27.8.22

Cuento de verano

[Dietario]

En bandeja de plata. Vuelvo a Torrequebrada, al cuarto y la terraza que me deja Nádia, con la que mantengo ahora una amistad humorística (les dice de mí a otras brasileñas: "Ele é cheio de histórias!"). Durante un mes, si nada precipita mi marcha, desayunaré frente al mar, que a esa hora es la bandeja de plata donde me vienen el café solo y el pan con aceite y jamón. Podré ser más o menos feliz, pero viviré en el decorado de la felicidad. 

Sigue la escalada. El sábado quedo con Rafa Gª Maldonado en el Rastro de Fuengirola, donde él vive. Hace mucho calor y voy mangacortista y pantaloncortista. Al verlo llegar con sus mangas largas le digo: "¡Llevo todos los cortismos que puede llevar un hombre, y si lleva más, no es un hombre!". En los puestos no hay nada que merezca la pena, salvo una edición de Bella del Señor que él se compra. Sí pesco frases, como siempre. Una señora recuerda con cariño lo que decía uno que ha muerto y cuya pareja iba con otros: "Más vale un bombón compartío que una mierda p'a cada uno". Un vendedor dice la que es ya definitivamente la mejor frase de vendedor de la historia: "Las mujeres no vienen a comprar, ¡vienen a quitarme dinero!". Luego, comiendo churros, Rafa me habla de su nueva novela, que saldrá en otoño: El desaliento, en que recrea su experiencia como sanitario en Senegal. 

Primer baño. Qué momento el de meterse un año después en el mar. Es como volver a la verdadera patria: la de la flotación, la de la ingravidez. Una paz placentera, hecha de agua, cielo y sol. Con la alegría de que queda todo agosto por delante; y la inquietud, al emerger de un corto buceo, por lo rápido que pasará. 

Aguas calientes. Este verano el mar está caliente. Hace demasiado calor y ni siquiera hay brisa. En el apartamento me paso las horas con la que fabrica el ventilador. El agua calentorra sí me gustaba de niño. Entonces las madres nos llevaban a la playa de la Misericordia, donde desembocaba la corriente de la central térmica que había allí. Era maravillosa la mentalidad de las madres: no tenían en cuenta la toxicidad de los residuos, pero el agua era buena para los niños porque venía calentita. Recuerdo que aquellas tardes nos daban de merendar (era finales de los setenta) los polvos naranjas que se echaban en agua del grifo para hacer zumo, Tang creo que se llamaban. El complemento sólido no era menos artificial: bollería industrial o, condescendiendo algo con lo natural, un bocadillo de mortadela con aceitunas. Estoy convencido de que los niños malagueños de mi generación estamos inmunizados contra cualquier ataque atómico que se produzca: nos metieron de pequeños en la marmita radiactiva. (¡También jugábamos alegremente con el mercurio de los termómetros rotos!) 

Cosas del directo. Me convoca Paco Beltrán para entrevistarme en su podcast Pianista en un burdel. Me dice que la luz me tiene que dar de frente y el único sitio en el apartamento con esa luz es en la terraza. No se emitirá en directo, pero la grabación sí lo será. Hemos quedado en que nos conectaremos hoy, un martes de mediados de agosto, a las once y media de la mañana. Los días anteriores he vigilado que no dé el sol a esa hora en el sitio en el que voy a poner la mesa y que las condiciones acústicas sean las adecuadas. Todo ha ido bien, en los días anteriores. Pero hoy el jardinero se ha puesto a trabajar en el jardincito de abajo con su horrísono soplahojas, y por mi terraza se han descolgado unas cuerdas y a continuación dos trabajadores. Resulta que han venido a reparar en las fachadas (¡hoy!) los desperfectos de la lluvia de barro de marzo. Así que falta media hora para la conexión con Beltrán y tengo al soplahojas debajo y a los obreros gritándose muy obreramente en mis narices. Pero cuando llega el momento, ¡milagro! El soplahojas se para y los obreros se largan a otra pared desde la que ya no se les oye. Cosas del directo esto también, supongo. 

Cuento de verano. Como todos los años, me propuse leer poco y escribir mucho, pero he escrito poco y he leído mucho. Encima me he montado un ciclo de películas de Éric Rohmer en la terraza, por la noche: minicine de verano, con el ventilador (sin rebequita). Una se titula Cuento de verano, pero casi todas son cuentos de verano. En cuanto a la lectura, horas tumbado o en la mesita frente al mar. Un placer culpable. El propósito segrega su zumo cuando se incumple: gustoso pero un poco amargo. Mi cuento de cada verano, ahora que lo pienso, es que voy a escribir. 

Fin del cuento. Llego al final de agosto barbudo y melenudo (bueno, con las hebras formando una masa, mi canto del cisne capilar). Siempre hay un día transparente, en que el azul del mar se intensifica y corre un airecillo fresco: se insinúa septiembre de pronto y es una sorpresa. Las noticias anuncian que el cuento no acabará bien. 

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En Diario Sur.

16.8.22

El autor religioso (y otros apuntes sobre el atentado a Rushdie)

Treinta y tres años. Era mi último año de carrera y me recuerdo caminando con el profesor Romero Esteo, como a veces hacíamos, por los Montes de Málaga. Recuerdo la extrañeza ominosa de la llamada del tétrico teócrata Jomeini a que cualquier fanático del mundo asesinara al escritor Salman Rushdie. Era de una sordidez insoportable aquella "activación mundial de majarones con cuchillo", como dijo Romero Esteo. Treinta y tres años después un majarón activado, que ni había nacido entonces, ha acuchillado a Rushdie.

El autor religioso. Con lo de "autor intelectual" de un atentado se hace referencia al que lo ha ideado o planeado, no a que se trate de un intelectual. Lo que pasa es que tantos intelectuales han suscrito crímenes que se impone ese aspecto semántico. De hecho, desde el comienzo del siglo XX no ha habido ni un crimen con coartada política que no haya contado con sus intelectuales. En el caso de Jomeini y demás ayatolas que nos han venido tocando la pirola, resulta pertinente la traducción intuitiva del "clerc" francés como "clérigo". El título de Julien Benda La trahison des clercs incluiría así a Jomeini entre los traidores o amigos del crimen, no ya intelectual sino religioso. Se puede hablar de él como "autor religioso" del atentado a Rushdie.

