28.11.20

Postal incompleta

[Dietario]

Marco Polo. Pido unos días libres y me voy a Torrequebrada. El atardecer lo paso en el malecón que hay junto al casino. Está lleno de pescadores y yo estoy entre ellos, aunque sin caña. Ni ellos ni yo hacemos nada, pero a ellos de vez en cuando les pican peces. Es una afición contemplativa, con tironcitos. Cuando oscurece vuelvo al apartamento. Al segundo día decretan el cepo municipal y tengo que regresar a Málaga. “El vulgo municipal y espeso”, que decía Rubén Darío. Somos ahora ese vulgo. No es que en Málaga se esté mal, pero tenía ganas de salir en el puente. El cepo, sin embargo, no se ha levantado. Mis aspiraciones son modestas: ser al menos un Marco Polo de la provincia. 

Boxeo. En Torrequebrada me da tiempo a asistir a una escena maravillosa. En un parquecito un padre está enseñando a boxear a su hija. La niña no debe de tener más de siete años; los guantes son del tamaño de su cabeza. Sigue las instrucciones con mucha gracia, pero también con aplicación: se lo toma en serio. Dice el padre: “Izquierda, derecha, guardia… Izquierda, derecha, pego, esquivo, ¡bam bam bam!”. Ella se mueve dando saltitos y pegando cuando hay que pegar. Pienso que esa niña será una gran mujer. Más adelante me cruzo con una pareja. La chica está discutiendo con el novio, que mira al suelo. Se le nota tocado por los reproches. Son un poco tramposos, pero efectivos. ¡Bam bam bam! 

El adjetivador. Termino el Borges de Bioy Casares, que empecé el 1 de enero y que he venido leyendo a sorbos. En él, Bioy transcribe cientos de conversaciones privadas que tuvo con su amigo Borges a lo largo de cuarenta años. La lectura es una gozada (un festival de inteligencia, erudición y maldades), pero se trata de un libro monstruoso. El argumento es horrible: resulta que tu mejor amigo era un magnetofón. Hay una cosa notable al final. Entre los talentos de Borges estaba el de poner adjetivos. Pues bien, cuando se acercaba su muerte (“ha llegado, está aquí”), le preguntaron por ella. El adjetivador alcanzó a decir que era “algo externo, rígido y frío”. 

Solo en el Oasis. El chiringuito Oasis es ahora mi favorito para mirar el mar mientras me tomo una cerveza o un whisky. A lo lejos, por donde se pone el sol, están las grúas que parecen jirafas. Disfruto de la sensualidad, pero últimamente me he dado cuenta de que, como mi amor vive en Madrid, mi relación con Málaga es peculiar: es de sensaciones más que de emociones; o de emociones que no solo penetran hasta un determinado estrato. Falta la trama erótica, la pasión. Hay una cierta distancia, cuyo efecto es agradable pero incompleto. Para mí Málaga es una postal incompleta. 

Cien por cien. En la cola de los euromillones, por el bote: todos queremos comprobar por nosotros mismos que el dinero no da la felicidad. Delante de mí hay dos treintañeros que lo están pasando mal con la pandemia, el segundo parece que peor. “Yo tenía mi vida, tú tenías tu vida, y te ha cambiado la vida cien por cien”, dice el primero. Y el otro: “¿Cien por cien ná má?”. 

Niños magaleños. Los niños malagueños éramos en realidad niños magaleños. La ciudad en la que vivíamos se llamaba Mágala. Hasta que un día aprendíamos a decir Málaga, y eso significaba que nuestra primera infancia había sido dejada atrás. Lo he recordado leyendo Inventario del paraíso, de Víctor Colden, madrileño con familia malagueña que pasaba los veranos aquí. El libro recrea las experiencias y sensaciones de cualquier niño malagueño de los años setenta: unos recuerdos frescos, que el autor ha sabido atrapar justo porque venía de fuera y los percibía con nitidez. Ahora nos los devuelve. Toda novela sobre la infancia tiene el reto de recrear el tiempo mítico, el tiempo que parece no pasar. Colden lo logra con el recurso no lineal de hacer un inventario, como anuncia el título. Va mostrando el paraíso por facetas (lugares, animales, olores, frases, juegos, historias...), en cada una de las cuales está el paraíso entero. 

El primer primo. Primera baja en la familia por coronavirus: un primo hermano. El primero que se muere, tras la extinción de los tíos. Una tristeza con extrañeza: los números de pronto son una persona, un vacío concreto. Un dolor. La mujer, llorando, le decía al ataúd, por el cristal: “Has tenido muy mala suerte”. Otro primo decía: “Hace diez meses no nos podíamos imaginar que íbamos a estar aquí por esto”. Las mascarillas y el gel que nos echábamos en las manos al entrar y salir de la iglesia cobraban una gravedad inesperada; resultaban autorreferenciales, incómodos. Voy a pocas celebraciones familiares: eludo las bodas, bautizos y comuniones que puedo. Pero son ocasiones alegres y mi ausencia no importa. A los entierros sí siento que tengo que ir, para despedir y acompañar. Así que comparezco cuando aquel paraíso va perdiendo piezas. 

