En realidad, se ha impuesto la lógica del bipartidismo: llevada al extremo, que es el guerracivilismo. Los dos grandes partidos, azuzados por sus demonios, que están en otros partidos, han puesto fin al espíritu de la Transición, o a lo que quedaba de él. Su sentido se revela ahora: hemos terminado transitando en bucle a lo que había al comienzo. Ahora, a ver hacia dónde vamos. Es como un empezar de nuevo, pero muy antiguo. Las proclamas "entusiasmantes" (como decían los socialistas de antaño) nos pillan ya con la historia muy vieja y repetida. Es el tiempo de los que no se cansan de equivocarse.
Pero está bien. Había un aire como de fin de ciclo. Y teníamos ya como dos generaciones y media de españoles que estaban precisando de una lección histórica. Y no me refiero tanto a las desgracias como a la comprensión: a comprobar en qué se traducen sus pensamientos. Estos años van a ser muy pedagógicos, y a su término rescataremos a los no recalcitrantes. (Los recalcitrantes se quedarán para siempre en plan abuelas rockeras de la ideología, tipo Cotarelo.)
Durante toda la Transición alentó el guerracivilismo, quizá inevitablemente. La herida de la guerra civil y de la dictadura era demasiado profunda. Era una herida, por lo demás, muy anterior: venía de las dos Españas del siglo XIX como mínimo, de las guerras carlistas. En la Transición se llegó a acuerdos, los fundamentales para que hubiera un marco legal democrático y un modelo de país, que no es poca cosa. Y hubo paz. Pero el guerracivilismo se mantenía, soterrado. En la lucha partidista, bipartidista. Siempre que los dos grandes partidos elevaban el tono de su enfrentamiento, manifestaban un deseo de exclusión del otro. No pretendían ser críticas por tal o cual cosa, sino aniquilaciones. Ocurrió con las campañas contra Felipe González, por ejemplo. Y ocurrió cuando Felipe González sacó aquel dóberman o Alfonso Guerra mitineaba contra "la deresha". Jugaban con fuego, pero sabían que lo hacían y se detenían a tiempo. Lo imprescindible para mantener el caldo caliente.
Ha tenido que llegar otra generación más ignorante de políticos para que jueguen con fuego pero sin saber que lo están haciendo. O sabiéndolo, pero dándoles igual: fijándose solo en su provecho. Así el por fin investido presidente Pedro Sánchez, que ya no va a aprender nada. Y así su flamante vicepresidente Pablo Iglesias, que tal vez sí que aprenda. Iglesias es ahora el único resquicio de esperanza: solo él puede aportar un principio de sensatez, de moderación, de coherencia. En sí mismas no muy notables las suyas, pero espectaculares si las comparamos con las de Caballo Loco.
* * *
En The Objective.
8.1.20
6.1.20
¡Todo el mundo al suelo!
Con esta sesión de investidura hemos llegado al momento más bajo de nuestra democracia. Pero no es definitivo: aún podemos bajar más. Treinta y nueve años después se ha obedecido plenamente a Tejero: “¡Todo el mundo al suelo!”. Y ahí está todo el mundo, revolcándose. Unos más que otros, naturalmente: los de Sánchez más. Arrastrando al resto. Es asfixiante la polarización. Ahora estamos donde los peores querían que estuviéramos. Condenados a ser unas alimañas. No serlo será el gran propósito ético (y estético) del año nuevo.
Lo que ha hecho Sánchez, con su PSOE, no tiene nombre. Cuando empezó a decaer el partido hace unos años, los analistas llegaron a la conclusión de que su única manera de regresar al poder sería aliándose con los populistas y los nacionalistas. Pero una cosa era llegar a esa conclusión y otra ejecutarla. Sánchez la ha ejecutado, sin escrúpulos. Su única lógica es la lógica del poder.
Ya la practicó en la moción de censura. Pero entonces cabía la posibilidad de que él se impusiera a sus nefastos socios y los utilizase de comodín. Hoy ha sido al revés: son los nefastos socios de Sánchez lo que se imponen a él y lo utilizan de comodín. El PSOE ha renunciado a ser un partido de gobierno a cambio de gobernar una legislatura. La última que gobernará. De esta saldremos. El que no va a salir es el PSOE.
Todas las derrotas han venido juntas, como si se cosecharan en un solo día los errores de cuarenta y cuatro años: la derrota del constitucionalismo, la del centro-izquierda, la de la Ilustración, la de la igualdad, la de la libertad, la de la democracia liberal... y también la del republicanismo político. Y la de la socialdemocracia. ¿Qué socialdemócrata es ese que habla, como Sánchez en la tribuna, del “libre desarrollo de las identidades nacionales”? Sánchez le ha entregado España a los que quieren destruirla y le ha entregado la izquierda a Podemos. Sánchez se ha quedado sin nada. Bueno, solo con esa presidencia hueca que le queda ridícula.
El gesto más repugnante de la investidura, con todo, ha sido de su socio Iglesias: cuando se levantó a callar, con gesto mandón, no a la proetarra que denostaba al Rey, sino a los que abucheaban a la proetarra. Calma, calma, pedía, cuando él ha sido el gran incendiario, el gran embrutecedor. Si bien se piensa, es el mismo esquema que el de su debut en la vida pública: cuando, siendo un jovenzuelo, mandó callar a Rosa Díez en la universidad; en el fondo, por los mismos motivos. Y en la tribuna, mientras, la proetarra Aizpurua satisfecha como una matona que se sabe protegida por los jefes.
Por lo demás, era desolador ver a Casado diciendo cosas con acierto pero sin gravitas (y con esa insoportable bancada del PP ovacionando cuando la ocasión exigía un silencio sepulcral), a Abascal rebozado en su empanada ideológica y a Arrimadas pidiendo lo que no puede, cuando su partido no lo pidió cuando podía. Tiene un aire bíblico su empeño en tentar a los socialistas para que de entre ellos surja algún no como el de la gran Oramas; pero los socialistas están tan perdidos que ninguno caerá en la tentación, que en este caso (¡ay!) era la tentación de hacer el bien.
Pero ya es mejor que no haya tránsfugas, algo que enrarecería aún más el ambiente. La suerte está echada. La ha echado Sánchez. Hay que apurar el cáliz hasta el fondo.
* * *
En El Español.
Lo que ha hecho Sánchez, con su PSOE, no tiene nombre. Cuando empezó a decaer el partido hace unos años, los analistas llegaron a la conclusión de que su única manera de regresar al poder sería aliándose con los populistas y los nacionalistas. Pero una cosa era llegar a esa conclusión y otra ejecutarla. Sánchez la ha ejecutado, sin escrúpulos. Su única lógica es la lógica del poder.
Ya la practicó en la moción de censura. Pero entonces cabía la posibilidad de que él se impusiera a sus nefastos socios y los utilizase de comodín. Hoy ha sido al revés: son los nefastos socios de Sánchez lo que se imponen a él y lo utilizan de comodín. El PSOE ha renunciado a ser un partido de gobierno a cambio de gobernar una legislatura. La última que gobernará. De esta saldremos. El que no va a salir es el PSOE.