Yihadistas de casa. Tras el atentado a Rushdie, como tras el 11-S, el 11-M, los atentados de Barcelona o la matanza de Charlie Hebdo, las condenas suelen hablar de los fanáticos, o como mucho de los fanáticos "de todas las religiones", sin mencionar el islam. Son condenas correctas, aunque se escamotea algo cuando no se atiende a la proclividad del islam a incurrir en fanatismos (ni al hecho de que todos los atentados mencionados sean islamistas). Por lo demás, en efecto, el problema es el fanatismo: de todas las religiones y de todas las ideologías; siendo el de las religiones el modelo puro del fanatismo. En casa hemos tenido también a nuestros yihadistas con boina, que mantienen un alucinante predicamento.

Esa prensa canalla. La prensa de ETA (aquel Egin de la ayatolesa Aizpurua) culpaba a las víctimas, como la iraní culpa a Rushdie. Son manifestaciones tanto del fanatismo como de la traición de los intelectuales (y los clérigos). Más risible es esa prensa habituada a acusar al menor indicio que se desvanece ahora en vaguedades. The New York Times ha dicho sobre el atentado: "A motive was unclear" (David Mejía se ha dado el gustazo de tuitearles: "I have some information regarding the motive"). Y elDiario: "Se desconoce qué motivó al presunto agresor de Salman Rushdie" (Daniel Gascón, aprovechando que lo ilustraban con una foto de Rushdie en camisa de manga corta, tampoco se ha privado de reírse: "No se descarta la polémica del mangacortismo").

Más literatura. Como ha escrito Alberto Olmos, lo que consiguen estos ataques a la literatura es "generar más literatura". Aparte de que ahí, en la lucha entre el literalismo opresor y la liberadora literatura, está el núcleo del asunto, ocurre que Rushdie escribirá en cuanto pueda de lo que le ha pasado: incrementará la cantidad de aquello que irrita a los ayatolas. Por otro lado, he estado pensando también en la literatura estos días. Principalmente en Borges y sus cuentos de cuchilleros. Borges (autor del verso “el íntimo cuchillo en la garganta”) era sensible a la oposición entre el mundo de las letras y el de los cuchillos. Sentía una mezcla de fascinación literaria y terror real, que plasmó en el destino acuchillado (salvo que fuese una alucinación) del personaje Dahlmann de “El Sur”. Rushdie ha experimentado esa brutalidad, pero podrá contarla. 

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9.8.22

El burreo a Sánchez

Ayuso y Feijóo le han cogido el tranquillo a Sánchez. Los sanchistas están desesperados. Empezando por Sánchez, el primer sanchista. El burreo a que Ayuso y Feijóo lo están sometiendo es formidable. Yo, que no votaré al PP (¡mi desclasamiento tiene un límite!), me lo estoy pasando pipa.

El espectáculo se extiende a los medios, que se alimentan en parte de la universidad. Es impagable ver a renombrados académicos dándole un poco de elaboración (tampoco mucha) a lo que sale del PSOE. Ahora la consigna es decir que Ayuso es la verdadera cara del PP, cuya careta es Feijóo. Acusan a Feijóo de ser un falso moderado. Los instrumentos de medición de la moderación de estos científicos sociales pasan sin alterarse por el inmoderado Sánchez y sus inmoderadísimos pactos con populistas, independentistas y proetarras. Pero en cuanto Feijóo alza un poco la voz, se contorsionan como sismógrafos histéricos. Es, ya les digo, muy divertido.

Los de Ayuso y Feijóo son estilos diferentes, pero no opuestos como insinúa Ramoneda (ese Vallín con lecturitas), sino complementarios. El problema para Sánchez es que los dos funcionan. Casado no funcionaba, y con él Sánchez, que tampoco funciona, se sentía a gusto. Aquel gritón desmenuzado le permitía a Sánchez posar de estadista, aunque fuese de medio pelo. No resultaba convincente, pero al menos tenía espacio para la pose.

La chulería de Ayuso, desparpajada, ligera, cayendo en gracia, era ya una cosa que Sánchez no sabía manejar (y no digamos Iglesias, que se dejó la vida política en ello). Ayuso es fullera, efectista, barata: lo mismo que Sánchez, pero con la diferencia de que a Ayuso le sale y a Sánchez no. Y además Ayuso tiene un toque de alegría mientras que a Sánchez lo domina el espíritu de la pesadez.

Pero la gran respuesta a Sánchez es la de Feijóo: adulta, seria, senatorial (esto último, reconozcámoslo, sin la cultura sólida de los viejos senadores). Feijóo se sale del círculo vicioso de la respuesta a Sánchez, que tiende a ser rebajada por inspiración del personaje, para ofrecer una alternativa teatral. En efecto, eran representaciones las que estaban en juego. Feijóo ha expresado muy bien su principal propósito: "no ser Sánchez".

No sé si en el futuro habrá tensiones entre el estilo de Ayuso y el de Feijóo (cuando este llegue a la presidencia del Gobierno a lo mejor la situación cambia), pero en el presente conviven. Y hasta se refuerzan mutuamente. Funciona el burreo a Sánchez. 

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2.8.22

Moralización desmoralizadora

Con el PSOE de Sánchez, que ya es el único PSOE, nos hemos acostumbrado a todo, pero aún caben sorpresas para mal. Su respuesta a la confirmación de la sentencia de los ERE reconozco que no me la esperaba. Es torpe y todavía peor: es ilustrativa. Nos muestra dónde se ha colocado el PSOE, que es un sitio chungo. (Y cuando digo PSOE digo también su entorno mediático: ¡vaya espectaculito!)

