libros.)

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Publicado en Jot Down núm. 30, especial Sine qua non.