Todas las derrotas han venido juntas, como si se cosecharan en un solo día los errores de cuarenta y cuatro años: la derrota del constitucionalismo, la del centro-izquierda, la de la Ilustración, la de la igualdad, la de la libertad, la de la democracia liberal... y también la del republicanismo político. Y la de la socialdemocracia. ¿Qué socialdemócrata es ese que habla, como Sánchez en la tribuna, del “libre desarrollo de las identidades nacionales”? Sánchez le ha entregado España a los que quieren destruirla y le ha entregado la izquierda a Podemos. Sánchez se ha quedado sin nada. Bueno, solo con esa presidencia hueca que le queda ridícula.
El gesto más repugnante de la investidura, con todo, ha sido de su socio Iglesias: cuando se levantó a callar, con gesto mandón, no a la proetarra que denostaba al Rey, sino a los que abucheaban a la proetarra. Calma, calma, pedía, cuando él ha sido el gran incendiario, el gran embrutecedor. Si bien se piensa, es el mismo esquema que el de su debut en la vida pública: cuando, siendo un jovenzuelo, mandó callar a Rosa Díez en la universidad; en el fondo, por los mismos motivos. Y en la tribuna, mientras, la proetarra Aizpurua satisfecha como una matona que se sabe protegida por los jefes.
Por lo demás, era desolador ver a Casado diciendo cosas con acierto pero sin gravitas (y con esa insoportable bancada del PP ovacionando cuando la ocasión exigía un silencio sepulcral), a Abascal rebozado en su empanada ideológica y a Arrimadas pidiendo lo que no puede, cuando su partido no lo pidió cuando podía. Tiene un aire bíblico su empeño en tentar a los socialistas para que de entre ellos surja algún no como el de la gran Oramas; pero los socialistas están tan perdidos que ninguno caerá en la tentación, que en este caso (¡ay!) era la tentación de hacer el bien.
Pero ya es mejor que no haya tránsfugas, algo que enrarecería aún más el ambiente. La suerte está echada. La ha echado Sánchez. Hay que apurar el cáliz hasta el fondo.
* * *
En El Español.
31.12.19
Lecturas 2019
No digo "libros", sino "lecturas", porque algunas no son libros. El orden, como siempre, es cronológico. No incluyo las lecturas abandonadas; sí las terminadas en diagonal (un 10% aprox.), aunque no las especifico. Lo bonito de estas listas es que, al repasarlas, el año me parece más denso.
1. Los años felices. Josefina Vicens.
2. [Divina] Comedia. Dante (tr. J. Mª Micó).
3. Aurora. Friedrich Nietzsche.
4. Uma furtiva lágrima. Nélida Piñon.
5. Poemas. William Carlos Williams (trs. J. Coronel Urtecho y E. Cardenal).
6. La península. Julien Gracq.
7. Primeras personas. Juan Cruz.
8. Poesia I (1902-1929). Fernando Pessoa (ortónimo).
9. Rubayat. Omar Jayyam (trs. C. Janés y A. Taherí).
10. Hola, Melón. Cristóbal Ruiz.
11. Malaherba. Manuel Jabois.
12. Guía de extraviados. Juan Gracia Armendáriz.
13. El tenista argentino. Álvaro García.
14. (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI. Manuel Arias Maldonado.
15. Texto sentido. Sanz Irles.
16. "La gorra". Thomas Bernhard.
17. Diligencias. Andrés Trapiello.
18. L'apprenti dans le soleil. Franck André Jamme.
19. "¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?". Thomas Bernhard.
20. "Midland en Stilfs", Thomas Bernhard.
21. La tierra desnuda. Rafael Navarro de Castro.
22. Las tradiciones (1979-1988). Andrés Trapiello.
23. Sábado, domingo. Ray Loriga.
24. "Emma Zunz". Jorge Luis Borges.
25. Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas. Santiago Gerchunoff.
26. Cambiar de idea. Aixa de la Cruz.
27. "Ciudad". Jónatham F. Moriche.
28. Mañana tendremos otros nombres. Patricio Pron.
29. Diario. Hélène Berr.
30. Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz.
31. Piel roja. Juan Gracia Armendáriz.
32. El milagro Spinoza. Una filosofía para iluminar nuestra vida. Frédéric Lenoir.
33. A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición. Javier Padilla.
34. Descendimiento. Ada Salas.
35. Correspondencia. Spinoza.
36. Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina.
37. Carta florentina. Guillermo Carnero.
38. El Kulterer. Thomas Bernhard.
39. Poética y poesía (F. Juan March). Ada Salas.
40. Poesia II (1930-1933). Fernando Pessoa (ortónimo).
41. El orden del tiempo. Carlo Rovelli.
42. Poesia III (1934-1935). Fernando Pessoa (ortónimo).
43. Ilíada. Homero (tr. F. Gutiérrez).
44. Oriente. José Carlos Llop.
45. Nos vemos en esta vida o en la otra. Manuel Jabois.
46. Por las ramas. Roberto Merino.
47. "Cortejo". Guillaume Apollinaire.
48. La Vida Nueva (versión final). Raúl Zurita.
49. El director. David Jiménez.
50. Homero. C. M. Bowra.
51. Crónicas de la vida que pasa. Fernando Pessoa.
52. Vida y papel. Félix de Azúa.
53. Cronografías. Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo. Graciela Speranza.
54. Las mejores palabras. De la libre expresión. Daniel Gamper.
55. Aquí (cómic). Richard McGuire.
56. Revolución. Juan Francisco Ferré.
57. La huida de la imaginación. Vicente Luis Mora.
58. Eneida. Virgilio.
59. Quiero cansarme contigo. Javier Gomá.
60. A mí no me iba a pasar. Laura Freixas.
61. Diario último (2016). Ignacio Carrión.
62. Aquí y ahora. Diario de escritura. Miguel Ángel Hernández.
63. Yo iba a ser Homero (Antología poética bilingüe). Paulo Leminski.
64. Por la parte de Swann. Marcel Proust (tr. C. Manzano).
65. Una cierta edad. Marcos Ordóñez.
66. El final del affaire. Graham Greene.
67. “Poema leído en la boda de André Salmón”. Guillaume Apollinaire.
68. La orgía de los cultos. Leopoldo Alas.
69. Regreso a Reims. Didier Eribon.
70. La muerte de Virgilio. Hermann Broch.
71. Microgeografías de Madrid. Belén Bermejo.
72. España. Manuel Vilas.
73. La isla de los conejos. Elvira Navarro.
74. Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá.
75. Sur. Antonio Soler.
76. Una temporada con Marcel Proust. René Peter.
77. Conversaciones con Goethe. J. P. Eckermann.
78. Antología poética. Miguel de Unamuno (ed. A. Trapiello).
79. Luz de agosto. William Faulkner.
80. Sartoris. William Faulkner.
81. La hija de la española. Karina Sainz Borgo.
82. El amor loco. André Breton.
83. Debut. Christina Rosenvinge.
84. Un corazón demasiado grande. Eider Rodríguez.
85. La peor parte. Fernando Savater.
86. Dignidad. Javier Gomá.
87. La emboscadura. Ernst Jünger.
88. Blitz. David Trueba.
89. El sol en la cabeza. Geovani Martins.
90. Diarios (ed. completa). Iñaki Uriarte.
91. Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada (cómic). Raquel Riba Rossy.
