15.6.23

Deshonestidad brutal

En el corazón del pesimismo antropológico podemos atisbar una lucecilla, algo que no se deja vencer en el ser humano por su condición abyecta: la necesidad de explicarse, de argumentar. Algo hay (tal vez tortuoso) que le impide el acto limpio: ha de arroparlo en palabras. El que estas sean con frecuencia torticeras y nos devuelvan al pesimismo antropológico hemos de tomárnoslo ya con deportividad. Aunque nos proporciona espectáculo.

El de estos días (siempre antropológico, siempre pesimista) nace de esa pulsión incipientemente ilustrada que se tuerce por el camino. Lo que nos llega es la torcedura. Vengamos a la actualidad. Quienes llevan años propulsando los pactos del PP con Vox, es decir, Sánchez, su PSOE y los sanchistas, que los han legitimado y (como bien dice Tsevan Rabtan) blanqueado, se rasgan ahora las vestiduras con gestualidad de malos actores del método. Con la consiguiente producción verbal, no menos sobreactuada.

El columnista misceláneo que ha agotado el atlas universal para evitar escribir de las fechorías del sanchismo, semana tras semana durante muchísimas semanas, se mete por fin en política aprovechando que la actualidad pasa por la línea editorial de su periódico. Pero este no es el peor, naturalmente. Resulta incluso simpático. Los peores son los que gastaron columnas enteras defendiendo los pactos del PSOE con Podemos, ERC y Bildu, y ahora entran en fase histérica (cuales Rigobertas Menchús a las que les acaba de nacer la conciencia) porque el PP ha pactado con Vox. Es vuestra obra, dan ganas de decirles: o sea, estáis prolongando vuestro narcisismo hasta el fin. Lo kitsch es emocionarse con la propia emoción, también cuando esta emoción es la indignación.

Es de una deshonestidad brutal. Yo creo que para consigo mismos: porque se lo creen. Quien se engaña no puede sino engañar a los otros, como consecuencia inevitable de su premisa falsa. Me fascina el resultado: esa pontificación desde una auctoritas que perdieron, si es que (esos en concreto) la tuvieron alguna vez. Se aúpan a un pedestal inexistente y desde ahí predican, incluida la predicación inquisitorial. El público los contempla con pitorreo. Salvo los afines, que forman parte de la comedia. Los resultados electorales vienen confirmando esta impresión. Pero insisten.

Los izquierdistas que somos efectivamente antivoxistas y hemos combatido el voxismo desde su raíz, es decir, desde los pactos de Sánchez (el voxismo, contra lo que se dice, solo creció tras la moción de censura), sí podemos criticar (¡execrar!) los pactos de Feijóo. ¡Nuestra auctoritas no ha decaído, aunque nos montamos en ella con cierta ironía! Dicen los comentaristas de la derecha que al votante del PP no le importa que se pacte con Vox. Feijóo ha debido de hacer esa lectura y lo ha dejado todo en un asunto exclusivo de la derecha. Rechaza (¡expulsa!) cualquier otro tipo de apoyo antisanchista. Entendido el mensaje, volvemos a confinarnos en la abstención.

No advendrá la España terrorífica que pinta el sanchismo. Seguramente será una España mejor, por la simple expulsión de Sánchez y sus aliados. Pero seguirá dejando que desear. Y seguirá rota. No habremos salido aún del ciclo que inició Zapatero (quien sigue exhibiéndose como si no se prolongase su daño): aquel que rompió los consensos de la Transición por un lado como si no fuesen a romperse también por el otro.

No habrá motivo para aplacar el pesimismo antropológico. Ni cesarán los discursos justificativos, aunque se cambiarán las tornas. Los hoy gubernamentales pasarán a ser antigubernamentales y los hoy antigubernamentales pasarán a ser gubernamentales. Con una ufanía que no se corresponderá con lo chapuceramente que seguirán ejecutando sus actuaciones de malos actores del método.

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