29.6.20

Todos los conguitos

Los nacidos en los sesenta hemos recibido otro torpedo en nuestra línea de flotación: ¡los conguitos! ¡Ahora nos quieren quitar los conguitos! ¡Los acusan de racistas! Nuestro pequeño reino afortunado no solo se desmenuza por el tiempo, sino también porque sus piezas están condenadas.

Hace mucho que no los tomo, pero no hace falta: los tengo en el paladar sin ningún esfuerzo de memoria. La caniquita de chocolate dentro de la cual estaba el cacahuete; las opciones de echarse a la boca una o más caniquitas y, una vez en la boca, de dejar que el chocolate se disolviera o masticar para que se mezclase todo...

Nos parecía friendly que apareciesen negritos en el sobre. Nos gustaban mucho los negritos (los pocos que había en la vida española). Y no solo para comerlos. Ante todo (¡lujosa capacidad cognitiva!), sabíamos diferenciar el dulce de los seres humanos. Mejor dicho: jamás se nos ocurrió confundirlos. Sabíamos que no nos estábamos comiendo a ningún ser humano, ni siquiera su representación.

Los mismos que nos inflamos de comer conguitos vimos luego Raíces y durante semanas vivimos –como solo se vivían entonces las series– lo que había sido la esclavitud en Estados Unidos, con todas (¡todas!) sus implicaciones. Recuerdo también otra serie un poco anterior sobre la lucha abolicionista. Y nos emocionaba (y dolía) la historia de Martin Luther King... En ningún momento se interfirieron los conguitos con esto: eran unos dulces de kiosco. Solo unos dulces. Comer conguitos no nos impidió ser antirracistas.

La época pop nos daba espacio mental, la capacidad de no apegarnos a los contenidos; es decir, de jugar con los significantes. Esta apertura dentro de los cráneos era moderna, hacía que corriese el aire por la plasta nacionalcatólica de la que veníamos (y a la que estamos volviendo, solo que el lugar del catolicismo lo ocupan la corrección política y los dogmas de la izquierda reaccionaria).

La cumbre por este camino la alcanzó en los ochenta Glutamato Ye-Yé con su “Todos los negritos tienen hambre y frío / tiéndeles la mano, te lo agradecerán”. Todavía me río cuando la canturreo. La risa (¡y estas explicaciones son un tributo al espíritu de la pesadez que hoy se impone!) no era por los “negritos”, sino por los biempensantes que los querían debajo para poderlos compadecer y sentirse fenomenal.

Sus equivalentes son los que ahora se autoproclaman “antirracistas” y se ponen a ver seres humanos en unas bolitas de chocolate rellenas de cacahué.

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En El Español.

24.6.20

Estatua ecuestre de Simón

Yo no le tengo odio a Fernando Simón, le tengo incluso simpatía, pero es evidente que se ha equivocado. Maite Rico ha ordenado sus profecías y leerlas hoy –a la luz de los muertos– es escalofriante. “España no va a tener más allá de algún caso diagnosticado”, dijo el 31 de enero. Ha sido una especie de Nostradamus a la inversa: pronosticó normalidad y ha sucedido el Apocalipsis.

Esa es la cuestión: que hizo pronósticos. Pronósticos que no acertaron. Y el desacierto ha costado vidas y devastación. La mentalidad punitiva predominante –que aqueja a la derecha tanto como a la izquierda– lo acusa ahora de criminal. No es un criminal. Simplemente se equivocó. Con indudable incompetencia. Supongo que seducido por el poder (arropado por su maquinaria), ha tendido a actuar más como hombre del Gobierno que como hombre de la ciencia. En el mejor de los casos, es un funcionario fallido.

Un capitoste de la prensa (sin decir su nombre) lo ha llamado “bobo”. Tal vez ahí esté la clave. No creo que sea bobo, pero se le está empleando como bobo útil.

El movimiento hacia su exaltación –simétrico a aquel otro que lo acusa de criminal– prueba que el pobre Simón ya es solo un muñeco. Da igual quién sea, lo que haya hecho o dejado de hacer. Interesa como factor partidista. La incongruencia brutal entre sus resultados y la adoración que recibe indica que es solo una ficha en la guerra ideológica. Como en el viejo estructuralismo, solo importa su posición en el tablero.

El espectáculo es –otra vez en España– berlanguiano. Miles de muertos y han hecho camisetas con su cara y sus frases, le han dado el premio Castelar, van a inaugurar una plaza con su nombre. Solo falta que le hagan una estatua ecuestre. Sería la primera estatua de la era post-estatuas.

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En The Objective.