92. El idioma materno. Fabio Morábito.
93. El sueño (1690). Sor Juana Inés de la Cruz.
94. Relaciones y soledades (Aforismos). Arthur Schnitzler.
95. Nueva antología poética. Rainer Maria Rilke (ed. J. Ferreiro Alemparte).
96. Pájaros que se quedan. Eduardo Jordá.
97. Alegría. Manuel Vilas.
98. Lejos de Kakania. Carlos Pardo.
99. Mal que bien. Enrique García-Máiquez.
100. La anomalía catalana. Cristian Campos.
101. El sonido y la furia. William Faulkner.
102. Separatistas ante los ropones. Julio Valdeón.
103. Un juicio sin final. Pablo Ordaz.
104. Muchacha de Castilla. Mercedes Cebrián.
105. Diálogos con Ferlosio (ed. José Lázaro).
106. Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. Wolfram Eilenberger.
107. Poesía completa (1953-1991). Claudio Rodríguez.
108. El mar, el mar. Iris Murdoch.
109. Calle de sentido único. Walter Benjamin.
110. Proust, Premio Goncourt. Thierry Laget.
111. Posibilidades en la sombra. Mariano Peyrou.
112. Praga. Manuel Vázquez Montalbán.
113. Tres o cuatro cosas que sé de cine. Carlos Font.
114. La casa de leer en lo oscuro. Maria Azenha (tr. J. Á. Cilleruelo).
115. La tempestad. William Shakespeare.
116. De vuelta del mar (Poemas). Robert Louis Stevenson (ed. J. Marías).
117. Dante. La novela de su vida. Marco Santagata.
118. Claros del bosque. María Zambrano.
119. La frontera. Pascal Quignard.
120. Sed de lex. Arcadi Espada.
121. Sur Plusieurs Beaux Sujects. Wallace Stevens.
122. Adiós a la época de los grandes caracteres. Abraham Gragera.
123. El optimismo de la voluntad. Conversación con Antoine Spire. Eric J. Hobsbawm.
124. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador. Horacio Castellanos Moya.
125. Duchamp en España. Pilar Parcerisas.
126. Pau Brasil. Oswald de Andrade (tr. A. Sánchez Robayna).
127. Lectura fácil. Cristina Morales.
128. Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia / Panamá o las aventuras de mis siete tíos. Blaise Cendrars (tr. E. Molina).
129. Las caridades de Alcipo y otros poemas. Marguerite Yourcenar (tr. S. Baron Supervielle).
130. El sentido de un final. Julian Barnes.
131. Galería de fantasmas. Juan Luis Panero.
132. Vida con mi amigo. Bárbara Jacobs.
133. El revés y el derecho. Albert Camus.
1. Los años felices. Josefina Vicens.
2. [Divina] Comedia. Dante (tr. J. Mª Micó).
3. Aurora. Friedrich Nietzsche.
4. Uma furtiva lágrima. Nélida Piñon.
5. Poemas. William Carlos Williams (trs. J. Coronel Urtecho y E. Cardenal).
6. La península. Julien Gracq.
7. Primeras personas. Juan Cruz.
8. Poesia I (1902-1929). Fernando Pessoa (ortónimo).
9. Rubayat. Omar Jayyam (trs. C. Janés y A. Taherí).
10. Hola, Melón. Cristóbal Ruiz.
11. Malaherba. Manuel Jabois.
12. Guía de extraviados. Juan Gracia Armendáriz.
13. El tenista argentino. Álvaro García.
14. (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI. Manuel Arias Maldonado.
15. Texto sentido. Sanz Irles.
16. "La gorra". Thomas Bernhard.
17. Diligencias. Andrés Trapiello.
18. L'apprenti dans le soleil. Franck André Jamme.
19. "¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?". Thomas Bernhard.
20. "Midland en Stilfs", Thomas Bernhard.
21. La tierra desnuda. Rafael Navarro de Castro.
22. Las tradiciones (1979-1988). Andrés Trapiello.
23. Sábado, domingo. Ray Loriga.
24. "Emma Zunz". Jorge Luis Borges.
25. Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas. Santiago Gerchunoff.
26. Cambiar de idea. Aixa de la Cruz.
27. "Ciudad". Jónatham F. Moriche.
28. Mañana tendremos otros nombres. Patricio Pron.
29. Diario. Hélène Berr.
30. Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz.
31. Piel roja. Juan Gracia Armendáriz.
32. El milagro Spinoza. Una filosofía para iluminar nuestra vida. Frédéric Lenoir.
33. A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición. Javier Padilla.
34. Descendimiento. Ada Salas.
35. Correspondencia. Spinoza.
36. Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina.
37. Carta florentina. Guillermo Carnero.
38. El Kulterer. Thomas Bernhard.
39. Poética y poesía (F. Juan March). Ada Salas.
40. Poesia II (1930-1933). Fernando Pessoa (ortónimo).
41. El orden del tiempo. Carlo Rovelli.
42. Poesia III (1934-1935). Fernando Pessoa (ortónimo).
43. Ilíada. Homero (tr. F. Gutiérrez).
44. Oriente. José Carlos Llop.
45. Nos vemos en esta vida o en la otra. Manuel Jabois.
46. Por las ramas. Roberto Merino.
47. "Cortejo". Guillaume Apollinaire.
48. La Vida Nueva (versión final). Raúl Zurita.
49. El director. David Jiménez.
50. Homero. C. M. Bowra.
51. Crónicas de la vida que pasa. Fernando Pessoa.
52. Vida y papel. Félix de Azúa.
53. Cronografías. Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo. Graciela Speranza.
54. Las mejores palabras. De la libre expresión. Daniel Gamper.
55. Aquí (cómic). Richard McGuire.
56. Revolución. Juan Francisco Ferré.
57. La huida de la imaginación. Vicente Luis Mora.
58. Eneida. Virgilio.
59. Quiero cansarme contigo. Javier Gomá.
60. A mí no me iba a pasar. Laura Freixas.
61. Diario último (2016). Ignacio Carrión.
62. Aquí y ahora. Diario de escritura. Miguel Ángel Hernández.
63. Yo iba a ser Homero (Antología poética bilingüe). Paulo Leminski.
64. Por la parte de Swann. Marcel Proust (tr. C. Manzano).
65. Una cierta edad. Marcos Ordóñez.
66. El final del affaire. Graham Greene.
67. “Poema leído en la boda de André Salmón”. Guillaume Apollinaire.
68. La orgía de los cultos. Leopoldo Alas.
69. Regreso a Reims. Didier Eribon.
70. La muerte de Virgilio. Hermann Broch.
71. Microgeografías de Madrid. Belén Bermejo.
72. España. Manuel Vilas.
73. La isla de los conejos. Elvira Navarro.
74. Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá.
75. Sur. Antonio Soler.
76. Una temporada con Marcel Proust. René Peter.
77. Conversaciones con Goethe. J. P. Eckermann.
78. Antología poética. Miguel de Unamuno (ed. A. Trapiello).
79. Luz de agosto. William Faulkner.
80. Sartoris. William Faulkner.
81. La hija de la española. Karina Sainz Borgo.
82. El amor loco. André Breton.
83. Debut. Christina Rosenvinge.
84. Un corazón demasiado grande. Eider Rodríguez.
85. La peor parte. Fernando Savater.
86. Dignidad. Javier Gomá.
87. La emboscadura. Ernst Jünger.
88. Blitz. David Trueba.
89. El sol en la cabeza. Geovani Martins.
90. Diarios (ed. completa). Iñaki Uriarte.
91. Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada (cómic). Raquel Riba Rossy.