Hasta ahora el ping-pong entre el PSOE y el PP por la corrupción era irritante, pero inteligible. Se trataba de excusar a los propios y acusar a los de enfrente sin medida. La explicación era tal vez más psicológica que estratégica: en el furor contra la corrupción de enfrente se cargaba también lo que se callaba de la propia. Producía bochorno, pero al menos se mantenía a salvo una noción importante: la de que la corrupción era mala. Ahora el PSOE ha introducido la idea de que existe una corrupción buena: la que practica el PSOE.

Ha eclosionado de este modo la perversa lógica partidista asociada a la moralización; o dicho de otra manera, el vaciado moral (repleto, sin embargo, de retórica moralizante) a cambio de la ideología.

El PSOE ha sido campeón en el no siempre recomendable solapamiento de moral y política. Dos ejemplos vistosos: el lema del centenario del partido, "cien años de honradez"; y el momento en que Sánchez le dijo a Rajoy "usted no es decente", acusación que sintetizaría después el espíritu de su moción de censura. El problema es cuando esta exigencia no se funda en la pulcritud propia, sino que es una mera palanca para la fiscalización de la ajena.

El "estilo ético" con el que el PSOE llegó al poder va a hacer en octubre cuarenta años se terminó envolviendo en corrupciones que los socialistas que no las practicaban tampoco las censuraban, de acuerdo con la lógica partidista. Esta lógica es perversa, como dije antes, porque concluye en que la bondad no depende de las actuaciones, sino de la adscripción al partido: lo que se hace en el partido es bueno por definición. Es una lógica perversa pero íntimamente culpable: por eso se mantiene oculta. Ha hecho falta un Sánchez para explicitarla.

La consecuencia de la expansión de esta mentalidad despótica, arbitraria, ajena al Estado de derecho, es la desmoralización pública. Se impone entonces el individualismo tramposo entre los avispados; y entre los elegantes o lentos, la emboscadura, el repliegue helenístico o alejandrino.

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30.7.22

Destino caluroso

[Dietario]

Verano anterior. Desmonto el ventilador para limpiar el polvo adherido a las aspas. Es lo que queda del verano anterior. Como lo tuve entero en marcha, ese polvo se corresponde con los minutos y segundos de aquel verano. Cada mota se fue pegando individualmente, hasta formar el tejidillo que quito. Desde ahora empezarán a acumularse las del verano presente, en este extraño reloj de polvo asentado donde nace el viento.

Alumnos de Almogía. Cuando le digo a Lola que toda mi familia procede de Almogía, me cuenta que en el instituto en el que estuvo antes de profesora, el Picasso, tenían muy buena fama los alumnos de allí. Era el instituto de Málaga en el que solían matricularse y cada vez que llegaba uno los profesores se alegraban. "Eran muy nobles, buenos y estudiosos".

Para lo que pueda venir. Siempre me acuerdo de la primera vez que visité la casa de mi hermana Lina y Sergio, mi cuñado, cuando se casaron. Después de enseñarme la cocina, el salón, el baño, el dormitorio y un despachito, abrieron la puerta de un cuarto grande vacío y Sergio dijo: "Y esto, para lo que pueda venir". Vinieron mis sobrinos Julio y Ana, que en septiembre se irán a estudiar fuera, en la universidad.

Tatuaje. Por calle Mármoles corre hacia mí, alocada, una niña muy pequeña. Pasa rozándome. Detrás viene la madre, que grita su nombre. Mientras lo grita (es uno de esos nombres exóticos que se llevan ahora) me pongo a leer la palabra que la mujer lleva tatuada en la garganta, como una cuchillada, y es ese nombre.

Castillo de Santa Clara. Visito a Curro y Almudena en el Castillo de Santa Clara, donde están pasando el mes de julio. Curro, aunque es malagueño, nunca había vivido en Torremolinos y repite: "¡Torremolinos es infinito!". Pero más infinito es el Castillo de Santa Clara por dentro. Ya no es un hotel, sino un edificio de apartamentos vendidos y alquilados. Curro me espera en la puerta para atravesar el laberinto. Es portentoso, alucinante. Larguísimos pasillos llenos de puertas tapizadas como sofás. El hotel de El resplandor impresiona menos. Por fin llegamos al apartamento con vistas al mar. Pero el mar se queda corto comparado con el interior del Castillo.

Entre Suintila y Leovigildo. Me voy el penúltimo fin de semana de julio a Madrid, pese a las advertencias catastrofistas sobre el calor. En cuanto me bajo del Ave compruebo que, en efecto, el calor es catastrófico: un sol violento, que estrangula. Uno va avanzando como por dentro de una rebanada de pan tostado. En el hostal me dan una habitación espléndida con vistas al Palacio Real. Me doy algunos paseos por la acera de sombra, visito librerías, tomo unas cañas. Solo veo a Pilar, el sábado por la noche. Me cuenta sus horribles semanas calurosas. Entramos en el Alphaville (así lo seguimos llamando) a ver la película de Jonás Trueba. Es mi segunda vez, pero a la salida compruebo que ella ha captado más cosas que yo. Yo me limitaba a disfrutar, sin tensión, las tranches de vie; ella ha identificado un conflicto, un argumento, y la explicación de la risa final de la protagonista. Caminamos desde la plaza de España hasta la plaza de Oriente, las nuevas obras. El acceso ahora es precioso. Pilar moja su foulard en una fuente para refrescarse, pero el tejido es sintético y no se empapa. Tomamos algo en la plaza de Ramales. A la una de la madrugada, con todo ya cerrado, nos sentamos a charlar entre dos reyes godos de la plaza de Oriente. Pasa lejos el camión de riego y Pilar fantasea con ponerse delante de la manguera como en La ley del deseo. Con Almodóvar, por cierto, nos cruzamos antes en la puerta del Alphaville: llevaba una camisa de manga corta amarilla. A las dos la acompaño a su coche, que aparcó en Argüelles, y a mi regreso al hostal veo que están echando agua los aspersores donde estuvimos sentados. Se lo escribo en un wasap y Pilar responde: "¡No seré nunca una chica Almodóvar!" Quiero saber entre qué reyes nos sentamos: Suintila y Leovigildo.