(2.7.20) Finalmente le han hecho la estatua ecuestre:


22.6.20

El luto del inquisidor

El padre de Pablo Iglesias pasó por el FRAP sin ser terrorista, como esos faquires que pasan por el fuego sin quemarse. O como Bill Clinton, que se fumó un porro sin tragarse el humo. En eso debe de fundamentarse la demanda que le ha puesto a Cayetana Álvarez de Toledo, y será interesante ver cómo la Justicia resuelve este asunto de memoria histórica reciente.

Ya sabemos que la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud. Por eso yo me conformo con ese reconocimiento tácito de que el terrorismo es malo. O de que ser terrorista “no mola”, por emplear el lenguaje del hijo. A este, por cierto, sí parecía “molarle” que su padre hubiese sido “frapero”, como puso en un tuit (en el que además hacía un uso pop del piolet).

El rifirrafe sobre el FRAP, tan significativo, sepultó sin embargo un detalle aún más significativo de aquella sesión parlamentaria del 27 de mayo. Antes de que Álvarez de Toledo llamase a Iglesias “hijo de terrorista”, el hijo en cuestión había escenificado en qué consiste el luto para el Gobierno.

Era el día en que empezaba el luto oficial por los muertos por coronavirus en España y, en su primer cruce con el portavoz del PP, les soltó Iglesias a los diputados de este partido: “¿No se les cae la cara de vergüenza de reírse en un día de luto?”.

De lo que se reían era de la insinuación que acababa de hacer Iglesias –mussolinianas manos a la cintura– de que el portavoz del PP había llamado “a la insubordinación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. (Se puede ver la secuencia completa en el vídeo.)

O sea, Iglesias primero provoca con una falsedad (las palabras de Teodoro García Egea fueron gruesas, pero no llamaban a insubordinación alguna) y luego les reprocha a los provocados su reacción. Montándose para ello en la novedad del día: el luto. Al que le intenta sacar beneficio partidista desde el primer momento.

Como un curilla, lo que le interesa a Iglesias de la ética es culpar desde ella: señalar a los malos, trazarles un cerco. No la utiliza para la ordenación de su conducta, sino para fiscalizar las conductas ajenas. Y solo de acuerdo con lo que a él personal o ideológicamente le conviene.

Su luto es el luto del inquisidor: una ocasión emocionalmente cargada desde la que ejercer su chantaje. Hay que sentir en cada momento lo que él ha decidido que hay que sentir. Y si no, te acusa. Otra trampa populista.

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En El Español.

15.6.20

Woody burbujeante

He leído yo también el libro de Woody y lo he disfrutado como nadie. Qué manera de reconciliarme con la vida, y con el mundo; gracias, como suele ocurrir, a un pesimista sin apaños. Decía Cioran que las religiones son “cruzadas contra el humor” (también lo son las ideologías). Y aquí tenemos a un espécimen rarísimo en nuestra época: un antipredicador con un humor maravilloso.

Con A propósito de nada (Alianza), Woody Allen ha inventado un género: la autobiografía burbujeante. No sé si lo sería ya la del cineasta Preston Sturges, que no he leído pero cuyo título –ideal para toda autobiografía– promete burbujas: De los acontecimientos que condujeron a mi muerte. Lo bueno es que se murió mientras la estaba escribiendo.

Golpes así tiene Woody en la suya, y no voy a privar a esta columna de dos de los geniales, aunque se hayan citado mucho: “Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”. Y: “No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia”.

El libro de Woody es una película de Woody; o mejor: es todas las películas de Woody (que siempre han tenido mucho de literatura), con todos sus elementos en estado de esplendor. Yo lo compré porque era debido, pero solo esperaba pasar un tiempo entrañable en compañía del viejecillo, un grato momento crespuscular como cuando me meto en el cine a ver sus últimas películas. Y me he encontrado con un trallazo de libro, con un nervio juvenil, pujante, sin decadencia. Lo crepuscular es solo temático, pero es que eso lo cultivaba ya desde el principio.

A propósito de nada utiliza un procedimiento infalible (cuando se hace bien) de meter vida en la escritura: el coloquialismo. Es como si Woody estuviera sentado en una silla, o en un taburete de monologuista, hablándoles directamente a los lectores, en una larguísima parrafada que ocupa todo el libro. Las separaciones que hay cada muchas páginas son engañosas, porque todo va del tirón. Hay un ligero desaliño, que no sé si está cuidado pero que fomenta el efecto. Y que va con la estética de sus películas, en la que los aspectos técnicos no son los fundamentales.

