4.5.23

Llevar un diario

Durante mucho tiempo pensé que llevar un diario era un error, porque manoseaba la sedimentación natural de la memoria: su trabajo oscuro en favor de la vida. Me parecía que con mis anotaciones estaba interfiriendo en algo. La tarea de fijar el presente, el día fugitivo, era una intervención en el futuro. Se trataba de determinar conscientemente lo inconsciente: de imponerle la claridad al instinto; de dictarle a la memoria qué debía recordar. Temía que fuese un falseamiento de los días, cuyo filtro saludable quedaba estropeado por la precipitación. A pesar de estas prevenciones, seguía escribiéndolo. Algo superior, o tal vez inferior, me lo imponía. Quizá fuese solo dejadez, inercia. O simplemente una mala costumbre.

El caso es que llevo un diario desde finales de los ochenta, lo comencé a los veintidós. En 1999 pasé a limpio lo escrito hasta entonces, lo he revisado ahora y lo voy a publicar en breve (¡mi obra –escuálida– del siglo XX!). Justo después, en el año 2000, descubrí los moleskines y empecé a escribir el diario en ellos. Hasta hoy he completado sesenta cuadernitos, que se fueron acumulando sin que volviera a abrirlos salvo para alguna consulta ocasional. Durante el confinamiento de hace tres años me puse a pasarlos al ordenador; o sea, a releerlos. Me llevé una sorpresa que desmentía mis temores: la memoria había hecho su trabajo sin interferencia. De lo escrito me había olvidado, por lo que aquel intervencionismo que me inquietaba se había disipado casi en el mismo instante de la escritura.

Lo bueno es que lo escrito permanece, en efecto. Estaba enterrado en las páginas. De modo que ahora me encuentro con una especie de visión en estéreo del pasado. Por un lado, lo filtrado por la memoria, lo sedimentado en ella. Por el otro, la inscripción de los días, lo que retuve en las palabras mientras lo estaba viviendo. No siempre coinciden. Hay una doble maravilla, en verdad. Es admirable el trabajo de la memoria: cómo olvida, cómo recuerda, cómo compone y recompone. Prácticamente arrasa las jornadas y se queda solo con instantes poéticos sueltos y un esquema narrativo, un entrelazado suave, aunque rígido, de acontecimientos; una suerte, en el fondo, de fabricación de la fatalidad. La anotación de los días la desmiente en parte, y en parte la perfecciona. Se ve el sentido de su elaboración. Se ve también cómo simplificó impunemente, en favor de la vida.

El diario va en parte contra la memoria. Si no fuera porque, como digo, esta se mantiene exenta a pesar de todo. Persisten los dos caminos en paralelo.

La relación entre el diario de la vida ha de ser de asistencia mutua, como dije la semana pasada a propósito del de Trapiello. En mi diario me encuentro con que no está exactamente mi vida en él, sino solo los momentos de mi vida en que necesité escribir el diario. Digamos que refleja el cruce de mi vida con la escritura. Hace unos años se lo pasé a Uriarte, que anotó al respecto en su propio diario: "Recuerdo el diario que me dejó hace unos meses X. Doscientas páginas sin apenas un párrafo de humor. ¿Por qué, si X es un tipo gracioso y con mucha chispa?". La respuesta es esa: cuando estaba gracioso y con chispa no me fui al diario.

Lo que la memoria tiende a allanar es la magia de lo cotidiano. Llevar un diario es regalarse a uno mismo la posibilidad futura de revivir esa magia. Todos los detalles que se perdieron, la vida que se fue pero que ahí sigue (aunque sea parcialmente), por escrito. 

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