Katz. El domingo hago una planificación de la que me siento orgulloso: ¡una planificación de alemán! Como el hostal tengo que dejarlo a las 12:00 y mi tren sale a las 17:35, una manera de pasar a la sombra las peores horas es metiéndome en el Thyssen. Este era el motivo de mi viaje: ver la exposición de Alex Katz, pintor del que me enamoré en su exposición en el CAC de 2005, justo cuando volví de mis años en Madrid. Me demoro ante cada cuadro, pero como tengo tanto tiempo por delante puedo darme una vuelta por todo el museo. Está bien esto de deambular sin prisa por las salas. Antes de salir vuelvo a Katz para irme con su sabor. Me tomo un bocadillo de calamares en El Brillante. Y durante el viaje veo por el iPhone la última etapa del Tour. Ya lo dije: ¡una planificación de alemán! (Luego he sabido que ese día Katz cumplía 95 años.) 

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26.7.22

Contra la Transición

Es ridícula ya la batallita esta en favor de la Transición. Yo he participado en ella y supongo que seguiré participando: sé desde dentro que es ridícula. Si unos han decidido romper los consensos, no hay nada que hacer. Dos no se juntan si uno no quiere. Predicar para nada, ridículamente: en eso estamos.

Para la repetida pregunta de cuándo acaba la Transición yo tengo mi respuesta: no se acaba nunca, esto es un naufragio permanente. La transición es hacia el hundimiento. "Algo así como España entre dos guerras civiles", dijo el poeta. La Transición fue también la guerra civil por otros medios.

Nunca dejó de latir el guerracivilismo, pasados los acuerdos iniciales. El recurso último en la confrontación partidista fue con frecuencia el intento de deslegitimación del contrario. No se le quería fuera del poder: se le quería fuera del sistema.

La danza de los dos grandes partidos, cuando no se trataba del reparto del pastel, fue siempre una danza macabra. Los dos conglomerados político-mediáticos iban a muerte el uno contra el otro.

El conglomerado del PSOE aspiró al monopolio durante los gobiernos de González. Contra él se alzó el llamado "sindicato del crimen" periodístico, cuya expresión terminó siendo la frase de Aznar "váyase, señor González". Cuando el PP iba a ganar las elecciones, la respuesta del PSOE fue acusarlo de fascista con el spot del dóberman de 1996.

Los gobiernos de Aznar tampoco fueron perdonados. La culminación se alcanzó tras los atentados del 11-M de 2004, en que a Aznar se le llamó directamente asesino. Acusación de vuelta, cuando los "conspiranoicos" de la derecha insinuaban que la que estuvo detrás de los atentados fue la izquierda. Como escribí en su día, se dio aquí una curiosa versión a la inversa de la lucha a muerte hegeliana: no se trataba de matar al contrario, sino de acusarlo de asesino. (En algo se tenía que notar la civilización de los tiempos.)

Con Zapatero el guerracivilismo latente se hizo explícito. Tras el paréntesis de Rajoy (atormentado por la crisis independentista), con Sánchez el guerracivilismo se encuentra en su esplendor. Podemos y Vox han venido a materializar de un modo más abrupto los bandos. En unos extremos en los que, por lo demás, han solido mantenerse los nacionalistas.

De manera que defender la Transición como el momento en que la Historia de España se propuso ser diferente de sí misma es ridículo. Hay lo que había, a diestra y siniestra: franquismo sociológico. 

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20.7.22

'Leontiel': el poder y el estilo

Con Leontiel (Anantes), Sanz Irles alcanza a darnos lo más lujoso que nos puede dar un escritor: un fruto extraño. Es decir, una obra singular, con poder propio, seductora y perturbadora, original, que no teníamos antes. En sus dos primeras novelas, Una callada sombra (2012) y Tulipanes y delirios (2016), ya estaba el autor con la potencia que exhibe en Leontiel; pero es aquí donde se cumple: con ella pega el salto. Además de estas tres novelas, de un juvenil poemario, Las gaviotas de hielo (1982), y de una excelente traducción de La tierra baldía de T.S. Eliot (2020), ha publicado una colección de artículos sobre literatura, Texto sentido, que lo muestra como un refinado gourmet de letras y retóricas. Es bonito pensar que, si Leontiel no fuera suya, sería una de esas obras con las que tanto disfruta el lector Sanz Irles. Yo carezco de su paladar exquisito, incluso de su amor incondicional a la literatura, pero apuntaré las razones por las que Leontiel me parece una gran novela.

Sanz Irles se acoge al procedimiento del territorio inventado (en su caso el pueblo de Leontiel), que en los grandes creadores refuerza la concepción de la literatura como arte fundacional y en cierto modo autónomo. Aunque son múltiples los referentes, las fugas hacia la realidad de la novela, prima el carácter de artefacto literario de lo que estamos leyendo, que es un mundo hecho de palabras. Esto ocurre, en verdad, en toda obra literaria, pero en Leontiel las dos facetas están acentuadas: la del mundo exclusivo que hay en la novela y la del entramado verbal (rico, potente, deslumbrante) que lo construye y sustenta.

Me consta que, para la población de Leontiel, Sanz Irles no se inspira en el Macondo de Gabriel García Márquez (estaría más próximo, aunque sin identificarse con ellas, a la Yoknapatawpha de William Faulkner o la Santa María de Juan Carlos Onetti), pero en mi experiencia de lectura hubo algo poderoso que me gustaría revelar: de pronto, metido ya en la novela, me asaltaron las mismas sensaciones inaugurales que cuando leí Cien años de soledad a los dieciséis años. Toda la desgana, y confieso que el desdén, que en las décadas posteriores he venido acumulando contra la literatura de García Márquez se disiparon para reencontrarme con el lector puro que fui: y esta alquimia es mérito de Sanz Irles. Para poner algo más en situación a los posibles lectores, añadiría que junto con Faulkner y Onetti (y aquella percepción primitiva de Macondo), en Leontiel habría aires del Camilo José Cela tremendista, del Miguel Delibes de Los santos inocentes, del Gonzalo Torrente Ballester de Los gozos y las sombras o de El Gatopardo de Lampedusa. Sin que ninguna de estas aproximaciones agote la originalidad de la novela de Sanz Irles, que incluye ciertos raptos de puro entusiasmo por el mero hecho de narrar.