De sus películas es casi de lo que menos habla, aunque dice cosas que están bien. De lo que más, de las mujeres, el sexo y el amor, de su familia judía, de su manera de ver la existencia, de sus miedos y neurosis, de Nueva York (de Manhattan), de la radio y de su descubrimiento del cine cuando era niño (al que dedica páginas deslumbrantes), del mundillo de los guionistas y los cómicos en el que se integró de muy joven...

Y al final, cómo no, del temita: su relación con Soon-Yi y las acusaciones de Mia Farrow de que abusó de la hija Dylan cuando era niña. A algunos esta parte les ha decepcionado. Yo iba prevenido para saltármela si hacía falta, pero no ha sucedido: me la he leído con sumo interés y no me ha parecido que el libro perdiese calidad. Su tono se vuelve más sombrío, pero sin exceso: junto a la maldad y la locura humanas (encarnadas en la desquiciante Mia Farrow), está el amor por Soon-Yi, que ilumina. Woody se defiende a fondo, naturalmente (con indudable credibilidad). Pero aun en esas circunstancias se percibe que es un gran hombre, un hombre magnánimo.

Así que terminé el libro con agradecimiento. Y es precioso que también como objeto sirva para agradecer y reconfortarse: porque su portada imita los títulos de crédito de sus películas, con esa tipografía blanca (aquí en relieve) sobre fondo negro, y tocarla es como tocarlas.

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En El Español.

(17.6.20) Me he acordado después de otra autobiografía burbujeante: la de Fernando Savater, Mira por dónde.

9.6.20

Uno de mis detestados

Se ha muerto Pau Donés, uno de mis detestados, y la pena es más grande que si hubiese sido uno de mis adorados. No porque me sintiese culpable, pues nunca le deseé ningún mal, sino porque yo quiero a mis detestados realmente: quiero que estén ahí, felices y a tope de salud, para que yo pueda ejercer sin sombra mi alegría detestadora.

Es una dialéctica rara, quizá poco comprensible, en estos tiempos de literalismos; unos tiempos antiirónicos (por debajo de la carcasa de risitas) en los que alienta la pulsión de aniquilar al contrario. Yo quiero que el contrario siga ahí, sobreviviendo a mis detestaciones y aun haciéndose fuerte con ellas, contra ellas. Él, al fin y al cabo, me hace el favor de poder definirme también en su contra. Lo que me gusta es esa electricidad, que haya nervio.

Por eso me dio mucha tristeza cuando me enteré de su cáncer. El mundo perdió para mí parte de su gracia, y estos cinco años sin chistecillos contra Pau Donés, con un cariño nuevo y melancólico por Pau Donés, han estado, paradójicamente, más alejados de la vida. Esta era mejor cuando Pau Donés daba rienda suelta a su buenrollismo y yo soltaba mis pullas.

Solo un pesimista cenizo, de esos que constituyen en sí mismos un sólido argumento contra la existencia, podría decir en estos casos: “¿Ves en qué acabó tu buenrollismo?”. Pero eso sería no haber entendido nada. La lucha contra la tiranía del buenrollismo no era, ciertamente, para instaurar la tiranía del malrollismo...

Pau Donés me prestó un servicio añadido: lo utilicé para meterme –por fastidiar a sus catecúmenos– con el escritor David Foster Wallace, al que llamé “el Jarabe de Palo estadounidense” por su parecido (bandana incluida) con el español. Ahora los dos están muertos. Se acabó la comedia, el dulce guiñol de los cachiporrazos, y se ha quedado el escenario vacío.

Tal vez no haya mayor homenaje a la vida que las canciones pegadizas: esos estribillos que se adhieren a los minutos con la vocación de persistir, y ahí pueden tirarse una tarde, semanas enteras; forzando una inmortalidad en forma de musiquilla. También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, “por un beso de la Flaca daría lo que fuera” y “todo me parece bonito”. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito.

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En The Objective.

1.6.20

Comisión de No Destrucción

La Comisión de Reconstrucción debería transformarse urgentemente en la Comisión de No Destrucción, porque como siga reconstruyendo como lo viene haciendo no va a quedar nada. Nació como sustituta de aquellos nuevos Pactos de la Moncloa que propuso Pedro Sánchez al principio de la pandemia. Pero visto el espíritu destructivo que viene animando la reconstrucción, me temo que aquellos Pactos de la Moncloa habrían sido unas Dinamitaciones de la Moncloa.

Tal vez tenía razón Cioran al pensar que toda acción es demoniaca. Según el filósofo rumano, no hay manera de hacer el bien; como mucho se puede evitar hacer el mal, no haciendo nada. La inacción como ética es sin duda una medida drástica. Aunque simpatizo bastante con Cioran, yo no la propondría para todos los seres humanos. Pero sí para los políticos españoles.