92. El idioma materno. Fabio Morábito.
93. El sueño (1690). Sor Juana Inés de la Cruz.
94. Relaciones y soledades (Aforismos). Arthur Schnitzler.
95. Nueva antología poética. Rainer Maria Rilke (ed. J. Ferreiro Alemparte).
96. Pájaros que se quedan. Eduardo Jordá.
97. Alegría. Manuel Vilas.
98. Lejos de Kakania. Carlos Pardo.
99. Mal que bien. Enrique García-Máiquez.
100. La anomalía catalana. Cristian Campos.
101. El sonido y la furia. William Faulkner.
102. Separatistas ante los ropones. Julio Valdeón.
103. Un juicio sin final. Pablo Ordaz.
104. Muchacha de Castilla. Mercedes Cebrián.
105. Diálogos con Ferlosio (ed. José Lázaro).
106. Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. Wolfram Eilenberger.
107. Poesía completa (1953-1991). Claudio Rodríguez.
108. El mar, el mar. Iris Murdoch.
109. Calle de sentido único. Walter Benjamin.
110. Proust, Premio Goncourt. Thierry Laget.
111. Posibilidades en la sombra. Mariano Peyrou.
112. Praga. Manuel Vázquez Montalbán.
113. Tres o cuatro cosas que sé de cine. Carlos Font.
114. La casa de leer en lo oscuro. Maria Azenha (tr. J. Á. Cilleruelo).
115. La tempestad. William Shakespeare.
116. De vuelta del mar (Poemas). Robert Louis Stevenson (ed. J. Marías).
117. Dante. La novela de su vida. Marco Santagata.
118. Claros del bosque. María Zambrano.
119. La frontera. Pascal Quignard.
120. Sed de lex. Arcadi Espada.
121. Sur Plusieurs Beaux Sujects. Wallace Stevens.
122. Adiós a la época de los grandes caracteres. Abraham Gragera.
123. El optimismo de la voluntad. Conversación con Antoine Spire. Eric J. Hobsbawm.
124. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador. Horacio Castellanos Moya.
125. Duchamp en España. Pilar Parcerisas.
126. Pau Brasil. Oswald de Andrade (tr. A. Sánchez Robayna).
127. Lectura fácil. Cristina Morales.
128. Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia / Panamá o las aventuras de mis siete tíos. Blaise Cendrars (tr. E. Molina).
129. Las caridades de Alcipo y otros poemas. Marguerite Yourcenar (tr. S. Baron Supervielle).
130. El sentido de un final. Julian Barnes.
131. Galería de fantasmas. Juan Luis Panero.
132. Vida con mi amigo. Bárbara Jacobs.
133. El revés y el derecho. Albert Camus.
30.12.19
Días históricos
Estos meses no han dado tregua y ni en fin de año la tenemos, pero hoy me quiero tomar la columna para contar cómo viví la caída del Muro de Berlín, antes de que se escape este 2019 del trigésimo aniversario. Mi vivencia no fue excepcional, pero tuvo su gracia.
La madre de Antúnez se había ido de viaje y Antúnez nos invitó a Hormigo y a mí a que pasásemos unos días en su casa. Teníamos veintidós, veintitrés años. Yo había vivido un par de cursos en Madrid, pero en Málaga nunca me había alojado fuera del piso de mis padres. Aquellos días fueron una especie de excursión a mi propia ciudad. Un noviembre extranjerizante, o turístico, en las calles de siempre; un cierto extrañamiento acogedor. Recuerdo las luces y las risas. Una libertad rara.
En la casa, un cuarto piso que daba a la estación de tren y al entonces América Multicines, escuchábamos dos discos de música brasileña, a la que nos acabábamos de aficionar: Totalmente demais, de Caetano Veloso, y O eterno deus Mu dança, de Gilberto Gil (con intervención de Ed Motta, cuyo vozarrón imitábamos). Yo leía a ratos La orgía de los cultos, de Leopoldo Alas, y el libro sobre Goethe que tenía Antúnez de la colección Júcar. En el vídeo nos pusimos Superdetective en Hollywood, El Padrino, el Calígula de Tinto Brass, alguna película de francesitas... Recuerdo las habitaciones desordenadas, el whisky en la terraza con sol de otoño. No sé qué nos hacíamos de comer. Soltábamos nuestras gansadas a toda voz. Nos imaginábamos que la vida era así.
La primera mañana me desperté muy temprano y encendí la tele. En aquel tiempo recuperaban viejos programas de los setenta, que no habíamos vuelto a ver desde niños. Fue una conmoción encontrarse otra vez con Vicky el Vikingo, que había sido mi serie favorita de dibujos animados. De pronto pusieron una muy antigua de Sancho Gracia: Los camioneros. Su sintonía, que yo tenía sepultada, fue un magdalenazo proustiano. Entusiasmado, me puse a aporrear las puertas de mis amigos: “¡Yupiiiii, Los camioneros!”. Eran las siete de la mañana y se pasaron años recordándomelo.
A la vuelta de un paseo por el puerto (aquel viejo puerto de Málaga destartalado, con el silo que ya no existe y las grúas que ya no están), me encerré a darme un baño de Cleopatra con las pociones de la madre de Antúnez. Cuando llevaba un rato en el agua caliente, aturdido por los perfumes, casi hundido en la espuma, me empezaron a aporrear la puerta. Pensé que era en venganza por lo de la mañana. Pero no: era por la caída del Muro de Berlín.
A la mañana siguiente nos hicimos fotos en una especie de malla vertical que había en el Parque. Sacábamos las manos por los resquicios como si fuésemos berlineses saliendo. Todo era juego entonces. También en los días históricos.
* * *
En El Español.
La madre de Antúnez se había ido de viaje y Antúnez nos invitó a Hormigo y a mí a que pasásemos unos días en su casa. Teníamos veintidós, veintitrés años. Yo había vivido un par de cursos en Madrid, pero en Málaga nunca me había alojado fuera del piso de mis padres. Aquellos días fueron una especie de excursión a mi propia ciudad. Un noviembre extranjerizante, o turístico, en las calles de siempre; un cierto extrañamiento acogedor. Recuerdo las luces y las risas. Una libertad rara.
En la casa, un cuarto piso que daba a la estación de tren y al entonces América Multicines, escuchábamos dos discos de música brasileña, a la que nos acabábamos de aficionar: Totalmente demais, de Caetano Veloso, y O eterno deus Mu dança, de Gilberto Gil (con intervención de Ed Motta, cuyo vozarrón imitábamos). Yo leía a ratos La orgía de los cultos, de Leopoldo Alas, y el libro sobre Goethe que tenía Antúnez de la colección Júcar. En el vídeo nos pusimos Superdetective en Hollywood, El Padrino, el Calígula de Tinto Brass, alguna película de francesitas... Recuerdo las habitaciones desordenadas, el whisky en la terraza con sol de otoño. No sé qué nos hacíamos de comer. Soltábamos nuestras gansadas a toda voz. Nos imaginábamos que la vida era así.