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25.11.20

La apuesta de Pascal

Lo de Ciudadanos con Arrimadas son las maniobras desesperadas de un partido póstumo. Está siendo bonito, pero ya da igual. No por ello está dejando de tener una pequeña utilidad: retratar a Sánchez y a su PSOE. Pero también da igual. 

Lo que está haciendo Arrimadas con un partido póstumo y sin fuerza es lo que tendría que haber hecho Rivera cuando el partido estaba vivo y alcanzó su máxima fuerza. Ahora no hay nada que hacer y todo da igual. El PSOE pacta los Presupuestos con Bildu y con ERC, con las mofas de Echenique a Ciudadanos, y Arrimadas sigue pegada como una lapa. Está haciendo lo correcto, lo único relevante que puede hacer con su partido póstumo. Se equivocará si no se despega al final, en el ultimísimo momento: el de la votación definitiva. Pero hasta entonces hace bien en seguir pegada a Sánchez. Es la calavera (guapísima) que le recuerda no solo que es mortal, sino también que es un impresentable. 

He pensado en la célebre apuesta de Pascal, que podría aplicarse al caso. Arrimadas –que será fulminada en las próximas elecciones por un electorado que seguirá corriendo hacia su ruina– está postulando un país que no existe: el país del consenso, naturalmente; el país que tendría que estar gobernado en este momento por una Gran Coalición para bregar con lo que está viviendo y lo que se le viene encima. Por una Gran Coalición o por un PSOE que pactara los grandes asuntos con el PP: acordándolos con él, no tratando de imponerlos como ha hecho hasta ahora. 

Al final Ciudadanos se irá por el sumidero electoral en compañía de ese país habitable por el que apostó. Esta apuesta es pascaliana porque ese país es lo único que merece la pena, y si no existe daría lo mismo ya estar vivo o muerto: la simple ventaja de apostar por él compensaría la probabilidad de que no existiera. En el caso de Pascal, en su apuesta por Dios, por la grandeza de la ganancia; en el caso de Arrimadas, por la miseria de la pérdida. Y perderá. 

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23.11.20

Andamios para las infamias

Qué grima los énfasis de pronto en memoria del asesinado Lluch. Hace pocos días, los enfáticos dedicaban sus énfasis a blanquear a sus asesinos y asociados para habilitar su apoyo a Sánchez. Se comprende que con sus nuevos énfasis lo que pretenden es blanquearse a sí mismos: blanquear su blanqueamiento. El grimoso teatrillo humano en sus enredos entre el servilismo al poder y la autosalvación... 

Sus argumentos, por otro lado (si tenemos la cortesía de considerarlos argumentos y no emisiones retóricas para justificar un fin), no dejaban de ser razonables. Si Bildu es un partido parlamentario legal, ¿por qué no pactar con él? ETA no mata, los Presupuestos son imprescindibles, etcétera, etcétera. Búsquese a cualquier psocialista, aunque sea al menguado Simancas: aunque refutables y más o menos baratos, no eran exactamente tonterías sus argumentos. 

El problema es otro, y este sí muy grave: los andamios con los que se construyen. Como no se ha cansado de repetir el vicepresidente Iglesias, sin que lo desmienta el presidente, los proetarras están integrados en el gran bloque “progresista” que se opone al bloque “fascista” constituido por el PP, Vox y Ciudadanos. Este bloque es el mal que hay que combatir y aniquilar políticamente (esto último ahora: los proetarras –y la tradición ideológica de Iglesias– saben de aniquilaciones no solo políticas). 

La coalición de gobierno –al igual que la moción de censura en que tiene su origen– se funda en ese cargar las tintas contra el PP, Vox y Ciudadanos. Son los malos con los que no se puede negociar ni pactar: los herederos de ese fantasmal franquismo del que nace la verborrea de la izquierda gubernamental (la estricta “izquierda reaccionaria” de la que habló Ovejero). 

De la maldad y la culpa de los otros depende la bondad y la impunidad de ellos. Por eso hay que cebar imaginariamente esa maldad. Solo si el PP, Vox y Ciudadanos son esos ogros franquistas podrá justificarse un pacto tan deleznable como el pacto con Bildu. Y justo eso es lo más deleznable del pacto: que lo justifiquen tales infamias. 

Curioso que en inglés scaffold signifique a la vez andamio y cadalso. Ese andamiaje tiene la intención de ejecutar políticamente a media España: callarla, desarticularla, inutilizarla. Sobre el bien superior del pluralismo y la alternancia en el poder, en un poder con contrapesos, PSOE-Podemos quiere perpetuarse con los menores contrapesos posibles: como Franco, como el PRI. (Un PRI con acarreados pero sin tapados: están a la vista.) 

