Ahora que el ministro The Puentete se ha postulado como la Isabelita de Sánchez, que es el paso lógico para que culmine de un modo aún más grotesco el régimen de nuestro Perón vacacional, podemos contemplar la presente legislatura como una pescadilla que se muerde la cola; siendo la cola el ministrete.
Qué tándem el de Sánchez y Puente. Sánchez habló de un muro y Puente es su primer adoquín: el adoquín maestro, su piedra angular. Para la izquierda de los sesenta, debajo de los adoquines estaba la playa. Para la izquierda sanchista, debajo de la playa está el adoquín Puente, para cortar todos los puentes y edificar un muro antiplayero. Curiosamente, este muro es el trampolín de Sánchez para saltar a su playa particular, antiweberiana a tope, huidiza de la ética de la responsabilidad: me voy a la playa et pereat mundus (o si no el mundo, España por lo menos, empezando por Ceuta; bueno, con Cataluña y el País Vasco).
Este Gobierno, que se forjó gracias a la alianza del PSOE con los populistas de extrema izquierda, los herederos de ETA y los golpistas del catalanismo, indultos y amnistía mediante, necesitaba un cazurro como Puente, un Oscargután como lo ha llamado divertidísimamente Losantos (insultando, eso sí, a los nobles y simpáticos orangutanes), un monstruo de Frankenstein que encarnara unipersonalmente a la "coalición Frankenstein" (denominación de un socialista: Rubalcaba).
Desde la réplica a Feijóo en la sesión de investidura (recuérdalo tú y recuérdalo a otros: Sánchez no le respondió al candidato del PP, que había ganado las elecciones, sino que le mandó con filibusterismo goebbelsiano al dóberman Puente; que cumplió obedientemente y fue nombrado ministro) hasta sus ataques al columnista Gascón, la legislatura del ministrete, que no es solo del ministrete, sino también de Sánchez y todo el PSOE, es el espectáculo político más repugnante que se ha vivido en España desde el franquismo; que enlaza directísimamente con todos los episodios políticos repugnantes que han sido frecuentes en la Historia de España.
Se ha hablado a veces del retrato de Dorian Gray en aplicación a Sánchez. En realidad, la podredumbre ya se ha desgajado del cuadro y es Puente. Van ahí los dos, un retrato de Dorian Gray simultáneo como aquellos trípticos expresionistas del pintor Francis Bacon, solo que aquí en díptico. Sánchez y Puente son como el Doctor Jekyll y Míster Hyde, pero sin bebedizo interpuesto que haga pasar de uno a otro, sino ambos a la vez. Puente vendría a ser la sombra de Sánchez. Una sombra psicoanalítica: funciona como almacén subconsciente de todas las pulsiones chungas que Sánchez trata de disimular.
Luis Antonio de Villena dedicó en su día un poema, Niñas feas, a un aristócrata inglés del XVIII que se hacía acompañar de una mujer espantosa para que su propia belleza resaltase: "Lo ejerció ya Lord Bolingbroke (un dandy) / paseándose del brazo de una naranjera horrenda. / [...] / ¿Significado. Para mí fue siempre incomprensible. / Pero se me ocurre ahora una clave al gesto. / Lo blanco brilla aún más junto a lo negro". El presidente que le paga a un nick de Twitter, Mr. Handsome, para que le diga lo guapo que es no podía dejar de juntarse con un feo para que se evidenciara el mismo mensaje.
Pero ese feo que lo acompaña exhibe, ya digo, lo que anida en su guapura. Ahí lo tiene puesto Sánchez, y ahí lo deja con sus deyecciones (útiles, por otro lado, como maniobras de distracción). Cuando The Puentete sea presidente, el sanchismo habrá alcanzado su plenitud: ya sin la máscara maquillada de Sánchez, sino con la jeta abrupta del ministrete.
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En The Objective.