La primera mañana me desperté muy temprano y encendí la tele. En aquel tiempo recuperaban viejos programas de los setenta, que no habíamos vuelto a ver desde niños. Fue una conmoción encontrarse otra vez con Vicky el Vikingo, que había sido mi serie favorita de dibujos animados. De pronto pusieron una muy antigua de Sancho Gracia: Los camioneros. Su sintonía, que yo tenía sepultada, fue un magdalenazo proustiano. Entusiasmado, me puse a aporrear las puertas de mis amigos: “¡Yupiiiii, Los camioneros!”. Eran las siete de la mañana y se pasaron años recordándomelo.
A la vuelta de un paseo por el puerto (aquel viejo puerto de Málaga destartalado, con el silo que ya no existe y las grúas que ya no están), me encerré a darme un baño de Cleopatra con las pociones de la madre de Antúnez. Cuando llevaba un rato en el agua caliente, aturdido por los perfumes, casi hundido en la espuma, me empezaron a aporrear la puerta. Pensé que era en venganza por lo de la mañana. Pero no: era por la caída del Muro de Berlín.
A la mañana siguiente nos hicimos fotos en una especie de malla vertical que había en el Parque. Sacábamos las manos por los resquicios como si fuésemos berlineses saliendo. Todo era juego entonces. También en los días históricos.
* * *
En El Español.
25.12.19
El gran amor de Alfonso Sánchez
En el primer libro del abogado y editor Carlos Font, Tres o cuatro cosas que sé de cine (¡una delicia para cinéfilos!), se cuenta, entre otras muchas, la historia del gran amor del legendario crítico Alfonso Sánchez. Naturalmente, por una actriz: la no menos legendaria, aunque veo que sigue viva, Anouk Aimée.
Cuenta Font que el crítico tenía una cita anual con ella en el festival de Cannes. Cenaban juntos en la clausura y de esa cena él se alimentaba todo el año. El procedimiento amatorio de Alfonso Sánchez era un tanto picaresco: sobornaba a un camarero para que, en la asignación de mesas, lo sentara junto a Anouk Aimée. Ella siempre se sorprendía por la coincidencia, y concluían entre risas que era "el destino". El encuentro, por supuesto, no pasaba de los postres.
Font dice que le oyó la historia al propio Alfonso Sánchez en el documental de quince minutos que le dedicó José Luis Garci en 1980. Está en YouTube y es muy bueno. En él se muestra una masculinidad pasada, delicada, de los feos antiguos: los que miraban a las mujeres, a las bellas mujeres, como diosas inaccesibles. No hay resentimiento, sino adoración; su deseo incumplido es menos frustrado que sublimado. Para los amantes del cine, la sublimación se proyectaba en la pantalla. Una felicidad palpable, pero hecha de anhelo.
El relato de Alfonso Sánchez difiere en algún detalle del de Font, cuyo recuerdo lo había redondeado. El crítico y la actriz se cruzaban todos los años por los festivales, él la miraba embobado y ella se reía; pero fue solo en un festival de San Sebastián cuando sobornaba al camarero para que lo sentase en todas las comidas junto a ella. Hasta que ella lo pilló soltando la propina y le dijo, supongo que en francés: "Así que el destino, ¿no?". "Este es el gran fracaso de mi vida", concluye el crítico.
Me había quedado yo melancólico con el asunto, pensando en esas imposibilidades que se deben a la asimetría ("sapo namorando a lua", cantaba João Gilberto), y me puse a buscar artículos y vídeos sobre Alfonso Sánchez, cuya voz cascada es uno de los sonidos de mi infancia, como ese rostro al que no amó Anouk Aimée. Hay una necrológica preciosa de Diego Galán en El País (Alfonso Sánchez murió en 1981, un año después del documental) y un artículo de Manuel Segura en La Verdad de Murcia, en que aparece una encantadora foto del crítico con la actriz. Pero ha sido viendo su intervención en uno de aquellos programas suyos de TVE cuando he caído en su extraordinario parecido físico con Picasso (minuto 15:55). Es decir, con un hombre que sí tuvo éxito con las mujeres.
Ya sabemos que fue por su fama de artista, por su poder, por su dinero, por su magnetismo... porque no era un hombre gris como Alfonso Sánchez. Pero hoy que estamos en Navidad podríamos imaginar, a modo de cuento, o de película, que Anouk Aimée le corresponde. Y que cuando Alfonso Sánchez dice en el documental "si me llama por teléfono, vamos a la boda en seguida, a las cinco de la tarde", suena en efecto el teléfono y es esa "criatura maravillosa" para decirle que sí.
* * *
En The Objective.
Cuenta Font que el crítico tenía una cita anual con ella en el festival de Cannes. Cenaban juntos en la clausura y de esa cena él se alimentaba todo el año. El procedimiento amatorio de Alfonso Sánchez era un tanto picaresco: sobornaba a un camarero para que, en la asignación de mesas, lo sentara junto a Anouk Aimée. Ella siempre se sorprendía por la coincidencia, y concluían entre risas que era "el destino". El encuentro, por supuesto, no pasaba de los postres.
Font dice que le oyó la historia al propio Alfonso Sánchez en el documental de quince minutos que le dedicó José Luis Garci en 1980. Está en YouTube y es muy bueno. En él se muestra una masculinidad pasada, delicada, de los feos antiguos: los que miraban a las mujeres, a las bellas mujeres, como diosas inaccesibles. No hay resentimiento, sino adoración; su deseo incumplido es menos frustrado que sublimado. Para los amantes del cine, la sublimación se proyectaba en la pantalla. Una felicidad palpable, pero hecha de anhelo.
El relato de Alfonso Sánchez difiere en algún detalle del de Font, cuyo recuerdo lo había redondeado. El crítico y la actriz se cruzaban todos los años por los festivales, él la miraba embobado y ella se reía; pero fue solo en un festival de San Sebastián cuando sobornaba al camarero para que lo sentase en todas las comidas junto a ella. Hasta que ella lo pilló soltando la propina y le dijo, supongo que en francés: "Así que el destino, ¿no?". "Este es el gran fracaso de mi vida", concluye el crítico.
Me había quedado yo melancólico con el asunto, pensando en esas imposibilidades que se deben a la asimetría ("sapo namorando a lua", cantaba João Gilberto), y me puse a buscar artículos y vídeos sobre Alfonso Sánchez, cuya voz cascada es uno de los sonidos de mi infancia, como ese rostro al que no amó Anouk Aimée. Hay una necrológica preciosa de Diego Galán en El País (Alfonso Sánchez murió en 1981, un año después del documental) y un artículo de Manuel Segura en La Verdad de Murcia, en que aparece una encantadora foto del crítico con la actriz. Pero ha sido viendo su intervención en uno de aquellos programas suyos de TVE cuando he caído en su extraordinario parecido físico con Picasso (minuto 15:55). Es decir, con un hombre que sí tuvo éxito con las mujeres.
Ya sabemos que fue por su fama de artista, por su poder, por su dinero, por su magnetismo... porque no era un hombre gris como Alfonso Sánchez. Pero hoy que estamos en Navidad podríamos imaginar, a modo de cuento, o de película, que Anouk Aimée le corresponde. Y que cuando Alfonso Sánchez dice en el documental "si me llama por teléfono, vamos a la boda en seguida, a las cinco de la tarde", suena en efecto el teléfono y es esa "criatura maravillosa" para decirle que sí.
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En The Objective.