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16.11.20

Los ventrílocuos del virus

“Nunca el tema de un libro interfirió tanto en su presentación”, dijo Manuel Toscano en la presentación en Málaga de Desde las ruinas del futuro, de Manuel Arias Maldonado (Taurus). El libro va sobre la pandemia y la pandemia, en efecto, obligó a que la presentación fuera a las cuatro y media de la tarde, en la ya habitual sala con la mitad del aforo y los asientos muy separados. 

Pero vino gente. La hora tal vez no fuera tan inhóspita. A mí particularmente me gustaba: me recordaba a las clases universitarias de después de comer, o a las ponencias con que se retoman los congresillos. Hubo que terminar antes de las seis, porque a partir de esa hora en Andalucía no se permiten las actividades no esenciales. Prolongamos el debate un poco fuera, porque hablar de la pandemia sí que tiene algo de esencial. Pero ya iba cerrando todo, con el oscurecimiento. 

Por mi parte, he terminado la lectura de Desde las ruinas del futuro y me atrevo a recomendarlo como la mejor introducción que hay ya a la obra del teórico político y columnista Manuel Arias Maldonado. La pandemia actúa como focalizador temático de los asuntos que el autor había tratado en sus últimos libros, La democracia sentimental (Página Indómita), Antropoceno (Taurus) y Nostalgia del soberano (Catarata): vuelve a ellos a propósito de lo que estamos viviendo estos meses, modulándolos, aplicándolos al caso práctico y añadiendo reflexiones específicas sobre el acontecimiento. 

Como es habitual en los libros de Arias Maldonado, la lectura de este nos pone al día en la literatura especializada sobre el tema, con un rigor exhaustivo que en ningún momento deja de ser claro, accesible. Con paciencia pedagógica, el autor repasa, sopesa y critica cuando es necesario lo que han dicho los otros autores que se han ocupado de la pandemia. Son ya muchos, por cierto. Los suficientes como para haber segregado una película enturbiadora. La tarea de Arias Maldonado tiene algo –como dijera Schopenhauer de Kant– de operación de cataratas. Tal es la tarea ilustrada. 

El espectáculo ha sido en cierto modo patético. Esos autores –Žižek, Agamben, Preciado o Innerarity (pido disculpas a los otros por mezclarlos con este)– han hecho hablar al virus, pero lo que se oía era su voz: eran auténticos ventrílocuos del virus, que han aprovechado la pandemia para asentar sus prejuicios y sus retóricas, y decir lo que de todos modos ya decían e iban a seguir diciendo. Arias Maldonado es más higiénico: reconoce que el virus a lo mejor no tiene nada que decirnos; que somos nosotros los que decimos. Trata de estudiar el fenómeno sin extralimitarse. 

Para Arias Maldonado, el coronavirus no cuestiona la modernidad, puesto que su surgimiento se ha debido justamente a un déficit de modernidad. Tampoco cree que sea un producto del Antropoceno, ya que los virus y las bacterias ya estaban en el Holoceno. La pandemia que ha provocado es un fenómeno, eso sí, relacionado con la globalización. A partir de aquí, el autor repasa los debates científicos, sociales y políticos que se han suscitado con esta situación excepcional: desde la pertinencia, justamente, de los estados de excepción, a los límites del conocimiento y de la acción humana, las respuestas emocionales de la población o las posibilidades de un gobierno mundial. 

Las “ruinas del futuro” del título aluden al desmoronamiento de la idea de futuro, a la falta de confianza en el mismo. Pero la respuesta de Arias Maldonado no es catastrofista. Propone recuperar la consideración de la humanidad como especie biológica, en atención a las condiciones mínimas (unificadoras) que le permiten sobrevivir; lo que alentaría sus capacidades como sujeto político para asegurarlas. 

E invita a un “pesimismo ilustrado”: una prolongación del ejercicio de la razón, pero ya sin los abusos optimistas del pasado, que, en realidad, la hicieron descarrilar con frecuencia. 

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9.11.20

Nuestro Trump triunfante

Nos estábamos organizando para ponerle una demanda al director, cuando recibimos un mail colectivo: era el director, que se ofrecía a apoyarnos si nos decidíamos a poner una demanda. Naturalmente, no contra el director sino contra otro; pongamos que el inversor.
 
Aquello no prosperó (ni en realidad lo merecía), pero yo me llevé un premio: aprendí el truco del ventajismo topológico. Basta que digas situarte en un lado para que parezca que no estás en el de enfrente. En la inmensa mayoría de los casos cuela. 

Ejemplo de ahora: si el Gobierno crea un comité “contra la desinformación”, está ejecutando una operación topológica por medio de la cual se sitúa en el lado de la información. Son los otros los que desinforman. (Los otros y no el Gobierno de Sánchez y Dame los Telediarios Iglesias.) 

Ocurre igual con nuestros autoproclamados antifascistas, que son notablemente fascistas; con nuestros autoproclamados republicanos, que laminan todo republicanismo político; con nuestros antiespañoles, que son unos españolazos; con nuestros antifranquistas, que han recuperado el toque de queda, el pecado y el Nodo; o con muchos de nuestros antitrumpistas, que son nuestros genuinos trumpistas.