Una manera de definir Leontiel, creo que bastante precisa, es diciendo que se trata de toda una saga desarrollada y resuelta en menos de trescientas páginas. Un material que podría haber dado para varios tomos, no en vano cuenta la vida de tres generaciones, el autor lo concentra en uno solo y no excesivamente extenso: con la consecuente ganancia en intensidad y abundancia de acontecimientos que, sin embargo, no se ofrecen atropelladamente, sino con un pulso a la vez vibrante y majestuoso.

La saga en cuestión es la de la familia de los Montero-Estella, también mencionados de acuerdo con su contracción: los Montella. La frase con que comienza la novela da la clave absoluta de la misma: "Los Montero-Estella han mandado siempre en Leontiel". Hay una familia de poderosos y un lugar en el que mandan. Del lugar se dan indicaciones suficientes como para que sepamos que está en el noroeste de España (hay una población concreta altamente candidata como inspiradora, pero su deducción se la dejaré a los lectores).

Y hay otro elemento en la frase: ese "siempre", que marca el aliento temporal de la narración. Por un lado, se presenta como mítica la fundación de la estirpe por parte de Lorenzo Montero y Leonila Estella (obsérvese en los apellidos la ambición de totalidad: el primero remite a la tierra, a los montes; el segundo al cielo, a las estrellas), que se relaciona –con metáforas justificadas por el narrador– tanto con el desembarco del Arca de Noé y, antes aún, con el paraíso primigenio ("Adán y Eva parecían"), como con la fundación de Roma ("lobas capitolinas). Por el otro, el pueblo mismo parece estar sustraído a la historia: "En Leontiel las cosas pasaban despacio. Tanto que hasta se podía pensar que no pasaban. Tanto que ni siquiera la historia parecía conocernos y los cambios que trastocaban muchos pueblos cercanos, de los que a veces teníamos noticia, daban un azarado rodeo para no entrar en el nuestro y retomaban su curso una vez esquivado". Esta situación ahistórica del pueblo se subraya con el punteo de alusiones a lo que va pasando fuera: la revolución rusa (los Montero-Estella llegan a Leontiel en 1917), la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la guerra civil, el franquismo, la democracia...

Como dijo Carlos Mayoral en la presentación de Leontiel en Madrid, los dos ejes de la novela son el poder y el estilo: el poder por el tema principal; el estilo por el ropaje verbal con que el autor lo viste: una vestimenta forjadora del cuerpo que la habita.

Sanz Irles no ha querido ocuparse del poder desde un punto de vista histórico, como hemos visto, ni político, por rehuir las soflamas imperantes: le interesa el poder psicológico (dominio, sumisión, castigo, rebeldía, intento de indiferencia) y las relaciones de poder –jerárquicas– entre las personas, en las que además de la psicología cuentan el sexo, la fuerza, la violencia y el dinero. Obviamente, estos son indiscutibles elementos políticos: pero a lo que asistimos en esa suerte de laboratorio aislado que es Leontiel es al nacimiento antropológico de la historia, de la política.

La novela no la cuenta un Montella sino Ramiro Ariza, nieto e hijo de empleados de los Montella, en la primera y tercera parte; la segunda es una suerte de panóptico con escenas de diversos personajes de Leontiel en una jornada específica. Adonde a Ramiro no le alcanza la experiencia personal, se sirve (es un recurso que ya mencionaba Proust en En busca del tiempo perdido) de lo que se sabe y dice en el pueblo y, sobre todo, de la experiencia de la abuela. Esta es uno de los potentes personajes femeninos de la novela, junto con la fundadora Leonila, Ana Almenar Kovacs ('la Húngara') y Leonor Montero-Estella Almenar.

Al cabo, el poder de los Montero-Estella está contemplado desde fuera. La mirada algo melancólica de Ramiro se acoge a otro poder superior, el del tiempo, que desmorona aquel dominio que parecía intemporal: "Ha llegado la hora de perecer, de esfumarse en el tiempo sin ni siquiera girar la cabeza para decir adiós". Y por último: "Ya nada de este mundo te concierne. [...] Tú ya solo debes prepararte para el inminente olvido". Desde el vacío final permanece al menos algo: los trazos de esta historia de poder inscritos en una novela, Leontiel, que quedará. 

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19.7.22

Las cloacas de Poe

Cloacas del poder existen en todos los países. Lo singular de España es la cantidad de porquería que circula por la superficie desinhibidamente.

El comisario Villarejo, ese Torrente con pinta de Savater, al menos conocía las leyes del pudor: grababa las cintas, pero luego las guardaba. Y si amenazaba con ellas, era apelando al pudor de sus grabados. No dejaba de ser, como decía La Rochefoucauld de la hipocresía, homenajes que el vicio le rendía a la virtud.

Pero por encima de las subterráneas cloacas, tenemos en España un sistema de pasarelas móviles que exhiben el detritus. El dueño de cada porción de basura, lejos de esconderse, permanece junto a ella: en el escaparate está el dueño con su basura, a modo de mascota, de la que se siente orgulloso.

La socorrida imagen de “la carta robada” de Poe viene a cuento. Aunque con una variación. Aquí no se trata, como en el relato de ese título, de que la policía registre minuciosamente la habitación en busca de la carta que, ajena a sus ojos, estaba a la vista en la mesa. Aquí el personaje que denuncia las cloacas lo hace no solo con métodos cloaquescos, sino mostrando con descaro su propia cloaca, en la que el público (como los policías de Poe) no repara.

Pablo Iglesias es hoy el gran ejemplo. Lleva días en La Base con el tema de Ferreras, como hacía Ferreras cuando pillaba un tema. Era la técnica de García con el deporte o la de los periodistas del corazón en sus programas. Iglesias, el Antonio David de la ideología, es uno de ellos. Su carrera política, con la que alcanzó una vicepresidencia del Gobierno, no fue más que un rodeo para sofisticar La Tuerka.