18.12.19
Jot Down 29
En el nuevo trimestral de Jot Down, nº 29, especial Locura, colaboro con el artículo "Cada loco con su tema", en el que divago sobre unas cuantas cosas relacionadas con la locura; más en sus acepciones cotidianas o culturales que en la estrictamente psiquiátrica. La revista, como siempre, se puede comprar en librerías y por la web de Jot Down.
16.12.19
El bolso
Anda Rajoy intentando caer simpático en todas las entrevistas y consiguiéndolo a veces, incluso conmigo. Pero yo ante todo veo un bolso, un bolso irreversible. Y cuando me descuido me obligo a ver ese bolso. El que Soraya dejó en su escaño vacío o vaciado (vaciado por Rajoy, de Rajoy) en el momento clave de la moción de censura.
Aquel Rajoy de piel, tasado en dos mil euros, asistió a la España que se nos venía encima: la de Sánchez con sus socios. Una España peor, en la que tiene muchísima responsabilidad el irresponsable Rajoy. Sus memorias, naturalmente, las titula Una España mejor. No las pienso leer. A mí me da igual lo que escriban los bolsos.
En su retirada discreta de la política, que no ha estado mal (ha sido ordenada como un Brexit ordenado), hubo una excepción sangrante: su comparecencia ante el tribunal de Marchena durante el juicio del procés. Fueron las terceras declaraciones más patéticas; después de, por este orden, las de Marina Garcés y Zoido. Solo que la pobre Garcés no pintaba nada y Zoido y Rajoy pintaban mucho. Asistir a la indigencia político-intelectual de ambos, a su desconcierto de gobernantes chapuceros en el momento más grave de nuestra historia actual, explica bastante lo que nos pasa, que es de todo.
Luego estuvo aquel acto junto a Felipe González en el que los dos pedían altura de miras y pactos de Estado. Y tenían razón, claro, pero daban grima. ¿Con qué autoridad lo pedían? Me hacen mucha gracia esas famas de grandes estadistas de González y Aznar, y ahora de Rajoy (Zapatero jamás ha estado en esa lista). Yo tiendo a creérmelas, porque me gusta lo agradable. Pero lo cierto es que no ha habido ni un solo “gran estadista” en España que no haya dejado el Estado hecho unos zorros.
Escribe Arcadi Espada en la entrevista que le ha hecho a Mariano Rajoy en El Mundo que “este hombre ha cumplido su vocación personal más profunda, que siempre fue la de llegar a ser expresidente”. Tiene razón, aunque habría que precisar que expresidente ya llegó a serlo en sus años de Moncloa. Su carácter póstumo, apalancado, equivalía a una presidencia vacante.
Y sin embargo lo echamos de menos. Porque lo que ha venido después ha sido peor, mucho peor: esta sórdida agua de borrajas de la política española asociada ya al nombre de Sánchez, que desbancará a Zapatero como el peor presidente de nuestra historia reciente. Y eso que aún no ha terminado de arrancar.
De eso se beneficia hoy Rajoy: de no ser Sánchez. No es poca virtud. Pero no se puede olvidar que Sánchez iba dentro de aquel bolso.
* * *
En El Español.
Aquel Rajoy de piel, tasado en dos mil euros, asistió a la España que se nos venía encima: la de Sánchez con sus socios. Una España peor, en la que tiene muchísima responsabilidad el irresponsable Rajoy. Sus memorias, naturalmente, las titula Una España mejor. No las pienso leer. A mí me da igual lo que escriban los bolsos.
En su retirada discreta de la política, que no ha estado mal (ha sido ordenada como un Brexit ordenado), hubo una excepción sangrante: su comparecencia ante el tribunal de Marchena durante el juicio del procés. Fueron las terceras declaraciones más patéticas; después de, por este orden, las de Marina Garcés y Zoido. Solo que la pobre Garcés no pintaba nada y Zoido y Rajoy pintaban mucho. Asistir a la indigencia político-intelectual de ambos, a su desconcierto de gobernantes chapuceros en el momento más grave de nuestra historia actual, explica bastante lo que nos pasa, que es de todo.
Luego estuvo aquel acto junto a Felipe González en el que los dos pedían altura de miras y pactos de Estado. Y tenían razón, claro, pero daban grima. ¿Con qué autoridad lo pedían? Me hacen mucha gracia esas famas de grandes estadistas de González y Aznar, y ahora de Rajoy (Zapatero jamás ha estado en esa lista). Yo tiendo a creérmelas, porque me gusta lo agradable. Pero lo cierto es que no ha habido ni un solo “gran estadista” en España que no haya dejado el Estado hecho unos zorros.
Escribe Arcadi Espada en la entrevista que le ha hecho a Mariano Rajoy en El Mundo que “este hombre ha cumplido su vocación personal más profunda, que siempre fue la de llegar a ser expresidente”. Tiene razón, aunque habría que precisar que expresidente ya llegó a serlo en sus años de Moncloa. Su carácter póstumo, apalancado, equivalía a una presidencia vacante.
Y sin embargo lo echamos de menos. Porque lo que ha venido después ha sido peor, mucho peor: esta sórdida agua de borrajas de la política española asociada ya al nombre de Sánchez, que desbancará a Zapatero como el peor presidente de nuestra historia reciente. Y eso que aún no ha terminado de arrancar.
De eso se beneficia hoy Rajoy: de no ser Sánchez. No es poca virtud. Pero no se puede olvidar que Sánchez iba dentro de aquel bolso.
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En El Español.
2.12.19
Cercas, novelista maldito
Tuve una mala reacción, instintiva, antigua, al oír el agradecimiento del Rey a Javier Cercas en la entrega del premio Cerecedo. La figura del escritor áulico está históricamente desprestigiada, en general con razón; sobre todo para nuestra sensibilidad moderna, de querencia (¡todavía!) vanguardista. El modelo apreciado es el del escritor contra el poder, o al menos no rendido al poder. Cercas viene de ganar el Planeta (que se percibe como rendición comercial) y verlo acariciado, con un añadido personal incluso, por Felipe VI me provocó ese rechazo automático.
Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad de Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.
En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!
Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.
Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.
* * *
En El Español.
Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad de Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.
En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!
Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.
Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.
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En El Español.
25.11.19
La corrupción de la corrupción
Estos días hemos asistido en directo a una corrupción quizá más grave que la corrupción: la corrupción que consiste en utilizar políticamente la corrupción. Que es, entre otros factores, lo que fomenta la corrupción o al menos impide que se la persiga o que tenga consecuencias sociales, electorales. De pronto, el conglomerado político-mediático que vociferaba denodadamente contra la corrupción, porque era la ajena, ha pasado de puntillas sobre la propia. Con una coreografía de ejecución admirable.
En estos casos de semáforo ideológico de la indignación, que regula la respuesta no según los delitos sino el partido de quienes los cometen, se aprecia un entrañable efecto de economía psicológica. Un ejemplo: las famosas 169 portadas que –como ha analizado Arcadi Espada– El País dedicó a Francisco Camps, del PP valenciano, absorbían las que ese periódico no iba a dedicar a los ERE del PSOE andaluz. La indignación por los cuatro trajes era tan exagerada porque la engordaba el futuro semisilencio por los 679 millones de los ERE.