(Como nada se nos ahorra, tenemos además a los antisanchistas de Vox, que son un sustento indispensable de Sánchez; y a nuestros autoproclamados trumpistas –suelen ser los mismos–, que le aplauden a Trump las ínfulas totalitarias que denuncian en Sánchez.) 

Pero sí, en la distopía española gozamos del trumpismo triunfante. Tenemos un Trump que cuenta con el apoyo del New York Times (léase El País) y con el de esos escritores que en Estados Unidos critican a Trump, como escribe Lindo, pero aquí defienden a nuestro Trump, incluida Lindo. 

Copio de Lindo: “Trump es un hombre psicológicamente negado para trabajar por un bien colectivo. No puede gobernar pensando un prójimo porque, sencillamente, no lo ve. Solo está dotado para ejercer un poder absoluto, rodeado de una corte de pelotas que asuman sin rechistar sus insensateces”. Lo clava. Lo que pasa es que también clava a Sánchez (y a su corte). 

Trump y Sánchez son cortoplacistas del poder; serían tiranos si no los frenaran los contrapesos de los países democráticos cuyo poder han conseguido (por eso, en la medida de sus posibilidades, han socavado tales contrapesos). La diferencia es que Trump va de lo que va. Mientras que Sánchez va de lo contrario. 

En su primer discurso, el presidente electo Biden ha hecho una prometedora llamada a la unidad de los estadounidenses y ha dicho que “es el momento de cerrar las heridas”. Sánchez lo ha felicitado, y lo cierto es que también él suele hacer esas llamadas. El problema es que, mientras las hace, no deja de desunir y abrir o reabrir heridas. 

Mi alegría por la derrota de Trump es inmensa. Pero parcial: aún no ha sido derrotado (sino todo lo contrario) en España. 

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2.11.20

El día de difuntos de 2020

Tétricas jornadas, pese al sol que hace en Málaga al menos. El otoño lo vemos solo en las etapas de la Vuelta, que rueda por el norte por carreteras con hojas caídas. Aquí en las playas persisten los últimos bañistas. Los demás caminamos en manga corta por el paseo marítimo, sudando, o nos tomamos un whisky en el chiringuito Oasis. Hay una sensualidad decadente, como de fin de época. Y cuando el fogonazo nos da en la cara tiene un algo de existencialista: el sinsentido nos convierte a rachas en el extranjero de Camus. Pero no llevamos revólver. 

Larra sí llevaba pistola, y la descargó en su sien tres meses después de su artículo más pesimista: “El día de difuntos de 1836”. Lo publicó en ‘El Español’, el periódico que se llamaba igual que este en el que escribo. Lo he releído ahora y en él está una de sus conocidísimas frases: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. Un pronóstico con cien años exactos de antelación. No está nada mal. Podemos sumar ochenta y cuatro y estamos en este 2020: en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos confinamientos... 

En el artículo, Larra se revuelve en su sillón, cubierto por “una nube de melancolía”, cuando oye una campana que “parecía vibrar más lúgubre que ningún año”. Decide entonces salir. Ve a las gentes que se dirigen al cementerio. Su reacción es sarcástica: “Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”. Los vivos eran para él los muertos en aquella España amodorrada. Podría valer también para esta. 

¿Cómo podemos digerir los más de sesenta mil muertos que hay ya con la pandemia? ¿Cómo podemos digerir la ineficacia, el indecente politiqueo? El Gobierno ha marcado el tono, y el tono es el cortoplacismo por el poder cortoplacista de Sánchez. Los demás no han hecho más que replicar ese tono; para beneficio de Sánchez. Ahora el peor Gobierno de nuestra democracia ha obtenido seis meses de impunidad parlamentaria. No hay ninguna posibilidad de que esto salga bien. 

Me acuerdo estos días del funeral de Estado por las víctimas del covid. Fue en julio y han seguido miles de muertos más, ya sin funeral de Estado: salvo que se considere prorrogado, como los presupuestos. Pomposidad vacía, ahuecada como la voz de Sánchez. El representante perfecto de este Gobierno es el doctor Simón, con sus indecorosas calaveradas. Es eso: una calavera de Halloween. Sonriente. 

A Larra nos lo explicó en la Complutense la profesora Palomo, con la emoción que les ponía a sus clases. Hizo hincapié en aquel artículo y otro antológico de poco después, “La Nochebuena de 1836”. 

El día en que se cumplían ciento cincuenta años del suicidio de Larra yo busqué su portal. Era una tarde gris del febrero madrileño. Localicé la calle Santa Clara, por Ópera, y la empecé a subir. Al poco empecé a oír una máquina de escribir, que resonaba en la calle vacía. Procedía del balcón de Larra. Mientras lo miraba me quise figurar que era él el que tecleaba, anacrónicamente. Y que el mensaje era que había que escribir. Pero se dio el pistoletazo. 