Ahora está convencido de que las cloacas, con Ferreras, Villarejo e Inda, frenaron a Podemos. Es una manera interesada de ver las cosas, porque le exime de asumir que el que frenó a Podemos fue él. Lo frenó tras impulsarlo, ciertamente. Impulso en el que colaboró muchísimo Ferreras, que no se ocupaba de Podemos cada día, sino cada hora y cada minuto. Y ya era cloaquesco entonces: Podemos fue impulsado por aquella cloaca.

Ahora, mientras denuncia las cloacas, Iglesias y los suyos (esa Familia Manson: ojo, encabezada por Antonio David) reparten mierda con su cansina matraca ideológica: no es que haya cloacas, es que toda crítica a él y a Podemos no puede sino provenir de las cloacas. La derecha entera y la izquierda crítica son cloacas, según su discurso cloaqueril. Un discurso que se caracterizó siempre por su matonismo, no solo hacia fuera sino también hacia dentro de su propio partido.

Pero Iglesias no tiene el monopolio de las cloacas a la vista (si bien es cierto que simpatiza con casi todas). Están las cloacas del nacionalismo, igualmente aficionado a denunciar las cloacas ocultas mientras expone las suyas con alegre desfachatez: desde su discurso xenófobo y divisor hasta el incumplimiento de leyes y sentencias de los tribunales, pasando por sus arrebatadores momentos golpistas de cuya repetición alardea.

Al Gobierno Sánchez tampoco le faltan sus cloacas en exhibición, con su ristra de corrupciones legales como son las concesiones al independentismo y al proetarrismo, sus indultos caprichosos, su permisividad ante el incumplimiento de sentencias, el destrozo de organismos como el CIS o, lo último, el toqueteo de las leyes para ir imponiendo sus arbitrariedades autoritarias...

Para terminar con Poe, me viene, alterado, uno de sus títulos más célebres: "La caída de la Casa Sánchez". Ocurrirá un día y, por cómo van las cosas, el desplome va a ser el del país entero.

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12.7.22

Desmontando a Bildu (y al PSOE)

La coautoría de Bildu en la Ley de Memoria Democrática tiene una causa inmediata, que es la necesidad del presidente Sánchez de sus votos, no importa lo inapropiados ni repulsivos que sean. Pero, mirado con perspectiva, no viene a ser sino la consumación del espíritu que alentaba la ley precedente, la de Memoria Histórica, de la que la de Memoria Democrática es su versión ampliada. Es como si la astucia de aquella ley guerracivilista de Zapatero (guerracivilista no por su amparo a las víctimas, sino por sus aspectos acusatorios) hubiese desembocado donde tenía que desembocar: en la convocación del movimiento que mantuvo la guerra civil del modo más adecuadamente guerrero, con bombas, disparos, heridos, cadáveres.

Ahora se dice que Bildu no tiene que ver con aquellas "Hazañas Bélicas" (así llamaba Savater a HB, el partido originario de Bildu, el que coexistió con ETA, el que era el brazo político de la mafia que asesinaba), pero esta es una discusión secundaria. Se desenfoca el asunto cuando se reduce a si Bildu es o fue ETA, o si esta dejó de matar o ya no existe. Se busca proyectar entonces en Bildu una inocencia que descuida lo principal: lo peor de Bildu no es lo que fue, sino lo que es. Lo peor de Bildu es la política que propugna, los fines en los que se empeña, su ideología no incompatible con el crimen, su visión de la historia reciente de España: esa visión que pretende ser fijada en la ley en la que participa.

Para Bildu no hubo democracia tras la muerte de Franco. Se prolongó el franquismo. La Constitución del 78 fue un disfraz. El "régimen del 78" debe ser dinamitado, como debió ser dinamitado el régimen de Franco, que en lo sustancial es el mismo régimen. En esta manera de verlo le va la vida. Si las cosas fueran así, la ETA de la que proviene, a la que excusa, cuya existencia defiende, hubiese estado asesinando (desde su lógica) para acabar con ello. De lo contrario, contra lo que ETA hubiese estado atentando habría sido contra una democracia. Este, naturalmente, es el caso: la verdad histórica. Pero esta verdad histórica Bildu no se la puede permitir.

En cuanto al PSOE, tiene gracia que el partido que se cuadró ante los GAL, que se manifestó alrededor de la prisión de los condenados, que lució en solidaridad el nombre del de mayor rango, el que fuera ministro del Interior, en una chapita (¡aquella inolvidable de "Yo también soy Pepe Barrionuevo"!), insinúe ahora que todo fue cosa del franquismo, aunque ya gobernase el PSOE. No deja de ser una solución para el PSOE, claro: porque si fuera cosa del franquismo, no habría sido cosa del PSOE. Tampoco cabe descartar que Sánchez haya extendido la acusación de franquista a aquel PSOE, que fue el que terminaría defenestrándolo en 2016.

En lo que se refiere a la militancia, estuvo ayer con aquello como hoy está con esto: es decir, siempre a lo que le echen. Como la consigna actual es el bloquismo, se percibe más próxima a Bildu, que está en el bloque de "las izquierdas", que al PP, que está en el de "las derechas". "¡Con Otegi sí! ¡Con Feijóo no!", podría ser su nuevo grito de lucimiento.

Volviendo al desparpajo con que el PSOE acoge ahora a Bildu como socio, porque ETA ya no mata ni existe, no viene mal señalar que con la Ley de Memoria Democrática se ha puesto a pactar con Bildu cosas del pasado: es decir, cosas de cuando ETA sí mataba (a mansalva) y vaya si existía. 

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5.7.22

¿Recuerdan que son mortales?