Tales son los sórdidos juegos del sectarismo, corruptores de nuestra vida pública. Digamos que hay una indignación global que no se reparte equitativamente, sino que toda se les aplica a los ajenos y ninguna a los propios. Todo es acusación, nada autocrítica. De este modo solo hay censura histérica sin mejora. Lo devastador es la ética que subyace: una ética (o antiética) que juzga no por los hechos sino por lo que se es. El virtuoso lo es por definición, haga lo que haga. Y el culpable también. Lo más barato del asunto es que el juicio ni siquiera lo determina lo que se es personalmente, sino ideológicamente. Estamos en un mundo de buenos y malos ideológicos. Ambos porque sí.
La consecuencia inmediata es, por supuesto, la apetitosa posibilidad de corrupción de quienes estén situados en el lugar adecuado en cada caso. Recuerdo un debate de hace años entre mi amiga Dolores González Pastor, diputada entonces en la Asamblea de Madrid por Ciudadanos, y un joven de Podemos. Ella, que presidía la comisión anticorrupción, hablaba de los controles que había que extremar para luchar contra la corrupción, porque todos podían incurrir en ella. A lo que respondió escandalizado el de Podemos: no todos los políticos son iguales y no a todos se les puede medir por el mismo rasero...
Estaba pensando, por supuesto, en los suyos, virtuosos por definición. Los situados ideológicamente en el lugar adecuado y que tendrán toda la cobertura político-mediática para corromperse. Y para ser excusados si los pillan.
* * *
En El Español.
En estos casos de semáforo ideológico de la indignación, que regula la respuesta no según los delitos sino el partido de quienes los cometen, se aprecia un entrañable efecto de economía psicológica. Un ejemplo: las famosas 169 portadas que –como ha analizado Arcadi Espada– El País dedicó a Francisco Camps, del PP valenciano, absorbían las que ese periódico no iba a dedicar a los ERE del PSOE andaluz. La indignación por los cuatro trajes era tan exagerada porque la engordaba el futuro semisilencio por los 679 millones de los ERE.
Tales son los sórdidos juegos del sectarismo, corruptores de nuestra vida pública. Digamos que hay una indignación global que no se reparte equitativamente, sino que toda se les aplica a los ajenos y ninguna a los propios. Todo es acusación, nada autocrítica. De este modo solo hay censura histérica sin mejora. Lo devastador es la ética que subyace: una ética (o antiética) que juzga no por los hechos sino por lo que se es. El virtuoso lo es por definición, haga lo que haga. Y el culpable también. Lo más barato del asunto es que el juicio ni siquiera lo determina lo que se es personalmente, sino ideológicamente. Estamos en un mundo de buenos y malos ideológicos. Ambos porque sí.
La consecuencia inmediata es, por supuesto, la apetitosa posibilidad de corrupción de quienes estén situados en el lugar adecuado en cada caso. Recuerdo un debate de hace años entre mi amiga Dolores González Pastor, diputada entonces en la Asamblea de Madrid por Ciudadanos, y un joven de Podemos. Ella, que presidía la comisión anticorrupción, hablaba de los controles que había que extremar para luchar contra la corrupción, porque todos podían incurrir en ella. A lo que respondió escandalizado el de Podemos: no todos los políticos son iguales y no a todos se les puede medir por el mismo rasero...
Estaba pensando, por supuesto, en los suyos, virtuosos por definición. Los situados ideológicamente en el lugar adecuado y que tendrán toda la cobertura político-mediática para corromperse. Y para ser excusados si los pillan.
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En El Español.
18.11.19
La incipiente pancita
Ciudadanos es solo el segundo partido que ha muerto después de las pasadas elecciones. El primero es el PSOE. La devastación de Ciudadanos, además, tiene arreglo: podría resucitar. La del PSOE no. Es un partido muerto, pese a las apariencias, pese a haber sido el más votado, pese a que vaya a gobernar. O precisamente porque va a gobernar.
Durante la campaña, una de las opciones que me parecía deseable era la de una mayoría absoluta del PSOE. Eso y rezar: para que el PSOE la aplicara bien. He cambiado de opinión: un PSOE con mayoría absoluta hubiese sido catastrófico. Un partido que no sabe lo que es, un partido acomplejado porque no se ve lo suficientemente de izquierdas, que sostiene a un líder, Pedro Sánchez, que es un tiovivo andante, con un discurso que da vueltas por todas las ideas e inclinaciones posibles, ninguna suya porque lo suyo es el girar. (Si Rivera era una veleta, Sánchez es una veleta loca.)
Por fortuna, Sánchez no podrá gobernar solo. Y eso está bien, porque cualquiera con el que se alíe (insisto: cualquiera) tiene el principio de realidad más asentado que él. Hasta Rufián y Otegi, que serían respectivamente Churchill y Adenauer a su lado. No digamos Aitor Esteban, Revilla o el de Teruel Existe: auténticos guardianes de la realidad regional y provincial. El sólido terruño frente al vaporoso no sé qué.
Todo hemos de fiarlo ahora a Pablo Iglesias, el verdadero ganador de las elecciones. El aclamado en Ferraz (“¡con Iglesias sí!”) por la militancia que ha socavado al PSOE. Esa militancia sin sentido de Estado, identitaria de una “izquierda” y de un “progresismo” nominales, cuya gran preocupación es que nadie la llame “facha”. Para poder llamárselo a los demás.
Pero hay que confiar en Podemos, que con la liquidación del PSOE será el nuevo partido socialdemócrata. Y hay que confiar en Iglesias. Tiene un chalet, tiene tres hijos (no me extrañaría que él e Irene Montero hubiesen encargado el cuarto tras el pacto con Sánchez) y tiene una incipiente pancita que ofrece todas las garantías al Ibex 35, la UE y hasta el FMI.
En el gobierno bicéfalo PSOE-Podemos habrá una cabeza de la que no cabe esperar nada (la de Sánchez) y una prometedora cabeza (la de Iglesias) que es muy bueno que vaya conociendo los entresijos del Estado, su día a día, sus posibilidades y sus límites para gobernarlo con sensatez en el futuro. Su juventud atolondrada quedará atrás. Será el nuevo Felipe González. Y una mañana la pancita (panza para entonces) reclamará su complemento y le será concedido: la eliminación de la coleta.
* * *
En El Español.
Durante la campaña, una de las opciones que me parecía deseable era la de una mayoría absoluta del PSOE. Eso y rezar: para que el PSOE la aplicara bien. He cambiado de opinión: un PSOE con mayoría absoluta hubiese sido catastrófico. Un partido que no sabe lo que es, un partido acomplejado porque no se ve lo suficientemente de izquierdas, que sostiene a un líder, Pedro Sánchez, que es un tiovivo andante, con un discurso que da vueltas por todas las ideas e inclinaciones posibles, ninguna suya porque lo suyo es el girar. (Si Rivera era una veleta, Sánchez es una veleta loca.)
Por fortuna, Sánchez no podrá gobernar solo. Y eso está bien, porque cualquiera con el que se alíe (insisto: cualquiera) tiene el principio de realidad más asentado que él. Hasta Rufián y Otegi, que serían respectivamente Churchill y Adenauer a su lado. No digamos Aitor Esteban, Revilla o el de Teruel Existe: auténticos guardianes de la realidad regional y provincial. El sólido terruño frente al vaporoso no sé qué.