Estos acudirían a la Comisión de No Destrucción a estarse quietos. Y, sobre todo, a callar. El tiempo que estuviesen quietecitos y calladitos redundaría en beneficio de la ciudadanía, que respiraría aliviada mientras no la estuviesen destruyendo. Está la pandemia, sí, y está el hundimiento económico. Pero mejor tener dos jinetes del Apocalipsis en vez de cuatro. Y digo cuatro porque la acción destructiva de nuestros políticos se duplica en la parte de la ciudadanía envenenada por ellos.

La destrucción de la Comisión de Reconstrucción, como ha escrito Laura Fàbregas en su crónica de la última sesión, la llevó a cabo Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno. O sea, la llevó a cabo el Gobierno. Este persiste en su lógica fundacional, la de la moción de censura: el frentismo. La alianza del PSOE con populistas y nacionalistas, sin importarle que estos sean independentistas o proetarras. Y enfrente, los malos: el PP, Ciudadanos y Vox, empaquetados como “extrema derecha” (apelativo que solo se modula cuando hace falta votos de Ciudadanos o el PP).

Este esquema comodísimo y nefasto es en el que se sostiene el presidente Sánchez, porque no ha sabido (ni quizá querido) sostenerse de otra manera. Que ni la situación tremenda que estamos viviendo lo haya sacado de ahí, confirma que es irrecuperable. La responsabilidad que puedan tener Ciudadanos, PP e incluso Vox queda definitivamente opacada por la destrucción que viene de Moncloa.

La costumbre era que una comisión no resolviese nada. La novedad es que se dedique a lo contrario de aquello para lo que se creó. O a lo mejor no. A lo mejor se creó para continuar el frentismo por otros medios.

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En El Español.

27.5.20

El Nodo de Sánchez

El presidente Sánchez es como aquel juez parisino del siglo XIX de que hablaba Baudelaire. Durante el día era un feroz perseguidor del can-can. Por la noche lo practicaba en los cabarets disfrazado de bailarina. Sánchez se desveló por sacar a Franco del Valle de los Caídos. Siete meses después, es lo más parecido a Franco que ha habido en España desde Franco. Entendemos, por fin, qué le incomodaba realmente a Sánchez de Franco: que no fuera Sánchez.

A los sanchistas les suele suceder lo mismo. Se ven como antifranquistas, y probablemente lo sean. Pero la adhesión cotidiana a su líder, al que le dan trato de generalísimo, revela un esquema calcado de aquello que dicen detestar. En el mundo académico resulta particularmente encantador: con los académicos sanchistas allegando papers (o negando su existencia) en la exacta medida en que los precisa el caudillo.

Hay una diferencia esencial, con todo, entre Franco y Sánchez. Este, a diferencia del dictador, ha llegado al poder en una democracia, en un Estado de derecho. Aunque me temo que Sánchez, a juzgar por su comportamiento, ve esta ventaja como una enojosa limitación...

Al final, en la España de Sánchez ocurre lo mismo que en el Estados Unidos de Trump y en el Brasil de Bolsonaro: todo se cifra en lo que el Estado de derecho logre contener al autócrata salido de las urnas. Tal vez por eso los citados autócratas se dedican a erosionar todo lo que pueden el Estado de derecho. Lo último entre nosotros ha sido el cese del jefe de la Guardia Civil por no revelarle al Gobierno el secreto de una instrucción judicial. El poder corrompe y el poder sanchista corrompe sanchistamente.

Cuando nuestro país está en su peor situación en décadas, con una intolerable cantidad de muertos por coronavirus (cuyo número dejo de poner desde hoy, por hartazgo de las prestidigitaciones oficiales, que acaban de retirar dos mil), más de dos meses en debilitante estado de alarma, médicos y enfermeros extenuados por la pandemia y un desastre económico a cuyo abismo apenas nos estamos asomando, el Gobierno decidió colocar en la portada de todos los periódicos del lunes un bulo institucional: “Salimos más fuertes”. Dos mentiras en tres palabras. El Nodo de Sánchez.

Como no soy político, puedo decir que no tengo ni idea de cómo salir de esto. Creo que la capitalización de Vox de las protestas las inutiliza. Y no hay nada que hacer mientras Sánchez sea el más votado. Pues muchos seguirán votando a Sánchez. Hasta que se muera en la cama, quizá.

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En The Objective.