No se me quitaba de la cabeza, observando a los mandatarios de la OTAN en la cumbre de Madrid, que los presidentes democráticos ocupan el puesto restringido y frágil que antes ocupaban con fuerza los soberanos absolutos. Sean más o menos conscientes de sus limitaciones, se suele dar en ellos esa nostalgia del soberano que analizaba Manuel Arias Maldonado en su libro titulado así. Subyace el afán absolutista, o el de la omnipotencia de la política, que se manifiesta en sus maniobras o bufidos contra los controles a su poder. Pero al cabo todos tienen como mínimo, sean los contrapesos mayores o menores, mandatos acotados por el tiempo. No así los oponentes dictatoriales a esta OTAN que viene a ser la expresión fuerte de unos poderes frágiles. La OTAN es hoy la democracia armada; no siempre pulcra hacia su interior y no necesariamente para establecer democracias, pero más limpia que sus enemigos.

Si la OTAN tuvo su culpa, como sostienen algunos, en las motivaciones de Putin para invadir Ucrania, ya no importa: la invasión ha justificado no solo su existencia, sino además su rearme. Vuelve a haber una comprensión, diría que física, de que son los ejércitos los que sostienen en último extremo la paz. Los populistas que hablan de destinar su gasto "a escuelas y hospitales" ignoran, con una obscenidad insoportable, las escuelas y hospitales que destruye un invasor, si se le deja. Lamentablemente no hay avance en la historia, como el espejismo de las últimas décadas nos hizo dar por hecho, sino que estamos en la historia de siempre, con su idioma bronco. No es el mundo que nos gusta, pero es el mundo que hay.

Pero a mí me interesa aquí la psicología de los poderosos; los mandatarios que se pavonearon en la cumbre madrileña. Menos ridículos, ciertamente, que los pomposos absolutistas en circunstancias semejantes, pero también algo ridículos. Hay una rigidez insalvable, supongo que deudora de las determinaciones antropológicas relacionadas con la jerarquía. La danza de las carantoñas y las obsequiosidades entre individuos que venderían a su madre por un segundo más en el poder es un espectáculo de primer orden. En este sentido, me parecen más saludables los denostados "planes de señoras" para las primeras damas y los ahora llamados primeros caballeros. (Yo me hubiera colado sin duda ahí.)

Lo precioso de esta cumbre es que el mejor "plan de señoras", el de la visita al Museo del Prado, los incluyó a ellos, a los jefes. Las imágenes entre los cuadros han sido fascinantes. No eran fotos sin más: se produjo en ellas algo extraordinario, un salto. Ese deambular por las salas, con un cierto pasmo, empequeñecidos. Parecían los simios de Kubrick ante el monolito; o el perrillo de Goya asomando la cabecita bajo algo que les excedía.

Soberanos absolutos encargaron o compraron esos cuadros, a veces con retratos de ellos mismos o sus familiares, de los cuales ya no queda sino los cuadros. Tuve la epifanía, tal vez la tuvieron los propios presidentes, de que estaban ante obras que les sobrevivirán, como han sobrevivido a sus iguales del pasado. Me anticipé a imaginar las salas vacías, desvanecidos los espectros que en esencia ya son ("cadáveres aplazados", como decía Pessoa), con los cuadros superiores en las mismas paredes, perdurando. ¿Acaso husmeaban el retrato de Carlos V en la batalla de Mühlberg recordando que son mortales? ¿Eran conscientes de su insignificancia ante Las Meninas? Imaginé ataques de melancolía y metafísica antes de pasar a cenar.

(En un lapso de tiempo más grande también los cuadros desaparecerán un día, ya lo sabemos. Pero esa es otra historia.) 

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28.6.22

El lugar de Balbín

Para ver La Clave había que violentar un poco las cosas. Con el energumenismo de mis dieciséis años, obligaba a que los viernes por la noche se pusiera la segunda cadena en el televisor y no la primera, que era la que todos querían ver. Me comportaba así porque me moría si no veía La Clave: la presentación, la película y el coloquio.

Para este, por lo general, ya solo quedábamos mi madre y yo en la salita, ella haciendo punto pero con el oído pegado. Una noche, no recuerdo el tema, estaban Juan Goytisolo, el dibujante Máximo y el baloncestista Corbalán. En una de las intervenciones de este, con la brillantez que estilaba, mi madre me preguntó si era un intelectual. No, le dije, los intelectuales son los otros. Eran de habla emborronada, ciertamente, Goytisolo y Máximo.

Luego compramos un televisor en color y el otro lo pusimos en el mueble de fuera, frente al que yo acercaba un sillón las noches de los viernes. Con el ruido de la salita de fondo y el ir y venir de los demás al baño o la cocina, yo me encapsulaba en la penumbra con una aparatosidad que hoy me parece ridícula y me abochorna, paro que entonces me daba la vida. (Estoy a punto de que me produzca ternura, pero no me la termina de producir.)

No me enteraba de todo, a veces en realidad me aburría, pero ver La Clave (no había nada parecido) era algo existencial: formaba parte del proceso de abrirme paso a machetazos para salir, no sabía adónde. Tal vez hacia alguna de aquellas sillas en las que unos personajes cultos, que sabían cosas y sabían decirlas, con sus erudiciones y a veces con sus bromas, con su gestualidad seductora, estaban como en la cumbre de la vida.

Yo quería ser unos u otros, pero alguien fundamental era José Luis Balbín, que ahora se ha muerto. También me fijaba en su lugar. Era un lugar educativo. El más raro realmente, el más prodigioso. Corría el riesgo de quedar inadvertido, por ser casi invisible, un mero lugar de paso: aquel desde el que se reparte el juego. No decía nada, solo decía sobre el decir: sobre las reglas, los turnos, la libertad de palabra, la neutralidad, la justicia. Era el lugar que propiciaba los discursos, el que permitía su circulación y la confrontación entre ellos.

Sí, qué raro y prodigioso ese filo. Aquel hincapié en el equilibrio, en el reparto de voces, en la idea de que cada una podía tener su réplica; de que cada una, por convincente que fuese, tenía su contravoz. En verdad, era el mismo espíritu del parlamento, cuya pedagogía se explicitaba en los comienzos de la democracia. La Clave venía a ser un parlamento de expertos, cuyo debate no llegaba a conclusiones ni tenía consecuencias ejecutivas.