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31.10.20

Hacer cosas

[Dietario]

Mal, con el mar. Me encontraba en el mirador metafísico, un balconcito de la senda litoral, a la altura de Torrequebrada, con unas vistas limpias al horizonte azul y al perfil de Fuengirola, hacia poniente, cuando sonó el teléfono. Era el escritor Eduardo Jordá, mallorquín que vive en Sevilla. Hacía mucho que no hablábamos y me preguntó: “¿Cómo estás? Bueno, mal ¿y qué más?”. Nos reímos, pero entonces se me ocurrió la respuesta exacta: “Mal, con el mar”. En efecto, la vida que llevamos los malagueños, por desgraciada que sea, tiene siempre ese colchón, ese descanso, esa alegría. Algo bueno, muy bueno, que hay que restárselo a lo malo.
 
Otra Málaga. Solo conocía el paraje de la desembocadura del Guadalhorce de verlo desde la carretera. La fotógrafa Marta O Nilsson me había dicho que era una reserva secreta de Málaga, a la que ella solía ir, pero hasta que no me he acercado a ver la pasarela nueva no he sabido lo que era aquello. Es un territorio fascinante, lleno de caminos entre las cañas y descampados junto al río. Lo que pasa es que ahora está lleno de gente, por el reclamo de la pasarela (yo soy una de esas personas), y antes no había nadie. La sensación es de estar en otra Málaga, también cuando uno pasea, como estoy haciendo últimamente, por los alrededores del Palacio de los Deportes y hacia Sacaba Beach. Aquí hay un encanto decadente, ligeramente desolado; justo de acabamiento de la ciudad.
 
Autocanibalismo. A veces voy al Quitapenas de Torremolinos a comer pulpo frito. El pulpo siempre me ha gustado, pero desde que han descubierto que es un animal inteligente y melancólico, siento que es una oportunidad que se me brinda de ensayar el autocanibalismo. Ahora sé que sabe bien.
 
‘Striptease’ facial. La última vez que estuve en el Quitapenas apareció, subiendo la Cuesta del Tajo, una chica que me sonrió con la mirada y me saludó. Como no la reconocí por la mascarilla, se tiró de ella hacia abajo, como destapando una sorpresa. Me pareció un gesto sensual, como cuando Gilda se quitaba el guante. Era una conocida a la que he tratado poco, pero el episodio le dio a su cara una luminosidad que nunca habría tenido de no haber estado oculta. Lo gracioso es que viví lo mismo desde el otro lado pocos días después. Vi en una terraza a mi amiga Isabel Cabrera, productora de televisión, y me acerqué a saludarla. No me reconoció, así que me bajé la mascarilla con la ilusión de que me reconociera, pero siguió sin reconocerme. Me miraba muy seria y cuando me dijo en inglés que era danesa comprendí que Isa tenía una doble en Málaga de esa nacionalidad. Se lo conté luego y le dije: “Me extrañaba tu frialdad. Nunca te había visto sin sonreír”.
 
Hacer cosas. No había asistido a ningún evento desde que empezó la pandemia y me impresionó ver la amplia sala con solo tres filas de asientos, muy separadas entre sí. Era desolador, pero a la vez no estaba exento de belleza. Denotaba, al cabo, el empeño de “hacer cosas”, como dijo Arias Maldonado en la presentación. Estábamos en La Térmica y contrastaba la sobriedad algo monacal con el calor de estos cinco años de su Aula de Pensamiento Político, en la que tanto hemos aprendido y tan bien nos lo hemos pasado. Al término, Arias, Ferré, Toscano y yo cenamos con el ponente, el filósofo Ramón del Castillo. Fue una cena exprés, porque a las diez y media los camareros nos avisaron de que ellos tenían que estar en su casa a las once, como todos. Volviendo a mi casa me di cuenta de que los minutos previos al toque de queda son extremadamente peligrosos: los patinetistas van aún más locos que de costumbre para recogerse también.
 
Metafísica. Hace cuatro años me iba a poner por fin con mi libro (que tiene que ser triste, como todos los libros), cuando entré inesperadamente en una fase feliz. Por supuesto, no escribí nada. Se lo conté a Arias y me citó esto de Macedonio Fernández: “Varias veces emprendí el estudio de la metafísica, pero me interrumpió siempre la felicidad”. La otra noche le anuncié a Arias: “He vuelto al estudio de la metafísica”.
 
Nuestro Montaigne. Leo en Jot Down una entrevista a Iñaki Uriarte, cuyo ídolo es Montaigne y que es nuestro Montaigne. Se lee con el mismo placer que sus Diarios, porque responde a las preguntas con la misma voz, algo que no siempre logran los escritores (aunque Uriarte presume de no ser escritor, y ese tal vez sea su secreto). Le escribo para felicitarlo y de camino le pregunto por cómo está pasando la pandemia. Le digo que en mi confinamiento hice en realidad mi vida de siempre, salvo los paseos y las escapadas a Madrid (que no son poca cosa; también me perdí un viaje a Río de Janeiro). Me contesta: “Por aquí, lo mismo que tú, sin grandes cambios de vida. Aunque eso de que no puedas hacer cosas que de todas formas no ibas a hacer agobia un poco”.
 