Todo hemos de fiarlo ahora a Pablo Iglesias, el verdadero ganador de las elecciones. El aclamado en Ferraz (“¡con Iglesias sí!”) por la militancia que ha socavado al PSOE. Esa militancia sin sentido de Estado, identitaria de una “izquierda” y de un “progresismo” nominales, cuya gran preocupación es que nadie la llame “facha”. Para poder llamárselo a los demás.
Pero hay que confiar en Podemos, que con la liquidación del PSOE será el nuevo partido socialdemócrata. Y hay que confiar en Iglesias. Tiene un chalet, tiene tres hijos (no me extrañaría que él e Irene Montero hubiesen encargado el cuarto tras el pacto con Sánchez) y tiene una incipiente pancita que ofrece todas las garantías al Ibex 35, la UE y hasta el FMI.
En el gobierno bicéfalo PSOE-Podemos habrá una cabeza de la que no cabe esperar nada (la de Sánchez) y una prometedora cabeza (la de Iglesias) que es muy bueno que vaya conociendo los entresijos del Estado, su día a día, sus posibilidades y sus límites para gobernarlo con sensatez en el futuro. Su juventud atolondrada quedará atrás. Será el nuevo Felipe González. Y una mañana la pancita (panza para entonces) reclamará su complemento y le será concedido: la eliminación de la coleta.
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En El Español.
11.11.19
La exhumación de Vox
El tuitero que firma como Dios dejó un tuit divino en la noche electoral: “Pedro Sánchez ha exhumado a Vox”. Este ha sido, en efecto, su mayor triunfo con la repetición de las elecciones, su único triunfo: el resto ha sido fracaso. Incluso su victoria, con menos diputados de los que obtuvo en abril. Debe de ser terrible para un ego como el de Sánchez saber que tiene un techo, y que ese techo baja. Las aclamaciones con las que soñó no van a producirse nunca. Solo se produjeron dentro de su partido cuando lo eligieron. Y quizá de ahí le venga todo: incapaz de salir del partidismo, atrapado en esa cerrazón. Como la militancia que le aupó y que determina la política del PSOE, no muy dada a convencer a los no militantes.
Esa militancia fue la que gritó aquella noche de abril “Con Rivera no”, la frase más perniciosa de los últimos años (con la de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián). Aquella frase abortó, o contribuyó a abortar, el oro electoral que había en los resultados de entonces: el de la mayoría absoluta que sumaban el PSOE y Ciudadanos para formar el único gobierno verdaderamente progresista que era posible; las otras posibilidades, digan lo que digan, eran reaccionarias (en la línea de la “izquierda reaccionaria” de la que habla Félix Ovejero). Pero ni la militancia del PSOE ni Sánchez quisieron.
Ni Albert Rivera tampoco. Este siguió obcecado con su idea de desbancar al PP, cuando ya era quimérico. Hoy ha sido Ciudadanos el desbancado por el PP, por Vox, por Podemos y hasta por ERC, en un descalabro solo comparable al de UCD en 1982. Solo Íñigo Errejón ha sido incapaz de desbancar a Rivera, y solo por eso debería ponerle a Más País un nombre nuevo: Menos Errejón. Volviendo al PSOE: algún día tendrá que plantearse, si quiere volver a ser el partido amplio que fue, por qué muchos votantes de Ciudadanos hemos decidido irnos a la abstención en vez de votar al PSOE.
Todo es peor ahora que tras las elecciones de abril. Y los próximos meses serán peores que los que hemos pasado. Los españoles han votado mal, rematadamente mal. La consecuencia es un parlamento áspero, bronco, guerracivilista, que parece haber seguido la lógica nefasta de que, si había extrema izquierda, ¿por qué no iba a haber extrema derecha? A los nacionalistas y a los populistas se les suma ahora los nacionalpopulistas de Vox, que son el único éxito objetivo que han obtenido los otros desde que nacieron. Al fin tienen un rival a su altura (a su bajura); un rival comprensible, con el que enfangarse. La pelea ya está en el mismo plano: el de los gritos, las soflamas, la rigidez energúmena, los escupitajos, el aporrearse con las banderas. Un perezón tremendo, que ojalá se quedara en perezón: además nos irritará, nos desgarrará, nos destruirá.
El PSOE, el PP y lo que queda de Ciudadanos deberían aliarse de una vez para combatirlo, o para pararlo. En compensación al menos por la inmensa responsabilidad que han tenido en este desastre.
* * *
En El Español.
Esa militancia fue la que gritó aquella noche de abril “Con Rivera no”, la frase más perniciosa de los últimos años (con la de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián). Aquella frase abortó, o contribuyó a abortar, el oro electoral que había en los resultados de entonces: el de la mayoría absoluta que sumaban el PSOE y Ciudadanos para formar el único gobierno verdaderamente progresista que era posible; las otras posibilidades, digan lo que digan, eran reaccionarias (en la línea de la “izquierda reaccionaria” de la que habla Félix Ovejero). Pero ni la militancia del PSOE ni Sánchez quisieron.
Ni Albert Rivera tampoco. Este siguió obcecado con su idea de desbancar al PP, cuando ya era quimérico. Hoy ha sido Ciudadanos el desbancado por el PP, por Vox, por Podemos y hasta por ERC, en un descalabro solo comparable al de UCD en 1982. Solo Íñigo Errejón ha sido incapaz de desbancar a Rivera, y solo por eso debería ponerle a Más País un nombre nuevo: Menos Errejón. Volviendo al PSOE: algún día tendrá que plantearse, si quiere volver a ser el partido amplio que fue, por qué muchos votantes de Ciudadanos hemos decidido irnos a la abstención en vez de votar al PSOE.
Todo es peor ahora que tras las elecciones de abril. Y los próximos meses serán peores que los que hemos pasado. Los españoles han votado mal, rematadamente mal. La consecuencia es un parlamento áspero, bronco, guerracivilista, que parece haber seguido la lógica nefasta de que, si había extrema izquierda, ¿por qué no iba a haber extrema derecha? A los nacionalistas y a los populistas se les suma ahora los nacionalpopulistas de Vox, que son el único éxito objetivo que han obtenido los otros desde que nacieron. Al fin tienen un rival a su altura (a su bajura); un rival comprensible, con el que enfangarse. La pelea ya está en el mismo plano: el de los gritos, las soflamas, la rigidez energúmena, los escupitajos, el aporrearse con las banderas. Un perezón tremendo, que ojalá se quedara en perezón: además nos irritará, nos desgarrará, nos destruirá.
El PSOE, el PP y lo que queda de Ciudadanos deberían aliarse de una vez para combatirlo, o para pararlo. En compensación al menos por la inmensa responsabilidad que han tenido en este desastre.
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En El Español.
4.11.19
Condenas formales
Ahora que los CDR han puesto de moda a Fraga con lo de "la calle es nuestra" (huyendo del franquismo han caído en la frase más franquista del repertorio), he de decir que yo, al igual que Fraga, tengo el Estado en mi cabeza. Solo que como está: hecho unos zorros. Así, aunque vaya pensando en mis asuntos y disfrutando de lo que veo (generalmente el mar), tengo un runrún incordiando y es el Estado, y también el estado de las cosas.
A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.
Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.
De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.
La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.
* * *
En El Español.
A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.
Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.
De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.
La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.
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En El Español.
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