13.5.20

Encerrado con un solo juguete

Los paseos que ya podemos darnos, con disfraz deportivo (tiene gracia que el mismo chándal que fue nuestro uniforme de preso sea el que nos permite escapar), ha suavizado tanto el confinamiento que ya no lo parece. Pero queda el recuerdo de la fase dura, estas semanas de asfixia en que cada cual abría como podía sus boquetes.

El mío ha sido solo uno: la lectura. Un boquete y un juguete, el juguete infinito. He visto telediarios, he escuchado a Alsina y he estado (demasiado) en Twitter, pero la lectura ha sido mi mundo paralelo, en un momento en que no había mundo. O sea, la lectura ha sido mi único mundo.

Ni siquiera he hecho consumo audiovisual. Tenía ganas solo de leer, nada de series ni películas, como para acentuar (despóticamente) mi preferencia por los libros. Hasta que uno, las memorias de Fernando Fernán Gómez, El tiempo amarillo (Capitán Swing), me llevó a ver los programas sobre Fernán Gómez que hay en YouTube y tres películas (buenísimas) de las que dirigió: La vida por delante (1958), La vida alrededor (1959) y El mundo sigue (1963).

Y revisité, naturalmente, La silla de Fernando. Escogí el libro, de hecho, por una parrafada que recordaba de este delicioso documental que le hicieron David Trueba y Luis Alegre. Cuando cayó el cerco de Madrid en la guerra, Fernán Gómez lo único que quería era salir y andar. “¡Andar, andar!”, decía. Y así llegó a Leganés. Con una sensación de “inauguración del mundo”.

He tenido suerte con mis lecturas de confinamiento. Tampoco he sido tonto escogiéndolas. Menciono algunas más que también recomiendo (varias las tengo en marcha):

El Quijote en la edición “en castellano actual” de Andrés Trapiello (Destino y Austral), que se lee con una gozosa fluidez semántica, en una prosa de neto sabor cervantino.

De Trapiello he leído también la novela Días y noches (Espasa), tristísima: sobre el desmoronamiento del ejército republicano al final de la guerra civil, el cruce de la frontera a Francia por los Pirineos, el campo de concentración de Saint Cyprien y el exilio a México en el Sinaia.

Los Cuadernos (1957-1972) de Emil Cioran (Tusquets), donde está el Cioran de siempre en su esplendor (oscuro); con un añadido beneficioso: detalles cotidianos, biográficos, que aparecen por aquí y por allá, punteando el pensamiento... y las agonías.

El Borges de Adolfo Bioy Casares (Destino), en que este recoge sus conversaciones con Jorge Luis Borges a lo largo de cuarenta años. ¡Un festín de inteligencia, de conocimiento literario, de anécdotas, de ironías y de maldades! Y también, por cierto, de comentarios útiles para la escritura y para la vida.

Lo mucho que te amé de Eduardo Sacheri (Alfaguara), una historia ambientada en el Buenos Aires de finales de la década de 1950 (y años siguientes) que se lee como una película: una película hecha de frases con valor literario. Cuatro hermanas con sus novios (y el peronismo y el cine), y una historia de amor reprimido. Recrea muy bien un cierto ambiente de cotidianeidad mediocre, con sus vacíos, que me ha recordado al de otra novela que se reivindica ahora: Stoner de John Williams (Baile del Sol).

A infância de Portinari de Mário Filho (Bloch), una recreación prodigiosa de la infancia del pintor brasileño Cândido Portinari en Brodowski, una pequeña población del estado de São Paulo. El libro, editado en Río de Janeiro en 1966, es una obra maestra que me ha dejado admirado, asombrado: cada página brilla. Pero mi sorpresa ha crecido al saber que este libro no existe en la literatura brasileña: no se ha vuelto a editar en portugués, ni se ha traducido a ningún idioma. Tal vez se deba a que su autor era muy célebre en otra faceta, como cronista deportivo: el estadio de Maracanã lleva su nombre. Confío en que algún día lo recuperen.

Una Odisea de Daniel Mendelsohn (Seix Barral) es un ensayo narrativo, con erudición y emociones. El autor, profesor de filología clásica, da un seminario sobre la Odisea de Homero, al que su padre le pide asistir. El libro combina, pues, la relación del autor con su padre y las reflexiones sobre la Odisea, con aspectos en los que no se suele caer. El resultado es notable.

Niveles de vida de Julian Barnes (Anagrama) es ya uno de los grandes libros de duelo por la muerte de la amada, comparable a Una pena en observación de C. S. Lewis (Anagrama también). Lo leí después de que lo citara Fernando Savater, autor de otro buen libro reciente de este género desolado: La peor parte (Ariel). Con su finura habitual y una penetración conmovedora, Barnes habla del amor, la seducción, los globos aerostáticos y el hundimiento del mundo por la pérdida de la persona que lo sostenía.