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26.10.20

Salimos espaguetizados

“Muerte por espaguetización”, así se titula el vídeo que recrea el paso fatal de una estrella por un agujero negro. Confieso que lo pinché no por razones astronómicas sino puramente lingüísticas: no me fascinan los espectáculos del cielo, tediosos por acumulación; me fascina la irrupción de esa palabra única, que estoy dispuesto a usar para todo a partir de ahora.

Pero con la palabra en la cabeza, quéformidable el vídeo también. La estrella se va aproximando al agujero negro, hasta que este la pasa por la trituradora, la hace puré o fosfatina: ¡laespaguetiza! La estrella sale hecha tirillas suponemos que comestibles. Donde hubo una estrella quedan espaguetis.

La metáfora me fue servida en directo, pues la palabra apareció cuando hablaba Sánchez. Yo trataba de distraer mi malestar trasteando por Twitter. Entonces leí “espaguetización” y supe que era eso lo que nos pasaba. Lo que nos está pasando, porque aún no nos hemos terminado de espaguetizar.

El agujero negro (¿hace falta decirlo?) es Sánchez. El hombre que dijo “hemos derrotado al virus” y que ahora, menos de cuatro meses después, decreta otro estado de alarma y vuelve a hablar de “moral de victoria” para derrotar al supuestamente derrotado.

Moral de victoria pide el desmoralizador, el espaguetizador. El hombre que se ha movido únicamente por su interés personal, que no ha sabido liderar un país, que ha eludido su responsabilidad cada vez que ha podido, que solo ha hecho movimientos enérgicos para demonizar a los que se le oponían y mantenerse en el poder; un poder con el que luego no sabe qué hacer, salvo maniobrar para mantenerlo.

No salimos más fuertes, como repetía la propaganda oficial tras el primer confinamiento: salimos espaguetizados.

En el artículo de El Mundo se describe lo que nos está pasando a los españoles con gran poesía (obsérvese que hay que irse ya a las páginas de ciencia para ver lo que nos pasa): “Imaginemos por ejemplo a un desafortunado astronauta que se acerca a un agujero negro aproximando los pies más que la cabeza. La fuerza gravitatoria es mucho más intensa en sus pies que en la parte superior del cuerpo. Se producen unas descomunales fuerzas de marea que deformarán el cuerpo en sentido vertical, estirándolo y alargándolo como si fuese un espagueti”.

Obviamente, ningún astronauta –a diferencia de los españoles– lo ha experimentado, pero “hay estrellas que pueden circular por el entorno de uno de estos monstruos supermasivos y ser sometidas al violento efecto de la espaguetización”. Por desgracia, este no sería el fin de las desgracias, porque “una parte del material de la estrella desgarrada no es devorada inmediatamente, sino que queda atrapada en un disco rotante alrededor del agujero negro”.

Será algo así como el peronismo. Aunque le podemos ir llamando ya sanchismo.

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25.10.20

Tres preguntas sobre Umbral

Julio Valdeón ha tenido la gentileza de contar con mi opinión –entre otras– en su reportaje de La Razon “Umbral, un dandy que hoy estaría prohibido”. Pongo aquí aparte las tres preguntas que me mandó y mis respuestas:

Una de las constantes en la literatura umbraliana es el sexo, entendido como acto de suprema libertad. ¿Ha caducado esa visión suya? ¿Puede/debe reivindicarse? 
No sé si como “acto de suprema libertad”. Creo que hacía lo que podía, como todos y como todas. Lo que llamaba la atención en la época era la franqueza, y las elaboraciones literarias alrededor del asunto. Hace poco he leído su Diario de un escritor burgués, escrito en 1977, y maravilla su desinhibición sobre el sexo. La desinhibición de un hombre educado en el catolicismo y, por lo tanto, con una represión de fondo que trataba de solventar: indagando en su libertad pero también con los tics de la época, que hoy llaman la atención. Su visión era masculina, y desde ella escribía, porque era la suya (expresando también sus vulnerabilidades). Algo que hoy no se entiende, ni quizá se acepta. Es como si se exigieran resultados morales (o moralistas) de inmediato, sin el pedregoso y titubeante camino de perfección. 

¿Qué lectura cree que haría hoy de su escritura la nueva izquierda, o izquierda woke, o izquierda reaccionaria? ¿Lo cancelaría? 
Umbral sería hoy duro de roer para esa pseudoizquierda. Sencillamente porque era un hombre que escribía lo que le daba la gana. La relación entre la libertad del decir y la censura moral que se produce hoy con esa pseudoizquierda es igual a la que se producía antes con los biempensantes. Con una diferencia: antes irritar a los biempensantes te proporcionaba simultáneamente un montón de cómplices. El provocador, así,contaba con la irritación de unos (aquellos a los que quería irritar) y la complicidad de otros (que eran para los que escribía). Hoy, sin embargo, el provocador no cuenta con cómplices. Está más solo que la una. Porque aquellos que antes eran sus cómplices hoy son los nuevos biempensantes. La consecuencia es que ya no es divertido. 