Años después Balbín repitió la jugada en su tertulia de radio, la primera y la mejor que ha habido. Se hablaba de actualidad, de política, pero también de la vida. Recuerdo una noche en que Chicho Sánchez Ferlosio explicó como funcionaban las multiplicaciones de la bicicleta de montaña con que circulaba por Madrid. Y otra en que Antonio Prieto dio una lección sobre Petrarca. Puede que España estuviera ya tan embrutecida como ahora, pero la tertulia de Balbín no.

Fue una sorpresa para mí que el PSOE se cargara La Clave. Es una sorpresa de la que en verdad no me he recuperado, pero a la que me he acostumbrado. En las primeras elecciones en que pude votar, las generales de 1986, ya no lo voté. 

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25.6.22

Espontaneidad ensayada

[Dietario]

Saltimbanqui. La academia Malaca cumple cincuenta años. Hace treinta me rechazaron en la primera entrevista de trabajo de mi vida. Fui un poco porque algo había que hacer después de haber terminado la carrera, aunque mi sueño no era ser profesor de español para extranjeros. Yo era un esteta entonces (bueno, casi lo sigo siendo) y no estaba dispuesto a ciertas cosas. Así me fue, así me ha ido. Recuerdo la subida al Cerrado de Calderón y la búsqueda de la academia. Recuerdo la entrevista, en que el entrevistador dijo que un profesor de idiomas tenía que ser simpático, divertido, dinámico. Y recuerdo mi respuesta: "Mire usted, yo no soy un saltimbanqui". Pero lo que define al que yo era entonces no es tanto esa respuesta como que saliese pensando que me iban a llamar.

En La Odisea. Tenía ganas de cenar en la mesa grande del patio de La Odisea y Arias consigue reservarla para después de la conferencia de Josu de Miguel en La Malagueta, para nosotros y los demás catacumbistas. El sitio es perfecto y la velada estupenda. Josu es una especie exótica en nuestro país: un constitucionalista que defiende la Constitución, algo que no está bien visto en su gremio. Nos habla de su jornada en la ciudad: "He visto tantos museos en Málaga que me he mareado. En el Picasso nadie me pidió ticket y entré sin más. Luego vi a un vigilante y le comenté que qué bien que fuera gratis. ¿Cómo que gratis?, me dijo. ¡Usted se ha colado! Otro vigilante que lo oyó le echó la bronca. Me dijeron que tenía que pagar. Me llevaron a taquilla y como tengo el carnet de profesor me salió a cero euros. Me miraron con ganas de asesinarme, pero yo ya había visto el museo y lo que hice fue salir a fumarme un purito".

La Málaga de Losada. Mi amigo el pintor cordobés Miguel Gómez Losada ha escrito un libro, Diario de pintura, y es muy bueno: el libro de un maestro; de un maestro libre. Lo presentamos en Luces. Quedamos por la mañana en el Rastro de Fuengirola, comemos en La Carihuela Chica y en Málaga nos tomamos una copa en el Only You. Llegamos a la librería animados aunque nerviosos. La presentación, que hacemos a modo de diálogo, queda bien, espontánea. Dice Losada, feliz: "Y no la habíamos ensayado". Y yo: "Bueno, llevamos veintinueve años ensayándola". Es el tiempo que hace que nos conocemos. Fue en Madrid a finales de 1993, y en el verano de 1994 ya vino a pasar unos días a Málaga. Él, por su parte, conocía muy bien la Costa del Sol, sobre la que tiene una mirada enriquecedora que me ha transmitido. También sobre la ciudad, en la que más tarde vivió unos años, que culminaron en su gran exposición en el CAC de 2018, Romanza. Nuestro sitio malagueño de los noventa era el Dr. Funk.

Picante. Después de Luces vamos al Tano de Huelin, el más cercano al mar. Losada pide el mítico picante y le dice a la camarera: "Venimos de muy lejos por este picante". La camarera: "Si supierais lo simple que es. Lo hacemos los mismos camareros". Le pedimos que nos dé la fórmula. "Nos cortan el cuello".

Domingo electoral. Voy con mi madre a votar al colegio del barrio. A partir de este día, los carteles que han poblado la ciudad en junio empezarán a ponerse viejos. Retirarán la mayoría, pero quedarán unos cuantos con los candidatos ilusionados aún, ignorantes del batacazo que se iban a pegar casi todos. Mi hermana me manda una foto de mi sobrino mayor votando: es la primera vez que puede hacerlo. Al día siguiente miro cuántos votaron lo que yo: diez. Solo diez en el barrio.

Cine furtivo. Ir al cine es ya una actividad decadente pero entrañable, con algo de furtiva. Más si se va solo. Es sábado por la tarde y voy al Albéniz a ver Tenéis que venir a verla, la última de Jonás Trueba. La puerta está cerrada. Llamo como si estuviera de visita en una casa. Abren y me dicen que el pase se ha retrasado veinte minutos. Hago tiempo por la zona. Me asomo al espacio donde estuvieron los cines Astoria y Victoria: a esos les fue peor. Vuelvo y entro por fin. Somos cuatro en la sala, como son cuatro los personajes de la película. Es una delicia rohmeriana, con el toque propio que sabe darle el director: conversaciones intrascendentes con la abrumadora vida de fondo, un piano, un libro, un viaje en tren, dos casas, un paseo por el Madrid nocturno y otro por el campo... A la salida me cruzo con Toscano y Julia, que van a ver Cinco lobitos. Entro con ellos y me monto de repente una sesión doble como las de los buenos tiempos.

Ética. Cenando en Los Delfines (¡este dietario siempre desemboca en el pulpo frito!), tenemos una conversación como las de la película de Jonás Trueba. Bromeamos con Toscano, que es profesor de ética en la universidad, sobre las cosas que no puede hacer por su trabajo. Él se queja entre risas: "¡Los profesores de ética vivimos con una mano atada a la espalda!". 

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