El 6 de abril, día del encuentro con Laura, empecé el Cancionero de Petrarca, en la traducción rimada de Ángel Crespo (Alianza): también sobre la pérdida de la amada –en vida y en muerte.

El Diario de cabotaje de Rafael García Maldonado (Anantes), al que ya le dediqué una columna: “Un diario logrado”. Su poso ha ido creciendo con el tiempo. En los días más duros de la pandemia, el autor, que es farmacéutico, estaba desbordado en su farmacia... al tiempo que su libro recién salido no podía venderse por el cierre de las librerías. Se merece una reparación.

Reina de Elizabeth Duval (Caballo de Troya) es una novela autobiográfica excepcional, tal vez la que más rabia me ha dado que haya visto interrumpida su difusión por la cuarentena. Pero es tan brillante e iba tan lanzada, con tanta soltura, que tal vez este revés le siente bien, porque le añade un toque trágico. El libro seguirá ahí para quienes vayan pudiendo accediendo a él, algo a lo que yo animo. Cuando lo leí, me dije: “vuelve la vieja libertad”. No la libertad formal, sino la libertad que se ejercita: incurriendo en el libertinaje, por supuesto. El agudo Pablo Muñoz destacaba un rasgo: el “pudor”. Y esta es una de sus cualidades más seductoras. Pero, como es también un libro promiscuo, podríamos decir que se trata de una “promiscuidad pudorosa”: lo que lo hace definitivamente irresistible. La autora cuenta, en forma de diario, con profundidad y ligereza, las andanzas de su personaje (un personaje conscientemente constituido, “novelesco”) por París en sus años universitarios, que siguen siendo estos (Duval nació en el 2000). Hay vida, sexo, relaciones, identidad, máscaras, filosofía, política, poder, estética, literatura y reflexión sobre la literatura. La autora, que se considera “activista trans”, tiene la inteligencia de no dejarse atrapar por ningún “colectivo”. Es un espíritu (¡y un cuerpo!) libre y su discurso es singular.

Por último, La luz del sol de Álvaro Galmés Cerezo (Pre-Textos), el libro más hermoso que hay ahora en las librerías cerradas: háganse también con él cuando las abran. Es un ensayo, bellamente escrito, que recorre las doce horas del día; no las horas mecánicas del reloj, sino las que la luz del sol configura. Con referencias pictóricas, arquitectónicas, musicales y literarias, enraizadas en su experiencia de contemplador del sol, el autor compone un viaje por el día que es un tratado sobre la atención a la luz, y una invitación a sus placeres. Qué intenso ha sido leerlo en el encierro, sin sol. Aunque el sol estaba en sus páginas.

(Tampoco hoy me olvido de los muertos por coronavirus en España: 26.920 –oficialmente– al terminar este artículo.)

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En The Objective.

11.5.20

Histerismo anti-Cs

Para mí no tuvo especial relevancia que Inés Arrimadas votara a favor de la nueva prórroga del estado de alarma que solicitó Pedro Sánchez. Hizo lo correcto y punto (allá los que votaran lo incorrecto). Lo relevante ha sido la relevancia que se le ha dado.

Hay ya (oficialmente) 26.621 muertos por coronavirus en España cuando escribo estas líneas. Pero el miedo de algunos es que vuelva Ciudadanos. Habría que tranquilizarlos, porque Ciudadanos no va a volver. Perdió su ocasión, y no creo que la recupere.

El histerismo desatado en contra nos hace ver una vez más la fuerza de que llegó a disponer Albert Rivera. Lo potente que fue lo que tuvo: cincuenta y siete diputados para combatir a los histéricos; para forzar a Sánchez a tomar el camino verdaderamente progresista o desenmascararlo. Tenía nitroglicerina y la tiró a la basura (sin que ni siquiera explosionase la basura; solo implosionó su partido).

Ahora Arrimadas hace lo que puede con sus diez escaños. Y está bien que, al menos testimonialmente, haga lo correcto. Lo correcto esta vez era votar la prórroga, porque no había otra opción sensata, y no callar las críticas al Gobierno: por su lamentable gestión de la crisis sanitaria y por su politiqueo cortoplacista. Lo correcto era hacer las dos cosas, en su aparente (solo aparente) contradicción.