A veces creo que a Umbral, como escritor, sólo conocemos o valoramos los que lo hemos leído en sus diarios, en sus mejores libros de memorias, etc. Y que ahí late, junto a la prosa descarnada y deslumbrante, una ternura que desconocen los habituales de sus columnas, no digamos los que sólo recuerdan el programa con la siniestra Mila. ¿Está usted de acuerdo o quizá exagero, por el lado bueno, por mi cariño hacia Umbral? 
Acaba de dar usted la clave de mi fascinación por Umbral a mis dieciséis años. Yo lo conocía por sus columnas y por sus entrevistas en radio y televisión. Me hacía gracia, como Cela con sus gamberraditas, pero poco más. Entonces, a mis dieciséis años, leí por primera vez un libro suyo: Memorias de un niño de derechas. Ahí descubrí ese otro tono lírico e intimista, con esa ternura de la que usted habla, ya desde la dedicatoria, que me sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. A partir de entonces fue maravilloso asistir a sus boutades sabiendo que eran un teatrillo para el público, pero que había otro Umbral, el intimista y tierno, para los iniciados. Ese doble juego fue lo que me fascinó.

19.10.20

Sánchez, guapo electoral

He estado leyendo a Borges últimamente (alguna tarea elevada hay que tener en estos tiempos bajísimos) y me he encontrado con una expresión estupenda: “guapo electoral”. No sé si sigue vigente en Argentina, o en Buenos Aires, pero en oídos españoles la expresión es maravillosa, y sin significado.

En Borges, y en los diálogos de Borges con Bioy Casares, sale mucho “guapo” como sinónimo de malevo, matón, cuchillero. Pero a veces se dice de un cuchillero que se convirtió en “guapo electoral”. Lo he buscado y resulta que guapo electoral es el matón que se convierte en el guardaespaldas de un candidato. Y en efecto, en España no tiene significado lo de guapo electoral. Salvo que (¡por iluminación!) se vea que nuestro guapo electoral es Sánchez.

Sánchez malevo, matón, cuchillero, guardaespaldas de sí mismo. Un guapo electoral con toda la jeta. Un cuchillero que protege a un candidato: así Sánchez, que protege al candidato Sánchez hasta que llega a presidente del Gobierno, una posición privilegiada para seguir practicando el cuchillerismo.

En El hombre que fue Jueves de Chesterton, tan querido por Borges, el jefe de los anarquistas que subvertían el orden era el jefe de la policía cuya misión era preservarlo. Las dos personas se superponían, en tareas opuestas. Así Sánchez.

No es que Sánchez quiera subvertir el orden. Ni tampoco es que quiera preservarlo, la verdad. Lo que quiere Sánchez es un orden que se acomode a Sánchez. Un orden o un desorden; lo mismo le da, con tal de que sea sanchista.

El narcisismo autoritario con el que podemos caracterizar ya, de manera irreversible, a Sánchez sería igual de temible pero tal vez no tan fastidioso si gozase de un poquito de estabilidad. Pero Sánchez es una brújula loca que dice y se desdice buscando el solo beneficio de Sánchez. Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez, empezando por Sánchez. El suyo es una suerte de adanismo al minuto cuya fórmula sería: “Donde dije digo digo Diego y siempre quise decir Sánchez”.

Contaba Borges que el “guapo” de no sé qué pueblo argentino se llamaba Soto, y que a ese pueblo llegó un circo cuyo domador de leones se llamaba también Soto. Este cobró fama de inmediato por sus heroísmos circenses. Pero cada vez que el guapo, matón o cuchillero se lo encontraba en algún sitio, decía: “Acá sobra un Soto”. Y el domador tenía que largarse.

Acá, en España, pasa un poco lo mismo: sobramos todos los que no somos Sánchez; o siquiera sanchistas, como mal menor a ojos de Sánchez. 

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14.10.20

Encarnación de la época

Me ha interesado mucho El final de la aventura de Antonio García Maldonado (La Caja Books), porque en este su primer libro el autor muestra, por extenso, algo que suele asomar en sus artículos (en especial en los de The Objective): la preocupación apasionada por los problemas de la época, que se funde con las preocupaciones personales. De modo que se produce una suerte de encarnación de nuestro tiempo: este respira en el autor, se manifiesta en sus peripecias a manera de parábolas –narrativamente–, y dota de tensión y dramatismo sus reflexiones. Reflexiones que, por ello, no son solo intelectuales, sino también existenciales.

Su instinto espoleado por la insatisfacción ha dado con una formulación brillante: el asunto de nuestro tiempo es la falta de aventura. Hallazgo que redondea con la consideración de la aventura como un impulso colectivo, o que junto con su carácter individual tiene efectos colectivos. Esto le permite ocuparse de las cuestiones de la época con vivacidad: como si le fuera la vida en ello; la vida que vale. Me he acordado de la canción de Caetano Veloso “O último romântico”, que dice en un verso: “Tolice é viver a vida assim sem aventura” (tolice es tontería, estupidez). La inquietud de Antonio García Maldonado tiene ese indudable origen romántico: lo bueno es que sería un romanticismo que está al día, perfectamente informado de la problemática contemporánea.