Este juego más o menos complejo y decididamente antisectario es lo que nunca se le ha perdonado a Cs. Para llevarlo a cabo en España hace falta muchísima energía y no poco talento. Así dijo Manuel Alcántara de Manuel Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”. Cuando Rivera incurrió a su vez en el sectarismo (sin alcanzar nunca, por cierto, el de sus rivales) solo quiso descansar.

Es muy trabajoso soportar tanto odio. El odio a Cs es probablemente el hecho más relevante, más sintomático, de la política española. Es un odio que, como dije en otro momento, no tiene que ver con sus defectos, sino con sus virtudes. Además de su antisectarismo, está su antinacionalismo fundacional. Denunciar el carácter reaccionario del nacionalismo y propugnar una España de ciudadanos libres e iguales ofende, en su progresismo, a los que se dicen progresistas pero se apoyan en la reacción (¡un saludo, Carmen Calvo!).

Siempre estuvo claro que la moción de censura contra Mariano Rajoy era en realidad contra Ciudadanos, que iba por entonces primero en las encuestas. Los nacionalistas y los populistas nunca ocultaron este propósito, ni tampoco la parte podrida del PSOE (que me temo ya que alcanza a casi todo el partido).

Ahora los de ERC y los del PNV se han echado a temblar y han amenazado con sus vetos (¡ellos, los del meloso “diálogo”!) por un simple gesto de Arrimadas. Imagínense si tuviera cincuenta y siete escaños.

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En El Español.

4.5.20

Plan B

Interesante asunto el de la oposición, como han señalado Josu de Miguel y Manuel Arias Maldonado. Si Ciudadanos y el PP son los que le votan las prórrogas del estado de alarma al Gobierno, mientras que sus supuestos aliados no, ¿quiénes son la oposición, estos o aquellos?

El presidente Sánchez y los medios afines siguen hablando de aquellos, con la cuota de demonización correspondiente (mantienen el juego de equipararlos a Vox). Mientras que estos (los independentistas; sin Podemos esta vez, pero porque está en el Gobierno) no son oposición, sino solo unos primos malotes.

Con 25.264 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas, el panorama político en España sigue siendo descorazonador. Hay una pequeñez generalizada; empezando por la de Sánchez, que ha dilapidado él solito todo el poder de que se invistió al inicio de la pandemia.

Su nueva frase, la de que “no hay plan B para el estado de alarma”, con la que exige que le voten una prórroga más, es jugosísima... por la conclusión desoladora que arroja. Cabe sospechar, como ha tuiteado Rubén Amón, que ni siquiera hay plan A. Pero dando por cierta la lógica del presidente, ¿se da él mismo cuenta de lo que significa?

Queda al descubierto el doble eje sobre el que ha montado su política. Están por un lado sus apoyos para el poder, sus apoyos para formar Gobierno. Y por el otro los apoyos para el Estado, los apoyos que reclama por el bien común. Que sean diferentes unos y otros solo indica el camino aberrante en el que se ha metido; en el que nos ha metido a todos.

Si no hay un plan B y, para evitar caer en ese vacío, el Gobierno solo puede contar con el apoyo de Ciudadanos y el PP, entonces es que hay dos oposiciones: la oposición al Gobierno (a la que Sánchez le pide el apoyo por razones de Estado), y la oposición al Estado (que es la aliada de Sánchez para el Gobierno).

Esta segunda oposición nunca se ha escondido. Baste recordar lo que dijo la diputada Montse Bassa, de ERC, en la sesión de investidura: “Me importa un comino la gobernabilidad de España”. O lo que les dijo a los miembros del Gobierno su colega Gabriel Rufián el otro día: “¿Cuánto les importa la legislatura?”. Para luego esgrimir otra vez el fantasma de “la alternativa”, que para él es solo “Torquemada Abascal y sus colegas”. (Y Pablo Iglesias y los suyos están también aquí, aunque en modulación gubernamental ahora.)

El problema es que Sánchez fundó su carrera política en el “no es no”, cuando tampoco había plan B. Y luego llegó al Gobierno apoyándose en los de la oposición al Estado. Esos que están deseando que el Estado se hunda, sin que los haya frenado la pandemia: al contrario, considerando esta, nauseabundamente, una oportunidad.

Por eso Ciudadanos y el PP, oposición al Gobierno pero no al Estado, deben apoyar otra vez el plan A. Aunque no exista.

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En El Español.

29.4.20

El bulo elíptico

Hay un sintagma de moda: “los bulos de la ultraderecha”. Se repite tan machaconamente que termina teniendo un efecto pavloviano (esa será la pretensión, sin duda): las pocas veces que uno oye “bulos” a solas, completa mentalmente “de la ultraderecha”.

Así asoma el propósito ideológico. No se trata de combatir los “bulos” en aras de la verdad. Se trata de combatir los “bulos de la ultraderecha”. No tanto por ser “bulos”, entonces, como por ser “de la ultraderecha”. La ultraizquierda, y la izquierda, quedan libres del engranaje: no lanzan bulos. Este es el otro efecto pavloviano.

La protección que les brinda lo anterior hace que la izquierda y la ultraizquierda lancen bulos como el que más, solo que con una impunidad notable. Y con una operatividad, por tanto, más efectiva. Estamos en una pura guerra partidista: se lucha, como ha escrito Daniel Gascón, por el monopolio de la intoxicación.

La ultraderecha y la derecha lanzan bulos, naturalmente. Pero la ultraizquierda y la izquierda también. La lucha contra los bulos ha de ser transversal, porque si no ella misma es un bulo.

Hay un tipo de bulo particular que no está consignado como tal y en el que se ejercitan los que insisten hoy en lo de “los bulos de la ultraderecha”. Es lo que propongo llamar “bulo elíptico”, porque consiste en una elipsis mentirosa. Por ejemplo: “Ha sido condenada por parar un desahucio”. O: “Están en la cárcel por poner urnas”.

En la serie de hechos que se presentan en la frase se omite uno: el fundamental. Con lo cual la serie es falsa. Lo que se presenta como una verdad es una mentira. El emisor de bulos elípticos es un corruptor, porque corrompe la realidad en beneficio de la ideología. Practican el maquiavelismo de “el fin justifica los medios” mediante la amputación de lo de en medio.

El bulo elíptico es un montaje de la realidad por medio de las frases. Procede como el Nodo al ofrecer una realidad falsa, propagandística. Es el Nodo de las frases. Así que aquí tenemos a los supuestos antifranquistas Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Pilar Rahola ejerciendo una vez más su franquismo. Noticieros (es decir, fabricantes de noticias) del régimen.

(No me olvido de lo importante: esto lo escribo cuando llevamos –oficialmente– 23.822 muertos por coronavirus.)

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En The Objective.

27.4.20

El partido que el PSOE eligió no ser

He recordado estos días una frase que me dijo una amiga hace años: “Cuando una mujer duda entre dos hombres, en realidad está dudando entre las dos mujeres que sería según eligiera a uno o a otro”. A los partidos políticos les pasa igual cuando piensan en sus alianzas electorales. Así, cuando el PSOE decidió apoyarse en Podemos y en los independentistas para formar Gobierno eligió no ser el partido que pudiera proponer, ni sacar adelante, un gran acuerdo de Estado.

Lograrlo sería lo ideal, desde luego. En España Hay ya 23.190 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Se espera una crisis económica devastadora. Si el PSOE y el PP no alcanzan un acuerdo en estas circunstancias, por el bien de todos, no lo alcanzarán nunca. El problema es que el PP, azuzado por Vox, está poco dispuesto. Y el PSOE, con Podemos en el Gobierno y con sus guiños (que siguen) a los independentistas, está incapacitado para ello.

Tener a Podemos en el Gobierno significa, entre otras cosas, tener caceroladas contra el Rey orquestadas desde el Gobierno. Y tener acusaciones falsas contra el poder judicial lanzadas desde el Gobierno. Desde la parte podemita del Gobierno, sí: pero de las que el presidente Sánchez (que ni siquiera las ha criticado, pese a su extrema gravedad) es el responsable máximo. Aquella cacerolada, por cierto, abrió paso a las que han tenido lugar luego contra el Gobierno. Para mí improcedentes e impresentables: pero legitimadas por el Gobierno.

El verdadero problema del hipotético pacto (que, insisto, desearía que se produjera) es que supondría en buena medida una refutación del Gobierno. Este Gobierno no nació para ese pacto, sino para todo lo contrario. Y si Sánchez no ha hecho nada efectivo en su favor (más allá de los vagos pronunciamientos), es porque un pacto así, aun con lo apremiante que resulta, va contra su carrera política: desde su “no es no” fundacional, que marcó su destino (y su condena).

Pero Sánchez es solo el segundo culpable. El primero es la militancia del PSOE: la que lo rescató, y la encarnada en el inolvidable grupito de Ferraz de las dos últimas noches electorales. Como un coro griego que empujara a la tragedia, la primera noche gritó “¡Con Rivera no!” y la segunda “¡Con Iglesias sí!”. Y Sánchez obedeció en los dos casos. Estaba ya todo ahí.

Si la realidad lo desmintiera (lo digo una vez más: es lo que deseo), sería un milagro.

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En El Español.