Además de repasar algunas aventuras históricas, como las grandes aventuras de la navegación y los descubrimientos, El final de la aventura constata el parón de nuestros días, en que las aventuras reales –las de la vanguardia tecnológica y científica, por ejemplo– están reservadas a unos pocos: la abrumadora acumulación de conocimientos exige una especialización extrema también en este campo. No obstante, el autor se resiste a ser pesimista (algo que indica en el libro y resalta en la espléndida entrevista que le han hecho en El Asombrario) y apunta a dos aventuras colectivas que le aguardan a la humanidad: la lucha contra el cambio climático y las exploraciones espaciales que están por venir (“la colonización espacial como la aventura de nuestros hijos”, escribe).

Con una excelente escritura ensayística, Antonio García Maldonado tantea estos acuciantes asuntos, se pregunta y esboza propuestas, apoyándose en fuentes especializadas y, lo que es muy grato para el lector, en novelas, series y películas: la más recurrente de todas, Master and Commander. Por la implicación del autor, El final de la aventura termina siendo una “biografía involuntaria”, algo que él mismo reconoce en la coda, de tono más confesional. Aquí se encuentra mi párrafo favorito del libro, que me permito citar entero para concluir, porque lo resume a la perfección:
A veces reconozco que estoy pasando un mal momento a través de gestos intuitivos en los que reparo cuando ya están en marcha. Cuando voy a una librería y me encamino sin pensarlo a la sección de libros de ciencia, sé que estoy buscando respuestas que no existen, o que no están ahí, que el gesto obedece más a la necesidad que a la curiosidad que siempre he tenido por la astronomía, la física o la medicina. De la misma forma que me pasa cuando imagino y miro con envidia la vida de la vanguardia científico-técnica que sí tiene acceso a las aventuras de nuestro tiempo. O cuando me pongo alguna película de aventuras, como la que ha servido de guía discreto en este libro. Lo que desde fuera puede parecer un pasatiempo banal y una sana costumbre para evadirse, para mí suele significar lo contrario. Somatizo rápido, y suele empeorarme, además del ánimo, el asma y las contracturas. ‘La mente sufre y el cuerpo pide ayuda’, como le recordaba el cardenal Lamberto a un sufrido –y diabético– Michael Corleone en El Padrino III.
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12.10.20

El Jardín de Epicteto

A los ‘happy few’ (los pocos felices, que somos muy pocos y cada vez menos felices) solo nos cabe el repliegue helenístico o alejandrino. Lo he escrito más de una vez en los últimos años, porque están siendo años de descomposición y el repliegue es lo que se corresponde. Después del interés por la vida pública de Platón y Aristóteles en la Grecia clásica, vino la desbandada hacia la privacidad de los escépticos, los cínicos, los epicúreos, los estoicos... Una figura contemporánea equivalente sería el emboscado de Jünger.

Lo que está pasando en España es desolador. Yo estoy asustado con lo que estamos viviendo y aún más con lo que viene. Jorge San Miguel, en un artículo reciente sobre “la nueva normalidad” que está montando el Gobierno, aconseja “desinvertir emocionalmente en el país y, desde luego, en el 78”. En efecto, solo es fuente de frustración mantener el vínculo con algo que se deshace sin remedio. “Desinvertir emocionalmente y cultivar un jardín; el que lo tenga y mientras se pueda salir a la calle”, concluye San Miguel.

El jardín remite al de Epicuro: un recinto de placeres, o al menos de serenidad placentera, de ausencia de dolor y perturbaciones. Aunque me temo que los placeres van a ser un lujo. Habrá que disfrutarlos cuando se presenten, cuanto se pueda. Pero preventivamente yo invitaría a la reclusión en el Jardín de Epicteto. De los estoicos grecolatinos –Zenón, Crisipo, Séneca, Marco Aurelio...–, Epicteto fue el que con más ahínco predicó la imperturbabilidad. Los ‘happy few’ tendremos que ejercitarnos en ella para no terminar amargados.

“¿Cómo se desinvierte emocionalmente en tu país?”, preguntó Kehre, un compatriota que vive en Alemania. No es fácil. Ni siquiera creo que sea posible. Pero hay que distanciarse un poco para no ser devorado, para no formar parte del fango. Tal vez por medio de la comedia. Lo más difícil es encontrar el tono. Uno que lo ha encontrado ha sido Ramón de España, con sus divertidísimas piezas (en vídeo y por escrito) sobre el “manicomio catalán”. Un manicomio que ya ocupa toda la península (y sus islas).

No sé muy bien si el derrotismo fomenta la derrota, pero sí que el triunfalismo no fomenta el triunfo (y que luchar ahora no sirve para nada). Si estamos en una posición perdida, como creo, la cuestión es si entregamos también los momentos que preceden al definitivo. Porque esos aún podrían ser nuestros: hasta la patada en la puerta.

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